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sábado, 27 de septiembre de 2014

La familia (primera parte)

Pablo estaba algo nervioso porque no sabía si los padres de Elena, su novia, iban a simpatizar con él. Después se tranquilizó pensando que sus preocupaciones eran exageradas. Solo era una simple cena con sus posibles futuros suegros. De saber lo que le esperaba hubiera temblado de miedo y nunca hubiera ido.
Él acostumbraba cenar temprano, mas aparentemente la familia de Elena lo hacía bastante tarde, a juzgar por la hora que ella le indicó. Cuando salió de su casa ya estaba oscuro.   No le gustaba manejar de noche en las rutas, y menos en los caminos rurales, pero como iba a ver a Elena no le importó tanto. 
Hacía poco que la conocía, pero su belleza lo tenía cautivado desde que la vio, aunque a veces la personalidad de ella lo desorientaba un poco, porque tenía unos cambios de ánimo repentinos, y por instantes parecía hasta propensa a la violencia, pero siempre terminaba aclarando que solo bromeaba.   Como antes de conocerla él ya se estaba convenciendo de que no había una mujer perfecta, creyó que tenía que adaptarse a ella y aceptarla junto a sus defectos. Pensaba que peor sería una mujer sosa y aburrida. 
Abandonó la ruta en el punto que ella le había indicado y dobló en un camino de tierra.
Enseguida se vio rodeado de bosques oscuros. En lugares así odiaba ver solo lo que iluminaban las luces del auto; no le gustaba la idea de que mas allá había todo un paisaje (y quién sabe qué cosas en él) oculto en la oscuridad. 
A su derecha se despejó una zona en el bosque, y vio las luces de la casa. El portón estaba abierto pero no se atrevió a seguir. ¿Sería aquella la casa? La vivienda estaba como a cuarenta metros del camino. Se abrió una puerta y bajo una luz exterior apareció Elena. Ella le indicó que arrimara el coche haciendo gestos con el brazo.  Al bajarse él se acomodó la corbata; ella lo recibió con un beso: 

- Pasa, te estamos esperando -le dijo Elena. 
- ¿Estoy bien así? No te pregunté si era formal. 
- Así estás mas que bien. No te preocupes. ¡Ah! Espera, dame las llaves de tu auto. 
- ¿Qué? ¡Jajaja! ¿Para qué las quieres? 
- Porque tal vez salgamos a dar una vuelta después, y yo quiero manejar. 
- ¿Manejar tú, a mi “bebé”? ¡Jajaja! Bueno, está bien. 

Era solo otra pequeña conducta rara de ella; Pablo le dio las llaves. Entraron a la sala. Aparentemente no había nadie en ella. En la mitad de la habitación había dos sofás grandes, y entre estos una mesita. Pablo miró a Elena; ella lucía una gran sonrisa, y lo tomó de un brazo: 

- ¿Dónde está tu familia? -le preguntó Pablo. 
- Mi padre está escondido detrás de ese sofá. 

A Pablo le dio gracia lo que ella dijo. Cuando miró hacia el sofá, alguien que estaba detrás de él se incorporó de golpe, con un grito, y estaba disfrazado de payaso. Tenía un atuendo de esos ridículos, una peluca negra que le caía hasta los hombros y la cara completamente maquillada con un fondo blanco, y alrededor de los labios y los ojos se había dibujado una especie de sombreado con rojo, y no le faltaba la clásica nariz de payaso. Su cuerpo era robusto, con una prominente panza, y su cabeza lucía grande incluso para aquel cuerpo. 
Como apareció tan repentinamente y con aquel grito, Pablo se echó hacia atrás, espantado, y hubiera retrocedido mas si Elena no lo estuviera tomando de un brazo. 
El susto de Pablo le causó mucha gracia al payaso, y lanzó una carcajada estrepitosa; Elena también se rió a carcajadas. ¿Qué diablos era aquello? Cuando Pablo quiso apartarse ella dejó de reír y le dijo: 

- No te espantes, solo es el bromista de mi padre. Es su forma de “romper el hielo”. perdóname. ¿Estás bien?
- Sí, claro. No me espanté, solo me sorprendí un poco. Que buena broma. 

El payaso dejó de reír también y se le acercó extendiéndole la mano:

- Remigio Furtado -se presentó el payaso-. Un gusto conocerlo. 
- Mucho gusto. Soy Pablo Rocha -cuando Pablo le sacudió la mano se quedó con ella porque esta se desprendió del brazo del payaso: era falsa. De nuevo los anfitriones se echaron a reír. 
- Disculpe, muchacho -dijo el payaso, con una voz solemne y burlona a la vez-, creí que estaba interesado en la mano de mi hija, no en la mía ¡Jajaja!

Pablo intentó sonreír pero solo le salió una mueca. Estaba sumamente incómodo. No sabía cómo reaccionar. Nadie está preparado para una situación así. No le asombraría encontrarse con un padre con cara de pocos amigos, o a uno indiferente, o que le demostrara desconfianza, antipatía, o a alguien que se mostrara campechano desde el principio, pero un payaso aterrador con bromas pesadas… nunca lo hubiera imaginado.   
Elena de nuevo se puso seria. Tomó la mano falsa y se la dio a su padre; este la guardó en un bolsillo enorme que tenía en la ropa. 

- Basta de bromas, papá, que lo vas a espantar -le pidió Elena. 
- Está bien. Con este, el número setenta y ocho, ¿o van setenta y nueve novios? No importa, con este me voy a portar bien -aseguró el payaso. 
- ¡Basta!, que va a creer que es cierto.  Pablo, él solo está bromeando. 
- ¡Jaja! Sí, ya me lo imaginaba -le aseguró Pablo. En realidad la broma le cayó como un yunque en la cabeza.  

Tras esa última intervención el payaso se sentó despatarrado en el sofá, con los brazos extendidos en cruz.  Elena se sentó con Pablo frente a este. La situación ya era insoportablemente incómoda, y empeoró cuando apareció en la sala otro payaso. Este era flaco y muy alto.  Se acercó dando pasos enormes hacia el sofá. Pablo se levantó para saludar. El payaso se detuvo muy cerca de él y lo miró fieramente: 

- Óyeme bien, “Don Juan”. Si le tocas solo un pelo a mi hermana, si le tocas solo un pelo… ¡es porque eres “raro”. Si esta es súper fácil! ¡Ah, jajaja!

Elena se levantó y le dio un puñetazo en la boca del estómago al payaso; este se dobló al recibir el golpe, aunque no dejó de reírse. 

- Te presento al estúpido de mi hermano -dijo ella con un tono rabioso-. Nicasio, hazme el favor de sentarte junto a papá y no abrir mas la boca, ¿está bien? 

El payaso flaco se sentó refunfuñando.   Tras este nuevo incidente se presentó la madre, que también estaba vestida de payaso. Entró a la sala cargando una bandeja.  Pablo sufrió una impresión horrible al ver lo que traía. Sobre la bandeja había una pollo vivo. Al pobre animal le habían quitado todas las plumas y tenía las patas maniatadas. Se encontraba panza arriba y sacudía desesperadamente las patas y sus alas, que al no tener plumas parecían unos muñones. El pollo lanzaba unos gritos agónicos, ahogados, y por instantes quedaba quieto, para después volver a luchar por lo poco que le quedaba de vida. 

- No soy experta en asar pollos -dijo la mujer-. ¿Les parece que todavía está algo crudo? ¿Qué opinan? ¿Lo dejo otro rato en el horno? -y lanzando una carcajada se marchó. 

La macabra broma le hizo gracia a todos menos a Pablo. Sintió que se le revolvía el estómago. ¿Acaso aquella era una familia de locos? Ahora prefería estar en cualquier lado menos allí. No podía creer lo que estaba viviendo. ¿Elena sería como ellos? Evidentemente tenía el mismo sentido del humor. Pensó que seguramente era una loca, que todos eran unos locos, y ahora estaba en una casa de locos. 
Pero apenas ella dejó de reír volvió a ser la que conocía, pero, ¿realmente la conocía? ¿Sería así siempre y había fingido ante él?  Ahora Pablo sentía que sus intestinos se retorcían.  Su familia no sabía dónde estaba la casa, Elena nunca se lo decía, siempre evadía el tema de alguna forma, y al invitarlo a cenar se la dijo pero solo un día antes de esa noche. Bien podían desaparecerlo si lo querían. Si le pasaba algo ella sería sospechosa, pero, ¿quién era ella? ¿qué sabía de ella? Supuestamente estudiaba en la universidad, mas él no tenía ninguna prueba de ello. Cada vez se sentía mas mal. 


Segunda parte: http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com/2014/09/la-familia-ultima-parte.html 

2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Toda la familia lo estaba. Con este cuento tienes para divertirte bastante, son cuatro partes.

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