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domingo, 9 de agosto de 2015

En el Cementerio

El carruaje avanzaba por una ciudad gris, bajo un cielo del mismo color, y en el carruaje iba Martínez, sumido en pensamientos también grises. El hombre se dirigía hacia el cementerio e iba muy preocupado; mas no se dirigía hacia allí por ninguno de los motivos que normalmente hacen ir a la gente a ese lugar: él iba rumbo a su trabajo, y le había llegado un mensaje preocupante.

Se bajó del carruaje apresuradamente, sin fijarse dónde lo hacía, y sus zapatos aterrizaron en un pequeño charco. Tuvo toda la intención de maldecir al ver sus zapatos todos salpicados, pero en ese momento iba pasando una familia, entonces lo reprimió, sonrió y saludó levantando un poco su galera. El hombre de la familia correspondió con el mismo gesto, pues iba con un sombrero igual de alto, mientras su esposa, que caminaba bajo una pequeña sombrilla, aunque estaba nublado, lo saludó con una inclinación de la cabeza. Completaban la familia dos chiquillas que pasaron aguantando apenas una carcajada porque estas lo habían visto saltar al charco. 

Cuando le dieron la espalda Martínez cambió el semblante y quedó serio, y por un momento los vio alejarse mientras pensaba: “Si llego a la Gobernación los voy a desangrar a impuestos a ustedes también”. Después en su cara se vio fastidio y enojo, pues hasta el momento lo único que administraba era el cementerio.
Martínez odiaba su trabajo. A veces le aseguraba a su esposa que desde que estaba allí a la gente se le había dado por morirse solo para fastidiarlo. Y todo era por culpa de su cuñado, Villegas, quien era el Gobernador. Martínez le había presentado a su hermana (según muchos, la mas bella de la ciudad), y hablado favorablemente de él ante su padre, aunque sabía que el tipo era un personaje bastante oscuro; y todo eso para qué le sirvió, solo para tener un puesto miserable llevando los papeles del cementerio.

Villegas le había prometido que si hablaba bien de él y el matrimonio se efectuaba, le iba a dar un buen empleo, uno de peso en la Gobernación, y que se iba a codear con gente poderosa. Después de eso su carrera política dependería de él. Pero desde el cementerio qué carrera iba a impulsar, si los ciudadanos que le llegaban ya estaban muertos, y sus deudos después lo asociaban a él con una experiencia terrible. Por eso odiaba su trabajo.

Y ahora se le había presentado algún problema. Alfonso, el capataz de los enterradores, le había hecho llegar un papel donde decía que había problemas. Como no especificaba nada podría tratarse de cualquier cosa. Eso tenía enfadado y preocupado a Martínez. Apenas atravesó el pesado portón vio a Alfonso, el viejo enterrador. El viejo tenía una pala delante de él y la sostenía con las dos manos, así como un cuervo se aferra a una rama, y ciertamente, con aquella ropa negra y una enorme nariz que se torcía hacia abajo, el viejo recordaba bastante a un cuervo. Martínez saludó primero con el sombrero a una persona que pasó, luego le reprochó en voz baja a Alonso:

—¿Necesita andar siempre con esa pala? La gente se impresiona al verlo.
—Es mi herramienta de trabajo, como lo son para usted sus plumas y la tinta.
—Sí pero... en fin. ¿Qué me quería informar? ¿Qué clase de problema surgió?

El viejo movió los ojos espiando disimuladamente sus costados, después dio un paso hacia adelante y susurró:

—Problemas graves. Han profanado algunas tumbas y, están haciendo rituales, magia negra.
—Pero qué me dice, como que rituales de magia negra. Eso son bobadas.
—¿Usted cree que una ofrenda al Diablo son bobadas?
—Hable mas bajo, hombre —y ahora fue Martínez el que miró hacia los lados antes de hablar—. Dice que le están haciendo ofrendas al...
—Al Diablo —completó la frase el viejo.
—No lo diga de esa forma, y hable mas bajo.
—No sé de qué otra forma decirlo, no tengo la educación que usted tiene. Ahora, ¿va a venir a ver lo que dejaron?
—¿Ir a ver lo que dejaron? —repitió Martínez—. Bueno, supongo que es mi deber.

Y los dos se adentraron en un laberinto de tumbas y panteones. Martínez se detuvo en un entierro, y con la galera en la mano y su cara mas solemne saludó a todos los presentes. El político en su interior no perdía oportunidad. Alonso lo esperó impaciente, apoyado en su pala. De paso el viejo aprovechó para decirle algo a uno de sus enterradores. Después de esa interrupción los dos siguieron adentrándose cada vez mas en la necrópolis. El cielo se había encapotado de tal manera que no se veía ni un indicio del sol aunque era muy temprano aún. Martínez pensó, mientras intentaba seguirle el paso al viejo, que su cementerio tal vez era el mas grande del país, por lo antiguo que era. Después consideró que aquello no tenía importancia. Era el gobernador de una ciudad de muertos. Y aquella ciudad de moradores silenciosos lo impresionaba mucho.

El lugar le resultaba sumamente lúgubre y siniestro, además, podría jurar que apenas ponía un pie en aquel terreno sembrado de muertos, sentía que su energía era muy diferente a la de la calle, y que era algo muy claro, no una sensación vaga. Aquel era el hogar de la muerte. Aunque hacía un año que trabajaba allí, como lo recorría lo menos posible, arrimándose solo a algunos entierros en la parte mas nueva, pronto Martínez se vio caminando por una zona desconocida para él, la parte vieja, que incluso parecía ser mas extensa que la nueva. Alonso doblaba aquí, luego allá, y miraba cada tanto sobre su hombro como apurando a quien lo seguía.

En aquella parte los pastos ya estaban reclamando casi todo, y se asomaban entre losas rotas y llegaban hasta las puertas de algunos antiguos panteones. A pesar de lo laberíntico del lugar el viejo enterrador avanzaba sin dudar ni un momento, como quien se desplaza por su casa. Detrás iba Martínez, y se pasaba el pañuelo por la frente, y cada pocos pasos miraba de reojo alguna puerta de panteón que se hallaba entornada. También lo inquietaban las estatuas que se alzaban sobre pilares de granito resquebrajado. Si por lo menos hubiera sol, pero aquella tarde hasta el cielo parecía ser parte del cementerio. Cuando estaba por preguntar cuánto faltaba, Alonso se detuvo, giró hacia él y señaló con el brazo:

—Ahí está la ofrenda, mírela usted. Dígame si exagero.

Martínez se tapó la nariz con el pañuelo cuando miró hacia donde el viejo le señaló porque junto con la imagen le llegó un olor nauseabundo. En una vereda entre dos panteones, habían dibujado un enorme círculo, y en él un símbolo extraño y complejo. Rodeaban a este círculo un montón de velas desgastadas, y en el medio resaltaba una especie de amasijo de carne humana en descomposición. Y había algo en aquella desagradable escena que no encajaba. Demoró en darse cuenta pero lo notó de pronto. A pesar del olor nauseabundo de aquel amasijo, no había ni una mosca volando o caminando sobre él. En derredor al círculo se veían muchas pisadas de gente.

Martínez pensó rápido. La clase obrera de la ciudad, ignorante y temerosa de la Iglesia, no se atrevería a hacer algo como aquello. Debía tratarse de otra gente, de algunas personas mas elevadas en la sociedad. Él no quería quedar mal con esos, y mucho menos con el destinatario del ritual. Pensó que era mejor “mirar hacia un costado”, después de todo, no le habían hecho ningún mal a nadie, por lo menos no directamente, allí.

—Dejamos el asunto así entonces. ¿No tocamos nada y no avisamos a las autoridades? –dijo de pronto Alonso, como si hubiera estado siguiendo sus pensamientos.
—¿Cómo? —se sorprendió Martínez.
—Digo, como usted se quedó ahí parado sin decir nada, supongo que va a dejar esto como está, ¿no?
—Ah, pues acertó, es mejor no meterse con esto. Parece que normalmente nadie llega hasta aquí, ¿me equivoco? Alonso, ¿habló sobre esto con alguno de sus hombres?
—No señor, nadie anda por aquí, y apenas vi esto me comuniqué con usted, no se lo dije a mas nadie. Es un asunto muy serio.
—Bien, que quede entre nosotros entonces. Vámonos de aquí.

Mientras regresaban al frente del cementerio Martínez no supo si tomaron otro atajo o si él tenía una orientación tan mala que ni reconocía el lugar por dónde había pasado hacía un rato. Ni un laberinto verdadero le resultaría tan confuso. Y aquel viejo avanzaba por allí como si estuviera en su casa. Ya en la parte nueva el enterrador se apartó y pronto desapareció tras un nicho. Martínez fue derecho a su pequeña oficina. En aquella pequeña pieza, entre los papeles, olvidaba por momentos donde se hallaba. Aquello era lo suyo, allí estaba en su elemento: papel, tinta, plumas, montones de documentos, archiveros...

Tuvo que encender el farol y unas velas porque la tarde aportaba muy poca luz. Tenía trabajo acumulado. “Parece que ahora está de moda morirse”, pensaba “Todos esos viejos mohosos que no se morían nunca, ahora que yo estoy acá estiran la pata uno tras otro. ¡Condenado puesto el que tengo!” Y pasó el resto de la tarde sumido en sus papeles y pensamientos así.
Al enderezarse en su asiento frotándose el cuello que sentía algo entumecido, desvió la mirada hacia la ventana y vio que ya estaba de noche. Se disgustó mucho al ver la hora que marcaba el reloj de la pared. Ya había pasado su hora de retirarse, y no le pagaban horas extras ni nada que se le pareciera. Ademas, si el cementerio lo inquietaba de día, de noche era mucho peor. Se iba a levantar cuando de pronto sintió que había algo detrás de él.

Inmediatamente le recorrió la espalda un profundo escalofrío. Cuando abrió la boca para gritar, se apagaron las velas y el farol, entonces, en aquella oscuridad, inmediatamente sintió que una mano fría lo agarraba por el cuello. Luego, oscuridad y silencio, se desmayó de terror.
Cuando volvió en si estaba acostado boca arriba. El aire frío le indicó que no se encontraba en su oficina. Se incorporó a medias con un sobresalto. Estaba sobre pasto. Miró en derredor; aquello era la parte vieja del cementerio. ¿Quién lo había dejado allí, y para qué? Al recordar el contacto con la mano que lo tomó del cuello, se lo limpió con la manga del abrigo, asqueado. Una enorme luna llena estaba congelada sobre el cementerio y lo mostraba mucho mas pálido y aterrador que durante el día. Martínez no supo hacia dónde ir. Alguien lo había llevado hasta el lugar, ¿andaría por allí, espiándolo? Se tanteó la ropa. Tenía todo su dinero, no se trataba de un robo. ¿Cómo salía de aquel lugar ahora? La sola idea de bagar por el cementerio de noche hasta encontrar la salida le resultó aterradora. Si por lo menos supiera hacia dónde estaba la salida, eso le restaría tiempo a la horrible caminata que debía realizar.

En ese momento sonaron las campanas de la iglesia de la ciudad, y así se ubicó. Solo debía seguir recto. Empezó a avanzar. Unos abetos enormes casi aullaban por un viento frío que barría el lugar. Se subió el cuello del abrigo y metió las manos en los bolsillos. Las puertas entornadas de los viejos panteones empezaron a traquetear con el viento, y parecía que las intentaban abrir del todo desde el interior. El aterrorizado administrador del cementerio se sobresaltaba, giraba de golpe, aceleraba el paso, y sus pies se enredaban en los pastos que hacían pedazos las veredas. Ahora las estatuas se encontraban todas vueltas hacia él, y exhibían una leve sonrisa que no había advertido durante el día. Por el rabillo del ojo mas de una vez le pareció ver que las estatuas se movían lentamente, pero cuando giraba hacia ellas, estaban inmóviles, aunque con posturas extrañas. Los sonidos del viento le parecían susurros, y al pasar frente a las puertas de los panteones se sentía observado.

Seguía caminando temblorosamente cuando unos sonidos lo hicieron detenerse. Aquello no era su imaginación interpretando mal los quejidos del viento. Avanzó unos pasos mas y vio cierto resplandor entre unos panteones. “¡Los satanistas!”, pensó alarmado. Si lo notaban seguramente lo iban a matar. Se alejó hacia un costado para rodear el lugar. Estaba convencido que no lo habían notado cuando una voz dijo detrás de él:

—¡Martínez, venga!

Primero saltó hacia adelante por el susto, después volteó. Quien le había hablado tenía puesta una capa con capucha, se la quitó para que lo reconociera.

—¿Villegas? preguntó Martínez.
—Sí, soy yo. Venga.
—¿Usted está con esta gente?
—Estoy con los poderosos que una vez le prometí que le iba a presentar. Disculpe lo dramática de su pequeña iniciación, pero él lo quiso así.
—¿Él?
—Sí, mi maestro, el Diablo. Venga a conocerlo, mas bien, a conocerlo de verdad.


Caminaron juntos hasta que alcanzaron las luces de las velas. Ahora todo tenía sentido para Martínez. Su cuñado lo había puesto allí por una razón. Por fin iba a codearse con los poderosos, aunque le preocupó bastante conocer al Diablo. Varias personas con capas estaban formando un círculo, y al verlos se abrieron, y en medio del círculo sonreía malignamente Alonso, apoyado en un tridente que durante el día parecía una pala.

13 comentarios:

  1. Me encantó, me gusta mucho como escribes. Y tus historias, bien narradas y escritas,que hay cada uno por ahí que da miedo leer,tanto por las faltas de ortografía, como por lo mal narradas que están. Enhorabuena. Saludos desde España. SILVIA.

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    1. Muchas gracias, Silvia. Por suerte leíste esta historia y no las que ya tienen varios años, porque mis comienzos no son diferentes a esos que comentas, sobre todo por la ortografía ¡Jaja! Este es un oficio que lleva muchos años de aprendizaje en todos los casos, aunque se empiece a escribir sin faltas. Bienvenida a esta nueva etapa de mi blog. ¡Saludos!

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  2. Eres un maestro del terror! Y mi idolo,los mejores cuentos son los tuyos de lejos..ojala siempre lo hagas..soy Willy de Paraguay

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    1. ¡Muchas gracias, Willy! Pero, ¿maestro? ¡Jaja! Estoy lejos de eso. Ojo, no es falsa modestia; creo que dentro de unos cuantos años mas puedo llegar a eso. Mas como los de antes nunca voy a ser. Para mí esos están en el cielo, y yo todavía estoy intentando salir de un pozo ¡Jaja! Incluso en este mundillo de los blogs hay verdaderos escritores que me superan, como Mauro Croche, un amigo argentino. Pero valoro tu opinión. ¡Un abrazo!

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  3. Jeje tratare de seguirte siempre hermano eres un crack..espero ansioso el proximo,y cuando puedas uno de hombres lobos que en Paraguay le llamamos Luison..soy Willy

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    1. Gracias. En Uruguay les llamamos lobisome, casi igual; probablemente sea una deformación del portugués también. Casualmente, ayer comencé a escribir uno de hombres lobo. No sé cuándo lo voy a publicar porque va a ser un poco largo. ¡Saludos!

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  4. Todos,todos me gustan ... eres un maestro del genero

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  5. Muy bueno la verdad. No me lo esperaba el final, imagine tantas casas y el giro fue guauuu.
    Muchas gracias.
    Slds.

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    1. Gracias. Este es el primer cuento de mi ebook "El Diablo Entre Nosotros", que aunque es corto, creo que estaba bien para el precio que le puse; pero no vendió ni una copia en Amazon ¡Jaja! Para que veas lo difícil que es esa plataforma. Igual voy a probar con otro. Cuando lo haga aviso por aquí, por si alguien quiere ¡Jeje! ¡Saludos!

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  6. Que buen cuento y que felicidad que el blog regresara hasta apenas ahora me entere pensé que el blog seguía en privado pero al parese regreso y mas fuerte saludos y que buen trabajo haces :)

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    1. Gracias. Sí, aquí estamos de nuevo, debo ser masoquista ¡Jaja! Saludos.

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  7. Muy buen cuento, me encanto el final.

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    1. Muchas gracias. Me alegra porque bastante trabajo me dio ese final ¡Jaja! Saludos!!

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