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viernes, 23 de mayo de 2014

La luna y el cazador (cuarta parte)

Muy atrás había quedado la casa de Mac Gregor cuando Mauro hizo un alto en el camino.  El nuevo propietario de la casa no le había dicho qué tan lejos se hallaba el caserío donde vivía ahora Mac Gregor, pues no se lo habían indicado.    Mauro supuso que no iba a llegar esa noche.  La Luna se encontraba en un extremo muy bajo del cielo y creaba sombras larguísimas, mientras en el otro extremo brillaba con fuerza el lucero del alba. Ya se escuchaban algunos cantos aislados de pájaros aunque el bosque seguía oscuro.   
Con que claridad Mauro sentía ahora la transición entre la noche y el día. Reanudó su caminata. 
Amaneció de todo cuando alcanzó un tramo donde el camino salía del bosque; ahora serpenteaba entre campos y plantaciones.   Aquella zona no era tan despoblada. Había una vivienda aquí, otra unas cuadras más adelante, y cruzó por varios vehículos que iban rumbo a la ciudad.   
Mauro especuló que por allí no podía estar el escondite de Mac Gregor, el hombre lobo que buscaba para vengarse. 
Un poco más adelante había un puente que era atravesado por un arroyo. Miró hacia el agua y vio que bajo la corriente nadaban algunos peces.  Decidió acampar bajo aquel puente. 

Cuando cazaba estando transformado en un hombre lobo engullía a sus presas, y durante el día no necesitaba comer, pero esa noche solo había caminado. 
En su mochila tenía todo lo necesario para sobrevivir. Un simple anzuelo atado a un hilo de pescar le iba a ser muy útil allí. Cortó una rama larga de sauce, y estuvo pronta su caña de pescar. Usó como carnada la carne de una rana que encontró en la orilla.  Cuando se hizo de algunos peces encendió una fogata pequeña.  Mirando las llamas chisporroteantes se puso a reflexionar. 
Si Mac Gregor contaba con varios hombres lobo no iba a poder con todos.  Aunque él se había revelado la primer noche, no contaba con que otros tuvieran su voluntad, ni su suerte. Seguramente durante el día esos hombres serían prisioneros, pensó, aunque después se le ocurrió la posibilidad de que también fueran tipos malos como Mac Gregor; eso le gustó más, si iba a matarlos era mejor que fueran malos. Pero de nuevo volvía a pensar que no iba a poder con todos.   Sacó de la mochila uno de los cuchillos que había mandado bañar en plata y probó el filo en una hoja.  Sin dudas eran letales para un hombre lobo, pues cuando él estaba transformado no podía ni tocar aquel metal, solo tomarlo de la empuñadura, pero si los hombres lobo eran muchos… 

Consideró el desistir, pero con solo pensarlo se sintió mal. No, tenía que seguir con su meta. Si moría en el intento que así fuera, de todas formas iba a vender cara su muerte. 
Cuando estaba comiendo el fruto de su pesca escuchó que un vehículo se estacionaba en un costado del puente.  Después se acercó a la orilla un hombre muy robusto. El tipo saludó con un “Buen día”, y Mauro saludó de la misma forma. Después el tipo se puso a mirar el agua y dejó un bolso que llevaba en el suelo. Mauro notó que cuando el recién llegado miraba el extremo del arroyo donde se hallaba, en realidad lo estaba estudiando a él. No le pareció rara aquella conducta. Ya hacía tanto tiempo que recorría los caminos que estaba acostumbrado a la desconfianza de la gente. Como el otro parecía muy listo pronto se iba a dar cuenta de que él no era un mal tipo. Finalmente el desconocido dijo, echando otra rápida mirada hacia el agua: 

- Lindo arroyo, y se ve que sale algo. 
- Salieron varios pescados, sí, no sé si siempre es así. Es la primera vez que vengo -comentó Mauro, y tomando uno de los pescados que tenía ensartado en un palo se lo ofreció al otro-. ¿Quiere?, está bien cocido. 
- Bueno -contestó el extraño, tomó el bolso y fue a sentarse al lado de Mauro. 

El otro también era hombre de mundo y conocía a las personas. Enseguida supo que Mauro era un buen tipo.  
El extraño llevaba comida en el bolso, aceptar aquel pescado era como una formalidad, y pensaba retribuir el gesto compartiendo la de él.  Tras tirar los restos del pescado en el agua buscó en el bolso y sacó un gran trozo de salame y unos panes. Tomó un pan y un trozo de salame y se lo extendió a Mauro diciendo: 

- Supongo que todavía tiene lugar para algo más. Este salame está muy bueno, es casero. 
- Habrá que probarlo entonces -dijo a su vez Mauro. 

El salame estaba bastante duro. El que acababa de llegar sacó de su bolsillo una navaja grande estilo “Tanto” y se puso a cortar lonjas finas que iba acompañando con trozos de pan. Mauro, para no ser menos, sacó uno de sus cuchillos, y el objeto enseguida llamó la atención del otro y lo hizo comentar: 

- Bonito cuchillo. ¿Hoja de espiga?  
- Sí, pero de una espiga gruesa. El mango es de ciervo, como ve -le contestó Mauro, y cuando terminó de cortar una lonja se lo arrimó con la hoja hacia él, para que el otro lo examinara. 

El tipo era un gran conocedor en la materia. Lo miró de cerca y frunció el ceño, como muy extrañado: 

- Esto es… ¿un baño de plata? -acercó un poco la hoja a su nariz y estuvo convencido-. Sí, es plata. 
- Así es, es plata. 
- Disculpe mi curiosidad, pero, ¿por qué un baño con plata? 
- Porque queda bien nomás -mintió Mauro, que al darle el cuchillo no esperaba que el otro fuera un conocedor-. La hoja es de acero al carbono, y como se oxidaba mucho le mandé poner eso. 
- Interesante elección. Voy hasta mi camioneta y le muestro algo -y dicho eso se levantó y se fue. 

Volvió con un machete “kukry” en la mano y se lo dio a Mauro. 

- Bañado en plata también -comentó Mauro tras desenvainarlo. 
- Tenemos el mismo gusto para los filos. 
- Eso parece. 
- Por cierto, me llamo Willy. 
- Mauro, un gusto. 

Cuando el sol se había elevado mucho buscaron la sombra del puente. El que los viera en aquel momento pensaría que eran amigos de años. Willy también era un cazador, y tenía un pasado militar, y Mauro parecía uno por la herencia de su padre.  
En situaciones así, en un campamento, aunque este sea improvisado, los hombres suelen sincerarse entre si y se forman amistades rápidamente. Pero cada uno sentía que el otro escondía algo. 
“¿Por qué le habrá puesto plata a su machete?”, pensaba Mauro “¿Acaso sabrá algo sobre los hombres lobo?”

Continúa:    


3 comentarios:

Anónimo dijo...

Esta buenísimo, y como dijiste que no muerdes sigo por aquí 😊. Celia

Jorge Leal dijo...

En realidad sí muerdo, y tengo rabia ¡Jaja! Bueno, ven cuando quieras, y comenta. ¡Saludos, Celia?

José Luis Vassallo dijo...

Interesante el camino que esta tomando la historia. Sera un posible aliado? lucharan? uffff no me aguanto a leer la continuación. :-) Slds

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