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martes, 23 de junio de 2015

La Mordida Del Amor

Cupido suele actuar de forma misteriosa, y también tiene su lado cruel. Toparse con el amor es una cosa, llegar a alcanzarlo es otra. Y ese pícaro alado se aleja apenas logra el primer acercamiento; luego hay que tener mucha suerte, y a la suerte hay que ayudarla, porque dos personas pueden quedar “flechadas” pero a veces no llegan a tener una relación. Y los obstáculos en algunas ocasiones no están ahí afuera sino dentro de nosotros. Pero cuando nos liberamos de ellos, a veces Cupido regresa a sonreírnos.

Claudio iba rumbo a la cochera cuando recordó que el auto estaba en el taller. Salió a la calle bastante fastidiado por eso. Se convenció que estaba atravesando una verdadera racha de mala suerte. Mas a pesar de todo, como la tarde estaba tan radiante y el tiempo le daba de sobra para llegar a al trabajo, se entregó a la caminata olvidándose momentáneamente de sus problemas...


Era primavera. El sol estaba algo fuerte pero lo refrescaba cada tanto una brisa que venía cargada de los perfumes que madura esa estación; y esos aromas lo hacían voltear hacia algún terreno donde había algún naranjo con sus azahares o un duraznero en flor. Se desvió levemente de su camino para tomar una avenida que dedujo estaría mas agradable incluso. No se equivocó. Los árboles que se alzaban por todo el largo de la avenida estaban cargados de flores y daban bastante sombra a los caminantes que paseaban en ella. Los pocos automovilistas que circulaban por allí iban con las ventanillas abiertas, aprovechando el frescor perfumado que regalaban los árboles.

Los paseantes inevitablemente volteaban cada tanto hacia las ramas floridas que se agitaban con la brisa, y alguna que otra señora no resistía la tentación, y estirando el brazo arrancaba una rama con una sonrisa de niña traviesa. Los días así la gente pasa hablando de cosas alegres, porque nuestro entorno nos influencia mas de lo que creemos. A Claudio lo influenció quitándole las pocas ganas que tenía de ir al trabajo. Pensó que sería mejor estar en una plaza, sentado a sus anchas en un banco, simplemente viendo a la gente pasar. Tal vez así se le iría la amargura que le había ocasionado su reciente ruptura con Estela.

Claudio ya tenía veintiocho años, y aunque a todos sus conocidos les decía ser un soltero muy feliz, pues ciertamente relaciones no le faltaban, de a poco iba sintiendo que en su vida faltaba algo; pero aún no quería admitir que experimentaba la ausencia de un verdadero amor. Él había ponderado su libertad por mucho tiempo, mas ahora comenzaba a intuir que esta no era lo que parecía. En el amor, muchos han puesto por encima a su libertad y su independencia, para luego descubrir, tarde ya, que esas dos eran aliadas de la soledad.

Compensaba la solitaria rutina de los días laborales con fin de semanas de parranda y copas. Sus relaciones duraban desde una noche, semanas o unos pocos meses. Y últimamente cada separación le dolía mas, no tanto por la ruptura en si, sino por el período de soledad que seguía a esta, aunque este fuera muy corto. Pero se consolaba pensando que otros estaban mucho peor y que la mayoría de los casados tampoco son felices. Y casi siempre terminaba concluyendo que así estaba bien. Caminaba y pensaba en todo eso cuando su celular sonó en el bolsillo, lo que lo hizo estremecerse un poco. Era el número de un amigo, contestó sin dejar de caminar:

—Hola, ¿Marcelo? —preguntó Claudio.
— Sí. ¿Y, cómo andas?
—Bien, gracias, ¿y vos?
—Bien. Eh, Claudio, me enteré que te separaste.
—Sí, pero no lo llamaría una separación, porque eso le da mas importancia a lo que era. Si la relación duró bastante fue por sus encantos ¡Jeje!
—Creí que la cosa iba en serio.
— No, no, nada que ver. Me llevaba bien con ella sí, pero no pasaba de eso.
—Menos mal entonces. Si yo me separara de Romina... No quiero ni pensarlo.
—Sí, vos ya la quedaste, pero lo mío es diferente. ¿Ustedes cuánto hace que están juntos?
—Tres años.
—¿Tanto? ¿Y el casamiento? ¡Jajaja! ¡Ahhh...! ¡Ah, la m...a...!
—¿Qué te pasó?
—Me mordió un perro. Pero no es mucho, después te llamo.

Claudio caminaba tan distraído que se acercó demasiado a un pastor alemán que iba acompañando a una muchacha. Apenas sintió la mordida en la pierna se apartó de un salto. El perro quedó nervioso, avanzando y retrocediendo un paso, mas no parecía agresivo. La muchacha que iba con el se mostró muy angustiada pero sus ojos no se enfocaban en Claudio ni en el perro; ella era no vidente, mas escuchó lo que había pasado y comprendió la situación. No llevaba lentes oscuros pero él se dio cuenta enseguida por el bastón que empuñaba y por la mirada, y comprendió que la imprudencia fue suya, y deseó no haber dicho aquella palabra.

—¿Mi perro lo mordió señor? —preguntó ella, afligida. No sabía que tan grave era la mordida.
—Sí, pero fui yo que me acerqué mucho. Iba distraído hablando por celular y, no sé, de repente lo vi y ya estaba muy cerca.
—¿Es muy grave la mordida? ¿Dónde fue? 
—No es muy grande, fue en la pierna y... ¡Ah! Fue mas grande de lo que yo creí.

Le había rasgado en V el pantalón un poco por encima de la rodilla, y en la piel tenía dos líneas moradas que se juntaban en una herida que le sangraba bastante. Fue una mordida de lado y solo dos de los colmillos habían hecho el estrago, lo que resultó peor pues la fuerza de la mandíbula del perro se concentró ahí. Claudio se había sorprendido bastante, por eso no pudo evitar decir aquello y preocupar mas a la muchacha.

—¿Quiere un pañuelo? ¡Sultán, tranquilo!
—No, gracias. Se va a manchar de sangre.
—No importa, es lo menos que puedo hacer ahora. Tómelo.

El pañuelo de ella se veía muy limpio, sin uso, en cambio el de él hacía tiempo que lo tenía en el bolsillo, así que aceptó el ofrecimiento. Ella estiró el brazo hacia la voz y él se estiró mas para acercarse lo menos posible al perro, que ahora estaba sentado pero lo miraba con algo de desconfianza. La cara de la muchacha era ahora una mueca de nerviosismo. A pesar de eso a él le pareció que era extremadamente bella. Quiso consolarla:

—No te aflijas que al final parece que no era tanto. Mas bien raspó la piel, pero como salía sangre pensé que era mas.
—¿Quiere que le de un número de teléfono, para la denuncia? —a lo último ella bajó la voz. Era obvio que temía lo que le pasara al perro si se hacía una denuncia—. Él nunca había hecho algo así antes, está entrenado, y tiene todas las vacunas —aseguró la muchacha. Se le escapó una lágrima y rodó por una mejilla color canela clara, otra fue contenida por la mano.
—No voy a hacer ninguna denuncia, tranquila.
—Pero si tienen que atenderlo le van a preguntar —objetó ella, muy a su pesar.
—Les digo que fue culpa mía y ya, que era un perro guía y yo me acerqué demasiado, que fue lo que pasó. Tranquila.
—Muchas gracias. Sultán es una gran ayuda para mí, y él no es malo.
—Claro que no, es mas, ya me está mirando con cara buena. Sultán, ¿quieres ser mi amigo?
El perro lo miró girando la cabeza hacia un lado y luego hacia el otro, con una mirada algo juguetona, y después levantó una pata delantera.
—Me ofreció la pata —dijo Claudio—. Ya somos amigos. No ha pasado nada.

Ella se enjuagó otra lágrima y suspiró hondo, aliviada, y después sonrió. Él la había observado muy bien mientras hablaban. Ella tenía un cuerpo atlético y un busto bastante grande. Solo eso llamaría la atención de cualquier hombre, pero Claudio hallaba algo mas en su belleza, en su rostro. Sentía una corriente sutil de energía entre él y ella. Nunca había experimentado algo así antes pero enseguida supo que aquello era amor a primera vista. Inmediatamente le surgió una duda, ¿acaso ella podía sentir lo mismo aunque no lo viera? No dudaba de que ella pudiera amar a alguien si el amor le llegaba de una forma mas común, luego de tratar un tiempo a una persona, ¿mas sentiría aquella sensación que él ahora experimentaba con fuerza? Le pareció que un alma no puede depender de la vista, pero no podía estar seguro. Como esas dudas lo dejaron sin palabras, cuando ella se despidió no se le ocurrió otra cosa y se despidió también. Y después de mirar hacia atrás varias veces siguió rengueando por la calle.
El dolor de la herida empezó a hacerse punzante. Al llegar a su trabajo se cruzó con el director de la oficina; este al verlo renguear inmediatamente bajó la vista hasta el pantalón roto donde asomaba la herida.

—¿Y eso, te accidentaste? —le preguntó el director.
—Podría decirse que sí. Me mordió un perro.
—¡Pero que cosa! —exclamó el hombre, y sosteniéndose los lentes se inclinó para ver mejor—. Eso no se ve nada bien. Vamos que te llevo al hospital inmediatamente. Pero que cosa...
Claudio hubiera preferido no ir, pero como le estaba doliendo bastante tuvo que seguirlo. No quería que el temor de la muchacha se hiciera realidad. Tenía que mentir un poco. Le dio resultado, no insistieron mucho, mas no pudo librarse de varias inyecciones. Regresó a su casa en taxi, con órdenes de no ir al trabajo por lo menos por un par de días. Ya en su hogar se acomodó lentamente en su sofá preferido. Ahora tenía unos puntos de sutura en la pierna, un zona violeta que comenzaba a extenderse, varios pinchazos en el cuerpo, y se había enamorado de alguien que probablemente no vería nunca mas. Sonrió amargamente. Aquella jornada no podía terminar de otra forma.

Como todavía no se rendía se puso a evaluar fríamente su situación. Ella lucía en muy buena forma, y ante la mordida se sorprendió por la actitud del perro; eso le indicaba que caminaba mucho con él. Aquel no era un paseo casual, era su caminata diaria. Claudio recorrió mentalmente todo el largo de aquella avenida y concluyó que era el lugar ideal para una persona así, por lo tanto encontrarla de nuevo allí no era algo imposible. Después arrugó la frente al pensar que ella aunque caminara por el lugar todos los días podía variar la hora. De todas formas sus chances no eran pocas. Y si la encontraba de nuevo, ¿qué iba a hacer? ¿Podría ella interesarse por un completo desconocido, por una voz en la calle? Comprendió que no podría saberlo. Su imaginación no llegaba tan alto. Y además podía ser que ella ya tuviera pareja. Se imaginó que probablemente era algún allegado, algún conocido que se ganó su corazón de a poco. Que probabilidades podía tener él, la voz en la calle. Miró el pañuelo que ella le di; se le ocurrió conservarlo pero estaba muy ensangrentado.

Con todo eso dando vueltas por su mente se dio cuenta de que no sabía su nombre, aunque sí el del perro. Volvió a sonreír amargamente. Lo impresionó tanto que esa noche soñó con la avenida, la muchacha y el perro. Entonces en ese encuentro habló mucho mientras ella lo escuchaba sonriendo, y así le declaró sus intenciones, y, ¡ella también sentía lo mismo! Y caminaron y caminaron por la avenida. De pronto despertó a la amarga realidad y se encontró solo en su habitación. Le dieron ganas de llorar pero no pudo hacerlo, y después de un rato con esa angustia le quedó la garganta “anudada” y un pesar en el pecho.

Sus dos días de reposo fueron un fastidio. Ningún partido de fútbol le parecía interesante, y hasta soportó un par de películas románticas. Caminando en el fondo de su terreno pensó que aquel sería un buen lugar para tener una familia, y que había espacio de sobra hasta para Sultán. Luego se consideró masoquista. Por qué pensar en algo que lo mas probable era que no sucediera. En su interior había una lucha: una parte quería olvidarse del asunto, la otra le gritaba que no se rindiera, que había chances. Sintió algo de alivio al volver al trabajo y ocupar su mente en otra cosa. Fue en taxi pero le pidió al conductor que tomara la avenida. No la vio. Al otro día fue a pie. La pierna ya apenas le molestaba. La tarde se presentó tan hermosa como la de aquel día. Eso le dio esperanzas. Pasaron muchas personas por él mas no la que esperaba. Cuadra tras cuadra con la esperanza puesta en las siluetas que aparecían allá adelante. Durante la tarde siguiente, lo mismo.

Llegó el fin de semana. Ya algo cansado de sentir aquella expectativa decidió salir para que la noche volviera a encausarlo en su anterior vida. Reconocía que desde aquel encuentro ya nada era igual pero confiaba en el poder de las copas y un perfume de mujer. Fue a un baile y se sentó frente a la barra del local. Cada tanto giraba hacia la pista. No tenía ganas ni de estar allí. Se concentró en la bebida. Ya era muy tarde cuando miró hacia un costado y se topó con una sonrisa de mujer. Conocía muy bien aquel juego y enseguida supo que no se iba a ir solo. 

Después de invitarle una copa salieron a la pista. Ella meneaba sus caderas bajando y subiendo lentamente al ritmo de la música. Era rubia y dijo que se llamaba Pamela. A Claudio le pareció que era un nombre falso. Aquello iba a durar solo una noche. Él se esmeraba por sonreír mientras bailaba pero no estaba disfrutando como otras veces.
De pronto, entre toda la gente que se movía le pareció ver un rostro color canela claro. Sus sentidos se aguzaron de repente. Se dio cuenta después de que con aquella luz no podía distinguir bien un tono de piel, que la vista lo había engañado, pero de todas formas siguió buscando. ¿Pero qué podía hacer aquella muchacha en aquel lugar? Había demasiada gente. Dio con la morena al fin pero no era la que él buscaba. Pamela le había dicho varias cosas de cerca pero no había entendido ninguna, solo asentía con la cabeza. Luego de varias piezas ella acercó la boca al oído de Claudio y le dijo:

—¿Quieres ir a otro lugar?
—Bueno, vamos —le contestó él. Y se abrieron camino entre la gente tomados de la mano.

Salieron del club. La noche se había presentado bastante fría. Ella se pegó a su lado y así siguieron por la calle. Allá iba hacia otra relación fugaz. Claudio conocía a tipos que le doblaban la edad y seguían con aquel estilo de vida. Él durante mucho tiempo pensó que era como ellos, ahora sabía que no era así. Miró de reojo a la mujer que iba a su lado. Ella hablaba y hablaba de una tontería sobre un grupo que habían escuchado en el club. Al imaginarse lo que iba a suceder en el motel hacia donde se dirigían, Claudio descubrió algo con asombro: no sentía nada. Si seguía se iba a exponer a un papelón. Decidió cortar el asunto allí. Se detuvo y empezó a mentirle:

—Mira, Pamela, sabes, tengo una relación complicada y, estamos en un período de separación por eso yo salí pero...

Pamela se cruzó de brazos y miró hacia un costado antes de interrumpirlo:

—¿Me estás dejando plantada, es eso? —dijo con enojo. Y enseguida le echó una mirada despectiva—. Pues bien, vuelve con tu noviecita si quieres. Yo regreso al club.
—Lo siento, disculpa.
—Sí, como sea.

Ella regresó sobre sus pasos y él siguió. No creyó que aquello que le estaba sucediendo  fuera a pasar de aquella noche, de esa situación. Reconoció que después de todo eso era lo mejor. Para qué caer en otro romance efímero. ¿Romance? Ni a eso llegaban. Mientras se encaminaba a su casa decidió seguir intentando encontrar a la única que le interesaba ahora. Si pasaban los días y no la hallaba, mala suerte, por lo menos lo había intentado. Esa noche durmió tranquilamente a pesar de estar solo.

Llegó el lunes y con ese nuevo día surgieron nuevas esperanzas. Salió temprano rumbo a su trabajo, a pie y yendo por la avenida de árboles floridos. Claudio iba con buen ánimo aunque el día intentaba ensombrecerle los pensamientos. En el cielo gris se amontonaban desordenadamente pequeñas nubes, como si un coloso hubiera despedazado el cielo, y soplaba un viento bastante fresco que por momentos se volvía ventarrón, y en la vereda se acumulaban incontables flores que este había arrancado. Ya algo pisoteadas y marchitas las flores desprendían un perfume que pronto dejaría de ser agradable. Los árboles de la avenida se sacudían como inquietos por la pérdida de sus adornos y algunos protestaban aullando desde sus copas. Los pocos caminantes que andaban en el lugar parecían impresionados por el clima, y cada tanto alzaban la vista rumbo a los nerviosos rebaños de nubes que tramaban algo allá arriba. Claudio creyó que un día como ese no tenía chances de encontrarla.

De pronto, allá adelante, una mujer con un perro. Sintió una oleada de alegría que le recorrió todo el cuerpo. ¡Era ella! Después de un momento de emoción pensó que debía calmarse. Ella estaba cada vez mas cerca. Sultán lo reconoció de lejos y empezó a seguirlo con la mirada; y cuando iban a unos pocos pasos de distancia su dueña empezó a sonreír levemente. Cuando estaban por cruzarse Claudio dijo:

—Sultán, no me vas a morder de nuevo, ¿no? ¡Jaja! —el perro meneó la cola.

Al escuchar esas palabras ella sonrió ampliamente y se detuvo. Para Claudio el mundo desapareció por un instante y lo único que percibió fue aquella sonrisa, y lo único que su mente procesó fue lo que significaba la sonrisa. ¡Ella se alegraba de encontrarlo de nuevo! Después su voz le pareció la mas dulce, aunque sonaba algo diferente, mas nasal:

—¡Hola! ¿Cómo estás? —le preguntó ella—¿Y tu pierna? ¡Sultán, sentado!

Otra buena señal, lo estaba tuteando. Se sentía cada vez más feliz.

—Hola. Ahora muy bien, ¿y tú? —respondió francamente Claudio.
—Bien, gracias.
—Mi pierna está mucho mejor, ya no siento nada, y la herida casi desapareció. Por cierto, me llamo Claudio.
—Yo me llamo Graciela. Ahora ando bien pero estos días estuve bastante resfriada pero ya se me pasó. Me alegra que no haya sido mucho la mordida. Quedé preocupada, es que pensé, el muchacho está pasando un mal momento y todavía mi perro lo muerde.
—¿Cómo sabías que...? ¡Ah! Lo escuchaste ¡Jaja! —Claudio se acercó mas a ella; el perro seguía sentado esperando una nueva orden de su dueña.
—Ahora seguro piensas que soy una metiche, disculpa. No sé porque dije eso último, yo...
—No tienes que disculparte, el que iba hablando fuerte fui yo, es que no era nada secreto.
—Mi mundo mayormente es de sonidos, y a veces escucho lo que no debo —aclaró Graciela, bajando un tono.
—Pues yo a veces quisiera escuchar lo que no debo —comentó él en broma. Enseguida temió que fuera un comentario de mal gusto, pero ella se rió francamente.
—Pues yo puedo ser tus oídos y tú mis ojos —dijo ella.

A Claudio casi se le desbocó el corazón de felicidad. Aquello solo podía significar que ella también sentía algo. El amor parece entrar por los ojos pero en realidad es una conexión que va mas allá de los sentidos.

—Con gusto sería tu ojos —contestó él ,solemnemente.
—Sabes, nunca hablo así con extraños, pero hay algo en vos que me da confianza. Me alegra haberte encontrado de nuevo.
—Ni te imaginas lo que me alegro yo. Ya creía que no te iba a hallar mas, no te encontraba. Supongo que la semana pasada no saliste a caminar por el resfrío, ¿no?
—Sí. Hoy es el primer día que salgo. Mejor doy vuelta aquí.
—Te acompaño, todavía tengo que ir varias cuadras por esta avenida.
—Vamos.
Y el sol se asomó entre las nubes para verlos alejarse por la avenida. 

Cinco años después, en el fondo de terreno de Claudio, él sostenía a una niña en sus brazos, y pegada a él se encontraba Graciela, y recostado a ella había un chiquillo de tres años que estaba sollozando. Delante de la familia, en el suelo, resaltaba un lomo de tierra recién removida; era la tumba de Sultán. Allí yacía ahora el que los había reunido y por varios años fue parte de la familia, he iba a estar en sus recuerdos para siempre.
Esta obra fue registrada en Safe Creative por Jorge Leal       

sábado, 13 de junio de 2015

El Ladrón

Mónica no quería pasar frente a aquellas celdas y sus prisioneros, pero órdenes son órdenes. Ya iba a cumplir con lo que le pidieron cuando un compañero policía que estaba en otro escritorio le recordó:

—No te olvides de dejar tu arma aquí. Y no pases muy cerca de las rejas. Cualquier cosa nos gritas. Hay un tipo peligroso. Ve con tu cachiporra en la mano, lejos de las rejas.
—Ah, sí. Gracias.
Aquellas advertencias no la tranquilizaron nada. Dejó su arma en un cajón y salió rumbo al fondo de la comisaría. Mónica hacía poco que era policía y aún se estaba adaptando. No entendía por qué le pedían justo a ella que revisara las celdas pudiendo hacerlo alguien con mas experiencia; pero en su profesión no se pueden cuestionar las órdenes, y para todo hay una primera vez, y ella ella quería ganarse el respeto de sus compañeros. Cuando los otros dejaron de verla avanzó lentamente por el pasillo. Mónica era pelirroja, con bastantes pecas en la cara pero era muy atractiva. Ya se imaginaba las barbaridades que le iban a decir los que estuvieran encerrados, y todavía uno era peligroso. Recordando lo de alejarse de las rejas, alcanzó la primer celda; estaba vacía...


Mónica respiró hondo. La mano que sostenía la cachiporra le sudaba, la otra también pero no lo notaba tanto.

En la segunda celda había alguien durmiendo en la cama. Por lo profunda e inquieta de su respiración se notaba que era un borracho. Llegó a la tercer celda, la última. Un tipo de pelo negro y despeinado estaba sentado en la cama y se cubría la cara con las manos. Cuando él notó que lo observaban retiró las manos de la cara y sus ojos se encontraron con los de Mónica. A ella no le pareció que fuera un tipo peligroso sino todo lo contrario. Se notaba que había estado llorando. Era un sujeto joven, muy delgado, y no tenía una apariencia desagradable. El joven enseguida bajó los ojos, claramente avergonzado por su situación, pero después se irguió, como quien se da cuenta de algo:

—¿Tengo que ir a algún lado? —preguntó el joven.
—No, solo estoy revisando que todo esté bien por aquí —le contestó ella.

Él volvió a bajar la cabeza y ella se marchó. Allí no había ningún tipo peligroso. Sus compañeros le habían jugado una broma. Ellos esperaban expectantes su regreso. Cuando la vieron se echaron a reír. El que le había hecho las advertencias le dijo:

—Todos pasamos por lo mismo, es una tradición aquí ¡Jaja!
—Con que un tipo peligroso... Y yo me la creí. Buena broma.
—Ahí solo hay un borracho que levantamos esta mañana porque estaba durmiendo en la calle, y un pobre infeliz que agarraron robando una manzana de un cajón. Por eso te mandamos, sabíamos que no iba a pasar nada.
—Bien, ya basta de bromas —dijo el comisario—. A trabajar.

Mónica volvió a su pequeño escritorio. Trató de concentrarse en el papeleo que tenía enfrente pero no podía dejar de pensar en el muchacho. Era nueva en aquel oficio mas ya podía reconocer la mirada de un criminal de la de alguien que no lo es. El sujeto de la celda demostraba arrepentimiento, y ninguna persona mala se arrepiente por robar una manzana. Él además sentía vergüenza, lo que indicaba que aún no perdía su dignidad. Con la crisis en la que estaba sumido el país no era raro que gente buena fuera a parar a la cárcel. “Pobre, debía andar con hambre”, pensó ella. Después se reprochó por estar considerando al tipo aquel habiendo tantos hombres en el mundo. Aquel era un detenido y ella una policía. Si el tipo seguía en la misma situación tal vez tendría que arrestarlo ella misma algún día. ¿Pero y si alguien lo ayudaba? Mas después concluyó que no podía ayudar a todos los que cayeran allí. Luego se dio cuenta de que no le importaban todos, le importaba aquel.

Se sintió algo sorprendida. Solo lo había visto un momento, ¿por qué la había impresionado tanto? ¿Acaso le robó el corazón en un instante? Estaba tan absorta en sus pensamientos que tuvo que revisar un papel que acababa de rellenar porque no recordaba qué había hecho. Había cometido varios errores, necesitó usar el borrador. Pasaron las horas y la comisaría siguió con su rutina de gente que llegaba con problemas, policías haciendo mil preguntas, papeles que rellenar o pasarlos a la computadora, el radio informando una cosa u otra, y oficiales que salían o regresaban. A la hora de la merienda le pidieron que fuera a traer la de todos.

Hizo una lista de lo que querían y salió a comprarla. Era el trabajo extra que debía realizar el mas nuevo allí. Al salir descubrió que el día estaba nublado y cada tanto soplaba un viento bastante frío. Pensó entonces en lo fría que debía ponerse aquella celda cuando cayera la noche, y en lo mal que iba a pasarla el muchacho. Concluyó que así sería, porque a esa hora ya ningún juez lo iba a atender. En teoría siempre hay un juez, pero en la práctica para casos así depende de la hora, y a veces del día, y una jornada como aquella ninguno se iba a molestar. Teniendo en cuenta eso compró un sándwich de mas con su dinero. Por lo menos que comiera algo para aguantar mejor la noche.
Volvió a la comisaría. Sus compañeros enseguida se abalanzaron sobre sus pedidos, y después cada uno se alejó hacia su escritorio. Ella se plantó donde estaba el comisario, y tras pedir permiso le preguntó:

—¿Le van a dar algo a los detenidos?
—¿Quién es usted, la Madre Teresa? ¡Jaja! —se burló el comisario mientras desenvolvía un emparedado—. El borracho quién sabe a qué hora se va a despertar, y cuando lo haga puede irse; al otro, si quiere darle algo de lo suyo, está bien. Me parece que es a ese al que usted quiere llevarle algo, ¿no? Pero le aconsejo que no le conviene a usted ablandarse con los detenidos. —le aconsejó antes de morder su emparedado.
—Gracias, comisario. Supone bien usted. Lo que sucede es que me resultó conocido, y después, pensando recordé que lo era. Es un compañero de estudio de mi hermano, sé que iba a la casa y todo, así que mas bien es un amigo. Y si mi hermano se entera que su compañero estuvo aquí... —le mintió Mónica. Ella sabía cómo pensaban los policías, y que los favores a conocidos son permitidos.
—Ah, hubiera empezado por ahí. No parece mala gente ese tipo, solo debe estar pasando por una mala racha. Vaya nomás, y de paso se fija si el borracho se despertó.

Mónica lo saludó como hacen los policías, se dio media vuelta y se alejó sonriendo levemente. Como era mujer subestimaban su inteligencia. Si ella quería también sabía manipular. Tomó el sándwich extra que compró y enderezó hacia las celdas. El borracho seguía profundamente dormido. El muchacho se puso en pie cuando la vio, algo alarmado.

—Esto es para vos —le dijo Mónica.
—Muchas gracias —le expresó él, tomando con las dos manos el bulto.
—Y dime, ¿cómo te llamas?
—Daniel. Daniel Peralta —se apresuró a corregir. Evidentemente respetaba la autoridad que representaba ella.
—Yo me llamo Mónica. Mira, esto te lo traje por cuenta mía, porque se ve que eres buena gente. Tuve que decir que te conocía, que eras un amigo de mi hermano, así que si te preguntan...
—Soy amigo de su hermano. Le agradezco enormemente esto, y puede estar tranquila.
—No es nada. Solo trata de no volver mas aquí. ¿Está bien?
—Sí, oficial. Gracias.

Mónica se alejó para que Daniel comiera tranquilo. Lo escuchó abrir ansiosamente el papel que envolvía el sándwich. Ella regresó a su trabajo sintiéndose muy bien. Se estaba arriesgando al confesarle a él que había mentido pero confiaba en su palabra. Ahora había confirmado su suposición; el muchacho era buena gente. Se le ocurrió mas tarde que su pequeña mentira podía ayudarla incluso en el futuro si llegaba a relacionarse con Daniel, y eso deseaba con todas sus ganas ahora. Sus compañeros tarde o temprano se iban a enterar, mas cuando eso sucediera saltaría el chisme del comisario y todos creerían que lo conocía desde antes de su arresto. Esa era una historia mucho menos rara; una muchacha se impresiona con el amigo de su hermano, después ese amigo pasa por una mala racha y termina justo en la comisaría donde ella trabaja, y esta aprovecha la oportunidad que le da el destino. Una linda historia romántica. A esa altura de los acontecimientos Mónica ya estaba decidida. Afuera había muchos hombres, pero el de ella estaba allí. Le había robado el corazón con solo una mirada. El resto de la jornada pasó rápido. Se fue de la comisaría con algo de pena. Al otro día regresó bastante ansiosa. Apenas se estaba acomodando cuando el comisario le dio una noticia que le cayó como un balde de agua fría.

—Esta mañana quedó libre tu amigo, el de tu hermano —le dijo el comisario.
—Ya, ¿ya es libre? Que bueno, me alegro por él —ella hizo un esfuerzo enorme para sonreír.
—El comerciante afectado se arrepintió y no presentó cargos. Aunque lo hubiera hecho igual no iba a pasar nada. Solo por una manzana...
—Claro, solo fue una manzana. Que bueno por él. Gracias por avisarme, comisario.

Mónica quedó embargada por varios sentimientos. En parte se alegraba por el muchacho, pero a la vez se sentía triste por no haber podido hablarle mas. Pensó que probablemente no lo volvería a ver. “Solo sé su nombre...”, al pensar eso se sintió algo tonta también. Por un momento hasta ella se había subestimado. Si quería podía saber sus datos fácilmente, solo debía mirar el fichero. Consideró prudente esperar el momento oportuno. Si la descubrían podía inventar alguna excusa que se la creerían con facilidad. Ahora le servía ser la nueva. Mientras hacía su trabajo permaneció atenta a todo. Ese día se había presentado muy ajetreado. En la comisaría había un murmullo continuo. Cada tanto miraba disimuladamente el archivador donde estaban los papeles.

Tanta precaución y vigilancia al final le resultaron inútiles; los papeles llegaron a ella sin que hiciera nada. A un compañero de dedos lentos para la computadora se le estaba acumulando el trabajo, y para aliviarse un poco los compartió con la nueva. La suerte le sonreía. Anotó la dirección donde él vivía en un papel y se lo guardó en el bolsillo. Lo había conseguido. Solo le faltaba inventar una excusa para ir a su casa. Nunca había tomado la iniciativa con un hombre, pero ahora estaba dispuesta a hacerlo. Lo primero que se le ocurrió fue darle un trabajo. Le vino a la mente el fondo de su casa. Porque a ella le faltaba tiempo y porque no confiaba en cualquiera para que le hiciera aquel trabajo, su fondo había sido tomado por varios tipos de malezas y hasta algunos arbustos. Calculó que sería una tarea como para tres días.

Pero mas que conquistarlo lo que ella quería era saber si él también sentía algo por ella, si no era así no le interesaba. No quería meterse en una relación con un amor no correspondido pues después sería peor. Esa jornada le pareció que transcurrió lentamente. Por fin llegó la hora de irse a su casa. El día ya estaba terminando pero el sol aún luchaba contra unas nubes y lograba iluminar el paisaje otoñal con sendos rayos dorados. Ya en su hogar se cambió rápidamente y apenas lo hizo salió en su pequeño auto rumbo a la dirección de Daniel. Llegó cuando las luces de la ciudad ya se habían encendido. Revisó el papel donde había escrito la dirección. Aquella tenía que ser la casa. La vivienda era humilde y bastante pequeña pero tenía un frente bien arreglado con un hermoso jardín. Le agradó el jardín pero eso le generó una duda, ¿había alguna presencia femenina allí? El terreno tenía un portón de maderas muy viejas. Mónica golpeó las manos. Daniel apareció al abrirse la puerta y se notó la sorpresa en su cara, mezclada con algo de alegría, mas enseguida quedó serio.

—Buenas noches —saludó Mónica—. No sé si me reconoces sin uniforme...
—Claro que la reconozco, Mónica. ¿Viene por algún asunto de la comisaría? —preguntó él, bajando el tono, algo preocupado.
—No, no, nada que ver. Te busqué porque necesito que alguien me haga un trabajo. Pero no te sientas obligado ni nada, y por supuesto, te voy a pagar. No sé qué piensas...
—Claro que quiero un trabajo. Pase.
—Lindo jardín —observó Mónica.
—Gracias. Está algo deslucido por el otoño pero lo mantengo lo mejor que puedo. Era de mi madre y quiero conservarlo así. Todas esas plantas las plantó ella, y yo la ayudaba.
—Que bien. Mi terreno está hecho un desastre, y justamente ese es el trabajo que quiero que hagas —le comentó Mónica, feliz por dentro, porque aquello seguía confirmando lo bueno que era él, y disipaba en parte la duda sobre una presencia femenina.
Adentro estaba iluminado con velas. Era todo muy humilde pero estaba ordenado y limpio. Él le arrimó una silla y se sentó frente a ella:
—Usted disculpe la iluminación. Me cortaron la luz hace un par de semanas. Quedé sin trabajo hace un buen tiempo ya, y con esta crisis apenas consigo algunos ocasionales. Pero creo que pronto me va a salir algo bueno. Por lo menos todavía tengo agua —le dijo Daniel, tratando de explicar a la vez por qué andaba mal.
—Sé bien como está la cosa. Esperemos que pronto el país mejore. Me imaginé que te estaba sucediendo algo así, porque se nota que eres buena gente. Y una cosa, no me sigas tratando de usted, que hasta soy menor que vos, y que yo sepa no parezco una policía mala, ¿no?
—No, todo lo contrario, no sabía que había policías tan amables, y bonitas... por eso me dio vergüenza cuando me vio allí —Daniel volvió a bajar la voz y bajó también la mirada—. Lo que hice fue una tontería. Con algún trabajo y la huerta que tengo en el fondo me voy manteniendo bien, pero ayer por la mañana, al pasar frente a los cajones de manzanas me dio ganas de comer una y, fue como un impulso, no lo pensé. Pero no, igual no tengo excusas, no debí hacerlo y ya. Mas te aseguro que estoy tremendamente arrepentido.

Ante las luces de las velas en los rostros de los dos crecían o se empequeñecían sombras con cualquier pequeño movimiento, pero los ojos les brillaban por la emoción que sentían. Él había estado pensando en Mónica, y sus pensamientos se habían encausado hacia conclusiones mucho mas amargas que las que tuvo ella, pues pensó que su gesto con él solo había sido por lástima. Pero ahora ella estaba allí, por lo tanto calculó que debía ser algo mas.

—No fue nada —quiso restarle importancia Mónica—. A veces cuando paso por un mercado hasta a mí me tienta tomar una así ¡Jaja! Y es mas, te confieso que, cuando era estudiante, una vez pasé junto a una compañera y lo hice, en serio —mintió Mónica. Ella solo quería que él se sintiera bien.
—Gracias por tu intención de aliviarme la pena —dijo Daniel, que se había dado cuenta de las intenciones de ella—. Sabes, está funcionando, porque ahora que lo pienso, de no haber hecho esa tontería no te hubiera conocido. ¡Oh! Creo que hablé de mas. Disculpa, yo...
—No te disculpes, me siento alagada —lo interrumpió ella—. Yo también me alegro de haberte conocido.
Entonces los dos hicieron silencio y se estudiaron con la mirada. Después ella empezó a reírse como una chiquilla y él también. Ambos estaban felices.
Daniel consiguió trabajo unos días después. Y cuando en la comisaría se enteraron del romance, tal como ella supuso, el comisario comentó que ya se conocían, y eso hizo que los chismosos dejaran de hablar enseguida.
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miércoles, 10 de junio de 2015

El Deseo


Como los ruegos a Dios no le estaban funcionando, Pablo pensó incluso en pedirle un favor al Otro, pues su vida pendía literalmente de un hilo. El fisurero que había colocado en la grieta de la roca había cedido y estaba por desprenderse. Pablo colgaba a mas de cien metros del suelo. Abajo lo esperaba la muerte. Le parecía que hasta su respiración aflojaba mas el fisurero, y era el único que había colocado. Un viento algo frío chocaba con la montaña y en alguna arista producía un silbido que ahora a Pablo le parecía una risita burlona que le lanzaba la montaña...


Ninguna fisura donde pudiera colocar un anclaje estaba al alcance de sus manos, y en la que estaba un poco mas arriba iba resbalando lentamente lo único que lo mantenía suspendido. Intentó encontrar algún apoyo para los pies pero para su desesperación la roca estaba muy resbaladiza, no entendía por qué.
Antes de eso, por la mañana, después de atravesar un bosque ensombrecido y silencioso, donde casi todo el tiempo sus pasos se hundían en un musgo muy verde, alcanzó al fin la base de la montaña. Mientras se quitaba la mochila miró hacia lo alto de la pared; esta se encontraba cubierta por la sombra de la montaña y se notaba que aún estaba humedecida por el rocío. Tenía que esperar.

Para matar el tiempo y porque estaba haciendo bastante frío, juntó un poco de leña en el bosque he hizo una pequeña fogata, y en ella preparó té. Esperaba que algún otro escalador se arrimara al lugar, mas pasaban los minutos y seguía solo. El bosque cercano estaba misterioso, en silencio.
Al mirar nuevamente hacia arriba, por un momento consideró no subir ese día, pero luego de dudar un rato decidió hacerlo igual. Hizo algo de ejercicio para calentar, revisó nuevamente su equipo, se calzó los “pie de gato”, y después de respirar hondo varias veces comenzó su ascenso en solitario. Apenas subió un poco se sintió muy concentrado y lleno de confianza. Cuando cruzó por el primer lugar donde debía colocar un fisurero para sujetar la cuerda que había anclado abajo, le pareció que aún estaba a muy poca altura.

Hizo lo mismo en el segundo punto, y en el tercero. Nunca se había considerado un temerario, y a veces hasta criticaba la escalada libre, pero ahora se sentía tan confiado que no le parecía una locura.
Ya había subido unos cien metros cuando colocó la primer sujeción. Apenas había pasado ese punto, repentinamente resbaló sin remedio, y al quedar pendiendo, el fisurero empezó a ceder, y aunque intentó aferrarse a la pared resbalaba en todos lados. ¡¿De dónde había salido aquella humedad?! No podía creer lo que le estaba pasando. La roca casi se pegaba a sus manos hasta hacía un momento, y ahora resbalaba como si estuviera enjabonada. 

Se arrepintió de haber subido, y de no haber colocado antes otros anclajes. Trató de buscar una solución. No la encontró, ya apenas estaba sujeto, sentía el chirrido del fisurero al zafar de la grieta. Iba a caer, a morir. Pensaba en sus familiares y sus amigos cuando una persona apareció desde arriba. Era alguien haciendo rápel. Cuando estuve a su lado vio que era una mujer:
—¿Necesitas ayuda? —le preguntó ella.
—¡Estoy a punto de caer! ¡El fisurero...! —dijo desesperadamente Pablo.
—Tranquilo. Primero agárrate de mí, así. Ya te tengo. Ahora déjame subir y colocar otro anclaje.
Ella se mostró muy tranquila. Aseguró mejor la cuerda que sostenía a Pablo y después bajó hasta su nivel:
—Ya estás seguro. Es raro como se fue zafando el que colocaste, pero a veces esas cosas pasan. ¿Bajamos juntos? Puedes seguir enganchado a mí. Estoy bien asegurada allá arriba.
Pablo hizo un gesto nervioso difícil de interpretar, pero la mujer pareció entender que él quería bajar. Por algún motivo todavía sentía que iba a morir. Esa sensación lo acompañó hasta que sus pies tocaron el suelo. Ella, sonriendo, le puso la mano en el hombro:
—¿Estás bien? —le preguntó.
—Sí, gracias a vos. Ya me creía muerto. ¡Puf! Que situación —le contestó Pablo, he hizo otra mueca indescifrable por el nerviosismo.

Recién ahí él la vio bien. La primer impresión que daba la mujer era la de ser muy joven, mas al observarla un poco mejor podía advertirse que cerca de sus ojos ya se iban formando algunas líneas. Tenía el pelo negro, y al sacarse el casco Pablo descubrió que lo usaba corto. Tenía un corte de esos que parecen desordenados, aunque a ella le quedaba muy bien. Era de cutis blanco, labios bastante voluptuosos y tenía los ojos negros. A Pablo le resultó muy bella. Su cuerpo era delgado pero con curvas bien definidas. La observó mientras se quitaba el arnés. Enseguida deseó haber sido mas valiente allá arriba. Sintió algo de vergüenza. Ella, como adivinando lo que él sentía, le dijo mientras metía sus equipos en una mochila:
—Estabas por caer pero lo aceptaste muy bien. Yo me hubiera puesto a gritar como una loca pidiendo auxilio. Por cierto, me llamo María.
—Yo soy Pablo, realmente un gusto conocerte. Te confieso que si no grité fue porque creí que no había mas nadie en la montaña. Bastante miedo que me dio. Si no hubieras llegado...
—Pero llegué, y a cualquiera puede pasarle. Mas esto es una pasión, y siempre volvemos, ¿no? Aunque ahora, francamente, verte así me ha quitado un poco las ganas de andar colgando ahí arriba. Si me pasara algo como a vos, ¡que horrible, no quiero ni pensarlo! —exclamó ella, estremeciéndose.
Después ella gritó algo hacia arriba produciendo un eco que resonó hasta en el bosque, y una voz de hombre le respondió desde la altura:
—¡Apártate de la base! ¡Ahí va la cuerda!
—¿Tú novio? —preguntó Pablo.
—¿Qué? ¡No! Es un compañero. —respondió María, frunciendo un poco la frente como si le desagradara la idea de ser novia de aquel que se encontraba en la altura. A Pablo le gustó eso.
—Ah. ¿Cuántos hay ahí arriba?
—Cuatro. Son dos parejas amigas.
—¿Y ellos no van a bajar ahora?
—No, lo van a hacer mas tarde. Ahora me voy. ¿Me acompañas hasta que salgamos del bosque? Es un poco inquietante.
—Claro. Yo también voy por ahí.

Y los dos avanzaron por el bosque cuyas sombras ahora eran atravesadas por rayos de luz. Él avanzaba sin apuro, y ella parecía que tampoco lo tenía. Pablo experimentó cierta angustia. Si no se le ocurría algo pronto se separarían y no la vería nunca mas. Pero no podía ser una invitación a escalar. A pesar de ver que estaba en el suelo y que sus pies iban aplastando musgo, todavía experimentaba la horrible sensación del vacío. No tuvo que pensar mucho porque ella misma le dio una idea:
—También practico senderismo. —comentó María.
—Que bien, es una buena actividad, y mucho mas segura que escalar —le aseguró Pablo.
—¿En serio? ¿Por qué lo dices? —le preguntó ella en broma. Y los dos lanzaron una carcajada, aunque la de él se apagó enseguida. Seguía asustado. Aquella era su oportunidad para invitarla a salir:
—Te debo un favor, uno bien grande —empezó a preparar su invitación Pablo—, tanto que nunca podría pagártelo del todo, pero por lo menos déjame que te invite a una caminata, yo llevo la merienda. ¿Qué dices?
—Acepto, mas no una sola caminata, varias, así pagas en parte lo que me debes ¡Jajaja!

María rió francamente, después lo palmeó en el hombro, como animándolo a reírse también. Él quedó algo serio porque al hablar de deudas recordó algo. Apenas salieron del bosque se encontraron frente al vehículo de Pablo. No se veía ningún otro por la zona.
—¿Quieres que te arrime a algún lado? —le preguntó él.
—No, gracias, mi camioneta está detrás de aquella loma. Y bien, ¿cuándo salimos?
—Si puedes este fin de semana... tú me avisas. Ah, pero cómo me vas a avisar si no te di mi número. 
Intercambiaron números y se separaron. Pablo calculó que la semana le iba a resultar muy larga pero fue todo lo contrario. Lo sorprendió un poco que el fin de semana llegara tan rápido. Después de esa caminata hubo otras, y le siguieron salidas a la ciudad, noches románticas...

Pablo sin embargo no se sentía muy bien. Le resultaba obvio que aquel accidente lo había afectado enormemente. De ser un hombre que podía estar a gran altura y mirar hacia abajo sin ningún problema, pasó a ser alguien que experimentaba algo de vértigo casi todo el tiempo. Aquel miedo al instante fatal, lo que sintió cuando escuchó al fisurero chirriar mientras se deslizaba fuera de la grieta, no lo abandonaba. Pensó que la compañía de María lo iba a aliviar al vivir junto a ella pero no fue así. Él estaba bastante seguro de que la amaba, aunque había algo en aquel sentimiento que no estaba bien, era confuso. Por las maneras de ella parecía demostrar que también lo amaba, sin embargo él no era feliz, porque detrás de aquellos gestos afectuosos y sus palabras, había algo mas, pero Pablo no sabía qué.

Su situación empeoró después. Ella empezó a notarse mas distante, mas fría. Pablo no se explicaba cómo ella tenía tantas cosas que hacer afuera. Y su existencia cuando estaba solo era deprimente. Que soledad mas honda lo invadía, que silenciosa quedaba la casa, la calle, y a veces sentía algo peor que el silencio, una especie de suspiro prolongado del viento en algún punto que no lograba identificar. En las ocasiones que él se ponía a pensar en eso llegaba a dudar de todo y observaba las cosas con atención, entonces el mundo parecía normal. ¿Qué era lo que andaba mal en su vida? Un día, cuando ella se estaba aprontando para salir, él le preguntó:
—¿A dónde vas?
—A dar unas vueltas con mis amigas.
—¿Tus amigas...? ¿Cuáles amigas?, tú no tienes amigas.
—Claro que sí, recuerda. ¿Qué te pasa? Bueno, me voy.
Y se despidió con la mano al abrir la puerta. Él se dejó caer en un sofá. “Sus amigas, ahora las recuerdo, pero ella no tenía amigas”, pensó muy confundido Pablo. Algo similar le pasaba seguido.

Primero se le ocurrió que estaba perdiendo la memoria, después se le ocurrió otra cosa, que ella a veces le metía recuerdos en la cabeza. Naturalmente, tras especular semejante idea se creyó loco. ¿Su experiencia en la altura había sido tan traumática como para enloquecerlo? No lo supo con claridad, solo estaba seguro que desde aquella vez ya nada era igual. Seguía reflexionando cuando ella apareció frente a él.
—¿Ya llegaste? —le preguntó Pablo.
—No, todavía estoy en la calle ¡Jajaja! Claro que llegué. Que imbecil.
—¿Cómo? ¿Me dijiste imbécil?
—Fue en broma —dijo ella, y arrojó descuidadamente su bolso sobre un sofá y se sentó de forma poco femenina. Él se sorprendió.
—María, ¿por qué te comportas así? No pareces la que conozco.
—¡La que conoces! ¿Quién te dijo a ti que me conoces? ¡Jajajaja! —echó la cabeza hacia atrás al reírse así—. Si me conocieras sabrías que soy “un espíritu libre”, que me junté con voz solo porque la pasaba bien. Pero no esperaba que te lo tomaras tan en serio. Parece que ni te has dado cuenta que nunca fuiste el único —le aseguró sin siquiera mirarlo, y torciendo un poco la boca demostrando estar fastidiada.
—¿Qué? ¿Es una broma? No tiene ninguna gracia. Por favor, no sigas, parece otra persona.
—No es broma. ¿Acaso no recuerdas todas las escusas tontas que te he dado? Vamos, eres un adulto —ahora ella lo miraba a los ojos, sonriendo—. De primera creí que no te molestaba que saliera con otros, pero ahora veo que no te dabas cuenta ¡Jajaja!
—Por favor, me estás matando con esas palabras. Ya no sé que creer, todo es tan confuso...
—Pobre ¡Jaja! Das tanta lástima como aquel día en la montaña —ella reía con clara malicia.
Pablo se cubrió el rostro. Había sido tan tonto, se sentía tan humillado. Deseó no haberla conocido nunca, y lo gritó:
—¡Ojalá nunca te hubiera conocido! ¡Cuanto deseo ahora que nunca me hubieras rescatado!
—Que así sea —dijo ella, y cuando Pablo retiró las manos de su rostro, María tenía una sonrisa aterradora.
De un instante a otro volvió a estar colgando en la pared de la montaña, y su anclaje estaba a punto de salir de la grieta. En su desesperación le había pedido ayuda al Diablo, y este siempre busca la forma de no cumplir lo que promete. Todo había sido una ilusión, sus recuerdos de María eran borrosos y vagos como los de un sueño. El fisurero chirrió por última vez y salió disparado de la grieta. 
Obra registrada en Safe Creative. Autor: Jorge Leal