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viernes, 14 de agosto de 2015

En La Selva

Javier quería unas vacaciones pero terminó viviendo una odisea. Pasó varias horas en el aeropuerto porque su vuelo se atrasó. Después el vuelo fue agitado, con turbulencia. Cuando llegó al hotel estaba molido, mas desde allí se veía lo que había ido a buscar: la selva. Siempre había disfrutado de la naturaleza y solía realizar muchas actividades al aire libre. Ya había viajado a muchos lugares interesantes: bosques, desiertos, sabanas, pero aún no conocía la selva. Si había estado en algunos montes, pero quería conocer una selva mas salvaje, mas tupida, como las que muestran en los documentales. Ahora estaba cerca de un lugar así. No iba a echarse a descansar teniendo una hermosura de paisaje como aquel tan cerca...

Se registró, y una vez instalado se dio un baño. Pensó que con una ducha refrescante le iba a bastar para renovarle un poco las energías; aún quedaban muchas horas de sol y las iba a aprovechar. Para descansar estaba la noche. Javier iba preparado para la selva: se puso pantalones resistentes, botines, y aunque llevaba una mochila con varias cosas, se ató a la muñeca una pulsera de supervivencia que había comprado para ese viaje. Ya estaba listo. ¡A la selva!
Desde el hotel partían varios senderos y algunos turistas iban y venían por ellos. Aquellas sendas no eran lo que Javier esperaba, aunque después le pareció lógico que fueran así. Eran bastante anchas y estaban marcadas y delimitadas. Estaban pensadas para que los huéspedes del hotel pasearan con seguridad. Familias enteras caminaban por los senderos. Él se había aprontado como para una pequeña expedición, y aquello era poco mas que un jardín. No se iba a conformar solo con eso.

En la parte mas alejada del sendero vio que uno natural llegaba hasta allí. Ese otro sendero bajaba hasta la espesura y enseguida se perdía detrás de unos árboles en una curva. Se desvió por aquel sendero sin dudar. No mucho después se encontró rodeado de una selva realmente salvaje. Esa parte era mas silenciosa de lo que había imaginado. Era sombría e insinuaba ser misteriosa como todos los bosques tupidos. Cuando creyó que ya había avanzado lo suficiente emprendió el regreso, pero tuvo que detenerse de golpe cuando vio que le apuntaban con un arma larga. Ahora ya no era un turista, era un rehén.

Si abres la boca para gritar, te mueres aquí nomás —lo amenazó el tipo.

Cuatro hombres mas salieron de la espesura, estaban camuflados de pies a cabeza. Le quitaron la mochila entre empujones y le revisaron todos los bolsillos. Como dos de ellos se veían muy nerviosos y no dejaban de apuntarle, a Javier le pareció que era mejor ni hablar. Uno de los tipos lo agarró por el brazo para examinar la pulsera de supervivencia. Por suerte para Javier, el sujeto creyó que solo era una artesanía sin ningún valor, una baratija de las que compran los turistas, por eso ni se molestó en quitársela.

Después del registro le pusieron una capucha y comenzó un viaje terrible para Javier. Caminar por la selva ya es difícil de por si, pero con los ojos tapados y las manos amarradas es un calvario. Sus captores le avisaban cuando tenía que agacharse o levantar un pie, pero en la mayoría de los casos terminaba cayendo o chocando contra algo. Resvalaba en las cuestas y en las bajadas, y siempre alguna mano lo empujaba.

Su situación era realmente mala. No tenía parientes cercanos ni amigos con suficiente dinero como para pagar su liberación, y él había gastado casi todos sus ahorros en aquel viaje. ¿Cómo iba a convencer a los maleantes para que lo soltaran? Si los convencía de que no tenía dinero probablemente lo liquidarían allí mismo.

Caminaron hasta el atardecer. Acamparon en un claro. Allí le quitaron la capucha para que comiera algo. Sabían que si él no tenía energías para la próxima caminata se iba a convertir en un estorbo. Javier se acomodó en el suelo, cerca del fuego. Le ataron los pies también. La noche fue larga y espantosa. Llegó a dormirse por lo cansado que estaba, y despertó un par de veces creyendo que se hallaba en su casa, pero enseguida volvía a la cruel realidad. Apenas amaneció lo arrastraron nuevamente por la selva. Tropezaba cada pocos pasos, lo azotaban ramas, y todo eso le causaba gracia a sus captores. Sudaba mucho bajo la capucha, le dificultaba la respiración. Cada tanto sentía el cañón de un arma picándole la espalda o empujándole la nuca, y lo azuzaban:

¡Sigue caminando, gringo! ¡Ya vas a tener tiempo de descansar en la jaula!
No soy gringo, soy latino como ustedes —le dijo Javier.
Pues de acá no eres, y eso te hace gringo. ¡Anda, muévete!
Si por lo menos me sacaran esta capucha…
¡Nada! ¡A caminar! ¡Y en silencio!

Cuando llegaron a un arroyo Javier se resistió porque tuvo miedo de ahogarse.

¡Arre! Gringo. Por aquí es bajo. ¿Qué tienes miedo al agua?
Sáquenme la capucha por lo menos aquí —les pidió.

El que era el líder nunca hablaba frente a Javier. Con un gesto ordenó que le sacaran la capucha. Cuando terminaron de cruzar el arroyo se la volvieron a poner. Como no podía ver, su mente se concentraba en los sonidos. Esa parte de la selva era ruidosa, cantaban pájaros, gritaban algunos monos, y siempre alguna cigarra u otro insecto chillaba monótonamente. También escuchaba la respiración de sus captores, y el ruido metálico de los machetes al cortar algo. Por la tarde hicieron una pausa para comer. Ya no les quedaban muchos víveres, porque solo comieron frutas y una víbora que había “cosechado” un machete.

Ya casi caía la noche cuando llegaron a su campamento base. Allí le quitaron la capucha y lo metieron en una prisión de bambú que bien podría ser un gallinero. Por lo menos ahora podía ver. Uno de sus captores le dio un consejo:

Pásate ese barro por todos lados, sino los mosquitos te van a comer. Si te mueres después no nos vas a servir de nada.

El barro era pegajoso, apestaba, pero tuve que embadurnárselo en la cara y los brazos. Embarrado y todo los mosquitos comenzaron a acosarlo apenas se hizo de noche. Con la selva completamente oscura vio a los malhechores conversar en torno a una fogata. Javier vio que no se ponían de acuerdo sobre algo. Llegaron a discutir en voz alta, y mas de una vez se levantaron como para pelear, hasta que el líder dio por terminado el asunto, y a regañadientes se fueron a sus rústicas chozas, hechas de bambú también.

Javier probó la solidez de la jaula. Sus ataduras no eran tan fuertes, con un poco de esfuerzo podría romperlas, calculó, pero estaba completamente agotado. Pasó otra noche espantosa. Los mosquitos zumbaban por todos lados, se le enredaban en el pelo, y a pesar del barro siempre hallaban un lugar donde picarlo. Amaneció lentamente. Por la mañana sus captores le exigieron números de teléfonos para contactar a su familia. Ninguno de sus conocidos podía pagar un rescate, pero por lo menos la justicia iba a saber qué le había pasado. Casi no tenía esperanzas de que lo rescataran; si iba a salir vivo de allí tenía que ser por sus propios medios.

Cuando los tipos obtuvieron la información, tres de los cinco se marcharon. Ese día a Javier solo le dieron de comer unas bananas verdes. Los dos que quedaron se mostraban inquietos, hablaban entre ellos, y evidentemente esperaban ansiosos la llegada de los otros. El día se hizo larguísimo. A la mañana siguiente uno de tipos salió a cazar. Volvió con un roedor, un agutí. Los tipos estaban tan hambrientos que a Javier no le dieron nada, lo comieron todo. Javier bebía mucha agua, que era lo único que no le negaban, y con eso alejó bastante al hambre.

Tras un nuevo amanecer los tipos se pusieron a discutir. Finalmente uno tomó sus cosas por la tarde y se marchó. El otro quedó dando vueltas, indeciso, mas terminó marchándose también. Ellos no sabían que sus compañeros nunca iban a volver, porque en la selva se habían topado con el ejército y los habían matado. Al buscar a sus compinches estos terminaron corriendo la misma suerte que los primeros. Ahora Javier estaba solo y enjaulado, y nadie sabía dónde se hallaba.

Javier quedó solo en la selva, literalmente atrapado en ella. Cuando lo abandonaron aún quedaban varias horas de sol. ¿Sería aquel el momento para intentar escaparse? Sospechó que solo fuera un truco, temió que estuvieran esperándolo escondidos en la espesura. Después se dio cuenta que aquello no tenía sentido. Si querían matarlo lo hacían allí y ya. Dedujo que algo les habría pasado a los tres que se fueron primero. No aprovechar esa falta de vigilancia sería un error.

Empezó a tironear la puerta de su celda de bambú. Era mas fuerte de lo que había calculado. Probó con otra parte. Las ataduras estaban flojas pero seguían cumpliendo su función. Patear los barrotes de bambú fue inútil, pero al hacerlo recordó una cosa: “La sierra de alambre de la pulsera de supervivencia”. La pulsera estaba hecha de cuerda pero en el medio tenía una sierra flexible, un sedal para pescar y unos anzuelos pequeños. La sierra cortó el bambú con relativa facilidad. En unos minutos hizo un hueco como para pasar el cuerpo. Nuevamente era un hombre libre, pero aún estaba en peligro. Creyó que en cualquier momento podrían sorprenderlo sus captores.

Lo difícil ahora era tomar una decisión. Sabía que habían demorado casi un día y medio en llegar hasta allí. Dedujo que caminar con un encapuchado los había demorado un poco, tal vez solo estaba a un día de la civilización, pero, ¿hacia dónde estaba esta? Le pareció que seguir las huellas de sus captores era algo demasiado arriesgado porque podía cruzarse con ellos, y caminar apartado del sendero para volver cada tanto para ver por dónde siguieron los tipos era muy difícil, eso siempre y cuando pudiera seguirles el rastro. Los prófugos de la ley de esas regiones saben cubrir sus huellas. Concluyó que lo mejor era tomar otro rumbo, aunque al hacerlo tal vez se internaría mas y mas en la selva.

Antes de tomar el vuelo había ojeado un mapa de su destino, y recordaba que varios ríos bajaban hacia las ciudades. Solo tenía que seguir algún curso de agua hasta encontrar uno de esos ríos. Pero lo que no sabía era cuánto le tomaría llegar, cuánto tiempo tendría que estar en la selva, y cuántos obstáculos y peligros debía sortear. Por el momento tenía que tomar todo lo que le fuera útil para sobrevivir. Sabía que no iba a hallar comida en el campamento porque a los tipos ya no les quedaba casi nada, y lo poco que tuvieran se lo habían llevado para el viaje.

Javier revisó las chozas. Al encontrar una olla pequeña se alegró; en ella podría hervir agua. Otro hallazgo valioso, un bolso de tela, y dentro de él había algo mas importante, un encendedor. Sobre una hamaca colgante había una tela mosquitera, la metió en el bolso. Botellas plásticas había varias, se hizo con una de dos litros y una pequeña y las llenó de agua. Los maleantes tenían un depósito que se alimentaba de las lluvias, y el agua era lo único abundante allí. Los tipos evidentemente llevaban una vida muy precaria cuando estaban en aquel campamento; tenían muy pocas cosas, y cargaban lo importante en sus mochilas.

Javier juntó también todas las bolsas plásticas que vio. Le hubiera gustado encontrar un machete, o por lo menos un cuchillo, pero no había ninguno. Su sierra de alambre le iba a servir para cortar ramas, pero en la selva un machete facilita enormemente la vida. Como no había nada filoso, quebró la única botella de vidrio que vio y eligió un par de trozos. Con esos elementos en el bolso se alejó en la dirección contraria a la que tomaran los tipos. Sus primeros pasos los borró del suelo con una rama, y al entrar a la selva trató de no pisar en lugares donde dejara huellas. Ahora empezaba otra etapa de su aventura.

La adrenalina de su escape le dio energías por un largo trecho, luego empezó a ir mas lento. Aunque quería mantener el ritmo no podía. Había comido muy poco los últimos días. Pronto la selva quedó sumida bajo una tenue luz crepuscular. Ya no podía seguir. No tenía tiempo ni energía para hacer un refugio. Cortó a mano unas hojas de banano y las puso en el suelo contra un tronco. Si se sentaba allí, un poco por encima de su cabeza había una rama delgada que salía del tronco. De ella colgó la tela mosquitera he hizo una especie de carpa sujetando los extremos bajo sus piernas. Con un borde de la tela apoyado contra el tronco, la cara y sus brazos quedaban dentro de aquella protección; los mosquitos no lo iban a molestar. Claro, no le iba a servir de nada contra otros peligros de la selva, pero estaba tan cansado que no le preocupaban, solo quería dormir algunas horas. Sin la tela mosquitera no hubiera podido hacerlo.

Durmió mas de lo que supuso, aunque despertó muchas veces durante la noche. Siempre había algo que chillaba o movía ramas en la oscuridad; ranas, insectos. Aquella selva bullía de vida en sus sombras infranqueables por la noche. Se alarmó un poco al escuchar un estruendo que hizo temblar la tierra, pero enseguida se dio cuenta que debía ser un árbol que acababa de caer. El suelo de la selva no es de los mas firmes. Tenía que tener en cuenta ese peligro, sobre todo si llovía mucho.

Al amanecer lo despertaron los gritos estridentes de los pájaros. Entre los árboles todavía reinaba una luz tenue, aunque algunos rayos solares descendían desde las copas. Bebió algo de agua y siguió su viaje. Tenía que bajar por el terreno para encontrar corrientes de agua. Al dar los primeros pasos tuvo consciencia de lo débil que estaba, además tenía los músculos entumecidos por dormir sentado. De a poco fue tomando ritmo, mas la selva le ponía obstáculos: enramadas, lianas, raíces. Todo parecía querer retrasarlo. La amenaza de los secuestradores ya no le preocupaba. Que lo encontraran en aquella maraña verde era muy poco probable. Y tenía razón, porque los malviviente ya no iban a molestar a mas nadie. Pero ahora lo estaba asechando otro peligro: unos ojos claros lo miraban desde la espesura.

Javier caminaba lentamente por la selva sin saber que un depredador seguía sus pasos. Como iba muy concentrado en el camino pudo percibir algo que a veces se experimenta cuando un ser nos observa, siempre y cuando el nivel de atención sea alto. Miró hacia un lado, hacia un punto específico, sin saber por qué, y se encontró con dos ojos que lo observaban desde la espesura. Enseguida se dio cuenta que se trataba de un jaguar; estaba a pocos metros de él.
La vida de Javier nuevamente estaba amenazada, y era una amenaza inminente, no el peligro vago (aunque muy real) que representa la selva con sus dificultades. Hacía unos días era uno de tantos turistas que viajan hacia un destino deseado. Ahora estaba a punto de ser atacado por un animal salvaje. Su vida había cambiado tan rápido, y era para mal. Un día estaba en la comodidad de su casa, unas horas después volando en un avión que se sacudía como si fuera a caer en cualquier momento; y no mucho después de llegar a destino, se encontraba siendo arrastrado por una selva por unos maleantes. El jaguar agachó la cabeza. Javier comenzó a creer que aquel viaje sería el último.

El felino empezó a emitir un ronquido potente, después abrió la boca y se vieron sus largos colmillos. No dio ni un paso porque comprendió que el animal lo estaba probando; si huía lo iba a perseguir. Javier sabía bastante de animales salvajes. En vez de darle la espalda empezó a gritar como un loco y a agitar los brazos en alto, y para impresionar mas al animal tomó un gajo que colgaba cerca de él y lo sacudió con fuerza. Todo aquel despliegue hizo retroceder al jaguar, aunque lo hizo protestando con una serie de ronquidos ásperos, después desapareció en la espesura.

Por el momento se había salvado, mas Javier sabía que continuaba en problemas. El jaguar lo había visto caminar lentamente, con dificultad, y cuando un depredador identifica una posible presa que está débil, no se separa mucho de ella. Seguramente seguía rondando por allí, esperando para emboscarlo en otro momento.
Tenía que prepararse para defender su vida si era necesario. Cortó una rama larga y recta con la sierra de alambre. Le hizo punta con uno de los vidrios, sin dejar de vigilar por mucho tiempo su entorno, y cuando estuvo satisfecho con la agudeza de la punta continuó su marcha. Ahora cualquier ruido que se produjera en la espesura lo hacía voltear. Varias veces creyó ver las manchas del animal, pero solo era selva.

Evaluó sus prioridades. No podía pasar otra noche sin fuego ni refugio, no con aquel felino hambriento siguiendo sus pasos. Si no encontraba un arroyo pronto, igual iba a parar. Pero entre tantos contratiempos tuvo algo de suerte. Primero escuchó el ruido del agua, luego la vio entre la espesura. Era un arroyuelo bastante decente. Enseguida vio algunos peces bajo la superficie. Sonrió emocionado. Tenía que acampar allí.

Tras seguir la corriente un trecho divisó un lugar bastante alto y despejado cerca de la rivera. Examinó la zona. No parecía que las inundaciones llegaran hasta allí. Era un pequeño claro, y en un lado se alzaba una verdadera maraña de árboles jóvenes y lianas que brindaban una protección natural. Calculó dónde poner algunos travesaños, y cuando tuvo una imagen formada en su mente fue a cortarlos.

La amenaza del jaguar no se le olvidaba ni por un instante, y cada tanto se detenía a observar su entorno. La selva confunde, son tantas cosas, tanto para ver, la mente busca patrones, a veces los ve donde no están, y otras veces los pasa por alto. Hojas de todos los tamaños, lianas sobre cortezas que parecen formar algo, cosas que se asemejan a ojos… ¿Cómo divisar de nuevo a un depredador tan sigiloso que se desliza por la selva con la gracia de los felinos?
A pesar de la confusión que le mostraba la selva, logró ver de nuevo al jaguar. El majestuoso felino pasó frente a una abertura vegetal para enseguida volver al misterio, desapareció a la vista. Ese nuevo avistamiento le dio fuerzas a Javier para seguir construyendo el refugio. Las bolsas plásticas que encontró en el campamento de los forajidos le facilitaron la tarea. Usó también hojas de banano y de palmeras. Como él suponía, aunque intentó hacerlo muy sencillo la construcción del refugio le llevó casi todo el resto del día. Pero si no encendía un fuego aquel esfuerzo no le iba a servir de mucho. En sus bolsillos había guardado yesca que encontró por el camino, pero no tenía leña. La selva ya empezaba a oscurecerse. Buscó leña entre las sombras crecientes. Mientras lo hacía escuchó algunos ronquidos ásperos. El animal estaba muy hambriento y se encontraba impaciente.

Volvió al refugio arrastrando el tronco mas grande que pudo. Si lo usaba con habilidad le iba a durar toda la noche, pero eso si se mantenía despierto casi todo el tiempo. La fogata se resistió durante un buen rato. Crecían algunas llamas, se extendían por la yesca y luego se apagaban. Cuando finalmente encendió el fuego se sintió reconfortado. Hallar aquel encendedor fue una verdadera suerte. Pronto el refugio se llenó de humo, eso lo libraba de los mosquitos.
Cuando su “compañero” no deseado de aventura sintió olor a humo se adentró mas en la selva, aunque no se alejó mucho. El fuego le dio a Javier una sensación de seguridad. Es el gran aliado del hombre contra la naturaleza. El fuego reconforta. Le hubiera gustado tener un pez para comer. Eso iba a quedar para el otro día. Si recuperaba energías tenía que hacer algo contra el jaguar. El felino se relamía inquieto en la oscuridad.

Gracias a la fogata incluso pudo dormir unos momentos, pero apenas empezaba a soñar veía al jaguar o a una figura deformada de este, y eso lo despertaba, y después miraba la fogata con desesperación, temiendo que se hubiera apagado. Al comprobar que solo era un sueño respiraba aliviado y volvía a atender el fuego.
Algunos insectos voladores atraídos por la luz de la fogata revoloteaban en torno al refugio. La selva oscura quería llamar su atención a cada rato, produciendo un ruido aquí, otro allá, pero Javier confiaba en la protección que le brindaba el fuego, y ya se estaba acostumbrando a esos ruidos. En aquella selva, en el final de la tarde la noche caía rápido, pero el amanecer era todo lo contrario, el día se abría paso a duras penas. Ni bien la noche retrocedía un poco. los pájaros comenzaban con sus cantos; una especie de ave gritaba en un lado, le contestaba uno de la misma en otro, y otras especies cada tanto se sumaban a la conversación, pero cada ave lo hacía desde su escondrijo nocturno; a esa hora no había vuelos.

Luego, cuando se hacía mas claro, algunos pájaros empezaban a volar, otros a saltar de rama en rama, de árbol en árbol, siempre cantando. Las sombras densas demoraban en retirarse, y la luz crepuscular nunca se iba del todo. Cuando la claridad fue suficiente Javier se abocó a juntar leña. Confiaba en que el olor a humo todavía mantuviera alejado a su “amigo” el jaguar, mas sabía que si el animal no buscaba otra presa, con el correr de las horas y el aumento del hambre, inevitablemente se iba a volver mas osado.

Subsanado por el momento el tema de la leña, ahora tenía que ocuparse de su alimentación. Tenía que comer algo para recuperar fuerzas. Los anzuelos y la tanza de pescar de su pulsera de supervivencia ahora eran valiosísimos para él. Se improvisó una caña de pescar con una vara larga, y tras recorrer un tramo de orilla capturó un par de grillos diminutos que le servirían de carnada. El arroyuelo estaba repleto de pececillos. El anzuelo con el grillo se hundió en el agua. Enseguida atrajo la atención de varios peces. Eran muy pequeños para el anzuelo. Después de unos tirones se quedaron con el grillo. Probó suerte con el otro, le pasó lo mismo. Tuvo que volver a buscar carnada.

Todo se dificultaba porque no podía dejar de vigilar la espesura. Si se descuidaba, el único que iba a resolver el problema de la comida era el jaguar. El felino ya se estaba familiarizando con el olor a humo, no tanto como para que se acercara al fuego, pero sí como para rondar un poco mas cerca al refugio.
Javier se hizo de otros grillos. En un nuevo intento, cuando los pececillos ya iban a descarnar el anzuelo, de pronto se apartaron rápidamente; un bagre grande había surgido del fondo oscuro y se proyectaba con la boca abierta. El bagre tomo grillo y anzuelo y volvió al fondo; Javier dio un tirón. Era un bagre bastante grande, como de dos kilos. La vara se arqueó cuando sacó al pescado del agua. No mucho después se asaba en el fuego. Pero antes, mientras lo destripaba Javier, tuvo una idea, y envolvió las vísceras en una hoja. Tenía que librarse del asedio del jaguar, y sabía hacer una trampa que podía conseguirlo.

Cada trozo del pescado le pareció una delicia. También tomó mucha agua que hirvió previamente en la olla que hallara en el campamento donde fue prisionero. Por el momento estaba satisfecho, aunque hubiera podido comer mucho mas si tuviera. Ahora tenía que ocuparse de la trampa. El cordel de la pulsera iba a ser fundamental para su construcción, aunque si no contara con él le hubieran servido igual algunas lianas y cortezas resistentes. La trampa funcionaba básicamente con una rama algo gruesa que se curvaba con la acción de las cuerdas. Accionada la trampa, la rama liberaba la energía elástica de ella y la proporcionada por el amarre de las cuerdas, dando un latigazo horizontal a la presa.

A dicha rama se la complementa fijándole a lo largo palos con punta, los que tienen un efecto devastador sobre el pobre animal que caiga. Al pensar en eso a Javier no le gustó la idea de matar al jaguar. Con un buen golpe iba a bastar para asustarlo y que fuera a buscar otra presa. A las entrañas de pescado las usó para marcar una señal de olor que condujera al jaguar hacia donde él quería. Terminado eso volvió a juntar leña, y después a pescar. Cuando ya estaba oscureciendo se hizo de otro bagre. Mientras lo asaba bostezo muchas veces. Necesitaba dormir mejor, pero todavía no solucionaba el asunto del jaguar.

Al terminar de comer el sueño lo atacó con mas fuerza. Estaba cabeceando junto al fuego cuando repentinamente escuchó un ¡Plaf! Y casi al mismo tiempo un grito de felino, luego una huída a toda prisa y descuidadamente por la selva. El latigazo le había dado en el hocico. El susto fue mas que el golpe, y eso disuadió al jaguar. Javier sonrió, agregó mas leña al fuego y se acostó.
Despertó cuando ya estaba claro. La fogata era pura cenizas, pero al agregarle mas leña, y a costa de muchos soplidos, las llamas revivieron. Esa mañana hirvió mas agua, y también intentó pescar, mas no tuvo suerte. Era el momento de abandonar aquel campamento.


Solo avanzaba unas horas por día, porque por la tarde tenía que detenerse para armar un refugio y encender fuego. El arroyo era rico en peces en todo su tramo, por eso pudo comer todos los días, pero las tareas diarias de construir un refugio y buscar leña lo agotaban, y a eso se le sumaba la caminata. Al tercer día de costear el arroyo tuvo que descansar uno entero. Retomado su viaje halló un río. En su orilla la supervivencia se le hizo mas fácil, y un día, cuando estaba pescando, divisó un bote que iba rumbo a él. Aquel fue el final de su aventura, cuyo recuerdo permaneció muy vivo en él durante toda su vida.

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