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sábado, 11 de julio de 2015

La Cazadora


La bala le rozó la cabeza a Alan y dio en la corteza del árbol que estaba a su lado. Instintivamente se agachó y después se tiró al suelo. Buscó con la vista pero como estaba rodeado de árboles no logró ver a nadie; mas el tirador estaba cerca. Inmediatamente pensó si aquello era una bala perdida o si alguien le había apuntado. Se encontraba en un bosque de abetos, en una zona rural de Francia. Alan tenía un enemigo en el pueblo y sabía que este también gustaba de la caza, por lo que enseguida sospechó de él...


Su enemigo se llamaba Pierre, él salió un tiempo con Agnes, una muchacha del pueblo que también tuvo un romance con Alan. Como el primero quiso reconquistar a Agnes cuando esta salía con el segundo, los dos se enemistaron y llegaron a tomarse a golpes. Y esa enemistad perduró incluso después de que la muchacha se hartara de los dos. Ahora Alan sospechaba que su rival estaba escondido en la espesura.

Pero Alan también estaba armado porque andaba cazando, y si Perre se escondía por allí le iba a devolver el disparo en cuanto viera su cabeza. Agazapado en el suelo estimó de dónde había llegado la bala, y prestando atención le pareció escuchar unas voces. ¿Sería una bala perdida entonces? No podía arriesgarse. Avanzó por el suelo apoyándose en sus codos y ayudándose con las piernas, así como se desplazan los militares cuando están cuerpo a tierra, con el arma adelante. De esa forma alcanzó unos arbustos y espió a través de ellos. 

Suspiró aliviado al ver que no se trataba de su enemigo. Un tipo de mediana edad, canoso, alto, le estaba enseñando a disparar a una muchacha rubia; ella tenía un rifle en las manos. Alan hizo algo de ruido para no sorprender a aquellos dos. Ellos voltearon hacia los arbustos que se agitaban y lo vieron emerger de ellos. Alan se acercó a saludar:

—Hola, me llamo Alan. Recién me dieron un buen susto. Una de sus balas casi me dio en la cabeza.
—¿Qué casi le damos en la cabeza? —preguntó el hombre, empalideciendo.
—Sí, yo estaba por allá, dio apenas por encima de mi cabeza, pero no pasó de eso. Una anécdota. No vine a reprocharles nada.
—Me temo que sí pasó algo —dijo gravemente el tipo alto—, le está sangrando el hombro. Tal vez el rebote...
—¿Mi hombro? ¡Por dios, no lo había notado! —exclamó Alan.

Una mancha de sangre se agrandaba en su camisa en el hombro izquierdo. La muchacha abrió la boca y se llevó una mano a la cara, acción que hizo que casi se le cayera el rifle.

—¡Mira lo que haces! —le reprochó el veterano—. ¡Acaso quieres causar otro accidente!
—Lo siento papá. ¿Le pongo el seguro?
—¡Pues claro! Y no te disculpes conmigo, hazlo con él. ¡Solo yo hacerte caso! ¡Dónde se vio una mujer cazando! ¡Nunca debí dejarte tomar un arma! Ahora que lo pienso, yo también soy culpable. ¡Una mujer cazando...!
—Disculpa, no te vi —se dirigió ella a Alan.

El hombre hablaba muy serio y había tomado una postura muy erguida. Por esos gestos y su acento Alan supo que eran ingleses. La muchacha bajó la cabeza por la reprimenda. Él sintió algo de pena por ella y quiso enfriar la situación:

—Tal vez es un trozo de madera lo que me dió, apenas me duele, y hasta ahora no lo había notado.
—Joven, esa herida la hizo una bala, la nuestra. Créame que lo siento mucho —se disculpó el veterano con un aire solemne y firme—. Déjeme enmendar en parte nuestro error y siéntese aquí para que le revise la herida. Soy médico y siempre salgo preparado. Puedo mostrarle mi tarjeta si así lo requiere, joven.
—No es necesario, le creo.

Allan se sentó sobre una roca que había en el lugar. El inglés sacó un botiquín de una mochila que llevaba y después pasó a revisar al herido. La muchacha los observaba con angustia. El médico procedió a limpiar la herida para evaluarla, después le aplicó un desinfectante y la cubrió con una gaza y vendas. Mientras era atendido Alan observó a la muchacha. Tenía los ojos celestes y una cara hermosa que a primera vista parecía indicar una gran inocencia de carácter, mas al observarla mejor esa impresión desaparecía pues ella tenía una mirada muy profunda y muchas veces pícara.

—Por el momento con esto va a estar bien —aseguró el inglés—. Por suerte solo fue un rasguño del rebote. ¿Vive usted en el pueblo que hay aquí cerca? Puedo llevarlo al hospital, o a su médico de confianza, si lo tiene. Si surge algún gasto yo los asumiré, por supuesto. Es lo menos que puedo hacer. Y aunque solo fue un accidente, si quiere llevar el asunto ante la justicia, estoy a su disposición. Ella aún no es mayor y el responsable de darle el arma fui yo, por lo que asumiré toda la culpa —terminó de decir el inglés, con un nuevo aire solemne, como quien jura algo.
—Usted lo dijo, señor, solo fue un accidente. Le agradezco su atención pero no va a ser necesario. La herida es poca cosa y se ve que usted hizo un excelente trabajo. No voy a ir al hospital, y mucho menos a la justicia. En mis correrías por el bosque me he llevado arañazos peores. Bueno, ya me voy —al decir esto Alan se puso en pie.
—Espere, al menos déjeme llevarlo al pueblo. Nuestro vehículo está ahí cerca —insistió el veterano—. Y creo que no me he presentado. Soy James Smith, y ella es mi hija Kate.
—Mucho gusto. Soy Alan Lecointre. Está bien, vamos.

En el costado del camino había una camioneta Land Rover. Alan pensó: “A este señor solo le falta llevar una bandera en la mano. Estos ingleses... Pero bien que me atendió, y su hija, que hermosa es”. Los dos jóvenes subieron atrás. Ella le sonrió varias veces y se sentó cerca, entablando enseguida una conversación. Evidentemente ya no se sentía apenada ni preocupada. El veterano, que seguía serio, los espiaba por el retrovisor, desaprobando la actitud de su hija solo frunciendo la frente. No le decía nada porque el que recibía la atención de su hija, un rato atrás había soportado un tiro de ella. La camioneta atravesó un paisaje maravilloso de bosques y verdes praderas hasta que llegaron al pueblo, la casa de Alan se encontraba en el exterior de este. Cuando el vehículo se detuvo Alan comentó:

—Así que están visitando el pueblo desde hace días. Todos los años vienen turistas en verano. Bien, me despido. Tal vez nos veamos de nuevo, el pueblo es chico —se bajó y cerró la puerta.
—Es un hermoso pueblo —aseguró Kate, y sonrió con picardía—, y la caza aquí es excelente, se pueden obtener buenos ejemplares.
—¡Jaja! Que bromista. Gracias por traerme, señor. Hasta un día de estos, Kate.
—De nada. Siento que nos conociera de esta forma. Que pase bien, joven —se despidió James.
—Espera, Alan —lo detuvo Kate cuando él ya había girado hacia su hogar—. ¿Los jóvenes de aquí tienen algún lugar donde divertirse el fin de semana? No he visto ninguno.
—Hay uno, al final de la calle principal, hacia allá. A veces tocan música en vivo, si no hay ningún grupo viene una discoteca, pero todos los fines de semana hay algo. Mañana seguramente también.
—Que bien, gracias. Cuídate de las balas perdidas —agregó ella por último.

Su padre alcanzó a gruñir por aquel comentario y por la cita que habían acordado delante de él creyendo que no se daría cuenta. La camioneta partió levantando una nube de polvo, como enojada también. Alan quedó sonriendo por la cita pero enseguida la sonrisa se le borró del rostro al recordar que casi lo habían matado. Y respiró hondo, preparándose, cuando pensó en el escándalo que iba a armar su madre cuando supiera que él había recibido un balazo. Que solo fuera un rasguño no iba a aminorar el pamento.

Como el inglés realmente había hecho un buen trabajo y él era un muchacho duro, ya no pensó mas en la erida y sus pensamientos solo se enfocaron en la Kate. El día siguiente, que era sábado, lo pasó impaciente esperando que llegara la noche. Fue de los primeros en presentarse en el local. La banda aún estaba ajustando todo. Kate no estaba. Alan no se preocupó, todavía era muy temprano. De a poco el lugar se fue llenando pero eran todas caras conocidas. Cada tanto se acercaba algún amigo y Alan conversaba un rato, sin descuidar mucho la puerta. Un par de muchachas locales se le arrimaron muy amistosas, para después de un rato notar su indiferencia y marcharse en busca de otro compañero.

Como hacía mucho calor Alan se arrimó hasta la cantina para comprar un vaso de sidra, una bebida típica de su pueblo, donde además de beberla la producían. Cuando se volvió hacia el salón Kate caminaba hacia él, y cuando los dos se vieron ella hizo un gesto con su mano, le apuntó con un dedo como si fuera un arma y lo levantó como su hubiera disparado, echándose a reír a continuación; el sonrió porque estaba contento por verla, aunque la broma del balazo ya no le hacía gracia.

—Viniste, Kate la saludó él.
—Claro, estaba súper aburrida. La caza aquí ya no me interesa. Solo pude darle en los cuernos a un ciervo de la zona ¡Jajaja!
—¡Jaja! Y sigues con eso. Me alegra haber recibido ese balazo para tu diversión.
—¡No lo digas así, que me siento mal! Solo bromeaba. ¿Qué estás tomando?
—Sidra, ¿quieres un vaso?

Ella indicó que si con un gesto desganado. Cuando tuvo el vaso en su mano probó un trago y después desparramó una mirada por el salón, sonriendo.

—¿Esto es lo que toman los jóvenes aquí para divertirse? —le preguntó Kate, con un tono algo burlón que a él no le gustó mucho.
—Sí, es refrescante y, es lo que tomamos, ¿qué tiene de malo?
—Nada, solo preguntaba. ¿Vamos a bailar?

Eso lo animó de nuevo. Como eran melodías él la tomó por la cintura, pero ella se apartó y empezó a moverse sola. Eran los único que bailaban separados, y los movimientos que ella hacía no tenían nada que ver con la música que sonaba en el salón. Alan sintió que le ardían las mejillas cuando notó que todos los miraban. A kate no le importaba, y al ver que tenía público empezó a exagerar mas sus movimientos. Las mejillas de Alan seguían ardiendo cuando ella se empezó a reir. Se le acercó y le dijo al oido que solo estaba bromeando. Después le tomó una mano y la colocó en su cintura, mirándolo directamente a los ojos. Así empezaron a bailar como todos los demás y las miradas hacia ellos fueron desapareciendo.

Alan se dio cuenta que ella realmente se estaba divirtiendo, pero él no lo hacía. Pensó que si aquella inglesa solo estaba jugando con él era mejor terminar el asunto por allí, aunque el pelo de Kate tenía un aroma tan refrescante y su cuerpo era tan firme que le costaba separarse de ella. Por eso siguieron bailando sin que a Alan se le ocurriera una forma de comprobar si solo jugaban con él. Pero, ¿qué tenía de malo ser el juguete de una turista por una noche?, se le ocurrió después. Se respondió que si obtenía un beneficio eso no tenía nada de malo, a menos que se enamorara. ¿Estaba enamorado? No quiso responderse eso. Mas como tenía su orgullo, si ella estaba planeando burlarse de él sin darle nada, mejor que se buscara a otro.

Se le ocurrió una idea para comprobar las intenciones de Kate. Deliberadamente, usando el vaivén del baile, la fue llevando hacia un rincón del salón. Cerciorándose disimuladamente que nadie lo veía, desvió su mano derecha de la cintura de Kate y la deslizó hacia abajo. Ella no se aparto ni dijo nada, solo se abrazó mas a él. Eso confirmaba que al menos iba a obtener algo.
Volvieron al centro del salón, coordinados al bailar como si hubieran practicado mucho tiempo. Pieza tras pieza siguieron así, pegados por el ritmo. De a poco Alan fue olvidando el desagrado que le habían causado las bromas de ella, pues ahora Kate casi parecía otra persona cuando levantaba la vista para mirarlo a los ojos. 

“Tiene un sentido del humor un poco cruel pero es una muchacha buena”, comenzó a pensar Alan. “Una vida junto a ella sería sin dudas divertida”. “Por vivir en la ciudad esto para ella debe ser el paraíso”, especulaba. Él no se imaginaba viviendo en otro lugar, y ya había planeado tener una vida similar a la de su padre y a la de su abuelo y otros antepasados. Se apiadaba de la gente que trabaja en una oficina todo el año para después solo disfrutar unas semanas al año. Él no podría estar un año sin cazar o pescar, o disfrutar de los paisajes que le gustaban.

Él sabía que sus sueños eran pocos y simples pero le encantaban. ¿Kate sería capaz de hacerlos realidad junto a él? Empezó a recordar las zonas naturales que mas le gustaban y a imaginarse en ellas junto a Kate. “Si ella viera la parte alta del arroyo, donde el agua corre bien transparente entre las piedras, o el valle de las flores, o la parte sombría del bosque, seguro le encantaría”. Sabía que ella solo estaba de paso, pero si volvía al otro año su romance iba a ser mas serio. ¿Pero y si ella no regresaba o se encontraba a alguien mas? Alan se amargó un poco. Al rato abandonó esos pensamientos y se concentró en la tibieza que estaba recostada a él.

Después de muchas piezas volvieron a la cantina y se refrescaron con sidra. Allí él sintió muchas ganas de besarla, y lo hizo sin que ella se resistiera. Cuando separaron sus caras Kate sonrió ampliamente y le dijo que quería salir a tomar aire. Ya era de madrugada cuando abandonaron las sombras de una arboleda y se despidieron. Cuando Alan se acostó en su casa ya estaba convencido que había hallado a la que lo iba a acompañar el resto de su vida. Por la tarde fue en bicicleta al mercado del pueblo porque su madre se lo pidió. No le quedaba de paso pero igual cruzó por el hostal, para ver si la veía, y la vio, pero se llevó una sorpresa desagradable. Kate, el padre y una señora que evidentemente era su madre, estaban cargando sus maletas en la Lan Rover. Alan se detuvo al lado de ellos, estupefacto. Ella le había dicho que no sabía cuándo se marchaban, pero que seguramente sería después de una semana. Kate pensó rápido y actuó primero:

—Mira quién está aquí, papá, el muchacho que herí de un disparo.

Al hablar así de él le hizo entender a Alan que sus padres no sabían que se habían visto la noche anterior. Eso le causó una sensación horrible, mas para no dejarla mal le siguió la corriente.

—Sí, el mismo —comentó Alan forzando una sonrisa—. Veo que ya se marchan.
—Hola. Así es, joven —le dijo el padre de ella mientras levantaba una maleta—. Pasamos unos días estupendos en su pueblo, pero todo lo bueno se termina. ¿Cómo está la herida?
—Bien, gracias. Fue muy poca cosa y usted me curó muy bien. ¿Regresan el año que viene?
—No, todos los años rotamos el lugar. ¿Querías decirnos algo? —preguntó el veterano, sospechando lo que pasaba allí.
—No, nada, pregunté si iban a volver por curiosidad. Me tengo que ir. Adiós, buen viaje.
—Muchas gracias. Kate, ¿no te vas a despedir del joven?
—Adiós... ¿cómo era tu nombre? Disculpa, lo olvidé mintió ella, tratando de despejar las sospechas del padre.
—Soy... el que recibió una herida de tu parte. Adiós.

Y se alejó pedaleando por la calle, con el corazón despedazado. El padre de Kate se equivocaba, ella sí era una cazadora.




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