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martes, 27 de mayo de 2014

Cazadores de vampiros (segunda parte)

Partieron poco después del amanecer, ya con un plan en mente. Por el camino los dos iban pensativos. Se iban a enfrentar a un número desconocido de vampiros. 
Antes de salir Felipe intentó llamar al dueño del campo, pero nadie contestó.             Cuando llegaron al lugar cruzaron lejos de la casa principal, la cual se hallaba rodeada de las de los peones.  El día anterior el dueño ya le había dado su permiso a Felipe, no necesitaba pedírselo de nuevo; cuanta menos preguntas le hicieran mejor, además parecía que el tipo no estaba en la casa. Dejaron la camioneta en la que iban en el campo y se aprontaron, se colocaron las mochilas y empezaron a andar.

Felipe, que conocía el lugar, iba guiando a su amigo. Jonathan, además de haber leído e investigado mucho sobre vampiros, contaba con armas y elementos para combatirlos, y era un experto un jujitsu y otras artes marciales. Felipe sólo era un veterinario, pero había sido un buen boxeador amateur, y nunca había dejado de entrenar, lo que lo hacía un tipo duro y fuerte. 
Caminaron largo rato por el campo hasta que divisaron la casa donde se ocultaban los vampiros. 
Felipe agradeció que ningún peón anduviera por la zona. Cuando se acercaron las colgaduras oscuras de las ventanas se agitaron un poco indicando que los espiaban desde adentro. 
El plan era verificar primero si realmente se trataba de vampiros. 

- ¡Hola! ¿Hay alguien ahí? -preguntó Felipe. Nadie contestó.
- Pasemos a la otra etapa -dijo Jonathan, mirando a su amigo. Buscó en la mochila que llevaba, sacó una bomba incendiaria y prendió la mecha. 
- ¡Si no salen voy a arrojarles esto! -gritó Jonatan-. ¡Tienes diez segundos!

Era obvio que los que estaban allí no eran los dueños del lugar. Un propietario normal no tiene por qué ocultarse, y si lo importunas probablemente te saque a tiros.  Si eran humanos que se escondían por alguna razón, iban a tratar de negociar, les dirían que estaban locos, protestarían… eran muchas las acciones que podían tomar, aunque la más probable era que salieran.  Se escuchó que adentro se movían, pero nadie salió: eran vampiros. 
Jonathan arrojó la bomba, ésta rompió una de las ventanas y explotó incendiando lo que habían puesto como cortina. Enseguida se escucharon unos chillidos que no eran humanos. 

- ¡Malditos! -gritaron desde adentro-. ¡Cuando caiga la noche los vamos a dejar sin una gota de sangre!, ¡aahh…! ¡Malditos…!

Esta vez Felipe arrojó una bomba, y ésta estalló más adentro de la casa, y el griterío fue descomunal. Chillaban, maldecían, lanzaban gritos guturales… rompieron la puerta y tres vampiros salieron envueltos en llamas, y ante el ojo del sol se derritieron como lo haría un helado puesto sobre el fuego.
El incendió creció junto con el griterío inhumano. Mas la casa era grande, y como no tenía muebles y estaba muy húmeda no ardió completamente. ´

- Si no se destruye toda la casa algunos se van a salvar -dijo Jonatan. 
- Pero por lo menos destruimos a varios -opinó Felipe. 

Viendo la casa humeante, esperaron varias horas deseando que se derrumbaba, pero no lo hizo en su totalidad. Mas nuestros cazadores de vampiros tenían un plan B. 
Felipe había comentado que cerca de allí había una pequeña arboleda. Fueron hasta ella y comprobaron que era un buen lugar para enfrentarse a los vampiros. Confiaban que éstos, apenas cayera la noche iban a salir a perseguirlos, por venganza y porque los dos sabían de su existencia. 
La arboleda crecía en torno a una zona algo elevada, como si hubieran plantado árboles en derredor de un promontorio; zona ventajosa para repeler un ataque, aunque los troncos también podían brindar protección a los vampiros, pero Jonatan contaba con algo que iba a evitar eso: un líquido concentrado de ajo, algo que los vampiros no soportan.
El sol ya había bajado bastante. Una sombra descomunal bajaba desde un cerro y el silencio del campo empezaba a imponerse. Desde donde estaban veían la humareda de la casa, que ahora era solamente un hilo negruzco. Dentro de ella, los vampiros que sobrevivieron al fuego chillaban de rabia. Ya sentían la noche cercana. Pronto iba a llegar su aliada, y entre las sombras iban a vengar a los otros.   
Cuando el sol se ocultó del todo salió la luna llena en el otro extremo del cielo. Entonces cinco vampiros, ya convertidos en monstruos horribles, olfatearon el aire y voltearon a la vez hacia un resplandor que iluminaba el claro elevado de una arboleda. Allí estaban Felipe y Jonathan, y los esperaban.  





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