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miércoles, 28 de mayo de 2014

Cazadores de vampiros (última parte)

Los cinco vampiros corrieron velozmente hacia la arboleda. Felipe Y Jonathan habían encendido una hoguera. Tenían ballestas con flechas empapadas en concentrado de ajo, un puñado de estacas largas y puntiagudas y un machete cada uno, pero su mejor arma era el líquido concentrado de ajo, que esparcido por todos lados les iba a dar una ventaja, eso esperaban. 
Cuando los vampiros alcanzaron la arboleda fueron repelidos por el olor a ajo. Se sacudieron horriblemente como queriendo quitarse aquel olor, luego acometieron de nuevo. Daban grandes saltos y alcanzaban las copas de los árboles, intentaban atacar desde allí, pero cuando las linternas de los amigos los enfocaban, saltaban hacia el campo o bajaban gateando velozmente por los troncos hasta que no soportaban el olor a ajo y brincaban para alejarse. 
En cada una de esas incursiones, Felipe y Jonathan intentaban acertarle alguna flecha, mas los movimientos de los vampiros eran rápidos. Rodeaban la arboleda buscando un mejor punto de ataque, probaban uno, eran repelidos, volvían al campo, mientras la noche seguía avanzando.

De pronto uno de los vampiros dio un par de saltos descomunales, posando primero en un árbol y luego sobre el montículo donde se hallaban los amigos; pero Felipe había advertido ese movimiento, y apenas el engendro tocó tierra una flecha se le clavó en el corazón, y acto seguido Jonathan le dio una patada, y el vampiro rodó hasta los árboles mientras su cuerpo se desbarataba rápidamente hasta quedar reducido a un montón de materia irreconocible. 

- Uno menos -dijo Felipe.
- Buena puntería. Quedan cuatro.

Después de eso los que quedaron fueron más prudentes. Cualquier criatura que ataca asechando duda ante un rival que los enfrenta, y los vampiros no son la excepción. Sin la sorpresa de su parte no era lo mismo.
Las linternas los enfocaban desplazándose cerca de la arboleda, arrimándose más a ella, como calculando. Desaparecían de pronto al moverse más rápido. Emitían chillidos comunicándose entre sí y seguían dando vueltas por el lugar.

- ¿Y si se marchan? ¿Qué hacemos? -preguntó Felipe. Aquel "juego" se había prolongado varias horas.
- No podríamos hacer mucho, no los alcanzaríamos. Pero no creo que se vayan , no mientras estemos vivos. 
- Para qué pregunté…

Y los amigos siguieron vigilando en derredor, mirando sobre la ballesta el círculo luminoso de la luz de las linternas que les habían amarrado. 
La luna había iluminado hasta ese momento el paisaje. Una luz pálida mostraba todo pero a la vez desteñía las cosas, e iluminados por esa luz los vampiros lucían más horribles, resaltaban sus rasgos de murciélago. Mas esa claridad no iba a durar toda la noche, pues una niebla espesa iba avanzando por la pradera. Cuando la vieron los amigos se miraron preocupados. Aquella niebla iba a disminuir la visibilidad, y con su humedad seguramente el olor a ajo se iba a desvanecer bastante. Tenían que actuar antes de que llegara al lugar, debían tomar la iniciativa. 
Bajaron, y con las linternas apagadas se escabulleron entre los árboles. Cuando vieron a los vampiros, éstos se encontraban mirando hacia la niebla que se aproximaba. 
Un flechazo entró por la espalda de un vampiro, justo en el corazón; y otro se volvió en ese momento para recibir una en el pecho. ¡Dos menos! Los dos que se salvaron saltaron hacia la copa de los árboles.   Jonathan fue a correr haca la cima del claro pero Felipe lo detuvo tomándolo del hombro. 

- No vamos a llegar, amigo, nos van a caer encima -explicó Felipe, que aunque no era un experto en vampiros tenía mucho sentido común, y había visto lo que podían hacer aquellos monstruos. 
- Tienes razón. Vigila hacia arriba pero no enciendas la linterna hasta que estén bien cerca. 

Los vampiros descendían gateando. Los amigos, sin dejar de vigilar del todo hacia arriba, corrían de un tronco al otro. Los vampiros, que los veían desde arriba, brincaban de aquí para allá, de un árbol a otro, entre las sombras de éstos. Ahora esa era su estrategia, se mantenían arriba, alejados del olor que los espantaba, esperando el mejor momento. Y cuando uno de ellos creyó que había llegado su oportunidad se lanzó hacia abajo y cayó sobre Jonathan, pero éste era hábil, y en un instante tenía una estaca corta en la mano, y la propia arremetida del vampiro hizo que la estaca se le hundiera en el pecho. 
El último que quedaba, al ver aquello gritó horriblemente, después saltó hacia el campo, corrió hasta una distancia prudente que lo mantuviera a salvo de las saetas de los amigos y se detuvo allí; todavía no se rendía. 
La suerte estaba ahora de parte de los amigos, pues una brisa empezó a soplar de pronto, impidiendo que la niebla se acercara más, y disolviéndola luego. 
El enfrentamiento ya llevaba varias horas. Estaban en verano y las noches eran cortas. 
Una claridad empezó a sumarse a la de la luna; amanecía.  Entonces el último vampiro volteó hacia esa claridad creciente y lanzó otro grito, después se volvió hacia la arboleda y corrió hacia ella, en un último intento desesperado; más una claridad súbita, el primer destello del sol, apareció tras una loma lejana, deteniendo en seco al vampiro, destruyéndolo después ante los ojos de los amigos. ¡Habían triunfado!, por el momento. 
Ya con el campo inundado de luz, los dos, sintiéndose victoriosos, avanzaron rumbo a donde habían dejado la camioneta. Al llegar a ella Jonathan miró hacia atrás, pensó algo y dijo: 

- Es extraño, por lo que sé, no es común que hubieran tantos vampiros en un lugar.
- Ahora que lo dices, aunque no soy un experto como tú, también me parece extraño. Si son tan cuidadosos como me contabas, ¿por qué se amontonaron en una sola casa. Se me ocurre que tal vez sólo era un puesto de avanzada. 
- Espero que no -deseó Jonathan. 

Los dos presentían ahora algo terrible. El día anterior no habían visto a nadie en el caserío del establecimiento, si bien habían pasado algo lejos, era extraño que no vieran a nadie. Cuando llegaron al caserío vieron que las ventanas estaban ahora tapiadas o encortinadas exageradamente: adentro todos eran vampiros. No habían salido esa noche porque aún no estaban del todo convertidos. 
Y esa avanzada de los vampiros estaba ocurriendo en todas partes, por todo el mundo; le habían declarado la guerra a los humanos, y nuestros cazadores iban a participar en ella…  




  

9 comentarios:

  1. Excelentes cuentos. Tiene poco que comencé a visitar este sitio (y seguiré haciéndolo), espero pronto leer todos los que hay hasta ahorita. Sigue así.

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    1. Gracias. Bienvenido a mi humilde blog. Leer todos te va a llevar bastante tiempo ¡Jeje! Te invito a que comentes también. ¡Saludos!

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  2. Hola jorge me encantan todos tus cuentos, ss un genio, ts cuentos son atrapantes siempre se los leo a m hijo y a los 2 nos gustan mucho besos!!! Sigue haci

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    1. Ely, los estás educando con cuentos de terror al niño; eso es bueno, un futuro lector del blog ¡Jeje!
      ¡Les mando un saludo a los dos, besos!

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    2. Siii jorge, igual m hijo tiene 15 años y ya es un seguidor tuyo, esperamos anciosos cada nuevo cuento

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  3. Excelente Jorge. Este final no me lo esperaba una guerra mundial vampirica, la verdad un cuento muy bueno. Atrapante hasta el final. Una guerra mundial vampirica da para un libro, como el de guerra zombie. No se si lo vas a continuar pero hasta ahora estuvo espectacular. Muchas gracias. Un abrazo.

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    1. Gracias. A este también lo publiqué primero en otro blog, y como tiene pocas visitas (comparado con este) tenía solo un comentario o dos, no me acuerdo bien, y como ya tenía algunas dudas sobre la historia no quise continuarla, que era mi objetivo. Voy a ver, si gustó bastante lo sigo, pero parece que no.
      En todo caso antes va a salir otra parte del cuento "La manada", el de la familia de hombres lobo. ¡Saludos!

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  4. Hola Jorge hace un año leo tus cuentos y quiero decirte que me fascinan. Muchisima suerte sigue asi. Saludos desde Honduras

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    1. Hola. Ya eres un asiduo del blog entonces. Gracias por comentar. ¡Saludos desde Uruguay!

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