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miércoles, 10 de junio de 2015

El Deseo


Como los ruegos a Dios no le estaban funcionando, Pablo pensó incluso en pedirle un favor al Otro, pues su vida pendía literalmente de un hilo. El fisurero que había colocado en la grieta de la roca había cedido y estaba por desprenderse. Pablo colgaba a mas de cien metros del suelo. Abajo lo esperaba la muerte. Le parecía que hasta su respiración aflojaba mas el fisurero, y era el único que había colocado. Un viento algo frío chocaba con la montaña y en alguna arista producía un silbido que ahora a Pablo le parecía una risita burlona que le lanzaba la montaña...


Ninguna fisura donde pudiera colocar un anclaje estaba al alcance de sus manos, y en la que estaba un poco mas arriba iba resbalando lentamente lo único que lo mantenía suspendido. Intentó encontrar algún apoyo para los pies pero para su desesperación la roca estaba muy resbaladiza, no entendía por qué.
Antes de eso, por la mañana, después de atravesar un bosque ensombrecido y silencioso, donde casi todo el tiempo sus pasos se hundían en un musgo muy verde, alcanzó al fin la base de la montaña. Mientras se quitaba la mochila miró hacia lo alto de la pared; esta se encontraba cubierta por la sombra de la montaña y se notaba que aún estaba humedecida por el rocío. Tenía que esperar.

Para matar el tiempo y porque estaba haciendo bastante frío, juntó un poco de leña en el bosque he hizo una pequeña fogata, y en ella preparó té. Esperaba que algún otro escalador se arrimara al lugar, mas pasaban los minutos y seguía solo. El bosque cercano estaba misterioso, en silencio.
Al mirar nuevamente hacia arriba, por un momento consideró no subir ese día, pero luego de dudar un rato decidió hacerlo igual. Hizo algo de ejercicio para calentar, revisó nuevamente su equipo, se calzó los “pie de gato”, y después de respirar hondo varias veces comenzó su ascenso en solitario. Apenas subió un poco se sintió muy concentrado y lleno de confianza. Cuando cruzó por el primer lugar donde debía colocar un fisurero para sujetar la cuerda que había anclado abajo, le pareció que aún estaba a muy poca altura.

Hizo lo mismo en el segundo punto, y en el tercero. Nunca se había considerado un temerario, y a veces hasta criticaba la escalada libre, pero ahora se sentía tan confiado que no le parecía una locura.
Ya había subido unos cien metros cuando colocó la primer sujeción. Apenas había pasado ese punto, repentinamente resbaló sin remedio, y al quedar pendiendo, el fisurero empezó a ceder, y aunque intentó aferrarse a la pared resbalaba en todos lados. ¡¿De dónde había salido aquella humedad?! No podía creer lo que le estaba pasando. La roca casi se pegaba a sus manos hasta hacía un momento, y ahora resbalaba como si estuviera enjabonada. 

Se arrepintió de haber subido, y de no haber colocado antes otros anclajes. Trató de buscar una solución. No la encontró, ya apenas estaba sujeto, sentía el chirrido del fisurero al zafar de la grieta. Iba a caer, a morir. Pensaba en sus familiares y sus amigos cuando una persona apareció desde arriba. Era alguien haciendo rápel. Cuando estuve a su lado vio que era una mujer:
—¿Necesitas ayuda? —le preguntó ella.
—¡Estoy a punto de caer! ¡El fisurero...! —dijo desesperadamente Pablo.
—Tranquilo. Primero agárrate de mí, así. Ya te tengo. Ahora déjame subir y colocar otro anclaje.
Ella se mostró muy tranquila. Aseguró mejor la cuerda que sostenía a Pablo y después bajó hasta su nivel:
—Ya estás seguro. Es raro como se fue zafando el que colocaste, pero a veces esas cosas pasan. ¿Bajamos juntos? Puedes seguir enganchado a mí. Estoy bien asegurada allá arriba.
Pablo hizo un gesto nervioso difícil de interpretar, pero la mujer pareció entender que él quería bajar. Por algún motivo todavía sentía que iba a morir. Esa sensación lo acompañó hasta que sus pies tocaron el suelo. Ella, sonriendo, le puso la mano en el hombro:
—¿Estás bien? —le preguntó.
—Sí, gracias a vos. Ya me creía muerto. ¡Puf! Que situación —le contestó Pablo, he hizo otra mueca indescifrable por el nerviosismo.

Recién ahí él la vio bien. La primer impresión que daba la mujer era la de ser muy joven, mas al observarla un poco mejor podía advertirse que cerca de sus ojos ya se iban formando algunas líneas. Tenía el pelo negro, y al sacarse el casco Pablo descubrió que lo usaba corto. Tenía un corte de esos que parecen desordenados, aunque a ella le quedaba muy bien. Era de cutis blanco, labios bastante voluptuosos y tenía los ojos negros. A Pablo le resultó muy bella. Su cuerpo era delgado pero con curvas bien definidas. La observó mientras se quitaba el arnés. Enseguida deseó haber sido mas valiente allá arriba. Sintió algo de vergüenza. Ella, como adivinando lo que él sentía, le dijo mientras metía sus equipos en una mochila:
—Estabas por caer pero lo aceptaste muy bien. Yo me hubiera puesto a gritar como una loca pidiendo auxilio. Por cierto, me llamo María.
—Yo soy Pablo, realmente un gusto conocerte. Te confieso que si no grité fue porque creí que no había mas nadie en la montaña. Bastante miedo que me dio. Si no hubieras llegado...
—Pero llegué, y a cualquiera puede pasarle. Mas esto es una pasión, y siempre volvemos, ¿no? Aunque ahora, francamente, verte así me ha quitado un poco las ganas de andar colgando ahí arriba. Si me pasara algo como a vos, ¡que horrible, no quiero ni pensarlo! —exclamó ella, estremeciéndose.
Después ella gritó algo hacia arriba produciendo un eco que resonó hasta en el bosque, y una voz de hombre le respondió desde la altura:
—¡Apártate de la base! ¡Ahí va la cuerda!
—¿Tú novio? —preguntó Pablo.
—¿Qué? ¡No! Es un compañero. —respondió María, frunciendo un poco la frente como si le desagradara la idea de ser novia de aquel que se encontraba en la altura. A Pablo le gustó eso.
—Ah. ¿Cuántos hay ahí arriba?
—Cuatro. Son dos parejas amigas.
—¿Y ellos no van a bajar ahora?
—No, lo van a hacer mas tarde. Ahora me voy. ¿Me acompañas hasta que salgamos del bosque? Es un poco inquietante.
—Claro. Yo también voy por ahí.

Y los dos avanzaron por el bosque cuyas sombras ahora eran atravesadas por rayos de luz. Él avanzaba sin apuro, y ella parecía que tampoco lo tenía. Pablo experimentó cierta angustia. Si no se le ocurría algo pronto se separarían y no la vería nunca mas. Pero no podía ser una invitación a escalar. A pesar de ver que estaba en el suelo y que sus pies iban aplastando musgo, todavía experimentaba la horrible sensación del vacío. No tuvo que pensar mucho porque ella misma le dio una idea:
—También practico senderismo. —comentó María.
—Que bien, es una buena actividad, y mucho mas segura que escalar —le aseguró Pablo.
—¿En serio? ¿Por qué lo dices? —le preguntó ella en broma. Y los dos lanzaron una carcajada, aunque la de él se apagó enseguida. Seguía asustado. Aquella era su oportunidad para invitarla a salir:
—Te debo un favor, uno bien grande —empezó a preparar su invitación Pablo—, tanto que nunca podría pagártelo del todo, pero por lo menos déjame que te invite a una caminata, yo llevo la merienda. ¿Qué dices?
—Acepto, mas no una sola caminata, varias, así pagas en parte lo que me debes ¡Jajaja!

María rió francamente, después lo palmeó en el hombro, como animándolo a reírse también. Él quedó algo serio porque al hablar de deudas recordó algo. Apenas salieron del bosque se encontraron frente al vehículo de Pablo. No se veía ningún otro por la zona.
—¿Quieres que te arrime a algún lado? —le preguntó él.
—No, gracias, mi camioneta está detrás de aquella loma. Y bien, ¿cuándo salimos?
—Si puedes este fin de semana... tú me avisas. Ah, pero cómo me vas a avisar si no te di mi número. 
Intercambiaron números y se separaron. Pablo calculó que la semana le iba a resultar muy larga pero fue todo lo contrario. Lo sorprendió un poco que el fin de semana llegara tan rápido. Después de esa caminata hubo otras, y le siguieron salidas a la ciudad, noches románticas...

Pablo sin embargo no se sentía muy bien. Le resultaba obvio que aquel accidente lo había afectado enormemente. De ser un hombre que podía estar a gran altura y mirar hacia abajo sin ningún problema, pasó a ser alguien que experimentaba algo de vértigo casi todo el tiempo. Aquel miedo al instante fatal, lo que sintió cuando escuchó al fisurero chirriar mientras se deslizaba fuera de la grieta, no lo abandonaba. Pensó que la compañía de María lo iba a aliviar al vivir junto a ella pero no fue así. Él estaba bastante seguro de que la amaba, aunque había algo en aquel sentimiento que no estaba bien, era confuso. Por las maneras de ella parecía demostrar que también lo amaba, sin embargo él no era feliz, porque detrás de aquellos gestos afectuosos y sus palabras, había algo mas, pero Pablo no sabía qué.

Su situación empeoró después. Ella empezó a notarse mas distante, mas fría. Pablo no se explicaba cómo ella tenía tantas cosas que hacer afuera. Y su existencia cuando estaba solo era deprimente. Que soledad mas honda lo invadía, que silenciosa quedaba la casa, la calle, y a veces sentía algo peor que el silencio, una especie de suspiro prolongado del viento en algún punto que no lograba identificar. En las ocasiones que él se ponía a pensar en eso llegaba a dudar de todo y observaba las cosas con atención, entonces el mundo parecía normal. ¿Qué era lo que andaba mal en su vida? Un día, cuando ella se estaba aprontando para salir, él le preguntó:
—¿A dónde vas?
—A dar unas vueltas con mis amigas.
—¿Tus amigas...? ¿Cuáles amigas?, tú no tienes amigas.
—Claro que sí, recuerda. ¿Qué te pasa? Bueno, me voy.
Y se despidió con la mano al abrir la puerta. Él se dejó caer en un sofá. “Sus amigas, ahora las recuerdo, pero ella no tenía amigas”, pensó muy confundido Pablo. Algo similar le pasaba seguido.

Primero se le ocurrió que estaba perdiendo la memoria, después se le ocurrió otra cosa, que ella a veces le metía recuerdos en la cabeza. Naturalmente, tras especular semejante idea se creyó loco. ¿Su experiencia en la altura había sido tan traumática como para enloquecerlo? No lo supo con claridad, solo estaba seguro que desde aquella vez ya nada era igual. Seguía reflexionando cuando ella apareció frente a él.
—¿Ya llegaste? —le preguntó Pablo.
—No, todavía estoy en la calle ¡Jajaja! Claro que llegué. Que imbecil.
—¿Cómo? ¿Me dijiste imbécil?
—Fue en broma —dijo ella, y arrojó descuidadamente su bolso sobre un sofá y se sentó de forma poco femenina. Él se sorprendió.
—María, ¿por qué te comportas así? No pareces la que conozco.
—¡La que conoces! ¿Quién te dijo a ti que me conoces? ¡Jajajaja! —echó la cabeza hacia atrás al reírse así—. Si me conocieras sabrías que soy “un espíritu libre”, que me junté con voz solo porque la pasaba bien. Pero no esperaba que te lo tomaras tan en serio. Parece que ni te has dado cuenta que nunca fuiste el único —le aseguró sin siquiera mirarlo, y torciendo un poco la boca demostrando estar fastidiada.
—¿Qué? ¿Es una broma? No tiene ninguna gracia. Por favor, no sigas, parece otra persona.
—No es broma. ¿Acaso no recuerdas todas las escusas tontas que te he dado? Vamos, eres un adulto —ahora ella lo miraba a los ojos, sonriendo—. De primera creí que no te molestaba que saliera con otros, pero ahora veo que no te dabas cuenta ¡Jajaja!
—Por favor, me estás matando con esas palabras. Ya no sé que creer, todo es tan confuso...
—Pobre ¡Jaja! Das tanta lástima como aquel día en la montaña —ella reía con clara malicia.
Pablo se cubrió el rostro. Había sido tan tonto, se sentía tan humillado. Deseó no haberla conocido nunca, y lo gritó:
—¡Ojalá nunca te hubiera conocido! ¡Cuanto deseo ahora que nunca me hubieras rescatado!
—Que así sea —dijo ella, y cuando Pablo retiró las manos de su rostro, María tenía una sonrisa aterradora.
De un instante a otro volvió a estar colgando en la pared de la montaña, y su anclaje estaba a punto de salir de la grieta. En su desesperación le había pedido ayuda al Diablo, y este siempre busca la forma de no cumplir lo que promete. Todo había sido una ilusión, sus recuerdos de María eran borrosos y vagos como los de un sueño. El fisurero chirrió por última vez y salió disparado de la grieta. 
Obra registrada en Safe Creative. Autor: Jorge Leal

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