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martes, 29 de julio de 2014

El circo (novena parte)

El enorme monstruo que imitaba la apariencia de un payaso avanzaba pesadamente entre los árboles. Esperaban que llegara en cualquier momento, pero de todas formas el asombro no fue poco, y se impresionó mas Diego, porque era la primera vez que lo veía. Y ahora aquel ser lucía mas aterrador que en el circo, pues ya no le interesaba ocultar su verdadera naturaleza, solo quería aterrar y matar al que acabara con su circo, y a todo el que se interpusiera en su camino. 
El ser los vio y empezó a emitir una risita macabra que se desparramó con fuerza por toda la arboleda. 

- ¡Entremos! -dijo Mauro, y los tres se precipitaron hacia la casa. 

Cuando miraron por la ventana, el payaso ya estaba en el patio.  Diego sintió que se le erizaba la piel. 
El ser tenía una cabeza enorme, proporcionada con la grotesca anchura de su cuerpo, y una papada fofa se agitaba como gelatina sobre sus hombros y sobre el pecho. Medía fácilmente unos tres metros y medio de altura. Su boca descomunal era un hueco plagado de un desorden de dientes retorcidos, y una lengua asquerosa y renegrida se agitaba con la risa espeluznante de aquel monstruo.  La nariz, roja y enorme, se inflaba y arrugaba como si la bestia estuviera respirando, y por los agujeros que tenía por orificios nasales, escurría un líquido negruzco que le chorreaba hasta la boca. La piel del rostro era blanca, los ojos, rojos, y el monstruo era completamente clavo, con prominentes arrugas en la cabeza. 
Unos disparos lo hicieron estremecer a Diego, entonces reaccionó y disparó también. 
Como suponía Willy y Mauro, las balas no tuvieron efecto en aquel cuerpo de tonel. Ni siquiera le estaban agujereando la ropa, porque esta era parte de su piel, y aquella “carne” no venía de este mundo.  Le apuntaron a la cara pero sin obtener resultados. Era peor de lo que pensaban los cazadores de monstruos, los disparos ni parecían incomodarlo, solo aumentaron la risa del monstruo hasta volverla carcajada. 

La carcajada ahora era tan potente que les resonaba en el cuerpo, así como se siente el rugido de un león.  En ese punto el payaso se había detenido en el patio, y con un gesto de la mano los desafiaba a que le dispararan. Así se divertía aquel ser. Quería demostrarles que no podían lastimarlo. Después normalmente venía el terror, sus víctimas huían despavoridas, y comenzaba lo mas divertido para él: las personas aterradas le sabían mas deliciosas.  Pero ahora se estaba enfrentando a otro tipo de gente. 

- Probemos con las linternas -dijo Willy. 

Por entre las maderas de la ventana solo podían proyectar unos haces de luz ultravioleta, no todo el rayo, pero fueron suficientes para hacer reaccionar al payaso, que al primer contacto con la luz empezó a echar algo de humo y cambió la carcajada por un grito de dolor.  
La luz lo hizo retroceder hasta los árboles, y desde allí empezó a gritarles con una voz aguda y ronca pero potente: 

- ¡Malditos sean! ¡Voy a empezar a comerlos por los pies! ¡Voy a succionar sus tripas cuando aún estén vivos! ¡Malditos! -y después siguió hablando pero en un idioma que les era incomprensible. 
- Parece que se enojó -comentó Willy-. Mauro, ¿cuánto falta para el amanecer? 
- Un buen rato. La noche todavía está con toda su fuerza -le contestó Mauro, sin mirar su reloj. 

Esto le resultó raro a Diego; Mauro parecía sentir la noche, y también estaban los gruñidos que emitía al pelear. No sospechaba algo malo, acababa de conocerlos pero ya confiaba en aquellos hombres.
Ahora sabía que existían los vampiros, que había otro tipo de monstruos… solo podía suponer qué mas habría, y lo que fuera ya no lo iba a sorprender, creía él.    Las historias de hombres lobo nunca le habían resultado muy disparatadas o improbables.  Pensó brevemente en eso mientras observaba a Mauro; este, aunque sentía la mirada de Diego, no dejaba de vigilar al payaso-monstruo. 

- Eso no va a detener a ese monstruo -opinó Mauro-. ¿Entraré en acción ahora? 
- Mejor espera un poco mas, amigo -le dijo Willy-. Ahora que somos tres se me está ocurriendo un plan, pero hay que entretenerlo mas. Si se nos viene muy encima, sí, muéstrale quién eres. 
- ¿Y quién es? -les preguntó Diego-. O mas bien, ¿qué es? ¿Un hombre lobo? 
- ¡Vaya! Este sí que es astuto -opinó Willy, refiriéndose a Diego. 
- Soy un hombre, que puede convertirse en hombre lobo, sí. Mas no soy un monstruo como ese. Cuando me transformo, aquí -Mauro tocó su cabeza con la mano-, sigo siendo yo, no pierdo la conciencia ni nada. ¿Entiendes? 
- Entiendo y me alegra saberlo, porque empezaba a creer que ese monstruo era mucho para nosotros. 

Mientras tanto, el payaso calculaba desde los árboles. Ahora tenía que ser mas prudente y atacar por otro lado, tenía que sorprenderlos, y tenía los poderes para hacerlo. El payaso aterrador sonrió asquerosamente. 
De repente, los vampiros que yacían en el patio se fueron irguiendo, mas había algo extraño en sus movimientos; parecía que una fuerza invisible los levantaba. Al incorporarse del todo los brazos se les quedaban meciendo, flácidos. 

- ¡No puede ser! -gritó Mauro. 
- Lo veo y no lo creo -dijo Willy. Por lo que él sabía, los vampiros no podían revivir de nuevo una vez exterminados. 

Todos los del patio se habían levantado y caminaban tambaleantes hacia la casa, como zombies. 

- No revivieron -dijo Diego-. Son como títeres, no se mueven por su cuenta. Mírenlos bien. 
- Tienes razón -afirmó Mauro-. Debe ser cosa del payaso… 

Cuando miró hacia los árboles, el payaso ya no estaba. 

- ¡Fue una distracción! -gritó Willy. 

Los vampiros cayeron al suelo todos a la vez. Un instante después escucharon un golpe fuertísimo en la cocina, como una explosión. 
El payaso había derrumbado la puerta y gran parte de la pared de un golpe, y ya entraba a la casa. 

- ¡Entró! -exclamó Willy-. Mauro, ahora sí vas a tener que enfrentarlo. Yo los voy a dejar por un momento. Trataré de volver cuanto antes. Tengo un plan, pero no hay tiempo para explicaciones. 
- Vete, nosotros nos encargamos, ¿o prefieres ir con él, Diego? -le preguntó Mauro.
- Me quedo. Nunca me gustaron los payasos. 

Cuando el monstruo atravesaba la cocina, rompiendo todo a su paso, Willy salió por la puerta del frente.  Toda la casa temblaba ahora, y era como si una aplanadora intentara atravesarla. 
Mauro se quitó la mochila y comenzó a sacarse también el abrigo, y le dio instrucciones a Diego: 

- Voy a pelear con ese engendro. Atácalo con la luz ultravioleta, manteniéndote a distancia, trata de entrar y salir enseguida. Toma mi linterna, úsalas al mismo tiempo, para intensificar la luz. No olvides que sigo siendo yo, aunque voy a lucir como un monstruo. Trata de no enfocarme con esa luz cuando esté transformado, porque me debilita. Ya viene, esperemos que llegue a la sala y salimos al patio. 
- Muy bien. A enfrentar al desgraciado. 

El payaso avanzaba encorvado. Al llegar a la sala pudo erguirse, y rió estrepitosamente. Mauro y Diego salieron al patio.  Cuando el monstruo atravesó la puerta de una embestida, volaron maderas y ladrillos por los aires. 
Mauro lo miró con fiereza y arrojó su abrigo en el suelo: 

- Apártate un poco -le dijo a Diego-. A este monstruo le gusta meterse con víctimas que no pueden defenderse. Veremos qué hace ahora, a ver si se sigue riendo. 

Y Mauro comenzó a transformarse en un hombre lobo. 

Continúa...

sábado, 26 de julio de 2014

El circo (octava parte)

A Diego no le gustó nada el nuevo giro que presentaba la situación: ¿un nuevo monstruo? Ahora que tenía dos aliados inesperados, surgía otra amenaza. ¿Acaso todo iba a seguir empeorando aquella noche? 

- Oigan, ¿cómo es el asunto de ese monstruo que dicen? ¿No es un vampiro? 
- No, de eso estamos seguros -le contestó uno de los tipos, mientras vigilaba hacia afuera. Después volteó hacia Diego-. No me había presentado; en el apuro en que nos encontramos… Me llamo Mauro.
- Diego, y realmente me alegra tenerlos de mi parte.
- Yo soy Willy -se presentó el otro, y le estrechó la mano-. Diego, es de suponer que los vampiros del circo te hicieron algo, por eso el incendio.
- Acabo de enterrar de nuevo a mi tío; lo convirtieron en vampiro.
- Lo siento. Dime, ¿viste el espectáculo de los vampiros esos?
- Parte de él, me fui temprano. 
- Entonces no viste al payaso gigante, es el que cierra la función. Al verlo la gente debe creer que usa zancos o alguna prótesis, y que casi todo su cuerpo es relleno, pero se equivocan. Como ya dijimos, no sabemos exactamente qué es, solo que no es un vampiro. Debe ser una especie de demonio, suponemos. Hemos escuchado sobre otro circo cuyos payasos no son gente, aunque tampoco eran vampiros. Esos no usaban máscaras, su cara era así. Por suerte ese circo ya no existe mas. El monstruo de este circo probablemente es de la misma especie que aquellos, aunque este es mucho mas grande. 
- ¿Un payaso gigante? -preguntó Diego, y revisó las balas que le quedaban en el revólver. Volvió a recargarlo. 
- Oh sí, un payaso aterrador -y Willy recargó también su metralleta. 

Los vampiros se movían entre los árboles, moviéndose de tronco en tronco, acechando ahora. Escudriñaban hacia la casa, emitían una especie de chillido, comunicándose, y evaluaban el ataque. Podría decirse que se volvían mas listos, aunque su humanidad se había desvanecido; el que pensaba era el monstruo. 

- ¿Cómo pudo sobrevivir al incendio? -siguió indagando Diego. 
- Debe ser porque ese desgraciado no se encontraba en ningún remolque, estaba en la carpa, y esta no se incendió. Seguramente debe saber que fuiste tú; esos monstruos tienen algunos poderes. Si no ha venido todavía es porque se estaba divirtiendo, masacrando a los policías que vigilaban el lugar tras el incendio. Íbamos a ayudarlos, pero cuando rodeamos el terreno yendo por esta arboleda, vimos a estos vampiros y la luz de tu casa. Los policías ya estaban perdidos.     De haberse quemado también la carpa el Sol hubiera destruido a ese monstruo.   Diego, si quieres huir mejor hazlo ahora. Los vampiros ya vienen pero te cubriremos. 
- ¿Huir? Esos desgraciados invadieron esta propiedad y mataron al único pariente que me quedaba, y a nuestro perro. No, huir no. Me quedo aquí. Hace un momento creí que era el fin, y ahora tengo una nueva oportunidad para liquidar a esas cosas. 
- Así se habla -dijo Mauro-. Te comprendo perfectamente. A mí también me motivó la venganza. 
- Bien, tu ayuda no nos viene nada mal -le aseguró Willy-. Hasta ahora fuiste muy bueno exterminando vampiros. ¿Cómo estás de balas de plata? 
- Me queda un montón. 
- Excelente. Toma esto -Willy sacó una linterna de su mochila -. Es una linterna de luz ultravioleta. Creo que va a ser nuestra mejor arma contra el payaso. Las balas de plata no deben tener el efecto que tienen en los vampiros, pero por lo menos lo molestarán. 
- ¿Ustedes andaban tras los de este circo nomás, o cazar vampiros es una especie de trabajo para ustedes? 
- Mas bien sería como un deporte extremo ¡Jeje! Y también es una misión. Y cazamos también a otros monstruos. Nos hemos topado también con algunos hombres lobo, ¿verdad Mauro? 
- Con algunos, sí -comentó Mauro, sonriendo. 

Los vampiros se decidieron y atacaron. Entre las maderas que tapiaban las ventanas surgieron unos fogonazos, y los que fueron mas osados cayeron.  Algunos corrían alrededor de la casa, no ofreciendo un blanco fácil. 

- Vamos a tener que salir -propuso Mauro, evaluando la situación por la ventana. 
- Opino lo mismo -dijo Willy-. Tenemos que liquidarlos lo antes posible, porque en cualquier momento puede sumarse el payaso, y ahí la cosa se va a poner mas fea para nosotros. Diego, tenemos que luchar espalda con espalda ahí afuera. Van a rodearnos, a intentar que nos separemos, pero hay que mantenerse firme. Si ves que es mucho para ti, quédate adentro.
- Los acompaño. 
- Pero tienes que confiar en nosotros, y hacer lo que te digamos, no puedes paralizarte o dudar, ¿bien? 
- Hagámoslo. 
- Yo salgo primero -les dijo Mauro. Empuñaba un revólver en la zurda y un cuchillo en la derecha.

Salieron por el frente de la casa, por donde había mas patio. Los vampiros empezaron a rodearlos. 

- Todavía no dispares ni enciendas la linterna -le indicó Willy a diego-. Tiene que venir todos. Aguanta… todavía no, que vengan todos… 

Los vampiros los rodeaban y avanzaban agazapados, mostrando los dientes, amagando embestidas. 
Cuando el círculo que formaron se iba cerrando mas sobre los tres hombres, Willy gritó “¡Ahora!”, y se desató la balacera.  Los monstruos se movían muy rápido, pero al ser iluminados por las linternas ultravioletas caían o se detenían como su la luz los golpeara, e inmediatamente echaban humo por todo el cuerpo y gritaban horriblemente; y en ese momento venían los balazos.  
Fue un momento caótico, vertiginoso y rápido.  Cuando quedaban solo tres vampiros, Mauro de pronto se apartó de sus compañeros de lucha y los atacó solo. 
Diego nuevamente se sorprendió con la agilidad y evidente fuerza de Mauro, y de nuevo lo escuchó gruñir.   Willy bajó el arma y contempló con una sonrisa como su compañero despachaba a los últimos vampiros. Evidentemente confiaba en la habilidad de este. 
Lo habían logrado, pero estaba por comenzar otro enfrentamiento. 
Diego y Willy se acercaron a Mauro. Diego iba a hacer un comentario sobre su habilidad, pero Mauro volteó de pronto hacia la arboleda y les dijo, señalando un rumbo con el brazo: 

- Ahí viene el payaso gigante. 

Cuando buscaron con la vista entre los árboles, resaltó la figura obesa y gigantesca del payaso. Iba rumbo a ellos. 

Continúa...



martes, 22 de julio de 2014

El circo (séptima parte)

Apenas tuvo tiempo para cerrar la puerta y trancarla con una silla antes de que los vampiros chocaran contra ella. La puerta resistió a duras penas, pero no sería por mucho mas.  Diego fue hasta la ventana, que era una de las que habían tapiado con madera, y apuntando por entre la separación que dejaron entre las maderas, empezó a dispararles para que salieran de allí.  
En un primer momento fue fácil atinarles, y dejó tendidos a cuatro, mas en seguida los otros dieron unos saltos enormes y se apartaron.  Volvieron a arremeter buscando otras entradas. Lo iban a atacar por todos lados. Unos fueron por un lado de la casa y un grupo por el otro lado, algunos saltaron hacia el techo.   Diego corrió hacia la sala; ya estaban metiendo las manos entre las maderas de la ventana para arrancarlas. Tuvo que hacer varios disparos para que se alejaran de aquella abertura. 
Los vampiros iban probando todos los posibles lugares por donde entrar. Se escuchó que rompieron el vidrio de la ventana del baño. Cuando Diego llegó corriendo, un vampiro había logrado meterse hasta los hombros. La bestia lo miró y le mostró los dientes. El disparo fue en la cabeza; el vampiro aflojó los brazos y después cayó hacia afuera. 
La situación empeoraba a cada instante. Chocaban ahora contra la puerta de la sala, y unos pasos larguísimos pasaban por el techo. 

Mientras daba unas zancadas hacia la sala, Diego pensó en la enorme voluntad que debía tener su tío, porque era evidente que había resistido mucho mas tiempo el hambre que los otros, que aunque recién se habían “levantado” era obvio que ya no razonaban, pues aquel hambre los transformaba en monstruos.  Gerardo, tras salir del cementerio, caminó varios kilómetros por las afueras de la ciudad rumbo a su casa, y al llegar a ella recordó donde estaba la llave que escondía afuera, porque había abierto y cerrado la puerta con ella.  Darse cuenta de eso le dio mas fuerzas a Diego; iba a vender muy cara su vida.  Corría de un lado para el otro; los alejaba a tiros de la puerta, los vampiros iban hacia la ventana, o probaban en la del fondo, y no podía descuidar el baño. En cualquier momento iban a entrar. Mas, cuando ya se creía perdido, empezaron a sonar disparos afuera. Era una metralleta. Algunas balas chocaban contra las paredes, pero la mayoría impactaban en los vampiros, y estos quedaban tirados. ¿Sería la policía? Diego dedujo que tal vez eran los policías que habían quedado custodiando la escena del circo. Al mirar por entre las maderas, algunos vampiros estaban tirados en el suelo, y eran mas de los que él había liquidado. “¿Será que cualquier bala sirve para matarlos?”, pensó. Como fuera, ahora su situación ya no era tan desfavorable. 

Por el ruido, dedujo que los tiradores que lo ayudaban desde afuera eran dos. Los fogonazos salían del costado de unos árboles. Él hacía su parte desde adentro, liquidando a todo vampiro que se pusiera a tiro. 
Al disminuir la cantidad de vampiros, los que quedaban se replegaron hacia el fondo. En ese momento dos siluetas salieron de las sombras de los árboles y corrieron rápidamente hacia la casa. Un vampiro rezagado les salió al cruce. Uno de ellos desenvainó dos cuchillos relucientes y, demostrando gran habilidad lo despachó en pocos movimientos. Lo curioso fue que, mientras hizo aquello gruño como un perro. Diego lo vio todo. ¿Quiénes eran aquellos tipos? Cuando se acercaron mas los reconoció: los vio por la tarde, entre los curiosos que miraban el incendio, eran los que parecían observar todo detalladamente, y tenían aspecto de militares. ¿El tipo había gruñido? 
Al pasar frente a la casa uno de ellos preguntó:

- ¿¡Hay alguien ahí!? 
- ¡Sí! ¿Quieren entrar? 
- ¡Sí! ¡Ya se están agrupando y van a atacar de nuevo!
- ¡Vengan por el frente!

Cuando Diego les abrió, la puerta estaba toda floja por los golpes de los vampiros. Apenas pasaron, los extraños sacaron unos recipientes cilíndricos que llevaban en los cinturones y se pusieron a rociar algo en la puerta y en la ventana. Por el olor se deducía que era un concentrado de ajo. Evidentemente sabían de los vampiros. Estaban vestidos como para ir a la guerra, y cada uno tenía una mochila, estaban preparados. 

- Gracias, me salvaron -les dijo Diego. 
- Por ahora -le aseguró uno de ellos-. Tenemos que liquidar rápido a esos vampiros antes de que venga aquel maldito monstruo -y espió por la ventana.
- ¿Crees que vendrá hacia aquí? -le preguntó el otro tipo a su compañero-. Ya es algo tarde. 
- Depende. Oye, muchacho -se dirigió ahora a Diego. El sujeto guardó el recipiente con concentrado de ajo y recargó su metralleta. -, contesta sinceramente, ¿tú incendiaste los remolques del circo? 
- Sí, fui yo. 
- Entonces va a venir. 
- ¿Quién va a venir? -preguntó Diego. 
- El monstruo principal de circo. No sabemos bien qué es. 

Continúa…

sábado, 19 de julio de 2014

El circo (sexta parte)

Gerardo estaba allí, parado en la sala, aunque lo habían enterrado unas horas atrás. Diego no sabía qué hacer, cómo reaccionar. Aquel era su tío, pero este estaba muerto, ahora era, un vampiro. 

- Diego, regresé -dijo Gerardo, y abrió los brazos, como esperando que su sobrino fuera a abrazarlo. 
- Tío, los vampiros lo habían atacado, y no me lo dijo -alcanzó a decir Diego, con mucho pesar.
- Creí que no me iba a transformar tan pronto, y, quería vengarme. Pero estoy bien, solo un poco hambriento.  Tengo hambre, Diego. ¡Hambre…! 
- ¡No se acerque mas, tío! 

Diego ocultaba el revólver en su espalda, no quería usarlo, aquel era su tío; Gerardo avanzó unos pasos y después retrocedió sacudiendo la cabeza, como si quisiera desprenderse así de aquel hambre y el estado mental que lo iba dominando. Se tapó la cara con las manos, intentando concentrarse, y cuando las retiró ya mostraba algunos rasgos de murciélago: 

- ¡Es que tengo tanta hambre! -exclamó Gerardo, ya con una voz extraña-. Puedo oler tu sangre, casi siento su tibieza, y también tengo frío… ¡Ya te siento solo como sangre y carne! Eso eres, alimento. Pero si no te resistes seguiremos siendo familia, ninguno morirá. ¡Diego, ven aquí!

Ahora Gerardo lucía mas como un murciélago, y aquella voz no se parecía en nada a la del amable hombre que fuera. Solo era un monstruo que avanzaba hacia su presa. 
Sonó un disparo, hubo una breve pausa y sonaron cuatro mas. Gerardo se desplomó hacia atrás. Los rasgos de murciélago desaparecieron y su cara ahora esbozaba una ligera sonrisa; por fin descansaba.
Diego no soportó mas, se hincó de rodillas frente al cuerpo de su tío y sus ojos se inundaron de lágrimas.   Después de perder a alguien y creer que jamás se lo volverá a ver en esta tierra, volver a verlo convertido en un monstruo es algo que no muchos tolerarían sin sufrir un colapso emocional. Pero Diego era fuerte.  Se enjuagó las lágrimas y comenzó a razonar. Su tío había muerto durante el día, aquello que se presentara allí ya no era él. Algo de sus recuerdos y su carácter obstinado habían contenido por un momento a la bestia, al monstruo, mas la bestia era quien había salido de la tumba, no el hombre. No había matado a su tío, había erradicado al ser que poseía su cuerpo.   
Se levantó y respiró hondo. Tenía que enterrar de nuevo a Gerardo, esta vez con sus propias manos. 
Fue hasta el cuarto y trajo una frazada para envolver el cuerpo.  Lo levantó del suelo y lo cargó en su hombro; antes abrió las puertas para no tener que hacerlo mientras lo cargaba. El cuerpo pesaba mucho pero Diego era fuerte. Mas apenas salió a la noche lo invadió un temor, y dejó el cuerpo en el suelo. ¿Y si el vampiro no estaba muerto del todo?  

Tenía el revolver en su cintura, lo empuño, se inclinó lentamente y tomó una esquina de la frazada que amortajaba a Gerardo. Dudó entre ver el rostro de golpe o hacerlo lentamente. ¿Y si nuevamente tenía rasgos de murciélago?  Se decidió por hacerlo rápido; el rostro seguía en paz.   Pero ahora aquella duda no lo abandonaba.  Entró a la casa y fue por mas balas de plata. Al regresar lo examinó de nuevo. Volvió a cargarlo. 
La Luna había progresado esos días hasta quedar llena, y como el cielo estaba limpio la noche era por demás clara. Solo entre los árboles sobrevivía algo de oscuridad, y estaba mezclada con porciones claras donde descendían sendos rayos lunares. Diego atravesó esa claridad hasta llegar junto al viejo nogal, allí donde enterraran a Ringo, el perro. 
Dejó el cuerpo en el suelo y sintió la necesidad de mirar en derredor. Había mucho silencio. No chistaba ni una lechuza ni cantaba ningún pájaro nocturno, solo silencio. 
Tuvo que volver a la casa para buscar una pala y un pico. Ahora temió que su tío ya no estuviera allí. Todo aquello parecía una pesadilla, y en las pesadillas se cumple lo que mas tememos. Cuando comprobó que aún estaba envuelto en la frazada exhaló algo aliviado. 
Comenzó a cavar.  ¡Que escena mas terrible la que iluminaba la Luna! Un hombre cavando un pozo, y junto a él un muerto.  Solo el ruido sordo de la pala o el pico hiriendo la tierra desafiaban el silencio de campo santo que había ahora. 
Mientras cavaba Diego pensó que el terreno se estaba volviendo un cementerio. Al pensar en eso nuevamente lo azuzó una idea que no se le iba del todo, que estaba allí, queriendo surgir con claridad en sus pensamientos, y era la respuesta a unas preguntas: ¿Por qué habían vuelto los vampiros al terreno? Y ¿Si habían matado a gente, dónde estaba esa gente? 
Se enderezó y volvió a mirar en derredor. ¿Había escuchado algo? Comenzó a cavar mas rápido. 
Pronto notarían que la tumba de su tío, la del cementerio, estaba vacía, descubrirían el hoyo por donde salió Gerardo. ¿Cómo explicar que había aparecido en la casa?  Tenía que hacerlo desaparecer. Era el segundo delito cometido en pocas horas, y todo por culpa de los vampiros. 

Hizo el pozo menos profundo de lo que hubiera preferido, pero bajo aquellas circunstancias estaba bien, porque cada vez se sentía mas inquieto allí.  Algunos sonidos muy vagos llegaban hasta él. Le pareció escuchar voces. Venían de la propiedad, de lo profundo de la arboleda. Si vinieran de la dirección del circo hubiera corrido hasta la casa en aquel momento, pero venían de otro lado, de la parte mas extensa de la arboleda. 
Echó el cuerpo en el pozo y lo fue tapando con tierra. Ya estaba, había enterrado a su tío, de nuevo. 
Se le ocurrieron algunas palabras para susurrar en aquel momento, mas nuevamente escuchó algo. Esta vez el sonido era claro, eran pisadas. No demoró en verlos. Caminaban entre los árboles, pasando por sombras y claridad de Luna. Unos aquí, otros mas allá, avanzaban todos en la misma dirección: hacia Diego, y era una multitud. 
La duda que lo acosaba se presentó claramente. Los vampiros habían invadido el terreno para sepultar gente. La primer noche fue de exploración, ahí liquidaron al perro que podía delatar su actividad, a la noche siguiente se encargaron del dueño de la vivienda. 
Cuando Diego corrió hacia la casa los vampiros salieron tras él. Ahora tenía que encerrarse y resistir el asedio de los vampiros. 

Continúa...

jueves, 17 de julio de 2014

El circo (quinta parte)

Diego fue hasta el portón de la propiedad y vio como el vehículo de la funeraria se alejaba por el camino. El doctor se había marchado también.   Ahora se iba a dedicar a la venganza.
El Sol todavía estaba muy alto y hacía calor. Al mirar los árboles comprobó que el viento soplaba hacia el circo. Aquellas eran las condiciones ideales para iniciar un incendio. 
Su tío siempre tenía guardados bidones de nafta. Se hizo de algunos elementos, cargó el revólver de su tío con balas de plata, por las dudas, y después se adentró en la arboleda cargando dos bidones de combustible.  Se detuvo en el límite de la arboleda y espió.  Los trailers estaban amontonados en el fondo de terreno, no muy lejos del límite de la arboleda. La ubicación no pedía ser mejor para sus planes.  Solo tenía que cerciorarse que no anduviera nadie por allí. 
Corriendo agazapado alcanzó el extremo derecho de la fila de remolques. Dejó un bidón allí y corrió hasta el otro. Recién ahí comenzó a volcar el combustible. Al vaciar el primer recipiente fue hasta donde estaba el otro y lo vertió en esa parte. Mojaba los remolques y el suelo con pasto medio reseco, y el olor a nafta comenzaba a intensificarse. El calor del día evaporaba el combustible rápidamente, haciéndolo mas peligroso. 
Se alejó hasta los árboles llevándose los recipientes vacíos. Envolvió unos papeles en una piedra, la encendió y la arrojó a los remolques.  La reacción fue mas poderosa de lo que esperaba. Hubo una explosión que abarcó todo el largo de la fila de remolques. El fuego se extendió hacia los costados también, pero después se concentró bajo las guaridas rodantes de los vampiros. Ya estaba hecho, ahora el fuego haría el trabajo. Los vampiros estaban atrapados entre las llamas y el Sol. 

Diego confiaba que la luz del día sería mortal para ellos. Por algo hacían solo una función nocturna. Durante el día solo se veían allí a algunos empleados, a los sirvientes de los monstruos. 
Volvió a la casa y puso los bidones junto a otros.   Si se daba una investigación, no podrían acusarlo por tener aquello allí, porque en casi todas las viviendas que quedan en las afueras de las ciudades se guarda combustible. Pero confiaba en que lo policía no le daría problemas, principalmente por la naturaleza de aquel circo, y los sospechosos de sus empleados.   Pensando en eso empezó a sentir curiosidad. La situación era por demás interesante, y quería verlo con sus propios ojos. ¿Qué pasaría cuando llegaran las autoridades? Tenía que ir hasta allí. Incluso podía parecer sospechoso si no iba a curiosear, porque la suya era la casa mas cercana. 
Ya se escuchaba el crepitar del fuego y por encima de la arboleda se elevaba una humareda negra.  Los sirvientes de los vampiros no llamaron a los bomberos por obvias razones, e intentaron contener el fuego solos, pero era inútil.  Algunos conductores que cruzaban frente al circo por la ruta se detuvieron a mirar, y ellos sí llamaron a los bomberos. 
Diego escuchó las sirenas desde la casa. Supuso que ahora el incendio sería enorme, y se imaginó a los vampiros asándose dentro de sus refugios, el fuego consumiendo todo, quemándoles la carne, y ellos sin poder escapar, porque afuera serían abrasados por el Sol. Como fuera estaban acabados. 
Diego siempre tenía algo de ropa en la casa de su tío. Se bañó rápidamente y dejó la ropa que olía a nafta sumergida en una tina con jabón.  
Ya le había pasado un poco la emoción de la venganza, y tomó conciencia que estaba por concurrir a otro velorio, otro mas de un pariente, y este era el último. 
Se escuchaba que seguían llegando sirenas; estas eran de vehículos policiales. 
Cuando cruzó en su camioneta, los remolques ya eran bultos ennegrecidos envueltos en llamas. Los bomberos habían salvado la carpa al rociarla con abundante agua, pero los tráilers y algunos vehículos ardían sin parar.  Había un montón de curiosos que la policía intentaba alejar lo mas posible. Algunos estaban sobre la ruta, otros en la esquina del camino. Diego dobló como para tomar la ruta y se detuvo allí.  En el incendio estallaban vidrios y se elevaban repentinas llamaradas. 
Diego se arrimó a un policía; al verlo el oficial le dijo que por su seguridad no avanzara mas: 

- Oficial, mi casa, la de mi tío, está atrás de aquella arboleda. ¿Cree que el fuego se extienda hacia allí? -le preguntó Diego. Él sabía que no había riesgo, pues el viento soplaba hacia la ruta.
- No sé, tendría que preguntarle a un bombero -le contestó el policía, y miró sobre su hombro buscando a uno que estuviera cerca -.Vamos a preguntarle a aquel. 

El bombero se había quitado la máscara anti-gases y el casco y se había sentado sobre el pasto. 

- Disculpe -le dijo el policía-. Este señor vive cerca de aquí, y está preocupado por el fuego, por si se extiende. 
- Así es -afirmó Diego-. La casa está detrás de aquella arboleda. 
- Mientras el viento sople en esta dirección no hay peligro -le aseguró el bombero. Después miró hacia el fuego y comentó -. Esto es lo mas raro que he visto. Intentamos sacar a alguien que estaba atrapado en una casa rodante de esas, y aunque aparentemente las llamas no lo habían alcanzado, cuando abrimos la puerta de pronto se incendió completamente, y se consumió tan rápido… es increíble…
- ¿Será que lo habían rociado con combustible al tipo? -le preguntó el policía. 
- Puede ser, pero fue tan raro, pareció que el mismo Sol lo incendió. 

El policía miró a Diego con un gesto de extrañeza, y él lo miró de igual forma. Lo que acababa de contar el bombero era perfectamente lógico para él, es lo que esperaba le sucediera a los vampiros, pero tenía que disimular. El fuego se seguía elevando allá atrás, y explotaron los tanques de unos vehículos, y la pequeña muchedumbre reaccionaba con asombro. Los bomberos seguían luchando a brazo partido contra las llamaradas. En su intento por rescatar a los atrapados, exponían a los vampiros al Sol y estos ardían inmediatamente. 
Cuando retrocedió hasta el grupo de los curiosos notó a dos tipos que acababan de llegar. Quedaron al lado de su vehículo, una camioneta Ford  F-150.  La actitud de los tipos despertó la curiosidad de Diego. Tenían una postura muy vertical, como la que suelen adoptar los militares. Estaban serios y observaban todo con atención. Comentaban algo entre ellos, en voz baja, y seguían observando. 
Mientras tanto el incendio había destruido casi completamente los remolques, y empezaron a escucharse unos gritos horribles. Eran los vampiros que quedaban expuestos al Sol.   Los curiosos se miraban ahora espantados, se estremecían con cada grito, y empezaron a marcharse, aquello ya era muy fuerte.  Los únicos que no parecían impresionados eran los dos extraños de la F-150 y Diego. 
Para él aquello no era una sorpresa, y aparentemente para los tipos aquellos tampoco. 
Uno de ellos notó la actitud de Diego y se lo comunicó al otro. Cuando este lo estaba mirando, Diego volteó hacia él. ¿Quiénes serían aquellos desconocidos? 
Ya quedaban muy pocos curiosos, era hora de marcharse. Los vampiros se habían incendiado como él esperaba.  Los sirvientes de los vampiros iban a ser los principales sospechosos por su actitud, y como realmente escondían algo iban a estar en serios problemas. 
Ahora tenía que velar y enterrar a su tío. 

En la ciudad comenzó a hacer llamadas. Gerardo tenía muchos conocidos. Cada llamada era dolorosa, la gente se sorprendía, hacían preguntas, y él tenía que repetir las respuestas a cada uno. 
Durante el velorio pasó un montón de gente a saludarlo. Ya había pasado por aquello varias veces: las palabras de consuelo, las frases hechas, las mujeres llorando, los veteranos dejándole palabras que realmente servían…  El doctor que lo ayudara en aquel amargo momento le aconsejó que el velorio no fuera muy largo, que Gerardo lo hubiera querido así; Diego estuvo de acuerdo.  
Lo enterraron al atardecer. Tras los últimos saludos y despedidas volvió a la casa. Ya estaba de noche cuando pasó por lo que quedaba del circo. La carpa seguía en pie, pero los tráilers solo eran hierros retorcidos que aún humeaban. Algunos policías y bomberos seguían allí. 
Diego estaba extenuado. Tuvo la intención de preparar algo para comer pero no tenía ánimos. Después recordó que sobre la cocina estaba lo que preparara para el almuerzo. Lo calentó y comió un poco.  La casa estaba tan silenciosa.  Era extraño que su tío no estuviera allí.   No tenía ganas de abandonar el apartamento de la ciudad para vivir en aquella casa, no después de todo lo ocurrido, pero no podía abandonarla en aquel momento. Lo iba a decidir otro día. 
Fue a acostarse temprano. No podía dormirse. Habían pasado cosas terribles en tan poco tiempo. Unos días atrás, cuando donde ahora estaba el circo solo había un campo, todo era paz; en la casa andaría su tío, el viejo Ringo… ¡Malditos payasos vampiros! 
Como estaba muy cansado igual se terminó durmiendo.   De pronto, lo despertó un ruido. Alguien andaba en la sala. Diego había dejado el revolver con las balas de plata a mano. Lo tomó y salió a investigar.  Se le erizaron los pelos al verlo. Parado en la sala se encontraba quien acababa de enterrar. Gerardo estaba todo sucio de tierra y tenía la cara renegrida por la misma.  

Continúa…

miércoles, 16 de julio de 2014

El circo (cuarta parte)

Después de recargar un buen número de balas de plata, Gerardo y Diego comenzaron a planear una estrategia para enfrentar a los vampiros. Les pareció que el ajo les serviría para proteger las aberturas, mientras ellos, desde adentro le disparaban a los que se pusieran a tiro.    Les pareció prudente quitar los vidrios de las ventanas y tapiarlas con madera. 
Planeada la estrategia, Gerardo creyó mejor comenzar ya esos trabajos, pero Diego insistió que su tío desayunara antes, y que tratara de dormir unas horas mientras él preparaba la casa. Gerardo no estuvo de acuerdo con lo de dormir, aunque dejó que diego le preparara un sándwich, el cual comió mientras cortaba madera en el taller. 
Entre los dos retiraron los vidrios de un par de ventanas, de las mas grandes, y después las taparon por dentro con madera, teniendo la precaución de dejar algunas rendijas por donde mirar y disparar. 
Gerardo no se veía nada bien. Sudaba mucho y tenía el brazo izquierdo algo torpe. Diego lo notó y se preocupó mucho: 

- Tío, es mejor que descanse, se ve cansado. No se olvide, su corazón… -le dijo Diego. 
- Sí, si, ahora que quede todo pronto -le aseguró Gerardo, y probó lo firme que había quedado una madera.
- Con esto basta, tío -opinó Diego, y espió por la separación que dejaron; se veía una buena porción del terreno desde allí.
- Puede ser, pero me gustaría estar bien preparado. Si vinieron dos noches seguidas es seguro que hoy vienen también. 
- Es lo mas probable. Hablando de eso, ¿por qué vendrán esos monstruos? No creo que sea solo para hacer una broma pesada ni para alimentarse de gallinas nomás. Algo traman. En el circo andan vigilando a la gente, supongo que eligen a sus víctimas. Si han matado, lo que es casi seguro, hoy o mañana va a aparecer en las noticias. Pero todavía no entiendo por qué vienen hasta aquí, claro, estamos cerca, pero, no sé.  

Diego se pasó la mano por la barbilla, pensando. Se le ocurrió algo, pero enseguida lo descartó. La situación ya era mala, no era bueno que supusiera algo todavía peor. 
Al mediodía Gerardo aceptó tomar un descanso, mientras Diego preparaba algo para almorzar. 
En la despensa de la casa tenían varias especias que colgaban de cuerdas, y junto a estas había una guirnalda de ajos. Diego la descolgó para tenerla a mano. Aún no se le ocurría cómo usarlos. Estando en la cocina, al mirar la licuadora, se le ocurrió procesar los ajos allí, y hacer una especie de pasta con ellos, porque supuso que así despedirían mas olor, y sería fácil embadurnar las aberturas con ella. Cuando su tío despertara se lo iba a proponer. 
Mientras la comida hervía en el fuego, fue hasta el fondo para enterrar lo que quedó del desastre hecho por los vampiros. Habían matado a todas las gallinas. Era un desastre de plumas y revoltijos de carne por todos lados; manchas de sangre casi no había, se la habían bebido los vampiros. 
Mientras hacía un pozo para enterrar los restos, pensó en lo espeluznante que habría resultado ver aquello. Vampiros con cabeza de murciélago. Se los imaginó con sangre y plumas en la boca, y unos colmillos terribles.   Era sorprendente que su tío hubiera soportado aquello en vivo sin morir del susto allí mismo. Había sobrevivido pero era obvio que lo había afectado, aunque lo disimulara. 
Mientras tapaba el pozo con tierra volvió el pensamiento nefasto. Echó un vistazo en derredor y quedó mirando hacia donde estaba el circo.   Los árboles obstruían la vista, pero allí estaba el circo aquel. A esa hora los vampiros estaban durmiendo en la oscuridad de los remolques, y solo sus sirvientes, aquellos tontos estarían afuera. 

Al recordar la comida fue corriendo hasta la cocina; estaba a punto. Esperó un rato mas y fue a llamar a Gerardo. No contestó. Entró al cuarto temiendo lo peor. Sus temores se confirmaron: Gerardo estaba muerto. Parecía solamente dormido, pero no tenía pulso.  Ahora diego estaba solo. 
Meditó un momento junto a su tío, después llamó por teléfono al doctor de su familia. El médico llegó rápido.   Era un veterano que ya casi no atendía, a no ser que fuera a algún conocido o amigo, pues estaba por retirarse.  Tras saludar afectuosamente a Diego fue hasta el cuarto. Confirmó la muerte. 
El médico enseguida le dijo a Diego que él se iba a encargar de su tío. 

- Tiene que estar en la morgue unas horas -le dijo el doctor, poniéndole la mano en el hombro -, pero no le van a hacer nada, no es necesario en estos casos. Fue sin dudas, su corazón. Va a estar lo mínimo posible, yo me encargo de eso, también de todo lo demás. Solo tienes que firmar algunos papeles, como familiar mas cercano. La publicación en la radio y todo eso va por parte de la empresa fúnebre, en este caso. Tú trata de estar tranquilo, yo me encargo. 
- Muchas gracias, doctor.

El doctor había visto a Diego pasar por aquello varias veces desde su niñez, y ahora estaba solo, por eso quería ayudarlo todo lo que pudiera. 
El médico notó las ventanas tapiadas, y Diego tuvo que inventar una historia; le dijo que su tío pensaba pasar unas semanas en su casa de la ciudad, y que por eso tomaron aquella medida. 
Diego pensó que por suerte no habían puesto aún el ajo, porque eso sería mas difícil de explicar. 
No mucho después llegó la empresa fúnebre y se llevaron el cuerpo. El doctor le aconsejó quedarse allí; él aceptó porque tenía algo en mente. No iba a esperar a los vampiros. Ellos invadieron el terreno de su tío, que ahora era de él; ahora le tocaba a él atacarlos. Iba a incendiar los remolques donde se escondían.

lunes, 14 de julio de 2014

El circo (tercera parte)

La visita al circo lo impresionó mucho a Diego. Aquel lugar ahora tenía algo siniestro; eran los artistas aquellos con mascaras de payaso. 
No mucho después de acostarse empezó a soñar. Nuevamente estaba en las gradas del circo. De pronto el payaso que anunciaba los actos fue hasta el centro de la pista y, señalando con el brazo a Diego dijo por el micrófono:  

- ¡Señoras y señores, ahí está un infiltrado! ¡Véanlo, ahí está!

Y todo el público volteó hacia él, y ahora todos eran payasos monstruosos. Después soñó que estaba en la casa de su tío, conversando con este en la sala. En cierto momento de la conversación su tío miró hacia un lado; y era Ringo que entraba en la sala. Tenía el pelaje todo sucio de tierra por haber estado enterrado. 

- ¡Ringo está muerto! -exclamó Diego-. ¡Lo enterramos!
- Sí, está muerto -le dijo su tío-. Pero por las noches nos va a visitar. 

Cuando diego miró a su tío, este ahora tenía puesta en la cabeza una máscara de payaso, y lanzó una carcajada espantosa.  
Era una pesadilla tras otra. Después se encontró en una ciudad donde todos eran payasos, y él tenía que fingir que era uno de ellos. Y pasaba por multitudes de payasos, y algunos lo miraban desconfiados, y él trataba de no pensar ni sentir para que no se dieran cuenta. 
También sufrió sueños confusos y tristes, recuerdos de velorios y entierros, conversaciones con gente muerta y deformados recuerdos de su niñez, y todos los sueños se volvían aterradores cuando de pronto aparecía un payaso.
Tres veces se despertó sobresaltado, incorporándose de golpe en la cama, y muy a su pesar después volvió a dormirse. Cuando terminó la noche suspiró aliviado. 
Durante las primeras horas del día salió rumbo a la casa de Gerardo. Al pasar frente a la carpa la miró de reojo. Aún lo aturdían algo los recuerdos de las pesadillas de esa noche. 
Ya en la casa, como su tío no atendía tuvo que usar su llave. Atravesó la sala, fue a golpear la puerta del cuarto del viejo, no estaba allí, tampoco en la cocina.   Desde la puerta que daba al garaje le llegó un olor a quemado. Gerardo tenía un pequeño taller allí.  El viejo se encontraba derritiendo metal con un soplete. Sobre una mesa estaba la vieja máquina de recargar balas de Gerardo, y se encontraban desparramadas allí unas cucharas y tenedores de plata. También vio el molde para balas. 

- ¿Qué estas haciendo, tío? -le preguntó Diego, aunque era obvio. 
- Fabrico balas de plata. 
- Ya veo, pero, ¿para qué? 
- Para metérselas a los malditos monstruos del circo. Los desgraciados son vampiros. 

Diego quedó estupefacto, aunque pensó que aquello no debería sorprenderlo, no después de haber visto el circo. En realidad tenía mucho sentido. Por eso ocultaban sus rostros tras las máscaras de payasos, seguramente tenían que transformarse para hacer aquellas proezas, y su cara debía cambiar. La existencia de vampiros era algo increíble, pero no improbable. Eso explicaba la presencia de aquellos jóvenes excéntricos, eran esbirros de los vampiros, seguramente los ayudaban a cambio de la promesa de convertirlos. 
Gerardo estaba calentando un pequeño crisol lleno de plata. Cuando el metal estuvo lo suficientemente líquido lo vertió en el molde para balas. Después giró hacia su sobrino y lo miró a los ojos: 

- ¿No me crees? -le preguntó Gerardo. 
- Le creo, tío. Ayer estuve en el circo. Todos los cirqueros ocultan sus caras con máscaras de payaso, y hacen proezas increíbles, demasiado buenas para un pequeño circo. Le creo, pero, ¿cómo lo descubrió usted? ¿Los desgraciados volvieron? 
- Sí, volvieron, y fue horrible. 

Diego arrimó un cajón para usarlo de asiento. El viejo miró hacia el fondo, recordando lo sucedido, y empezó a narrar lo siguiente: 

- El ruido del circo me mantuve despierto. Cuando terminó traté de dormir, pero cuando estaba por hacerlo (bueno, en realidad no recuerdo bien si ya me había dormido o no, es confuso), algo me sobresaltó, golpearon de repente la ventana del cuarto. Al voltear hacia allí, varios payasos tenían la cara contra el vidrio, y me miraban desde afuera.    No sé cómo habían levantado la persiana, porque está adentro, pero el asunto es que allí estaban, todos mirándome y saludando con sus manos; y empezaron a reírse y a gritarme: “¡Buenas noches, viejo! ¿Dónde está tu perro?”
Salí del cuarto y fui a buscar la escopeta. Cuando volví ya no estaban, pero había un gran alboroto en el gallinero. Fui hasta allí sosteniendo el caño de la escopeta con el antebrazo, porque en la mano llevaba la linterna. Y los iluminé; estaban haciendo pedazos a las gallinas, pero no las comían, estaban bebiendo su sangre, y, ahora tenían cabeza de murciélago. ¡Nunca vi algo mas espantoso y aterrador en mi vida! Hacían ruidos de succión, y uno sostenía en alto a una gallina descabezada, y dejaba que la sangre le chorreara hasta la boca, hasta su horrenda boca. ¡Que espectáculo tan grotesco! Me sentí terriblemente mal. Disparé, y le di a uno, pero aquella criatura horrenda no dejó de hacer lo que estaba haciendo, y los otros lanzaron unas risotadas. 
Sin darles la espalda, volví a entrar a la casa y cerré con todo lo que tenía, hasta recosté sillas en las puertas.  No sé cuánto después aquellos monstruos se fueron.  Me mantuve despierto el resto de la noche. Apenas empezó a aclarar me dediqué a fabricar estas balas. Espero que funcionen. 
No te llamé porque no ibas a poder hacer nada, no contra esos vampiros.

Diego sintió admiración por su tío; no cualquiera soportaría tanto terror a su edad y con problemas cardíacos, y la mayoría huiría de allí al amanecer, pero Gerardo estaba allí, preparándose para enfrentar a los vampiros, aunque no se lo veía muy bien, sudaba mucho y respiraba algo agitado, pero qué podía esperarse después de una noche como aquella. 
Diego también se abocó a fabricar balas de plata. Aquellos engendros se iban a arrepentir de haberlos molestado. 
  

sábado, 12 de julio de 2014

El circo (segunda parte)

En el trabajo Diego pensó casi todo el tiempo en Ringo, en su tío, y en el posible conflicto con los del circo. Él creía en su tío, y si este decía haber visto a un payaso, era así. Tenía que ir al circo y ver a la gente de allí.    Eran varios los que habían invadido el terreno y atacado a Ringo. Se preguntaba si todos los integrantes del circo serían así.  Esa noche era la primer función. Antes tenía que ir por la casa de Gerardo a ver cómo estaba. Le preocupaba que el estrés de la situación le afectara el corazón, porque ya había tenido problemas cardíacos. 
Cuando llegó a la casa, Gerardo estaba mirando fotos, tenía varios álbunes sobre la mesa. Se veía tranquilo. En tantos años de vida ya había perdido a mucha gente, y a varios perros, aunque las primeras horas nunca dejan de ser difíciles. 
Diego se puso a mirar fotos también. Al rato llegó una música desde donde estaba la carpa, y una voz anunció el espectáculo. 
Gerardo miró hacia dónde venia el sonido, y evidentemente sintiéndose algo repugnado comentó:

- El circo… ¡Locos desalmados, vándalos! 
- Sí, esos… Sabe tío, estuve pensando que tal vez trabajan ahí algunos enfermos mentales o algo así, porque invadir un terreno solo para matar a un animal, tiene que ser cosa de un loco, aunque sé que hay gente malvada, pero varios en un mismo lugar… no sé. En todo caso, mejor hoy paso la noche aquí por si regresan. Pero primero tengo que hacer algo en la cuidad. Vuelvo mas tarde.
- No es necesario. No creo que vuelvan, puedo cuidarme solo. Ve tranquilo.
- ¿Será que no vienen? -desconfió Diego.
- Supongo que no. Ayer no tuvieron espectáculo, hoy no creo que tengan tiempo para andar molestando a un viejo, e incluso, tal vez fue gente que vino con ellos y ya se fue. Cualquier cosa te llamo. 
- Bueno, pero llámeme. 
- Espera. ¿No estarás pensando ir al circo, no? No quiero que te metas en problemas.
- No, es algo que tengo que hacer en la ciudad, es, una cita -tuvo que mentir Diego. 
- ¡Ah! Picarón. ¿Sigues saliendo con aquella muchacha, con la rubia?
- Ya no. Bueno me voy -

Después de esa rubia había salido con tres mas. Diego no tomaba muy en serio sus relaciones, porque en el fondo de su ser temía formar una familia y después perderla.    Pero ahora tenía otra cosa en mente, la venganza.
Diego no llegó a la ciudad. Estacionó frente al circo y después hizo fila para entrar. Diego observaba todo disimuladamente. Aunque no volvieran a molestar a su tío, ya se le habían hecho daño a los suyos, y a no ser que aquello fuera obra de un retrasado, de alguna forma se iba a vengar. 
El tipo de las entradas miraba a todos de pies a cabeza, y tenía un esbozo de sonrisa algo sospechoso. Cerca de la entrada andaban otras personas que evidentemente trabajaban allí. Junto a dos jóvenes flacuchos andaban tres mujeres con ropas y maquillaje tipo gótico, y algo apartado de ellos se encontraba un tipo con un peinado que parecían cuernos.  Diego era muy observador y sabía bastante de psicología. Rápidamente hizo algunas deducciones. Los tipos flacuchos debían tener poco carácter, seguramente ran unos seguidores, de esos que caen fácilmente en cosas malas. Las mujeres y el del peinado raro se sentían atraídos por temas oscuros. ¿Pero por qué estaban allí? ¿Qué fuerzas dominantes y oscuras los habían atraído? Pensó que tal vez se trataba de una especie de culto o secta.
Apenas entró a la carpa vio a varios payasos. No estaban maquillados, usaban una máscara, y todos usaban una igual. El vendedor de copos de azúcar, el que en el centro de la pista anunciaba el espectáculo, uno que hacía de acomodador, todos estaban disfrazaos con máscaras de payasos. Evidentemente a la mayoría del público le parecía raro aquello, porque no se veían muchas sonrisas. 
La función comenzó con unos malabaristas. Eran extremadamente ágiles y hábiles. Arrojaban algo hacia arriba, daban saltos mortales hacia atrás y las abarajaban justo a tiempo. Los saltos que daban eran increíbles. El público comenzó a emocionarse y a aplaudir.  A Diego le resultaba raro todo aquel despliegue gimnástico. ¿Si eran tan buenos por qué estaban en aquel circo? La carpa tenía varios remiendos, algunas rasgaduras, las maderas de las gradas eran rústicas, crujían de viejas que estaban. 

Aquel era un circo pequeño, pobre, la entrada era barata, no era lógico que tuviera gente de tan buen nivel. Y, ¿por qué ocultar sus rostros? Allí definitivamente pasaba algo raro. 
Después aparecieron unos equilibristas, con máscaras de payaso también, y empezaron a hacer proezas sobre la cuerda floja, sin una red protectora abajo ni cables de seguridad.   Cuando uno de los equilibristas saltó desde lo alto, giró un montón de veces en el aire y aterrizó como si nada, algunos gritaron horrorizados al comienzo de la proeza, y después se escucharon exclamaciones de asombro, seguidas de un estallido de aplausos.  Para Diego aquello no podía ser, tendría que haberse quebrado ambas piernas por lo menos. Los presentes supusieron que debía ser algún truco. Diego quedó muy serio. ¿Qué diablos era aquella gente, si es que eran gente?
Mientras transcurría el espectáculo, algunos payasos se paseaban cerca de las gradas observando a todos, y cada tanto se cruzaban entre ellos y se detenían brevemente, como comunicándose algo, y después seguían.  Eso no le gustó nada a Diego. Bajó de las gradas y salió de la carpa. Nuevamente observó a los que estaban afuera. Una de las mujeres lo miró con desdén, y otra le hizo un gesto grosero con la mano; sus compañeros festejaron eso. A los que había observado mas temprano se le habían sumado otros mas.   Mientras iba a su camioneta Diego pensó si serían aquellos los invasores, dedujo que no. Todos intentaban verse rudos, pero aquello era puro despliegue, sin embargo, algo les daba cierta confianza, como el que está vinculado o trabaja para alguien poderoso. Y de nuevo volvió a pensar en los payasos. Aquellos sí que eran poderosos, hasta los que vigilaban a la gente se movían con mucha soltura, y era lógico suponer que eran tan ágiles y fuertes como los de la pista. 
Antes de marcharse pensó en volver a la casa de su tío y quedarse allí, pero Gerardo era tan terco que seguramente iba a porfiar para que se marchara. Como no quería que su tío se estresara mas, se marchó, aunque por el camino tuvo un mal presentimiento. 


martes, 8 de julio de 2014

El circo (primera parte)

¡Hola! Antes de que leas esta historia (que está dividida en diez partes), recomiendo leer el cuento "La Luna y el cazador" (ese está dividido en cinco partes). Aquí los enlaces:
http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com/2014/05/la-luna-y-el-cazador-primera-parte.html

http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com/2014/05/la-luna-y-el-cazador-segunda-parte.html

http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com/2014/05/la-luna-y-el-cazador-tercera-parte.html

http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com/2014/05/la-luna-y-el-cazador-cuarta-parte.html

http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com/2014/05/la-luna-y-el-cazador-ultima-parte.html




Diego conducía rumbo a la casa de su tío. Al abandonar la ruta para tomar el camino que llevaba a la propiedad, vio que en un campo vecino había mucho movimiento. Había trailers y camionetas, un camión con remolque, y, estaban levantando una carpa gigantesca. 
Dicho campo se hallaba a no mas de un kilómetro de una de las aristas de la ciudad, y uno de sus lados estaba contra la ruta. La ubicación y la carpa dejaban en claro que iban a instalar un circo allí. 
El terreno de Gerardo, el tío de Diego, se hallaba poco mas allá de ese campo, y la casa estaba rodeada por un bosquecillo que abarcaba casi toda la propiedad. Diego pensó que aquello no le iba a gustar nada a su tío, pues este amaba la tranquilidad que le brindaba vivir en la única casa que había en la zona. 
Apenas Diego estacionó la camioneta su tío salió a recibirlo; estaba apurado por comentar lo del circo. 
Junto a Gerardo iba Ringo, su perro, y los dos, pesados y ya lentos por los años, caminaban con un paso algo bamboleante, yéndose levemente hacia un lado con cada pisada.  Ringo era grande, de pelaje blancuzco y largo, y tenía la mirada mansa. Se sentó al lado de Diego, meneando perezosamente la cola, mientras su dueño informaba su disgusto por los nuevos vecinos: 

- ¿Viste lo que están levantando allí? Un circo. ¡Adiós paz! 
- Sí, lo vi, pero no se amargue, tío, seguramente están una semana o dos y se van -quiso convencerlo Diego, y acarició la cabeza de Ringo, y este correspondió al gesto levantando una pata, como era su costumbre. 
- Eso espero. Imagínate, los ruidos van a llegar hasta aquí como si estuviera en la carpa. ¡Un circo!  

Después los tres entraron a la casa. Mientras tanto, del otro lado de la arboleda se seguía elevando la carpa. 
Diego y Gerardo eran los últimos integrantes que quedaban de una familia asolada por varias desgracias, y para diego su tío era también como un padre y un abuelo a la vez, y para Gerardo, Diego era como un hijo, como aquel que perdiera en un accidente, por eso eran muy unidos. El perro era otro integrante de la familia para ellos, no solo era una mascota.
En ese momento ambos ignoraban que los asechaban nuevas desgracias, y esta vez estarían involucradas fuerzas sobrenaturales. 
Después de compartir un café, unas masas y mucha charla, Diego se despidió de los dos; el vivía en la ciudad. Al pasar de nuevo por el terreno del circo, ya habían levantado completamente la carpa. Unos trabajadores formaban una fila para cobrar. Diego reconoció a varios de ellos. Los del circo habían contratado gente de la ciudad para la tarea. Le resultó un poco curioso que fueran tantos, porque por la cantidad de trailers había supuesto que los cirqueros eran bastante numerosos. “Será que no quieren ensuciarse las manos los artistas”, pensó.  
Pasó la tarde y llegó la noche. Por la mañana diego recibió una llamada de su tío; decía que habían matado a Ringo.  Inmediatamente salió rumbo a la casa. Al llegar, Gerardo, sentado en su sillón, acariciaba el pelaje de Ringo, que yacía a sus pies. 

- ¿Qué pasó? ¿Cómo es eso de que lo mataron? ¿Quién fue? -preguntó Diego, con la boca abierta de asombro.  
- Creo que fue la gente del circo, creo, fueron ellos. 
- ¿Los del circo, pero cómo? 
- De madrugada Ringo pidió para salir. Yo volví a acostarme pero esperaba que él volviera en cualquier momento, que ladrara para entrar. Pero pasaron los minutos y él no volvía. No sé cuanto después golpearon la puerta, no era Ringo, era el golpe de un puño contra la puerta, estaban llamando. 
Ya me levanté algo preocupado, sentía un nudo en la garganta. Pregunté quién era y no contestaron, pero escuché varias risitas que se alejaban, como chiquillos que habían hecho una broma, pero las risas sonaban algo roncas. Entonces fui hasta la ventana de la sala para ver. Alcancé a ver a tres, ya iban por la arboleda. Uno volteó hacia mí, y me impresionó mucho porque era un payaso, eso me pareció, era feo, no parecía la cara de una persona, supongo que era una máscara. Y como corrían hacia allá, hacia el circo, no me quedaron dudas que era gente de ahí. Cuando abrí la puerta descubrí a Ringo; le quebraron la columna. El pobre ya estaba viejo, pero podía vivir quién sabe cuánto mas. ¡Malditos…! -y a Gerardo se le cortó la voz por la emoción. 
- Pero tío, ¿por qué no me llamaste en ese momento? 
- Porque te conozco, y sé que saldrías tras esos tipos, y no quiero que te metas en problemas. Quién sabe cuántos son esos tipos, y qué clase de maleantes son. 
- Desgraciados, pero, ¿estás seguro? ¿Un payaso? 
- Eso me pareció, la noche no estaba muy clara. 
- Hubieras llamado a la policía, es invasión de propiedad, y lo que le hicieron a Ringo… -Diego miró al perro de reojo, y sintió que se le nublaba la visión. Otro ser querido menos. 
- De nada hubiera servido. Los tipos ya se habían ido, y no creo que le den importancia a… a la muerte de un perro. 
Que amigo que tuve. Fueron dieciséis años. Estuve todas estas horas aquí con él. Vamos a enterrarlo. 

Ringo estaba allí, tendido de lado, como si en cualquier momento se fuera a levantar. Entonces Diego supo que su tío tenía razón; de haber llegado un momento después iba a salir tras los tipos. 
Él lo cargó hasta el pie del viejo nogal que había en el fondo. La mañana estaba limpia, serena. Gerardo miró en derredor y dijo que allí era un buen lugar para enterrarlo, y agregó también que a él no le molestaría descansar allí: 

- Es un buen lugar, en mi terreno, quién sabe las veces que he estado bajo esta sombra, sí. 

Diego no interrumpió los pensamientos sombríos de su tío. Él estaba de acuerdo, aquel era un buen lugar. Tal vez algún día haría un panteón allí para así reunir a toda la familia. Después cavó un pozo y depositó el enorme cuerpo del perro allí. En ese momento se acordó de los asesinos. ¿Cómo podían haber matado de esa forma a un perro grande? ¿Sería la gente del circo? 
Una hora después tuvo que irse, tenía que trabajar. Al pasar frente al circo, en uno de los trailers se agitó una cortina, y le pareció escuchar carcajadas, pero al detener el vehículo, ya no oía nada. Pensó que tal vez su mente lo había engañado; pero si aquella gente tenía algo que ver… 

Continúa… 

lunes, 7 de julio de 2014

Bajo el hospital (última parte)

La muchedumbre que se agolpaba en aquella sala se abalanzó contra Lucas. Él intentó salir de allí pero otros lo agarraron por atrás. Eran muchas manos enfurecidas. Todos gritaban ahora, intentaban agarrarlo, inmovilizarle los brazos… Y las antorchas que se agitaban sobre la multitud iracunda iluminaban  aquella locura desde arriba. 

- ¡Es el rey de los zombies! ¡Córtenle la cabeza! -gritaban al unísono varias voces enronquecidas. 
- ¡Yo no les hice nada! ¡Suéltenme, por favor! -les clamaba Lucas, pero solo obtenía carcajadas y gritos como respuesta. 

¿Aquel iba a ser su fin? ¿Merecía perecer en manos de unos locos por haber liberado a los zombies sin querer, a pesar de toda la gente que salvó después? Él no lo creía, morir así, no. Los zombies iban a salir de todas formas, ¿por qué él iba a pagar por todo? Se arrepintió de haber entrado a aquel lugar. “¡Malditos locos, considerarme un zombie!…”. ¿Tan mal se veía? “¡Solo es cosa de estos locos. Un zombie…!”. Era inútil tratar de convencerlos. Las muchedumbres iracundas no razonan, y esta era de enfermos mentales. 
Mas algo en Lucas se resistía a la idea de que aquel era el fin, de alguna forma creía que podría salir. ¿Pero cómo, eran tantos? Lo rodeaban por todos lados, le aferraban la ropa, no podía tomar sus herramientas para defenderse. 
Pero a pesar de la situación desventajosa en la que se encontraba, al utilizar todas sus fuerzas y retorcerse para liberarse, Lucas consiguió propinar varios golpes después, y los que fueron el destino de esos golpes cayeron al suelo y fueron pisoteados por la misma muchedumbre. En el fragor de esa lucha, Lucas casi atravesó con el puño a uno, y eso lo asombró mucho. ¿Cómo podía ser…? Después, forcejeando por su vida, le pareció que le arrancó el brazo a alguien. Entonces se le cruzó por la mente algo terrible: “¿Y si esta gente tiene razón…?”. Pero él no les había hecho nada, y pensaba defender su vida como fuera. ¿Su… vida? ¿Aún seguía viviendo o ahora era algo mas? No importaba, un instinto animal se iba apoderando de él; o lo dejaban salir o los hacía pedazos a todos. 
Ahora era muy difícil sujetarlo, porque aferrarle fuerte los brazos no impedía que estos se movieran, y esos movimientos luxaban muñecas y antebrazos. Las manos de Lucas se volvieron dos armas, y sus dedos se hundían y desgarraban todo lo que alcanzaban. 

El grupo enloquecido quería cerrarse sobre él, mas algunos cuerpos estorbaban ahora, y el piso se estaba volviendo resbaloso.  Por eso logró abrir un espacio entre él y sus atacantes, y pudo empuñar al fin su martillo. 
Las ganas de sobrevivir se habían vuelto furia. El martillo dibujaba en el aire diferentes trayectorias, y gotas tibias salpicaban hasta el techo, y subía y bajaba, e iba de un lado al otro, y sonaban los huesos rotos. 
De a poco la multitud se fue replegando, y de estar furiosos pasaron a estar asustados, y lo hubieran estado mas si supieran lo que venía a continuación.   
Tanto griterío había atraído a una horda de zombies que ya inundaban la calle. Cuando la horda chocó contra la puerta esta se abrió de golpe hacia atrás, y los zombies entraron a la sala como si fueran una corriente embravecida. Ahora aquella gente gritaba de terror. 
Algunos retrocedieron hacia donde estaba Lucas, mas como este seguía furioso, eligieron un mal lugar.  Unos minutos después aquello era una escena infernal.  Algunos se desbandaron a los gritos por los pasillos, seguidos por una “locomotora” de zombies; mas adelante fueron alcanzados también. 
Lucas quedó en medio de aquel infierno. Ningún zombie intentó atacarlo: él era uno de ellos. Hasta el momento se había engañado a él mismo con varias suposiciones. Los zombies nuevos no eran menos agresivos, ni los viejos estaban ahítos de comer. La verdad estaba frente a él pero no había querido verla. Había muerto hacía días, allá en el hospital. 
Caminó entre los zombies y salió del manicomio. Tomó una calle cualquiera y empezó a vagar por la oscuridad.  Al pasar por algunos muertos estos empezaron a seguirlo. Era una conducta normal en ellos, así se formaban las hordas, zombies siguiendo a otros.  A Lucas no le importó. Ya no les temía. Solo caminaban a su lado, detrás de él, cada vez mas. 
No se explicaba por qué le había pasado aquello, por qué podía pensar si era un zombie. ¿Aquello era una maldición? ¿Acaso no había sido lo suficientemente bueno durante toda su vida? Sintió una rabia enorme. Levantó la vista hacia el cielo y descargó su enojo con un grito, y todos los zombies que estaban cerca gimieron a la vez, y se formó un rugido que se propagó por la ciudad. 
De pronto Lucas escuchó unos disparos lejanos que fueron aumentando en número. Era el ejército que llegaba a la ciudad. Venían a exterminar a todos los muertos vivientes. Lucas de nuevo sintió que debía luchar por su existencia.

viernes, 4 de julio de 2014

Bajo el hospital (quinta parte)

Lucas se alejó de la horda de zombies, pero en cualquier momento podía toparse con otra. Aquella ya no era su ciudad, era la ciudad de los muertos andantes.  
Por todos lados se veían evidencias del caos que sometió a la ciudad, y un olor a muerte venía junto con el viento.
Caminando por una calle vacía, sucia, con manchas de sangre aquí y allá, Lucas comprendió que la situación era mucho peor de lo que se había imaginado. 
Era de suponer que durante la evacuación del hospital, los zombies hirieron a gente que después salió de allí, y así la infección se extendió por todos lados. De nada sirvió aislar el hospital, el mal ya estaba afuera. Pero Lucas seguía preguntándose algo, ¿cuánto tiempo había pasado desde que quedara inconciente? Ahora intuía que eran días, días que debieron ser un infierno para los pobladores. 
Sobrepasados nuevamente por los zombies, evacuaron toda la ciudad, pero la infección viajaba ahora con la gente, con los heridos, ¿cómo evitar que aquello se siguiera propagando? ¿Sería el comienzo del fin del mundo? 
Lucas se sintió culpable. Inevitablemente pensaba que en parte era responsable de aquel mal que amenazaba ahora a todo el planeta. Podrían haber sido otros los albañiles, y el resultado hubiera sido el mismo; pero fue él y sus compañeros. “¡Nunca debí remover aquel maldito piso!”.  Recordó a sus compañeros. No sentía rencor, solo obedecieron a su instinto al huir . De todas formas aquello iba a pasar. 

Se detuvo frente a una camioneta con la puerta abierta. No tenía las llaves. Buscó en la guantera, arriba, no las halló. “Si supiera encenderlo directamente…”, pero no sabía.  Hasta el momento era el único vehículo que había visto. No era como en las películas de apocalipsis, donde hay autos por todos lados; la gente había huido en ellos. Mas adelante vio unos autos accidentados, pero ninguno servía. 
Cuadra tras cuadra era la misma desolación, y cada tanto tenía que ocultarse de algunos zombies, o cruzar corriendo lo mas alejado de ellos que pudiera. Y estaba el temor de que lo siguieran, y que se fueran sumando otros. 
Al pasar frente a un mercado pensó en comer algo, aunque no sentía hambre. Tenía una sensación rara en el estómago. Dedujo que la infección lo había afectado mas de lo que había supuesto. Después de todo, había estado inconciente varios días, y eso tenía un precio. Seguro el estómago se le había achicado considerablemente. Aún tenía energías, pero si no ingería algo pronto, le resultaba obvio que iba a empeorar. 
Utilizó las herramientas de su cinturón para forzar la puerta y entró con mucha cautela. Adentro estaba bastante oscuro. Junto a las herramientas llevaba una linterna, pero consideró prudente no usarla aún; pronto se haría noche, y aquella fuente de luz podría salvarlo. 
Cuando se adaptó a  la penumbra fue recorriendo el lugar. Sintió un olor desagradable, venía de los refrigeradores; no había electricidad y todo se estaba descomponiendo. Cuando comenzaron la evacuación de toda la ciudad cortaron la energía eléctrica para evitar incendios. 
Tenía que ir a otra sección. En la parte de enlatados tomó una con duraznos en almíbar. Le abrió un hueco con un destornillador y bebió un poco de almíbar, después agrandó mas el agujero y comió un durazno. Solo con aquello sintió que había comido de mas. “Tengo el estómago mas chico de lo que pensé, ¡maldición! Voy a tener que comer muy de a poco”.  Buscó una bolsa, guardó unas latas y salió de allí. Ya en la calle, vio que otra horda venía hacia él. Nuevamente tenía que correr. Dobló en una esquina, después en la siguiente calle, hizo los mismo por dos cuadras mas, y al creer que había despistado y dejado muy atrás a los zombies se detuvo a descansar. Ahora tenía ganas de vomitar. Dejó en la vereda lo que recién había ingerido. “Esto es por correr. ¡Malditos zombies!”, pensó Lucas. 

Ya la ciudad se estaba llenando de sombras. El sol no se veía por ningún lado porque estaba muy bajo, y unas nubes que empezaban a juntarse prometían una noche muy oscura. 
Lucas no decidía dónde quedarse. Una casa podría ser un refugio y también una trampa. No deseaba quedar encerrado. ¿Y si algún zombie lo descubría, y después se sumaban otros…? Y estaba el peligro de que ya hubiera alguno en la casa, y enfrentar a un muerto en un espacio reducido no era algo que quisiera. Tenía que buscar un buen lugar. Mientras tanto seguía oscureciendo. 
Al pasar frente a un edificio escuchó algo, eran voces, algunas pedían auxilio. ¡Había otros sobrevivientes! Cuando miró la inscripción que había sobre la fachada, enseguida se le fue el entusiasmo; las voces venían de un hospital psiquiátrico.  Enseguida dedujo algo terrible; habían dejado encerrados a algunos pacientes. En el caos de un ataque zombie aquello no era raro, ¿quién se iba a preocupar por los locos? Lucas se preguntó si él podría hacerlo. 
Dentro de hospital, las voces seguían clamando por ayuda. Lucas era de esa gente que se pone en el lugar de los otros, de los que no piensan solo en ellos. Tenía que entrar. 
No habían cerrado con llave la puerta principal. Penetró en una sala oscura. No quería delatarse al encender la linterna, mas no veía casi nada allí. El haz de luz se paseó por un salón vacío. En las paredes de los lados se encontraban unas aberturas que eran el comienzo de unos corredores, en la del fondo había dos puertas grandes, las voces venían de una de ellas, y ahora también escuchaba un rumor apagado que parecía venir de todos los corredores. ¿Sería solo el eco de las voces o habría mas gente allí? El lugar era aterrador. Tenía ganas de salir corriendo. Su instinto luchaba contra sus principios. Mas a pesar de eso siguió. Alcanzó la puerta de donde venían las voces, estaba entornada, por eso llegaba a oírlas desde la calle.  Desde allí comenzaba un corredor largo, con puertas en ambos lados. Las primeras dos no tenían ventanas. Abrió la primera, e iluminando con la linterna descubrió que era una oficina. La pieza de enfrente era un depósito. Siguió su temeraria exploración. Las habitaciones de la derecha estaban todas abiertas. Aparentemente habían liberado a esos pacientes, ¿pero por qué a los otros no? Las puertas del lado izquierdo tenían ventanas. Al iluminar hacia adentro descubrió la razón. Eran habitaciones pequeñas con el piso y las paredes acolchadas. Allí estaban los mas enfermos, y probablemente algunos eran peligrosos. La primera estaba vacía, en la segunda se encontraba un hombre, decía incoherencias y chocaba su cabeza en la pared acolchada. 
En la siguiente Lucas se llevó un susto, porque enfocó de pronto la cara de una paciente que tenía el rostro pegado al vidrio de la ventana, y la mujer tenía profundas ojeras y cicatrices por todo el rostro. 
En la otra enfocó a un hombre de pelo largo y revuelto que reía a carcajadas, y al volverse hacia la luz lo hizo con una mirada siniestra. 
Encontró a cuatro mas, pero estos parecían normales, y eran los que pedían auxilio. Al verlo empezaron a gritar mas y le pedían que los liberara. 
Lucas  intentó forzar una de las puertas, pero eran muy fuertes, tenía que encontrar las llaves. Pensó que en la oficina de ese corredor tendría que haber otro juego de llaves. Entró en ella y buscó por todos lados. 
No tenía intenciones de liberar a todos. Aunque le resultaba horrible dejar a alguien allí, pensó en delegarle esa tarea a uno de los pacientes que parecían menos peligrosos. ¿Menos peligrosos? En realidad eso era algo que no sabía, pero de todas formas se iba a arriesgar. 
Encontró al fin las llaves, y halló una linterna grande en un cajón. Empezó por la habitación mas alejada. El primero que salió le agradeció, y le hizo una pregunta extraña: 

- ¿Por qué nos ayudas, si eres un zombie?
- Porque no soy un zombie, soy una persona como ustedes. 
- No, tú eres un zombie. 

Lucas pensó que de nada servía insistir, el tipo era un loco. Mientras abría las otras puertas no dejaba de mirarlo de reojo; el tipo lo seguía de cerca. Al liberar al último de los que parecían mas normales, le extendió las llaves al primero y le dijo que soltara a los otros.  Le dio la linterna pequeña y salió corriendo. No quería estar allí cuando todos estuvieran libres; él ya había hecho bastante por ellos. 
Cuando salió a la sala se encontró con una escena de terror. Una multitud grande se había congregado allí, y todos miraban hacia donde él salió. Algunos tenían antorchas que habían improvisado con patas de sillas y trapos. A la luz de aquellas antorchas todos lucían aterradores, porque tenían la cara pintada con sangre, y la locura en sus miradas.  
La multitud le bloqueaba el paso. Lucas aún no decidía qué hacer cuando una voz gritó desde atrás: 

- ¡Es un zombie! -era el tipo que liberara primero. 
- ¡No lo soy! -gritó entonces Lucas-. Los zombies no hablan, soy uno de ustedes. 
- ¡Es un zombie que puede hablar! -gritó alguien entre la multitud. 
- ¡No, solo soy un hombre! -trató de convencerlos Lucas. 
- ¡Es… es el rey de los zombies! -se escuchó otro grito en la multitud. Y fueron avanzando hacia él al tiempo que gritaban: - ¡Es el rey de los zombies, hay que matarlo para que esto termine!

Continúa… 





miércoles, 2 de julio de 2014

Bajo el hospital (cuarta parte)

Lucas subió al segundo piso del hospital. Había zombies a diestra y siniestra. Los de la parte derecha del corredor habían muerto recientemente; en el grupo de la izquierda estaban los resecos, los que salieran del suelo. Lucas arremetió contra los de la derecha, pues ahora  los consideraba menos agresivos.    Elevó y bajó el martillo hacia las cabezas de los zombies varias veces. A uno le atravesó un ojo con el destornillador. Masa encefálica y materia gris salpicaron las paredes. Aquello fue bastante fácil, parecía que no lo percibían.  Cuando eliminó a esos volteó hacia los mas viejos; estos se alejaban por el corredor. ¿Acaso le tendrían miedo a su martillo, a él, o tendrían la inteligencia suficiente como para evadir una pelea poco “rentable” para ellos? Lucas se preguntó dónde estaba la ferocidad con que atacaran aquellos zombies a los policías. Enseguida se le ocurrió algo. Podría ser que estuvieran ahítos de carne, que ya no tuvieran hambre. Al salir del agujero del piso venían de un ayuno de muchas décadas, y de ahí su furia, concluyó. Como fuera, aquello era mejor para él. 
Avanzó por el corredor hasta la primer puerta. Espió rápidamente. Algunos zombies andaban en ella. En la segunda habitación, lo mismo. Cruzaba raudamente frente a las puertas para que no lo vieran. 
Tras pasar por una habitación abierta, su mente retuvo una imagen horrible que vio fugazmente en el interior, y unas zancadas mas adelante escuchó el chirrido. Muy a su pesar, volteó. Era una anciana en silla de ruedas. Le habían arrancado las piernas, era un zombie, pero como estaba atada a la silla todavía se mantenía en ella, y por algún rastro de memoria o acto mecánico, reflejo adquirido o lo que fuera, movía las ruedas con las manos y hacía avanzar la silla. 
Aunque por su situación aquel zombie no parecía ser muy peligroso, no podía dejar que lo siguiera con aquel chirrido, porque eso podría atraer a otros. Le bajó el martillo en la cabeza y siguió.

Al doblar hacia la izquierda siguiendo el corredor, se topó con tres enfermeras muertas que caminaban tambaleantes en fila. Nuevamente el martillo cortó el aire. Después siguió buscando una habitación donde pudiera entrar. Mas adelante halló una puerta cerrada. Miró por la ventanilla de esta, estaba vacía. Se alegró al descubrir que no estaba cerrada con llave.  La habitación tenía una ventana grande y baja, justo lo que él esperaba. Trancó la puerta con una silla y fue hasta la ventana. 
En el patio deambulaban algunos muertos vivientes. Todo el predio del hospital estaba rodeado por muros altos. Desde su posición veía una salida, pero las rejas de esta estaban cerradas y por fuera habían colocado chapas para clausurarla.  Dedujo que en un momento dado de la evacuación del lugar, reconocieron que la situación los desbordaba y decidieron cerrar las salidas y dejarlo así. Pero, ¿cuánto hacía de eso? ¿Por qué todavía no explotaban el lugar o lo incendiaban? 
A la altura de la ventana había un borde lo suficientemente ancho como para caminar por él. A unos metros de allí bajaba hasta el suelo un caño que era parte del desagüe del techo. Del otro lado del patio, casi contra el muro, se encontraba una ambulancia que parecía haber chocado con él (producto del caos de la evacuación), si trepaba por dicha ambulancia podría alcanzar la cima del muro, eso si conseguía atravesar el patio de los zombies. 

La maniobra necesaria para alcanzar el  borde era delicada, tenía que pender de la ventana hasta afirmar los pies en él, si bajaba muy rápido iba a caer. En ese momento deseó estar a mayor altura, porque si caía ese sería el fin, mas si lo hacía desde allí, quedaría lastimado pero vivo, indefenso ante los zombies. 
Bajó con sumo cuidado. Cuando sintió que sus pies se afirmaban en el borde comenzó a dar pasitos laterales. Un paso, dos pasos, con el pecho pegado a la pared, y allá bajo los muertos esperando su caída. Al alejarse de la ventana fue mas difícil todavía porque sus manos no tenían dónde sostenerse.
Le pareció que el borde se angostaba. Los talones le quedaban en el aire. El caño ya estaba cerca. “Solo un poco mas, casi llego. Tranquilo…”.   después vino el peligroso descenso por el caño. En aquel punto se sintió mas vulnerable, todos los zombies podrían verlo. Mas cuando bajó, ninguno estaba sobre él. Ahora comenzaba la carrera hasta la ambulancia. Corrió en zig-zag, evadiendo muertos, golpeando a algunos, empujando desesperadamente a otros, y así consiguió llegar. Subió por el capó, alcanzó el techo, y desde allí fue fácil treparse al borde del muro. No quiso mirar atrás. Supuso que todos los zombies se estaban congregando en torno a la ambulancia. Se descolgó del muro y saltó a la calle.  Allí no pudo contenerse mas y sintió que un tropel de emociones le salía del pecho. Tuvo que inclinarse hacia adelante, con las manos en las rodillas. ¡Por fin había salido de aquel infierno!  Cuando se enderezó y miró hacia todos lados, supo que su situación no había mejorado mucho. No había nadie en la calle. No vio ni un auto estacionado, nada, y el rumor de la ciudad se había apagado. Entonces lo embargó una tremenda desolación, un sentimiento de soledad. 
El viento arrastraba algunos papeles y bolsas. De pronto, un ruido, un rumor que iba creciendo. Se acercaba por una calle diagonal. Lucas no esperó a que asomaran, ya sabía de qué se trataba: era una horda de zombies.   Salió corriendo en sentido contrario, sin voltear. ¿Qué iba a hacer ahora, toda la ciudad estaría así? 

Continúa...