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martes, 28 de octubre de 2014

Mis antepasados

Atravesé una enramada espesa y, cuando me libré de aquella fronda opresiva, me encontré de pronto en un viejo cementerio. 
Andaba recorriendo algunos valles y arboledas que en el pasado vieron prosperar a mis antepasados.   Había recuperado un pequeño terreno en la zona y allí construí mi hogar. Siempre que podía daba paceos por aquella campiña, y casi inevitablemente terminaba sintiendo un poco de nostalgia y añorando algo que nunca había vivido. ¿Se puede sentir nostalgia por algo que nunca se vivió? Sí, siempre y cuando se sea un soñador, y se tenga la certeza de que nuestros antepasados anduvieron por allí. 
Cuando veía un sendero pensaba: “¿Usarían este sendero mis ancestros?”, al costear algunos de los arroyuelos que atravesaban los campos especulaba “¿Se bañarían aquí en el verano? Tal vez los niños lo hacían”, y me los imaginaba chapoteando entre risas.
Con el paso de los días fui encontrando los ya antiguos cimientos de las casas. Que desolada estaba toda la zona ahora. Pensé mucho en eso. Sabía que mis antepasados se habían retirado de a poco hacia la ciudad, y que fueron vendiendo sus propiedades, entonces, ¿por qué no había nuevas familias por allí? Las tierras eran fértiles, había mucha agua. No entendía. 

Terminé deduciendo que por alguna razón aquellas tierras eran indeseables. El terreno donde alcé mi casa me salió bastante mas barato de lo que había supuesto, eso era otra prueba. ¿Por qué no querían vivir en la zona? 
Con la idea de resolver eso, cuando hacía compras en el pueblo mas cercano, discretamente fui desarrollando una pequeña investigación, preguntando algunas cosas como al pasar, como a quien se le ocurre algo en el momento.  El descubrimiento fue asombroso: consideraban que aquellas tierras estaban malditas porque, una gran familia que solía adorar al Diablo había vivido en ellas mucho tiempo. ¡Que increíble! Mi familia… 
Por suerte no me presentaba diciendo mis dos apellidos, porque uno los hubiera espantado. ¿Cómo podía ser que nunca hubiera escuchado sobre el asunto?  Haciendo un gran esfuerzo por recordar, vinieron a mi mente algunas respuestas extrañas de mis abuelos y mis padres, algunas claras intenciones de cambiar de tema cuando los interrogaba sobre nuestros antepasados, y una percepción muy lejana de una sensación: que me ocultaban algo. 
Ahora había descubierto un pequeño cementerio que, probablemente, casi con seguridad, estaba repleto de las tumbas de mis antepasados, tal vez todo el cementerio era de ellos. 
Desparramando una mirada por el lugar supe que estaba abandonado. Quedé parado en el mismo lugar no sé cuántos minutos. Había estado buscando huellas de mis raíces, y allí estaban, pero ahora sabía sobre aquel rumor que ensombrecía a la familia. ¿Sería cierto?
Después pensé que las zonas rurales siempre están llenas de leyendas y cuentos de terror. Casi todos supuestamente han visto algo o escuchado algo, o conocen a alguien que vivió un suceso inexplicable, que sin embargo siempre le encuentran un origen sobrenatural. Una mentira puede dispersarse, hacerse rumor, leyenda con el tiempo, y terminar siendo algo que todos afirman.  Tenía que ser eso, pura habladurías. 
Empecé a recorrer el cementerio. Abrí pastos y tiré de algunas enredaderas para poder leer la inscripción que había en una lápida. Era de un antepasado. Lo mismo pasó con otra, y otra, solo había familiares allí.   

Estaba tan impresionado que perdí la noción del tiempo. Comprendí lo avanzada que estaba la tarde cuando vi que el cielo se estaba poniendo gris, y el bosque que cercaba al cementerio se encontraba negro de sombras.   En ese instante también me di cuenta de otra cosa; había zigzagueado entre las lápidas descuidadamente, y ahora no recordaba por dónde había entrado, y ál no ver el Sol había perdido la noción de hacia dónde estaba mi hogar.  Mas si bien me preocupé algo por un momento, después pensé que bastaba con que saliera de allí hacia cualquier dirección, y al apartarme del bosque me orientaría de nuevo. 
Había llegado hasta el lugar con mucha dificultad. El bosque formaba una verdadera cerca natural. Las ramas se tejían entre si, y al intentar meterme la fronda me empujaba hacia el cementerio casi como un resorte. Tenía que encontrar el lugar exacto por donde había accedido.  Intenté en vano en varios puntos. Mientras tanto oscurecía rápidamente. De entre las lápidas empezó a elevarse una bruma aterradora. 
Solo tenía que sortear aquella barrera vegetal, pero era tan enmarañada que mis esfuerzos eran inútiles.  
Ya estaba de noche cuando encontré un lugar menos apretujado, supe que había entrado por allí. Hubiera sentido un gran alivio si en esos momentos no hubiera escuchado aquellos ruidos. Eran pasos, muchos pasos andando por el cementerio. Me aterré espantosamente. Atropellé la fronda sin voltear. Como igual no veía nada en aquella oscuridad, avancé protegiéndome el rostro con los antebrazos para no perder un ojo en una rama. Detrás de mí aumentaban los ruidos; ahora eran voces, algunas me llamaban por mi nombre con una voz quejumbrosa y lenta: “Fernando, ven con nosotros”, me decían “Solo tienes que aceptarlo a Él, y serás uno de nosotros. Fernando…”. Ahora todas las voces clamaban mi presencia. Algunas eran infantiles, aunque también sonaban quejumbrosas y repetían las palabras lentamente. Luego empezaron a escucharse furiosas cuando me fui alejando, y se distorsionaron de tal manera que ya no parecían humanas.  No miré hacia atrás en ningún momento, pero por los árboles que me rodeaban vi que del cementerio crecían distintos fulgores y luces amarillas.  
Mi vida bien pudo haber terminado allí, ya fuera al chocar contra un árbol en mi loca huída, o por haber muerto de terror, mas sobreviví, y corriendo salí del bosque. Corrí por aquella campiña hasta que no pude mas y después seguí caminando entre jadeos. No me importaba hacia donde iba, solo quería alejarme de aquel horrible cementerio.  Un poco mas tarde salió la Luna, y al toparme con un arroyuelo sentí que me volvía a orientar. Empaqué esa misma noche y me largué de allí para no volver nunca mas. Algunas cosas es mejor que queden enterradas en el pasado.

sábado, 25 de octubre de 2014

Es Halloween

Santiago arrojó su mochila en el asiento trasero de la camioneta, donde también había puesto el rifle; ese halloween lo iba a pasar a su manera. Cuando cerró la puerta vio que lo miraban por encima de la cerca de madera, era Pedro, su vecino: 

- ¡Ey ,Santiago! ¿Vas a salir? -le preguntó Pedro. 
- Hola, sí voy a salir. Voy hasta mi bosque, a ver si me traigo un ciervo. Como sea, vuelvo mañana.
- ¿Qué, quedarte por ahí esta noche? Pero hombre, ¿justo hoy vas a acampar? -Pedro se mostró sorprendido, y apoyó las manos en la cerca para mirar mejor sobre ella. 
- Sí, ¿por qué no? -le contestó Santiago, haciendo un gesto que demostraba su despreocupación. 
- Porque es Halloween, y… pues eso. Mira que no es solo una noche de fiestas o celebraciones, es, algo místico también. No es por nada que le llaman “la noche de brujas”. Y ya que hablé de fiestas, en el club de aquí a la vuelta sale una de disfraces, y va a estar buena porque puede ir todo el que quiera. Qué te parece si vamos a “mover el esqueleto”, ¡jaja! Esa frase es justa para hoy, y, de paso conocemos a algunas muchachas; me reservo a las vampiresas ¡Jajaja! 
- Ya planeé la cacería, y no me gusta cambiar de planes. Bueno, me voy, que te diviertas. 
- Gracias, y tú que caces algo, y después me convidas. Nos vemos. 

Mientras sacaba la camioneta a la calle notó que su vecino aún lo observaba. “Que reverenda tontería eso de halloween”, pensó, pero reconoció que su vecino le decía aquello con buenas intenciones. 
Pronto dejó la ciudad atrás y dobló en un camino bien conocido.  Ya había transcurrido buena parte de la tarde, pero lo que le restaba, con algo de suerte le iba a bastar para cazar una pieza. Conocía tan bien su bosque que podía ir directamente a las mejores partes de los senderos, lugares en los que se escondía a esperar la presencia de las presas. 
Como estaba algo ansioso el camino se le hizo largo. Ya en su destino, la vera del bosque que era de su propiedad, se acomodó la mochila y se echó el rifle al hombro. Iba a empezar su caminata cuando divisó algo. Era un vehículo, un tipo de furgoneta. Resultaba obvio que al vehículo lo habían intentado esconder entre los árboles. ¡Cazadores furtivos en su bosque! Aquello lo enfureció enseguida. Se envolvió la correa del rifle en el brazo ý fue a inspeccionar el vehículo. No había nadie adentro. 
Que cazadores anduvieran en algo así le pareció raro. Dentro estaba muy limpio, sin marcas de patas de perro, y tampoco llevaban una jaula. Pensó que tal vez iban a cazar como él, emboscando a las presas, pero, no se veía ni una funda allí, aunque podía ser que se las hubieran llevado con ellos. 
Al inclinarse sobre unas huellas que partían desde el vehículo hacia la espesura se convenció de que no eran cazadores, pues no eran marcas de botas ni botines, eran, ¿calzado de mujer? Aquello sí que era extraño. ¿Qué andaban haciendo unas mujeres en su bosque?

Avanzó siguiendo las huellas. Los pasos eran cortos, lo que indicaba inseguridad al andar, era gente que no estaba acostumbrada a caminar en el bosque. Pudo seguirlas con bastante facilidad.    Cuando algo resaltó entre los árboles Santiago puso una rodilla en tierra y espió por la mira telescópica del rifle.   Estaban en un pequeño claro, eran cinco mujeres. Se encontraban de pie, tomadas de las manos y formando un círculo.  
Apenas las vio, Santiago dedujo que eran unas locas haciendo un ritual, pero por las dudas avanzó con cautela. Nunca se sabe cómo puede reaccionar un loco. Para él, alguien que hace algo así invariablemente tenía que estar mal. 
Las mujeres tenían los ojos cerrados y bajaban y subían la cabeza con movimientos circulares, a la vez que murmuraban algo que no se entendía. Vestían ropas negras, y al observarlas bien se notaba en sus rostros que todas pasaban fácilmente los cincuenta años, pero a pesar de eso conservaban una elegancia que despertaría envidias incluso entre veinte añeras: era un grupo de brujas. En medio del círculo que formaban habían dibujado un montón de símbolos extraños, y en el centro de ellos había un frasco cilíndrico de porcelana con su boca sellada, y sobre la boca del recipiente ardía una vela muy corta.
Santiago se ubicó al lado de ellas pero no lo notaron. Entonces tosió un poco para llamarles la atención, como esto no funcionó después dijo en voz alta: 

- ¡Bien, señoras, fuera de mi propiedad! ¡A hacer sus porquerías, lo que sea que están haciendo, en otro lado! ¡Oigan! 

Una de las mujeres se estremeció, como quien es despertado súbitamente, y miró a Santiago con cara de asombro. La reacción de esta tuvo un efecto inmediato en las otras; abrieron los ojos y buscaron la causa. Fue como si al “desconectarse” una, las otras también lo hacían automáticamente. 
Ahora Santiago tenía la atención de todas. Lo miraron tan sorprendidas como la primera. Les ordenó de nuevo: 

- ¡Señoras, salgan de mi propiedad! Está prohibido entrar aquí, es una propiedad privada. Hagan el favor… 
- Señor, discúlpenos, pero solo vamos a estar un rato mas, por favor, no nos interrumpa, es importante que… -le solicitó una de las brujas, pero Santiago la interrumpió: 
- ¿Cómo es eso, que no las interrumpa? Que yo sepa el bosque es mío, y resulta que yo soy el que molesta. ¡Es lo que faltaba!
- No es que moleste, es… que necesitamos terminar este ritual. Por favor… 
- Nada, ¡fuera de aquí! ¡Vamos! Y apaguen esa vela, que si causan un incendio… bueno, ni les cuento en el lío que se van a meter. ¡Vamos, a largarse, que me hacen perder tiempo! Tengo un radio aquí, ¿quieren que llame a la policía rural? 
- No, por favor, pero…
- ¡Al diablo! Arréglenselas con la policía. Ya van a ver…

Ante esa amenaza las mujeres se miraron asustadas y rompieron el círculo que formaban. Santiago se quitó la mochila para tomar el radio, estaba decidido. 
La que le había suplicado dijo entonces: 

- Está bien, nos vamos. No los llame, señor, nos iremos. Solo déjeme apagar eso. 

La bruja se inclinó hacia el recipiente que tenía una vela encima, pero Santiago se le adelantó, le dio un puntapié al recipiente y este se quebró, y la vela al quedar de lado se apagón en la tierra. Del recipiente escapó un polvo blancuzco. 
Las brujas se llevaron las manos a la cara, horrorizadas, y enfilaron hacia el vehículo a toda prisa. La que había hablado volteó para advertirle: 

- ¡Váyase usted también, señor! ¡No sabe lo que ha hecho! ¡Ya no es seguro ni para nosotras! ¡Si aprecia su vida, márchese ahora, y tal vez se salve! -y alcanzó a las otras que huían despavoridas. 

¿Por qué les preocupaba tanto la rotura de aquel frasco? Santiago temió que fuera algún tipo de veneno. Se tapó la nariz con la mano al tiempo que retrocedió unos pasos.  Después miró con mucha atención los restos del frasco. Se acercó de nuevo de a poco.  La tapa que tenía no era nada hermética, no podría contener algo peligroso.  Santiago sonrió sacudiendo levemente la cabeza hacia los lados. Se había asustado por nada. Pensó que si las locas consideraban peligroso aquello, era por un asunto mágico y no por un peligro real.    
Movió el recipiente con el pie. “Hay gente que cree en cualquier cosa”, pensó. 
El silencio del bosque le permitió escuchar al vehículo de las brujas alejándose rápido por el camino. Al seguir la dirección del sonido de la furgoneta con la mirada, también notó que el sol ya estaba bastante bajo. Le habían hecho perder un tiempo valioso. Eligió un rumbo y salió dando pasos largos. 
No se había alejado mucho del claro que eligieran las brujas cuando escuchó un rumor de ramas. Sonaba como si varias cosas grandes hubieran pasado volando cerca de las copas de los árboles, rozando las ramas.   Volteó y giró hacia todos lados; algunas ramas se agitaban allá arriba, pero lo que las había movido no se veía.  Aquello fue muy extraño, se detuvo a observar todo.   Una ráfaga de viento hubiera sacudido mas árboles, era algo que había pasado solo entre algunos, pero, ¿qué era? De ser aves grandes las hubiera visto, o por lo menos hubiera escuchado su aleteo, pero solo escuchó a las ramas que se sacudían y golpeaban unas contra otras al volver a su posición. 
Inevitablemente pensó en lo que le dijo la bruja. Pero enseguida volvió a sonreír y sacudir la cabeza. “Que tontería”. Y siguió su camino. 

El atardecer ya unía a todas las sombras del bosque cuando alcanzó el lugar deseado. Se agachó a esperar entre unos arbustos que se apiñaban en una pequeña cima, al lado de un sendero. No le quedaba mucho tiempo pero aquella era la mejor hora para cazar. Esperó inmóvil. No estaba tan concentrado como hubiera querido, porque a pesar de que había pasado gran parte de su vida en el bosque, no se explicaba la causa de aquellos ruidos. 
De repente algo llamó su atención, espió por la mira telescópica. Era allá adelante, en el último tramo de sendero que lograba ver desde allí. No era un animal, era, un payaso. El payaso andaba en cuatro, apoyándose también con las manos, como imitando a un animal.   Santiago no podía creer lo que veía. ¡Un payaso! Cuando pensó eso el payaso volteó de pronto hacia él, sonrió con una evidente malicia y lo saludó levantando una mano. ¡Que fea impresión sufrió Santiago! ¿Cómo podía ser que el payaso lo hubiera descubierto desde aquella distancia? Estaba bien oculto entre las plantas. La impresión le hizo apartar momentáneamente la vista de la mira, cuando volvió a ver ya no estaba, se había ido.  Cuando lo buscaba con la mira, escuchó una voz chillona, aguda y reverberante que venía de los mismos arbustos donde se encontraba él: 

- ¡Te estoy mirando desde hace rato! ¡Jajaja!, ¡Jijii…! 

Cuando volteó hacia la voz, quedó mirando a los ojos a una muñeca aterradora. 
Santiago se levantó de un salto, se enredó en los arbustos y rodó fuera de ellos.  Nunca se había llevado un susto tan grande. Puso su mano izquierda contra el pecho porque le pareció que sintió una puntada. Intentó controlas su corazón respirando lentamente. 
Rodeó los arbustos mirando por encima del rifle, la muñeca ya no estaba. 
Enseguida recordó la advertencia de la bruja. Ahora quería irse de allí lo antes posible. 
No faltaba mucho para que la noche se adueñara del todo de lugar. Empezó a trotar, mas apenas avanzó unos metros volteó violentamente; había escuchado con claridad que unos pasos corrían tras él, pero no había nada. Siguió volteando hacia todos lados. Tenía que salir de allí. Sabía que le faltaba un buen trecho. ¿Con qué otra cosa se iba a encontrar? 
Empezó a escuchar unas risitas iguales a la de la muñeca aterradora. Una sonaba por aquí, otra por allá, detrás de los troncos, entre algunas enramadas. Una muñeca pasó corriendo de un árbol a otro, cuando apuntó hacia esta, otra le pasó por detrás a las carcajadas.  Ahora giraba desesperado hacia un lado, hacia otro; las muñecas se asomaban tras los troncos, susurrando, riendo con malicia, aquí y allá, por todos lados. 
No lo dejaban avanzar.   Santiago comprendió que eso era lo que querían aquellas cosas. Si trataban de retenerlo allí hasta la noche, era porque en ese momento tendrían mas poder.  Tenía que correr y no detenerse por nada. 
Pero a pesar de su decisión, le resultaba inevitable detenerse para esquivar cuando una muñeca le salía al cruce.  El bosque estaba cada vez mas oscuro. 
Al pasar al lado de un gran árbol, un payaso se le puso delante de un salto y arremetió contra él a los gritos. Santiago solo pudo poner el rifle por delante, esperando la embestida, y a pesar suyo cerró los ojos. Sintió que lo empujaron pero fue levemente. Cuando miró, el payaso ya no estaba. Eso igual lo alarmó mas. Aquellas cosas pronto iban a tener el poder suficiente como lastimarlo, ya no eran solo una imagen. 

Ya cerca del límite del bosque, y de su camioneta, vio que caminaban hacia él unas siluetas decrépitas y tambaleantes. ¡Zombies! 
Al día ya no le quedaba casi nada, solo los últimos resplandores del Sol que ya se había enterrado en el horizonte. Ya no le quedaba tiempo, si lo retenían un instante mas, estaba perdido.  Siguió corriendo hacia los zombies. No iba a dejar que lo detuvieran, iba a seguir, pero tampoco podía permitir que lo interceptaran, porque seguramente ya eran mas “sólidos” por la inminencia de la noche.  Esquivó a uno, a otro, gritando por su vida, a un tercero, disparó el rifle, y cuando le lanzó un culatazo a uno sintió que le dio a algo.  Los segundos que demoró en encender la camioneta le resultaron horriblemente desesperantes. Finalmente se largó de allí a toda prisa, gritando por la emoción.  
Por muy poco no volcó en el camino por ir muy rápido. Recién en las luces de la ciudad se sintió mas aliviado. 
Ya en su casa se puso a reír como un loco. Después lo dominó un temblor nervioso. Tenía los nervios hechos trizas. Cada pocos minutos se sentía el corazón poniendo la mano en el pecho, y escuchaba su irregular ritmo resonando en sus oídos. Por poco no había muerto de terror.  
Se sirvió un güisqui para calmarse, era inútil, apenas podía sostener el vaso, pero haciendo un esfuerzo lo terminó, y después se sirvió otro, y quedó con la botella al lado. La bebida pronto hizo efecto.   Sus nervios se adormilaron un poco y ya no pensó tanto. 
Después de un largo bostezo pensó en dormir, mas enseguida lo descartó. Recién acababa de escapar de aquello, si se dormía solo iba a tener pesadillas espantosas. Dormir no, no esa noche.  Si se quedaba en casa el sueño lo iba a vencer, tenía que salir.  Enseguida recordó la fiesta de disfraces en el club.  Le pareció que todavía tenía el disfraz de “El Zorro”. Lo encontró arrugado en el ropero. Era mejor que nada. Después de ducharse se lo puso el disfraz no con poca dificultad, porque lo que lo había tranquilizado un poco también lo dejaba torpe.  
El local estaba a menos de dos cuadras. En la calle pasaban algunos disfrazados en vehículos y le gritaban o tocaban la bocina, también se escuchaba música en varias partes. 
Estaba comenzando a creer que seguía su mala suerte cuando escuchó la música que venía del club, y vio luces en las ventanas. Entró. El salón estaba repleto. Sintió algo de vergüenza por la simplicidad de su disfraz, porque los de los otros eran magníficos. Caminó hacia el centro del salón tratando de distinguir a alguien. Era imposible, todos estaban muy bien disfrazados. “¿Por dónde andará Pedro? ¿De qué habrá venido?”. Necesitaba hablar con alguien.  Su disfraz no era tan elaborado, ¿por qué nadie lo reconocía?   En ese momento sintió que su celular vibraba, era Pedro: 

- ¡Amigo! ¿De qué te has disfrazado? -le preguntó Santiago. 
- De Spiderman. 
- ¡Ah! No sé cómo no te encuentro. 
- ¿Qué dices? ¿Cómo que no me encuentras, no estás en el bosque? 
- No, volví temprano, ahora estoy aquí, en el club. 
- ¿En cuál club? 
- En este cerca de casa, en el que me dijiste. 
- Pero… si al final suspendieron esa fiesta. Yo estoy en otra, en la casa de un conocido. ¡Ah! Estás bromeando, ¿no? ¿Santiago?… 

A Santiago se le cayó el celular. Al darse cuenta, los disfraces cambiaron, volviéndose mas aterradores, y todos giraron hacia él. Los entes lo habían seguido hasta la ciudad.  



lunes, 20 de octubre de 2014

La puerta

Me invitaron a un club de literatura de terror; desde esa noche cambié, pues se abrió una puerta que ya no se volvió a cerrar.
La idea me pareció una interesante forma de desperdiciar un fin de semana. “Pasar horas comentando libros junto a unos aspirantes a literatos, que emocionante…”, pensé, lleno de sarcasmo, cuando Paola me invitó. Pero como recién la conocía me pareció que lo mejor era ir. 
Al hacerse noche creí que me iba a salvar de la aburrida velada, porque empezó a llover muy fuerte, pero al llamarla ella dijo que las condiciones eran ideales. Tuve que conducir bajo la lluvia. Ella me iba a esperar en la casa indicada. 
Las calles ya estaban medio anegadas de tanto que llovía, y los otros vehículos pasaban arrojando agua hacia los costados, mientras el limpia parabrisas del mío era derrotado por la pared de agua que chocaba contra la ciudad. Vistas desde la cabina, las luces de las calles se borroneaban un poco y proyectaban haces hacia los costados, efectos de la intensa lluvia.   Después desemboqué en una zona suburbana sin luz, y noté que relampagueaba intensamente.   
Unas fachadas de aspecto antiguo aparecían por instantes cuando todo se aclaraba por los relámpagos. Nunca antes había estado en aquella parte. Me pareció que las viviendas de allí estaban abandonadas. Al leer un herrumbrado cartel, frené el coche; la casa tenía que estar por allí. Cuando miré hacia un costado, me saludaban con la mano desde una ventana, era Paola. 

Atravesé la vereda y el patio de la propiedad bajo un paraguas que el viento me quiso arrancar. Estaba por alcanzar el umbral de la puerta cuando explotó un rayo y la fachada se iluminó con una luz blanca. Parecía ser la mas antigua de la cuadra. 
Entré a una habitación muy amplia iluminada con velas y un farol que ardía en el centro de una mesa redonda. Paola me presentó a cuatro personas, dos mujeres y dos hombres. Todos me miraban sonriendo y parecían estar muy emocionados.  Uno de los tipos, un veterano calvo con barba de candado, me preguntó al estrecharme la mano: 

- Usted es descendiente de Melisa Strauss, ¿no es así? 
- Sí, venía a ser mi bisabuela por parte de padre. ¿Usted cómo sabe? -lo interrogué. 
- Su bisabuela fue una famosa espiritista, y su familia es conocida en algunos círculos. 
- Sé que era medio curandera o algo así, pero que yo sepa, mas nadie en familia se ha dedicado a eso. 
- Era espiritista, no curandera, y fue muy conocida -afirmó de nuevo. 

Su respuesta no explicaba cómo sabía que yo era descendiente. Aunque hubiera escuchado o leído mucho sobre mi bisabuela, no entendía cómo me había asociado a ella, porque el apellido que mi bisabuela usaba no era el de la familia. Para conocer aquello tenía que haber investigado. Pensé que tal vez Paola lo había hecho, no podía ser casualidad. 
Ella ahora evitaba mi mirada.  Me sentí incómodo entre aquella gente. 
Me invitaron a sentarme, nos acomodamos en torno a la mesa redonda. En un costado de esta había algunos libros. Paola me dio uno, era de cuentos de terror. Al parecer tenían una mecánica diferente en aquel club literario, y no iban a comentar nada, solo iban a leer. Sé que en esos grupos también leen juntos, pero aquello me resultó un poco extraño.   Todos parecían fascinados con mi presencia, pero cuando los miraba desviaban la mirada, como si quisieran disimularlo. Que situación mas incómoda. Y todo iba a empeorar. 
Las llamas de las velas que ardían sobre la chimenea y encima de unos muebles cada tanto se inclinaban todas hacia un lado, como empujadas por una misma ráfaga, y al hacerlo las sombras se movían también. La llama del farol que teníamos sobre la mesa creaba unas sombras inmensas y deformadas en las paredes. Y fuera la tormenta rugía, bufaba y metía luces de relámpagos por las ventanas. Todo aquello formaba una noche horrible, y hacía mas tétrico el ambiente en el que nos encontrábamos. 
Unos cuantos minutos después de comenzada la lectura, mis acompañantes parecieron concentrarse y ya no miraban hacia ningún lado que no fuera su libro. Observándolos disimuladamente noté que todos tenían el mismo libro, solo yo tenía uno distinto. ¿Qué estaban leyendo? No los vi cambiar de página, y por el movimiento de sus ojos parecían volver a la misma línea una y otra vez. Cuando empezaron a murmurar me di cuenta. ¡Que tonto había sido al no descubrirlo antes! ¡Aquello era una sesión espiritista!  
Me iba a levantar cuando vi que estábamos rodeados. ¡¿De dónde habían salido aquellas personas?!  
Paola pareció notar que yo veía algo y se los informó a los otros. Voltearon hacia todos lados y después empezaron a preguntarme: 

- ¿Qué ves? ¿Son muchas personas? ¿Cuántos son, cómo están vestidos?

Todos me hacían preguntas así. De un momento a otro hubo mas presencias allí. Ahora estaban por toda la habitación: eran hombres y mujeres de variadas edades, también había niños, y todos vestían ropas antiguas. Lo mas aterrador fue notar el semblante de sus caras; todos parecían estar muertos, y lo estaban, eran apariciones. 
Las llamas de las velas se sacudían y las sombras temblaban alocadamente. Los otros parecían no ver a los que nos rodeaban, pero evidentemente notaban aquel viento frío que exhalaba desde varias partes de la habitación. Miraban en derredor y se miraban entre ellos con una expresión de asombro y emoción. ¡Malditos locos! Para ellos era emocionante porque no veían aquellos rostros empalidecidos por la muerte.   
Cuando las apariciones empezaron a moverse hacia la mesa sin dar un solo paso, el terror me empujó hacia la salida, y a las zancadas llegué a mi vehículo. 
No existía ningún club de lectura, y Paola solo se había acercado a mí porque sabía que era descendiente de una poderosa espiritista. No sé cómo supieron que yo tenía aquel “don”, porque ni yo lo sabía. Tal vez lo averiguaron aquella noche. Lo cierto es que desde esa vez veo espíritus, y si no encuentro la forma de cerrar esa “puerta”, los veré hasta el fin de mis días. 

domingo, 19 de octubre de 2014

Guerra zombie

Allá adelante se extendía un campo lleno de pozos y muertos: era un campo de batalla. 
En las inmundas trincheras, como ahora había menos hombres pasando por ellas, el barro del suelo se había congelado, también la sangre que se mezclaba en él . No muy lejos de las trincheras humeaban unos gases amarillentos que se extendían sobre los cadáveres cual niebla. Por ese escenario pesadillesco se desplazaba Adam, vigilaba un extremo de la trinchera. 
Se detuvo en uno de los recodos de aquella canaleta para sentarse un rato. Al darse cuenta de algo levantó con la mano el casco para mirar mejor hacia arriba. Algunas bandadas de cuervos revoloteaban entre graznidos agudos por el cielo velado, mas ninguno descendía hacia el campo de batalla. Como el rugir del combate había cesado hacía mas de una hora, esto le pareció un poco extraño, porque normalmente las oportunistas y macabras aves recorrían el campo apenas la actividad menguaba. 
Para averiguar la causa, tras colgar su fusil en el hombro trepó por las bolsas llenas de tierra que formaban las paredes de las trincheras. Se asomó con cautela.  El humo amarillento ahora cubría casi todo. Aquella tenía que ser la causa.  Volvió al suelo congelado y a su ronda. 

En el recodo mas alejado se topó con algo que no esperaba.  Había sobrevivido a varias batallas, y en ellas visto muchos horrores, pero esto superaba a todo. 
Un soldado mordisqueaba vorazmente el brazo de otro, sacudiendo la cabeza como un perro para desprender trozos; el brazo ya casi no tenía carne. Cuando el soldado giró la cabeza hacia él con un gruñido, Adam le apuntó. No disparó enseguida porque aquel vestía su mismo uniforme, además su apariencia lo impresionó horriblemente: los ojos blanquecinos, el labio inferior caído, la piel de la cara holgada, nada de eso era nuevo para él, pero esos rasgos correspondían a una persona muerta, y aquel soldado se movía y lo estaba mirando fieramente. 
Cuando el muerto andante avanzó hacia él, le disparó en la cabeza.  El disparo alertó a unos compañeros, y cuando llegaron corriendo a la escena, lo contemplaron sorprendidos:

- ¿Por qué le disparaste a ese cuerpo? -le preguntó uno. ¡¿Qué no ves que es uno de los nuestros?! Y, ¿por qué dispararle? 
- No estaba muerto, bueno… si parecía estarlo, pero se movía, y estaba comiendo eso, ¿lo ven? He intentó atacarme. Es la verdad. 

Ahora los soldados lo miraron con algo de lástima; lo creían loco.    Cuando un sargento se hizo presente, enseguida reafirmó esa sospecha, y marcharon con Adam bajo arresto. Estaría así hasta que algún superior decidiera qué hacer con él.
Lo llevaron a una parte de la trinchera que tenía techo; donde planeaban los ataques y defensas.   Adam no insistió con su historia pues él apenas creía lo que había visto, no tenía caso insistir. Como fuera su situación era muy mala. Si creían que él había armado aquello para hacerse el loco y así escapar de su deber, lo iban a fusilar, y si lo creían sincero no lo iban a mandar para su casa solo por estar algo mal de la cabeza, lo mas probable era que en la próxima batalla lo pusieran en la primera línea (donde ninguno se salvaba). Sus posibilidades de salir bien eran pocas. Se resignó al pensar que a otros les había ido peor, demasiada suerte había tenido hasta el momento. 
Le pusieron un guardia, un muchacho muy joven al cual el casco le bailaba en la cabeza, y Adam no tuvo otra cosa que hacer mas que esperar sentado en aquel lugar de techo tan bajo.    Se disponía a dormir un poco cuando escuchó unos gritos; le advertían a alguien que no avanzara mas, después empezaron los disparos.   Inmediatamente se dio cuenta de que solo sus compañeros disparaban. ¿A qué enemigos estaban enfrentado? ¿Por qué no les disparaban a ellos? Al recordar al soldado muerto comprendió.  
Su joven guardia no sabía si salir o quedarse a cumplir la orden que le dieran; si fuera una opción sin dudas se marcharía muy lejos de allí.  Un sargento apareció en la entrada y les ordenó salir. El sargento le devolvió su fusil y la bayoneta a Adam. 

- ¡Disculpe, soldado! -le gritó de muy cerca, la balacera era infernal -. ¡Usted dijo la verdad! ¡Vea ahora! 

Adam se asomó sobre la pared de la trinchera. Todo un ejército de zombies, con uniformes de ambos bandos, se arrastraban, rengueaban o corrían hacia ellos. Eran una marea imparable. Las balas agujereaban los uniformes, les abrían boquetes, pero los zombies seguían avanzando como fuera. Algunos caían al ser alcanzados en la cabeza, y los otros los pisoteaban o tropezaban con ellos, pero la horda no se detenía. 
Pronto alcanzaron la trinchera y empezaron a caer en ella como si los vertieran allí.
Adam derribó a varios a culatazos y con la bayoneta, pero eran muchos. 
Cuando atrapaban a un soldado, varios zombies se apiñaban sobre él, y como cuando una jauría ataca a una presa, lo hacían trizas.    En medio de aquella escena grotesca, infernal, resaltó sobre todos los horribles gritos el ruido de muchos aviones. Cuando Adam levantó la vista, tras acertarle un culatazo a un zombie, vio que desde el cielo caían un montón de objetos: eran bombas. “Aquí llega el final”, pensó, aliviado por tener la certeza de que no iba a terminar como los otros, después todo explotó. 
En otro lugar, lejos de allí, en una reunión secreta, un general dio un puñetazo en la mesa: 

- Ese gas suyo es un peligro para todos, doctor -le reprochó enérgicamente a uno de los presentes.  
- ¿Desea que el proyecto termine aquí? -le preguntó el doctor, y se acomodó las gafas.
- ¡Por supuesto!
- Entonces, ¿no debe quedar nada de la substancia? 

Ante esa pregunta, los que estaban allí voltearon hacia el general; este miró hacia abajo al contestar, y lo hizo en voz baja. 

- Es mejor guardar una muestra. Tal vez en el futuro corrijan nuestros errores y sea útil. Pero si no es así o pasa algún accidente, que Dios nos ayude. 

El doctor hizo una mueca de desagrado al escuchar aquel nombre, después sonrió levemente, y se acomodó sus innecesarias gafas. Él veía muy bien, veía incluso las almas de los allí presentes. 


jueves, 16 de octubre de 2014

Los del pueblo

El caserío tenía que desaparecer.  Se había vuelto un dolor de cabeza para el municipio, pues la zona se inundaba seguido. Cuando había creciente, los pobladores de aquel lugar eran los primeros en ser evacuados, y después eran los últimos en volver a sus hogares. Y entre crecida y crecida esa gente reclamaba que los reubicaran definitivamente, que les dieran viviendas en otro lado. 
Cuando finalmente les construyeron unas viviendas cerca de la ciudad (el caserío estaba en una zona muy apartada), para sorpresa de todos, los pobladores de allí se mostraron reacios a irse, e incluso a hablar con los del municipio. ¿Por qué se mostraron tan ariscos?, nadie lo entendió, pero finalmente todos se marcharon una noche. 
Al quedar vacío el caserío procedieron a demolerlo, porque de quedar en pie existía la posibilidad de que otra gente adoptara aquellos hogares, y volverían los problemas. 
Entre los trabajadores encargados de cumplir esa tarea estaba Claudio. Él manejaba una excavadora mecánica.  
Las máquinas llegaron temprano por la mañana, y al declinar la tarde ya no quedaba ni una edificación en pie. Las mismas inundaciones habían debilitado tanto aquellas estructuras que apenas las forzaban las paredes caían como piezas de dominó. 

Pero no todo el trabajo era tan censillo.  El caserío contaba con su propio cementerio, y había que reubicar también a sus ocupantes.  Los encargados de ese trabajo enseguida notaron que en el cementerio en cuestión no solo enterraban gente de allí, porque eran muchas las tumbas. Y hacia el final de la tarde hallaron otra cosa extraña. Según los papeles, hacía mucho tiempo que no se enterraba a nadie allí, sin embargo encontraron cuatro cuerpos que parecían muy recientes.   Eso detuvo la tarea. Ningún capataz quiso hacerse cargo. Algo allí no estaba bien, y nadie quiso arriesgar su puesto llevando al cementerio de la ciudad cuerpos con dudosos o inexistentes registros de defunción. 
Se hicieron muchas llamadas, en la ciudad hicieron mas consultas, sin aclararse nada, y como ya se acercaba la noche dejaron el asuntó así. Al otro día se iba a hacer una investigación. Esas cuatro tumbas quedaron abiertas, y sus ocupantes no fueron movidos de los cajones. 
Retiraron del lugar a casi todas las máquinas, dejando solo una excavadora para tapar las tumbas al otro día. 
Aunque no creían necesario, alguien tenía que quedarse a cuidar la máquina. El capataz se lo pidió a Claudio: 

- No es para vigilar -le aclaró el capataz-, si por aquí no anda nadie. Es pasar la noche nomás, dentro de la máquina hasta cómodo puedes dormir. Mañana llegamos a primera hora, y vamos a ver qué se hace con esto. Es algo muy irregular… 
- Sí, me quedo. Si me cuentan esas horas como trabajo…
- Claro, figurarían como horas extras. ¿Te quedó algo del almuerzo? No importa, en la conservadora quedó algo. Hasta mañana. 
- Con eso me da. Hasta mañana.

Y un rato después el último vehículo se hundió en el camino, dejándolo solo. Las sombras ya se habían extendido por todos lados, y el silencio que es el rey en el campo impuso su autoridad.   El arroyo que había en el bajo, el causante de las inundaciones, ahora corría oscuro y silencioso frente a un montón de escombros que la noche quería esconder.  
Mientras comía un sándwich dentro de la cabina de la máquina, Claudio se dio cuenta de que no iba a ser fácil pasar la noche allí, y el dinero de las horas extras ya no le pareció gran cosa. 
El cementerio estaba en una posición mas elevada, y si la noche no se hubiera presentado tan oscura, desde la cabina vería un horizonte de lápidas. Pensó que era mejor así, peor sería ver aquel deprimente lugar. 
El asiento de la máquina era cómodo pero el sueño no quería venir, y no era porque se sintiera solo, hubiera preferido sentir eso a estar pensando que a escasos metros de él había cuatro muertos.    Logró dormir cerca de la medianoche. 
Cuando despertó de madrugada, la oscuridad absoluta se había deslizado hacia otro lugar porque ahora se elevaba en el cielo una Luna menguante. Al mirar hacia el frente vio el horizonte de lápidas, y no solo aquellas figuras se recortaban allí, también había una silueta humana.  Era un hombre que apenas se mantenía en pie, y tambaleándose giraba la cabeza como desorientado. Después la figura humana se alejó unos pasos, se detuvo y volvió a girar la cabeza. 
Tras la horrible impresión inicial que lo impactó al ver aquella figura, luego Claudio deseó que aquella cosa se fuera. No había visto a ninguno de los sepultados, él había trabajado en el caserío, pero tenía claro que aquella figura era de uno de los muertos, no podía ser otra cosa, era un muerto que se había levantado. 

Claudio quedó inmóvil en su asiento, respirando lo menos posible para no llamar la atención del muerto. Deseaba que se fuera, que se siguiera alejando, que tomara otro rumbo.  Si aquella cosa volteaba hacia él no sabía qué hacer.
La figura fijó la cabeza en el rumbo que había tomado y siguió avanzando. Claudio le estaba agradeciendo a todos los santos cuando de pronto golpearon la puerta de la cabina, y se le escapó un grito. Enseguida golpearon el otro lado, y un tercero apareció por el frente. La luz de la Luna era suficiente para que se notaran sus rasgos de murciélago: eran vampiros. Los vampiros empezaron a golpear con fuerza, y el cuarto que se estaba alejando volteó hacia el ruido y se unió a sus compañeros. 

- ¡Tenemos hambre! -empezaron a gritarle-. ¡Hambre, hambre…! 

Cada vez sonaban mas desesperados, mas furiosos. La cabina no iba a aguantar mucho mas.   Claudio, desesperado, encendió la máquina con la esperanza de espantarlos así, pero los vampiros estaban muy hambrientos. 
Retrocedió a la mayor velocidad que pudo hacerlo la máquina y empezó a manipular el brazo de esta. Cada movimiento del poderoso brazo mecánico era acompañado de un grito de Claudio, pero aquellos no eran gritos de terror, eran los de alguien que lucha por su vida.  
La máquina representaba un enorme peligro para los vampiros, pero el hambre aún no los dejaba pensar. 
Claudio lanzó un último grito enloquecido, este de victoria, y quedó fatigado por la emoción en la golpeada cabina. Fuera había cuatro vampiros aplastados. 
Cuando por la mañana llegaron sus compañeros quedaron con la boca abierta de asombro. ¿Qué había pasado allí? 
Aunque se fue en una camioneta policial Claudio iba sonriendo. Que le importaba que le hicieran mil preguntas, y que no le creyeran, ni perder el trabajo le importaba, lo único importante era que estaba vivo, todo lo demás podía irse al diablo. 
Cuando recuperó su estado emocional corriente, y eso fue dos días después de aquel aterrador hecho, reflexionó sobre el asunto. Había cuatro vampiros en el pequeño cementerio de un caserío, ¿cómo había pasado eso? ¿Dónde estaba el vampiro que los atacó? ¿Serían forasteros? Muchas preguntas se le plantearon a la vez. Luego recordó algo. Los del caserío habían actuado raro, ni querían salir de sus casas cuando fueron a buscarlos, y cuando finalmente lo hicieron ya estaba de noche. La verdad se le presentó de golpe: no querían salir de día porque ya todos eran vampiros. Y ahora habitaban cerca de la ciudad. 

lunes, 13 de octubre de 2014

En un lugar que conozco

Enseguida noté el terror en la cara de aquella mujer. En el costado de la calle también había otra señora, y estaba llamando a la policía con su celular. 
Ese día regresaba de mi diaria caminata, ya estaba oscureciendo. La mujer me interceptó frente a una arboleda que en esos años todavía sobrevivía en una de las esquinas de mi barrio. Lucía asustada o muy preocupada, pero a pesar de su aparente estado mental noté que me analizó un instante. Yo quedé parado, sin saber qué decirle. Finalmente ella habló: 

- Disculpe, señor. ¿Me haría un gran favor? ¡Estoy desesperada! 
- ¿En qué puedo ayudarla? -le pregunté. 
- Es Andrea, mi hija. Recién estaba aquí. Me detuve a conversar con esta señora -señaló a la que llamaba por celular-. Andrea estaba aquí, a mi lado, y no sé en qué momento y cómo desapareció. ¡Por dios! Supongo que está entre esos árboles, pero la buscamos y no la encuentro, y no responde. ¿Es muy grande este bosque? ¿Usted lo conoce? ¿Me ayudaría a buscarla? Por favor… Ya llamamos a la policía pero todavía no llegan. ¡Andreaaa! No responde. 
- Conozco esta arboleda de memoria. ¿De qué tamaño es su hija? 
- Tiene seis, es así. 
- ¿Quiere venir conmigo o la busco solo? 
- Tengo mala vista y ya no veía casi nada ahí. Si pudiera ir usted…

Unos segundos después caminaba entre los árboles. Las luces de la avenida ya se habían encendido, pero como creaban muchas sombras solo servían para confundir. 
Al lugar lo conocía sobradamente. Desde la niñez había perdido muchas horas en él, ya fuera trepando un árbol, tirando piedras con la honda (tirachinas) o simplemente vagando por sus senderos. Algunos amigos solían acompañarme, y les gustaba aventurarse allí, pero éramos la minoría, porque la mayoría de los muchachos del barrio rehuían a sus sombras.  Esto era porque muchos padres prohibían a sus hijos andar allí porque se contaban muchas historias de terror sobre el lugar. Algunos desobedientes que se atrevían a ir igual casi siempre se terminaban asustando por cualquier cosa, y crecían las historias. Y había otro factor disuasivo; la dueña del lugar, una anciana con apariencia de bruja, solía gritarle a todo el que anduviera en su terreno. Como apenas caminaba, no se movía del fondo de su casa (que estaba en aquella arboleda), por eso mis amigos y yo pronto aprendimos a ignorarla.  Como no veníamos de familias supersticiosas, para nosotros solo era una vieja cascarrabias.  Ella intentaba asustarnos blandiendo y golpeando su bastón contra el suelo, mas esa intimidación no funcionaba con nosotros. 

Éramos adolescentes cuando esa señora murió. En el fondo del terreno le hicieron un panteón.    Con fama de embrujada y ahora con un panteón (el de la vieja que asustaba a casi todos), la arboleda prácticamente pasó a ser nuestra. 
Con mas edad ya no iba al lugar a jugar, pero siempre que podía lo atravesaba para cortar camino.  Con los años la fueron talando, pero cuando me sucedió lo que les cuento todavía conservaba buena parte de sus árboles. 
Mientras buscaba a la niña no pensé en nada de eso. Lo que me inquietaba un poco era la posibilidad de que aquello fuera una trampa.    
Aunque aparentemente estaba muy nerviosa, la supuesta madre me había examinado de pies a cabeza, aunque por un momento breve. ¿Solo quería cerciorarse de que yo era alguien de fiar, por lo menos por mi apariencia, o estaba evaluando a una posible víctima? Bien podían tener un cómplice o a varios entre los árboles. Si era así pensé que había caído como un tonto. De todas maneras tenía que buscar.   Me dio algo de seguridad un bulto que llevaba en el bolsillo. En mis paseos he tenido malas experiencias con perros, y desde la primera vez nunca ando sin algo que me pueda ayudar en un apuro. 
Ya en medio de la arboleda grité el nombre de la niña, no escuché ni un ruido. Por lo menos eso descartó lo del asalto.  Las sombras cada vez se ennegrecían mas. Como tengo mucha experiencia en la naturaleza y de noche, pude seguir buscando con bastante confianza. 
De repente escuché como un cuchicheo, eran dos voces. Una parecía infantil y de niña; la otra era temblorosa y áspera, como la de una anciana. Avancé hacia las voces. Salí a unos metros del panteón, la niña estaba frente a él. Busqué con la vista pero no vi a mas nadie. 

- ¿Andrea? Tu madre me pidió que te buscara. Está allí en la calle. ¿Estás bien?
- Sí, pero no quiero entrar  a esa casita, está muy oscura. 
- ¿Quién te pidió que entraras ahí? -le pregunté, y miré de nuevo hacia todos lados.
- La señora que vive ahí -y señaló con el brazo el panteón. 

Escuchar aquello tuvo casi el mismo efecto en mí que una descarga eléctrica. Tomé a la niña de la mano y la alejé del lugar.  Apenas le dimos la espalda al panteón, escuché un ruido que enseguida reconocí: era el de un bastón golpeando el suelo. 
Cuando salimos en la calle la madre se abalanzó hacia la niña y la levantó en brazos, llorando de alegría. Después no paraba de agradecerme. En ese momento llegó la policía.   Como la niña ya estaba con la madre y bien, dieron por resuelto el asunto, aunque supongo que si eso hubiera pasado en otro lado sin fama de embrujado, los agentes hubieran investigado mas.  Por mi parte, desde esa vez no cruzo ni cerca de aquel terreno. 

domingo, 12 de octubre de 2014

Situación de terror

Me encontraba ante una típica situación de película de terror, o de cuento. Si bien ninguna de las circunstancias que nos arrastraron hasta allí eran extraordinarias, vistas fríamente, igual me pareció algo increíble nuestra situación: una tormenta nos obligaba a resguardarnos en una casa abandonada. 
Estábamos cazando. Me acompañaba Josué, mi hermano menor. Era la primera vez que él salía a cazar sin que estuviera mi padre, por lo tanto yo era el responsable en esa salida.  
Creo que me concentré demasiado en las palomas que volaban de árbol en árbol y descuidé nuestro entorno, aunque tal vez yo no tuve la culpa. Cuando me di cuenta, estábamos perdidos. Y como si la jornada siguiera la lógica de un guión de terror, se empezó a formar una tormenta. 
Perderme en un bosque que conozco ya era bastante increíble, y ahora estaba creciendo una tormenta. ¿Qué faltaba ahora? La casa abandonada. 
Cuando me orienté al encontrar un sendero, enseguida recordé hacia dónde conducía este. La casa se veía desde allí.  Muchas veces había cruzado cerca, pero siempre andaba con algún mayor o varios compañeros, y por nada del mundo hubiera entrado allí, y no tenía por qué hacerlo; pero ahora las circunstancias parecían empujarnos hacia ella. La caminata extra nos había hecho perder mucho tiempo, y no faltaba mucho para que se hiciera noche, había enfriado absurdamente, y las características de la creciente tormenta prometían mucha lluvia. 

Esa situación era común a quién sabe cuántas leyendas y cuentos de terror, mas nos estaba pasando en la realidad. ¿Qué hacer? Aquello no era una película, la casa era la mejor opción. Sin carpa y sin lona como andábamos, tendríamos que caminar un mínimo de tres horas bajo el agua fría (parecía que iba a llover en cualquier momento), y eso si salía todo bien, porque podríamos perdernos en la oscuridad y la confusión de la lluvia, o podíamos quedar aplastados bajo un árbol que el viento volteara.      Josué tenía solo nueve años, y había sufrido una fuerte gripe unas semanas atrás. Lo mas sensato era entrar a la casa. Fuera los peligros eran reales, dentro, no sabíamos. 
Cuando mi hermano se dio cuenta de mis intenciones se detuvo en seco: 

- ¿Por qué vas rumbo ahí? No estás pensando entrar a la casa, ¿o sí? -me preguntó.
- Va a ser lo mejor, es un refugio. En cualquier momento llueve, y ya está oscureciendo. Vamos, que no hay nada que temer. 
- ¿Ya entraste ahí? ¿Cómo es adentro? 
- Es, como un hotel cinco estrellas. Tiene alfombras, muebles finos… ¡Yo qué sé cómo es! Nunca entré ¡Jajaja! -dije bromeando para tranquilizarlo-. Es solo una vivienda abandonada. La gente se aburre de vivir en lugares así, se van, y eso, quedan abandonadas. Tal vez era de un cazador y ya es muy viejo para venir, o murió.
- ¿¡Murió ahí!?   
- No, quise decir que murió en la ciudad. Vamos. Además, tenemos nuestras armas, y si pasa algo salimos a los tiros, ¡Jaja! ¿Qué te parece? 
- ¡Sí! Y si aparece algo le doy en la cabeza. 
- Eso solo si aparece muy cerca, porque con tu puntería…
- Ah si, cuando sea mas grande voy a tirar mejor que vos. 
- Cuando llegue eso yo ya voy a tirar hasta con los ojos cerrados. 
- ¡Que exagerado! ¡Jajaja…! 

Y bromeando así fuimos hasta la casa. El cielo ya estaba completamente negro de tormenta, y se escuchaban algunas gotas cayendo sobre la vivienda abandonada, aunque a mi no me alcanzó ninguna, y Josué no se quejó. Debían ser muy pocas todavía, supuse, pero de un momento a otro vendría el chaparrón.   
Por lo menos habíamos llevado linternas. Yo entré primero. Descubrí que tenía solo una pieza, era una cabaña. Iluminé sus cuatro rincones. No había nada, ni un mueble. En el techo faltaban algunas maderas pero nos iba a servir. Hice pasar a Josué. 

- Ese hogar está bien, podemos hacer un fuego -me propuso. 
- No, esa chimenea puede estar tapada con nidos o mugre, y si encendemos fuego…
- Tienes razón. 
- Lo único que podemos hacer es sentarnos por allí y esperar. 
- ¿Y si me da sueño? 
- Te puedes acostar sobre las mochilas, y sobre mi abrigo. 
- Bueno. 

Conociendo lo dormilón que él era sabía que pronto iba a querer dormir. Fuera empezó la lluvia, para no dejarnos otra opción que permanecer allí. La noche cayó rápido.
Nos sentamos con la espalda contra la pared. Al apagar las linternas todo quedaba oscuro. Llovía sin truenos ni relámpagos. Sobre el monótono ruido del agua se escuchaban algunos crujidos, cuando iluminábamos y no había nada.  
Habíamos llevado algo para comer, pero Josué no quiso, y yo tampoco sentí ganas. Iba a ser mejor al amanecer, cuando saliéramos de allí. 
Como la cabaña ya no tenía puerta, un viento frío se paseaba por toda la habitación a cada rato.  Mi hermano quiso dormir. Le di mi abrigo. Se arrolló sobre las mochilas, y aunque se movió incómodo un buen rato, terminó durmiéndose igual. Yo quedé sentado, vigilando. 
La lluvia seguía lavando el exterior de la cabaña, y goteando en algunos lados del piso, aunque nuestro rincón estaba seco. Por alguna razón no me fiaba de aquella oscuridad, y volvía a encender la linterna y el haz de luz recorría toda la habitación.  El bosque estaba mudo allá afuera, solo se escuchaba la lluvia, que seguía sin truenos ni relámpagos, solo oscuridad e inquietante quietud. 
Después de una serie de crujidos volví a encender la linterna, y allí estaba. Una vieja decrépita y de mirada enfadada estaba sentada sobre una mecedora en el otro extremo de la habitación. Inmediatamente sentí un verdadero terror, y créanme que es una sensación espantosa.     Experimenté cómo se me erizaba la piel y hasta el cabello. 
La aparición, sin levantarse de su mecedora, se fue acercando de a poco, y al alcanzar la mitad de la habitación lo hizo velozmente, tendiendo sus brazos hacia nosotros.
Dejé de mirar un instante, no lo soporté. Cuando abrí los ojos ya no estaba. 
Josué parecía seguir durmiendo tranquilamente, pero por las dudas lo iluminé. Al verle la cara me espanté de nuevo: era la de la vieja. 
Recuerdo que instintivamente me aferré al mango del cuchillo que tenía en la cintura, y el miedo me hizo desenvainarlo.  Por suerte, antes de que hiciera algo, mi hermano, incomodado por la luz en su cara, despertó y me preguntó qué hora era. Todavía lucía como la vieja, pero comprendí que aquello era un engaño para que lo atacara; el que estaba a mi lado realmente era mi hermano. Al darme cuenta de eso su cara volvió a verse normal. 
Le contesté y él volvió a dormir. Al iluminar el otro extremo de la habitación, la vieja estaba sonriendo con malicia, y desapareció ante mis ojos. ¡Estábamos en una casa embrujada! 
Estuve a punto de despertar a mi hermano, mas me di cuenta de algo; seguramente a él le iba a pasar lo mismo que a mí, e iba a creer que yo era alguien mas al ver mi cara. Entonces lo dejé quieto. No quería que él saliera huyendo o que intentara atacarme. Siguiendo ese razonamiento, supuse que si aquella aparición pudiera hacernos daño directamente, no habría hecho aquella jugarreta para que atacara a mi hermano. Pero por otro lado, teníamos una noche muy larga por delante, y quién sabe qué iba a intentar aquella entidad, aparición o lo que fuera.  No podíamos quedarnos allí. 
Levanté el cuello del deportivo hasta la nariz y bajé un poco el ala de mi gorro. Entonces desperté a mi hermano. 

- ¿Qué pasa? -me preguntó. 
- Nada, pero mejor nos vamos de aquí. Se me ocurrió que esto se puede derrumbar por la lluvia. 
- ¿Por qué te tapas la cara? 
- Porque estoy con frío, te di mi abrigo mas grueso. Ahora vámonos. 

Hasta ese momento parecía que estaba lloviendo torrencialmente, pero al salir, no caía ni una gota, y sobre el bosque se asomaba una Luna creciente. Josué no entendía nada. No le expliqué hasta que estuvimos muy lejos de aquel lugar maldito. La caminata se hizo larga, pero gracias a la claridad que nos brindaba la Luna no me desorienté en ningún momento y llegamos sin mas contratiempos a nuestro hogar.  

sábado, 11 de octubre de 2014

Campaña de terror

Donde ha muerto mucha gente siempre queda algo de ellos. Lo aprendí de una forma que nunca voy a olvidar. 
Desde niño desarrollé (sin darme cuenta por mucho tiempo) mi lado escéptico, y siempre me reí de lo sobrenatural, bromeando todo lo que podía cuando me cruzaba con uno de esos temas. Ahora sé que toda esa fanfarronería era una forma de defensa contra la sensibilidad con la que nací. 
Sucedió cuando estaba participando en una campaña política. Ni pensaba votar al candidato que ayudaba, para mí solo era un trabajo. Era el ayudante de su secretaria, poco mas que un mandadero en realidad. A veces repartía boletines, otras servía cafés, o igual hacía de chofer, colaboraba con los de seguridad… cualquier cosa. 
Esa jornada estuvo movida, y el candidato cumplió con un montón de compromisos. Se estaba haciendo noche y todavía daba un discurso sobre una tarima. El jefe de campaña le hacía señas mostrándole el reloj, pero el político estaba encantado prometiendo cosas.
Cuando terminó salimos a toda prisa hacia un ancianato. Si los ancianos residentes ya se habían acostado iba a ser un papelón. Pero todavía esperaban. 
La situación me pareció jocosa. El candidato era de hablar mucho y bastante rápido. Después de prometerle esto y aquello a los ancianos, algunos preguntaban: ¿Cómo dijo? ¿He? ¿Qué? O decían estar medio sordos, y tenía que repetirles todo.   Me pareció una pérdida de tiempo; sin tener en cuenta al personal de allí, conté solo veinticinco ancianos en aquella sala, y algunos andaban apartados, indiferentes a nuestra visita.  De ahí salimos rumbo a un hospital.    

El lugar estaba bastante deteriorado. Enseguida sentí algo raro en su atmósfera. Mis compañeros parecían no notarlo o lo disimulaban muy bien. Pensé que tal vez solo yo lo sentía porque odio los hospitales, y la mente me estaba jugando una mala pasada. 
Además del olor, había un rumor vago que venía no sé de donde. Extrañado por aquel ruido, le pregunté a una compañera: 

- ¿Qué será ese ruido, vendrá de una sala muy llena de gente? 
- ¿Qué ruido? Yo no oigo nada. Este lugar está muy silencioso, como debe de ser. 

Ella pareció prestar atención. “¿Será sorda esta”, pensé.   Estábamos en una sala amplia, con los enfermeros y doctores que no estaban trabajando, o habían abandonado sus deberes, no sé, eran unos cuantos.  Nuestro político empezó con su discurso. Aquello iba a demorar. 
Por la tarde había tomado muchos refrescos, aprovechando que eran gratis, y de un momento a otro sentí que querían bajar.  Le pregunté dónde estaba el baño a una enfermera. Salí al corredor y desemboqué en otro como ella me indicó. El lugar era tétrico. Avanzando por aquel solitario pasillo, llegué a creer que la enfermera no había escuchado bien mi pregunta, porque lo hice en voz baja, y había avanzado un buen trecho y no hallaba ningún baño. Finalmente lo encontré. 
Cuando me estaba lavando las manos, de pronto se apoyaron en mi espalda. Sentí con claridad que fue una mano, sentí los dedos apoyándose un poco por debajo de mi hombro, como cuando alguien que está atrás te quiere llamar la atención sin hablar. La sorpresa me hizo saltar, y enseguida giré, no había nadie, nadie visible. Todavía tenía la sensación en mi espalda cuando salí corriendo por el corredor. 
Ya en la sala donde estaban todos, una enfermera me halló muy pálido y me preguntó si estaba bien, no recuerdo qué le contesté, todavía estaba muy impresionado. Respiré aliviado cuando nos fuimos de aquel hospital. Pero todavía me esperaba otra sorpresa desagradable.  Ya en nuestro local, el jefe de campaña hizo una evaluación de la jornada. Le pareció, como a todos, una pérdida de tiempo la visita al ancianato, y mientras alegaba por qué, dijo que solo había dieciocho ancianos allí. Yo comenté que estaba de acuerdo, pero los ancianos eran veinticinco. Enseguida los otros me corrigieron, y dijeron que conté mal, solo eran dieciocho. Entonces me di cuenta: los que andaban apartados, indiferentes, eran apariciones que solo yo noté.  

viernes, 10 de octubre de 2014

Visión nocturna

Ese cumpleaños marcó un antes y un después en la vida de Manuel. 
La parentela llegó temprano por la tarde. Armaron unas mesas bajo el parral. Era su cumpleaños número doce. Como era hijo único sus padres lo consentían bastante, y sus fiestas eran bien entretenidas. Y ese año había una razón extra para consentirlo; él había perdido a su perro hacía poco. En esa ocasión contrataron a unos músicos, y aunque lo que tocaban no le gustaba, sí entretenían a los mayores, y su como alegría era contagiosa igual le pareció genial.  La música se desparramaba por el patio y se adentraba en el bosque próximo que rodeaba toda la propiedad; y las colinas cercanas repetían un eco apenas audible, que por efecto de bosque se parecía mas al sonido distante de otra fiesta.
Hubiera sido perfecta si no hubiera faltado Aníbal, su tío favorito, pero aunque este no pudo ir sí le mandó un regalo. Manuel lo abrió en su cuarto, junto a los otros niños que asistieron. Enseguida se escucharon exclamaciones, y Manuel extrajo de la caja unos pesados binoculares con visión nocturna. 

- ¡Guau! ¡Que fantásticos! -exclamó Manuel. 
- ¡Larga vistas! ¿Cuándo no lo estés usando me lo prestas? -le preguntó un primo. 
- No porque es un regalo. 
- ¿Y que tiene que ver? -protestó el primo. 
- Voy a mostrarle a mamá y papá -dijo Manuel, y salió corriendo del cuarto, para no contestar aquella pregunta. 

Se los mostró a todos. Su abuela los miró diciendo que era algo muy lindo, aunque no tenía ni idea de qué eran. Un tío que era muy aficionado a la cacería le enseñó cómo funcionaban. Todos los niños querían mirar por aquel aparato de aspecto tan singular; Manuel los dejaba echar un vistazo rápido pero mientras él lo sostenía. 
El cumpleaños no se extendió mucho al llegar la noche. Todos eran gente de campo y tenían que madrugar.  
Con la oscuridad el regalo pasó a ser mas interesante. Las cosas se veían bajo una luz verdosa mas se distinguía todo con claridad. En el bosque cercano siempre había algún ruido de noche, y desde que se quedaran sin perro, los animales nocturnos que rondaban por allí parecían mas osados. Ahora iba a espiarlos. Aquel aparato le iba a revelar los misterios de la noche, lo que se ampara en la oscuridad. 
A la hora de dormir su madre le ordenó que dejara de jugar con el aparato. No le hizo caso, todavía estaba muy entusiasmado. En su cuarto había una ventana grande y baja. Descorrió las cortinas y se puso a espiar hacia afuera usando la visión nocturna.  A simple vista, de día, se divisaba desde allí, entre los troncos, pequeñas zonas de las colinas de mas allá. Ahora veía perfectamente esas zonas. Troncos, ramas, raíces expuestas, una porción de campo, nada escapaba a la visión del aparato.

A veces solo veía algo oscuro al enfocar un tronco que no estaba muy lejos, pero apenas se desplazaba la visión se aclaraba. Se concentró en un pequeño claro, le pareció que algo se había movido. Una cosa se levantaba del suelo como si saliera de un hueco. Al distinguir una cabeza, el corazón de Manuel dio unos golpes contra el pecho. Después fue como si toda su mente se concentrara solo en lo que veía, y de esa forma su cuerpo quedó inmóvil. Hubiera preferido no mirar mas, pero no pudo hacer otra cosa. 
Una figura humanoide muy flaca, esquelética, medio encorvada y de brazos largos que terminaban en unas manos con dedos también anormalmente largos, terminó de salir de aquel pozo. Aquella cosa (porque era obvio que no era un humano) giró la cabeza hacia todos lados, como asegurándose de que nadie la veía, o tal vez eligiendo un rumbo. En ese momento Manuel sintió un prolongado escalofrío.  Después de espiar en derredor la criatura se marchó con un paso singularmente furtivo y extraño. 
El cuerpo de Manuel al fin reaccionó a su deseo y pudo dejar de ver. Pero la curiosidad es algo tan fuerte en los humanos que incluso cuando se siente miedo se responde a su exigencia. Volvió a mirar. 
Recordó que en esos días su padre había hablado sobre ganado desaparecido o muerto misteriosamente en algunos campos cercanos. ¿Sería aquella cosa? De pronto se dio cuenta de algo, ¿sería lo mismo que mató a su perro? 
Al recorrer de nuevo el bosque con aquella visión, se encontró repentinamente con dos ojos rojos que lo espiaban tras un tronco.  Manuel se espantó, cerró la cortina y se acostó.  Tuvo la intención de llamar a sus padres, mas al analizarlo mas no lo hizo. Probablemente no le iban a creer, y de hacerlo seguramente pensarían que solo era un animal, y si su padre salía a enfrentarlo se exponía a la cosa aquella. Lo mejor era no decir nada, resolvió. 
No mucho después se sintió observado, y al voltear hacia la ventana, una sombra delgada cruzó frente a ella.    Eso le crispó mas los nervios, y luego creyó escuchar ruidos hasta dentro de la casa.

Se durmió cuando ya había amanecido. Despertó cuando los rayos del Sol (que ya estaba fuerte) le dieron en la cara. Le pareció raro que su madre no lo hubiera despertado antes. Al lavarse no escuchó ni un ruido en la cocina. “¿Habrán salido?”, pensó. En la cocina no había nadie, ni había nada preparado. Comenzó a sentirse angustiado. Después se convenció de que estaba todo bien, que solo habían salido; mas al ver que la camioneta estaba allí tuvo un presentimiento terrible. Pero tenía que luchar contra aquella idea. Se preparó un emparedado. No lo terminó, se sentía muy solo, y algo, los nervios, le retorcían el estómago, así lo sentía.
Se le ocurrió que tal vez alguien había llegado y se fueron con él, y que no lo despertaron porque no iban a demorar. Después eso le pareció absurdo. 
No podía estar pasándole aquello, no podía ser, solo habían salido a algún lado sin avisarle, no podía ser… 
Fue hasta el cuarto de sus padres y los llamó, nada.   Se le escaparon unos lagrimones. Estirando su brazo tembloroso abrió la puerta. De la casa escapó un grito de terror, el grito de Manuel.    
Cerca de allí, en el bosque, en el subsuelo, la criatura sonrió espantosamente al escucharlo.   

jueves, 9 de octubre de 2014

La dueña de la casa

Esa tarde me encontraba en el fondo de mi casa cuando mi madre vino a avisarme que el padre Rodrigo me buscaba. En esos años yo era monaguillo en la capilla del barrio. 
Una catequista, su hijo y un par de veteranas muy comedidas de la capilla me esperaban junto al padre en la vieja Volkswagen, en la combi. Por el camino me enteré a qué íbamos. 
Hacía unos días había fallecido una señora muy mayor que a veces iba a la capilla. Como última voluntad había donado todo lo que tenía en la casa a la Iglesia, y el padre Rodrigo era quien debía usarlas como mejor le pareciera. 
A mí me resultó algo curioso esa generosidad, porque la verdad, no parecía ser una mujer buena. Apenas saludaba a la gente, y siempre caminaba muy erguida, con la frente en alto, como quien se cree superior a los otros. Nunca la vi participar en ninguna celebración, y tampoco iba a misa, solo iba a hablar con el padre en algunas ocasiones; la atendía en la sacristía y hablaban en voz baja. En una de sus visitas, enseguida que se marchó el padre comentó lo siguiente, con un aire pensativo: 

- Es una pena, una señora tan culta y creyendo en esas cosas…
- ¿En qué cree? -le pregunté. 
- En cosas que no te interesan. Ve a tocar la campana, que ya es hora. 

Ahora íbamos rumbo a la casa de esa señora misteriosa. Yo estaba muy curioso. Nunca había entrado a una casa tan grande. El padre tenía un manojo de llaves. Al abrir la puerta nos dijo que esperáramos afuera un momento, y la cerró al entrar. ¿Para qué? Después escuché que se alejó lentamente, como con cautela. Demoró un buen rato en venir. Aparentemente recorrió toda la casa.  Cuando nos dejó pasar sonreía: 

- ¿Está todo bien? -nos dijo. Creo que al instante se arrepintió de haber dicho eso. Él siempre decía que de joven era muy “lengua floja”; por lo que yo lo conocía, nunca dejó de serlo. 
- ¿Qué podía estar mal? -preguntó una de las veteranas. Todos esperamos la respuesta. 
- Bueno… nada importante. Pasen, que hay mucho trabajo. 

La biblioteca de la vivienda era estupenda, enorme; el padre agradeció la donación juntando las palmas. Ahora la capilla podía tener una biblioteca. La tarea de cargar todo aquello no fue poca, y se hizo lenta porque cada libro pasaba por el “filtro” de nuestro sacerdote. Muchos volúmenes eran de cuentos de terror, novelas de fantasmas, y por el título se veía que algunos trataban sobre el Diablo.  Usé uno de esos libros para fastidiar a una de las veteranas: 

- ¿Este sirve? -le pregunté, extendiéndole el libro. 
- A ver… ¡No! No, este no. Déjalo por ahí. ¡Ay, Dios!

El padre Rodrigo me miró con un gesto de reproche, negando con la cabeza.  
La combi hizo varios viajes, la manejaba la catequista. Y así fue pasando la tarde. Cuando llegó la noche seguíamos en aquella casa.  El sacerdote no quería retenernos mucho mas allí, pero como todos insistimos en que no teníamos nada que hacer, resolvió que revisaríamos  una habitación mas. Abrió una pieza que parecía ser un depósito de cosas antiguas. Allí silbé, asombrado por las cosas que había, y me gané una nueva mirada de reproche. Empezamos a cargar algunas cosas. En el fondo de la pieza había otra puerta. El padre no daba con la llave que la abría, entonces yo me ofrecí para hacerlo. El manojo de llaves era grande.  En un momento dado quedé solo, y justo ahí di con la llave. ¡Que susto! Era una pieza muy pequeña (creo que en realidad era un guardarropa), y en él solo había una muñeca, una grande y espantosa. Estaba sentada contra la pared, de estar de pie seguramente su cabeza alcanzaría mi pecho.  Me impresionó tanto que quedé parado allí sin moverme. La contemplaba fijamente a la cara cuando la muñeca abrió los ojos y me miró. Creo que grité. 
Cuando giré para huir escuché el ¡clic! del viejo interruptor de la luz y la pieza quedó oscura. Enseguida escuché que la muñeca corría hacia mí. Cuando me abrazó desde atrás no sé cómo no me desmayé de terror. Mi grito debe haber sonado horrible. El padre Rodrigo ya debía estar muy cerca de la habitación cuando ocurrió eso. Cuando lo vi entrando a toda prisa en la pieza, la muñeca me soltó. El padre encendió la luz. La muñeca estaba de nuevo en la pieza pequeña, sentada igual que cuando la encontré. Él la miró con la cara llena de horror:  

- Entonces era cierto -dijo, y se aferró su cruz. Después se volvió hacia mí-. ¿Te hizo daño? 
- Me… me agarró por atrás -dije llorando.
- ¿Te lastimó?
- No, pero me siento mal -era porque sentía mucho terror. 

Los otros llegaron alarmados, y al ver a la muñeca se aterraron también. Nos fuimos de aquella casa sin la mas mínima intención de volver. 
El padre no habló mas del asunto.  Un tiempo después de ese espantoso hecho empezaron a circular rumores sobre aquella casa, rumores de que estaba embrujada porque se escuchaban ruidos. Al enterarme recordé que no cerramos la puerta del guardarropas. Creo que los ruidos los hacía la muñeca al intentar escapar.  Una mañana pasé frente a esa vivienda y vi que una ventana estaba rota. Después pasaron varias desgracias en el barrio. 

miércoles, 8 de octubre de 2014

La familia (última parte)

Para leer la primera parte: Pincha aquí




Al ver la propiedad que era su destino, los payasos de la caravana lanzaron todo tipo de gritos alocados. Llegaron enseguida de medio día. Esperaban que la familia saliera de un momento a otro a recibirlos, pero los vehículos se fueron acomodando en el patio y ellos no aparecían.  El frente de la propiedad era grande. La parte derecha la usaron como estacionamiento, la izquierda era para la carpa. En aquel lugar solo había una regla que todos cumplían: no acercarse mucho a la casa rodante de atrás, y nunca intentar entrar en ella. En sus terrenos todos tenían un lugar así. Las prácticas oscuras en aquella familia era algo común. 
Apenas se bajaron, los mas mayores fueron directo la puerta, a grandes pasos. ¿¡Qué pasaba allí, por qué no los recibían!? Como había un auto que no conocían en el patio, supusieron que tal vez tenían visitas, y eso era inadmisible para ellos. Aquel era el día del clan, ¿cómo podían recibir a alguien mas? Golpearon con fuerza, no respondieron desde adentro.  Los payasos primero sospecharon de una broma, después supusieron que habían salido por algo. Eso igual los molestó. Esos días tenían que estar solo para la fiesta. Pero como el resto del clan estaba ansioso por levantar la carpa, lanzaron un último insulto hacia la familia y se abocaron a eso. 
Los adultos eran prácticos en levantar carpas, y hasta los niños ayudaban, mas como todos eran muy alocados en sus maneras e insultaban casi tanto como respiraban, cada poco rato se armaba alguna pelea, y ahí explotaban las carcajadas y los alientos a los luchadores, y eso retrasaba el trabajo.   
Al sudar, el maquillaje de las cara se les escurría en parte, o el rojo de la sangre que había provocado algún puño se entreveraba con el blanco, por eso al terminar de levantar la carpa todos lucían aterradores.  

La carpa era colorida, como la de los circos, pero no tan grande. Terminada esa tarea descargaron de los vehículos un montón de comida y bebida que fueron metiendo en la carpa. Un par de payasos se encargaron de “colgarse” de la electricidad de la casa y todo estuvo listo. Cuando las sombras de los árboles cercanos se extendieron por todo el terreno, comenzó la fiesta. 
Ni la mas loca de las fiestas de un emperador romano se asemejaba a aquella en extravagancia y locura. Los carnavales de Venecia serían una misa comparados con esa fiesta.      Si alguien ajeno a esa familia hubiera pasado por allí cuando llegó la noche, al escuchar los gritos y al ver las distorsionadas siluetas que se dibujaban contra la carpa, hubiera huido de allí creyendo que era una reunión de demonios. 
Ya avanzada la fiesta, a tres hermanos se les ocurrió que necesitaban hielo. Al intentar ingresar a la casa recordaron que los dueños no estaban, según creían ellos. Pero eso no iba a impedir que obtuvieran su hielo: 

- Espérenme aquí -dijo uno de los payasos, arrastrando la voz-. Toda la casa está a disposición. Ahora vuelvo, ya… esperen. 
- ¡Pero date prisa, mequetrefe! -lo azuzó uno de sus hermanos. 
- ¡Sí! Date prisa, ¡Jejeje…! Meque… ¿cómo es? ¡Bah! No importa. 

Y mientras uno iba tambaleándose hacia los vehículos los otros se quedaron recostados a la pared.   Volvió con una barra de acero: 

- Vamos a abrir esta porquería. ¡Ah! Ya está. Adelante, atolondrados. 
- No, primero la fealdad, y los que estuvieron presos -bromeo uno.
- Gracias. 

La sala estaba oscura, pero desde el corredor que iba hacia la cocina llegaba algo de luz.  Como estaban encendidas desde hacía días, algunas lámparas se habían quemado. 
El olor a alcohol que emitían sus alientos disimuló en parte el hedor a podrido que había adentro.  Atravesaron la sala. En la cocina encontraron grandes manchones rojo ennegrecidos en el suelo. Alguien normal hubiera hallado muy raro aquello, pero como venían de esa familia, solo tuvieron cuidado de no pisar aquello.    Además de hielo llevaron otras cosas, todo lo que pudieron cargar. Los tres, con los brazos cargados con su botín, salieron de la cocina a las risas. Cuando llegaban a la sala se encontraron con los cuatro propietarios de la vivienda. La descomposición de la carne los hacía lucir mas espantosos todavía.  Los payasos ebrios dejaron caer en el suelo lo que llevaban, solo eso pudieron hacer antes de que los atacaran.  El ruido de la fiesta fue cómplice de los zombies.   
Seis chiquillos (vestidos también como payasos), y dos mas grandes pero mentalmente al mismo nivel que los otros (algo muy común en aquella familia), se divertían corriendo por el interior de la carpa, saliendo de ella y persiguiéndose en el patio, para después volver a entrar. Estaban en eso cuando a uno se le ocurrió entrar a la casa. Se rieron al ver que la puerta estaba abierta. 
Muy avanzada la madrugada, cuando algunos ya se habían dormido o desmayado dentro de la carpa, o andaban arrastrando los pies entre bostezos, el mas aterrador grupo de payasos zombies se presentó en la entrada. En ese momento empezó otra fiesta, esta similar a las que deben ocurrir en el infierno. 
Cuando amaneció, un enorme grupo de payasos zombies avanzaba entre gemidos y gruñidos rumbo a la ciudad.

lunes, 6 de octubre de 2014

La familia (tercera parte)

Mientras cenaban, Elena y su familia de payasos comentaban a los gritos y a las risas lo que le habían hecho pasar a su último invitado. 
De pronto Elena creyó escuchar un ruido, y al verla los otros voltearon hacia el lugar. En ese momento hizo su aparición Pablo, ya convertido en zombie. Los payasos supieron que estaban en graves problemas. Él recién se había convertido, y aunque tenía algunas mordidas visibles su cuerpo no estaba maltrecho: eso lo hacía un zombie muy fuerte y rápido. 
El muchacho que fuera objeto de sus bromas pesadas, y que después arrojaron engañado al zombie aterrador del abuelo de la familia, ahora estaba ante ellos, y eso no les hizo ninguna gracia. Mientras el zombie estuvo quieto ninguno se animó a moverse. El que se moviera primero sería el blanco del zombie. Los papeles se habían invertido, ahora los que sentían miedo al ser observados y temían por su vida eran ellos. 
De pronto Pablo se abalanzó hacia la lunática familia con gran rapidez. 
Apenas tuvieron tiempo de levantarse. Al intentar salir por la puerta que daba a la sala, el hermano de Elena la empujó porque ella se metió adelante, y la hizo caer de cara en el suelo; el golpe hizo que se cortara el labio con los dientes. Cuando quiso levantarse Pablo ya estaba a su lado, ya no podía escapar. El hermano, el padre y su madre ya habían alcanzado la sala.    
Pablo se inclinó hacia ella lentamente, emitiendo algo como un gruñido y espumando por la boca, sus ojos estaban inyectados de sangre y odio, y rabia. Llamó su atención de depredador el labio cortado.

- Pablo, soy yo, querido… a mí no me vas a hacer daño, ¿no? -intentó convencerlo inútilmente ella, por la desesperación. Él ya no razonaba, y aunque lo hiciera no la iba a perdonar. 

Cuando la tomó de los hombros ella lanzó un grito de terror, pero el grito fue ahogado enseguida porque él, abriendo una boca enorme, la cerró sobre la boca de ella. Cuando las caras se separaron Elena no tenía labios, y los dientes que asomaban ahora libremente se llenaron de su propia sangre. Ella lanzó un alarido y se desmayó de dolor.    Pablo masticó con voracidad aquel “bocado” que acababa de arrancar. 
Los payasos habían intentado en vano abrir la puerta de la sala para salir de la casa; desesperados, habían olvidado que estaba cerrada. Elena la cerró apenas dejó pasar a Pablo. A las llaves las habían olvidado en la puerta del fondo, y ahora estaban en un bolsillo de Pablo. 
Cuando el payaso mas joven pasó frente a la puerta del comedor pasó a ser el nuevo objetivo del zombie Pablo. El payaso fue atrapado antes de llegar a la cocina.  La fuerza y la furia del zombie fueron demasiado para el payaso flacucho. Después de un breve instante de ataque feroz, el lunático payaso quedó con el abdomen abierto. 
Mientras pasaba eso, la madre y el padre habían vuelto al comedor. Ahí el padre tomó un cuchillo de la mesa. Del comedor pasaron a la cocina e intentaron salir por esa puerta, pero también se encontraba cerrada. Seguían intentando abrirla cuando la versión zombie de Pablo los sorprendió. La mujer, la que hiciera la broma cruel con el poyo, ahora estaba sumamente aterrada, y se aferró a su marido buscando protección. Pero a este se le ocurrió un plan en el momento, y usándola como escudo humano primero, la arrojó después hacia el zombie. Gracias a esa estrategia tan desalmado consiguió escapar hacia un cuarto. Ahora solo tenía que salir por la ventana. Pero para la mala suerte del payaso, Pablo liquidó con solo un ataque a la mujer, una voraz mordida en la garganta, y salió tras él enseguida.  
Cuando el padre de Elena estiró su mano hacia el cerrojo de la ventana, escuchó un gruñido detrás de él, se volvió lentamente. 

El payaso confiaba en su fuerza, y tenía un cuchillo, pero no tenía ningún tipo de experiencia con zombies “nuevos”, y aunque sabía que debía ser fuerte, no se imaginaba cuánto.  
Intentó detener la envestida con un brazo pero solo consiguió que se lo quebrara, y un instante después la boca del zombie se cerraba repetidas veces en su cuello. Mas con su última energía consiguió clavarle el cuchillo en la cabeza. El zombie de Pablo cayó hacia atrás, inerte, y casi al mismo tiempo lo hizo el payaso. 
De todas formas Pablo ya se había vengado, y ahora podía descansar en paz sin molestar a nadie en esta vida. La familia de locos también estaba muerta ahora, pero el zombie los había infectado, por eso volvieron a levantarse. 
Encerrados en la casa, los cuatro zombies vagaban de una pieza a otra dejando escapar cada tanto algún gemido apagado. Y así pasaron los días. 
La única verdad que le habían dicho a Pablo en aquella nefasta velada, era que venían de una familia con una larga tradición de ser payasos. Era un clan muy numeroso y parejo. La locura y la maldad se transmitía con enorme fuerza entre ellos. Varias veces al año se reunían en distintos lugares. Esa vez la reunión era en el terreno de aquella nefasta familia que ahora eran zombies. 
Una caravana bastante larga de camionetas y casas rodantes avanzaba por el camino rodeado de bosques. Todos los ocupantes de los vehículos se habían vestido y maquillado para la ocasión; todos eran payasos. Pronto iban a llegar a la fiesta, pero aquella fiesta no iba a ser como ninguna de las anteriores. 

Última parte: http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com/2014/10/la-familia-ultima-parte.html