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martes, 23 de junio de 2015

La Mordida Del Amor

Cupido suele actuar de forma misteriosa, y también tiene su lado cruel. Toparse con el amor es una cosa, llegar a alcanzarlo es otra. Y ese pícaro alado se aleja apenas logra el primer acercamiento; luego hay que tener mucha suerte, y a la suerte hay que ayudarla, porque dos personas pueden quedar “flechadas” pero a veces no llegan a tener una relación. Y los obstáculos en algunas ocasiones no están ahí afuera sino dentro de nosotros. Pero cuando nos liberamos de ellos, a veces Cupido regresa a sonreírnos.

Claudio iba rumbo a la cochera cuando recordó que el auto estaba en el taller. Salió a la calle bastante fastidiado por eso. Se convenció que estaba atravesando una verdadera racha de mala suerte. Mas a pesar de todo, como la tarde estaba tan radiante y el tiempo le daba de sobra para llegar a al trabajo, se entregó a la caminata olvidándose momentáneamente de sus problemas...


Era primavera. El sol estaba algo fuerte pero lo refrescaba cada tanto una brisa que venía cargada de los perfumes que madura esa estación; y esos aromas lo hacían voltear hacia algún terreno donde había algún naranjo con sus azahares o un duraznero en flor. Se desvió levemente de su camino para tomar una avenida que dedujo estaría mas agradable incluso. No se equivocó. Los árboles que se alzaban por todo el largo de la avenida estaban cargados de flores y daban bastante sombra a los caminantes que paseaban en ella. Los pocos automovilistas que circulaban por allí iban con las ventanillas abiertas, aprovechando el frescor perfumado que regalaban los árboles.

Los paseantes inevitablemente volteaban cada tanto hacia las ramas floridas que se agitaban con la brisa, y alguna que otra señora no resistía la tentación, y estirando el brazo arrancaba una rama con una sonrisa de niña traviesa. Los días así la gente pasa hablando de cosas alegres, porque nuestro entorno nos influencia mas de lo que creemos. A Claudio lo influenció quitándole las pocas ganas que tenía de ir al trabajo. Pensó que sería mejor estar en una plaza, sentado a sus anchas en un banco, simplemente viendo a la gente pasar. Tal vez así se le iría la amargura que le había ocasionado su reciente ruptura con Estela.

Claudio ya tenía veintiocho años, y aunque a todos sus conocidos les decía ser un soltero muy feliz, pues ciertamente relaciones no le faltaban, de a poco iba sintiendo que en su vida faltaba algo; pero aún no quería admitir que experimentaba la ausencia de un verdadero amor. Él había ponderado su libertad por mucho tiempo, mas ahora comenzaba a intuir que esta no era lo que parecía. En el amor, muchos han puesto por encima a su libertad y su independencia, para luego descubrir, tarde ya, que esas dos eran aliadas de la soledad.

Compensaba la solitaria rutina de los días laborales con fin de semanas de parranda y copas. Sus relaciones duraban desde una noche, semanas o unos pocos meses. Y últimamente cada separación le dolía mas, no tanto por la ruptura en si, sino por el período de soledad que seguía a esta, aunque este fuera muy corto. Pero se consolaba pensando que otros estaban mucho peor y que la mayoría de los casados tampoco son felices. Y casi siempre terminaba concluyendo que así estaba bien. Caminaba y pensaba en todo eso cuando su celular sonó en el bolsillo, lo que lo hizo estremecerse un poco. Era el número de un amigo, contestó sin dejar de caminar:

—Hola, ¿Marcelo? —preguntó Claudio.
— Sí. ¿Y, cómo andas?
—Bien, gracias, ¿y vos?
—Bien. Eh, Claudio, me enteré que te separaste.
—Sí, pero no lo llamaría una separación, porque eso le da mas importancia a lo que era. Si la relación duró bastante fue por sus encantos ¡Jeje!
—Creí que la cosa iba en serio.
— No, no, nada que ver. Me llevaba bien con ella sí, pero no pasaba de eso.
—Menos mal entonces. Si yo me separara de Romina... No quiero ni pensarlo.
—Sí, vos ya la quedaste, pero lo mío es diferente. ¿Ustedes cuánto hace que están juntos?
—Tres años.
—¿Tanto? ¿Y el casamiento? ¡Jajaja! ¡Ahhh...! ¡Ah, la m...a...!
—¿Qué te pasó?
—Me mordió un perro. Pero no es mucho, después te llamo.

Claudio caminaba tan distraído que se acercó demasiado a un pastor alemán que iba acompañando a una muchacha. Apenas sintió la mordida en la pierna se apartó de un salto. El perro quedó nervioso, avanzando y retrocediendo un paso, mas no parecía agresivo. La muchacha que iba con el se mostró muy angustiada pero sus ojos no se enfocaban en Claudio ni en el perro; ella era no vidente, mas escuchó lo que había pasado y comprendió la situación. No llevaba lentes oscuros pero él se dio cuenta enseguida por el bastón que empuñaba y por la mirada, y comprendió que la imprudencia fue suya, y deseó no haber dicho aquella palabra.

—¿Mi perro lo mordió señor? —preguntó ella, afligida. No sabía que tan grave era la mordida.
—Sí, pero fui yo que me acerqué mucho. Iba distraído hablando por celular y, no sé, de repente lo vi y ya estaba muy cerca.
—¿Es muy grave la mordida? ¿Dónde fue? 
—No es muy grande, fue en la pierna y... ¡Ah! Fue mas grande de lo que yo creí.

Le había rasgado en V el pantalón un poco por encima de la rodilla, y en la piel tenía dos líneas moradas que se juntaban en una herida que le sangraba bastante. Fue una mordida de lado y solo dos de los colmillos habían hecho el estrago, lo que resultó peor pues la fuerza de la mandíbula del perro se concentró ahí. Claudio se había sorprendido bastante, por eso no pudo evitar decir aquello y preocupar mas a la muchacha.

—¿Quiere un pañuelo? ¡Sultán, tranquilo!
—No, gracias. Se va a manchar de sangre.
—No importa, es lo menos que puedo hacer ahora. Tómelo.

El pañuelo de ella se veía muy limpio, sin uso, en cambio el de él hacía tiempo que lo tenía en el bolsillo, así que aceptó el ofrecimiento. Ella estiró el brazo hacia la voz y él se estiró mas para acercarse lo menos posible al perro, que ahora estaba sentado pero lo miraba con algo de desconfianza. La cara de la muchacha era ahora una mueca de nerviosismo. A pesar de eso a él le pareció que era extremadamente bella. Quiso consolarla:

—No te aflijas que al final parece que no era tanto. Mas bien raspó la piel, pero como salía sangre pensé que era mas.
—¿Quiere que le de un número de teléfono, para la denuncia? —a lo último ella bajó la voz. Era obvio que temía lo que le pasara al perro si se hacía una denuncia—. Él nunca había hecho algo así antes, está entrenado, y tiene todas las vacunas —aseguró la muchacha. Se le escapó una lágrima y rodó por una mejilla color canela clara, otra fue contenida por la mano.
—No voy a hacer ninguna denuncia, tranquila.
—Pero si tienen que atenderlo le van a preguntar —objetó ella, muy a su pesar.
—Les digo que fue culpa mía y ya, que era un perro guía y yo me acerqué demasiado, que fue lo que pasó. Tranquila.
—Muchas gracias. Sultán es una gran ayuda para mí, y él no es malo.
—Claro que no, es mas, ya me está mirando con cara buena. Sultán, ¿quieres ser mi amigo?
El perro lo miró girando la cabeza hacia un lado y luego hacia el otro, con una mirada algo juguetona, y después levantó una pata delantera.
—Me ofreció la pata —dijo Claudio—. Ya somos amigos. No ha pasado nada.

Ella se enjuagó otra lágrima y suspiró hondo, aliviada, y después sonrió. Él la había observado muy bien mientras hablaban. Ella tenía un cuerpo atlético y un busto bastante grande. Solo eso llamaría la atención de cualquier hombre, pero Claudio hallaba algo mas en su belleza, en su rostro. Sentía una corriente sutil de energía entre él y ella. Nunca había experimentado algo así antes pero enseguida supo que aquello era amor a primera vista. Inmediatamente le surgió una duda, ¿acaso ella podía sentir lo mismo aunque no lo viera? No dudaba de que ella pudiera amar a alguien si el amor le llegaba de una forma mas común, luego de tratar un tiempo a una persona, ¿mas sentiría aquella sensación que él ahora experimentaba con fuerza? Le pareció que un alma no puede depender de la vista, pero no podía estar seguro. Como esas dudas lo dejaron sin palabras, cuando ella se despidió no se le ocurrió otra cosa y se despidió también. Y después de mirar hacia atrás varias veces siguió rengueando por la calle.
El dolor de la herida empezó a hacerse punzante. Al llegar a su trabajo se cruzó con el director de la oficina; este al verlo renguear inmediatamente bajó la vista hasta el pantalón roto donde asomaba la herida.

—¿Y eso, te accidentaste? —le preguntó el director.
—Podría decirse que sí. Me mordió un perro.
—¡Pero que cosa! —exclamó el hombre, y sosteniéndose los lentes se inclinó para ver mejor—. Eso no se ve nada bien. Vamos que te llevo al hospital inmediatamente. Pero que cosa...
Claudio hubiera preferido no ir, pero como le estaba doliendo bastante tuvo que seguirlo. No quería que el temor de la muchacha se hiciera realidad. Tenía que mentir un poco. Le dio resultado, no insistieron mucho, mas no pudo librarse de varias inyecciones. Regresó a su casa en taxi, con órdenes de no ir al trabajo por lo menos por un par de días. Ya en su hogar se acomodó lentamente en su sofá preferido. Ahora tenía unos puntos de sutura en la pierna, un zona violeta que comenzaba a extenderse, varios pinchazos en el cuerpo, y se había enamorado de alguien que probablemente no vería nunca mas. Sonrió amargamente. Aquella jornada no podía terminar de otra forma.

Como todavía no se rendía se puso a evaluar fríamente su situación. Ella lucía en muy buena forma, y ante la mordida se sorprendió por la actitud del perro; eso le indicaba que caminaba mucho con él. Aquel no era un paseo casual, era su caminata diaria. Claudio recorrió mentalmente todo el largo de aquella avenida y concluyó que era el lugar ideal para una persona así, por lo tanto encontrarla de nuevo allí no era algo imposible. Después arrugó la frente al pensar que ella aunque caminara por el lugar todos los días podía variar la hora. De todas formas sus chances no eran pocas. Y si la encontraba de nuevo, ¿qué iba a hacer? ¿Podría ella interesarse por un completo desconocido, por una voz en la calle? Comprendió que no podría saberlo. Su imaginación no llegaba tan alto. Y además podía ser que ella ya tuviera pareja. Se imaginó que probablemente era algún allegado, algún conocido que se ganó su corazón de a poco. Que probabilidades podía tener él, la voz en la calle. Miró el pañuelo que ella le di; se le ocurrió conservarlo pero estaba muy ensangrentado.

Con todo eso dando vueltas por su mente se dio cuenta de que no sabía su nombre, aunque sí el del perro. Volvió a sonreír amargamente. Lo impresionó tanto que esa noche soñó con la avenida, la muchacha y el perro. Entonces en ese encuentro habló mucho mientras ella lo escuchaba sonriendo, y así le declaró sus intenciones, y, ¡ella también sentía lo mismo! Y caminaron y caminaron por la avenida. De pronto despertó a la amarga realidad y se encontró solo en su habitación. Le dieron ganas de llorar pero no pudo hacerlo, y después de un rato con esa angustia le quedó la garganta “anudada” y un pesar en el pecho.

Sus dos días de reposo fueron un fastidio. Ningún partido de fútbol le parecía interesante, y hasta soportó un par de películas románticas. Caminando en el fondo de su terreno pensó que aquel sería un buen lugar para tener una familia, y que había espacio de sobra hasta para Sultán. Luego se consideró masoquista. Por qué pensar en algo que lo mas probable era que no sucediera. En su interior había una lucha: una parte quería olvidarse del asunto, la otra le gritaba que no se rindiera, que había chances. Sintió algo de alivio al volver al trabajo y ocupar su mente en otra cosa. Fue en taxi pero le pidió al conductor que tomara la avenida. No la vio. Al otro día fue a pie. La pierna ya apenas le molestaba. La tarde se presentó tan hermosa como la de aquel día. Eso le dio esperanzas. Pasaron muchas personas por él mas no la que esperaba. Cuadra tras cuadra con la esperanza puesta en las siluetas que aparecían allá adelante. Durante la tarde siguiente, lo mismo.

Llegó el fin de semana. Ya algo cansado de sentir aquella expectativa decidió salir para que la noche volviera a encausarlo en su anterior vida. Reconocía que desde aquel encuentro ya nada era igual pero confiaba en el poder de las copas y un perfume de mujer. Fue a un baile y se sentó frente a la barra del local. Cada tanto giraba hacia la pista. No tenía ganas ni de estar allí. Se concentró en la bebida. Ya era muy tarde cuando miró hacia un costado y se topó con una sonrisa de mujer. Conocía muy bien aquel juego y enseguida supo que no se iba a ir solo. 

Después de invitarle una copa salieron a la pista. Ella meneaba sus caderas bajando y subiendo lentamente al ritmo de la música. Era rubia y dijo que se llamaba Pamela. A Claudio le pareció que era un nombre falso. Aquello iba a durar solo una noche. Él se esmeraba por sonreír mientras bailaba pero no estaba disfrutando como otras veces.
De pronto, entre toda la gente que se movía le pareció ver un rostro color canela claro. Sus sentidos se aguzaron de repente. Se dio cuenta después de que con aquella luz no podía distinguir bien un tono de piel, que la vista lo había engañado, pero de todas formas siguió buscando. ¿Pero qué podía hacer aquella muchacha en aquel lugar? Había demasiada gente. Dio con la morena al fin pero no era la que él buscaba. Pamela le había dicho varias cosas de cerca pero no había entendido ninguna, solo asentía con la cabeza. Luego de varias piezas ella acercó la boca al oído de Claudio y le dijo:

—¿Quieres ir a otro lugar?
—Bueno, vamos —le contestó él. Y se abrieron camino entre la gente tomados de la mano.

Salieron del club. La noche se había presentado bastante fría. Ella se pegó a su lado y así siguieron por la calle. Allá iba hacia otra relación fugaz. Claudio conocía a tipos que le doblaban la edad y seguían con aquel estilo de vida. Él durante mucho tiempo pensó que era como ellos, ahora sabía que no era así. Miró de reojo a la mujer que iba a su lado. Ella hablaba y hablaba de una tontería sobre un grupo que habían escuchado en el club. Al imaginarse lo que iba a suceder en el motel hacia donde se dirigían, Claudio descubrió algo con asombro: no sentía nada. Si seguía se iba a exponer a un papelón. Decidió cortar el asunto allí. Se detuvo y empezó a mentirle:

—Mira, Pamela, sabes, tengo una relación complicada y, estamos en un período de separación por eso yo salí pero...

Pamela se cruzó de brazos y miró hacia un costado antes de interrumpirlo:

—¿Me estás dejando plantada, es eso? —dijo con enojo. Y enseguida le echó una mirada despectiva—. Pues bien, vuelve con tu noviecita si quieres. Yo regreso al club.
—Lo siento, disculpa.
—Sí, como sea.

Ella regresó sobre sus pasos y él siguió. No creyó que aquello que le estaba sucediendo  fuera a pasar de aquella noche, de esa situación. Reconoció que después de todo eso era lo mejor. Para qué caer en otro romance efímero. ¿Romance? Ni a eso llegaban. Mientras se encaminaba a su casa decidió seguir intentando encontrar a la única que le interesaba ahora. Si pasaban los días y no la hallaba, mala suerte, por lo menos lo había intentado. Esa noche durmió tranquilamente a pesar de estar solo.

Llegó el lunes y con ese nuevo día surgieron nuevas esperanzas. Salió temprano rumbo a su trabajo, a pie y yendo por la avenida de árboles floridos. Claudio iba con buen ánimo aunque el día intentaba ensombrecerle los pensamientos. En el cielo gris se amontonaban desordenadamente pequeñas nubes, como si un coloso hubiera despedazado el cielo, y soplaba un viento bastante fresco que por momentos se volvía ventarrón, y en la vereda se acumulaban incontables flores que este había arrancado. Ya algo pisoteadas y marchitas las flores desprendían un perfume que pronto dejaría de ser agradable. Los árboles de la avenida se sacudían como inquietos por la pérdida de sus adornos y algunos protestaban aullando desde sus copas. Los pocos caminantes que andaban en el lugar parecían impresionados por el clima, y cada tanto alzaban la vista rumbo a los nerviosos rebaños de nubes que tramaban algo allá arriba. Claudio creyó que un día como ese no tenía chances de encontrarla.

De pronto, allá adelante, una mujer con un perro. Sintió una oleada de alegría que le recorrió todo el cuerpo. ¡Era ella! Después de un momento de emoción pensó que debía calmarse. Ella estaba cada vez mas cerca. Sultán lo reconoció de lejos y empezó a seguirlo con la mirada; y cuando iban a unos pocos pasos de distancia su dueña empezó a sonreír levemente. Cuando estaban por cruzarse Claudio dijo:

—Sultán, no me vas a morder de nuevo, ¿no? ¡Jaja! —el perro meneó la cola.

Al escuchar esas palabras ella sonrió ampliamente y se detuvo. Para Claudio el mundo desapareció por un instante y lo único que percibió fue aquella sonrisa, y lo único que su mente procesó fue lo que significaba la sonrisa. ¡Ella se alegraba de encontrarlo de nuevo! Después su voz le pareció la mas dulce, aunque sonaba algo diferente, mas nasal:

—¡Hola! ¿Cómo estás? —le preguntó ella—¿Y tu pierna? ¡Sultán, sentado!

Otra buena señal, lo estaba tuteando. Se sentía cada vez más feliz.

—Hola. Ahora muy bien, ¿y tú? —respondió francamente Claudio.
—Bien, gracias.
—Mi pierna está mucho mejor, ya no siento nada, y la herida casi desapareció. Por cierto, me llamo Claudio.
—Yo me llamo Graciela. Ahora ando bien pero estos días estuve bastante resfriada pero ya se me pasó. Me alegra que no haya sido mucho la mordida. Quedé preocupada, es que pensé, el muchacho está pasando un mal momento y todavía mi perro lo muerde.
—¿Cómo sabías que...? ¡Ah! Lo escuchaste ¡Jaja! —Claudio se acercó mas a ella; el perro seguía sentado esperando una nueva orden de su dueña.
—Ahora seguro piensas que soy una metiche, disculpa. No sé porque dije eso último, yo...
—No tienes que disculparte, el que iba hablando fuerte fui yo, es que no era nada secreto.
—Mi mundo mayormente es de sonidos, y a veces escucho lo que no debo —aclaró Graciela, bajando un tono.
—Pues yo a veces quisiera escuchar lo que no debo —comentó él en broma. Enseguida temió que fuera un comentario de mal gusto, pero ella se rió francamente.
—Pues yo puedo ser tus oídos y tú mis ojos —dijo ella.

A Claudio casi se le desbocó el corazón de felicidad. Aquello solo podía significar que ella también sentía algo. El amor parece entrar por los ojos pero en realidad es una conexión que va mas allá de los sentidos.

—Con gusto sería tu ojos —contestó él ,solemnemente.
—Sabes, nunca hablo así con extraños, pero hay algo en vos que me da confianza. Me alegra haberte encontrado de nuevo.
—Ni te imaginas lo que me alegro yo. Ya creía que no te iba a hallar mas, no te encontraba. Supongo que la semana pasada no saliste a caminar por el resfrío, ¿no?
—Sí. Hoy es el primer día que salgo. Mejor doy vuelta aquí.
—Te acompaño, todavía tengo que ir varias cuadras por esta avenida.
—Vamos.
Y el sol se asomó entre las nubes para verlos alejarse por la avenida. 

Cinco años después, en el fondo de terreno de Claudio, él sostenía a una niña en sus brazos, y pegada a él se encontraba Graciela, y recostado a ella había un chiquillo de tres años que estaba sollozando. Delante de la familia, en el suelo, resaltaba un lomo de tierra recién removida; era la tumba de Sultán. Allí yacía ahora el que los había reunido y por varios años fue parte de la familia, he iba a estar en sus recuerdos para siempre.
Esta obra fue registrada en Safe Creative por Jorge Leal       

2 comentarios:

  1. muy lindo el cuento!

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  2. Muchas gracias, Enzo. A mí me gustó mucho escribir este cuento. Este tipo de historias son difíciles de hacer pero ayudan a mejorar. Saludos!

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