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sábado, 13 de junio de 2015

El Ladrón

Mónica no quería pasar frente a aquellas celdas y sus prisioneros, pero órdenes son órdenes. Ya iba a cumplir con lo que le pidieron cuando un compañero policía que estaba en otro escritorio le recordó:

—No te olvides de dejar tu arma aquí. Y no pases muy cerca de las rejas. Cualquier cosa nos gritas. Hay un tipo peligroso. Ve con tu cachiporra en la mano, lejos de las rejas.
—Ah, sí. Gracias.
Aquellas advertencias no la tranquilizaron nada. Dejó su arma en un cajón y salió rumbo al fondo de la comisaría. Mónica hacía poco que era policía y aún se estaba adaptando. No entendía por qué le pedían justo a ella que revisara las celdas pudiendo hacerlo alguien con mas experiencia; pero en su profesión no se pueden cuestionar las órdenes, y para todo hay una primera vez, y ella ella quería ganarse el respeto de sus compañeros. Cuando los otros dejaron de verla avanzó lentamente por el pasillo. Mónica era pelirroja, con bastantes pecas en la cara pero era muy atractiva. Ya se imaginaba las barbaridades que le iban a decir los que estuvieran encerrados, y todavía uno era peligroso. Recordando lo de alejarse de las rejas, alcanzó la primer celda; estaba vacía...


Mónica respiró hondo. La mano que sostenía la cachiporra le sudaba, la otra también pero no lo notaba tanto.

En la segunda celda había alguien durmiendo en la cama. Por lo profunda e inquieta de su respiración se notaba que era un borracho. Llegó a la tercer celda, la última. Un tipo de pelo negro y despeinado estaba sentado en la cama y se cubría la cara con las manos. Cuando él notó que lo observaban retiró las manos de la cara y sus ojos se encontraron con los de Mónica. A ella no le pareció que fuera un tipo peligroso sino todo lo contrario. Se notaba que había estado llorando. Era un sujeto joven, muy delgado, y no tenía una apariencia desagradable. El joven enseguida bajó los ojos, claramente avergonzado por su situación, pero después se irguió, como quien se da cuenta de algo:

—¿Tengo que ir a algún lado? —preguntó el joven.
—No, solo estoy revisando que todo esté bien por aquí —le contestó ella.

Él volvió a bajar la cabeza y ella se marchó. Allí no había ningún tipo peligroso. Sus compañeros le habían jugado una broma. Ellos esperaban expectantes su regreso. Cuando la vieron se echaron a reír. El que le había hecho las advertencias le dijo:

—Todos pasamos por lo mismo, es una tradición aquí ¡Jaja!
—Con que un tipo peligroso... Y yo me la creí. Buena broma.
—Ahí solo hay un borracho que levantamos esta mañana porque estaba durmiendo en la calle, y un pobre infeliz que agarraron robando una manzana de un cajón. Por eso te mandamos, sabíamos que no iba a pasar nada.
—Bien, ya basta de bromas —dijo el comisario—. A trabajar.

Mónica volvió a su pequeño escritorio. Trató de concentrarse en el papeleo que tenía enfrente pero no podía dejar de pensar en el muchacho. Era nueva en aquel oficio mas ya podía reconocer la mirada de un criminal de la de alguien que no lo es. El sujeto de la celda demostraba arrepentimiento, y ninguna persona mala se arrepiente por robar una manzana. Él además sentía vergüenza, lo que indicaba que aún no perdía su dignidad. Con la crisis en la que estaba sumido el país no era raro que gente buena fuera a parar a la cárcel. “Pobre, debía andar con hambre”, pensó ella. Después se reprochó por estar considerando al tipo aquel habiendo tantos hombres en el mundo. Aquel era un detenido y ella una policía. Si el tipo seguía en la misma situación tal vez tendría que arrestarlo ella misma algún día. ¿Pero y si alguien lo ayudaba? Mas después concluyó que no podía ayudar a todos los que cayeran allí. Luego se dio cuenta de que no le importaban todos, le importaba aquel.

Se sintió algo sorprendida. Solo lo había visto un momento, ¿por qué la había impresionado tanto? ¿Acaso le robó el corazón en un instante? Estaba tan absorta en sus pensamientos que tuvo que revisar un papel que acababa de rellenar porque no recordaba qué había hecho. Había cometido varios errores, necesitó usar el borrador. Pasaron las horas y la comisaría siguió con su rutina de gente que llegaba con problemas, policías haciendo mil preguntas, papeles que rellenar o pasarlos a la computadora, el radio informando una cosa u otra, y oficiales que salían o regresaban. A la hora de la merienda le pidieron que fuera a traer la de todos.

Hizo una lista de lo que querían y salió a comprarla. Era el trabajo extra que debía realizar el mas nuevo allí. Al salir descubrió que el día estaba nublado y cada tanto soplaba un viento bastante frío. Pensó entonces en lo fría que debía ponerse aquella celda cuando cayera la noche, y en lo mal que iba a pasarla el muchacho. Concluyó que así sería, porque a esa hora ya ningún juez lo iba a atender. En teoría siempre hay un juez, pero en la práctica para casos así depende de la hora, y a veces del día, y una jornada como aquella ninguno se iba a molestar. Teniendo en cuenta eso compró un sándwich de mas con su dinero. Por lo menos que comiera algo para aguantar mejor la noche.
Volvió a la comisaría. Sus compañeros enseguida se abalanzaron sobre sus pedidos, y después cada uno se alejó hacia su escritorio. Ella se plantó donde estaba el comisario, y tras pedir permiso le preguntó:

—¿Le van a dar algo a los detenidos?
—¿Quién es usted, la Madre Teresa? ¡Jaja! —se burló el comisario mientras desenvolvía un emparedado—. El borracho quién sabe a qué hora se va a despertar, y cuando lo haga puede irse; al otro, si quiere darle algo de lo suyo, está bien. Me parece que es a ese al que usted quiere llevarle algo, ¿no? Pero le aconsejo que no le conviene a usted ablandarse con los detenidos. —le aconsejó antes de morder su emparedado.
—Gracias, comisario. Supone bien usted. Lo que sucede es que me resultó conocido, y después, pensando recordé que lo era. Es un compañero de estudio de mi hermano, sé que iba a la casa y todo, así que mas bien es un amigo. Y si mi hermano se entera que su compañero estuvo aquí... —le mintió Mónica. Ella sabía cómo pensaban los policías, y que los favores a conocidos son permitidos.
—Ah, hubiera empezado por ahí. No parece mala gente ese tipo, solo debe estar pasando por una mala racha. Vaya nomás, y de paso se fija si el borracho se despertó.

Mónica lo saludó como hacen los policías, se dio media vuelta y se alejó sonriendo levemente. Como era mujer subestimaban su inteligencia. Si ella quería también sabía manipular. Tomó el sándwich extra que compró y enderezó hacia las celdas. El borracho seguía profundamente dormido. El muchacho se puso en pie cuando la vio, algo alarmado.

—Esto es para vos —le dijo Mónica.
—Muchas gracias —le expresó él, tomando con las dos manos el bulto.
—Y dime, ¿cómo te llamas?
—Daniel. Daniel Peralta —se apresuró a corregir. Evidentemente respetaba la autoridad que representaba ella.
—Yo me llamo Mónica. Mira, esto te lo traje por cuenta mía, porque se ve que eres buena gente. Tuve que decir que te conocía, que eras un amigo de mi hermano, así que si te preguntan...
—Soy amigo de su hermano. Le agradezco enormemente esto, y puede estar tranquila.
—No es nada. Solo trata de no volver mas aquí. ¿Está bien?
—Sí, oficial. Gracias.

Mónica se alejó para que Daniel comiera tranquilo. Lo escuchó abrir ansiosamente el papel que envolvía el sándwich. Ella regresó a su trabajo sintiéndose muy bien. Se estaba arriesgando al confesarle a él que había mentido pero confiaba en su palabra. Ahora había confirmado su suposición; el muchacho era buena gente. Se le ocurrió mas tarde que su pequeña mentira podía ayudarla incluso en el futuro si llegaba a relacionarse con Daniel, y eso deseaba con todas sus ganas ahora. Sus compañeros tarde o temprano se iban a enterar, mas cuando eso sucediera saltaría el chisme del comisario y todos creerían que lo conocía desde antes de su arresto. Esa era una historia mucho menos rara; una muchacha se impresiona con el amigo de su hermano, después ese amigo pasa por una mala racha y termina justo en la comisaría donde ella trabaja, y esta aprovecha la oportunidad que le da el destino. Una linda historia romántica. A esa altura de los acontecimientos Mónica ya estaba decidida. Afuera había muchos hombres, pero el de ella estaba allí. Le había robado el corazón con solo una mirada. El resto de la jornada pasó rápido. Se fue de la comisaría con algo de pena. Al otro día regresó bastante ansiosa. Apenas se estaba acomodando cuando el comisario le dio una noticia que le cayó como un balde de agua fría.

—Esta mañana quedó libre tu amigo, el de tu hermano —le dijo el comisario.
—Ya, ¿ya es libre? Que bueno, me alegro por él —ella hizo un esfuerzo enorme para sonreír.
—El comerciante afectado se arrepintió y no presentó cargos. Aunque lo hubiera hecho igual no iba a pasar nada. Solo por una manzana...
—Claro, solo fue una manzana. Que bueno por él. Gracias por avisarme, comisario.

Mónica quedó embargada por varios sentimientos. En parte se alegraba por el muchacho, pero a la vez se sentía triste por no haber podido hablarle mas. Pensó que probablemente no lo volvería a ver. “Solo sé su nombre...”, al pensar eso se sintió algo tonta también. Por un momento hasta ella se había subestimado. Si quería podía saber sus datos fácilmente, solo debía mirar el fichero. Consideró prudente esperar el momento oportuno. Si la descubrían podía inventar alguna excusa que se la creerían con facilidad. Ahora le servía ser la nueva. Mientras hacía su trabajo permaneció atenta a todo. Ese día se había presentado muy ajetreado. En la comisaría había un murmullo continuo. Cada tanto miraba disimuladamente el archivador donde estaban los papeles.

Tanta precaución y vigilancia al final le resultaron inútiles; los papeles llegaron a ella sin que hiciera nada. A un compañero de dedos lentos para la computadora se le estaba acumulando el trabajo, y para aliviarse un poco los compartió con la nueva. La suerte le sonreía. Anotó la dirección donde él vivía en un papel y se lo guardó en el bolsillo. Lo había conseguido. Solo le faltaba inventar una excusa para ir a su casa. Nunca había tomado la iniciativa con un hombre, pero ahora estaba dispuesta a hacerlo. Lo primero que se le ocurrió fue darle un trabajo. Le vino a la mente el fondo de su casa. Porque a ella le faltaba tiempo y porque no confiaba en cualquiera para que le hiciera aquel trabajo, su fondo había sido tomado por varios tipos de malezas y hasta algunos arbustos. Calculó que sería una tarea como para tres días.

Pero mas que conquistarlo lo que ella quería era saber si él también sentía algo por ella, si no era así no le interesaba. No quería meterse en una relación con un amor no correspondido pues después sería peor. Esa jornada le pareció que transcurrió lentamente. Por fin llegó la hora de irse a su casa. El día ya estaba terminando pero el sol aún luchaba contra unas nubes y lograba iluminar el paisaje otoñal con sendos rayos dorados. Ya en su hogar se cambió rápidamente y apenas lo hizo salió en su pequeño auto rumbo a la dirección de Daniel. Llegó cuando las luces de la ciudad ya se habían encendido. Revisó el papel donde había escrito la dirección. Aquella tenía que ser la casa. La vivienda era humilde y bastante pequeña pero tenía un frente bien arreglado con un hermoso jardín. Le agradó el jardín pero eso le generó una duda, ¿había alguna presencia femenina allí? El terreno tenía un portón de maderas muy viejas. Mónica golpeó las manos. Daniel apareció al abrirse la puerta y se notó la sorpresa en su cara, mezclada con algo de alegría, mas enseguida quedó serio.

—Buenas noches —saludó Mónica—. No sé si me reconoces sin uniforme...
—Claro que la reconozco, Mónica. ¿Viene por algún asunto de la comisaría? —preguntó él, bajando el tono, algo preocupado.
—No, no, nada que ver. Te busqué porque necesito que alguien me haga un trabajo. Pero no te sientas obligado ni nada, y por supuesto, te voy a pagar. No sé qué piensas...
—Claro que quiero un trabajo. Pase.
—Lindo jardín —observó Mónica.
—Gracias. Está algo deslucido por el otoño pero lo mantengo lo mejor que puedo. Era de mi madre y quiero conservarlo así. Todas esas plantas las plantó ella, y yo la ayudaba.
—Que bien. Mi terreno está hecho un desastre, y justamente ese es el trabajo que quiero que hagas —le comentó Mónica, feliz por dentro, porque aquello seguía confirmando lo bueno que era él, y disipaba en parte la duda sobre una presencia femenina.
Adentro estaba iluminado con velas. Era todo muy humilde pero estaba ordenado y limpio. Él le arrimó una silla y se sentó frente a ella:
—Usted disculpe la iluminación. Me cortaron la luz hace un par de semanas. Quedé sin trabajo hace un buen tiempo ya, y con esta crisis apenas consigo algunos ocasionales. Pero creo que pronto me va a salir algo bueno. Por lo menos todavía tengo agua —le dijo Daniel, tratando de explicar a la vez por qué andaba mal.
—Sé bien como está la cosa. Esperemos que pronto el país mejore. Me imaginé que te estaba sucediendo algo así, porque se nota que eres buena gente. Y una cosa, no me sigas tratando de usted, que hasta soy menor que vos, y que yo sepa no parezco una policía mala, ¿no?
—No, todo lo contrario, no sabía que había policías tan amables, y bonitas... por eso me dio vergüenza cuando me vio allí —Daniel volvió a bajar la voz y bajó también la mirada—. Lo que hice fue una tontería. Con algún trabajo y la huerta que tengo en el fondo me voy manteniendo bien, pero ayer por la mañana, al pasar frente a los cajones de manzanas me dio ganas de comer una y, fue como un impulso, no lo pensé. Pero no, igual no tengo excusas, no debí hacerlo y ya. Mas te aseguro que estoy tremendamente arrepentido.

Ante las luces de las velas en los rostros de los dos crecían o se empequeñecían sombras con cualquier pequeño movimiento, pero los ojos les brillaban por la emoción que sentían. Él había estado pensando en Mónica, y sus pensamientos se habían encausado hacia conclusiones mucho mas amargas que las que tuvo ella, pues pensó que su gesto con él solo había sido por lástima. Pero ahora ella estaba allí, por lo tanto calculó que debía ser algo mas.

—No fue nada —quiso restarle importancia Mónica—. A veces cuando paso por un mercado hasta a mí me tienta tomar una así ¡Jaja! Y es mas, te confieso que, cuando era estudiante, una vez pasé junto a una compañera y lo hice, en serio —mintió Mónica. Ella solo quería que él se sintiera bien.
—Gracias por tu intención de aliviarme la pena —dijo Daniel, que se había dado cuenta de las intenciones de ella—. Sabes, está funcionando, porque ahora que lo pienso, de no haber hecho esa tontería no te hubiera conocido. ¡Oh! Creo que hablé de mas. Disculpa, yo...
—No te disculpes, me siento alagada —lo interrumpió ella—. Yo también me alegro de haberte conocido.
Entonces los dos hicieron silencio y se estudiaron con la mirada. Después ella empezó a reírse como una chiquilla y él también. Ambos estaban felices.
Daniel consiguió trabajo unos días después. Y cuando en la comisaría se enteraron del romance, tal como ella supuso, el comisario comentó que ya se conocían, y eso hizo que los chismosos dejaran de hablar enseguida.
http://www.safecreative.org/work/1506124320127-el-ladron   

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