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jueves, 30 de julio de 2015

Amor a Domicilio

—¡Daniel! ¡Salen cinco pizzas para la zona de Palermo! —le gritó el encargado de los deliverys.
—Que bien, seguro que ahí me van a dar una buena propina —dijo Daniel al tomar la nota.
—Claro, los ricos son tan generosos ¡Jajaja! —comentó con sarcasmo el encargado, y siguió dando órdenes a los gritos.

Daniel partió a toda prisa en su motoneta, con un montón de cajas de pizza atrás. Se internó en el ruidoso tránsito de Buenos Aires. Sabía que entre todos aquellos conductores apurados él era casi invisible, solo otro repartidor mas; pero acostumbrado a eso, atravesaba la ciudad como quien conduce en un juego. Se arriesgaba detrás de los colectivos, rozaba autos al doblar, y no descuidaba mucho el reloj porque tenía que llegar cuanto antes. El sol estaba muy fuerte y la ciudad exhalaba un vapor mezclado con smog, mas como iba rápido el viento lo refrescaba un poco. Por todos lados se veía gente con el rostro apesadumbrado por el calor. Condujo la motoneta temerariamente hasta que llegó a su destino...

El número de la casa coincidía con el que sacó del bolsillo.
Era sin dudas una casa de ricos. Una reja alta y robusta protegía un terreno grande que exhibía un hermoso jardín florido y un montón de árboles. El sol de la tarde daba de lleno sobre aquel verdor adornado de colores. Llegaban hasta la calle algunos reflejos de la enorme vivienda que estaba mas allá de aquella espléndida muestra de naturaleza urbana. En el portón había un intercomunicador.

—¡Delivery! —dijo Daniel después de apretar el botón.
—Pasa, ya te abro —le contestó una voz sensual, como de locutora.

Sonó un ruido robótico y después uno metálico y el portón se abrió. Daniel entró al terreno equilibrando las cajas de pizza. Supo que había alguna cámara por allí porque escuchó que el portón se cerró tras él. Atravesaba el patio cuando lo detuvo un ladrido potente y grave que casi lo hizo tirar su carga. Al girar un poco el cuerpo, un perro negro enorme apareció detrás de las cajas de pizza. Daniel quedó congelado mirando al perro. El can le enseñó los colmillos con un gruñido sordo hasta que repentinamente una presencia lo calmó. La voz sensual llegó a sacarlo del aprieto:

—¡Rufus! ¡Tranquilo! Deja al muchacho en paz. Pasa, no es malo    —dijo una chica pelirroja de una belleza exuberante—. Disculpa, creí que estaba dentro de casa, no sabía que Rufus había salido. ¿Estás bien?
—Sí, gracias. Menos mal que saliste enseguida, creí que ese perro me iba a comer —confesó con un suspiro de alivio Daniel.
—No, solo te iba a masticar pero sin tragar, como al último delívery. ¡Jajaja! Solo estoy bromeando. Mi Rufus es un gigantón bueno, ¿no es verdad? —ella ahora se dirigía al perro. Se inclinó y lo tomó de las orejas—. Querías defender a tu dueña, pero no necesito que me defiendas de muchachos tan lindos como este.

Después de decir eso ella miró a Daniel y le sonrió; este se sintió alagado y sonrió también. Cuando la muchacha volvió a acariciar al perro, él aprovechó el momento para observarla. Nunca había visto una pelirroja tan perfecta. Ya no le importaba el susto que acababa de pasar. Ella lo hizo pasar a una sala. Allí se encontró con siete muchachas mas, todas hermosas pero ninguna le causó tanta impresión como la primera. Daniel saludó al grupo y dejó las pizzas sobre la mesa que la pelirroja le indicó. Las muchachas estaban sentadas en unos sofás lujosos. Enseguida se pusieron a cuchichear entre ellas y a mirarlo sin nada de sutileza. Él era muy apuesto. Finalmente una de ellas comentó, dirigiéndose a la pelirroja, que era la anfitriona:

—Cecilia, dime una cosa, ¿comes pizza muy seguido? —y las otras se echaron a reir.
—No, pero tal vez empiece a hacerlo —le contestó Cecilia mientras le pagaba las pizzas y le daba una generosa propina a Daniel.

Daniel sonrió complacido. Se cruzaron una mirada intensa hasta que él se despidió de ella y del grupo y salió rumbo al patio. Esperó un momento frente al portón de rejas hasta que este sonó y se abrió de nuevo. Arrancó la moto sintiéndose muy feliz. De regreso a la pizzeria le pareció que el día estaba mucho mas agradable. Ya anteriormente su apariencia le había hecho ganar la simpatía de varias clientas, pero estas eran mujeres casadas y mayores que él por unos cuantos años. Aunque él opinaba que algunas de ellas no estaban nada mal, nunca les había seguido la corriente porque por su posición eso le parecía algo denigrante. Estaba claro que no lo veían como a cualquier tipo, sino como a alguien conveniente que tal vez incluso podrían comprar. Para qué rebajarse a eso si chicas no le faltaban, y para él el dinero debía ganarse honestamente.

Todo el tiempo veía mujeres bellas en la ciudad, mas ahora no podía dejar de pensar en Cecilia porque lo había impresionado mucho mas que cualquiera. ¿Sería aquella voz tan encantadora, el buen trato que tuvo con él, sus ojos celestes? Sentía que una razón mas profunda lo hacía volver con la imaginación a aquella casa.
Lo preocupó un poco que la pelirroja también lo viera como las otras clientes. Después pensó que debía ser algo diferente; ella, por lo joven, seguramente estaba soltera, que estuviera compartiendo con sus amigas era una prueba de eso, pues una mujer casada difícilmente se sigue reuniendo de esa forma con sus amistades. Para sus admiradoras casadas él era una oportunidad fácil, un pez que iba hasta la puerta misma de sus hogares; en cambio Cecilia era libre de elegir a quien quisiera. Mas ahí le surgió otra duda: ¿A una muchacha rica como ella le interesaría tener algo serio con un don nadie como él? La cuestión lo amargó.

Y con el paso de los días sintió que aquello solo era una quimera. Hacía cuadras y cuadras en su moto repartiendo pizzas por todos lados, mas ningún pedido era el que él quería. Revivía aquel encuentro una y otra vez tratando de entender si ella solo había sido amable, si había actuado así solo para bromear con sus amigas, o si fue algo mas. Aveces se convencía de que ella se había interesado en él. Por qué no si siempre había tenido suerte con las mujeres. Entonces especulaba que no todos los ricos son iguales, que si hay amor no importa el dinero. Otras veces era escéptico y se decía que las ricas solo miran hacia arriba, que jamás descienden hasta un obrero. Y juraba que no iba a pensar mas en aquel encuentro, mas siempre volvía a hacerlo.

Una tarde llegó el pedido que esperaba. Voló sobre las dos ruedas. En el tránsito parecía que todos estaban rabiosos, y en los embotellamientos sonaban bocinas y se escuchaban insultos; y él que solo quería llegar a aquella casa cuanto antes. Su apuro pudo mas que su prudencia, que era poca; pero igual se vio frente a aquel portón. El jardín se hallaba mas luminoso incluso que cuando lo conoció. No tuvo que avisar que había llegado, el portón se abrió apenas él se arrimó. En el sendero del jardín de nuevo se topó con Rufus, mas esta vez el enorme perro se acercó meneando la cola. Daniel pensó que después de todo el perro no era malo. Cecilia salió a su encuentro. Su piel blanca parecía irradiar una luz propia, y sonreía como la mujer mas feliz del mundo.

El jardín estaba cada vez mas luminoso y las flores teñían de su color los destellos, y la casa allá en el fondo reflejaba tanta luz como un arroyo cristalino al atardecer. Cecilia se acercaba a él lentamente. Daniel sentía una extraordinaria ligereza en el cuerpo. El exceso de luz le resultaba tibio, por demás agradable, hasta que todo se volvió luz. En ese momento se dio cuenta de que aquello no era real, y se hizo la oscuridad.

Volvió en si en un hospital. Tras un desconcierto momentáneo comprendió que había tenido un accidente. Estaban a su lado sus padres y sus dos hermanos. Pensó que había tenido mala suerte pero por lo menos estaba vivo. Se convenció enseguida que aunque hubiera llegado a su destino de todas formas no iba a conseguir nada. Una rica enamorándose de un pobre, dónde se vio. Se alegró de tener a los suyos a su alrededor. Tenía varios huesos rotos pero se iba a recuperar. Consideró que aquel accidente era una lección. Ahora ya no iba a andar soñando como un tonto e iba a ser mas prudente. En su barrio había mujeres despampanantes, y bien podía enamorarse de alguna.

Tenía tantos calmantes encima que le costaba mantener los ojos abiertos, y su familia aparecía y desaparecía entre los sucesivos intervalos de vigilia y sueño. Cuando sus padres se iban retirando, su madre se volvió hacia él al recordar algo y le dijo:

—Afuera hay una muchacha que dice conocerte y te quería ver. Es una pelirroja muy bonita. ¿Quieres que pase?
—¿Qué? Sí, sí, hazla pasar. Gracias, mamá.

Daniel pensó que por suerte no estaba conectado a uno de esos aparatos que monitorean los latidos, porque el aparato dejaría en evidencia lo emocionado que estaba. Cuando Cecilia se asomó en la puerta los dos sonrieron ampliamente.

—Hola. ¿Cómo estás? —le preguntó ella al entrar—. Como el pedido no llegaba llamé para ver qué pasaba, y el dueño acababa de enterarse que te habías accidentado. Por suerte no fue mucho, ¿no?
—Hola, estoy bien, gracias.
—Que bueno. Desde aquella tarde quise volverte a ver. ¿Le pones algo a las pizzas para que las clientas se enamoren de vos? ¡Jajaja!
—¡Jaja! Yo no hago las pizzas, solo las reparto. Pero dime una cosa, ¿cómo sabías que era yo el que llevaba el pedido?

Daniel se arrepintió de hacer esa pregunta, porque al dudar despertó y se encontró solo en la habitación.



jueves, 23 de julio de 2015

Un Diluvio De Amor

Nubes sobre nubes se amontonaban y rugían sobre la ciudad. Un aguacero impresionante se precipitaba con furia y después corría por las calles. Los drenajes de la ciudad no podían con toda aquella agua y esta se iba acumulando por todos lados. Hacía tres días que no se veía el sol y llovía casi todo el tiempo. Gabriel fue igual a su trabajo porque era muy cumplidor, mas durante la jornada se arrepintió varias veces de haberlo hecho. Casi la mitad de los operarios de la fábrica no habían ido por causa de las inundaciones, y solo había concurrido un encargado, por lo que la jornada se resumió a tareas de limpieza. Normalmente iba en moto pero debido a la lluvia ese día fue en ómnibus. Terminada la jornada salió rumbo a la parada de ómnibus con la lluvia repiqueteando en el equipo impermeable...

Todo estaba gris, mojado, la lluvia resbalaba en las paredes, se acumulaba bajo las baldosas rotas, y por el borde de la calle navegaban papeles, bolsas y otras inmundicias traídas de algún basurero anegado. En algunas viviendas, los niños que no habían ido a la escuela se contentaban con mirar por la ventana, mientras en las salas sus padres trataban de escuchar noticias sobre la inundación, preocupados. En la ciudad se estaban anegando zonas que nunca antes lo habían hecho, y en las zonas rurales todos los caminos estaban cortados en algún tramo.

En la calle había agua hasta casi a la altura de la vereda, y los escasos vehículos que circulaban arrojaban agua hacia los costados como si fueran lanchas. Los truenos generaban mas truenos y parecía que el cielo se quería derrumbar, y cada tanto estallaba un rayo que estremecía todo. Después de un rato de esperar en la parada ya estaba empezando a creer que no iba a pasar ninguno cuando divisó un ómnibus entre el gris del aguacero. Subió. El conductor y un guarda iban muy serios. Gabriel les dijo algo que seguramente habían escuchado casi todo el día:

—¡Que aguacero! Parece que no quiere parar mas.
—Impresionante. No recuerdo haber visto tanta lluvia —le comentó el conductor, al tiempo que arrancaba de nuevo el ómnibus.

Pasó a sentarse. Solo había otro pasajero; era una mujer que también estaba cubierta con un impermeable. Como ella tenía la capucha hacia atrás Gabriel vio que era una rubia joven y muy hermosa. Él ya tenía cuarenta años pero como estaba separado siempre iba atento. Se ubicó frente a ella, en el asiento de la otra fila. Como no había otra gente se miraron y se saludaron. Gabriel se alegró un poco, eso era lo mejor que le había pasado durante aquel día tan horrible. Un estallido de rayo lo hizo mirar hacia la ventanilla empañada. Iban lento, el conductor manejaba con precaución pues su visibilidad era muy reducida; el limpiaparabrisas luchaba contra demasiada agua. Y el vital elemento no estaba solo afuera. Gabriel advirtió que de sus botas se alejaban varios hilos de agua que se iban juntando en el piso del vehículo. Cuando levantó la vista la muchacha lo estaba mirando y sonreía:

—Yo dejé un charco peor —dijo ella.
—Dale tiempo al mío y seguro que te supero ¡Jaja! Supongo que es inevitable los días así, y si fueran mas pasajeros sería peor, imagínate, que papelón, estoy empapando el asiento.
—¡Jaja! Sí, aunque seguramente todos estarían chorreando por todos lados también.
—Tienes razón, sería una piscina aquí adentro —admitió Gabriel.
—A mí me alegra que subiera alguien mas porque hace un montón de cuadras que iba sola y... —bajó la voz e hizo una seña disimulada hacia adelante— , no me inspiran confianza porque miraban mucho hacia aquí.
— Te entiendo. A mí me pasó algo así con una gorda conductora. Ya me estaba asustando.

A ella le causó mucha gracia la broma. El guarda miró hacia atrás y después le comentó algo al conductor. Gabriel notó eso y pensó que la muchacha no exageraba. No le parecía que planearan atacarla de alguna forma, serían unos tontos, y si ese fuera el caso no lo hubieran levantado, pero calculó que tal vez albergaban alguna esperanza de que ella no fuera una muchacha seria. La lluvia rugía fuerte y hacía mucho ruido, a pesar de eso Gabriel se inclinó hacia ella y esta hizo lo mismo, para minimizar el riesgo a que los escucharan:

—Mira, no quiero que te asustes, pero creo que es mejor que no sigas sola. Yo todavía estoy muy lejos de mi destino, pero si el tuyo es todavía mas lejos...
—Es lo que estaba pensando hacer. Si cuando te vayas a bajar yo todavía sigo aquí, me bajo también y me voy a pie.
—Por mí está bien.

Gabriel se sintió muy bien por inspirar confianza en ella. Un hombre correcto se enorgullece de cosas así. Aunque ella le resultaba muy hermosa y su voz le sonaba muy agradable, nunca dudaría en ayudarla desinteresadamente aunque el asunto terminara allí. Mas muy dentro de él comenzaba a crecer una esperanza porque sentía ahora una conexión fuerte entre ellos. Pasaron por un tramo que estaba inundado por encima de la vereda. El ómnibus pasó salpicando hasta las casas. La tormenta eléctrica se intensificó. Al alcanzar una cuadra que no se encontraba inundada el conductor estacionó el ómnibus y miró a su compañero. Se consultaron algo entre ellos y después se comunicaron por radio. Evidentemente la tormenta afectaba esa operación porque el tipo tuvo que repetir varias veces lo mismo, y se notaba que le costaba entender. La muchacha lucía algo preocupada y se inclinó hacia Gabriel para decirle algo:

—¿Por qué habrán parado? —le preguntó.
—Me parece que no van a seguir mas. Solo por dos pasajeros no van a arriesgar el vehículo. Seguramente se detuvo aquí porque en varias cuadras es la calle que está mejor. Ahí viene a decirnos algo.
—Lamento informarles que no vamos a seguir el recorrido. Las condiciones son muy malas —les comunicó el conductor, y agregó mirando de costado a la muchacha—. No tienen que irse ahora, pueden quedarse aquí hasta que pare un poco.
—Gracias, pero yo me voy —le dijo Gabriel, ya levantándose.
—Yo también —se apresuró la muchacha, y mientras seguía a Gabriel hacia la puerta se colocó la capucha del impermeable.

Ya fuera del vehículo y bajo el diluvio Gabriel le dijo, alzando la voz para que lo escuchara sobre el estruendo de la tormenta:

—¡Yo voy rumbo a allá, derecho! ¿Quieres que te acompañe o te vas a desviar mucho?
—¡Voy hacia allá también. Me encantaría que me acompañes. Esta tormenta me tiene asustada!
—¡Solo es agua, y electricidad! ¡Ahora que lo pienso, no es una buena combinación! ¡Jajaja! ¡Pero en este ómnibus viejo no íbamos a estar mucho mejor, al piso ya no le queda casi aislación! ¡Bien, vamos!

Avanzaron un par de calles sin ver a mas nadie. Parecía una ciudad desierta donde solo el agua se paseaba impunemente por todos lados. De pronto la situación empeoró, empezó a soplar un viento fuerte. Los dos caminantes se miraron, ella tenía cara de asustada.

—¡Es mejor que busquemos algún recoveco, un lugar donde guarecernos! —le gritó Gabriel. Ella asintió con la cabeza.

En esa parte de la ciudad había árboles en las veredas, y algunos necesitaban una poda desde hacía años. El peligro de ser aplastado por uno era grande. Encontraron cobijo bajo un edificio de dos pisos donde funcionaba un comercio cuya puerta y vidrieras estaban como a tres metros del límite de la vereda. Enseguida empezaron a cruzar por la calle ramas caídas que el viento empujaba. Pasaban y se perdían de vista enseguida ramas pequeñas y gajos grandes. La lluvia caía completamente inclinada, casi horizontal. La muchacha se resguardó tras Gabriel.

—¡Aquí estamos seguros! —afirmó él— . ¡Los vientos fuertes como este solo duran un rato!
—¡Que horrible! ¡Mira como pasan esos gajos! —exclamó ella.
Tal como predijo Gabriel, el viento no duró mucho mas, y cuando se apaciguó también lo hizo la lluvia.
—Ya pasó. Creo que es mejor aprovechar que amainó para seguir.
—Sí, no quiero estar en la calle de noche, y ya está tan oscuro —observó ella.
—Marchemos entonces. Y aprovecho este momento de relativa calma para presentarme. Soy Gabriel Ferreira.
—Mucho gusto, Gabriel —y le estrechó la mano— . Mercedes Gómez. Gracias por acompañarme. Ni loca me hubiera quedado sola en aquel ómnibus, y si ese viento me hubiera agarrado por el camino...
— Te hubieras metido aquí igual.
— Si es que no pasaba corriendo de miedo y después me caía algo arriba.
— Ya pasó. Ahora vamos a ver qué hacemos en las calles inundadas — comentó Gabriel cuando ya se habían puesto en marcha— . Lo malo es que a partir de ahí adelante hay tremendos pozos, y donde el agua sea muy profunda... Vamos a ver cómo están.

Como temían, les cortó el paso una zona completamente inundada. Como los dos conocían el lugar les resultaba increíble verlo así. La creciente se había adueñado también de los hogares, y algunas personas salían de ellos levantando objetos por encima de sus cabezas, con agua hasta la cintura.

—¿Nos metemos ahí? — preguntó Mercedes.
—Yo preferiría desviar esto aunque tenga que hacer unas cuadras mas. Esta zona es la mas baja. Unas cuadras hacia allá es imposible que esté inundado.
— Sí, mejor no arriesgarnos ahí. Pobre gente, están sacando lo que pueden. Por suerte mi casa está en una zona muy alta, ¿y la tuya?
— La mía también, está en una cima. Mi viejo eligió bien el lugar. Que desgracia. Van a poner las cosas en aquel camión parece. Sigamos.

Tuvieron que desandar media cuadra para después rodear aquella zona. Pero la creciente estaba sitiando la ciudad, y tres cuadras mas allá se toparon con otra calle inundada, aunque en esta el agua estaba mas baja.

— Creo que vamos a tener que cruzar por ahí. Nos va a entrar agua en las botas, mas si agarramos hacia allá para evitar esto quién sabe hasta dónde tendremos que ir —opinó Gabriel.
—Vamos, sino nos va a agarrar la noche dando vueltas por ahí —estuvo de acuerdo Mercedes.

Con pantalón impermeable y todo pudieron sentir como el agua se les metía dentro de las botas. Él lo tomó con gracia y ella también se rió. En la parte mas honda ella se aferró de la mano de él. Cuando Gabriel notó unos remolinos diminutos en el agua le indicó a Mercedes que se detuviera.

—Ahí hay un pozo. ¿Ves cómo hace el agua? Eso es cuando la corriente baja hacia un pozo. Vamos a rodearlo. Por aquí.
—Que horrible, ¿y si alguien se mete ahí?
—Así es como pasan las desgracias en las inundaciones. Camina detrás mío.

Apenas sortearon ese obstáculo fueron detenidos por otro. Un árbol había caído sobre una línea eléctrica y había cables medio sumergidos en varios charcos. Tuvieron que desviarse nuevamente. La noche los agarró en la calle, y junto con las sombras llegó un viento bastante frío. Por ellos pasaron varios carros de bomberos y ambulancias. Los árboles caídos habían roto autos y vidrieras. Para empeorar la situación, repentinamente se cortó la luz y las calles quedaron completamente oscuras.

—Ahora sí se complicó la cosa —dijo Gabriel.
—¿Y qué hacemos entonces? —le `preguntó Mercedes, afligida.
—Pues, seguir como puédamos. Hay que ir con cuidado. En este momento no veo casi nada, pero nuestros ojos se van a ir acostumbrando.
—¿Y si paramos y esperamos a que venga la luz? Pero qué digo, seguro que tienes a alguien esperándote en tu casa, por eso no quieres demorar mas. Como yo no tengo a nadie no tuve eso en cuenta.
—Tampoco tengo a nadie. Ni mis parientes están en esta ciudad. Hace siete meses que estoy separado. Digo que hay que continuar porque si paramos el frío nos va a calar hasta los huesos, y eso algo serio. Después no va a costar caminar, ya tenemos los pies empapados, después va a ser peor.
— Tienes razón. Ya distingo un poco mas las cosas. Vamos por aquí.

Y aquellas dos figuras retomaron su camino lentamente.

—Ya veo mas también pero seguramente no tanto como vos. Mis ojos ya no son tan nuevos —comentó a los pocos pasos Gabriel.
—Hablas como su fueras un viejo, siendo todavía tan joven.
—¿Joven? Se ve que no me viste bien.
—Te vi muy bien. Para mí un viejo es alguien de sesenta y tantos, setenta años, e incluso a esa edad, lo de viejo depende del espíritu. Vamos, seguro que ahora atraes a mas mujeres que antes, ¿no? Se sincero.
—¡Jaja! Pues la vedad, no puedo quejarme, aunque, lo que yo busco ahora es alguien con quien formar una familia. Mi esposa, mi ex, no quería hijos. Me parece que ahí la vereda está rota, mejor bajemos a la calle este tramo.
—Que tonta. Hoy en día encontrar a alguien bueno es difícil, por eso cuando se lo encuentra hay que establecerse. Los hijos son algo que tienen que venir, una pareja sin niños no tiene gracia. ¿Subimos ahora o seguimos?
—Subimos, era solo esa parte. Sabes, me encanta tu forma de pensar. Si sigues así me vas a enamorar. ¡Uh! Disculpa, creo que me pasé.
—No, está bien. Si te enamoraras los dos estaríamos igual, porque desde que te vi... Viene gente corriendo. ¡Hay! Un disparo.
—Ven aquí, pasa para el otro lado.

Justo iban pasando por un terreno con un muro muy bajo, solo tuvieron que dar un pequeño salto, colgarse con un brazo, pasar una pierna y caer del otro lado. Estaban cerca de una esquina, y por una calle transversal se aproximaban corriendo ruidosamente varias personas, se escucharon unos gritos y un disparo. Sin asomarse oyeron que los pasos doblaron justo allí, y frente a ellos sonó otra detonación. Cuando terminaron de pasar Gabriel espió por encima del muro.

—Son varios policías persiguiendo a un grupo. No me extraña que algunos aprovecharan este tiempo para robar. Hay gente para todo. Ahí viene una patrulla. Mejor dejamos que pasen. Esos policías deben andar muy alterados, y si aparecemos detrás de un muro...
—Gabriel, no te asomes, agáchate.

Permanecieron un rato en silencio, escuchando. En el apuro de momento el instinto de Gabriel le indicó que se refugiaran tras el muro, pero después se dio cuenta de que estaban invadiendo un terreno. Se le cruzó por la cabeza que podía haber un perro. Escudriñando el patio no vio a ninguno. De haber un perro ya estaría ladrando o se hubiera echado sobre ellos. La casa estaba como a unos diez metros mas allá del muro, y de pronto en una ventana se encendió la luz de una linterna. Los de la casa habían escuchado el disparo e iban a revisar el frente de su propiedad. Mercedes y Gabriel ni necesitaron decirse nada. Se colgaron del muro nuevamente, esta vez él la ayudó con un empujón, y así fueron a dar de nuevo en la vereda. Avanzaron agachados unos pasos hasta dejar el muro atrás. Ellos no habían hecho nada, pero quedarse allí para que te descubra alguien asustado podría causarles por lo menos unas horas en una comisaría repitiendo que no habían hecho nada.

Alertados por aquel incidente, siguieron avanzando a buen ritmo a pesar de los obstáculos. Finalmente alcanzaron la casa de Mercedes, pero al hacerlo ella lo tomó fuerte del brazo y le hizo notar algo hablando en voz baja:

—Esa ventana está abierta. ¿Habrá alguien adentro?
—Puede ser. Retrocede un poco, voy a acercarme para escuchar.

Gabriel se pegó a la pared y prestó atención. No pudo escuchar nada. Se asomó rápidamente y echó un vistazo, sin poder distinguir mucho del interior. Se deslizó después hacia Mercedes y le susurró:

—Creo que fue el viento fuerte lo que la abrió, mas hay que ser prudente. Puedo entrar a revisar primero si quieres.
—¿Pero cómo vas a ver ahí adentro? ¿Y si hay alguien escondido?
—Tengo un encendedor. ¿Tienes una linterna en alguna parte que yo pueda encontrar fácilmente?
—Sí, arriba de la chimenea, en la sala, hacia la derecha. Ten cuidado. Aquí están las llaves, esta es la de esa puerta. Espera, ¿y si entramos los dos?, por si hay alguien.
—Es tu casa. Opino que es mejor que te quedes aquí, pero te entiendo, recién nos conocemos.
—No, no lo digo por eso, te tengo plena confianza. Siempre supe reconocer a la gente. Lo decía para que por lo menos seamos dos por si hay un ladrón.
—Tengo una ayuda —dijo Gabriel, y levantando un poco el impermeable sacó una navaja de un bolsillo y un encendedor del otro— . Espera aquí.

La espera se le hizo larga a Mercedes. Se sintió aliviada cuando él salió y le hizo una seña para que entrara. Gabriel había encontrado la linterna, y así se guiaron por la casa. La llevó hasta el cuarto con la ventana abierta y le mostró:

—Nadie entró, ves, no hay pisadas por ningún lado. Si se coló bastante agua, pero puedes ver que toda esta parte del piso está seca. Igual eché un vistazo rápido en las otras habitaciones; estamos solos.
—Que bueno. Voy a cerrar la ventana.
—¿Tienes velas?
—En la cocina. Hay que encender la chimenea para calentarnos.
—Yo la enciendo si quieres, pero después me voy. Conviene dejar encendida alguna llave, por si esta noche vuelve la luz.
— No te vayas. Ya estás muy mojado. Mira, empezó a llover mas. No te largues con este tiempo. Solo deja que me cambie y voy a preparar una sopa, también tengo pollo.
— No quería incomodarte, mas si quieres me quedo un rato, hasta que pare de nuevo.
— Que bueno. Me alegra que te quedes, no solo por no estar sola, sino porque me agrada tu compañía.


Gabriel encendió los leños de la chimenea. El calor de las llamas y la agradable sensación de estar juntos los hacía sonreír al mirarse. Cenaron a la luz de las velas, conversando animadamente. Habían vuelto a sentarse frente a las llamas cuando súbitamente se encendió la lámpara; había vuelto la corriente eléctrica. Él se levantó e iba a decir algo pero ella le tomó la mano, sonriendo y mirándolo a los ojos. Entonces Gabriel volvió a sentarse. Fuera el mal tiempo seguía creando problemas, mas sin querer había reunido a dos almas, porque el amor es mas fuerte que incluso la peor tempestad.

miércoles, 22 de julio de 2015

La Separación

...No creas que te vas a ir así nomás, tan fácil —lo amenazó Ana.
— Que no, pues mira cómo lo hago —la desafió Rubén.
Pasó al lado de ella y fue hasta el cuarto, y allí comenzó a empacar una maleta.
—No puedo creer lo que estás haciendo —le dijo Ana mientras se tomaba la cabeza con las manos y lloraba—. ¡Este no eres tú, nunca fuiste así! ¡Esto no puede estar pasando! No, no creo.
—No te sigas mortificando así —le aconsejó bruscamente Rubén, mientras metía desordenadamente su ropa en la maleta—. Como si fuera cosa del otro mundo. Cuántas parejas que conocemos se separaron y ahora me sales con eso...

—Pero es que nosotros no somos como esos, nosotros siempre fuimos diferentes —sollozó Ana e intentó abrazarse a su marido, pero él se separó de ella y siguió empacando.
—Ese es el asunto, fuimos, pasado. Las cosas cambian.
—Pueden cambiar, pero no así de golpe. Sabes, no te creo, aquí tiene que haber algo mas. Por favor, dime la verdad, ¿qué te pasa?
—Esto no sucedió de golpe, empezó hace tiempo, y antes no me animé a decirte nada porque temía justamente esto, todo este berrinche que armas ahora.

Rubén se puso a buscar sus zapatos, apartando todo con gestos bruscos, como enojado. Ana seguía plantada en el cuarto, entregada al llanto y al desconsuelo por momentos, después se secaba las lágrimas e intentaba razonar lo que estaba pasando, para enseguida caer de nuevo en el llanto al no hallarle una respuesta.

—Si dices que hay otra quiero que me la presentes —le planteó Ana finalmente. Ella intentaba controlar sus respiración agitada por el llanto y se pasaba la mano por la cara enjuagando su dolor.
—No seas ridícula —despreció su propuesta él, mirándola de reojo con las cejas bajas, como quien mira a alguien que ha hecho o dicho una insensatez.
—Sí, quiero que me la presentes, quiero saber quién es la que me arrebató la vida.
—No seas dramática. Te estoy dejando todo: la casa, el auto, la cuenta en el banco. ¿Qué mas quieres?
—¡Te quiero a ti! ¿Para qué tener todo esto si ya no vas a estar? —Ana miró con amargura la pieza, y los ojos se le inundaron de nuevo.
—Para qué, para rehacer tu vida, así como yo voy a hacer con la mía. Créeme, nuestra separación es inevitable.
—No quiero una vida sin ti.
—Exageras. Dentro de un mes, sino antes, vas a andar maldiciéndome, y poco después vas a andar enredada con otro. Te lo aseguro, tú sabes que es así, los dos lo hemos visto. Creo que esto es todo. Adiós. Que tengas una buena vida. Te deseo lo mejor —le dijo Rubén, y salió de la pieza.
Ana quedó temblando de pies a cabeza, después, al sentir que él ya estaba cerca de la puerta de la calle, salió corriendo y lo alcanzó para abrazarlo por detrás.
—Por favor, no te vayas —le imploró.
—Algún día lo vas a entender. Ahora déjame ir.

Rubén cerró los ojos, respiró hondo, como hacen los que están por hacer algo muy difícil, y siguió avanzando hacia la puerta hasta que ella lo soltó. Y se marchó sin mirar atrás. Ana por un momento estuvo tentada a correr de nuevo tras él, pero de pronto se sintió furiosa y cerró la puerta violentamente. Ya en la calle Rubén escuchó el golpe y volvió a cerrar los ojos y a respirar hondo.
Los primeros días que siguieron a ese Ana estuvo desconsolada. Se la pasaba acoquinada en el sillón con la cara cerca de las rodillas, su cabellera rubia despeinada, siempre con los ojos colorados. Casi no comió y desatendió completamente la casa. Buscando algo de consuelo llamó a una vieja amiga con la cual aún mantenía contacto y esta se presentó enseguida. Esa amiga se llamaba Andrea, y al escuchar el relato de Ana también se puso a llorar. Las dos estaban en la sala, en el mismo sillón.

—Sé lo duro que es, bin sabes yo ya pasé por esto, pero te aseguro que con el tiempo pasa. Ahora no me vas a creer mas vas a ver que es así —le aseguró Andrea.
—Pero es que duele tanto... y lo que yo quiero es que él vuelva –dijo Ana, cubriéndose los ojos con las manos.
—Tienes que hacerte la idea de que eso no va a pasar –le aconsejó entonces Andrea, poniéndole una mano en el hombro—. Pensar en eso solo va a hacer que sufras mas tiempo. Te lo digo porque lo viví. Amiga, francamente, quisiera hablar mal de Rubén por lo que te hizo pero no me sale, siempre me pareció un buen tipo. A veces las relaciones se deterioran y ya, no hay culpables.
—¡¿Como que no hay culpables?!, ¿y la zorra que lo separó de mí? —protestó Ana, enojada.
—Comprendo que la odies ahora, pero puede ser que ella solo buscara su felicidad. Cuando conociste a Rubén él tenía novia, ¿no?
—Sí, pero no es lo mismo. Nosotros ya llevábamos diez años de casados, ¡diez años!
—Lo sé, pero lo mejor es que no pienses mas en él. Ya es pasado.
—¿Y qué hago ahora entonces?
—Mantente ocupada, no hay nada mejor, eso te ayuda a no pensar. Vamos a dar vuelta esta casa. Vamos, ven, levántate —y la obligó a levantarse tomándola de las manos.

El desorden en la casa no era poco. Al rato Ana comprobó lo efectivo que era mantenerse ocupada. Cuando su amiga la dejó ella siguió con la limpieza. En los días posteriores ni el techo se salvó de ser lavado. Cuando la casa quedó como un laboratorio de limpia siguió con el jardín. Esa tarea la hizo salir a comprar plantines y abono. Reorganizó los canteros viejos, armó nuevos, podó los árboles, y sobre todo sembró nuevas plantas. Todo ese trabajo la ayudó, y un día cuando recordó a Rubén se dio cuenta que la separación ya no le dolía casi nada. Ahora no soñaba con retomar su antigua vida, aceptó que eso ya no era posible. Ayudó mucho el hecho de que no supiera mas nada de Rubén, desde que lo vio alejare por la calle no supo mas nada de su existencia.

Andrea, su amiga, la visitaba todas las semanas y la animaba a que empezara a salir a lugares que no frecuentaba desde hacía muchos años. En una ocasión Ana aceptó y las dos fueron a un viejo restaurante y bar. A Ana le agradó que la mayoría de la gente que concurría al lugar fuera de su generación, de mas de treinta. Mientras miraba en derredor se topó con la mirada de un hombre que la observaba. Cuando el tipo le sonrió ella desvió la mirada. Casualmente Andrea advirtió eso, y le reprochó hablando en voz baja:

—No seas tonta, ese tipo te está devorando con la mirada, y es tan guapo.
—Lo es, pero no estoy lista para un romance —se explicó Ana.
—¿Por qué? Ahora no tienes ningún compromiso, eres una mujer libre, estás sola.
—Si pero, no sé, creo que es demasiado pronto.
—¿Crees que sufriste muy poco? ¿Quieres sufrir mas? —le preguntó Andrea, con sarcasmo.
—No digas tonterías, sabes bien de lo que hablo. Además, ¿acaso debo hacerle caso a todos los tipos que me sonrían?
—Bien, si no te gusta no te gusta, pero no pongas como excusa que es demasiado pronto. Yo solo quiero ayudarte —le aclaró Andrea, y mientras sorbía un trago espió disimuladamente al tipo que ahora las observaba a las dos, después comentó—. Y con este tipo creo que tienes razón al no darle entrada, tiene un poco de cara de loco.
—¡Jaja! Es lo que me pareció pero no quise decirlo así —reconoció Ana—. Mejor no mires para ahí. Y Andrea, ahora que lo pienso, no me has dicho si tienes a alguien. Que desconsiderada fui, solo te agobié con mis problemas y no te pregunté cómo andabas en lo romántico. ¿Hay alguien?
—Sí, lo hay —le contestó Andrea, sonriendo pero sin mirar directamente a su amiga, como si estuviera algo avergonzada a la vez.
—¡Uh! Parece que hay algo misterioso aquí. Puedo saber quién es —dijo muy divertida Ana.
—No puedo decirlo, no quiero. Perdona, pero es mejor así. Sé que puedes guardar un secreto pero... no mejor no te lo digo. Es que se lo juré a él.
—Bien, no voy a insistir. Si no confías en tu amiga, todo bien.
—No seas mala, que me dejas mal. En su momento te lo diré ¡Jaja! Así te quiero ver, Ana, deja toda esa amargura atrás. Brindemos por nosotras.

Y chocaron las copas. A ese fin de semana le siguieron otros iguales, y en uno de ellos Ana conoció a alguien que sí le interesó. Como suele suceder con la gente de cierta edad, el romance maduró muy rápido, y dos meses después ya planeaban casarse. Eso ocurrió cuando solo habían pasado seis meses de la separación. Cuando se lo comunicó a Andrea esta gritó de contenta:
—¡Ah! ¡Te felicito! ¡Que buena noticia!
—Muchas gracias, sabía que te ibas a alegrar por mí.

Las dos se encontraban en la sala de Ana, tomando té.

—Y dime amiga, ¿para cuándo es el casorio, la fiesta?
—No va a ser fiesta, va a ser algo íntimo nomás: sus parientes mas cercanos, los míos, vos, por supuesto. Pero esto después de que consiga el divorcio, no te olvides que todavía sigo casada con aquel, con Rubén. Contraté a una firma de abogados para que lo hallen. Imagínate la sorpresa que se va a llevar cuando sepa que yo seguí con mi vida. Seguro que cree que aún estoy sola, cuando él está con esa zorra, quién sea. Eso si no se separó —comentó con bastante malicia Ana. Y saboreó el té como si saboreara su victoria contra Rúben, porque en la última etapa de su dolor llegó a odiarlo.

Ahora Ana se regodeaba al pensar en la sorpresa que él se iba a llevar. La sorprendida fue ella cuando un abogado apareció en su casa con nuevas noticias.

—Señora, usted no tiene que hacer nada para divorciarse; su marido está muerto.
—¿Cómo? —le preguntó Ana, atónita.
—Falleció hace unos tres meses, de un cáncer terminal. ¿Usted no sabía que él estaba enfermo? Por lo que usted nos ha dicho y por lo que averiguamos de su antiguo esposo, él se enteró que tenía eso cuando ustedes todavía estaban juntos. ¿Señora, se siente bien? ¿Desea que me marche ahora? ¿Quiere que llame a alguien? Bien , me marcho. Lamento haberle causado esa impresión. Adiós.

Ana quedó con la boca abierta, pálida, y después rompió en un llanto incontenible. Comprendió que Rubén había hecho un sacrificio enorme por ella.

Rubén desconfió de aquel diagnóstico en un primer momento, no lo creyó; es una reacción natural ante una muy mala noticia. Luego, pensando, cuando ya había abandonado el consultorio, recordó todos los malestares que había aguantado sin decir nada, las puntadas aquí y allá, y aquella rara sensación general de deterioro. De nada servía negarlo: se estaba muriendo. Había consultado y se realizó unos análisis sin que Ana lo supiera. Cuando ella notó su desasosiego él inventó que era por un asunto del trabajo. Aún no sabía cómo decírselo, sabía que le iba a destrozar el corazón. Pasaron unos pocos días y empezó a sentirse peor. La enfermedad quería acabarlo rápidamente.


    Su esposa, intuitiva como todas las mujeres, se dio cuenta de que algo no estaba bien y empezó a hacerle preguntas. Al preguntarle si tenía una aventura, sin quererlo le dio una idea a Rubén. Este comprendió que si le confesaba su enfermedad, después de su muerte su esposa iba a estar mal durante varios años, y así tal vez nunca volvería a rehacer su vida. A ella ya no le quedaban muchos años fértiles, y a él, aunque lograra dejar una descendencia, no le quedaba tiempo ni para ver nacer a su hijo. Solo le habían dado dos o tres meses de vida. La idea lo destrozó, pero para ella era lo mejor. Si mentía que se había conseguido a otra y la abandonaba, por despecho ella pronto lo iba a desterrar de su corazón, y sus posibilidades de tener otra vida iban a aumentar. Como fuera, de todas formas estaban condenados a separarse.

sábado, 11 de julio de 2015

La Cazadora


La bala le rozó la cabeza a Alan y dio en la corteza del árbol que estaba a su lado. Instintivamente se agachó y después se tiró al suelo. Buscó con la vista pero como estaba rodeado de árboles no logró ver a nadie; mas el tirador estaba cerca. Inmediatamente pensó si aquello era una bala perdida o si alguien le había apuntado. Se encontraba en un bosque de abetos, en una zona rural de Francia. Alan tenía un enemigo en el pueblo y sabía que este también gustaba de la caza, por lo que enseguida sospechó de él...


Su enemigo se llamaba Pierre, él salió un tiempo con Agnes, una muchacha del pueblo que también tuvo un romance con Alan. Como el primero quiso reconquistar a Agnes cuando esta salía con el segundo, los dos se enemistaron y llegaron a tomarse a golpes. Y esa enemistad perduró incluso después de que la muchacha se hartara de los dos. Ahora Alan sospechaba que su rival estaba escondido en la espesura.

Pero Alan también estaba armado porque andaba cazando, y si Perre se escondía por allí le iba a devolver el disparo en cuanto viera su cabeza. Agazapado en el suelo estimó de dónde había llegado la bala, y prestando atención le pareció escuchar unas voces. ¿Sería una bala perdida entonces? No podía arriesgarse. Avanzó por el suelo apoyándose en sus codos y ayudándose con las piernas, así como se desplazan los militares cuando están cuerpo a tierra, con el arma adelante. De esa forma alcanzó unos arbustos y espió a través de ellos. 

Suspiró aliviado al ver que no se trataba de su enemigo. Un tipo de mediana edad, canoso, alto, le estaba enseñando a disparar a una muchacha rubia; ella tenía un rifle en las manos. Alan hizo algo de ruido para no sorprender a aquellos dos. Ellos voltearon hacia los arbustos que se agitaban y lo vieron emerger de ellos. Alan se acercó a saludar:

—Hola, me llamo Alan. Recién me dieron un buen susto. Una de sus balas casi me dio en la cabeza.
—¿Qué casi le damos en la cabeza? —preguntó el hombre, empalideciendo.
—Sí, yo estaba por allá, dio apenas por encima de mi cabeza, pero no pasó de eso. Una anécdota. No vine a reprocharles nada.
—Me temo que sí pasó algo —dijo gravemente el tipo alto—, le está sangrando el hombro. Tal vez el rebote...
—¿Mi hombro? ¡Por dios, no lo había notado! —exclamó Alan.

Una mancha de sangre se agrandaba en su camisa en el hombro izquierdo. La muchacha abrió la boca y se llevó una mano a la cara, acción que hizo que casi se le cayera el rifle.

—¡Mira lo que haces! —le reprochó el veterano—. ¡Acaso quieres causar otro accidente!
—Lo siento papá. ¿Le pongo el seguro?
—¡Pues claro! Y no te disculpes conmigo, hazlo con él. ¡Solo yo hacerte caso! ¡Dónde se vio una mujer cazando! ¡Nunca debí dejarte tomar un arma! Ahora que lo pienso, yo también soy culpable. ¡Una mujer cazando...!
—Disculpa, no te vi —se dirigió ella a Alan.

El hombre hablaba muy serio y había tomado una postura muy erguida. Por esos gestos y su acento Alan supo que eran ingleses. La muchacha bajó la cabeza por la reprimenda. Él sintió algo de pena por ella y quiso enfriar la situación:

—Tal vez es un trozo de madera lo que me dió, apenas me duele, y hasta ahora no lo había notado.
—Joven, esa herida la hizo una bala, la nuestra. Créame que lo siento mucho —se disculpó el veterano con un aire solemne y firme—. Déjeme enmendar en parte nuestro error y siéntese aquí para que le revise la herida. Soy médico y siempre salgo preparado. Puedo mostrarle mi tarjeta si así lo requiere, joven.
—No es necesario, le creo.

Allan se sentó sobre una roca que había en el lugar. El inglés sacó un botiquín de una mochila que llevaba y después pasó a revisar al herido. La muchacha los observaba con angustia. El médico procedió a limpiar la herida para evaluarla, después le aplicó un desinfectante y la cubrió con una gaza y vendas. Mientras era atendido Alan observó a la muchacha. Tenía los ojos celestes y una cara hermosa que a primera vista parecía indicar una gran inocencia de carácter, mas al observarla mejor esa impresión desaparecía pues ella tenía una mirada muy profunda y muchas veces pícara.

—Por el momento con esto va a estar bien —aseguró el inglés—. Por suerte solo fue un rasguño del rebote. ¿Vive usted en el pueblo que hay aquí cerca? Puedo llevarlo al hospital, o a su médico de confianza, si lo tiene. Si surge algún gasto yo los asumiré, por supuesto. Es lo menos que puedo hacer. Y aunque solo fue un accidente, si quiere llevar el asunto ante la justicia, estoy a su disposición. Ella aún no es mayor y el responsable de darle el arma fui yo, por lo que asumiré toda la culpa —terminó de decir el inglés, con un nuevo aire solemne, como quien jura algo.
—Usted lo dijo, señor, solo fue un accidente. Le agradezco su atención pero no va a ser necesario. La herida es poca cosa y se ve que usted hizo un excelente trabajo. No voy a ir al hospital, y mucho menos a la justicia. En mis correrías por el bosque me he llevado arañazos peores. Bueno, ya me voy —al decir esto Alan se puso en pie.
—Espere, al menos déjeme llevarlo al pueblo. Nuestro vehículo está ahí cerca —insistió el veterano—. Y creo que no me he presentado. Soy James Smith, y ella es mi hija Kate.
—Mucho gusto. Soy Alan Lecointre. Está bien, vamos.

En el costado del camino había una camioneta Land Rover. Alan pensó: “A este señor solo le falta llevar una bandera en la mano. Estos ingleses... Pero bien que me atendió, y su hija, que hermosa es”. Los dos jóvenes subieron atrás. Ella le sonrió varias veces y se sentó cerca, entablando enseguida una conversación. Evidentemente ya no se sentía apenada ni preocupada. El veterano, que seguía serio, los espiaba por el retrovisor, desaprobando la actitud de su hija solo frunciendo la frente. No le decía nada porque el que recibía la atención de su hija, un rato atrás había soportado un tiro de ella. La camioneta atravesó un paisaje maravilloso de bosques y verdes praderas hasta que llegaron al pueblo, la casa de Alan se encontraba en el exterior de este. Cuando el vehículo se detuvo Alan comentó:

—Así que están visitando el pueblo desde hace días. Todos los años vienen turistas en verano. Bien, me despido. Tal vez nos veamos de nuevo, el pueblo es chico —se bajó y cerró la puerta.
—Es un hermoso pueblo —aseguró Kate, y sonrió con picardía—, y la caza aquí es excelente, se pueden obtener buenos ejemplares.
—¡Jaja! Que bromista. Gracias por traerme, señor. Hasta un día de estos, Kate.
—De nada. Siento que nos conociera de esta forma. Que pase bien, joven —se despidió James.
—Espera, Alan —lo detuvo Kate cuando él ya había girado hacia su hogar—. ¿Los jóvenes de aquí tienen algún lugar donde divertirse el fin de semana? No he visto ninguno.
—Hay uno, al final de la calle principal, hacia allá. A veces tocan música en vivo, si no hay ningún grupo viene una discoteca, pero todos los fines de semana hay algo. Mañana seguramente también.
—Que bien, gracias. Cuídate de las balas perdidas —agregó ella por último.

Su padre alcanzó a gruñir por aquel comentario y por la cita que habían acordado delante de él creyendo que no se daría cuenta. La camioneta partió levantando una nube de polvo, como enojada también. Alan quedó sonriendo por la cita pero enseguida la sonrisa se le borró del rostro al recordar que casi lo habían matado. Y respiró hondo, preparándose, cuando pensó en el escándalo que iba a armar su madre cuando supiera que él había recibido un balazo. Que solo fuera un rasguño no iba a aminorar el pamento.

Como el inglés realmente había hecho un buen trabajo y él era un muchacho duro, ya no pensó mas en la erida y sus pensamientos solo se enfocaron en la Kate. El día siguiente, que era sábado, lo pasó impaciente esperando que llegara la noche. Fue de los primeros en presentarse en el local. La banda aún estaba ajustando todo. Kate no estaba. Alan no se preocupó, todavía era muy temprano. De a poco el lugar se fue llenando pero eran todas caras conocidas. Cada tanto se acercaba algún amigo y Alan conversaba un rato, sin descuidar mucho la puerta. Un par de muchachas locales se le arrimaron muy amistosas, para después de un rato notar su indiferencia y marcharse en busca de otro compañero.

Como hacía mucho calor Alan se arrimó hasta la cantina para comprar un vaso de sidra, una bebida típica de su pueblo, donde además de beberla la producían. Cuando se volvió hacia el salón Kate caminaba hacia él, y cuando los dos se vieron ella hizo un gesto con su mano, le apuntó con un dedo como si fuera un arma y lo levantó como su hubiera disparado, echándose a reír a continuación; el sonrió porque estaba contento por verla, aunque la broma del balazo ya no le hacía gracia.

—Viniste, Kate la saludó él.
—Claro, estaba súper aburrida. La caza aquí ya no me interesa. Solo pude darle en los cuernos a un ciervo de la zona ¡Jajaja!
—¡Jaja! Y sigues con eso. Me alegra haber recibido ese balazo para tu diversión.
—¡No lo digas así, que me siento mal! Solo bromeaba. ¿Qué estás tomando?
—Sidra, ¿quieres un vaso?

Ella indicó que si con un gesto desganado. Cuando tuvo el vaso en su mano probó un trago y después desparramó una mirada por el salón, sonriendo.

—¿Esto es lo que toman los jóvenes aquí para divertirse? —le preguntó Kate, con un tono algo burlón que a él no le gustó mucho.
—Sí, es refrescante y, es lo que tomamos, ¿qué tiene de malo?
—Nada, solo preguntaba. ¿Vamos a bailar?

Eso lo animó de nuevo. Como eran melodías él la tomó por la cintura, pero ella se apartó y empezó a moverse sola. Eran los único que bailaban separados, y los movimientos que ella hacía no tenían nada que ver con la música que sonaba en el salón. Alan sintió que le ardían las mejillas cuando notó que todos los miraban. A kate no le importaba, y al ver que tenía público empezó a exagerar mas sus movimientos. Las mejillas de Alan seguían ardiendo cuando ella se empezó a reir. Se le acercó y le dijo al oido que solo estaba bromeando. Después le tomó una mano y la colocó en su cintura, mirándolo directamente a los ojos. Así empezaron a bailar como todos los demás y las miradas hacia ellos fueron desapareciendo.

Alan se dio cuenta que ella realmente se estaba divirtiendo, pero él no lo hacía. Pensó que si aquella inglesa solo estaba jugando con él era mejor terminar el asunto por allí, aunque el pelo de Kate tenía un aroma tan refrescante y su cuerpo era tan firme que le costaba separarse de ella. Por eso siguieron bailando sin que a Alan se le ocurriera una forma de comprobar si solo jugaban con él. Pero, ¿qué tenía de malo ser el juguete de una turista por una noche?, se le ocurrió después. Se respondió que si obtenía un beneficio eso no tenía nada de malo, a menos que se enamorara. ¿Estaba enamorado? No quiso responderse eso. Mas como tenía su orgullo, si ella estaba planeando burlarse de él sin darle nada, mejor que se buscara a otro.

Se le ocurrió una idea para comprobar las intenciones de Kate. Deliberadamente, usando el vaivén del baile, la fue llevando hacia un rincón del salón. Cerciorándose disimuladamente que nadie lo veía, desvió su mano derecha de la cintura de Kate y la deslizó hacia abajo. Ella no se aparto ni dijo nada, solo se abrazó mas a él. Eso confirmaba que al menos iba a obtener algo.
Volvieron al centro del salón, coordinados al bailar como si hubieran practicado mucho tiempo. Pieza tras pieza siguieron así, pegados por el ritmo. De a poco Alan fue olvidando el desagrado que le habían causado las bromas de ella, pues ahora Kate casi parecía otra persona cuando levantaba la vista para mirarlo a los ojos. 

“Tiene un sentido del humor un poco cruel pero es una muchacha buena”, comenzó a pensar Alan. “Una vida junto a ella sería sin dudas divertida”. “Por vivir en la ciudad esto para ella debe ser el paraíso”, especulaba. Él no se imaginaba viviendo en otro lugar, y ya había planeado tener una vida similar a la de su padre y a la de su abuelo y otros antepasados. Se apiadaba de la gente que trabaja en una oficina todo el año para después solo disfrutar unas semanas al año. Él no podría estar un año sin cazar o pescar, o disfrutar de los paisajes que le gustaban.

Él sabía que sus sueños eran pocos y simples pero le encantaban. ¿Kate sería capaz de hacerlos realidad junto a él? Empezó a recordar las zonas naturales que mas le gustaban y a imaginarse en ellas junto a Kate. “Si ella viera la parte alta del arroyo, donde el agua corre bien transparente entre las piedras, o el valle de las flores, o la parte sombría del bosque, seguro le encantaría”. Sabía que ella solo estaba de paso, pero si volvía al otro año su romance iba a ser mas serio. ¿Pero y si ella no regresaba o se encontraba a alguien mas? Alan se amargó un poco. Al rato abandonó esos pensamientos y se concentró en la tibieza que estaba recostada a él.

Después de muchas piezas volvieron a la cantina y se refrescaron con sidra. Allí él sintió muchas ganas de besarla, y lo hizo sin que ella se resistiera. Cuando separaron sus caras Kate sonrió ampliamente y le dijo que quería salir a tomar aire. Ya era de madrugada cuando abandonaron las sombras de una arboleda y se despidieron. Cuando Alan se acostó en su casa ya estaba convencido que había hallado a la que lo iba a acompañar el resto de su vida. Por la tarde fue en bicicleta al mercado del pueblo porque su madre se lo pidió. No le quedaba de paso pero igual cruzó por el hostal, para ver si la veía, y la vio, pero se llevó una sorpresa desagradable. Kate, el padre y una señora que evidentemente era su madre, estaban cargando sus maletas en la Lan Rover. Alan se detuvo al lado de ellos, estupefacto. Ella le había dicho que no sabía cuándo se marchaban, pero que seguramente sería después de una semana. Kate pensó rápido y actuó primero:

—Mira quién está aquí, papá, el muchacho que herí de un disparo.

Al hablar así de él le hizo entender a Alan que sus padres no sabían que se habían visto la noche anterior. Eso le causó una sensación horrible, mas para no dejarla mal le siguió la corriente.

—Sí, el mismo —comentó Alan forzando una sonrisa—. Veo que ya se marchan.
—Hola. Así es, joven —le dijo el padre de ella mientras levantaba una maleta—. Pasamos unos días estupendos en su pueblo, pero todo lo bueno se termina. ¿Cómo está la herida?
—Bien, gracias. Fue muy poca cosa y usted me curó muy bien. ¿Regresan el año que viene?
—No, todos los años rotamos el lugar. ¿Querías decirnos algo? —preguntó el veterano, sospechando lo que pasaba allí.
—No, nada, pregunté si iban a volver por curiosidad. Me tengo que ir. Adiós, buen viaje.
—Muchas gracias. Kate, ¿no te vas a despedir del joven?
—Adiós... ¿cómo era tu nombre? Disculpa, lo olvidé mintió ella, tratando de despejar las sospechas del padre.
—Soy... el que recibió una herida de tu parte. Adiós.

Y se alejó pedaleando por la calle, con el corazón despedazado. El padre de Kate se equivocaba, ella sí era una cazadora.