¡Advertencia!: Todas las obras del blog le pertenecen a Jorge Leal. Prohibido tomarlas para cualquier fin sin consultar antes al autor. Y en todos los casos se deberá citar la fuente y el autor, y no se podrán usar con fines comerciales.

Buscar en este blog

miércoles, 21 de mayo de 2014

La luna y el cazador (segunda parte)

El encuentro con los vagabundos había quedado muy atrás.  Ahora cada paso de Mauro era iluminado por la luna, y la carretera que se extendía hasta perderse de vista parecía un arroyo congelado y oscuro, y los pastos de los costados, sus riveras. La calma era absoluta, al igual que el silencio.
Mauro sentía la enorme energía que le brindaba la luna.  Ahora él controlaba aquel poder. El hombre había triunfado sobre la bestia, aunque eso le había llevado muchos años.
La noche en la que fue “contagiado” con aquello siempre volvía a su memoria cuando había luna.
Había caminado todo el día por un bosque sin conseguir una presa. Demasiado tupido era el lugar; senderos de animales llenos de curvas, muchas ramas secas en el suelo, todo aquello dificultaba la caza.
Al atardecer, cuando una luz crepuscular ya desdibujaba la fronda, escuchó los pasos de un animal.
Mauro se agachó y apoyó una rodilla en el suelo, escuchando atentamente. Aquello era, un perro, uno grande.  Se irguió y tomó otro rumbo. Seguro era el perro de un cazador. Tras apartarse unos pasos sintió que lo seguían. Era el perro. El animal era enorme, casi negro, y avanzaba con la cabeza gacha, la mirada puesta en Mauro, y sus pasos eran calculados.
Él no esperaba aquello. Pensó que tal vez se trataba de un animal rabioso.  Apuntó su escopeta y trató de espantar al animal a los gritos, pero este seguía avanzado agazapado. Entonces un cañonazo resonó en el bosque, y el eco se propagó por las elevaciones cercanas.

No le gustaba lo que había hecho, pero el animal lo iba a atacar.  Como la noche avanzaba rápidamente tomó una linterna para examinar al perro. No lucía como si estuviera enfermo. Tenía un collar muy grueso, con puntas. Sin dudas era la mascota de alguien. Si el dueño andaba por allí seguro había escuchado el disparo, y a juzgar por el perro, no quería conocer al dueño.
Cuando giró para irse un hombre ya se acercaba por detrás. Lo había sorprendido. ¿Acaso aquel tipo era más sigiloso que él?  El extraño era muy alto y corpulento. En aquellas medias luces lograba resaltar su cabellera larga y blanca. Tenía el rostro casi cuadrado, y dos enormes arrugas bajaban desde el tabique de su nariz hasta la comisura de sus labios.
El tipo era tan alto que con apenas ladear un poco la cabeza pudo ver al perro inerte tras Mauro.

- Si ese era su perro me disculpo -le dijo Mauro, más por estar apenado que por lo intimidante de la figura del tipo, y continuó-. Me iba a atacar, estaba por saltarme.
- Claro que estaba por atacarlo -dijo el extraño, con una voz muy grave, profunda-. Lo entrené durante meses para eso. Era mi “chivo expiatorio”. Si alguien aparecía mutilado, aunque no quedara muy claro le echaban la culpa a un perro. ¿No ha escuchado los rumores de la zona? Gracias a ese animal la gente habla de un perro asesino, y no de un hombre lobo. Por eso hacía que lo vieran a veces, y cada tanto atacaba a alguien.

Mauro no era de aquella región, había llegado hasta allí solo para cazar, y por lo tanto no había escuchado nada sobre la zona.
Aunque lo que decía aquel tipo no fuera cierto, pues eso implicaría que era un hombre lobo, sin dudas era un loco, pensó Mauro.
Cuando quiso encañonar al tipo este se movió rápidamente y le arrebató la escopeta de las manos, para seguidamente arrojarla por encima de los árboles como quien arroja una rama delgada. El arma se perdió en las tinieblas ya dominantes y cayó muy lejos de allí.
Mauro giró el cuerpo como para huir en dirección contraria a su rival; el otro se abalanzó hacia él, y en ese momento Mauro lanzó una potente patada de talón hacia atrás que impactó en la pelvis del agresor. A esa acción le siguió un golpe de puño circular que dio de lleno en el rostro (el extraño se había arrollado tras el primer golpe), después otro puñetazo, y fue una patada recta al pecho lo que consiguió derribar al gigantón. El padre de Mauro lo había entrenado bien.
Creyó que con aquello tenía que bastar para dejarlo inconciente un buen rato. Cuando se alejó de allí la noche ya era dueña del bosque.

Al especular que estaba bastante alejado del grandullón encendió la linterna, mas no mucho después la apagó, porque el bosque comenzaba a quedar claro, y vio que la luna llena ya se elevaba sobre unas copas.  En ese momento sonó el aullido. Fue largo y aterrador. Le pareció que venía de la zona donde dejara al loco.  Cuando resonó otro aullido Mauro quiso apurar el paso, pero el bosque se interponía continuamente, haciendo su andar más lento, y era como en una pesadilla, y la fronda parecía apretarse más.
Pronto escuchó que algo venía rompiendo gajos detrás de él.  Ya no tenía caso huir, tenía que defenderse.  Empuño su cuchillo de monte en la mano derecha y en la izquierda apretó la linterna. Si la encendía en el momento justo podía encandilar al otro.
Su perseguidor venía resoplando, gruñendo, y apartaba todo lo que se pusiera enfrente, y derribaba árboles jóvenes de un manotazo, y a los más grandes le hacía unos surcos en la corteza con las uñas.
Finalmente lo alcanzó y pudo ver a los ojos a la bestia. Era un hombre lobo, y aunque su camisa estaba rasgada estaba claro que era el dueño del perro. Asomaron unos colmillos y la bestia pareció sonreír fieramente.  
Mauro y el hombre lobo empezaron a atacarse.  Uno esquivaba garras, el otro un cuchillo. El haz de luz de la linterna confundía por instantes al licántropo, y Mauro consiguió hacerle un tajo. Pero la bestia era demasiado poderosa. En una de las embestidas el hombre lobo le alcanzó el pecho, abriéndole unos surcos. Después lo arrojó contra un árbol, y desde allí todo fue oscuridad.
Despertó por la mañana en una habitación sombría, y para su horror estaba atado del cuello a una gruesa cadena empotrada en la pared.  Examinó con más atención la habitación y descubrió que era un sótano.  El gigantón lo tenía atrapado.  Al fijarse en las heridas de su pecho vio que estaban cicatrizando. Enseguida entendió que aquello no era nada bueno; si se estaba curando tan rápido era por ser un hombre lobo. ¿Qué querría la otra bestia de él?
Continuará…

3 comentarios:

  1. Excelente continuación y el final, nos prepara para su siguiente parte. Muy bueno por favor continua así que esta espectacular. Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias por estar siempre ahí, José, y por comentar. Hoy publico la tercera parte. Un abrazo, amigo.

      Eliminar
  2. Bien!!!!! Muy interesante tu saga, me gusta jorge

    ResponderEliminar

¿Te gustó el cuento?