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jueves, 30 de julio de 2015

Amor a Domicilio

—¡Daniel! ¡Salen cinco pizzas para la zona de Palermo! —le gritó el encargado de los deliverys.
—Que bien, seguro que ahí me van a dar una buena propina —dijo Daniel al tomar la nota.
—Claro, los ricos son tan generosos ¡Jajaja! —comentó con sarcasmo el encargado, y siguió dando órdenes a los gritos.

Daniel partió a toda prisa en su motoneta, con un montón de cajas de pizza atrás. Se internó en el ruidoso tránsito de Buenos Aires. Sabía que entre todos aquellos conductores apurados él era casi invisible, solo otro repartidor mas; pero acostumbrado a eso, atravesaba la ciudad como quien conduce en un juego. Se arriesgaba detrás de los colectivos, rozaba autos al doblar, y no descuidaba mucho el reloj porque tenía que llegar cuanto antes. El sol estaba muy fuerte y la ciudad exhalaba un vapor mezclado con smog, mas como iba rápido el viento lo refrescaba un poco. Por todos lados se veía gente con el rostro apesadumbrado por el calor. Condujo la motoneta temerariamente hasta que llegó a su destino...

El número de la casa coincidía con el que sacó del bolsillo.
Era sin dudas una casa de ricos. Una reja alta y robusta protegía un terreno grande que exhibía un hermoso jardín florido y un montón de árboles. El sol de la tarde daba de lleno sobre aquel verdor adornado de colores. Llegaban hasta la calle algunos reflejos de la enorme vivienda que estaba mas allá de aquella espléndida muestra de naturaleza urbana. En el portón había un intercomunicador.

—¡Delivery! —dijo Daniel después de apretar el botón.
—Pasa, ya te abro —le contestó una voz sensual, como de locutora.

Sonó un ruido robótico y después uno metálico y el portón se abrió. Daniel entró al terreno equilibrando las cajas de pizza. Supo que había alguna cámara por allí porque escuchó que el portón se cerró tras él. Atravesaba el patio cuando lo detuvo un ladrido potente y grave que casi lo hizo tirar su carga. Al girar un poco el cuerpo, un perro negro enorme apareció detrás de las cajas de pizza. Daniel quedó congelado mirando al perro. El can le enseñó los colmillos con un gruñido sordo hasta que repentinamente una presencia lo calmó. La voz sensual llegó a sacarlo del aprieto:

—¡Rufus! ¡Tranquilo! Deja al muchacho en paz. Pasa, no es malo    —dijo una chica pelirroja de una belleza exuberante—. Disculpa, creí que estaba dentro de casa, no sabía que Rufus había salido. ¿Estás bien?
—Sí, gracias. Menos mal que saliste enseguida, creí que ese perro me iba a comer —confesó con un suspiro de alivio Daniel.
—No, solo te iba a masticar pero sin tragar, como al último delívery. ¡Jajaja! Solo estoy bromeando. Mi Rufus es un gigantón bueno, ¿no es verdad? —ella ahora se dirigía al perro. Se inclinó y lo tomó de las orejas—. Querías defender a tu dueña, pero no necesito que me defiendas de muchachos tan lindos como este.

Después de decir eso ella miró a Daniel y le sonrió; este se sintió alagado y sonrió también. Cuando la muchacha volvió a acariciar al perro, él aprovechó el momento para observarla. Nunca había visto una pelirroja tan perfecta. Ya no le importaba el susto que acababa de pasar. Ella lo hizo pasar a una sala. Allí se encontró con siete muchachas mas, todas hermosas pero ninguna le causó tanta impresión como la primera. Daniel saludó al grupo y dejó las pizzas sobre la mesa que la pelirroja le indicó. Las muchachas estaban sentadas en unos sofás lujosos. Enseguida se pusieron a cuchichear entre ellas y a mirarlo sin nada de sutileza. Él era muy apuesto. Finalmente una de ellas comentó, dirigiéndose a la pelirroja, que era la anfitriona:

—Cecilia, dime una cosa, ¿comes pizza muy seguido? —y las otras se echaron a reir.
—No, pero tal vez empiece a hacerlo —le contestó Cecilia mientras le pagaba las pizzas y le daba una generosa propina a Daniel.

Daniel sonrió complacido. Se cruzaron una mirada intensa hasta que él se despidió de ella y del grupo y salió rumbo al patio. Esperó un momento frente al portón de rejas hasta que este sonó y se abrió de nuevo. Arrancó la moto sintiéndose muy feliz. De regreso a la pizzeria le pareció que el día estaba mucho mas agradable. Ya anteriormente su apariencia le había hecho ganar la simpatía de varias clientas, pero estas eran mujeres casadas y mayores que él por unos cuantos años. Aunque él opinaba que algunas de ellas no estaban nada mal, nunca les había seguido la corriente porque por su posición eso le parecía algo denigrante. Estaba claro que no lo veían como a cualquier tipo, sino como a alguien conveniente que tal vez incluso podrían comprar. Para qué rebajarse a eso si chicas no le faltaban, y para él el dinero debía ganarse honestamente.

Todo el tiempo veía mujeres bellas en la ciudad, mas ahora no podía dejar de pensar en Cecilia porque lo había impresionado mucho mas que cualquiera. ¿Sería aquella voz tan encantadora, el buen trato que tuvo con él, sus ojos celestes? Sentía que una razón mas profunda lo hacía volver con la imaginación a aquella casa.
Lo preocupó un poco que la pelirroja también lo viera como las otras clientes. Después pensó que debía ser algo diferente; ella, por lo joven, seguramente estaba soltera, que estuviera compartiendo con sus amigas era una prueba de eso, pues una mujer casada difícilmente se sigue reuniendo de esa forma con sus amistades. Para sus admiradoras casadas él era una oportunidad fácil, un pez que iba hasta la puerta misma de sus hogares; en cambio Cecilia era libre de elegir a quien quisiera. Mas ahí le surgió otra duda: ¿A una muchacha rica como ella le interesaría tener algo serio con un don nadie como él? La cuestión lo amargó.

Y con el paso de los días sintió que aquello solo era una quimera. Hacía cuadras y cuadras en su moto repartiendo pizzas por todos lados, mas ningún pedido era el que él quería. Revivía aquel encuentro una y otra vez tratando de entender si ella solo había sido amable, si había actuado así solo para bromear con sus amigas, o si fue algo mas. Aveces se convencía de que ella se había interesado en él. Por qué no si siempre había tenido suerte con las mujeres. Entonces especulaba que no todos los ricos son iguales, que si hay amor no importa el dinero. Otras veces era escéptico y se decía que las ricas solo miran hacia arriba, que jamás descienden hasta un obrero. Y juraba que no iba a pensar mas en aquel encuentro, mas siempre volvía a hacerlo.

Una tarde llegó el pedido que esperaba. Voló sobre las dos ruedas. En el tránsito parecía que todos estaban rabiosos, y en los embotellamientos sonaban bocinas y se escuchaban insultos; y él que solo quería llegar a aquella casa cuanto antes. Su apuro pudo mas que su prudencia, que era poca; pero igual se vio frente a aquel portón. El jardín se hallaba mas luminoso incluso que cuando lo conoció. No tuvo que avisar que había llegado, el portón se abrió apenas él se arrimó. En el sendero del jardín de nuevo se topó con Rufus, mas esta vez el enorme perro se acercó meneando la cola. Daniel pensó que después de todo el perro no era malo. Cecilia salió a su encuentro. Su piel blanca parecía irradiar una luz propia, y sonreía como la mujer mas feliz del mundo.

El jardín estaba cada vez mas luminoso y las flores teñían de su color los destellos, y la casa allá en el fondo reflejaba tanta luz como un arroyo cristalino al atardecer. Cecilia se acercaba a él lentamente. Daniel sentía una extraordinaria ligereza en el cuerpo. El exceso de luz le resultaba tibio, por demás agradable, hasta que todo se volvió luz. En ese momento se dio cuenta de que aquello no era real, y se hizo la oscuridad.

Volvió en si en un hospital. Tras un desconcierto momentáneo comprendió que había tenido un accidente. Estaban a su lado sus padres y sus dos hermanos. Pensó que había tenido mala suerte pero por lo menos estaba vivo. Se convenció enseguida que aunque hubiera llegado a su destino de todas formas no iba a conseguir nada. Una rica enamorándose de un pobre, dónde se vio. Se alegró de tener a los suyos a su alrededor. Tenía varios huesos rotos pero se iba a recuperar. Consideró que aquel accidente era una lección. Ahora ya no iba a andar soñando como un tonto e iba a ser mas prudente. En su barrio había mujeres despampanantes, y bien podía enamorarse de alguna.

Tenía tantos calmantes encima que le costaba mantener los ojos abiertos, y su familia aparecía y desaparecía entre los sucesivos intervalos de vigilia y sueño. Cuando sus padres se iban retirando, su madre se volvió hacia él al recordar algo y le dijo:

—Afuera hay una muchacha que dice conocerte y te quería ver. Es una pelirroja muy bonita. ¿Quieres que pase?
—¿Qué? Sí, sí, hazla pasar. Gracias, mamá.

Daniel pensó que por suerte no estaba conectado a uno de esos aparatos que monitorean los latidos, porque el aparato dejaría en evidencia lo emocionado que estaba. Cuando Cecilia se asomó en la puerta los dos sonrieron ampliamente.

—Hola. ¿Cómo estás? —le preguntó ella al entrar—. Como el pedido no llegaba llamé para ver qué pasaba, y el dueño acababa de enterarse que te habías accidentado. Por suerte no fue mucho, ¿no?
—Hola, estoy bien, gracias.
—Que bueno. Desde aquella tarde quise volverte a ver. ¿Le pones algo a las pizzas para que las clientas se enamoren de vos? ¡Jajaja!
—¡Jaja! Yo no hago las pizzas, solo las reparto. Pero dime una cosa, ¿cómo sabías que era yo el que llevaba el pedido?

Daniel se arrepintió de hacer esa pregunta, porque al dudar despertó y se encontró solo en la habitación.



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