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viernes, 21 de agosto de 2015

Terror En La Soledad

Hacía tanto que Pedro caminaba por el campo que ya no estaba seguro de hacia dónde iba. Creía andar en línea recta pero no descartaba que hubiera caminado haciendo un gran círculo. Como desde el amanecer lo acompañaba una llovizna y el cielo estaba completamente nublado, con la escasa visibilidad y la falta del sol como referencia era difícil orientarse. Avanzaba aplastando pastos tan empapados como él, y lo que llevaba en el bolso era todo tenía en la vida.

Hacia donde alzara la vista veía el mismo gris de la punzante llovizna y el amarillo de los campos aplastados por el agua. Aquel paisaje transmitía una sensación de soledad intensa. Cada tanto divisaba alguna laguna, un arroyo, vacas pastando a pesar del mal tiempo, y en algunos parajes la protección de una arboleda lo invitaba a detenerse. Pero él seguía porque en el bolso ya no le quedaba comida, aunque para su sorpresa ese día no tenía apetito. Pensó que ya se debía estar acostumbrando a comer poco. En cuanto viera un establecimiento rural iba a pedir trabajo allí, aunque se conformaba con que lo dejaran pasar la noche en un galpón, porque el frío ya se le había metido hasta los huesos.

Divisó al fin entre la llovizna lo que parecía ser un establecimiento rural: una casa grande, otras mas pequeñas alrededor de esta, probablemente las de los peones, también divisaba varios árboles en los patios, y mas alejados unos galpones, y cerda de estos había corrales. Se acercó con prudencia, haciendo pausas para observar y que lo notaran. Lo mejor para él era que lo vieran a prudente distancia de las casas y que alguien se acercara a preguntarle qué quería. También era prudente por los perros, porque de encontrarlo muy cerca podían atacarlo. Pero aunque rodeó aquel lugar un buen trecho ni un ladrido salió de aquellos patios, y no se divisaba ni una persona por allí. Golpeó las manos desde lejos para ver si alguien se asomaba. Nada, solo el viento y la llovizna generaban algún ruido en aquel paisaje.

Siguió insistiendo con las palmas y esperó un rato. Era raro que no hubiera ni un casero, nadie. Pedro pensó que tal vez era un lugar abandonado. Al acercarse un poco mas confirmó que no era el caso pues las viviendas estaban bien cuidadas. Pedro levantó un poco su sombrero rascándose la frente. ¿Qué hacer? El día ya se iba oscureciendo y la llovizna helada arreciaba. Ya había pasado muchas noches en la intemperie y de alguna forma había sobrevivido, mas el sentido común le decía que no se arriesgara de nuevo. Por otro lado, meterse en una hacienda sin permiso es un problema seguro. Decidió que lo mas sensato era esperar porque era probable que alguien apareciera al anochecer.

El campo se fue oscureciendo y la llovizna se transformó en un chaparrón helado que empujaba con fuerza porque venía acompañado por un viento fuerte. Ya no pudo soportar mas. Si lo sorprendían allí, mala suerte. No pensaba morir de frío teniendo un refugio tan cerca. Alcanzó una de las casas que rodeaban a la grande. A esa hora el cielo nocturno se mostraba amarillento porque detrás de los nubarrones había salido la luna. La idea de Pedro era ir hacia uno de los galpones, mas al pasar frente a la casa vio que la puerta estaba abierta. Sentía tanto frío que lo único que tenía en la mente era calentarse como fuera. Entró a la casa. 

Adentro estaba completamente oscuro. Avanzó lentamente tendiendo los brazos para localizar obstáculos. Así encontró una mesa, y en ella un encendedor. Él tenía uno pero estaba tan empapado como todas sus cosas. En la mesa también halló un tipo de paño y con él se secó las manos para no mojar el encendedor. La llama movediza de encendedor recorrió una sala pequeña pero confortable donde hasta había una chimenea. Supuso que debía ser la casa del capataz. Pedro ya estaba algo torpe por el frío, por eso le costó encender el fuego. Cuando al fin las llamas crecieron entre los leños Pedro emitió un suspiro de alivio y satisfacción. Solo después de un buen rato pensó en lo complicado de la situación en la que se encontraba. Aquello era allanamiento de morada. Supuso que si no tocaba mas nada, que si solo se calentaba en el fuego, eso sería un atenuante. Estaba en una etapa tan baja de su vida que incluso unos días en una celda de comisaría rural no se veían tan mal, por lo menos tendría comida y un techo.

Sentado frente al fuego pensó en lo raro que era que no hubiera nadie allí. No se imaginaba qué podía haber sucedido para que se marcharon todos, y que se llevaran hasta a los perros, porque no hay casas rurales sin perros. Afuera la lluvia paró y el cielo se fue abriendo para dar paso a una luna llena. El fuego ya lo había calentado pero como empezó a sentir que se le entumecían de nuevo las manos las acercó a las llamas y comenzó a abrirlas y cerrarlas para que circulara la sangre. Estaba en eso cuando una voz casi lo hizo saltar dentro de la chimenea.

—¿¡Fernando, eres tú!?

Pedro se inclinó peligrosamente hacia las llamas por el sobresalto y sintió el calor en la cara. Se enderezó y giró alarmado hacia el origen de la voz. Quedó mirando de frente a una cara arrugada y peluda que lo miraba por la ventana.

—¿Quién es usted? —preguntó ahora el que se encontraba afuera.

Sin esperar una contestación, pasó de la ventana a la puerta y entró precipitadamente con un enorme cuchillo en la mano. Pedro retrocedió. El que irrumpió en la casa era un viejo barbudo de cabellos grises desordenados y mirada de loco. Miró rápidamente varios puntos de la habitación y después volvió a fijar sus casi desorbitados ojos en Pedro y le preguntó de nuevo:

—¿Quién es usted?
—Me llamo Pedro Ruiz. Me arrimé hasta aquí para pedir trabajo, pero como no había nadie y hacía mucho frío por la lluvia yo...
—¿Viste a alguien mas? —lo interrumpió el viejo.
—No señor. Solo vi esta puerta abierta y entré a calentarme. Fíjese en todo, no toqué nada, yo solo encendí...
—¿Y al hombre lobo, lo viste? —lo interrumpió de nuevo.
—¿Al hombre lobo? —preguntó Pedro, ya desconfiando de aquel viejo.
—Sí, nos atacó anoche. Los ruidos empezaron en la casa grande —comenzó a relatar el viejo—. Por la gravedad de los gritos, yo ya salí con este cuchillo en la mano, y en el patio vi que otros peones que corrían hacia la casa también llevaban los suyos. Lamentablemente el hombre lobo ya había hecho su maldad y lo topamos en la sala cuando iba saliendo de los cuartos. ¡Aquel monstruo horrible había destrozado a los patrones! Lo supimos por lo ensangrentado de su cara y porque ya no había gritos en la casa. A mí me dio tanto miedo que retrocedí, aunque los otros lo atacaron. Uno de mis compañeros le tiró una puñalada pero el hombre lobo se esquivó y atacó con un manotazo que le abrió en varias partes el pecho. Entonces salí de allí corriendo como un cobarde. Me dominó el terror. Corrí un trecho hasta que caí de boca sobre los pastos. Me desperté no sé cuánto tiempo después y huí hacia una arboleda. Pasé todo el día ahí medio enloquecido por lo horrible de la situación y el sentimiento de culpa por haber corrido dejando a los otros allí. Pero al fin agarre coraje y volví para liquidarlo o morir en el intento. ¿Y vos de dónde llegaste? —le preguntó el viejo, apuntándolo con el cuchillo.
—De lejos. Caminé casi todo el día y recién al final de la tarde llegué hasta aquí —le respondió Pedro. Él no estaba muy seguro de eso pero no quería que aquel viejo loco sospechara de él.

Las figuras de ambos eran iluminadas por la claridad de la luna que entraba por la ventana y las llamas de la chimenea. Los cabellos grises del viejo le caían sobre la frente, y los ojos casi le fulguraban de rabia. Pedro ya comenzaba a creer que aquel tipo había matado a todos, que había inventado lo del hombre lobo en su delirio. Esa explicación era mucho mas lógica que la de un hombre lobo. Como el viejo hablaba extendiendo el brazo con el cuchillo, Pedro empezó a retroceder lentamente hacia el otro extremo de la habitación. A su izquierda había una puerta. El viejo, como adivinando sus intenciones, fue ladeando la cara para mirarlo de costado, desconfiado.

—Espera ahí... ¡Tú eres el hombre lobo! —gritó el viejo, y se abalanzó hacia Pedro lanzando un grito que se parecía a un rugido.

Pedro se precipitó hacia la puerta y apenas le dio el tiempo para pasar y cerrarla. La estaba trancando cuando la punta del cuchillo atravesó la madera. “Maldito viejo loco, cree que soy un hombre lobo”, pensó Pedro. Donde se hallaba ahora estaba sumido en una oscuridad completa. Se había alejado un par de pasos de la puerta cuando tropezó con algo blando que lo hizo caer al suelo. Todavía estaba en el suelo cuando tanteó el obstáculo, y su mano palpó en la oscuridad un rostro humano frío y viscoso. Asqueado y asustado apartó la mano rápidamente y se alejó arrastrándose hasta ponerse de pie.

Se había metido en el bolsillo el encendedor que encontró en la casa. Estaba seguro de que había tocado a un muerto pero tuvo que confirmarlo con la llama. El cuerpo estaba cubierto de sangre y tenía tajos en varias partes. Para él eso confirmaba que el viejo había enloquecido y matado a todos, y ahora lo iba a matar a él si no escapaba de allí. El enloquecido sujeto golpeaba con fuerza la puerta y esta sonaba como si fuera a ceder en cualquier momento. Pedro alcanzó la salida del fondo pero la puerta resultó estar cerrada. Intentó forzarla pero no pudo, las manos apenas le respondían. Había pasado por otra puerta que sin dudas daba a un cuarto. Pensó que podía salir por la ventana de este. Apenas había entrado al cuarto cuando la puerta del pasillo cedió y los gritos enfurecidos del viejo se acercaron a toda prisa.

Una ventana bastante grande dejaba que la claridad de la noche mostrara las cosas que había en el cuarto. Tomó una silla para trancar la puerta. El viejo empezó a patear la puerta y a tirar puntazos que atravesaban la delgada madera. Pedro se desesperó al intentar abrir la ventana. Seguía intentándolo cuando levantó la vista y miró hacia afuera. Se la veía muy grande, bien redonda, amarillenta. La luna llena estaba rodeada de enormes nubes pero ninguna se animaba a taparla porque esta brillaba con mucha intensidad. Era la dueña de la noche. Mostraba a su antojo todo aquel paisaje descolorido y desolado. Pedro contempló su contorno afilado, las manchas mas oscuras del centro, y aquella luz de oro apagado le entró a torrentes por las pupilas. Las manos que ya se estaban volviendo garras terminaron de transformarse, y cuando Pedro se dio cuenta de todo, cuando recordó como quien revive una pesadilla que la noche anterior mató a los de la hacienda y se alimentó de ellos, quiso gritar con fuerza pero solo emitió un triste y largo aullido.

Aquel aullido acobardó de nuevo al viejo, que había sido el único sobreviviente, y este intentó escapar nuevamente. Antes de que alcanzara la puerta de la sala, la del cuarto se hizo pedazos y el hombre lobo saltó al corredor. Dio un paso y otro salto y cayó sobre la espalda del viejo y le mordió la cabeza con ferocidad.
A la mañana siguiente Pedro caminaba nuevamente sin tener un rumbo. No recordaba cómo había sobrevivido esa noche pero eso ya se le estaba haciendo costumbre. Solo le importaba que no había muerto de frío, y en su miseria se alegró de que, a pesar de que ya no le quedaba comida, por una extraña razón no sentía hambre ni le faltaban las fuerzas.




domingo, 16 de agosto de 2015

Conrad y el Ogro

El caballero Conrad apareció cabalgando por una pradera y se detuvo en la orilla de un bosque. Tenía puesta su armadura y ésta brillaba bajo el sol. El corcel negro que montaba resoplaba, bajaba y subía la cabeza, evidenciando que el bosque lo inquietaba. Conrad costeó la línea de árboles que se extendía a su izquierda. No halló ni un sendero, ni una abertura lo suficientemente grande como para pasar con su caballo. Entonces desanduvo al galope esa linde del bosque y exploró el otro lado. Encontró la misma barrera vegetal apretujada...


No había tenido en cuenta aquella situación, no sabía que el bosque era tan espeso. Pero ahora no podía volver, debía cumplir su misión como fuera.  Desmontó y liberó al caballo de su montura y sus riendas, y una vez hecho esto lo hizo azuzó para que se fuera:

—¡Arre! ¡Vuelve al castillo! Que estos bosques sombríos no son para corceles, aunque sean de tu valía. 

Después se quitó la armadura porque en el bosque sólo iba a ser un estorbo; fue y la escondió en unos matorrales. Arrolló la manta del caballo, que le iba a resultar muy útil, y tras colgar en su hombro el zurrón que llevaba, se internó en el bosque espada en mano y se abrió camino con ésta. 

Bajo unos árboles gigantescos que ensombrecían todo, se enredaban todo tipo de matas y arbustos que estaban húmedos como si recién hubiera llovido.  Conrad iba atento, hacía pausas para escuchar, y cuando oía algún crujido quedaba en guardia un momento, por si era su colosal rival lo que andaba por allí. Conrad tenía como misión dar muerte a un ogro que supuestamente asolaba la región.

Avanzando lentamente por aquel lugar de sombras y ramas. Al rato de caminar por la espesura se dio cuenta que podía andar días allí sin hallar al ogro, y que su enemigo ahora era el bosque, y pronto se sumaría el cansancio, el frío, y cuando se le acabara la poca comida que llevaba, el hambre. Lamentó no haber llevado su arco, pero no le iba a resultar muy difícil fabricar uno. Eligió una rama adecuada para ese fin y comenzó a buscar un lugar donde acampar. 

Entre unos peñascos de piedra gris que se elevaban entre la espesura divisó una cueva poco profunda. Juntó leña he hizo una fogata. Sentado ante las llamas se abocó a fabricar el arco que podría proveerle algo de carne si su aventura duraba mucho. En el zurrón tenía unas cuerdas y pronto el arco estuvo listo. Le dio más trabajo hacer unas flechas. Como no tenía puntas de metal y el arco no era muy potente, tendría que conformarse con alguna presa pequeña, pero era mejor que nada. Por el momento tenía pan y un trozo de carne ahumada.

La noche, que parecía nunca retirarse totalmente de allí, envolvió todo en la más absoluta oscuridad, y el mundo visual de Conrad se redujo a lo que iluminaba el fuego.  Cada tanto algún aullido espantaba al silencio, y el caballero despertaba sobresaltado, y apretaba la empuñadura de su espada. 
Llegó el día. Rayos de luz descendían hasta el suelo húmedo del bosque, que a esa hora emanaba una bruma fantasmal. 

Conrad se abocó a cazar algo. Avanzó con sigilo, vigilando siempre su entorno, y finalmente vio una presa, un conejo. Tensó el arco y apuntó. Estaba por soltar la flecha cuando un proyectil salió zumbando de un matorral, y con la velocidad de un pájaro impactó en el conejo.  Era un garrote corto y grueso. ¿Quién podría haber arrojado aquello con tanta fuerza? Los matorrales se abrieron y un ogro apareció en el claro a reclamar la pieza. ¡Allí estaba! Era el momento de la gloria.

Conrad desenvainó la espada y se abalanzó hacia el ogro. Pero para su sorpresa, el ogro, que era grande y muy fornido, además de ser muy feo, pareció aterrarse de inmediato; agarró al conejo y huyó como un animal tímido, dejando atrás a un caballero desconcertado.  “¿Este es el ogro feroz que asola a los campesinos, el que ha matado a tantos y…?”, al pensar en el asunto, Conrad se dio cuenta que, aunque había escuchado horrendas historias sobre los ogros, dichas historias nunca dejaban en claro a quién habían matado, por lo que era muy probable que fueran solo mentiras y exageraciones. Lo que sí estaba claro era que robaban animales, pero sólo era eso.    Ese día Conrad emprendió el regreso. Prefirió fallar su misión a matar a un ser tímido que nada hacía a los humanos.

El Exorcista

¡Hola! Aquí les dejo otro de los cuentos que forman mi ebook "El Diablo Entre Nosotros" https://kdp.amazon.com/amazon-dp-action/es/bookshelf.marketplacelink/B00Y1THL8K Tiene otros tres cuentos pero como son cortos los voy a subir todos juntos mas adelante; por ahora dejaremos al Diablo en paz ¡Jaja!, y voy a publicar sobre otros temas. Gracias.


Leonardo se estremeció en su sillón. ¿Habían golpeado la ventana? Él había movido su asiento hasta enfrentarlo con la chimenea, y con las piernas estiradas hacia el reconfortante calor de las llamas estaba abocado a la lectura de una novela. Tras escuchar el ruido que sonó detrás de él, pues le estaba dando la espalda a la ventana de la sala, apartó la vista del libro y enderezó la cabeza. Aunque el ruido lo alarmó, sonrió después al pensar que solo era la tormenta que había azotado alguna rama del jardín contra el vidrio. Fuera se retorcía una tormenta atroz, con cortinas de agua cayendo de lado por el viento que rugía, bufaba o susurraba por todas partes.

Leonardo le había pedido expresamente a Martín, el veterano que desmalezaba el jardín a veces, que cortara las ramas del jazminero que se habían extendido hacia la ventana. Pensando en ese asunto, desatendió el libro nuevamente. “Martín sí lo hizo”, recordó. “Entonces, si no fueron las ramas...”. Cuando pensaba en eso escuchó de nuevo unos golpecitos. Se alarmó bastante. Por los intervalos del golpeteó parecía el llamado de una persona, mas el sonido se escuchaba como si golpearan con algo mas duro que la mano, con... las uñas, tal vez. Cuando el sonido volvió a insistir, Leonardo se levantó bruscamente. Golpearon de nuevo. Ya no tuvo dudas, algo quería llamarle la atención. Se volvió lentamente. Casi se le escapó un grito pero pudo ahogarlo a tiempo; reconoció la cara que lo miraba sonriente detrás del vidrio. Era su tío Alberto, el Cura.

—¿Tío, qué hace ahí? —le preguntó con la voz aflautada por el susto que había pasado.
—¡Golpeé en la puerta pero no atendías! —explicó el viejo, gritando para hacerse oír desde afuera y sobre el estruendo de la tormenta.
—¡Pero que barbaridad! ¡Venga por el frente! —corrió hacia la puerta.

Cuando la terminó de abrir el viejo ya estaba frente a ella. Llevaba puesta una capa impermeable negra por donde resbalaban innumerables hilos de agua, tenía la cabeza descubierta, y al estar empapada resaltaba mas la ya avanzada calvicie que mostraba. En una mano cargaba un bolso negro de cuero. Leonardo lo hizo pasar y lo ayudó a quitarse la capa.

—Pero tío, como se le ocurre salir con esta tormenta. En una noche como esta, un Cura como usted, con su edad, no puede andar paseando por ahí¿Y si se agarra una pulmonía?
—¡Jajaja! Este tiempo no va a terminar con este viejo, no señor, me las he visto con noches peores —bromeó Alberto.

Leonardo salió apresuradamente rumbo a la cocina con la capa chorreando por todo el piso. Cuando regresó vio que el viejo ya se había acomodado en el sillón que estaba frente al fuego.

—Tío, ¿quiere cambiarse de ropa o algo? No puede quedarse mojado, no es bueno.
—Estoy bien así. Si tengo alguna salpicadura en la ropa se me seca ahora frente al fuego.
—¿Le sirvo algo caliente, té, café?
—Un café bien cargado, sin azúcar. Gracias.

Apenas volteó para dirigirse hacia la cocina, Leonardo puso cara de extrañado. Le había ofrecido café por costumbre, pero no creía que este aceptara uno: solo lo había visto tomar té y siempre con azúcar. Quedó pensativo después. Volvió a la sala con el café para el viejo y un té para él. Arrimo otro sillón al fuego. El viejo enseguida se llevó la taza a la boca, bebió varios tragos y la apartó con un gesto de satisfacción, aunque inmediatamente tosió.

—Ya se me hacía raro que el café así le sentara bien, tío. No está acostumbrado, ¿por qué lo pidió?
—Pues... —tosió de nuevo—, uno tiene que acostumbrarse a cosas nuevas, y con este tiempo me pareció que me vendría bien un café bien fuerte. Tal vez con otro trago me pase esto.
—Las cosas que se le ocurren. Y dígame, ¿a qué debo el honor de su visita? —comentó un poco en broma Leonardo.
—¿Acaso tu viejo tío tiene que tener una razón específica para visitar a su sobrino preferido? —y volvió a toser.
—¡Jaja! Tómese otro trago, tío. Eso es. Después de todo es un buen bebedor de café. Le pregunté eso porque, usted es Cura ,y bueno, no pasea mucho que se diga, ¿no? ¿Anda en alguna misión para la Iglesia?
—No, solo me estoy tomando un merecido descanso y pensé en visitar a mi sobrino.
—¿Un descanso? Pero si usted solo trabaja los domingos ¡Jajaja!
—No te recordaba tan insolente —dijo el viejo, mirándolo muy serio; Leonardo se había echado hacia atrás al reír, por eso no notó esa mirada.
—Solo era una broma. Usted siempre tuvo buen humor, ¿qué le pasa ahora?
—Nada, disculpa ¡Jeje!. Es por el motivo de mi descanso. Pasé por algo muy malo, donde salí vivo por poco. Por eso necesito un descanso.
—¿Cómo es eso? ¿Por qué cosa pasó? —le preguntó Leonardo, inclinándose hacia adelante en su asiento.

Fuera de la casa la tormenta enloquecía cada vez mas y el viento provocaba mas ruidos, y tironeaba de los árboles como queriendo arrancarlos todos.
—Pues yo... —lo atacó de nuevo la tos—. ¡Caramba! Que no se me calma. Yo realicé un exorcismo. Por suerte al final todo salió bien.
—¿Un exorcismo? ¡Vaya! Y cómo fue eso. —Leonardo bajó las cejas, interesado.
—No puedo contar los detalles, son muy aterradores y no quiero que mi viejo corazón vuelva a sufrir por las imágenes tan perturbadoras que se me presentaron durante el exorcismo.
—¡Vaya, que increíble! Había escuchado que usted los hacía, pero nunca me atreví a preguntarle. Tío, esa tos no puede ser algo bueno. ¿Se siente bien?

El viejo se había arqueado tosiendo, y cuando se enderezó tenía la cara muy pálida.

—Estoy bien, estoy bien —aseguró el viejo— , pero creo que voy a tener que marcharme. Sabes, te visitaba también por una cosa. ¿Recuerdas aquella cajita de plata que dejé aquí?
—Claro que sí. ¿Se la va a llevar?
—Sí, se la quiero mostrar a un conocido que le gustan esas cosas antiguas.
—Ya se la traigo —afirmó Leonardo, levantándose.
—Sabes que, ponla en este bolso, y ciérralo bien, es por el agua. Es un objeto muy antiguo.
—Claro. Ya vuelvo.

La tormenta disparó varios rayos en ese momento y la casa tembló. Regresó con el bolso mas pesado, y con la capa impermeable en la otra mano. El viejo lo tomó al levantarse y tosió mas feo todavía al ponerse la capa, por lo que tuvo que decir a media voz:

—Gracias... ya me marcho. Fuiste... fuiste de mucha ayuda —y enderezó hacia la puerta algo encorvado y con paso irregular.
—Siempre es un placer ayudar a mi tío, el Padre. Él siempre me corregía cuando le decía Cura, por eso me di cuenta. Supongo que la precaución del bolso es porque usted no puede tocar el objeto, ¿no es así? —confesó Leonardo al abrirle la puerta.

El viejo se volvió rápidamente al escuchar eso, pero recibió una patada que lo hizo caer afuera. Cuando se levantó tenía la cara irreconocible, y sus ojos destilaban una gran maldad.

—¡Vete de aquí, engendro! —le gritó Leonardo—. ¡Y no creas que vas a poder hacer algo contra mí! ¡Te dí una taza de agua bendita y te la tomaste toda! ¡Ah, y tampoco creas que te llevas lo que viniste a buscar, a no ser que fuera una tostadora vieja! ¡Ahora lárgate de aquí, demonio, y no vuelvas a pisar mas este terreno!

El demonio se agazapó como para atacar, pero en ese momento lo invadió una especie de convulsión, entonces huyó trastabillando hacia la oscuridad. Leonardo cerró la puerta, se persignó y dijo una oración en latín. Su tío el exorcista lo había preparado bien. Él había aceptado todas aquellas enseñanzas pero sin estar muy convencido, mas bien fue para complacer a su tío, que era una excelente persona, y que por su carácter era difícil decirle que no.

Ahora sabía que realmente había demonios rondando en la Tierra, y que algunos buscaban la reliquia que él tenía en la casa.
Leonardo había mantenido la calma de una forma que ni él se hubiera creído capaz; pero tras despedir al demonio sintió ganas de sentarse y se llevó las manos a la cara. Había estado al lado de algún tipo de demonio. Respiró hondo y después se le escapó una exhalación algo entrecortada. “Ahora no es momento para ponerse nervioso”, pensó enseguida “Tengo que llamar al tío”.

El viejo se había acostado hacía rato pero aún no podía dormir. Cuando escuchó el teléfono estuvo seguro de que se trataba de algo malo. El teléfono estaba en la sacristía, y esta se encontraba pegada a su cuarto. La habitación se hallaba completamente oscura, aunque algunos relámpagos que se colaban por la ventana mostraban fugazmente una visión distorsionada de las cosas que había en ella . Alberto tanteó la pared buscando el interruptor. El teléfono seguía sonando.

—¿Hola?
—¿Tío Alberto?
—¿Leonardo? ¿Qué pasó, muchacho?
—Sí, soy yo. Tuve una visita indeseable que buscaba la caja que usted me dio. Y seguro ni se imagina a quién se asemejaba. A usted.

El viejo dio un paso hacia atrás al escuchar aquello.

—¿Te refieres a un...?
— Así es. Pero no se preocupe, estoy bien. Me las ingenié no sé cómo en el momento. Si lo pienso ahora... Como le digo, no sé cómo me desenvolví tan bien. Estoy seguro que ese ya no va a molestar mas.
—¡Gracias a Dios! Seguramente el Señor te dio fuerzas. ¿Pero cómo lo hiciste? Bueno, eso ahora no importa y... sobrino, ¿ese estaba solo?
—Creo que sí. ¿Por qué me lo pregunta, andan de a dos? Leonardo miró hacia todos lados.
—Me temo que muchas veces, sí. Voy a salir inmediatamente para allá. Ahora escúchame bien. ¿Recuerdas aquellas hojas que te dí, las que tienen oraciones escritas en arameo antiguo?
—Sí, ¿qué hago con ellas?
—Pégalas en las aberturas, en las puertas y en las ventanas, con el lado que tiene la oración hacia el exterior. Esas hojas contienen una energía protectora. ¡Hazlo ya! Voy para ahí.
—Bien.

Leonardo escuchó que cortaron. Al pensar que podría andar otro demonio por allí salió corriendo rumbo a su escritorio. Buscó apresuradamente entre todos los papeles que tenía.

—¿Dónde los puse? Estaba seguro que fue aquí —murmuró mientras apartaba papeles.

Sonrió al hallarlos y enseguida salió disparado hacia la puerta. Allí se dio cuenta de que no tenía cómo pegar las hojas. Volvió corriendo al escritorio. Sabía que tenía goma de pegar pero no recordaba dónde. Sacó los cajones para revisar mejor. Encontró una cinta adhesiva. “Esto tiene que servir”. La tormenta ahora parecía que quería levantar el techo de la casa, lo que lo hizo mirar hacia arriba. Pensó que no podía dejar que la tormenta lo distrajera. Al atravesar apresuradamente la sala, creyó ver por el rabillo del ojo que alguien cruzó frente a la ventana. Quedó expectante un momento pero no vio mas nada. Decidió poner primero uno en la ventana. Colocó un trozo de cinta en cada esquina y comprobó que la hoja quedó firme. Después corrió las cortinas. Siguió con la puerta. En su apuro había aplastado la punta de la cinta en el rollo, y al querer pegar la hoja no la encontraba. Ahora creyó escuchar pasos al lado de la puerta, en un instante donde no había estallado ningún trueno. Ya desesperado, pudo sacar la punta de la cinta aunque casi se quebró una uña. Cuando estuvo listo corrió hacia la cocina. Siguió con las ventanas de los cuartos, y cuando colocó el papel en la última exhaló aliviado.

Si su tío le había dicho que las hojas iban a funcionar, así sería, y no estaba seguro de que otro demonio anduviera por allí, eso lo hizo recuperar la calma. De vuelta en la sala se quedó mirando el sillón donde se sentara aquella cosa. Nunca mas lo iba a usar. Lo apartó hacia un rincón empujándolo con el pie. A la taza la agarró con un pañuelo y la tiró en el tacho de la basura. Le daba asco pensar en la verdadera apariencia de aquella cosa.
Ya comenzaba a creer que su tío había salido a la tormenta para nada, cuando escuchó pasos en el techo. Parecía un animal grande, porque se apoyaba sobre cuatro extremidades. Pero él supo que aquello no era ningún animal; era otro demonio.

Los pasos siguieron hasta cierto punto del techo y luego se detuvieron. “Va a entrar por la chimenea”, pensó Leonardo, alarmado. Sabía que una persona no podía bajar por allí, pero un demonio seguramente sí. Lo primero que se le ocurrió fue echar mas leña, mas enseguida se dio cuenta que el fuego debía ser algo benigno para aquel ser. “El agua bendita”. Su tío siempre le llevaba frascos con agua bendita. Hasta esa noche había creído que aquella colección era inútil, y que mas inútil era tener agua bendita en varias partes de la casa; pero ahora corrió en busca de los frascos.
Los pasos en el techo enderezaron rumbo a la chimenea y se detuvieron allí. Leonardo se colocó detrás del sofá, con unos frascos casi rompiéndole los bolsillos y uno en cada mano. Esa estrategia no le gustó, necesitaba también tomar algo contundente. Tomó el atizador. Aguardó inmóvil en su improvisada trinchera. Se escucharon pasos alejándose de la chimenea. Sonaban cerca del borde de techo cuando unos rayos ocultaron el ruido con sus cañonazos. ¿Había bajado o seguía en el techo? Cada minuto le parecía larguísimo. Escuchaba mirando hacia arriba, miraba hacia la puerta, hacia la ventana, y no podía descuidar del todo la chimenea.

De pronto se apagó la luz. Ya fuera por la tormenta o porque el demonio desconectara los cables de afuera, sintió que en la oscuridad su situación se complicaba. Tomó el encendedor que tenía sobre la repisa y salió rumbo a su cuarto a buscar una linterna. Se reprochó por no prever eso. Con el atizador bajo el brazo, avanzó espantando sombras y luego buscó en su cuarto. Volvió a la sala con su nueva fuente de luz. Los fogonazos de los relámpagos atravesaban las cortinas y por un instante se combinaban con la luz inquieta que arrojaban los leños encendidos de la chimenea. En esos momentos Leonardo veía una versión distinta de su sala, pues los objetos tomaban diferentes formas según el ángulo de la luz.

Por mas que escuchó atento ya no pudo distinguir pasos entre todo el rugir de la tormenta. ¿El demonio habría desistido? “Tal vez se fue, porque si no puede entrar por las puertas ni las ventanas... ¡La ventana del baño!” Se había olvidado de poner una papel en la ventana del baño. Salió apresuradamente hacia allí pero se detuvo por el camino, y como lo hizo tan bruscamente resbaló y cayó sentado. Un demonio ya avanzaba por el pasillo. La luz de la linterna solo le sirvió para que viera una imagen espantosa. El demonio parecía una persona horriblemente mutilada que ya empezaba a descomponerse. La criatura se agachó un poco y abrió los brazos, amenazante. Leonardo se arrastró por el suelo un tramo hasta que pudo levantarse. El frasco con agua bendita que tenía en la mano había rodado en el corredor después de que se le cayera, pero tenía otros en los bolsillos. Destapó uno y lo agitó hacia adelante proyectando el líquido.

El efecto que el agua tuvo en el demonio fue similar al que el ácido sulfúrico tendría en un cuerpo humano. Pero a pesar de los surcos y huecos burbujeantes que el agua le ocasionó, el demonio continuó avanzando igual. Leonardo siguió aventándole agua mientras retrocedía. Ya estaba desesperado cuando sonaron unos golpes y unos gritos en la puerta:

—¡Leonardo, abre, soy tu tío!

Leonardo pensó que en cuando intentara abrir la puerta el demonio se le iba a abalanzar. Mas para su suerte, el ser pareció sentir mas el efecto del agua bendita y retrocedió un par de pasos. Eso le dio la oportunidad de abrir la puerta.
Alberto entró justo cuando explotaron una seguidilla de rayos, y estos hicieron su entrada mas dramática, pues su sombra se agigantó en diferentes partes de la sala, mientras su figura se recortó en una luz blanca. El exorcista avanzó gritando unas oraciones y con un brazo adelantado que mostraba un libro. Sus palabras sonaban entre estruendo y estruendo y parecían tener casi el mismo poder. El demonio retrocedió inmediatamente. Se alejó dejando en su camino un líquido asqueroso que emanaba de las heridas causadas por el poder del agua. El exorcista avanzó, y Leonardo fue tras él. El demonio se retiró por la misma ventana que usara para ingresar a la casa. Enseguida sellaron esa ventana con uno de los papeles. El viejo vino preparado. Sacó unas velas de un bolso y las encendió sobre la repisa de la chimenea.

—Tío, no sabe la alegría que me da verle le expresó Leonardo.
—Y yo estoy alegre por llegar a tiempo. Nunca me hubiera perdonado si te pasaba algo.
—¡Esos demonios! Por un momento estuve seguro de que sería mi fin. ¿Será que este vuelve? —dudó Leonardo, y giró la cabeza hacia la ventana.
—No volverá, ya estaba muy mal. Te habías encargado muy bien de él.
—Pero si usted no llegaba ahora...
—Pero llegué. No hay que preocuparse por lo que no pasó. Ahora solo resta esperar que pase esta horrible tormenta.

Tío y sobrino quedaron expectantes, con sus sombras meciéndose en las paredes. Poco rato después la tormenta empezó a perder impulso y la calma se fue imponiendo de a poco. Hasta la luz eléctrica volvió cuando la tempestad pasó del todo. A Leonardo lo sorprendió eso, porque creía mas probable que el demonio hubiera arrancado los cables.
Ya comenzaba a amanecer cuando el viejo se levantó de su asiento y se llevó una mano a la espalda, como si esta le doliera un poco:

—Bueno, sobrino, salimos de esta. Y te aseguro que no vas a tener mas problemas como este. Me voy a llevar la reliquia para que ya no vuelvan a molestarte. Te aseguro que, aunque te preparé, fue solo por precaución, no creía que estarías corriendo algún riesgo por tener eso aquí.
—Lo sé, pero, ¿está seguro de que se la quiere llevar? ¿Dónde la va a dejar? Espero que no la guarde usted. Ya está viejo... Yo puedo esconderla en algún lado o algo, y prepararme mas.
—Viejo y todo, ya viste que todavía me desenvuelvo bien, ¿no?
—Claro, me salvó. Lo decía porque no quiero que ande preocupado pensando que van a ir a buscarla.
—Muchacho, mucho mas preocupado estaría si la dejo aquí le aseguró Alberto, poniéndole una mano en el hombro—. Bien, será mejor que me marche ahora. Pon la reliquia en ese bolso.
—Está bien. Ya vuelvo.

Cuando Leonardo regresó con la maleta, el viejo ya estaba en el patio, contemplando su alrededor. Se tocaba la espalda, medio arqueado hacia adelante.

—¿Está bien, tío? Si quiere déjela aquí por un tiempo. —insistió Leonardo.
—Estoy cansado nada mas. Ya te dije, no estaría tranquilo si la dejo aquí ahora que se que es peligrosa porque la quieren.
—Está bien, aunque si cambia de opinión, no dude en traerla. No soy un exorcista como usted, pero ahora que lo pienso, me desenvolví bastante bien, ¿no? Hasta reconocí a un demonio a pesar de presentarse exactamente como usted.

El viejo tomó el bolso, giró y se alejó unos pasos sin contestarle. Cuando estaba atravesando el portón del terreno se volvió hacia Leonardo:

—Lo reconociste porque solo era un demonio —le dijo—. Si se tratara del mismo Diablo, a ese no lo reconocerías ¡Jajaja! —y se alejó dando grandes pasos.


No muy lejos de allí, en un costado del camino, había un auto volcado ruedas arriba.

viernes, 14 de agosto de 2015

En La Selva

Javier quería unas vacaciones pero terminó viviendo una odisea. Pasó varias horas en el aeropuerto porque su vuelo se atrasó. Después el vuelo fue agitado, con turbulencia. Cuando llegó al hotel estaba molido, mas desde allí se veía lo que había ido a buscar: la selva. Siempre había disfrutado de la naturaleza y solía realizar muchas actividades al aire libre. Ya había viajado a muchos lugares interesantes: bosques, desiertos, sabanas, pero aún no conocía la selva. Si había estado en algunos montes, pero quería conocer una selva mas salvaje, mas tupida, como las que muestran en los documentales. Ahora estaba cerca de un lugar así. No iba a echarse a descansar teniendo una hermosura de paisaje como aquel tan cerca...

Se registró, y una vez instalado se dio un baño. Pensó que con una ducha refrescante le iba a bastar para renovarle un poco las energías; aún quedaban muchas horas de sol y las iba a aprovechar. Para descansar estaba la noche. Javier iba preparado para la selva: se puso pantalones resistentes, botines, y aunque llevaba una mochila con varias cosas, se ató a la muñeca una pulsera de supervivencia que había comprado para ese viaje. Ya estaba listo. ¡A la selva!
Desde el hotel partían varios senderos y algunos turistas iban y venían por ellos. Aquellas sendas no eran lo que Javier esperaba, aunque después le pareció lógico que fueran así. Eran bastante anchas y estaban marcadas y delimitadas. Estaban pensadas para que los huéspedes del hotel pasearan con seguridad. Familias enteras caminaban por los senderos. Él se había aprontado como para una pequeña expedición, y aquello era poco mas que un jardín. No se iba a conformar solo con eso.

En la parte mas alejada del sendero vio que uno natural llegaba hasta allí. Ese otro sendero bajaba hasta la espesura y enseguida se perdía detrás de unos árboles en una curva. Se desvió por aquel sendero sin dudar. No mucho después se encontró rodeado de una selva realmente salvaje. Esa parte era mas silenciosa de lo que había imaginado. Era sombría e insinuaba ser misteriosa como todos los bosques tupidos. Cuando creyó que ya había avanzado lo suficiente emprendió el regreso, pero tuvo que detenerse de golpe cuando vio que le apuntaban con un arma larga. Ahora ya no era un turista, era un rehén.

Si abres la boca para gritar, te mueres aquí nomás —lo amenazó el tipo.

Cuatro hombres mas salieron de la espesura, estaban camuflados de pies a cabeza. Le quitaron la mochila entre empujones y le revisaron todos los bolsillos. Como dos de ellos se veían muy nerviosos y no dejaban de apuntarle, a Javier le pareció que era mejor ni hablar. Uno de los tipos lo agarró por el brazo para examinar la pulsera de supervivencia. Por suerte para Javier, el sujeto creyó que solo era una artesanía sin ningún valor, una baratija de las que compran los turistas, por eso ni se molestó en quitársela.

Después del registro le pusieron una capucha y comenzó un viaje terrible para Javier. Caminar por la selva ya es difícil de por si, pero con los ojos tapados y las manos amarradas es un calvario. Sus captores le avisaban cuando tenía que agacharse o levantar un pie, pero en la mayoría de los casos terminaba cayendo o chocando contra algo. Resvalaba en las cuestas y en las bajadas, y siempre alguna mano lo empujaba.

Su situación era realmente mala. No tenía parientes cercanos ni amigos con suficiente dinero como para pagar su liberación, y él había gastado casi todos sus ahorros en aquel viaje. ¿Cómo iba a convencer a los maleantes para que lo soltaran? Si los convencía de que no tenía dinero probablemente lo liquidarían allí mismo.

Caminaron hasta el atardecer. Acamparon en un claro. Allí le quitaron la capucha para que comiera algo. Sabían que si él no tenía energías para la próxima caminata se iba a convertir en un estorbo. Javier se acomodó en el suelo, cerca del fuego. Le ataron los pies también. La noche fue larga y espantosa. Llegó a dormirse por lo cansado que estaba, y despertó un par de veces creyendo que se hallaba en su casa, pero enseguida volvía a la cruel realidad. Apenas amaneció lo arrastraron nuevamente por la selva. Tropezaba cada pocos pasos, lo azotaban ramas, y todo eso le causaba gracia a sus captores. Sudaba mucho bajo la capucha, le dificultaba la respiración. Cada tanto sentía el cañón de un arma picándole la espalda o empujándole la nuca, y lo azuzaban:

¡Sigue caminando, gringo! ¡Ya vas a tener tiempo de descansar en la jaula!
No soy gringo, soy latino como ustedes —le dijo Javier.
Pues de acá no eres, y eso te hace gringo. ¡Anda, muévete!
Si por lo menos me sacaran esta capucha…
¡Nada! ¡A caminar! ¡Y en silencio!

Cuando llegaron a un arroyo Javier se resistió porque tuvo miedo de ahogarse.

¡Arre! Gringo. Por aquí es bajo. ¿Qué tienes miedo al agua?
Sáquenme la capucha por lo menos aquí —les pidió.

El que era el líder nunca hablaba frente a Javier. Con un gesto ordenó que le sacaran la capucha. Cuando terminaron de cruzar el arroyo se la volvieron a poner. Como no podía ver, su mente se concentraba en los sonidos. Esa parte de la selva era ruidosa, cantaban pájaros, gritaban algunos monos, y siempre alguna cigarra u otro insecto chillaba monótonamente. También escuchaba la respiración de sus captores, y el ruido metálico de los machetes al cortar algo. Por la tarde hicieron una pausa para comer. Ya no les quedaban muchos víveres, porque solo comieron frutas y una víbora que había “cosechado” un machete.

Ya casi caía la noche cuando llegaron a su campamento base. Allí le quitaron la capucha y lo metieron en una prisión de bambú que bien podría ser un gallinero. Por lo menos ahora podía ver. Uno de sus captores le dio un consejo:

Pásate ese barro por todos lados, sino los mosquitos te van a comer. Si te mueres después no nos vas a servir de nada.

El barro era pegajoso, apestaba, pero tuve que embadurnárselo en la cara y los brazos. Embarrado y todo los mosquitos comenzaron a acosarlo apenas se hizo de noche. Con la selva completamente oscura vio a los malhechores conversar en torno a una fogata. Javier vio que no se ponían de acuerdo sobre algo. Llegaron a discutir en voz alta, y mas de una vez se levantaron como para pelear, hasta que el líder dio por terminado el asunto, y a regañadientes se fueron a sus rústicas chozas, hechas de bambú también.

Javier probó la solidez de la jaula. Sus ataduras no eran tan fuertes, con un poco de esfuerzo podría romperlas, calculó, pero estaba completamente agotado. Pasó otra noche espantosa. Los mosquitos zumbaban por todos lados, se le enredaban en el pelo, y a pesar del barro siempre hallaban un lugar donde picarlo. Amaneció lentamente. Por la mañana sus captores le exigieron números de teléfonos para contactar a su familia. Ninguno de sus conocidos podía pagar un rescate, pero por lo menos la justicia iba a saber qué le había pasado. Casi no tenía esperanzas de que lo rescataran; si iba a salir vivo de allí tenía que ser por sus propios medios.

Cuando los tipos obtuvieron la información, tres de los cinco se marcharon. Ese día a Javier solo le dieron de comer unas bananas verdes. Los dos que quedaron se mostraban inquietos, hablaban entre ellos, y evidentemente esperaban ansiosos la llegada de los otros. El día se hizo larguísimo. A la mañana siguiente uno de tipos salió a cazar. Volvió con un roedor, un agutí. Los tipos estaban tan hambrientos que a Javier no le dieron nada, lo comieron todo. Javier bebía mucha agua, que era lo único que no le negaban, y con eso alejó bastante al hambre.

Tras un nuevo amanecer los tipos se pusieron a discutir. Finalmente uno tomó sus cosas por la tarde y se marchó. El otro quedó dando vueltas, indeciso, mas terminó marchándose también. Ellos no sabían que sus compañeros nunca iban a volver, porque en la selva se habían topado con el ejército y los habían matado. Al buscar a sus compinches estos terminaron corriendo la misma suerte que los primeros. Ahora Javier estaba solo y enjaulado, y nadie sabía dónde se hallaba.

Javier quedó solo en la selva, literalmente atrapado en ella. Cuando lo abandonaron aún quedaban varias horas de sol. ¿Sería aquel el momento para intentar escaparse? Sospechó que solo fuera un truco, temió que estuvieran esperándolo escondidos en la espesura. Después se dio cuenta que aquello no tenía sentido. Si querían matarlo lo hacían allí y ya. Dedujo que algo les habría pasado a los tres que se fueron primero. No aprovechar esa falta de vigilancia sería un error.

Empezó a tironear la puerta de su celda de bambú. Era mas fuerte de lo que había calculado. Probó con otra parte. Las ataduras estaban flojas pero seguían cumpliendo su función. Patear los barrotes de bambú fue inútil, pero al hacerlo recordó una cosa: “La sierra de alambre de la pulsera de supervivencia”. La pulsera estaba hecha de cuerda pero en el medio tenía una sierra flexible, un sedal para pescar y unos anzuelos pequeños. La sierra cortó el bambú con relativa facilidad. En unos minutos hizo un hueco como para pasar el cuerpo. Nuevamente era un hombre libre, pero aún estaba en peligro. Creyó que en cualquier momento podrían sorprenderlo sus captores.

Lo difícil ahora era tomar una decisión. Sabía que habían demorado casi un día y medio en llegar hasta allí. Dedujo que caminar con un encapuchado los había demorado un poco, tal vez solo estaba a un día de la civilización, pero, ¿hacia dónde estaba esta? Le pareció que seguir las huellas de sus captores era algo demasiado arriesgado porque podía cruzarse con ellos, y caminar apartado del sendero para volver cada tanto para ver por dónde siguieron los tipos era muy difícil, eso siempre y cuando pudiera seguirles el rastro. Los prófugos de la ley de esas regiones saben cubrir sus huellas. Concluyó que lo mejor era tomar otro rumbo, aunque al hacerlo tal vez se internaría mas y mas en la selva.

Antes de tomar el vuelo había ojeado un mapa de su destino, y recordaba que varios ríos bajaban hacia las ciudades. Solo tenía que seguir algún curso de agua hasta encontrar uno de esos ríos. Pero lo que no sabía era cuánto le tomaría llegar, cuánto tiempo tendría que estar en la selva, y cuántos obstáculos y peligros debía sortear. Por el momento tenía que tomar todo lo que le fuera útil para sobrevivir. Sabía que no iba a hallar comida en el campamento porque a los tipos ya no les quedaba casi nada, y lo poco que tuvieran se lo habían llevado para el viaje.

Javier revisó las chozas. Al encontrar una olla pequeña se alegró; en ella podría hervir agua. Otro hallazgo valioso, un bolso de tela, y dentro de él había algo mas importante, un encendedor. Sobre una hamaca colgante había una tela mosquitera, la metió en el bolso. Botellas plásticas había varias, se hizo con una de dos litros y una pequeña y las llenó de agua. Los maleantes tenían un depósito que se alimentaba de las lluvias, y el agua era lo único abundante allí. Los tipos evidentemente llevaban una vida muy precaria cuando estaban en aquel campamento; tenían muy pocas cosas, y cargaban lo importante en sus mochilas.

Javier juntó también todas las bolsas plásticas que vio. Le hubiera gustado encontrar un machete, o por lo menos un cuchillo, pero no había ninguno. Su sierra de alambre le iba a servir para cortar ramas, pero en la selva un machete facilita enormemente la vida. Como no había nada filoso, quebró la única botella de vidrio que vio y eligió un par de trozos. Con esos elementos en el bolso se alejó en la dirección contraria a la que tomaran los tipos. Sus primeros pasos los borró del suelo con una rama, y al entrar a la selva trató de no pisar en lugares donde dejara huellas. Ahora empezaba otra etapa de su aventura.

La adrenalina de su escape le dio energías por un largo trecho, luego empezó a ir mas lento. Aunque quería mantener el ritmo no podía. Había comido muy poco los últimos días. Pronto la selva quedó sumida bajo una tenue luz crepuscular. Ya no podía seguir. No tenía tiempo ni energía para hacer un refugio. Cortó a mano unas hojas de banano y las puso en el suelo contra un tronco. Si se sentaba allí, un poco por encima de su cabeza había una rama delgada que salía del tronco. De ella colgó la tela mosquitera he hizo una especie de carpa sujetando los extremos bajo sus piernas. Con un borde de la tela apoyado contra el tronco, la cara y sus brazos quedaban dentro de aquella protección; los mosquitos no lo iban a molestar. Claro, no le iba a servir de nada contra otros peligros de la selva, pero estaba tan cansado que no le preocupaban, solo quería dormir algunas horas. Sin la tela mosquitera no hubiera podido hacerlo.

Durmió mas de lo que supuso, aunque despertó muchas veces durante la noche. Siempre había algo que chillaba o movía ramas en la oscuridad; ranas, insectos. Aquella selva bullía de vida en sus sombras infranqueables por la noche. Se alarmó un poco al escuchar un estruendo que hizo temblar la tierra, pero enseguida se dio cuenta que debía ser un árbol que acababa de caer. El suelo de la selva no es de los mas firmes. Tenía que tener en cuenta ese peligro, sobre todo si llovía mucho.

Al amanecer lo despertaron los gritos estridentes de los pájaros. Entre los árboles todavía reinaba una luz tenue, aunque algunos rayos solares descendían desde las copas. Bebió algo de agua y siguió su viaje. Tenía que bajar por el terreno para encontrar corrientes de agua. Al dar los primeros pasos tuvo consciencia de lo débil que estaba, además tenía los músculos entumecidos por dormir sentado. De a poco fue tomando ritmo, mas la selva le ponía obstáculos: enramadas, lianas, raíces. Todo parecía querer retrasarlo. La amenaza de los secuestradores ya no le preocupaba. Que lo encontraran en aquella maraña verde era muy poco probable. Y tenía razón, porque los malviviente ya no iban a molestar a mas nadie. Pero ahora lo estaba asechando otro peligro: unos ojos claros lo miraban desde la espesura.

Javier caminaba lentamente por la selva sin saber que un depredador seguía sus pasos. Como iba muy concentrado en el camino pudo percibir algo que a veces se experimenta cuando un ser nos observa, siempre y cuando el nivel de atención sea alto. Miró hacia un lado, hacia un punto específico, sin saber por qué, y se encontró con dos ojos que lo observaban desde la espesura. Enseguida se dio cuenta que se trataba de un jaguar; estaba a pocos metros de él.
La vida de Javier nuevamente estaba amenazada, y era una amenaza inminente, no el peligro vago (aunque muy real) que representa la selva con sus dificultades. Hacía unos días era uno de tantos turistas que viajan hacia un destino deseado. Ahora estaba a punto de ser atacado por un animal salvaje. Su vida había cambiado tan rápido, y era para mal. Un día estaba en la comodidad de su casa, unas horas después volando en un avión que se sacudía como si fuera a caer en cualquier momento; y no mucho después de llegar a destino, se encontraba siendo arrastrado por una selva por unos maleantes. El jaguar agachó la cabeza. Javier comenzó a creer que aquel viaje sería el último.

El felino empezó a emitir un ronquido potente, después abrió la boca y se vieron sus largos colmillos. No dio ni un paso porque comprendió que el animal lo estaba probando; si huía lo iba a perseguir. Javier sabía bastante de animales salvajes. En vez de darle la espalda empezó a gritar como un loco y a agitar los brazos en alto, y para impresionar mas al animal tomó un gajo que colgaba cerca de él y lo sacudió con fuerza. Todo aquel despliegue hizo retroceder al jaguar, aunque lo hizo protestando con una serie de ronquidos ásperos, después desapareció en la espesura.

Por el momento se había salvado, mas Javier sabía que continuaba en problemas. El jaguar lo había visto caminar lentamente, con dificultad, y cuando un depredador identifica una posible presa que está débil, no se separa mucho de ella. Seguramente seguía rondando por allí, esperando para emboscarlo en otro momento.
Tenía que prepararse para defender su vida si era necesario. Cortó una rama larga y recta con la sierra de alambre. Le hizo punta con uno de los vidrios, sin dejar de vigilar por mucho tiempo su entorno, y cuando estuvo satisfecho con la agudeza de la punta continuó su marcha. Ahora cualquier ruido que se produjera en la espesura lo hacía voltear. Varias veces creyó ver las manchas del animal, pero solo era selva.

Evaluó sus prioridades. No podía pasar otra noche sin fuego ni refugio, no con aquel felino hambriento siguiendo sus pasos. Si no encontraba un arroyo pronto, igual iba a parar. Pero entre tantos contratiempos tuvo algo de suerte. Primero escuchó el ruido del agua, luego la vio entre la espesura. Era un arroyuelo bastante decente. Enseguida vio algunos peces bajo la superficie. Sonrió emocionado. Tenía que acampar allí.

Tras seguir la corriente un trecho divisó un lugar bastante alto y despejado cerca de la rivera. Examinó la zona. No parecía que las inundaciones llegaran hasta allí. Era un pequeño claro, y en un lado se alzaba una verdadera maraña de árboles jóvenes y lianas que brindaban una protección natural. Calculó dónde poner algunos travesaños, y cuando tuvo una imagen formada en su mente fue a cortarlos.

La amenaza del jaguar no se le olvidaba ni por un instante, y cada tanto se detenía a observar su entorno. La selva confunde, son tantas cosas, tanto para ver, la mente busca patrones, a veces los ve donde no están, y otras veces los pasa por alto. Hojas de todos los tamaños, lianas sobre cortezas que parecen formar algo, cosas que se asemejan a ojos… ¿Cómo divisar de nuevo a un depredador tan sigiloso que se desliza por la selva con la gracia de los felinos?
A pesar de la confusión que le mostraba la selva, logró ver de nuevo al jaguar. El majestuoso felino pasó frente a una abertura vegetal para enseguida volver al misterio, desapareció a la vista. Ese nuevo avistamiento le dio fuerzas a Javier para seguir construyendo el refugio. Las bolsas plásticas que encontró en el campamento de los forajidos le facilitaron la tarea. Usó también hojas de banano y de palmeras. Como él suponía, aunque intentó hacerlo muy sencillo la construcción del refugio le llevó casi todo el resto del día. Pero si no encendía un fuego aquel esfuerzo no le iba a servir de mucho. En sus bolsillos había guardado yesca que encontró por el camino, pero no tenía leña. La selva ya empezaba a oscurecerse. Buscó leña entre las sombras crecientes. Mientras lo hacía escuchó algunos ronquidos ásperos. El animal estaba muy hambriento y se encontraba impaciente.

Volvió al refugio arrastrando el tronco mas grande que pudo. Si lo usaba con habilidad le iba a durar toda la noche, pero eso si se mantenía despierto casi todo el tiempo. La fogata se resistió durante un buen rato. Crecían algunas llamas, se extendían por la yesca y luego se apagaban. Cuando finalmente encendió el fuego se sintió reconfortado. Hallar aquel encendedor fue una verdadera suerte. Pronto el refugio se llenó de humo, eso lo libraba de los mosquitos.
Cuando su “compañero” no deseado de aventura sintió olor a humo se adentró mas en la selva, aunque no se alejó mucho. El fuego le dio a Javier una sensación de seguridad. Es el gran aliado del hombre contra la naturaleza. El fuego reconforta. Le hubiera gustado tener un pez para comer. Eso iba a quedar para el otro día. Si recuperaba energías tenía que hacer algo contra el jaguar. El felino se relamía inquieto en la oscuridad.

Gracias a la fogata incluso pudo dormir unos momentos, pero apenas empezaba a soñar veía al jaguar o a una figura deformada de este, y eso lo despertaba, y después miraba la fogata con desesperación, temiendo que se hubiera apagado. Al comprobar que solo era un sueño respiraba aliviado y volvía a atender el fuego.
Algunos insectos voladores atraídos por la luz de la fogata revoloteaban en torno al refugio. La selva oscura quería llamar su atención a cada rato, produciendo un ruido aquí, otro allá, pero Javier confiaba en la protección que le brindaba el fuego, y ya se estaba acostumbrando a esos ruidos. En aquella selva, en el final de la tarde la noche caía rápido, pero el amanecer era todo lo contrario, el día se abría paso a duras penas. Ni bien la noche retrocedía un poco. los pájaros comenzaban con sus cantos; una especie de ave gritaba en un lado, le contestaba uno de la misma en otro, y otras especies cada tanto se sumaban a la conversación, pero cada ave lo hacía desde su escondrijo nocturno; a esa hora no había vuelos.

Luego, cuando se hacía mas claro, algunos pájaros empezaban a volar, otros a saltar de rama en rama, de árbol en árbol, siempre cantando. Las sombras densas demoraban en retirarse, y la luz crepuscular nunca se iba del todo. Cuando la claridad fue suficiente Javier se abocó a juntar leña. Confiaba en que el olor a humo todavía mantuviera alejado a su “amigo” el jaguar, mas sabía que si el animal no buscaba otra presa, con el correr de las horas y el aumento del hambre, inevitablemente se iba a volver mas osado.

Subsanado por el momento el tema de la leña, ahora tenía que ocuparse de su alimentación. Tenía que comer algo para recuperar fuerzas. Los anzuelos y la tanza de pescar de su pulsera de supervivencia ahora eran valiosísimos para él. Se improvisó una caña de pescar con una vara larga, y tras recorrer un tramo de orilla capturó un par de grillos diminutos que le servirían de carnada. El arroyuelo estaba repleto de pececillos. El anzuelo con el grillo se hundió en el agua. Enseguida atrajo la atención de varios peces. Eran muy pequeños para el anzuelo. Después de unos tirones se quedaron con el grillo. Probó suerte con el otro, le pasó lo mismo. Tuvo que volver a buscar carnada.

Todo se dificultaba porque no podía dejar de vigilar la espesura. Si se descuidaba, el único que iba a resolver el problema de la comida era el jaguar. El felino ya se estaba familiarizando con el olor a humo, no tanto como para que se acercara al fuego, pero sí como para rondar un poco mas cerca al refugio.
Javier se hizo de otros grillos. En un nuevo intento, cuando los pececillos ya iban a descarnar el anzuelo, de pronto se apartaron rápidamente; un bagre grande había surgido del fondo oscuro y se proyectaba con la boca abierta. El bagre tomo grillo y anzuelo y volvió al fondo; Javier dio un tirón. Era un bagre bastante grande, como de dos kilos. La vara se arqueó cuando sacó al pescado del agua. No mucho después se asaba en el fuego. Pero antes, mientras lo destripaba Javier, tuvo una idea, y envolvió las vísceras en una hoja. Tenía que librarse del asedio del jaguar, y sabía hacer una trampa que podía conseguirlo.

Cada trozo del pescado le pareció una delicia. También tomó mucha agua que hirvió previamente en la olla que hallara en el campamento donde fue prisionero. Por el momento estaba satisfecho, aunque hubiera podido comer mucho mas si tuviera. Ahora tenía que ocuparse de la trampa. El cordel de la pulsera iba a ser fundamental para su construcción, aunque si no contara con él le hubieran servido igual algunas lianas y cortezas resistentes. La trampa funcionaba básicamente con una rama algo gruesa que se curvaba con la acción de las cuerdas. Accionada la trampa, la rama liberaba la energía elástica de ella y la proporcionada por el amarre de las cuerdas, dando un latigazo horizontal a la presa.

A dicha rama se la complementa fijándole a lo largo palos con punta, los que tienen un efecto devastador sobre el pobre animal que caiga. Al pensar en eso a Javier no le gustó la idea de matar al jaguar. Con un buen golpe iba a bastar para asustarlo y que fuera a buscar otra presa. A las entrañas de pescado las usó para marcar una señal de olor que condujera al jaguar hacia donde él quería. Terminado eso volvió a juntar leña, y después a pescar. Cuando ya estaba oscureciendo se hizo de otro bagre. Mientras lo asaba bostezo muchas veces. Necesitaba dormir mejor, pero todavía no solucionaba el asunto del jaguar.

Al terminar de comer el sueño lo atacó con mas fuerza. Estaba cabeceando junto al fuego cuando repentinamente escuchó un ¡Plaf! Y casi al mismo tiempo un grito de felino, luego una huída a toda prisa y descuidadamente por la selva. El latigazo le había dado en el hocico. El susto fue mas que el golpe, y eso disuadió al jaguar. Javier sonrió, agregó mas leña al fuego y se acostó.
Despertó cuando ya estaba claro. La fogata era pura cenizas, pero al agregarle mas leña, y a costa de muchos soplidos, las llamas revivieron. Esa mañana hirvió mas agua, y también intentó pescar, mas no tuvo suerte. Era el momento de abandonar aquel campamento.


Solo avanzaba unas horas por día, porque por la tarde tenía que detenerse para armar un refugio y encender fuego. El arroyo era rico en peces en todo su tramo, por eso pudo comer todos los días, pero las tareas diarias de construir un refugio y buscar leña lo agotaban, y a eso se le sumaba la caminata. Al tercer día de costear el arroyo tuvo que descansar uno entero. Retomado su viaje halló un río. En su orilla la supervivencia se le hizo mas fácil, y un día, cuando estaba pescando, divisó un bote que iba rumbo a él. Aquel fue el final de su aventura, cuyo recuerdo permaneció muy vivo en él durante toda su vida.

jueves, 13 de agosto de 2015

En La Isla

Los cinco estaban en graves problemas: los habían abandonado en una isla remota del Caribe. Enrique sintió que los otros ahora dependían de él porque estaban muy asustados, y aquella situación evidentemente los sobrepasaba...
Enrique no había planificado aquel viaje, ni tenía ganas de andar de turista, pues no pasaba por el mejor momento de su vida debido a una separación. Un matrimonio amigo lo invitó para animarlo. Insistieron tanto que terminó aceptando, aunque con pocas ganas. También iba en el viaje una pareja conocida del matrimonio.
Nuestros turistas eligieron Cuba como destino, y permanecieron unos días allí. A Enrique no lo animó mucho aquel lugar. Ver tantos autos viejos le causaba algo de nostalgia, aunque no sabía por qué. La noche, los bailes, los tragos, no tenían mucha gracia para él porque estaba solo, y no tenía ánimos como para conversas con nadie, aunque ocasiones no le faltaron, porque atrajo a varias lugareñas y a unas turistas; pero todavía no estaba para eso.
Como él no quería incomodar con su estado a sus compañeros de viaje, los abandonaba por la mañana y volvía al hotel por la noche, pero de todas formas estos notaron que no estaba disfrutando. Hablando entre ellos les pareció que un viaje en bote le haría bien a Enrique, pues él era un apasionado de la pesca y la aventura.

Esa idea le pareció buena cuando se la propusieron, y hasta se entusiasmó bastante. Él eligió el bote que alquilaron. Lo timoneaba un viejo de barba blanca y piel castigada por el sol. Aquel hombre era un estereotipo de lo que es un capitán de mar. A Enrique le pareció que parte de la actitud de aquel viejo era actuación, pero supuso que solo sería una estrategia para hacer sentir cómodos a los turistas.
Partieron en el bote temprano por la mañana. No mucho después solo veían mar hacia donde miraran. Enrique enseguida se abocó a pescar; los otros a disfrutar del sol tendidos en reposeras sobre la cubierta. Soplaba bastante viento y el bote se hamacaba, subía y bajaba al pasar sobre las olas, pero nada de eso importunaba a los veraneantes, estaban de vacaciones. Un grupo de gaviotas los había seguido desde el puerto y, planeando en el aire o equilibrándose en la barandilla vigilaban la pesca de Enrique, y este, para no decepcionarlas, cortó en trozos uno de los pescados que atrapó y se los arrojó; las gaviotas se los disputaron entre un terrible griterío.

El costo del viaje incluía un almuerzo, pero pasado el medio día el capitán aún no los llamaba. Cuando le preguntaron dijo que lo había olvidado en el muelle, y se disculpó muchas veces.
¿Cómo pudo olvidarlo? --protestó Maximiliano, el hombre de la pareja que Enrique acababa de conocer en ese viaje.
Tranquilo, todos cometemos errores comentó Pablo, el amigo de Enrique.
Es cierto —dijo la esposa de Pablo—, además, seguro que algo mas para comer tiene, ¿no?
A ver… no, nada —le contestó el capitán, después de haberse revuelto la barba del mentón con los dedos, como si tuviera el inventario de lo que llevaba en el bote en ella.
Entonces demos la vuelta --propuso la esposa de Maximiliano.
Los otros asintieron, la idea les parecía buena. El viejo los miraba con los ojos hundidos en sus arrugas, como si estuviera aguzando la vista para ver hasta sus almas. Enrique notó aquella mirada y no le gustó nada, pero creyó que eran las mañas de un viejo ambicioso que solo quería sacarle mas ganancias al viaje. Como la pesca todavía era buena y quería quedarse hizo, una propuesta, mostrando lo que acababa de quitarle al mar.
Tranquilos todos —intervino Enrique—. Aquí tengo un enorme pescado. Capitán, supongo que tiene dónde hacerlo, me parece que vi una cocina.
¡Ah! Excelente. Claro que tengo dónde prepararlo. Disculpen de nuevo, ya se los preparo —y el capitán bajó a la cubierta inferior con una gran sonrisa, agitando en una mano el pescado que le diera Enrique.

Un rato después a Enrique le pareció escuchar que el viejo estaba hablando por el radio. Pasaban los minutos y no se sentía olor a pescado. Bajó para ver qué estaba haciendo el viejo. Lo encontró empinando una botella. Ni había limpiado el pescado.
¿Necesita ayuda, capitán?
No, gracias, vuelva a su pesca nomás ¡Jaja! Lo preparo en un rato.
Aquello ya le pareció sospechoso. ¿Y si había estado ignorando lo que le decía su instinto? Empezó a creer que había subestimado al viejo. Tal vez era algo mas que un encantador de turistas ambicioso. Siguió pescando pero sin poder concentrarse en ello. Cuando vio un bote en el horizonte presintió algo malo.
Como a Enrique no le parecía algo muy inteligente exponerse mucho al sol, andaba de pantalón, aunque se lo había arremangado hasta las rodillas. Haciendo caso a un presentimiento-deducción, tomó una bolsita con anzuelos, la envolvió bien y la escondió en el pliegue del pantalón, y se lo arremangó mas para que no se le cayera. En la otra pierna escondió un encendedor, y tras su rodilla una navaja multiuso que acababa de comprar para esa pesca. Lo hizo justo a tiempo.

El otro bote se les acercó rápidamente. Era un grupo de hombres armados. El capitán de la otra nave hizo unas maniobras y los ubicó al lado. Los modernos piratas saltaron a cubierta. Las dos mujeres gritaron, y en la cara de sus esposos se veía el desconcierto y el miedo. Enrique ya era dominado por el instinto de supervivencia, y evaluaba todo con mucha frialdad. Si pensaban matarlos allí iba a luchar como pudiera. Pero aquellos piratas solo eran ladrones, no querían ensuciarse las manos directamente, no era necesario.

El capitán del bote asaltado intentó lucir sorprendido; para Enrique el asunto estaba claro, el viejo era cómplice. Les robaron todo: billeteras, relojes, anillos, el dinero que llevaban en los bolsos, los bolsos, y a Enrique le quitaron hasta los zapatos deportivos. Había obrado bien, de esconder algo en los deportivos lo hubieran descubierto.
El dueño del bote fingió cooperar con ellos a la fuerza, y enderezó la nave hacia una isla. Mientras duró el viaje los piratas miraron a nuestros turistas por encima del cañón de sus armas. Cerca de la isla comenzaron a sonreír asquerosamente.

¡Arrójense al mar! —les ordenó uno—. Les reservamos una isla tropical solo para ustedes ¡Jajaja! —les dijo en tono de burla, y los otros se echaron a reír.

Tuvieron que obedecer. Saltaron al agua y comenzaron a nadar. Aún les faltaba bastante para llegar a tierra cuando hicieron pie, era una playa poco profunda. Cuando voltearon, los dos botes ya era unos puntos en el mar. En ese momento se sintieron aliviados, pero solo habían salido de un peligro para caer en otro.

En el horizonte se estaba levantando una tormenta, y los relámpagos que la acompañaban prometía que iba a ser grande. Los cinco turistas quedaron en la playa, tratando de asimilar lo que les había pasado. Enrique se sintió culpable; él había elegido el bote, y desde un principio notó algo raro en el capitán. Su poder de observación se lo insinuó, pero como todavía estaba muy apenado por su situación sentimental no escuchó a su instinto hasta que ya fue demasiado tarde. Tenía que haber alquilado otro bote. Pero eso ahora ya no tenía arreglo. Por lo menos había ocultado algunas cosas que les serían muy útiles.

Sacó de los dobladillos del pantalón lo que ocultó a los piratas: la bolsita con anzuelos, el encendedor y la navaja multiuso. Al encendedor lo puso junto con los anzuelos para que no se mojara. Encender fuego con palitos, aunque es algo posible con mucha práctica, siempre resulta muy difícil, a no ser que se esté en medio de un desierto reseco, y aquel no era el caso. Guardó las cosas en los bolsillos y miró el horizonte. La tormenta crecía a cada momento.
Tenía que calmar a los otros y hacer que trabajaran. Los hombres estaban sin camisa y con shorts, y sus esposas con mayas. Si llovía toda la noche se iban a enfriar peligrosamente. Ya se escuchaban algunos truenos.
Amigos les dijo Enrique—. Hay que buscar cualquier cosa que sirva para cubrirnos. Esa tormenta ya está cerca. Estas playas siempre están repletas de basura que el mar arrastra hasta ellas. Busquen bolsas plásticas, maderas planas, trozos de espuma plástica, cualquier cosa que sirva para poder en el suelo; hay que construir un refugio, o por lo menos conseguir algo para cubrirnos.
¿Y si buscamos gente? Alguien tiene que vivir por aquí —propuso Silvia. Ella aún temblaba un poco y estaba abrazada a Pablo, su esposo.
No creo que halla gente por aquí —le dijo Enrique—. Esos piratas seguro conocen bien estas islas. Si nos dejaron acá es porque no hay nadie, pero como nuestro capitán, que seguramente es cómplice de los piratas, fingió hasta último momento, deduzco que deben pasar cerca de esta isla algunas embarcaciones, y que hay posibilidad de que nos rescaten; si no fuera así el viejo no hubiera ocultado su complicidad. Nos dejaron a nuestra suerte.
¿Ese viejo sería cómplice? —preguntó Maximiliano.
Por supuesto, por eso ni se molestó en darnos de comer —opinó Estela, la esposa de Maximiliano, y su cara mostró el desagrado que le producía ahora recordar al viejo.
Gente, hay que moverse, la tormenta ya está ahí —les recordó Enrique—. Mejor nos dividimos. Ustedes busquen por aquel lado y yo por este. Vamos.

En esa parte la playa formaba una V ancha, y después de unos metros de arena y piedras comenzaba una selva alta y oscura. Pronto Enrique perdió de vista a los otros. Como él suponía, la basura no faltaba allí. Los mejores “tesoros” estaban contra la selva. Algunas bolsas se mezclaban entre leña retorcida, trozos de bambú y maderas que en algún momento fueron parte de estructuras.

El mar se estaba oscureciendo y el cielo lucía terriblemente amenazador, mientras los truenos sonaban cada vez mas cerca. La selva cercana estaba muda pero se balanceaba inquieta, pronta para luchar contra el viento y la lluvia.
Algunas bolsas plásticas se rasgaban al tirar de ellas para liberarlas de la arena o del peso de alguna madera, otras aguantaban, Enrique sacudía un poco las que servían y buscaba otras. Hizo un buen hallazgo, una tapa grande de una conservadora, le iba a servir para el suelo. Los truenos lo apuraban. En el otro extremo de la playa, las dos parejas buscaban muy tímidamente, algo asqueados por revisar cosas que estaban tiradas desde hacía mucho tiempo, y todo estaba sucio, con arena, y cuando levantaban algo quedaban escurriendo líquidos asquerosos. Ninguno de ellos había hecho algo así en su vida, y no terminaban de entender lo apremiante de su situación.

Enrique apareció desde el otro extremo. Traía un montón de bolsas bajo un brazo y la tapa de la conservadora en el otro. Enseguida vio que la playa de sus compañeros era mucho mas rica en recursos, pero estos no habían juntado prácticamente nada. Tenía que remediar eso. A esa altura de la tarde la tormenta podía volcarse en cualquier momento.
Pablo, Maximiliano, tiren de ese plástico que asoma ahí, puede servir para poner en el suelo. Tenemos que estar lo mas aislados posibles. Muchachas, junten esas cuerdas y aquellos restos de redes. Nos queda poco tiempo. No tengan asco, mucho peor va a ser el frío, créanme. Sacudan lo que tenga arena y ya, si las bolsas tienen algo podrido lávenlas rápido en el mar, mojadas igual nos van a servir. ¿Qué es aquello? Ya revisaron? Es algo grande.

Sus compañeros ni lo habían notado. Estaba bajo restos de hojas de palmeras y arena, era un bote inflable bastante grande. Enrique lo sacó arrastrando. Estaba desinflado y cuarteado por todos lados, pero si bien ya no servía como bote, les iba a ser muy útil como cobertizo. Era un golpe de suerte en una desgracia. Empezó a cortarlo con la navaja para aprovechar al máximo su superficie. Mientras cortaba el bote de goma vio que había muchas cosas allí. Con el tiempo suficiente podría hacer un buen refugio para los cinco, pero eso sería después de soportar aquella tormenta.
Ya estaba lloviendo sobre el mar, y uno tras otro los relámpagos tocaban la superficie, también iba aumentando el viento. Desde donde estaban se podía ver una formación rocosa que se elevaba como dos metros entre la selva. Esas rocas podrían ayudar contra el viento, y el terreno estaba lo suficientemente elevado como para que el mar no llegara hasta allí. Enrique hizo que lo siguieran. “Perfecto”, pensó al llegar al lugar. Tras las rocas había una zona bastante plana, los árboles eran jóvenes y delgados, lo que los hacía buenos para resistir el viento, y por lo tanto, el peligro de que cayeran era mínimo.
Escarben una zanja dibujando un rectángulo aquí, que vaya de ahí hasta acá —les indicó Enrique—. Y que tenga una salida rumbo a esa parte mas baja.
¿Para qué? —le preguntó Pablo—. ¿Y cómo vamos a escarbar?
Escarben con cualquier palo, van rayando el suelo así. Es para que el agua corra por ahí y no bajo nosotros. Muchachas, vayan armando un piso con esos pedazos de plástico. Gente, en cualquier momento empieza a llover con todo, de milagro no lo ha hecho todavía. Voy por un travesaño.
Volvió con un palo largo y recto que cortó con la sierra de la navaja. El surco que estaban haciendo los hombres era insuficiente, y las mujeres estaban ordenando los plásticos como quien arma un rompecabezas. En esa situación eran poco mas que unos inútiles.
Tras colocar el travesaño entre los dos troncos que había elegido, terminó de amarrarlo bien fuerte con las cuerdas y restos de redes que encontraron en la playa, después ahondó y ensanchó la zanja que sus compañeros habían dibujado apenas, acomodó mejor los plásticos en el suelo y, terminada esa tarea arrojó sobre el travesaño los restos del bote de goma. Armó una especie de carpa militar de las de antes afirmando los bordes de la goma con piedras. Terminó justo a tiempo. La lluvia se precipitó sobre ellos con la fuerza de una ola. Las enormes goteras repiqueteaban en la goma con estruendo y la selva se agitó violentamente. El mar se había embravecido y envestía contra la playa con furia.

La noche aprovechó la tormenta para adelantarse, y todo se hizo confuso y ruidoso en la oscuridad. La temperatura bajó notoriamente. Los cinco entraban medio apretujados en el refugio. Ante el frío Enrique no tuvo que insistir mucho para que se amarraran bolsas en el cuerpo. Él sabía que iba a ser una noche larga y muy mala; pero no tenía forma de saber que, además de los elementos de la naturaleza, esa noche iban a tener unas visitas particularmente aterradoras. La tormenta arremetió con todo contra la isla. Los cinco turistas soportaban el diluvio acurrucados dentro del refugio que improvisó su compañero.

La noche se iluminaba cada pocos segundos con los relámpagos, y cuando todo quedaba claro se veían árboles inclinados por el viento. El mar lucía furioso bajo aquellas luces fugaces y se veían olas blancas levantándose por doquier. El agua embravecida había avanzado por la playa y jugaba a destrozar maderas y palos contra las primeras palmeras y árboles de la selva. Era como si el mar quisiera devorar la isla entera, y el cielo colaboraba volcando en ella un aguacero diluviano.

Las palmeras aullaban, el mar rugía, y los truenos hacían temblar toda la isla. Aquella situación no era lo que habían imaginado al viajar. Ahora las dos parejas no tenían aprensión ninguna hacia las bolsas que juntaran en la playa; el frío podía mas. Se las acomodaban sobre los hombros y se cubrían las piernas. Enrique estaba en un extremo del refugio, y aunque la lluvia lo salpicaba un poco no se quejaba, ya había pasado por situaciones difíciles anteriormente. Le preocupaban mas sus compañeros de desventura. Cuando llegara el día debía procurarles comida. Habían recuperado muchas cuerdas en la playa, si las deshilachaba podría fabricar varias líneas para pescar. Pero la noche aún no terminaba, y aquella isla escondía un oscuro secreto.

La tormenta eléctrica se intensificó y los relámpagos iluminaban todo casi continuamente. En un momento de claridad apareció de pronto la figura de un hombre como a diez metros de ellos. Primero lo vieron Enrique y una de las mujeres. Él tuvo que taparle la boca con la mano para que ella no gritara. La apariencia del tipo ciertamente daba para alarmarse, porque era la típica imagen que uno asocia con un pirata, hasta tenía un sable en la cintura. Pero no era un pirata como los que se toparon durante el día, este lucía como los de las películas. Eso le pareció raro a Enrique, y enseguida sospechó algo. Enteró a los que tenía al lado palmeándolos, y les dijo que hicieran silencio. Los otros también se sobresaltaron al ver al pirata.

Estaba muy cerca como para no ver el refugio, si embargo no detuvo la mirada en ningún momento en aquella dirección, aunque parecía buscar en derredor. Los relámpagos seguían mostrando todo, y los momentos de oscuridad ahora eran los menos. El hombre estuvo un momento allí, escudriñando la selva, y después giró levemente el cuerpo e hizo un gesto con el brazo que le indicaba a alguien que se acercara. Entonces aparecieron dos piratas mas, y estos cargaban un cofre que parecía ser muy pesado. Al dejar el cofre en el suelo estos también echaron un vistazo en derredor, y tampoco parecieron notar el refugio.

Nuestros turistas mas asustados creyeron que tuvieron suerte, pero Enrique no creyó eso, era algo mas, estaba casi seguro, pero por las dudas aún no se movía. Los piratas comenzaron a cavar. Por momentos desaparecían en la oscuridad, después los relámpagos los mostraban encorvados, ensimismados en hacer un pozo. Parecía que la lluvia torrencial no les molestaba en lo mas mínimo, y tampoco el viento. En ese detalle reparó Enrique. Aquellos piratas pertenecían al pasado. Eran unas apariciones que volvían porfiadas al mismo lugar; la codicia los retenía en este mundo incluso después de la muerte.

Apenas el tesoro del cofre quedó sepultado, el que llegó primero arremetió contra uno de sus compañeros, hundiéndole el sable en el abdomen. Las mujeres dejaron escapar un grito en el refugio. El segundo bribón tuvo tiempo de defenderse, y los sables chocaron varias veces. El primer pirata parecía ser mas hábil, y su sable encontró al otro, aunque al confiarse ganador, se descuidó un instante y el herido lo alcanzó también con sus últimas fuerzas. Los tres quedaron tirados en el suelo. Después, tras un momento de oscuridad, ya no estaban.

Los compañeros de Enrique quedaron profundamente impresionados, y no entendían qué había pasado. Las horas que le restaban a la noche fueron horribles, y la tormenta siguió rugiendo todo el tiempo. La claridad del día abrió las nubes, y cuando el sol terminó de emerger en el horizonte el cielo quedó limpio. El mar se calmó con rapidez, y en la playa volvieron a depositarse con suavidad las olas.
Enrique fue hasta el lugar donde lucharan los piratas, no había ningún rastro, y la tierra donde cavaron el hoyo estaba como si nunca la hubieran removido, tal como él sospechaba.
¿A dónde se fueron? —le preguntó Maximiliano—. ¿Qué no estaban muertos? ¿Cómo desaparecieron así?
Desaparecieron porque ya estaban muertos, eran apariciones —le contestó Enrique.
¡Apariciones!… —exclamó Estela, que aún estaba encapuchada con bolsas de nylon, pues el frío no se le iba.
Sí, y sino queremos verlos de nuevo, mejor ayúdenme a cambiar el refugio de lugar. También tenemos que juntar agua dulce. Este temporal, ahora que lo pasamos, en realidad fue una bendición, gente. Bueno, a moverse.
¿Una bendición esto? —objetó Pablo.
Sí, podría ser mucho peor. Ahora vamos con el refugio.

El suelo de la isla era de roca en muchas partes, y en las depresiones se había acumulado agua de lluvia. Como no faltaban botellas plásticas en aquellas playas, pudieron aprovisionarse de bastante agua. Al contar con mas tiempo armaron mejor el refugio, y lo hicieron lejos del lugar de las apariciones.
La isla resultó ser mas generosa de lo que aparentó en la tormenta. Descubrieron unos bananos en el interior, y hasta un árbol de peras, y abundaban las palmeras. Una vez armada algunas líneas Enrique comprobó lo ricas que eran aquellas aguas en peces. Con el correr de los días sus compañeros se fueron adaptando y haciéndose mas útiles. Por las noches conversaban en torno a una fogata, donde siempre había algún pescado asándose.

Había transcurrido una semana y media desde que pisaron aquella isla cuando un bote pasó por allí. Se marcharon de la isla con una enorme alegría. Regresaron un tiempo después, en un bote que Enrique compró. Valía la pena invertir en uno. Excavaron en el lugar donde vieron a las apariciones, y, al descubrir un cofre y abrirlo se echaron a reír emocionados. Los piratas les habían robado algunas pertenencias y hecho pasar unos momentos malos, pero gracias a ellos habían vivido una gran aventura, y ahora eran millonarios.