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jueves, 13 de agosto de 2015

En La Isla

Los cinco estaban en graves problemas: los habían abandonado en una isla remota del Caribe. Enrique sintió que los otros ahora dependían de él porque estaban muy asustados, y aquella situación evidentemente los sobrepasaba...
Enrique no había planificado aquel viaje, ni tenía ganas de andar de turista, pues no pasaba por el mejor momento de su vida debido a una separación. Un matrimonio amigo lo invitó para animarlo. Insistieron tanto que terminó aceptando, aunque con pocas ganas. También iba en el viaje una pareja conocida del matrimonio.
Nuestros turistas eligieron Cuba como destino, y permanecieron unos días allí. A Enrique no lo animó mucho aquel lugar. Ver tantos autos viejos le causaba algo de nostalgia, aunque no sabía por qué. La noche, los bailes, los tragos, no tenían mucha gracia para él porque estaba solo, y no tenía ánimos como para conversas con nadie, aunque ocasiones no le faltaron, porque atrajo a varias lugareñas y a unas turistas; pero todavía no estaba para eso.
Como él no quería incomodar con su estado a sus compañeros de viaje, los abandonaba por la mañana y volvía al hotel por la noche, pero de todas formas estos notaron que no estaba disfrutando. Hablando entre ellos les pareció que un viaje en bote le haría bien a Enrique, pues él era un apasionado de la pesca y la aventura.

Esa idea le pareció buena cuando se la propusieron, y hasta se entusiasmó bastante. Él eligió el bote que alquilaron. Lo timoneaba un viejo de barba blanca y piel castigada por el sol. Aquel hombre era un estereotipo de lo que es un capitán de mar. A Enrique le pareció que parte de la actitud de aquel viejo era actuación, pero supuso que solo sería una estrategia para hacer sentir cómodos a los turistas.
Partieron en el bote temprano por la mañana. No mucho después solo veían mar hacia donde miraran. Enrique enseguida se abocó a pescar; los otros a disfrutar del sol tendidos en reposeras sobre la cubierta. Soplaba bastante viento y el bote se hamacaba, subía y bajaba al pasar sobre las olas, pero nada de eso importunaba a los veraneantes, estaban de vacaciones. Un grupo de gaviotas los había seguido desde el puerto y, planeando en el aire o equilibrándose en la barandilla vigilaban la pesca de Enrique, y este, para no decepcionarlas, cortó en trozos uno de los pescados que atrapó y se los arrojó; las gaviotas se los disputaron entre un terrible griterío.

El costo del viaje incluía un almuerzo, pero pasado el medio día el capitán aún no los llamaba. Cuando le preguntaron dijo que lo había olvidado en el muelle, y se disculpó muchas veces.
¿Cómo pudo olvidarlo? --protestó Maximiliano, el hombre de la pareja que Enrique acababa de conocer en ese viaje.
Tranquilo, todos cometemos errores comentó Pablo, el amigo de Enrique.
Es cierto —dijo la esposa de Pablo—, además, seguro que algo mas para comer tiene, ¿no?
A ver… no, nada —le contestó el capitán, después de haberse revuelto la barba del mentón con los dedos, como si tuviera el inventario de lo que llevaba en el bote en ella.
Entonces demos la vuelta --propuso la esposa de Maximiliano.
Los otros asintieron, la idea les parecía buena. El viejo los miraba con los ojos hundidos en sus arrugas, como si estuviera aguzando la vista para ver hasta sus almas. Enrique notó aquella mirada y no le gustó nada, pero creyó que eran las mañas de un viejo ambicioso que solo quería sacarle mas ganancias al viaje. Como la pesca todavía era buena y quería quedarse hizo, una propuesta, mostrando lo que acababa de quitarle al mar.
Tranquilos todos —intervino Enrique—. Aquí tengo un enorme pescado. Capitán, supongo que tiene dónde hacerlo, me parece que vi una cocina.
¡Ah! Excelente. Claro que tengo dónde prepararlo. Disculpen de nuevo, ya se los preparo —y el capitán bajó a la cubierta inferior con una gran sonrisa, agitando en una mano el pescado que le diera Enrique.

Un rato después a Enrique le pareció escuchar que el viejo estaba hablando por el radio. Pasaban los minutos y no se sentía olor a pescado. Bajó para ver qué estaba haciendo el viejo. Lo encontró empinando una botella. Ni había limpiado el pescado.
¿Necesita ayuda, capitán?
No, gracias, vuelva a su pesca nomás ¡Jaja! Lo preparo en un rato.
Aquello ya le pareció sospechoso. ¿Y si había estado ignorando lo que le decía su instinto? Empezó a creer que había subestimado al viejo. Tal vez era algo mas que un encantador de turistas ambicioso. Siguió pescando pero sin poder concentrarse en ello. Cuando vio un bote en el horizonte presintió algo malo.
Como a Enrique no le parecía algo muy inteligente exponerse mucho al sol, andaba de pantalón, aunque se lo había arremangado hasta las rodillas. Haciendo caso a un presentimiento-deducción, tomó una bolsita con anzuelos, la envolvió bien y la escondió en el pliegue del pantalón, y se lo arremangó mas para que no se le cayera. En la otra pierna escondió un encendedor, y tras su rodilla una navaja multiuso que acababa de comprar para esa pesca. Lo hizo justo a tiempo.

El otro bote se les acercó rápidamente. Era un grupo de hombres armados. El capitán de la otra nave hizo unas maniobras y los ubicó al lado. Los modernos piratas saltaron a cubierta. Las dos mujeres gritaron, y en la cara de sus esposos se veía el desconcierto y el miedo. Enrique ya era dominado por el instinto de supervivencia, y evaluaba todo con mucha frialdad. Si pensaban matarlos allí iba a luchar como pudiera. Pero aquellos piratas solo eran ladrones, no querían ensuciarse las manos directamente, no era necesario.

El capitán del bote asaltado intentó lucir sorprendido; para Enrique el asunto estaba claro, el viejo era cómplice. Les robaron todo: billeteras, relojes, anillos, el dinero que llevaban en los bolsos, los bolsos, y a Enrique le quitaron hasta los zapatos deportivos. Había obrado bien, de esconder algo en los deportivos lo hubieran descubierto.
El dueño del bote fingió cooperar con ellos a la fuerza, y enderezó la nave hacia una isla. Mientras duró el viaje los piratas miraron a nuestros turistas por encima del cañón de sus armas. Cerca de la isla comenzaron a sonreír asquerosamente.

¡Arrójense al mar! —les ordenó uno—. Les reservamos una isla tropical solo para ustedes ¡Jajaja! —les dijo en tono de burla, y los otros se echaron a reír.

Tuvieron que obedecer. Saltaron al agua y comenzaron a nadar. Aún les faltaba bastante para llegar a tierra cuando hicieron pie, era una playa poco profunda. Cuando voltearon, los dos botes ya era unos puntos en el mar. En ese momento se sintieron aliviados, pero solo habían salido de un peligro para caer en otro.

En el horizonte se estaba levantando una tormenta, y los relámpagos que la acompañaban prometía que iba a ser grande. Los cinco turistas quedaron en la playa, tratando de asimilar lo que les había pasado. Enrique se sintió culpable; él había elegido el bote, y desde un principio notó algo raro en el capitán. Su poder de observación se lo insinuó, pero como todavía estaba muy apenado por su situación sentimental no escuchó a su instinto hasta que ya fue demasiado tarde. Tenía que haber alquilado otro bote. Pero eso ahora ya no tenía arreglo. Por lo menos había ocultado algunas cosas que les serían muy útiles.

Sacó de los dobladillos del pantalón lo que ocultó a los piratas: la bolsita con anzuelos, el encendedor y la navaja multiuso. Al encendedor lo puso junto con los anzuelos para que no se mojara. Encender fuego con palitos, aunque es algo posible con mucha práctica, siempre resulta muy difícil, a no ser que se esté en medio de un desierto reseco, y aquel no era el caso. Guardó las cosas en los bolsillos y miró el horizonte. La tormenta crecía a cada momento.
Tenía que calmar a los otros y hacer que trabajaran. Los hombres estaban sin camisa y con shorts, y sus esposas con mayas. Si llovía toda la noche se iban a enfriar peligrosamente. Ya se escuchaban algunos truenos.
Amigos les dijo Enrique—. Hay que buscar cualquier cosa que sirva para cubrirnos. Esa tormenta ya está cerca. Estas playas siempre están repletas de basura que el mar arrastra hasta ellas. Busquen bolsas plásticas, maderas planas, trozos de espuma plástica, cualquier cosa que sirva para poder en el suelo; hay que construir un refugio, o por lo menos conseguir algo para cubrirnos.
¿Y si buscamos gente? Alguien tiene que vivir por aquí —propuso Silvia. Ella aún temblaba un poco y estaba abrazada a Pablo, su esposo.
No creo que halla gente por aquí —le dijo Enrique—. Esos piratas seguro conocen bien estas islas. Si nos dejaron acá es porque no hay nadie, pero como nuestro capitán, que seguramente es cómplice de los piratas, fingió hasta último momento, deduzco que deben pasar cerca de esta isla algunas embarcaciones, y que hay posibilidad de que nos rescaten; si no fuera así el viejo no hubiera ocultado su complicidad. Nos dejaron a nuestra suerte.
¿Ese viejo sería cómplice? —preguntó Maximiliano.
Por supuesto, por eso ni se molestó en darnos de comer —opinó Estela, la esposa de Maximiliano, y su cara mostró el desagrado que le producía ahora recordar al viejo.
Gente, hay que moverse, la tormenta ya está ahí —les recordó Enrique—. Mejor nos dividimos. Ustedes busquen por aquel lado y yo por este. Vamos.

En esa parte la playa formaba una V ancha, y después de unos metros de arena y piedras comenzaba una selva alta y oscura. Pronto Enrique perdió de vista a los otros. Como él suponía, la basura no faltaba allí. Los mejores “tesoros” estaban contra la selva. Algunas bolsas se mezclaban entre leña retorcida, trozos de bambú y maderas que en algún momento fueron parte de estructuras.

El mar se estaba oscureciendo y el cielo lucía terriblemente amenazador, mientras los truenos sonaban cada vez mas cerca. La selva cercana estaba muda pero se balanceaba inquieta, pronta para luchar contra el viento y la lluvia.
Algunas bolsas plásticas se rasgaban al tirar de ellas para liberarlas de la arena o del peso de alguna madera, otras aguantaban, Enrique sacudía un poco las que servían y buscaba otras. Hizo un buen hallazgo, una tapa grande de una conservadora, le iba a servir para el suelo. Los truenos lo apuraban. En el otro extremo de la playa, las dos parejas buscaban muy tímidamente, algo asqueados por revisar cosas que estaban tiradas desde hacía mucho tiempo, y todo estaba sucio, con arena, y cuando levantaban algo quedaban escurriendo líquidos asquerosos. Ninguno de ellos había hecho algo así en su vida, y no terminaban de entender lo apremiante de su situación.

Enrique apareció desde el otro extremo. Traía un montón de bolsas bajo un brazo y la tapa de la conservadora en el otro. Enseguida vio que la playa de sus compañeros era mucho mas rica en recursos, pero estos no habían juntado prácticamente nada. Tenía que remediar eso. A esa altura de la tarde la tormenta podía volcarse en cualquier momento.
Pablo, Maximiliano, tiren de ese plástico que asoma ahí, puede servir para poner en el suelo. Tenemos que estar lo mas aislados posibles. Muchachas, junten esas cuerdas y aquellos restos de redes. Nos queda poco tiempo. No tengan asco, mucho peor va a ser el frío, créanme. Sacudan lo que tenga arena y ya, si las bolsas tienen algo podrido lávenlas rápido en el mar, mojadas igual nos van a servir. ¿Qué es aquello? Ya revisaron? Es algo grande.

Sus compañeros ni lo habían notado. Estaba bajo restos de hojas de palmeras y arena, era un bote inflable bastante grande. Enrique lo sacó arrastrando. Estaba desinflado y cuarteado por todos lados, pero si bien ya no servía como bote, les iba a ser muy útil como cobertizo. Era un golpe de suerte en una desgracia. Empezó a cortarlo con la navaja para aprovechar al máximo su superficie. Mientras cortaba el bote de goma vio que había muchas cosas allí. Con el tiempo suficiente podría hacer un buen refugio para los cinco, pero eso sería después de soportar aquella tormenta.
Ya estaba lloviendo sobre el mar, y uno tras otro los relámpagos tocaban la superficie, también iba aumentando el viento. Desde donde estaban se podía ver una formación rocosa que se elevaba como dos metros entre la selva. Esas rocas podrían ayudar contra el viento, y el terreno estaba lo suficientemente elevado como para que el mar no llegara hasta allí. Enrique hizo que lo siguieran. “Perfecto”, pensó al llegar al lugar. Tras las rocas había una zona bastante plana, los árboles eran jóvenes y delgados, lo que los hacía buenos para resistir el viento, y por lo tanto, el peligro de que cayeran era mínimo.
Escarben una zanja dibujando un rectángulo aquí, que vaya de ahí hasta acá —les indicó Enrique—. Y que tenga una salida rumbo a esa parte mas baja.
¿Para qué? —le preguntó Pablo—. ¿Y cómo vamos a escarbar?
Escarben con cualquier palo, van rayando el suelo así. Es para que el agua corra por ahí y no bajo nosotros. Muchachas, vayan armando un piso con esos pedazos de plástico. Gente, en cualquier momento empieza a llover con todo, de milagro no lo ha hecho todavía. Voy por un travesaño.
Volvió con un palo largo y recto que cortó con la sierra de la navaja. El surco que estaban haciendo los hombres era insuficiente, y las mujeres estaban ordenando los plásticos como quien arma un rompecabezas. En esa situación eran poco mas que unos inútiles.
Tras colocar el travesaño entre los dos troncos que había elegido, terminó de amarrarlo bien fuerte con las cuerdas y restos de redes que encontraron en la playa, después ahondó y ensanchó la zanja que sus compañeros habían dibujado apenas, acomodó mejor los plásticos en el suelo y, terminada esa tarea arrojó sobre el travesaño los restos del bote de goma. Armó una especie de carpa militar de las de antes afirmando los bordes de la goma con piedras. Terminó justo a tiempo. La lluvia se precipitó sobre ellos con la fuerza de una ola. Las enormes goteras repiqueteaban en la goma con estruendo y la selva se agitó violentamente. El mar se había embravecido y envestía contra la playa con furia.

La noche aprovechó la tormenta para adelantarse, y todo se hizo confuso y ruidoso en la oscuridad. La temperatura bajó notoriamente. Los cinco entraban medio apretujados en el refugio. Ante el frío Enrique no tuvo que insistir mucho para que se amarraran bolsas en el cuerpo. Él sabía que iba a ser una noche larga y muy mala; pero no tenía forma de saber que, además de los elementos de la naturaleza, esa noche iban a tener unas visitas particularmente aterradoras. La tormenta arremetió con todo contra la isla. Los cinco turistas soportaban el diluvio acurrucados dentro del refugio que improvisó su compañero.

La noche se iluminaba cada pocos segundos con los relámpagos, y cuando todo quedaba claro se veían árboles inclinados por el viento. El mar lucía furioso bajo aquellas luces fugaces y se veían olas blancas levantándose por doquier. El agua embravecida había avanzado por la playa y jugaba a destrozar maderas y palos contra las primeras palmeras y árboles de la selva. Era como si el mar quisiera devorar la isla entera, y el cielo colaboraba volcando en ella un aguacero diluviano.

Las palmeras aullaban, el mar rugía, y los truenos hacían temblar toda la isla. Aquella situación no era lo que habían imaginado al viajar. Ahora las dos parejas no tenían aprensión ninguna hacia las bolsas que juntaran en la playa; el frío podía mas. Se las acomodaban sobre los hombros y se cubrían las piernas. Enrique estaba en un extremo del refugio, y aunque la lluvia lo salpicaba un poco no se quejaba, ya había pasado por situaciones difíciles anteriormente. Le preocupaban mas sus compañeros de desventura. Cuando llegara el día debía procurarles comida. Habían recuperado muchas cuerdas en la playa, si las deshilachaba podría fabricar varias líneas para pescar. Pero la noche aún no terminaba, y aquella isla escondía un oscuro secreto.

La tormenta eléctrica se intensificó y los relámpagos iluminaban todo casi continuamente. En un momento de claridad apareció de pronto la figura de un hombre como a diez metros de ellos. Primero lo vieron Enrique y una de las mujeres. Él tuvo que taparle la boca con la mano para que ella no gritara. La apariencia del tipo ciertamente daba para alarmarse, porque era la típica imagen que uno asocia con un pirata, hasta tenía un sable en la cintura. Pero no era un pirata como los que se toparon durante el día, este lucía como los de las películas. Eso le pareció raro a Enrique, y enseguida sospechó algo. Enteró a los que tenía al lado palmeándolos, y les dijo que hicieran silencio. Los otros también se sobresaltaron al ver al pirata.

Estaba muy cerca como para no ver el refugio, si embargo no detuvo la mirada en ningún momento en aquella dirección, aunque parecía buscar en derredor. Los relámpagos seguían mostrando todo, y los momentos de oscuridad ahora eran los menos. El hombre estuvo un momento allí, escudriñando la selva, y después giró levemente el cuerpo e hizo un gesto con el brazo que le indicaba a alguien que se acercara. Entonces aparecieron dos piratas mas, y estos cargaban un cofre que parecía ser muy pesado. Al dejar el cofre en el suelo estos también echaron un vistazo en derredor, y tampoco parecieron notar el refugio.

Nuestros turistas mas asustados creyeron que tuvieron suerte, pero Enrique no creyó eso, era algo mas, estaba casi seguro, pero por las dudas aún no se movía. Los piratas comenzaron a cavar. Por momentos desaparecían en la oscuridad, después los relámpagos los mostraban encorvados, ensimismados en hacer un pozo. Parecía que la lluvia torrencial no les molestaba en lo mas mínimo, y tampoco el viento. En ese detalle reparó Enrique. Aquellos piratas pertenecían al pasado. Eran unas apariciones que volvían porfiadas al mismo lugar; la codicia los retenía en este mundo incluso después de la muerte.

Apenas el tesoro del cofre quedó sepultado, el que llegó primero arremetió contra uno de sus compañeros, hundiéndole el sable en el abdomen. Las mujeres dejaron escapar un grito en el refugio. El segundo bribón tuvo tiempo de defenderse, y los sables chocaron varias veces. El primer pirata parecía ser mas hábil, y su sable encontró al otro, aunque al confiarse ganador, se descuidó un instante y el herido lo alcanzó también con sus últimas fuerzas. Los tres quedaron tirados en el suelo. Después, tras un momento de oscuridad, ya no estaban.

Los compañeros de Enrique quedaron profundamente impresionados, y no entendían qué había pasado. Las horas que le restaban a la noche fueron horribles, y la tormenta siguió rugiendo todo el tiempo. La claridad del día abrió las nubes, y cuando el sol terminó de emerger en el horizonte el cielo quedó limpio. El mar se calmó con rapidez, y en la playa volvieron a depositarse con suavidad las olas.
Enrique fue hasta el lugar donde lucharan los piratas, no había ningún rastro, y la tierra donde cavaron el hoyo estaba como si nunca la hubieran removido, tal como él sospechaba.
¿A dónde se fueron? —le preguntó Maximiliano—. ¿Qué no estaban muertos? ¿Cómo desaparecieron así?
Desaparecieron porque ya estaban muertos, eran apariciones —le contestó Enrique.
¡Apariciones!… —exclamó Estela, que aún estaba encapuchada con bolsas de nylon, pues el frío no se le iba.
Sí, y sino queremos verlos de nuevo, mejor ayúdenme a cambiar el refugio de lugar. También tenemos que juntar agua dulce. Este temporal, ahora que lo pasamos, en realidad fue una bendición, gente. Bueno, a moverse.
¿Una bendición esto? —objetó Pablo.
Sí, podría ser mucho peor. Ahora vamos con el refugio.

El suelo de la isla era de roca en muchas partes, y en las depresiones se había acumulado agua de lluvia. Como no faltaban botellas plásticas en aquellas playas, pudieron aprovisionarse de bastante agua. Al contar con mas tiempo armaron mejor el refugio, y lo hicieron lejos del lugar de las apariciones.
La isla resultó ser mas generosa de lo que aparentó en la tormenta. Descubrieron unos bananos en el interior, y hasta un árbol de peras, y abundaban las palmeras. Una vez armada algunas líneas Enrique comprobó lo ricas que eran aquellas aguas en peces. Con el correr de los días sus compañeros se fueron adaptando y haciéndose mas útiles. Por las noches conversaban en torno a una fogata, donde siempre había algún pescado asándose.

Había transcurrido una semana y media desde que pisaron aquella isla cuando un bote pasó por allí. Se marcharon de la isla con una enorme alegría. Regresaron un tiempo después, en un bote que Enrique compró. Valía la pena invertir en uno. Excavaron en el lugar donde vieron a las apariciones, y, al descubrir un cofre y abrirlo se echaron a reír emocionados. Los piratas les habían robado algunas pertenencias y hecho pasar unos momentos malos, pero gracias a ellos habían vivido una gran aventura, y ahora eran millonarios.

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