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lunes, 30 de junio de 2014

Bajo el hospital (tercera parte)

Espiando hacia el corredor, A Lucas le quedó claro una cosa, la evacuación del hospital había fallado. A los zombies que salieran del suelo se les sumaba ahora toda una legión de recién convertidos. 
Volvió a trancar la puerta y examinó lo que había allí. Abrió una de las cajas, tenía unidades de suero oral. “Un pequeño golpe de suerte, entre tanto desastre”, pensó. Pero en ese momento se dio cuenta de que no tenía sed. De todas maneras trató de hidratarse un poco, mas solo había tomado un trago cuando le vino una especie de náusea y escupió en el suelo lo que había tragado. Creyó que tal vez el suero estaba vencido. Se equivocó, era nuevo.  Atribuyó aquello a su mal estado de salud; acababa de morderlo un zombie… ¿Acababa? ¿Cuánto había pasado desde que perdió la consciencia? Lamentó su costumbre de trabajar sin reloj. Le hubiera gustado saber cuánto tiempo estuvo oculto allí. Supuso que no mucho, porque no tenía hambre. 
Se revisó la herida del brazo, lucía muy mal, aunque no le dolía. Se la tocó con el dedo, presionó la herida, salió un líquido amarillento, pero nada de dolor. Supuso que la infección de alguna forma le había afectado los nervios, y por eso no sentía nada, aunque no recordaba haber escuchado algo así. Dedujo que si todavía no se había convertido en zombie ya no lo haría. “Esa mordida no fue suficiente”, especuló. 

En su cinturón de herramientas tenía el martillo con el que liquidara al zombie que lo mordió, además de un par de destornilladores grandes. Esas herramientas le iban a servir para salir de allí. Descorrió de nuevo la caja y espió hacia el corredor. Entornando apenas la puerta, veía solo una porción del lado izquierdo del pasillo. No había zombies allí, mas llegaba ruido desde el lado derecho. Tenía que abrir mas la puerta y asomarse para ver. Aquella acción era arriesgada, porque podrían verlo. Decidió esperar. 
Su decisión fue acertada. Un grupo grande de muertos andantes empezó a pasar frente a la puerta. Eran en su totalidad, víctimas de los primeros zombies, y todos tenían partes desgarradas, mordidas o faltantes; dejaban un rastro rojizo al pasar. 
Al volver el silencio Lucas miró de nuevo. Esta vez se asomó rápidamente. El pasillo estaba despejado, pero este no era muy largo y se conectaba con otros en ambos extremos. ¿Qué había mas allá? Seguramente zombies. 
Lucas empuñó uno de los destornilladores como si fuera un pica hielo, y con el martillo en su mano diestra, salió al pasillo avanzando agazapado. Después se dio cuenta que de nada le servía avanzar así, y se irguió.  Recostó la espalda a la pared cerca del corredor transversal y se deslizó lateralmente para ver lo que estaba mas allá. Tres zombies caminaban lentamente uno al lado del otro, dándole la espalda. En el otro extremo no había ninguno, mas la salida estaba en el de los zombies. 

Lucas apretó fuerte el martillo y corrió hacia los reanimados. Aún le daban la espalda cuando alcanzó al primero. En ese momento los otros voltearon, y Lucas vaciló por lo horribles que eran: Uno no tenía piel en la cara, y esto hacía que sus ojos parecieran mas grandes. El otro tenía la mandíbula dislocada, y al estar sostenida solo por una piel ya flácida la mandíbula le colgaba hasta el pecho, y tras el giro brusco de la cabeza se quedó meciendo.  
Lucas ya no tenía la sorpresa de su parte, sin embargo, los zombies no reaccionaron como él esperaba, entonces el martillo volvió a golpear.  Tres menos, le quedaban no sabía cuántos. 
Debía alcanzar una sala de espera, allí estaba la salida al patio.   Ninguna de las salidas del edificio daban a la calle, y en toda la manzana había muros. Lucas deseó que los patios no estuvieran llenos de muertos. No sabía que tenía un gran problema antes. 
Como divisó a unos zombies a su espalda, alcanzó la sala de espera corriendo, no espió lo que había en ella antes, y de pronto se vio frente a una multitud de zombies. Estaban por toda la sala, y un gran número de ellos giró la cabeza hacia él. Algunos muertos golpeaban la puerta queriendo salir, pero la habían tapiado desde afuera. Lucas, a pesar de todos los muertos que se agitaban allí, llegó a notar la puerta tapiada.  Solo estuvo frente a la horda un instante, y se alejó de allí corriendo. Siguió el pasillo, porque por donde vino ahora avanzaban unos reanimados.  Entonces se sintió atrapado. La otra salida que conocía se encontraba en la dirección que tomara la horda que pasó frente a su refugio, y seguramente también estaba tapiada. Pero volvió a tener esperanzas al ver el comienzo de una escalera. Tal vez si subía al segundo piso podría bajar al patio por alguna de las tuberías de desagüe del techo, y supuso que la escalera retrasaría a la horda que iba a salir de la sala tras él. Pero para su sorpresa, ningún zombie salía de la sala. “¿Esta segunda generación de zombies será menos agresiva que los otros?”, pensó. Eso le gustó. Tal vez eran menos activos que los otros. 
Subió por la escalera y alcanzó el segundo piso. Allí también andaban zombies. 

Continúa…

viernes, 27 de junio de 2014

Bajo el hospital (segunda parte)

Los zombies intentaban salir de la habitación donde se amontonaban. Del otro lado, a cada instante se sumaba mas gente, y los policías pidieron refuerzos. Cuando llegaron mas oficiales, Lucas y otros valientes voluntarios comenzaron a evacuar aquel ala del hospital.  
Algunos enfermos salieron por su cuenta, otros apoyados en alguien, y fueron llegando camillas para sacar a los mas débiles. En el pasillo se cruzaban pacientes que huían con policías que iban a socorrer a sus compañeros, que improvisando una barricada en la puerta, resistían a duras penas la embestida  de los zombies que querían salir. 
Cuando empezaron los disparos cundió el pánico. Algunos enfermos se tiraban de sus camas e intentaban salir arrastrándose. Lucas cargaba a una persona o empujaba una camilla, llevaba a uno, volvía por otro, mientras allá, en el final del pasillo, donde estaba la habitación de los zombies, sonaban una tras otra las detonaciones y explotaban gritos. Los zombies habían logrado salir, y los policías tuvieron que replegarse ante la furia de estos, pero retrocedían disparando hacia la marea de muertos vivientes. 

Lucas, mientras llevaba en sus brazos a una señora, pensaba en lo que acababa de pasarle: “Zombies bajo el piso… ahí debía haber una fosa común, pero, ¿de zombies?”, y recordó un viejo rumor, ya vuelto leyenda, que hablaba sobre los primeros años de la ciudad, cuando esta era aún un pueblo, y se mencionaba una comunidad de extranjeros que se asentaron en las afueras, y supuestamente toda la comunidad cayó presa de algún tipo de enfermedad. El rumor decía que habían muerto todos, y que como el cementerio era muy pequeño en esa época, a la mayoría los habían enterrado en el predio del hospital, todos juntos.    Como la gente de ese entonces quiso olvidar aquel hecho, a las otras generaciones solo les llegó el rumor de lo sucedido, y muchos no creían, o consideraban  que se había sobredimensionado el asunto.  Ahora Lucas sabía que era verdad, aunque no se explicaba por qué eran zombies. 
Continuaba la lucha por detener a los muertos andantes, y el hospital seguía siendo evacuado, pero el lugar era tan grande y eran tantos los internados allí, que en el desorden causado por el miedo la tarea se hacía muy difícil.  Varios grupos de bomberos trataron de imponer algo de orden en la evacuación, mas los zombies ya se desparramaban por varios corredores, a pesar de la lluvia de balas de los agentes. 
En un pasillo Lucas cruzó por unos policías que corrían en sentido contrario, y uno de ellos le advirtió: 

- ¡Tiene que salir de aquí, ya vienen…!
- ¡Creo que todavía queda alguien en aquel cuarto!, ¿me ayudan? -tuvo que gritarles Lucas, para hacerse entender sobre la balacera y el griterío infernal que se extendía ahora por todo el hospital.  
- ¡Ya vienen, hay que irse! -y siguieron corriendo. 

Él fue solo; no podía dejar a una persona allí. Se sentía responsable de haber liberado a los muertos, aunque era de suponer que de todas formas iban a salir por aquel piso, solo era cuestión de tiempo. 
Cuando llegó al cuarto, una señora mayor ya se había levantado e intentaba huir caminando. Él la levantó en brazos, como hiciera con otros, y salió al corredor, mas los zombies ya estaban allí. Dos le arrebataron a la señora, y casi al mismo tiempo uno lo mordió en el brazo. Lucas lo apartó de un empujón y sacó un martillo que llevaba en su cinturón de trabajo. Cuando el zombie lo atacó de nuevo, el martillo le rompió la cabeza. Intentó salvar a la señora pero ya la habían apresado varios, y uno le desgarró el abdomen con las manos.   Otros reanimados se sumaron a estos y Lucas tuvo que escapar de allí. Corrió tomándose el brazo herido. Enseguida supo que estaba en graves problemas. 
Hacía unos años lo había mordido una víbora venenosa en una acampada; esa vez sintió cómo el veneno se extendía por su cuerpo. Ahora sentía algo similar: se iba a transformar en un zombie.
Pensó que aquel era el fin para él. No tenía caso salir del hospital, pronto él sería un muerto andante mas, y no deseaba atacar a nadie; pero por otro lado, no quería que lo despedazaran. Lo mejor iba a ser esconderse, encerrarse y morir, y revivir sin dañar a nadie. Al alcanzar otro corredor, se vio de pronto frente a la puerta de un depósito. La tanteó, estaba abierta. Era un depósito pequeño, y tenía algunas cajas. Cerró la puerta, arrastró unas cajas para bloquearla, y se dejó caer en un rincón. 
La herida cada vez le dolía mas y el cuerpo se le estaba entumeciendo. Fuera de la pieza, todavía llegaban detonaciones desde otras partes del hospital, y pasaban gimiendo los muertos, los que surgieron del suelo y algunos que acababan de convertirse. 
Lucas comenzó a respirar apenas. Siempre había creído que en el final vería su vida pasar frente a sus ojos, pero solo sentía dolor y aquel entumecimiento, y de pronto, nada. 
Después de un tiempo que le fue imposible determinar, volvió a ver lo que había en aquel depósito, estaba vivo, pero, ¿cómo podía ser, y, cuánto tiempo había pasado?  Se levantó, movió lentamente una de las cajas que colocó frente a la puerta, y la entornó para espiar. Algunos zombies deambulaban lentamente por el pasillo. Ya no se escuchaban disparos, solo algunos ruidos apagados y gemidos, muchos gemidos. Estaba atrapado en un hospital lleno de muertos vivientes.

Continúa… 

miércoles, 25 de junio de 2014

Bajo el hospital (primera parte)

Lucas levantó la piqueta sobre su cabeza pero no descargó el golpe; había escuchado un ruido bajo el piso.  Le dijo a Esteban y a Ramón que se detuvieran y quedó atento. 
Lucas y sus dos compañeros estaban trabajando en la habitación de un hospital, retiraban un piso ya mal trecho, eran albañiles. Como en las habitaciones contiguas había pacientes, no podían usar un martillo mecánico por el ruido, por lo que lo estaban haciendo manualmente, con piquetas y cuñas de acero. Al comenzar tuvieron que dar algunos golpes, pero después de retirar una baldosa fueron levantando las otras con menos ruido, y como la humedad ya había hecho gran parte del trabajo, removieron muchas baldosas en un rato. Pero Lucas sintió un ruido, y eso nunca es algo bueno. Romper una cañería de agua resultaría desastroso, y estaba la posibilidad de que el piso se derrumbara, que estuvieran sobre algo hueco. Sabían que aquella parte era un ala antigua del hospital, y los planos no coincidían del todo con la estructura, por lo que sospechaban de modificaciones que no figuraban en ningún lado. 
Los tres escucharon atentamente. Lucas dio unos golpecitos en el suelo y el ruido aumentó. 

- ¿Qué habrá ahí abajo? -preguntó Ramón.
- Según el plano que me dieron, nada, pero ya vieron que está mal, no explica todo lo que está construido -le contestó Lucas. 
- ¿Serán, ratas? -planteó Esteban. 
- Puede ser, pero supuestamente por aquí no pasa ningún drenaje ni cañería. Pero pueden haber cavado algo ahí, y claro, tal vez nos equivocamos de habitación. Ruido a agua no es. 

Los tres quedaron suspensos. La idea de cientos de ratas bajo ellos era repugnante. Pero lo que había allí era algo mucho peor. 
El ruido se concentró en la zona donde habían retirado las baldosas. Los tres se apartaron. El suelo crujió, comenzó a agrietarse y se fue elevando como si fuera a estallar. Era el momento para correr. 
Salieron de la habitación. Lucas volvió la mirada primero y vio algo aterrador. El suelo cedió, se rompió, y asomaron a manotazos unos muertos vivientes. Estaban cubiertos de cal y tierra, y hacía tanto que estaban allí que ya no tenían ropa, y les resaltaban las costillas y eran poco mas que esqueletos. Pero se movían con bastante rapidez, y con andar irregular o arrastrándose se fueron desparramando por la habitación mientras otros seguían saliendo del hueco. 
Era una escena pesadillesca, una situación inconcebible, pero allí estaban. Lucas, por el mismo susto que le causó la escena, cerró la puerta con fuerza. Aquello hizo que algunos zombies se dirigieran a ella.  Tras unos pasos tambaleantes chocaron contra la puerta a los arañazos, y recostando la cara en la ventana comenzaron a lanzar dentelladas y a gemir, y al oírlos los otros también se volcaron hacia allí, y otros seguían saliendo del agujero. Era como una explosión de zombies.  Al moverse, la cal y la tierra resbalaba por sus cabezas, por sus hombros, se pechaban al salir, trepaban unos sobre otros, montones de brazos y manos decrépitas arañando el suelo para trepar. Parecía que todo el infierno estaba saliendo por allí.

Los compañeros de Lucas salieron huyendo por el corredor. Él estuvo a punto de hacer lo mismo, pero recordó que en las otras salas había gente. Trancó la puerta con la piqueta y pidió ayuda a gritos. 
Los zombies seguían llenando la habitación. La fuerza que ejercían sobre la puerta ahora era tremenda.   Los muertos vivientes lanzaban gemidos débiles, algunos tenían la boca llena de tierra, y la escupían al intentar gemir, mas al ser tantos los gemidos se sumaban y el ruido crecía como su número. 
Algunas personas que cuidaban a pacientes salieron al corredor, ya con los ojos muy grandes, como presintiendo. Lucas les pidió ayuda, pero al ver de qué se trataba casi todos se espantaron. Solo dos mujeres se quedaron allí, aunque en el grupo había hombres. A pesar de lo extraña y aterradora que resultaba aquella situación, una de las mujeres pensó rápido y tomó una tabla que Lucas y sus compañeros dejaran en el corredor, y con ella apuntaló la puerta. Lucas intentaba sostenerla empujando con su cuerpo. La otra mujer tomó otra madera e imitó a la primera. Pero aquello no era suficiente, eran muchos zombies.  
Cuatro guardias de seguridad llegaron al lugar. Nadie está preparado para algo así. Los guardias dudaron, pero ante la determinación de Lucas y las mujeres, se pusieron a sostener la puerta también. 
En el corredor, como a diez metros de ellos había un banco grande. 

- ¡Ayúdenme a traer ese banco! -gritó Lucas.

Fue con un guardia y trajeron el banco hasta la puerta y lo sumaron a las maderas que la apuntalaban.
En ese momento se unieron unos enfermeros, y dos policías que andaban en el hospital, y cinco personas que vinieron por el corredor. 
Por el momento los zombies estaban contenidos, pero la puerta no iba a resistir mucho mas, y tenían que evacuar aquella ala y todo el hospital. 

Continúa…

lunes, 23 de junio de 2014

La visita endemoniada (última parte)

El ser demoníaco había llegado. Augusto y Romario vieron a la repulsiva mujer aferrarse a los barrotes de la ventana. El espantoso ser forcejeó contra los barrotes, pero a pesar de su fuerza sobrehumana, se necesitaba mucho mas para moverlos en un primer intento, mas el demonio tenía toda la noche. 
Augusto apartó a Romario de un empujón, tomó la hoja del diario y la pegó en la ventana.  Como esperaba, la energía del cura exorcista repelió a la criatura. Lo que antes fuera una mujer, se apartó dos pasos, como asqueada por algo, después se agachó para tomar impulso y se precipitó hacia la ventana, pero fue contenida por una fuerza invisible, y lanzó un grito aterrador de impotencia y rabia.
Ahora tenían que hacer lo mismo en todas las aberturas. No podían confiar solo en la fortaleza de la estructura de la casa. 

- ¡Romario! ¡Hay que pegarlas en las otras habitaciones también! -le gritó Augusto; Romario estaba petrificado de miedo. 

Augusto lo tomó de las solapas del abrigo y lo sacudió: 

- ¡Ayúdeme! ¡Reaccione, hombre! -le exigió. Romario se sobresaltó, lo miró a los ojos, pero solo se quedó allí, mirándolo como un idiota. 

Augusto lo soltó. Salió corriendo por el pasillo, entró en la habitación siguiente y pegó una hoja en la ventana, bajando después la persiana metálica. Le quedaban tres habitaciones mas y la cocina. 
La tempestad ahora rugía por todos lados, y el relampaguear y los truenos eran constantes.  Cuando augusto entró en otra habitación, la poseída ya estaba en la ventana, y tironeaba de los barrotes.  
La endemoniada criatura lo vio, y antes de que Augusto pudiera hacer algo, en engendro maligno deslizó una mano entre los barrotes y arañó el vidrio con movimientos rápidos. Pero el vidrio resistió. Entonces Augusto pegó otra hoja, y la energía de esta hizo que el demonio se apartara. 
La situación ahora era una carrera que Augusto no podía ganar. Cuando llegaba a una habitación, la abominación ya estaba en la ventana intentando arrancarla.  El hombre trataba de no mirarla directamente, porque aquellos ojos rojos eran maldad pura, una maldad que quería penetrar el alma, y era la maldad de innumerables tormentos y atrocidades, de sufrimiento sin fin, aquellos ojos eran, dos aberturas al infierno. 
Gracias a la fortaleza de la vivienda, Augusto consiguió pegar la última hoja. Cuando volvió a la sala, Romario estaba acoquinado en un rincón. Estaba sentado en el suelo, con la cabeza entre las rodillas, meciéndose y balbuciendo algo.  El tipo no tenía ni un poco de autocontrol, era inútil hablarle. 
Un rayo estalló muy cerca y las luces parpadearon. Era frecuente en aquella zona que la electricidad se cortara durante una tormenta intensa.  Augusto fue hasta su cuarto y volvió con un par de linternas y un farol a baterías. Ahora encontró a Romario de pie, estaba blanco como un papel: 

- Están golpeando la puerta -dijo Romario. Efectivamente, golpeaban la puerta como llamando. 

Augusto se arrimó y escuchó, deteniendo a Romario con el brazo extendido, y luego le ordenó hacer silencio con un gesto. 

- ¡Hola! Necesito ayuda, ¿pueden abrirme? ¡Hola! -dijo una voz de niña desde afuera.
- Es una niña -opinó Romario. 
- No, es un truco de la poseída, es el demonio que tiene dentro. No hay que hablarle -le susurró Augusto. 
- ¡Ah! ¡Aquí afuera anda una mujer muy fea! ¡Déjenme entrar, por favor…! -insistió la voz de niña. 

Como no abrieron la voz dejó de insistir; era un truco del demonio.  Como ahora los dos estaban atentos, escucharon arañazos en la pared, y los arañazos subieron hasta el techo, después escucharon pasos arriba.  Los pasos resaltaban sobre el estruendo de la tormenta, y parecía que algo muy grande caminaba sobre el techo. Después volvieron los arañazos, esta vez corriendo a lo largo de la pared. 
Tras el cañonazo de dos rayos, solo escucharon el sonido apagado de la lluvia. Aquella ausencia de ruidos resultaba mas aterradora, porque no sabían qué estaba haciendo el ser infernal, qué tramaba.
En medio de la incertidumbre, se cortó la luz.  Augusto encendió el farol y lo colocó en el medio de la sala; Romario empezó a girar iluminando con la linterna los rincones que permanecían ensombrecidos. 
- Creo que es buen momento para rezar -le dijo Augusto, y lo invitó a sentarse en el suelo, cerca del farol. 

Romario se sentó pero no siguió su consejo, porque no podía dejar de mirar hacia todos lados. Los sofás proyectaban unas sombras inmensas sobre una de las paredes, y unas variaciones diminutas en la intensidad de la luz del farol las hacían temblar. En la calle seguía lloviendo y relampagueando. 
Repentinamente surgió una voz desde el otro extremo de la casa: 

- ¡Romario, voy por ti! -la voz era potente, espantosa, reverberaba en las paredes. 
- ¡Está adentro! -gritó Romario, irguiéndose inmediatamente. 
- No puede ser -dijo Augusto-. No pudo entrar sin hacer ruido, y las hojas del manuscrito… no pudo entrar. 
- ¡Prepárate para sufrir! ¡Te voy a hacer pedazos! -amenazó la voz, y ya se escuchaba mucho mas cerca, avanzaba por el corredor. 

Romario dio unas zancadas hacia la puerta; Augusto intentó detenerlo y le gritó: 

- ¡No salgas! ¡Eso es lo que el demonio quiere! ¡Solo debe ser otro truco! 
- ¡Tenemos que huir, está aquí adentro! ¡Ahí viene! ¡Déjame salir! 

Mientras los dos forcejeaban frente a la puerta, la horripilante figura de la poseída apareció en la sala desde la oscuridad, y los llamó con un gesto de la mano, como lo hiciera con los policías. 
Romario lanzó un grito desesperado de terror y a la fuerza hizo a un lado a Augusto, destrabó la puerta y salió corriendo a la calle. La poseída desapareció de la sala, nunca estuvo allí, era otro truco. 
Augusto supo que ya no podía hacer mas nada por Romario. Lo vio alejarse a la carrera. Cerró la puerta y la trabó. Enseguida escuchó un grito desgarrador; la poseída ya estaba sobre Romario. Después retumbaron uno tras otro unos truenos, y la tormenta rugió aquí y allá, en todo el cielo. 
Augusto pensó que era mejor así, no quería escuchar los gritos de su protegido; al final había fallado. 
Pasó el resto de la noche rezando. Antes del amanecer escuchó sirenas y frenadas: habían encontrado un cuerpo. La tormenta había disminuido junto con la oscuridad. Cuando todo quedó claro, Augusto espió por una de las ventanas. Había policías, unos noticieros y curiosos al por mayor. Un rato después un policía vino a golpear su puerta. 

- Buen día -saludó Augusto. 
- Buen día, señor. Estamos haciendo averiguaciones en todas las casas de esta zona. ¿Durante la noche escuchó o vio algo inusual? 
- Además de la tormenta no escuché más nada. 
- Sí, fue una tormenta terrible, aparentemente nadie vio nada, no es de extrañar con un tiempo así. 
- ¿Qué pasó ahí? -Augusto lo preguntó porque tenía que fingir sorpresa.

 Él había hecho todo lo posible por salvar a Romario, no merecía ser sospechoso de un asesinato. El policía se levantó la gorra y, mirando hacia la escena dijo mas de lo que debía, como suele pasar:

- Alguien encontró el cadáver de una mujer. Por el estado en que está diría que murió hace días, seguramente la arrojaron ahí aprovechando la tormenta. Si es que la mataron quién sabe dónde fue. 
Bueno, si recuerda algo llámenos. Disculpe la molestia. 
- No es molestia, oficial. Adiós. 

Augusto ahora sí estaba sorprendido. ¿Dónde estaba el cuerpo de Romario? No podía haberse salvado, el demonio lo había atrapado.  Mirando a los curiosos que andaban en el lugar reconoció un rostro: era Romario, ya lucía bastante mal y tenía el pelo casi todo blanco. Había vendido su alma por unos días mas de vida y una promesa falsa.  Las miradas de ambos se encontraron un instante y Romario sonrió asquerosamente; Augusto entró y cerró la puerta. Durante la noche había sospechado aquello, pero de todas formas debía intentar salvarlo. 



sábado, 21 de junio de 2014

La visita endemoniada (segunda parte)

Crecía la noche y con ella la tormenta. Ya se oían truenos. Romario tenía los nervios destrozados; Augusto tenía que hacer algo para calmarlo. Su demoníaca visita estaba cada vez mas cerca.  

- Romario, venga aquí -le dijo Augusto, que se encontraba parado frente a una ventana. 
- ¿Ya vino? -preguntó muy preocupado Romario, y se levantó rápido del sillón donde estaba.
- No, tranquilo. Quiero que vea esta ventana. ¿Ve el grosor de las paredes? Y mire eso, esos barrotes son de acero. Hay prisiones con barrotes menos apretados y gruesos que estos. Los vidrios no son comunes, son laminados, como los de los parabrisas pero más fuertes. Ahora le voy a mostrar la persiana. Como ve, es metálica, y se engancha ahí abajo. Solo esta persiana podría detener a un intruso, y están los barrotes y el vidrio blindado.  Esta casa fue construida por alguien un poco paranoico, o por alguien que tenía algo muy valioso que proteger, en realidad no lo sé; pero como sea, esta casa es casi invulnerable. Lo que lo persigue a usted no va a poder entrar. 
- Que bien, ¿y las puertas? -dudó Romario. Augusto fue hasta la puerta y la golpeó con el puño. 
- Es acero de cinco centímetros, y mire las bisagras; por ahí no pasa nada. y además tengo otra cosa que nos va a proteger. Espere aquí, siéntese de nuevo, ya vuelvo. 

Romario se sintió un poco mas seguro. No lo había notado antes por su estado de nervios, pero era obvio que aquella casa era una pequeña fortaleza. 
Augusto volvió con un libro que parecía ser muy viejo, era un manuscrito: 

- Le voy a hacer una pregunta -le dijo Augusto, y se ubicó en un sillón enfrentado, dejando el libro en el posa brazos de este -. ¿Ha tenido usted un objeto muy querido, un objeto con el que pasara mucho tiempo, cualquier cosa, que un día perdió o lo robaron?
- No entiendo por qué me lo pregunta, pero sí, tuve muchos años un reloj de cuerda y lo perdí. 
- Bien, ¿y cómo se sintió luego de perderlo? 
- Lógicamente, mal, sentía que me faltaba algo. 
- Y era así. Le faltaba el objeto y la energía que había depositado en este, porque sin saberlo, depositamos energía en nuestros objetos mas próximos, sobre todo a los que le prestamos atención. ¿Entendió? 
- Sí, nunca lo había pensado, pero es hasta lógico. 
- Así es. Bien, lo que tengo aquí, este libro, es el diario personal de un padre católico que hizo varios exorcismos, todos exitosos. Este libro tiene parte de su energía, lo tuvo casi toda la vida.
He estudiado mucho sobre el poder de algunos objetos, y por todo lo que sé, le aseguro que este es poderoso.  Lo voy a desarmar con mucha pena, mas la situación lo requiere. Si pegamos sus hojas en las aberturas, nos va brindar una protección extra. 
- ¡Fantástico! -se emocionó Romario, mas el entusiasmo le duró poco-. Pero, aunque esta noche esa cosa no pueda entrar, ¿qué voy a hacer después? No voy a poder estar siempre acá. 
- No lo va a necesitar.  Le explico: el asesinato de los policías fue hace varios días, por lo que no creo que al demonio le quede mucho tiempo aquí. Los cuerpos poseídos se deterioran rápidamente, no duran.  Los adoradores del Diablo son unos tontos, creen que les va a dar poder, cuando en realidad solo firman su sentencia de muerte, y un pasaje de ida al infierno. A esa mujer, ahora un engendro, no le debe quedar mucho. 
- Eso es un alivio. 
- Sí, pero por otro lado, la tormenta que se aproxima le va a dar mucha energía, y va a hacer todo lo posible por entrar, o hacernos salir. 
- ¡Maldición! ¿Por qué a mí? ¿Por qué me persigue? -se desmoronó de nuevo Romario, y se echó hacia atrás en el sillón, con las manos en la cara. 
- Seguramente lo persigue porque el terror que usted sintió aquella noche fue muy fuerte, y eso es como un manjar para el demonio. Si sorprende a alguien que no sabe qué es, el terror nunca va a ser tan fuerte, aunque seguramente ya se cobró otras víctimas, pero usted es, digamos, “el plato principal”, y… tal vez hay algo más… Pero usted no se rinda. Vamos a sobrevivir a esta noche. Ayúdeme a pegar estas hojas. Tome estas -y Augusto le dio medio libro y un rollo de cinta adhesiva. 

La tormenta ya estaba encima de ellos. Relampagueaba, y tras una luz blanca estalló el primer rayo. La tempestad se precipitó sobre la casa, pero en el interior el sonido llegaba apagado, como lejano, porque hasta el techo era muy grueso. 
Augusto pegó una hoja en una de las dos ventanas de la sala, otra en la puerta. En la siguiente estaba Romario, pero en vez de pegar la hoja, la dejó caer en el suelo; estaba petrificado mirando hacia afuera. Cuando Augusto lo notó dio unas zancadas hacia allí y miró hacia donde lo hacía Romario. 
El demonio estaba afuera, los miraba a través de los ojos inyectados en sangre de la mujer. Lucía mucho mas horrible: ya no le quedaba cabello y tenía toda la piel flácida, blanca, y al sonreír con malicia se le caía el labio inferior hacia un lado. 

- ¡Romarioooo! ¡Ya llegué! -gritó el demonio con una voz espantosa. 

Continúa… 



jueves, 19 de junio de 2014

La visita endemoniada (primera parte)

Alguien golpeaba la puerta, y lo hacía con una mano temblorosa, ya algo débil. Cuando Augusto fue a atender, antes de tomar el picaporte una sensación desagradable le recorrió el cuerpo. Ya había experimentado aquella sensación: algo muy malo estaba cerca, pero intuyó que no era la persona tras la puerta.  En el umbral se encontraba un hombre ojeroso con cara de espantado:

- Buenas tardes -lo saludó el tipo-. Soy Romario Gonzáles. 
- Que tal. Augusto Fuentes. ¿En qué puedo serle útil? 
- Me ha pasado algo muy raro, y sé que estoy en peligro y… es complicado de explicar. 
- Pase y hablamos -lo invitó Augusto. 

Antes de entrar Romario miró hacia todos lados, como si temiera que lo siguieran. Augusto vio que el tipo estaba muy nervioso, le ofreció café y fue a prepararlo. Romario se tronaba los dedos de las manos y se las restregaba nerviosamente. Algo lo afligía y mucho. 
Augusto volvió con dos tazas grandes de café, se sentó frente al otro y lo estudió nuevamente mientras lo veía sorber un gran trago.   Romario se sintió mas seguro allí y empezó a hablar. 

- ¿Usted cree en demonios y cosas así? 
- Creer no sería la palabra correcta, sé que existen, sí, pero en el que creo es en Dios -le contestó Augusto. 
- Claro, claro, pero sabe que existen esas cosas. Verá, estoy seguro que una mujer endemoniada, poseída o como se diga me está siguiendo. No la he visto desde aquella noche, pero sé que me va a encontrar, es como un presentimiento terrible. ¿Puede ayudarme? 
- Voy a tratar, pero tiene que decirme algo mas. Habló de una noche, cuénteme qué pasó esa noche, ¿por qué cree que un demonio está tras usted? 

En ese punto Romario dudó. Tenía que confesar algo delicado, que implicaba la muerte de dos personas. Pensó en dejar el asunto allí, pero al imaginarse nuevamente solo con su secreto, se decidió al fin: 

- Ocurrió hace unos días -comenzó Romario-. Era de noche, venía manejando por una ruta muy poco transitada. No sé cuánto rato estuve sin cruzar por ningún vehículo.     En una parte donde la ruta está rodeada por bosques, vi unas luces rojas que advertían sobre un vehículo parado, y el vehículo era una patrulla policial.  Pasé lentamente por ellos. Eran dos policías: uno había levantado el capó de la patrulla e iluminaba el motor con una linterna; el otro intentaba comunicarse por radio. Dentro del vehículo había alguien mas pero en ese momento no lo vi bien.  ¡Maldito sea el momento en que e detuve! Disculpe, pero es que estoy tan arrepentido, debí seguir y no detenerme…   Como sé bastante de mecánica, me detuve un poco mas adelante y les ofrecí mi ayuda.  En un primer momento los dos actuaron como desconfiados, supongo que es el procedimiento, pero después me agradecieron. No soy muy observador, pero los noté algo nerviosos.  
El que tenía el radio intentaba comunicarse una y otra vez pero el aparato estaba muerto. La primer impresión que tuve al mirar el motor fue que el auto era muy nuevo, y el policía me dijo que lo era. Cuando me dijo que todo el tablero se había apagado, quise verlo, y ahí fue cuando vi a la mujer. Estaba en el asiento de atrás. Tenía una cabellera larga y blanca pero muy escasa en volumen, tenía la cabeza calva en algunas partes, aunque no parecía ser muy vieja. Su sonrisa maligna y su mirada me hicieron erizar la piel. Enseguida traté de no verla mas y volví al motor. El policía debió notar que la mujer me impresionó, ellos tampoco se sentían cómodos.   Me dijo en voz baja que la mujer era parte de un culto satánico que mataba animales, y se sospechaba que también gente. Saber aquello me impresionó más.  
Después, miré para el asiento trasero y la arrestada ya no estaba allí. El que estaba con la radio lo notó también e iluminó la parte de atrás con su linterna, ya no estaba. ¿Cómo podía haber desaparecido así, con tres personas tan cerca? ¿Dónde estaba? Cuando uno de los agentes apuntó su linterna hacia el bosque la iluminó de frente. Ella sonreía con mas malicia todavía, y los retó a que la siguieran con un gesto de la mano, giró y se internó en el bosque. Los policías salieron corriendo tras ella. Apenas se habían internado en la espesura cuando comenzaron los gritos. Sin dudas eran los policías los que gritaban, y aquellos eran gritos de dolor, gritos desgarradores de agonía, de dolor inmenso. 
En ese momento me golpeó el terror. Salí corriendo hacia mi auto, y un instante después arranqué a toda velocidad. Pero la cosa no terminó allí, porque al mirar por el retrovisor vi espantado que la mujer o lo que fuera aquello me seguía corriendo velozmente. Estaba toda cubierta de sangre y su cara se había transformado horriblemente. Cuando aceleré mas, aquella cosa empezó a andar en cuatro patas, y casi me alcanzó, pero finalmente la dejé atrás. 
Había escapado pero ya no me sentí a salvo. Estoy seguro que va a venir por mí. ¿Me cree? 
- Le creo. La noticia de los policías despedazados sigue recorriendo los informativos. Así que usted estuvo ahí. ¿Alguien mas lo sabe? -le preguntó Augusto. 
- No, nadie. 
- Ya estaba presintiendo algo así. Mire, lamentablemente no está equivocado, seguramente vendrá por usted. Anda tras su terror, tras su miedo, eso fortalece a un ser así. Esa mujer voluntariamente habrá aceptado a un demonio. No estamos hablando de el Diablo. Tampoco un demonio así posee un poder que no se pueda combatir. Lo voy a ayudar. Lo mejor va a ser que se quede aquí, esta casa es muy segura. Están anunciando una tormenta para esta noche. Seguramente vendrá con el mal tiempo, pero lo vamos a enfrentar juntos. ¿Le parece? 
- Sí, muchas gracias. 

La tarde ya comenzaba a oscurecerse porque unas nubes oscuras se iban amontonando en el cielo. 

lunes, 2 de junio de 2014

En el cine

La película de terror que fueron a ver resultó ser muy mala, pero Maximiliano y Diego igual querían divertirse. 
Estaban sentados en la parte más alta del cine, y desde allí comenzaron a tirar cosas sobre los otros.
Había poco público, dos o tres por aquí, otros mas allá, mas los dos amigos tenían puntería.  Arrojaban los papeles de las golosinas, y cuando estos daban en la cabeza de alguien, los bribones quedaban mirando fijamente la pantalla, aguantando la risa. Los agredidos miraban hacia todos lados, hablaban algo con quien tenían al lado, algunos riendo, otros visiblemente enfadados, y volvían a prestarle atención a la pantalla. Entonces los amigos se tapaban la boca con la mano para no echarse a reír a carcajadas. 
Estaban en eso ciando vieron llegar a un grupo de cuatro. Eran dos muchachos y dos muchachas, aparentemente dos parejas, y vestían chaquetas de cuero negro, tenían peinados extravagantes y el rostro pálido. Se sentaron dos hileras mas abajo. 
Maximiliano le dio un codazo a Diego y señaló rumbo a los cuatro, después dijo en voz alta:

- ¿Te enteraste? Volvió la moda de los años sesenta ¡Jajaja!
- Parece que sí -comentó Diego, al no ocurrírsele algo mas ingenioso.  

Los cuatro enseguida se sintieron aludidos y miraron hacia arriba, sonriendo, después dejaron de prestarles atención.  Pero los amigos no pensaban dejar el asunto ahí.  Diego envolvió varios papeles formando una bolita. Se la mostró a Maximiliano, se rieron, y tomando bastante impulso con el brazo se la arrojó en la cabeza a uno de los muchachos.   En ese momento la sala estaba mas oscura porque trascurría en la película una escena nocturna en un bosque.     Cuando la bolita de papel dio en la cabeza de uno de los integrantes del grupo, los otros volvieron la cabeza como si lo hubieran sentido también, y en la penumbra de la sala ahora lucían como monstruos. Pero aquello solo duró un instante, y cuando la pantalla arrojó mas luz solo eran unos rostros pálidos. Mas a pesar de la brevedad de aquella imagen, Maximiliano y Diego sufrieron tremenda impresión, pero no comentaron nada por miedo a que el otro se burlara. Un rato después ya no estaban seguros de haber visto algo, y supusieron que la vista los engañó, pero seguían sintiendo una impresión desagradable.
Ahora eran los espectadores mas juiciosos de la sala, estaban como petrificados en sus asientos. Ya no era divertido, y la película era muy mala, parecía ser una producción independiente de pocos recursos. 

Se estaban por ir cuando el desarrollo de la película tomó un giro interesante, y supieron que era de vampiros. Entonces decidieron quedarse un rato mas.  
En la película se presentó una escena donde los vampiros rodeaban a una persona. El terror en las expresiones de la persona parecían muy reales, algo digno de un premio por la actuación. En la escena los vampiros se transformaron, sus rostros tomaron rasgos de murciélagos;  a Maximiliano y Diego se les erizó la piel al verlo. Aquellos rostros aterradores eran como los que creían haber visto en la sala, en el grupo de mas abajo. La víctima de la película no estaba actuando, era real.   En la película los vampiros empezaron a emitir un chillido muy agudo a medida que cerraban un círculo sobre su presa, y los espectadores de la sala comenzaron a emitir el mismo sonido, y la sala se llenó de chillidos espantosos. 
Los amigos quisieron salir de allí. Cuando se levantaron todos voltearon hacia ellos, y todos eran vampiros con cabeza de murciélago.  
En el final la película todos los vampiros tenían el hocico rojo de sangre, y se relamían o se chupaban los dedos, en la pantalla y en la sala.