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jueves, 23 de julio de 2015

Un Diluvio De Amor

Nubes sobre nubes se amontonaban y rugían sobre la ciudad. Un aguacero impresionante se precipitaba con furia y después corría por las calles. Los drenajes de la ciudad no podían con toda aquella agua y esta se iba acumulando por todos lados. Hacía tres días que no se veía el sol y llovía casi todo el tiempo. Gabriel fue igual a su trabajo porque era muy cumplidor, mas durante la jornada se arrepintió varias veces de haberlo hecho. Casi la mitad de los operarios de la fábrica no habían ido por causa de las inundaciones, y solo había concurrido un encargado, por lo que la jornada se resumió a tareas de limpieza. Normalmente iba en moto pero debido a la lluvia ese día fue en ómnibus. Terminada la jornada salió rumbo a la parada de ómnibus con la lluvia repiqueteando en el equipo impermeable...

Todo estaba gris, mojado, la lluvia resbalaba en las paredes, se acumulaba bajo las baldosas rotas, y por el borde de la calle navegaban papeles, bolsas y otras inmundicias traídas de algún basurero anegado. En algunas viviendas, los niños que no habían ido a la escuela se contentaban con mirar por la ventana, mientras en las salas sus padres trataban de escuchar noticias sobre la inundación, preocupados. En la ciudad se estaban anegando zonas que nunca antes lo habían hecho, y en las zonas rurales todos los caminos estaban cortados en algún tramo.

En la calle había agua hasta casi a la altura de la vereda, y los escasos vehículos que circulaban arrojaban agua hacia los costados como si fueran lanchas. Los truenos generaban mas truenos y parecía que el cielo se quería derrumbar, y cada tanto estallaba un rayo que estremecía todo. Después de un rato de esperar en la parada ya estaba empezando a creer que no iba a pasar ninguno cuando divisó un ómnibus entre el gris del aguacero. Subió. El conductor y un guarda iban muy serios. Gabriel les dijo algo que seguramente habían escuchado casi todo el día:

—¡Que aguacero! Parece que no quiere parar mas.
—Impresionante. No recuerdo haber visto tanta lluvia —le comentó el conductor, al tiempo que arrancaba de nuevo el ómnibus.

Pasó a sentarse. Solo había otro pasajero; era una mujer que también estaba cubierta con un impermeable. Como ella tenía la capucha hacia atrás Gabriel vio que era una rubia joven y muy hermosa. Él ya tenía cuarenta años pero como estaba separado siempre iba atento. Se ubicó frente a ella, en el asiento de la otra fila. Como no había otra gente se miraron y se saludaron. Gabriel se alegró un poco, eso era lo mejor que le había pasado durante aquel día tan horrible. Un estallido de rayo lo hizo mirar hacia la ventanilla empañada. Iban lento, el conductor manejaba con precaución pues su visibilidad era muy reducida; el limpiaparabrisas luchaba contra demasiada agua. Y el vital elemento no estaba solo afuera. Gabriel advirtió que de sus botas se alejaban varios hilos de agua que se iban juntando en el piso del vehículo. Cuando levantó la vista la muchacha lo estaba mirando y sonreía:

—Yo dejé un charco peor —dijo ella.
—Dale tiempo al mío y seguro que te supero ¡Jaja! Supongo que es inevitable los días así, y si fueran mas pasajeros sería peor, imagínate, que papelón, estoy empapando el asiento.
—¡Jaja! Sí, aunque seguramente todos estarían chorreando por todos lados también.
—Tienes razón, sería una piscina aquí adentro —admitió Gabriel.
—A mí me alegra que subiera alguien mas porque hace un montón de cuadras que iba sola y... —bajó la voz e hizo una seña disimulada hacia adelante— , no me inspiran confianza porque miraban mucho hacia aquí.
— Te entiendo. A mí me pasó algo así con una gorda conductora. Ya me estaba asustando.

A ella le causó mucha gracia la broma. El guarda miró hacia atrás y después le comentó algo al conductor. Gabriel notó eso y pensó que la muchacha no exageraba. No le parecía que planearan atacarla de alguna forma, serían unos tontos, y si ese fuera el caso no lo hubieran levantado, pero calculó que tal vez albergaban alguna esperanza de que ella no fuera una muchacha seria. La lluvia rugía fuerte y hacía mucho ruido, a pesar de eso Gabriel se inclinó hacia ella y esta hizo lo mismo, para minimizar el riesgo a que los escucharan:

—Mira, no quiero que te asustes, pero creo que es mejor que no sigas sola. Yo todavía estoy muy lejos de mi destino, pero si el tuyo es todavía mas lejos...
—Es lo que estaba pensando hacer. Si cuando te vayas a bajar yo todavía sigo aquí, me bajo también y me voy a pie.
—Por mí está bien.

Gabriel se sintió muy bien por inspirar confianza en ella. Un hombre correcto se enorgullece de cosas así. Aunque ella le resultaba muy hermosa y su voz le sonaba muy agradable, nunca dudaría en ayudarla desinteresadamente aunque el asunto terminara allí. Mas muy dentro de él comenzaba a crecer una esperanza porque sentía ahora una conexión fuerte entre ellos. Pasaron por un tramo que estaba inundado por encima de la vereda. El ómnibus pasó salpicando hasta las casas. La tormenta eléctrica se intensificó. Al alcanzar una cuadra que no se encontraba inundada el conductor estacionó el ómnibus y miró a su compañero. Se consultaron algo entre ellos y después se comunicaron por radio. Evidentemente la tormenta afectaba esa operación porque el tipo tuvo que repetir varias veces lo mismo, y se notaba que le costaba entender. La muchacha lucía algo preocupada y se inclinó hacia Gabriel para decirle algo:

—¿Por qué habrán parado? —le preguntó.
—Me parece que no van a seguir mas. Solo por dos pasajeros no van a arriesgar el vehículo. Seguramente se detuvo aquí porque en varias cuadras es la calle que está mejor. Ahí viene a decirnos algo.
—Lamento informarles que no vamos a seguir el recorrido. Las condiciones son muy malas —les comunicó el conductor, y agregó mirando de costado a la muchacha—. No tienen que irse ahora, pueden quedarse aquí hasta que pare un poco.
—Gracias, pero yo me voy —le dijo Gabriel, ya levantándose.
—Yo también —se apresuró la muchacha, y mientras seguía a Gabriel hacia la puerta se colocó la capucha del impermeable.

Ya fuera del vehículo y bajo el diluvio Gabriel le dijo, alzando la voz para que lo escuchara sobre el estruendo de la tormenta:

—¡Yo voy rumbo a allá, derecho! ¿Quieres que te acompañe o te vas a desviar mucho?
—¡Voy hacia allá también. Me encantaría que me acompañes. Esta tormenta me tiene asustada!
—¡Solo es agua, y electricidad! ¡Ahora que lo pienso, no es una buena combinación! ¡Jajaja! ¡Pero en este ómnibus viejo no íbamos a estar mucho mejor, al piso ya no le queda casi aislación! ¡Bien, vamos!

Avanzaron un par de calles sin ver a mas nadie. Parecía una ciudad desierta donde solo el agua se paseaba impunemente por todos lados. De pronto la situación empeoró, empezó a soplar un viento fuerte. Los dos caminantes se miraron, ella tenía cara de asustada.

—¡Es mejor que busquemos algún recoveco, un lugar donde guarecernos! —le gritó Gabriel. Ella asintió con la cabeza.

En esa parte de la ciudad había árboles en las veredas, y algunos necesitaban una poda desde hacía años. El peligro de ser aplastado por uno era grande. Encontraron cobijo bajo un edificio de dos pisos donde funcionaba un comercio cuya puerta y vidrieras estaban como a tres metros del límite de la vereda. Enseguida empezaron a cruzar por la calle ramas caídas que el viento empujaba. Pasaban y se perdían de vista enseguida ramas pequeñas y gajos grandes. La lluvia caía completamente inclinada, casi horizontal. La muchacha se resguardó tras Gabriel.

—¡Aquí estamos seguros! —afirmó él— . ¡Los vientos fuertes como este solo duran un rato!
—¡Que horrible! ¡Mira como pasan esos gajos! —exclamó ella.
Tal como predijo Gabriel, el viento no duró mucho mas, y cuando se apaciguó también lo hizo la lluvia.
—Ya pasó. Creo que es mejor aprovechar que amainó para seguir.
—Sí, no quiero estar en la calle de noche, y ya está tan oscuro —observó ella.
—Marchemos entonces. Y aprovecho este momento de relativa calma para presentarme. Soy Gabriel Ferreira.
—Mucho gusto, Gabriel —y le estrechó la mano— . Mercedes Gómez. Gracias por acompañarme. Ni loca me hubiera quedado sola en aquel ómnibus, y si ese viento me hubiera agarrado por el camino...
— Te hubieras metido aquí igual.
— Si es que no pasaba corriendo de miedo y después me caía algo arriba.
— Ya pasó. Ahora vamos a ver qué hacemos en las calles inundadas — comentó Gabriel cuando ya se habían puesto en marcha— . Lo malo es que a partir de ahí adelante hay tremendos pozos, y donde el agua sea muy profunda... Vamos a ver cómo están.

Como temían, les cortó el paso una zona completamente inundada. Como los dos conocían el lugar les resultaba increíble verlo así. La creciente se había adueñado también de los hogares, y algunas personas salían de ellos levantando objetos por encima de sus cabezas, con agua hasta la cintura.

—¿Nos metemos ahí? — preguntó Mercedes.
—Yo preferiría desviar esto aunque tenga que hacer unas cuadras mas. Esta zona es la mas baja. Unas cuadras hacia allá es imposible que esté inundado.
— Sí, mejor no arriesgarnos ahí. Pobre gente, están sacando lo que pueden. Por suerte mi casa está en una zona muy alta, ¿y la tuya?
— La mía también, está en una cima. Mi viejo eligió bien el lugar. Que desgracia. Van a poner las cosas en aquel camión parece. Sigamos.

Tuvieron que desandar media cuadra para después rodear aquella zona. Pero la creciente estaba sitiando la ciudad, y tres cuadras mas allá se toparon con otra calle inundada, aunque en esta el agua estaba mas baja.

— Creo que vamos a tener que cruzar por ahí. Nos va a entrar agua en las botas, mas si agarramos hacia allá para evitar esto quién sabe hasta dónde tendremos que ir —opinó Gabriel.
—Vamos, sino nos va a agarrar la noche dando vueltas por ahí —estuvo de acuerdo Mercedes.

Con pantalón impermeable y todo pudieron sentir como el agua se les metía dentro de las botas. Él lo tomó con gracia y ella también se rió. En la parte mas honda ella se aferró de la mano de él. Cuando Gabriel notó unos remolinos diminutos en el agua le indicó a Mercedes que se detuviera.

—Ahí hay un pozo. ¿Ves cómo hace el agua? Eso es cuando la corriente baja hacia un pozo. Vamos a rodearlo. Por aquí.
—Que horrible, ¿y si alguien se mete ahí?
—Así es como pasan las desgracias en las inundaciones. Camina detrás mío.

Apenas sortearon ese obstáculo fueron detenidos por otro. Un árbol había caído sobre una línea eléctrica y había cables medio sumergidos en varios charcos. Tuvieron que desviarse nuevamente. La noche los agarró en la calle, y junto con las sombras llegó un viento bastante frío. Por ellos pasaron varios carros de bomberos y ambulancias. Los árboles caídos habían roto autos y vidrieras. Para empeorar la situación, repentinamente se cortó la luz y las calles quedaron completamente oscuras.

—Ahora sí se complicó la cosa —dijo Gabriel.
—¿Y qué hacemos entonces? —le `preguntó Mercedes, afligida.
—Pues, seguir como puédamos. Hay que ir con cuidado. En este momento no veo casi nada, pero nuestros ojos se van a ir acostumbrando.
—¿Y si paramos y esperamos a que venga la luz? Pero qué digo, seguro que tienes a alguien esperándote en tu casa, por eso no quieres demorar mas. Como yo no tengo a nadie no tuve eso en cuenta.
—Tampoco tengo a nadie. Ni mis parientes están en esta ciudad. Hace siete meses que estoy separado. Digo que hay que continuar porque si paramos el frío nos va a calar hasta los huesos, y eso algo serio. Después no va a costar caminar, ya tenemos los pies empapados, después va a ser peor.
— Tienes razón. Ya distingo un poco mas las cosas. Vamos por aquí.

Y aquellas dos figuras retomaron su camino lentamente.

—Ya veo mas también pero seguramente no tanto como vos. Mis ojos ya no son tan nuevos —comentó a los pocos pasos Gabriel.
—Hablas como su fueras un viejo, siendo todavía tan joven.
—¿Joven? Se ve que no me viste bien.
—Te vi muy bien. Para mí un viejo es alguien de sesenta y tantos, setenta años, e incluso a esa edad, lo de viejo depende del espíritu. Vamos, seguro que ahora atraes a mas mujeres que antes, ¿no? Se sincero.
—¡Jaja! Pues la vedad, no puedo quejarme, aunque, lo que yo busco ahora es alguien con quien formar una familia. Mi esposa, mi ex, no quería hijos. Me parece que ahí la vereda está rota, mejor bajemos a la calle este tramo.
—Que tonta. Hoy en día encontrar a alguien bueno es difícil, por eso cuando se lo encuentra hay que establecerse. Los hijos son algo que tienen que venir, una pareja sin niños no tiene gracia. ¿Subimos ahora o seguimos?
—Subimos, era solo esa parte. Sabes, me encanta tu forma de pensar. Si sigues así me vas a enamorar. ¡Uh! Disculpa, creo que me pasé.
—No, está bien. Si te enamoraras los dos estaríamos igual, porque desde que te vi... Viene gente corriendo. ¡Hay! Un disparo.
—Ven aquí, pasa para el otro lado.

Justo iban pasando por un terreno con un muro muy bajo, solo tuvieron que dar un pequeño salto, colgarse con un brazo, pasar una pierna y caer del otro lado. Estaban cerca de una esquina, y por una calle transversal se aproximaban corriendo ruidosamente varias personas, se escucharon unos gritos y un disparo. Sin asomarse oyeron que los pasos doblaron justo allí, y frente a ellos sonó otra detonación. Cuando terminaron de pasar Gabriel espió por encima del muro.

—Son varios policías persiguiendo a un grupo. No me extraña que algunos aprovecharan este tiempo para robar. Hay gente para todo. Ahí viene una patrulla. Mejor dejamos que pasen. Esos policías deben andar muy alterados, y si aparecemos detrás de un muro...
—Gabriel, no te asomes, agáchate.

Permanecieron un rato en silencio, escuchando. En el apuro de momento el instinto de Gabriel le indicó que se refugiaran tras el muro, pero después se dio cuenta de que estaban invadiendo un terreno. Se le cruzó por la cabeza que podía haber un perro. Escudriñando el patio no vio a ninguno. De haber un perro ya estaría ladrando o se hubiera echado sobre ellos. La casa estaba como a unos diez metros mas allá del muro, y de pronto en una ventana se encendió la luz de una linterna. Los de la casa habían escuchado el disparo e iban a revisar el frente de su propiedad. Mercedes y Gabriel ni necesitaron decirse nada. Se colgaron del muro nuevamente, esta vez él la ayudó con un empujón, y así fueron a dar de nuevo en la vereda. Avanzaron agachados unos pasos hasta dejar el muro atrás. Ellos no habían hecho nada, pero quedarse allí para que te descubra alguien asustado podría causarles por lo menos unas horas en una comisaría repitiendo que no habían hecho nada.

Alertados por aquel incidente, siguieron avanzando a buen ritmo a pesar de los obstáculos. Finalmente alcanzaron la casa de Mercedes, pero al hacerlo ella lo tomó fuerte del brazo y le hizo notar algo hablando en voz baja:

—Esa ventana está abierta. ¿Habrá alguien adentro?
—Puede ser. Retrocede un poco, voy a acercarme para escuchar.

Gabriel se pegó a la pared y prestó atención. No pudo escuchar nada. Se asomó rápidamente y echó un vistazo, sin poder distinguir mucho del interior. Se deslizó después hacia Mercedes y le susurró:

—Creo que fue el viento fuerte lo que la abrió, mas hay que ser prudente. Puedo entrar a revisar primero si quieres.
—¿Pero cómo vas a ver ahí adentro? ¿Y si hay alguien escondido?
—Tengo un encendedor. ¿Tienes una linterna en alguna parte que yo pueda encontrar fácilmente?
—Sí, arriba de la chimenea, en la sala, hacia la derecha. Ten cuidado. Aquí están las llaves, esta es la de esa puerta. Espera, ¿y si entramos los dos?, por si hay alguien.
—Es tu casa. Opino que es mejor que te quedes aquí, pero te entiendo, recién nos conocemos.
—No, no lo digo por eso, te tengo plena confianza. Siempre supe reconocer a la gente. Lo decía para que por lo menos seamos dos por si hay un ladrón.
—Tengo una ayuda —dijo Gabriel, y levantando un poco el impermeable sacó una navaja de un bolsillo y un encendedor del otro— . Espera aquí.

La espera se le hizo larga a Mercedes. Se sintió aliviada cuando él salió y le hizo una seña para que entrara. Gabriel había encontrado la linterna, y así se guiaron por la casa. La llevó hasta el cuarto con la ventana abierta y le mostró:

—Nadie entró, ves, no hay pisadas por ningún lado. Si se coló bastante agua, pero puedes ver que toda esta parte del piso está seca. Igual eché un vistazo rápido en las otras habitaciones; estamos solos.
—Que bueno. Voy a cerrar la ventana.
—¿Tienes velas?
—En la cocina. Hay que encender la chimenea para calentarnos.
—Yo la enciendo si quieres, pero después me voy. Conviene dejar encendida alguna llave, por si esta noche vuelve la luz.
— No te vayas. Ya estás muy mojado. Mira, empezó a llover mas. No te largues con este tiempo. Solo deja que me cambie y voy a preparar una sopa, también tengo pollo.
— No quería incomodarte, mas si quieres me quedo un rato, hasta que pare de nuevo.
— Que bueno. Me alegra que te quedes, no solo por no estar sola, sino porque me agrada tu compañía.


Gabriel encendió los leños de la chimenea. El calor de las llamas y la agradable sensación de estar juntos los hacía sonreír al mirarse. Cenaron a la luz de las velas, conversando animadamente. Habían vuelto a sentarse frente a las llamas cuando súbitamente se encendió la lámpara; había vuelto la corriente eléctrica. Él se levantó e iba a decir algo pero ella le tomó la mano, sonriendo y mirándolo a los ojos. Entonces Gabriel volvió a sentarse. Fuera el mal tiempo seguía creando problemas, mas sin querer había reunido a dos almas, porque el amor es mas fuerte que incluso la peor tempestad.

2 comentarios:

  1. Amigo que hermoso cuento y yo que ya no creia en el amor jeje sos un grande maestro estupendo todo lo que escribis. .felicidades Jorgito..Willy

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    1. Pero en sirenas sí creías ¡Jaja! Muchas gracias, amigo. Salu2

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