¡Advertencia!: Todas las obras del blog le pertenecen a Jorge Leal. Prohibido tomarlas para cualquier fin sin consultar antes al autor. Y en todos los casos se deberá citar la fuente y el autor, y no se podrán usar con fines comerciales.

Buscar en este blog

miércoles, 22 de julio de 2015

La Separación

...No creas que te vas a ir así nomás, tan fácil —lo amenazó Ana.
— Que no, pues mira cómo lo hago —la desafió Rubén.
Pasó al lado de ella y fue hasta el cuarto, y allí comenzó a empacar una maleta.
—No puedo creer lo que estás haciendo —le dijo Ana mientras se tomaba la cabeza con las manos y lloraba—. ¡Este no eres tú, nunca fuiste así! ¡Esto no puede estar pasando! No, no creo.
—No te sigas mortificando así —le aconsejó bruscamente Rubén, mientras metía desordenadamente su ropa en la maleta—. Como si fuera cosa del otro mundo. Cuántas parejas que conocemos se separaron y ahora me sales con eso...

—Pero es que nosotros no somos como esos, nosotros siempre fuimos diferentes —sollozó Ana e intentó abrazarse a su marido, pero él se separó de ella y siguió empacando.
—Ese es el asunto, fuimos, pasado. Las cosas cambian.
—Pueden cambiar, pero no así de golpe. Sabes, no te creo, aquí tiene que haber algo mas. Por favor, dime la verdad, ¿qué te pasa?
—Esto no sucedió de golpe, empezó hace tiempo, y antes no me animé a decirte nada porque temía justamente esto, todo este berrinche que armas ahora.

Rubén se puso a buscar sus zapatos, apartando todo con gestos bruscos, como enojado. Ana seguía plantada en el cuarto, entregada al llanto y al desconsuelo por momentos, después se secaba las lágrimas e intentaba razonar lo que estaba pasando, para enseguida caer de nuevo en el llanto al no hallarle una respuesta.

—Si dices que hay otra quiero que me la presentes —le planteó Ana finalmente. Ella intentaba controlar sus respiración agitada por el llanto y se pasaba la mano por la cara enjuagando su dolor.
—No seas ridícula —despreció su propuesta él, mirándola de reojo con las cejas bajas, como quien mira a alguien que ha hecho o dicho una insensatez.
—Sí, quiero que me la presentes, quiero saber quién es la que me arrebató la vida.
—No seas dramática. Te estoy dejando todo: la casa, el auto, la cuenta en el banco. ¿Qué mas quieres?
—¡Te quiero a ti! ¿Para qué tener todo esto si ya no vas a estar? —Ana miró con amargura la pieza, y los ojos se le inundaron de nuevo.
—Para qué, para rehacer tu vida, así como yo voy a hacer con la mía. Créeme, nuestra separación es inevitable.
—No quiero una vida sin ti.
—Exageras. Dentro de un mes, sino antes, vas a andar maldiciéndome, y poco después vas a andar enredada con otro. Te lo aseguro, tú sabes que es así, los dos lo hemos visto. Creo que esto es todo. Adiós. Que tengas una buena vida. Te deseo lo mejor —le dijo Rubén, y salió de la pieza.
Ana quedó temblando de pies a cabeza, después, al sentir que él ya estaba cerca de la puerta de la calle, salió corriendo y lo alcanzó para abrazarlo por detrás.
—Por favor, no te vayas —le imploró.
—Algún día lo vas a entender. Ahora déjame ir.

Rubén cerró los ojos, respiró hondo, como hacen los que están por hacer algo muy difícil, y siguió avanzando hacia la puerta hasta que ella lo soltó. Y se marchó sin mirar atrás. Ana por un momento estuvo tentada a correr de nuevo tras él, pero de pronto se sintió furiosa y cerró la puerta violentamente. Ya en la calle Rubén escuchó el golpe y volvió a cerrar los ojos y a respirar hondo.
Los primeros días que siguieron a ese Ana estuvo desconsolada. Se la pasaba acoquinada en el sillón con la cara cerca de las rodillas, su cabellera rubia despeinada, siempre con los ojos colorados. Casi no comió y desatendió completamente la casa. Buscando algo de consuelo llamó a una vieja amiga con la cual aún mantenía contacto y esta se presentó enseguida. Esa amiga se llamaba Andrea, y al escuchar el relato de Ana también se puso a llorar. Las dos estaban en la sala, en el mismo sillón.

—Sé lo duro que es, bin sabes yo ya pasé por esto, pero te aseguro que con el tiempo pasa. Ahora no me vas a creer mas vas a ver que es así —le aseguró Andrea.
—Pero es que duele tanto... y lo que yo quiero es que él vuelva –dijo Ana, cubriéndose los ojos con las manos.
—Tienes que hacerte la idea de que eso no va a pasar –le aconsejó entonces Andrea, poniéndole una mano en el hombro—. Pensar en eso solo va a hacer que sufras mas tiempo. Te lo digo porque lo viví. Amiga, francamente, quisiera hablar mal de Rubén por lo que te hizo pero no me sale, siempre me pareció un buen tipo. A veces las relaciones se deterioran y ya, no hay culpables.
—¡¿Como que no hay culpables?!, ¿y la zorra que lo separó de mí? —protestó Ana, enojada.
—Comprendo que la odies ahora, pero puede ser que ella solo buscara su felicidad. Cuando conociste a Rubén él tenía novia, ¿no?
—Sí, pero no es lo mismo. Nosotros ya llevábamos diez años de casados, ¡diez años!
—Lo sé, pero lo mejor es que no pienses mas en él. Ya es pasado.
—¿Y qué hago ahora entonces?
—Mantente ocupada, no hay nada mejor, eso te ayuda a no pensar. Vamos a dar vuelta esta casa. Vamos, ven, levántate —y la obligó a levantarse tomándola de las manos.

El desorden en la casa no era poco. Al rato Ana comprobó lo efectivo que era mantenerse ocupada. Cuando su amiga la dejó ella siguió con la limpieza. En los días posteriores ni el techo se salvó de ser lavado. Cuando la casa quedó como un laboratorio de limpia siguió con el jardín. Esa tarea la hizo salir a comprar plantines y abono. Reorganizó los canteros viejos, armó nuevos, podó los árboles, y sobre todo sembró nuevas plantas. Todo ese trabajo la ayudó, y un día cuando recordó a Rubén se dio cuenta que la separación ya no le dolía casi nada. Ahora no soñaba con retomar su antigua vida, aceptó que eso ya no era posible. Ayudó mucho el hecho de que no supiera mas nada de Rubén, desde que lo vio alejare por la calle no supo mas nada de su existencia.

Andrea, su amiga, la visitaba todas las semanas y la animaba a que empezara a salir a lugares que no frecuentaba desde hacía muchos años. En una ocasión Ana aceptó y las dos fueron a un viejo restaurante y bar. A Ana le agradó que la mayoría de la gente que concurría al lugar fuera de su generación, de mas de treinta. Mientras miraba en derredor se topó con la mirada de un hombre que la observaba. Cuando el tipo le sonrió ella desvió la mirada. Casualmente Andrea advirtió eso, y le reprochó hablando en voz baja:

—No seas tonta, ese tipo te está devorando con la mirada, y es tan guapo.
—Lo es, pero no estoy lista para un romance —se explicó Ana.
—¿Por qué? Ahora no tienes ningún compromiso, eres una mujer libre, estás sola.
—Si pero, no sé, creo que es demasiado pronto.
—¿Crees que sufriste muy poco? ¿Quieres sufrir mas? —le preguntó Andrea, con sarcasmo.
—No digas tonterías, sabes bien de lo que hablo. Además, ¿acaso debo hacerle caso a todos los tipos que me sonrían?
—Bien, si no te gusta no te gusta, pero no pongas como excusa que es demasiado pronto. Yo solo quiero ayudarte —le aclaró Andrea, y mientras sorbía un trago espió disimuladamente al tipo que ahora las observaba a las dos, después comentó—. Y con este tipo creo que tienes razón al no darle entrada, tiene un poco de cara de loco.
—¡Jaja! Es lo que me pareció pero no quise decirlo así —reconoció Ana—. Mejor no mires para ahí. Y Andrea, ahora que lo pienso, no me has dicho si tienes a alguien. Que desconsiderada fui, solo te agobié con mis problemas y no te pregunté cómo andabas en lo romántico. ¿Hay alguien?
—Sí, lo hay —le contestó Andrea, sonriendo pero sin mirar directamente a su amiga, como si estuviera algo avergonzada a la vez.
—¡Uh! Parece que hay algo misterioso aquí. Puedo saber quién es —dijo muy divertida Ana.
—No puedo decirlo, no quiero. Perdona, pero es mejor así. Sé que puedes guardar un secreto pero... no mejor no te lo digo. Es que se lo juré a él.
—Bien, no voy a insistir. Si no confías en tu amiga, todo bien.
—No seas mala, que me dejas mal. En su momento te lo diré ¡Jaja! Así te quiero ver, Ana, deja toda esa amargura atrás. Brindemos por nosotras.

Y chocaron las copas. A ese fin de semana le siguieron otros iguales, y en uno de ellos Ana conoció a alguien que sí le interesó. Como suele suceder con la gente de cierta edad, el romance maduró muy rápido, y dos meses después ya planeaban casarse. Eso ocurrió cuando solo habían pasado seis meses de la separación. Cuando se lo comunicó a Andrea esta gritó de contenta:
—¡Ah! ¡Te felicito! ¡Que buena noticia!
—Muchas gracias, sabía que te ibas a alegrar por mí.

Las dos se encontraban en la sala de Ana, tomando té.

—Y dime amiga, ¿para cuándo es el casorio, la fiesta?
—No va a ser fiesta, va a ser algo íntimo nomás: sus parientes mas cercanos, los míos, vos, por supuesto. Pero esto después de que consiga el divorcio, no te olvides que todavía sigo casada con aquel, con Rubén. Contraté a una firma de abogados para que lo hallen. Imagínate la sorpresa que se va a llevar cuando sepa que yo seguí con mi vida. Seguro que cree que aún estoy sola, cuando él está con esa zorra, quién sea. Eso si no se separó —comentó con bastante malicia Ana. Y saboreó el té como si saboreara su victoria contra Rúben, porque en la última etapa de su dolor llegó a odiarlo.

Ahora Ana se regodeaba al pensar en la sorpresa que él se iba a llevar. La sorprendida fue ella cuando un abogado apareció en su casa con nuevas noticias.

—Señora, usted no tiene que hacer nada para divorciarse; su marido está muerto.
—¿Cómo? —le preguntó Ana, atónita.
—Falleció hace unos tres meses, de un cáncer terminal. ¿Usted no sabía que él estaba enfermo? Por lo que usted nos ha dicho y por lo que averiguamos de su antiguo esposo, él se enteró que tenía eso cuando ustedes todavía estaban juntos. ¿Señora, se siente bien? ¿Desea que me marche ahora? ¿Quiere que llame a alguien? Bien , me marcho. Lamento haberle causado esa impresión. Adiós.

Ana quedó con la boca abierta, pálida, y después rompió en un llanto incontenible. Comprendió que Rubén había hecho un sacrificio enorme por ella.

Rubén desconfió de aquel diagnóstico en un primer momento, no lo creyó; es una reacción natural ante una muy mala noticia. Luego, pensando, cuando ya había abandonado el consultorio, recordó todos los malestares que había aguantado sin decir nada, las puntadas aquí y allá, y aquella rara sensación general de deterioro. De nada servía negarlo: se estaba muriendo. Había consultado y se realizó unos análisis sin que Ana lo supiera. Cuando ella notó su desasosiego él inventó que era por un asunto del trabajo. Aún no sabía cómo decírselo, sabía que le iba a destrozar el corazón. Pasaron unos pocos días y empezó a sentirse peor. La enfermedad quería acabarlo rápidamente.


    Su esposa, intuitiva como todas las mujeres, se dio cuenta de que algo no estaba bien y empezó a hacerle preguntas. Al preguntarle si tenía una aventura, sin quererlo le dio una idea a Rubén. Este comprendió que si le confesaba su enfermedad, después de su muerte su esposa iba a estar mal durante varios años, y así tal vez nunca volvería a rehacer su vida. A ella ya no le quedaban muchos años fértiles, y a él, aunque lograra dejar una descendencia, no le quedaba tiempo ni para ver nacer a su hijo. Solo le habían dado dos o tres meses de vida. La idea lo destrozó, pero para ella era lo mejor. Si mentía que se había conseguido a otra y la abandonaba, por despecho ella pronto lo iba a desterrar de su corazón, y sus posibilidades de tener otra vida iban a aumentar. Como fuera, de todas formas estaban condenados a separarse.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

¿Te gustó el cuento?