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domingo, 16 de agosto de 2015

Conrad y el Ogro

El caballero Conrad apareció cabalgando por una pradera y se detuvo en la orilla de un bosque. Tenía puesta su armadura y ésta brillaba bajo el sol. El corcel negro que montaba resoplaba, bajaba y subía la cabeza, evidenciando que el bosque lo inquietaba. Conrad costeó la línea de árboles que se extendía a su izquierda. No halló ni un sendero, ni una abertura lo suficientemente grande como para pasar con su caballo. Entonces desanduvo al galope esa linde del bosque y exploró el otro lado. Encontró la misma barrera vegetal apretujada...


No había tenido en cuenta aquella situación, no sabía que el bosque era tan espeso. Pero ahora no podía volver, debía cumplir su misión como fuera.  Desmontó y liberó al caballo de su montura y sus riendas, y una vez hecho esto lo hizo azuzó para que se fuera:

—¡Arre! ¡Vuelve al castillo! Que estos bosques sombríos no son para corceles, aunque sean de tu valía. 

Después se quitó la armadura porque en el bosque sólo iba a ser un estorbo; fue y la escondió en unos matorrales. Arrolló la manta del caballo, que le iba a resultar muy útil, y tras colgar en su hombro el zurrón que llevaba, se internó en el bosque espada en mano y se abrió camino con ésta. 

Bajo unos árboles gigantescos que ensombrecían todo, se enredaban todo tipo de matas y arbustos que estaban húmedos como si recién hubiera llovido.  Conrad iba atento, hacía pausas para escuchar, y cuando oía algún crujido quedaba en guardia un momento, por si era su colosal rival lo que andaba por allí. Conrad tenía como misión dar muerte a un ogro que supuestamente asolaba la región.

Avanzando lentamente por aquel lugar de sombras y ramas. Al rato de caminar por la espesura se dio cuenta que podía andar días allí sin hallar al ogro, y que su enemigo ahora era el bosque, y pronto se sumaría el cansancio, el frío, y cuando se le acabara la poca comida que llevaba, el hambre. Lamentó no haber llevado su arco, pero no le iba a resultar muy difícil fabricar uno. Eligió una rama adecuada para ese fin y comenzó a buscar un lugar donde acampar. 

Entre unos peñascos de piedra gris que se elevaban entre la espesura divisó una cueva poco profunda. Juntó leña he hizo una fogata. Sentado ante las llamas se abocó a fabricar el arco que podría proveerle algo de carne si su aventura duraba mucho. En el zurrón tenía unas cuerdas y pronto el arco estuvo listo. Le dio más trabajo hacer unas flechas. Como no tenía puntas de metal y el arco no era muy potente, tendría que conformarse con alguna presa pequeña, pero era mejor que nada. Por el momento tenía pan y un trozo de carne ahumada.

La noche, que parecía nunca retirarse totalmente de allí, envolvió todo en la más absoluta oscuridad, y el mundo visual de Conrad se redujo a lo que iluminaba el fuego.  Cada tanto algún aullido espantaba al silencio, y el caballero despertaba sobresaltado, y apretaba la empuñadura de su espada. 
Llegó el día. Rayos de luz descendían hasta el suelo húmedo del bosque, que a esa hora emanaba una bruma fantasmal. 

Conrad se abocó a cazar algo. Avanzó con sigilo, vigilando siempre su entorno, y finalmente vio una presa, un conejo. Tensó el arco y apuntó. Estaba por soltar la flecha cuando un proyectil salió zumbando de un matorral, y con la velocidad de un pájaro impactó en el conejo.  Era un garrote corto y grueso. ¿Quién podría haber arrojado aquello con tanta fuerza? Los matorrales se abrieron y un ogro apareció en el claro a reclamar la pieza. ¡Allí estaba! Era el momento de la gloria.

Conrad desenvainó la espada y se abalanzó hacia el ogro. Pero para su sorpresa, el ogro, que era grande y muy fornido, además de ser muy feo, pareció aterrarse de inmediato; agarró al conejo y huyó como un animal tímido, dejando atrás a un caballero desconcertado.  “¿Este es el ogro feroz que asola a los campesinos, el que ha matado a tantos y…?”, al pensar en el asunto, Conrad se dio cuenta que, aunque había escuchado horrendas historias sobre los ogros, dichas historias nunca dejaban en claro a quién habían matado, por lo que era muy probable que fueran solo mentiras y exageraciones. Lo que sí estaba claro era que robaban animales, pero sólo era eso.    Ese día Conrad emprendió el regreso. Prefirió fallar su misión a matar a un ser tímido que nada hacía a los humanos.

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