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miércoles, 30 de septiembre de 2015

Dos Cuentos Cortos


                                     Naranjas Y Cuentos
Las tardes soleadas de invierno, dos familias vecinas iban hasta la propiedad del viejo González a comer naranjas y a escuchar cuentos. Tenía el viejo González una huerta con naranjos enormes y generosos que daban unas frutas inmensas, jugosas y muy dulces.  El viejo era tan generoso como sus naranjos y siempre las ofrecía: “Vayan y arranquen las naranjas que quieran, que sino se van a pudrir en los árboles y sería un desperdicio”, solía decir el viejo a sus vecinos, que no eran muchos, pues en las cercanías había sólo dos casas.  Además de ser un buen vecino, el viejo era un gran narrador de cuentos, por eso las dos familias iban hasta su huerta, y sentados en unos bancos rústicos lo escuchaban con atención mientras degustaban alguna que otra naranja. En esa ocasión el viejo empezó a hablar de noches oscuras, y luego comenzó así su relato...


“…Noche realmente oscura fue una que viví hace muchos años, halla en mi juventud. Cuatro compañeros y yo habíamos acampado en un bosque por demás extenso. Estábamos cazando venados. Caminamos toda la tarde sin suerte, no cazamos ninguno, pero yo no pensaba rendirme así nomás. Cuando los otros volvieron al campamento yo seguí. 

“Tenía la esperanza de encontrar un buen sendero (para emboscar un venado allí), pero cuando el ocaso aquietó el bosque seguía sin encontrar uno.  Cuando me pareció que se estaba haciendo noche muy rápido, miré hacia arriba y vi, entre la copa de los árboles, unas nubes oscuras que se movían velozmente. Apenas avancé un poco más y la oscuridad fue absoluta. Por supuesto, llevaba una linterna, y con ella encendida partí hacia donde creía se hallaba el campamento. Aunque mi sentido de la orientación es muy bueno, no conocía el lugar, había dado muchas vueltas y el bosque era espeso como pocos.  Aquella oscuridad no vino sola, la acompañaba el silencio, aunque a veces sonaba una rama suelta que caía de repente desde lo alto, o crujía algo en el suelo, pero cuando enfocaba el lugar no había nada; cosas del bosque.

“Mi situación empeoró cuando la linterna se rompió. La golpeé en la palma, le saqué las pilas, las puse de nuevo, las ajusté bien, nada, no volvió a iluminar. ¿Y ahora? Colgué el rifle en la espalda y, tanteando con el pié me hice de una rama. Usando la rama como un bastón y con el brazo libre frente a la cara para protegerla fui avanzando lentamente. Cada pocos pasos tanteaba un tronco, lo rodeaba y seguía, mas unos pasos más adelante siempre había otro. No captaba ni un destello de claridad, nada. Sería igual ir con los ojos fuertemente vendados, pero como los tenía abiertos sentía que mis pupilas se dilataban buscando luz. No alcanzaba a escudriñar nada, todo estaba negro y silencioso, aunque sonaban cada tanto esos crujidos que mencioné, pero trataba de no pensar en ellos. Ahora sólo contaba con mi sentido de la orientación, pero, ¿puede uno orientarse sin tener ni el menor indicio de dónde se anda, sin ver nada?  Al hacer una pausa pensé en voz alta:

—¿Dónde estará el campamento? No quiero gritar porque después se van a poner a bromear diciendo que me perdí. ¿Dónde estará el campamento…? 
—Aquí, y si das un paso más me vas a pisar —dijo de pronto una voz que venía desde el suelo. 

“Ya estaba en el campamento. Los muy holgazanes de mis compañeros se habían acostado sin encender una fogata.

                                  - - - - - - - - - - - - -  

                                Nadando en La Oscuridad
Me encontraba en una excursión de pesca en el Río Negro, un afluente del Amazonas. Después de una magnífica jornada emprendimos el regreso al campamento al atardecer. Íbamos en un bote no muy grande con un motor fuera de borda. El bote dejaba un enorme surco al pasar velozmente sobre el agua oscura. En las orillas lejanas se alzaban dos murallas oscuras que eran la selva. En donde se iba hundiendo el sol había nubes encendidas de fantásticos tonos anaranjados y amarillentos. En el otro extremo del cielo había nubes oscuras, inmensas, de apariencia sólida, que parecían montañas surgiendo tras la selva.

Me acompañaban Silva, el guía de pesca, y Josué, su ayudante. Surcábamos el medio del río. De pronto hubo un gran golpe y salimos despedidos del bote. Me vi volando y luego rodé unas veces sobre el agua como si hubiera caído en tierra (es lo que pasa cuando se va muy rápido). Después me hundí en el agua oscura. Estaba medio aturdido. Abajo había oscuridad, arriba una claridad que quería concentrarse en una zona. Empecé a subir desesperadamente, cuando asomé la cabeza respiré con un quejido. ¡Aire! Traté de ubicar el bote; ya no estaba. Suponemos que se partió al chocar contra un trocó flotante grande, hundiéndose luego después que caímos al agua. Los otros no estaban muy lejos de donde me encontraba. Silva hacía señas levantando el brazo; Josué ya nadaba hacia él. Cuando nos reunimos Silva dijo:

—Tenemos que nadar hasta la orilla y tiene que ser rápido. Ya va a ser noche, y en la oscuridad podemos desorientarnos y el río nos va a tragar. 
—¿A cuánto estaremos de la costa? —le pregunté.
—Como a mil metros.

Y empezamos a nadar. A esa hora el río reflejaba en todas partes los últimos rayos del sol, ya horizontales, y toda la superficie estaba dorada. No parecía mucha distancia, pero el Río Negro tiene corrientes fuertes y teníamos que luchar para avanzar unos metros.  Aquel río esconde tantos peligros en sus aguas que solo meterse en ellas es un riesgo: hay tiburones, rayas de colas venenosas, anacondas, pirañas, caimanes…

La noche cubrió rápidamente el paisaje. Pronto no veíamos nada, nadábamos en una oscuridad líquida.  De pronto se sumaron otros chapoteos a los nuestros, y escuchamos algunos chillidos. Eran delfines de río. Sabíamos que no eran peligrosos, pero en aquella oscuridad nos sentíamos tan vulnerables que aquella compañía igual resultaba aterradora. Los delfines nos rodeaban, nadaban bajo nosotros, nos chocaban con las colas, y en un instante de terror estuve seguro de que me aferraron un pie. El contacto se sintió como si fuera una mano humana. Pataleé y me libré del agarre. 
Los delfines nos abandonaron, y unas brazadas después tocamos tierra. Pero había sucedido una desgracia: solo éramos dos, faltaba Josué. Gritamos y gritamos desde la orilla pero fue inútil, se había ahogado.  Pasamos una noche espantosa. Cuando amaneció partimos hacia el campamento, algo que nos costó casi todo un día de caminata infernal. 

Mientras viva voy a recordar ese día: el miedo a ahogarme, la fatiga, el terror de no saber qué había abajo, y la sensación espantosa que sentí cuando al ahogarse el pobre Josué me tomó el pié. 

  

Cazador De Fantasmas (primera parte)

                               Un encuentro en el monte
Sentí de pronto que no me hallaba solo en aquella parte del monte, entonces miré hacia todos lados: estaba seguro de que alguien o algo me observaba. Ya había experimentado esa sensación aunque en casos muy aislados en el tiempo. En una de esas experiencias, caminaba por una calle solitaria por la noche cuando de repente ese presentimiento me hizo voltear hacia lo alto de un muro, y quedé mirando de frente a un gato que me observaba fijamente. En ese momento lo creí un gato, ahora estoy seguro de que era otra cosa, aunque no puedo asegurar qué cosa era.

Otra experiencia también me pasó en la calle, de noche, y fue mucho mas fuerte. Cuando experimenté la misma sensación giré la cabeza y vi que una mujer me espiaba desde la ventana de una casona; al ser descubierta se hundió en la oscuridad de la habitación en donde se hallaba. Lo extraño de esa situación fue que, aunque la mujer me miraba desde una distancia corta, pues la casa se encontraba muy cerca de la calle, no recuerdo ni un solo rasgo de su cara, la impresión del momento fue que no los tenía, solo su larga cabellera y el contorno de los hombros indicaban que era una mujer.

 Ahora sentía lo mismo y me encontraba en medio de un bosque nativo, y además de la sensación había pruebas de que alguien había rondado en el lugar, y probablemente no con buenas intenciones. Entre las sombras espesas de los árboles descendían rayos de luz que llegaban hasta las raíces retorcidas del monte o iluminaban porciones de suelo negro regado de hojas humedecidas. Al prestar atención me di cuenta de que todos los sonidos venían desde lejos. Cantaban tristemente unas palomas, le hacían la competencia unos zorzales, y sonaban misteriosos algunos sabiá, pero todo era lejos de allí, desde distintos puntos del monte.

Escuchando, pude imaginarme la superficie que abarcaba aquella parte silenciosa; mas no hallé una explicación de por qué estaba así, pues el lugar era igual de frondoso y variado que otras partes; pero era un hecho que allí ni las cigarras estaban cantando. Se me ocurrió que la vida evitaba esa parte de la fronda. Enseguida sonreí por haber pensado algo tan absurdo. Igual volví a echar un vistazo girando hacia un lado y luego hacia el otro, pues algo había sentido. En ese momento creí escuchar una risa apagada, como disimulada, y me invadió un estremecimiento interior que fue acompañado por un súbito incremento de la atención hacia mi entorno. 

Inmediatamente después de ese sonido, o probablemente cuando este todavía se mantenía, sopló una ráfaga de viento bastante fuerte y desde las copas que se agitaron llegaron mil rumores, por lo que no estuve seguro de qué era lo que había escuchado.
Gracias a un fin de semana largo hacía dos días que me encontraba en la fronda practicando supervivencia deportiva; a esa zona había llegado por la mañana y era la primera vez que acampaba allí. Pasar unos días en el monte sin mucho equipo y con poca comida, algo nada extremo pero sí muy vigorizante para el espíritu. Es una forma de revivir el pasado del hombre, cuando dependíamos directamente de la naturaleza para subsistir. Pequeñas aventuras que, al diferir completamente con la rutina de la ciudad dejan grandes recuerdos y hacen mas interesante la vida. De esa aventura el recuerdo es terror puro, porque siempre me siento mal al pensar en eso, incluso ahora que ya he pasado por muchas situaciones así.

En esa ocasión había colocado varias trampas primitivas apenas llegué al lugar. Al revisarlas descubrí que todas estaban vacías pero activadas. En cada una de las trampas había un palo o vara colgando del lazo, evidencia de que alguien lo había hecho. Me las habían saboteado, quién y por qué era un misterio. Lo primero que pensé fue en otro cazador, por eso después de observar mi entorno bajé la mirada para buscar huellas. No es raro que los cazadores deportivos no toleren ningún tipo de trampa, aunque considero que cazar para comer es mas natural que lo que hacen ellos, pues muchas veces desperdician las piezas por capturar de mas. Tras buscar huellas sin suerte volví a donde tenía las trampas. “Si es un cazador el tipo es mas sigiloso que yo y no deja huellas, o sabe borrarlas bien”, pensé. A la risa disimulada la descarté porque creí que fue el viento, algún chirrido de ramas que mi imaginación algo exaltada en ese momento tomó por risa humana.

De la caza ya no podía esperar nada ese día, pero para obtener comida también tenía otros recursos. Desarmé las trampas, guardé las curdas y los gatillos en mi bolso de cuero y salí cautelosamente rumbo al campamento. La naturaleza ahora parecía expectante, todo se encontraba quieto. Acampaba en la orilla de un arroyo que corría por el monte. En aquel agua turbia había dejado varias líneas con anzuelos. Al llegar, una de las líneas estaba hacia un costado y la jalaban dando tirones cortos. En el otro extremo se encontraba enganchado un bagre de buen tamaño. Lo maté rápidamente y lo preparé para asar.

Agregué leña y a soplidos reviví la casi extinguida fogata que había encendido a mediodía. Mientras esperaba que el bagre se aprontara pensé de nuevo en el saboteador de las trampas. ¿Andaría por allí o habría huido? Si no se había ido tal vez buscaba problemas. Era raro que pasara algo así pero era perfectamente posible. El mundo está lleno de locos. Razonando eso lamenté no andar con un arma de fuego. Después pensé que estaba exagerando, que tal vez solo había sido alguien que pasó por el lugar he hizo una broma pesada, o un tipo que demostró su disconformidad con ese tipo de caza. Mas igual quedé alerta. Cuando estuvo pronto el bagre lo comí mientras vigilaba disimuladamente los alrededores, el oído atento al menor ruido. A medida que la fronda se ensombrecía se iban callando los cantos lejanos de la mayoría de las aves. Con el aumento de las sombras el silencio de la zona se iba haciendo mas profundo.

Cuando arrojé el espinazo del bagre a las cenizas al día le quedaba ya muy poco, y empezaron a anunciarlo a los gritos varios grupos de pavas del monte que desafinaban a buena distancia de mi campamento. En ese momento sentí muchas ganas de irme, mas a esa hora era algo insensato porque debía atravesar mucho monte, varios pajonales medio inundados y después un tramo largo entre acacias llenas de espinas. Y apenas le quedaban unos minutos a la luz del día. Atravesar zonas así de noche es un verdadero calvario y puede resultar peligroso. Ahora tenía que aguantar la noche allí, aunque algo me decía que me largara. Experimenté una lucha interior entre hacer caso a mi instinto y huir de un peligro incierto, o quedarme para evitar peligros reales, los de la caminata. Decidí quedarme. Tal vez en realidad no tenía opción, creo que algunas fuerzas ya estaban influyendo en mí.

Aproveché los últimos rayos del sol para juntar mas leña. No pensaba dormir en aquel lugar. Iba a esperar el día sentado al lado del fuego, por eso necesitaba mucha leña, toda la que pudiera juntar. Normalmente hacía fogatas pequeñas, solo lo necesario para cocinar algo o calentar agua. Aquella ocasión era especial porque sentía que entre los árboles rondaba algo.
El arroyo que corría al lado de mi campamento reflejó los últimos rayos del sol y el agua quedó dorada y llena de destellos. Por la tarde había divisado un árbol seco cerca del campamento. Como contra el reloj, quebré y corté rápidamente todas las ramas que pude. Volví con un atado grande sobre el hombro. De a poco la fronda entera enmudeció. Dejaron de gritar las pavas del monte y todo quedó inmóvil, porque hasta el viento se retiró hacia otra parte. Rompía el silencio del ocaso algún esporádico silbido de pato que llegaba desde arriba, bandadas de aves que cruzaban en formación por el cielo gris. Cuando la noche desterró del todo a la claridad del día las llamas de mi fogata arrojaron una luz temblorosa sobre los árboles mas próximos; el resto del monte desapareció en una oscuridad casi absoluta, y algo se escondía en esa oscuridad, y seguramente me miraba desde las sombras.

En la naturaleza las noches parecen mucho mas largas aunque se ande acompañado, y eso se acentúa si uno está solo, y para peor, en esa ocasión me sentía observado. Inmóvil frente al fuego, escuchaba con suma atención y cada tanto encendía la linterna y la apuntaba hacia el origen de algún crujido. Estaba usando una linterna grande y en el bolsillo tenía una pequeña de respaldo que era una linterna táctica muy resistente; a esa, además de usarla en el monte la llevaba también en el trabajo, era una herramienta obligada en mi viejo oficio. Hacía quince años que era vigilante en varios lugares. Aquella linterna, aunque era pequeña, me daba cierta seguridad porque además del uso obvio también servía como objeto contundente si se la empuñaba bien, y había hecho varios cursos de defensa y control de rivales donde se empleaban objetos así. También tenía un cuchillo, mas esa linterna era mi preferida, era una fiel compañera de trabajo. Mas adelante cobró mas importancia todavía porque se convirtió en una herramienta fundamental para hacer algo que jamás imaginé que haría.

Estando atento en aquel monte de pronto escuché algo: «¡Maldito cazador!», dijeron desde la espesura. Me puse en pie de un salto. Era una voz cavernosa, sonaba muy agresiva, tenía algo de arrastrada, como acompañada de un siseo «¡Tendría que destriparte como a un animal!», dijo después «¡Habría que colgarte del cuello!». Lo mas aterrador de aquellas amenazas era que la voz se desplazaba rápidamente por el monte cercano pero no escuchaba pasos, y circulaba por zonas donde una persona no podría hacerlo por lo tupida de la vegetación. Lo que andaba allí atravesaba ramas y troncos sin hacer ruido. La voz hizo que se me erizara la piel y después un escalofrío recorrió mi espalda subiendo lentamente desde la base de la columna. Lo que me amenazaba iba de un lado para el otro, la voz se desplazaba como si atravesara todo, y así era. No cabía otra explicación, era un fantasma. Repentinamente una cara asomó entre la espesura de unas ramas justo cuando las estaba iluminando. No tenía cuerpo.

 Era un rostro humano pálido y sin cabello que me miraba con mucho odio. «¡No deberías andar por aquí, asesino!», afirmó el fantasma.  Mi cuerpo reaccionó ante la presencia sobrenatural que me miraba malignamente desde el follaje; podía sentir como mis cabellos estaban erizados, el corazón quería descontrolarse, daba unas palpitaciones fuertes, después otras mas suaves y lentas, y entre ellas volvían algunos golpes fuertes; me latía de forma muy irregular. El fantasma parecía sentir como se me alocaba el corazón, porque con los latidos mas irregulares sonreía con malicia.  Entonces comprendí que podía morir de terror.

Mi fuerte instinto de supervivencia tomó el control. Ante una amenaza real se puede huir o pelear, nuestro instinto decide, aunque si la voz de este no es muy fuerte uno puede quedar paralizado. ¿Pero qué hacer ante un fantasma? Como él me hablaba, creí que lo mejor era enfrentarlo con palabras; en ese momento me pareció algo muy lógico, como si ya lo supiera. El terror había cedido de pronto ante un tipo de coraje, el que surge cuando la vida está en peligro, y al miedo lo substituyó un estado mental profundamente concentrado, tan intenso que era completamente nuevo para mí. Respiré hondo unas veces y después grité:

—¡El que no tendría que estar aquí eres tú! ¡Los muertos no deben andar molestando a los vivos! ¡Vete de aquí!
—¡Maldito cazador! —me respondió el fantasma—. ¡Habría que despellejarlos a todos, así como ustedes despellejan a los animales!
—¡Lo que yo hago es lo mas natural, es parte del siclo de la vida! ¡En la naturaleza los animales se cazan unos a otros, y los seres humanos somos animales! ¡No existiríamos como especie si no fuera por la cacería! ¡Los que destruyen la naturaleza no son cazadores como yo!
—¡Todos ustedes están contra la naturaleza! —exclamó retorciendo su cara horriblemente— ¡Está en armonía con ella quien no daña a ningún ser vivo!
—¡No! —objeté—. ¡Los que piensan así nunca están conectados con la naturaleza, carecen de instinto, por eso la cacería les parece algo antinatural! ¡Y por eso, aunque estén años explorando un ecosistema, nunca dejan de depender de ex cazadores y guarda parques! ¡Ustedes se creen superiores a los animales, los que cazamos, no! ¿¡Y si estabas en armonía con la naturaleza, por qué moriste aquí!? ¡Y ahora eres una cosa antinatural que espanta a los seres vivos! ¿¡No ves como todo se aleja de esta zona!? ¡Tú no deberías estar aquí, tu presencia contamina el lugar, ya no eres de este mundo! ¡Vete de aquí!

Aquella cabeza sin cuerpo hizo un gesto como de asombro y luego desapareció como si algo la hubiera succionado. Permanecí en estado de alerta máxima no sé cuánto tiempo. Cuando escuché a unos pájaros nocturnos cantando cerca estuve seguro de que el fantasma ya no me iba a molestar mas. Partí apenas amaneció.
Continúa...
Segunda parte: http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com.uy/2015/10/cazador-de-fantasmas-segunda-parte.html

martes, 29 de septiembre de 2015

Queridos lectores...

¡Hola! Los que han leído el cuento “Juego De Payasos” sabrán que lo terminé de forma un poco abrupta y no llegué al final que todos esperaban. Las razones que di son ciertas pero también hay otra: me amenazaron. No pensaba comentarla pero lo voy a hacer.

El blog me ha traído algunas amarguras pero nunca creí que me fuera a traer un problema como este. La situación empezó el sábado. Hace unos días llegó un circo a mi ciudad y el sábado llevé a un sobrino a la última función que es de noche. En la entrada había dos tipos cobrando y un poco mas atrás de estos, tres payasos. Cuando estaba pagando la entrada vi que uno de los payasos agarró bruscamente del brazo al que tenía al lado, y cuando este le prestó atención le indicó con la mirada que volteará rumbo a mí. Miré para atrás pensando que había señalado a otra persona, había una fila detrás de mí. Cuando miré de nuevo a los payasos los tres habían volteado hacia lugares distintos. Me dio toda la impresión de que estaban disimulando.
Al pasar al lado de ellos no quise mirarles la cara, pero sí los veía de reojo, y así noté que uno intentaba esconder una foto en su mano. Solo vi un pedazo de la foto pero inmediatamente me di cuenta que era una ampliación de la foto que uso en Twitter. 

Imagínense, mi sorpresa no fue poca. Enseguida pensé en todos los cuentos de payasos que publiqué, y supuse que esa gente no debía estar muy feliz porque contribuyo a que les teman, aunque ese no sea mi objetivo. Fui a sentarme y no los vi por un buen rato. No sé cuánto después uno de ellos pasó mirando hacia el público y cuando me notó desvió la mirada rápidamente y siguió caminando ahora sin voltear hacia el público. El asunto no me gustó nada. Después que me localizaron vi a los tres juntos; echaban algunas ojeadas rápidas hacia mí y disimulaban.

Por suerte habían llegado unos vecinos y se habían sentado a unos metros. Les pedí que se quedaran un rato con mi sobrino y fui hacia los payasos. Pensé que era mejor encararlos allí, en público. Ni bien notaron que iba hacia ellos empezaron a alejarse y salieron por otra entrada de la carpa. En esa entrada se formaba como un pequeño túnel con la misma lona de la carpa, y esa parte estaba oscura. No quise seguir avanzando. Al voltear hacia la luz, tres voces dijeron a la misma vez desde la oscuridad: “No vuelvas a fomentar el miedo a los payasos”. Las voces estaban coordinadas tan perfectamente que sonaban como una sola que salía de varios lugares. No quedé un minuto mas en aquel circo.

Nada de esto es verdad, como estarán imaginando ¡Jajaja! Pero ahora que tengo su atención quiero decirles que no se pierdan la historia que voy a publicar a partir del primero de octubre. Voy a subir varios capítulos por semana. Gracias por leerme. ¡Saludos!
Su escribidor (menos que escritor), Jorge Leal.  

lunes, 28 de septiembre de 2015

Juego De Payasos (cuarta parte)

¡Hola! En realidad no termina aquí, está muy lejos del final, pero como en esta historia los capítulos no tienen mucha fuerza voy a dejarla por aquí. En los cuentos cortos el autor encamina la historia a su gusto, en las obras mas largas no es así. Esta es la mas rebelde con la que me he topado ¡Jeje! Igual la voy a seguir a ver qué sale. Mientras tanto en octubre voy a subir una pequeña novela corta que titulé "Cazador De Fantasmas" que creo va mas con el blog.
Actualización: He publicado la quinta parte, está al final de esta.
Y para los que no leyeron nada de "Juego De Payasos", esta es la primer parte:  http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com.uy/2015/09/juego-de-payasos.html




                                              El Justiciero 
Hortensia, la bruja, continuaba su celebración riendo a carcajadas y empinando una botella. Ella le había prometido a Limón Verde, el payaso, que cuando él muriera iba a hacer un hechizo para convertirlo en un fantasma muy fuerte. Ella estaba enterada del pasado criminal de payaso y lo admiraba por eso. Siempre la habían atraído los asuntos oscuros y la gente mala. Su abuela la inició en la magia negra cuando era una adolescente. Pero a ella no le interesaba mantenerse en las sombras, ella quería demostrar su poder. Gracias a su imprudencia los del pueblo donde vivían casi la lincharon junto a su abuela. Por esa causa tuvo que huir cuando aún no había aprendido todo el “oficio”. Vivió en la calle durante mucho tiempo hasta que un día se unió a un circo. Allí conoció al payaso y a otros criminales. A donde fueran, si no iba mucha gente a las funciones, en esa ciudad aumentaban los robos por unos días, o si concurría al circo alguien que parecía muy adinerado, era muy probable que desapareciera.

Aquel circo era como una plaga que viajaba de ciudad en ciudad. Sin saberlo, Santiago hizo un gran bien al incendiarles la carpa. Limón Verde era el peor de todos, él se encargaba de las desapariciones, los otros no pasaban de ladrones; y el payaso no se convirtió en un fantasma por haber muerto en el incendio, fue por el hechizo de Hortensia. Sus oscuros compañeros se dispersaron al quedar sin circo. Ella permaneció en la ciudad. Ocupó una casa abandonada y procuró hacerse fama como curandera para sobrevivir. Sus poderes de bruja no eran muchos pero le daba para vivir. Mas odiaba a la persona que al destruir la carpa la había obligado a vivir en aquella casa de maderas viejas. Cuando Santiago confesó aquello por un momento pensó en estrujarle el cuello allí mismo, pero se le ocurrió que el fantasma de Limón Verde iba a hacer un mejor trabajo. Ahora estaba festejando la suerte que había tenido.

Tomó otro trago por sus amigos criminales y levantó la botella en su honor. Le pareció muy irónico que después de tantos años de andar haciendo mal y salirse con la suya, el que logró deshacer aquello era un simple mocoso. En ese momento sintió que la pieza estaba muy sofocante. Cada vez tenía mas calor pero pensó que era por la bebida. Después de toser se dio cuenta que había humo, estaba entrando por la parte de arriba de la puerta. Cuando la abrió de golpe varias lenguas de fuego crecieron hacia ella y le hirieron la piel de la cara. Cerró la puerta de un golpe pero ya era tarde, el fuego ahora estaba en su ropa. Por tomar a las carcajadas se había volcado bebida en el vestido. Giró por la habitación lanzando unos gritos horribles mientras daba manotazos a la tela incendiada que ya se le estaba pegando en la piel. En uno de sus desesperados giros le pareció ver algo por la ventana, e ignorando por un instante el dolor atroz que sentía fijó sus  ojos en una silueta que había afuera y gritó:

—¡Tú, mocoso! ¡¿Cómo pudiste escapar...?! ¡Aaah! ¡Maldito! ¡¿Qué eres...?!

Santiago estaba incendiando las maderas bajo la ventana para que la bruja no pudiera escapar por allí. Arrojó un montón de pasto reseco que tomó del jardín muerto y las lamas al crecer pronto ennegrecieron el vidrio, pero antes que se oscurecieran completamente vio a la bruja retorcerse entre llamas. Madame Hortensia lanzó un último alarido antes de caer completamente envuelta por el fuego. Había sido una bruja y murió como merecía. Santiago salió corriendo de la propiedad y a la cuadra siguió caminando normalmente. Volteó y vio que ahora toda la casa era una hoguera, una hoguera de bruja.

Algo mas de una hora atrás, el payaso fantasmal lo tenía a su alcance. Al salir de la parálisis que le causaba el terror pensó que iba a lanzar  un último grito y que eso sería todo; pero una idea tan rápida como un relámpago se le cruzó por la mente. Tan repentina y clara fue la idea que le pareció que él no pensó aquello, que algo se lo sugirió. Como no podía hacer otra cosa no le costaba nada intentarlo. Metió la mano en el bolsillo y sacó su encendedor. Al mostrarle la llama el payaso retrocedió inmediatamente. El fuego de aquel aparato había comenzado el incendio que acabó con su macabra vida, y de alguna forma tenía efecto sobre él en esta otra existencia. La cara del payaso se deformó mas de tanto odio. 

Intentó acercarse pero la llama lo mantenía a raya. Hacer que el payaso retrocediera tuvo un efecto increíble en Santiago, y dejó de sentir miedo al darse cuenta que aquel ser era tan cobarde como en vida. Así logró salir del terreno. Cuando estuvo a salvo no dudó sobre lo que tenía que hacer a continuación. Nunca había estado tan seguro de algo ni sentido tanta determinación: tenía que quemar a la bruja. Antes de marcharse miró de nuevo al payaso y este retrocedió ahora ante el efecto de su mirada. Quién era el miedoso ahora. Pronto iba a encontrar la forma de mandarlo al infierno.

Continúa aquí: http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com/2015/10/juego-de-payasos-quinta-parte.html

viernes, 25 de septiembre de 2015

Cuentos cortos De Extraterrestres

                              Mi amigo el extraterrestre
Cuando mi amigo me dijo aquello me reí francamente. Después, todavía entre risas, vi que él estaba muy serio. Nos encontrábamos en la sala de mi casa, tomábamos café, y en un momento dado mi amigo me confesó algo que me resultó irrisorio, pero parecía que él no estaba bromeando. Entonces respiré hondo varias veces para contenerme y le pregunté:

—¿Hablas en serio, Saúl?
—Sí— me contestó—. Conozco a un extraterrestre.  
—¿Y cómo es eso? ¿Te secuestraron o algo así? 
—No precisamente. Es difícil de explicar esto sin parecer un loco, porque eso es lo que crees, ¿no?, que estoy loco.
—Yo no creo nada, solo estoy sorprendido. ¿Acaso esperas que alguien te crea de primera?
—Sé que es difícil, pero tengo una forma de demostrarlo. Te lo comenté porque mi amigo extraterrestre quiere conocer a alguien más y pensé en ti.
—¿Dices que ese extraterrestre es tu amigo? ¿Conoces a otros?
—Son varios, pero solo uno se comunica conmigo. Tal vez no es mi amigo, pero me gusta llamarlo así. Esta noche van a venir. Acompáñame al bosque que está en la ruta dos y verás, si te animas.
—Vamos, por qué no. Tus amigos son mis amigos ¡Jaja! —bromee a lo último...

Saúl terminó su café y se despidió. Lo acompañé hasta el portón y lo vi alejarse en su coche. ¿Estaría loco mi amigo? Lo que sí tuve claro era que iba a ir al bosque, porque soy por demás curioso. Saúl regresó a mi casa al anochecer y de ahí partimos juntos.

—Espera y verás, te lo aseguro. No miento ni estoy loco —afirmó Saúl mientras conducía hacia el bosque.

Estacionó el auto en un camino que se apartaba de la ruta. Allí sacó unas linternas, e iluminando nuestro camino nos adentramos en la espesura. Yo no sabía qué decir. La situación ahora se iba tornando atemorizante para mí. Aunque caminábamos lento empecé a agitarme un poco. ¿Y si era cierto lo de los extraterrestres? Sorpresivamente, la calma que había en el bosque oscuro se tornó vendaval. Todo se sacudía horriblemente. Al iluminar los árboles vi que estos se inclinaban hacia el mismo lado, como si los azotara un remolino pequeño, y de pronto un montón de hojas volaban en derredor nuestro arremolinándose locamente.

—¡Son ellos! —me gritó Saúl—. No te asustes. 

En medio de aquel caos sentí que me hormigueaba todo el cuerpo y me volvía más liviano. Luego, nada, una laguna en mi memoria. Cuando me recobré de ese estado me encontraba parado en el mismo lugar. Tenía algo en la mano, eran las llaves del auto de Saúl. Mi amigo no estaba allí. Lo llamé a gritos pero fue inútil. Tras buscarlo en vano regresé al auto, los esperé hasta el amanecer y finalmente me marché sin él. Cuando llegué a mi casa no sabía qué hacer. Decidí esperar un poco más antes de llamar a la policía, y por suerte mi decisión fue acertada. Saúl apareció en mi casa por la tarde. 

—Disculpa —me dijo—. No te aceptaron, y no puedo hablar más de ellos contigo, lo siento. 

Y se fue sin querer darme explicaciones.  Desde ese día pasé tiempo sin verlo. Lo encontré un día en una plaza, pero ya no era él. Actuaba raro, todo parecía ser una sorpresa para él, como si no conociera nada, y hasta caminaba raro, como si no estuviera acostumbrado a andar con aquel cuerpo. Entonces me aparté sin que aquella cosa me notara.
                                     
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                                La Tierra Bajo Ataque
 Hugo combatía en el “Escudo de la Tierra”. Le llamaban así a una formación de naves unipersonales que orbitaban el planeta para protegerlo de los ataques extraterrestres. Hugo se había quedado dormido en su puesto, tenía los antebrazos apoyados en una parte libre del tablero, y sobre ellos descansaba la cabeza. Estaba atado a su asiento, por la falta de gravedad. 

Cuando sonó un alarma Hugo se sobresaltó, y por costumbre llevó las manos a los controles. Una pantalla indicaba que se acercaban tres naves extraterrestres.  Se movían tan rápido y describiendo trayectorias tan erráticas que hacían que atinarles fuera muy difícil. Se necesitaba una coordinación de hombre y computadora.  Hugo veía a las naves en una pantalla como si fuera un videojuego, pero aquello era muy real y mortal. Las naves se movían raudamente por el oscuro fondo del espacio. Hugo empezó a dispararles y le respondieron. Los rayos atravesaban el espacio y se perdían en la nada sin darle al objetivo. Uno de los pilotos extraterrestres casi le dio, pero al fallar quedó vulnerable y Hugo lo alcanzó con una descarga, reduciéndolo a finos escombros que se dispersaron enseguida. 

Un nuevo disparo, este fortuito, destruyó otra nave invasora, mas la tercera parecía inalcanzable. Hugo ya empezaba a sentir que lo iban a liquidar cuando un rayo alcanzó al extraterrestre. Lo había destruido un compañero que se había unido al combate.

—Creo que acabo de salvarte, Hugo— le dijo el otro piloto por el radio. 
—Sí que lo haz hecho, era hábil el desgraciado, creí que era mi fin, gracias. 
—De nada, para eso estamos, tal vez mañana sea yo. ¡Cuidado! ¡Un fragmento va hacia ti! —le advirtió de pronto el otro piloto, pero ya era demasiado tarde. 

Un fragmento de nave de otro enfrentamiento orbitaba la tierra como un proyectil e impactó con la nave de Hugo, que inmediatamente empezó a caer. Al ingresar a la atmósfera el aparato quedó envuelto en llamas. Dentro de aquella bola de fuego Hugo intentaba estabilizar la nave.  Lo consiguió cuando todavía se encontraba a gran altura, por lo que pudo desacelerar, pero no iba a poder volar mucho tiempo. Se sintió algo aliviado al ver que no iba a caer sobre una ciudad, pero, ¿dónde estaba? Casi todo el sistema estaba por fallar, mas pudo averiguar que estaba sobre la Selva Amazónica. Al divisar un gran río descendió hacia él y voló al ras. Cuando tocó la superficie del agua parte de su nave se hizo pedazos. Ahora se parecía más a una lancha. Enderezó hacia la orilla antes de perder todo el impulso y empezar a hundirse. La nave se internó largo trecho en la selva, arrasando todo a su paso hasta que finalmente se detuvo.
   
Hugo salió a la selva y se sentó a serenarse y a pensar.  Sabía que no iban a rescatarlo. Con los extraterrestres asechando la Tierra necesitaban todos los recursos disponibles para defenderla. Tenía que salir de allí solo.  Pensando en esos casos, cada nave era equipada con elementos de supervivencia de avanzada tecnología, y allí le iban a ser muy útiles. Le esperaba un viaje larguísimo, difícil, peligroso, pero Hugo le temía más a otra cosa: temía que cuando volviera a la civilización, esta ya no fuera humana. 

                                      - - - - - - - - - - 

                               El Planeta Depredador
Dos lunas iluminaban aquel cielo y unas nubes muy delgadas que siempre estaban presentes formaban franjas que tomaban distintos tonos pálidos.

Denis y Alejandro estaban tendidos boca arriba sobre una hierva que se empecinaba en crecer cerca del tejido electrificado. Los dos muchachos contemplaban el cielo con un aire soñador, aunque su conversación era sobre temas triviales.  Del otro lado del tejido, no muy lejos de él se elevaba a gran altura el interminable bosque que unía casi todo el planeta, y allí habitaban todo tipo de criaturas peligrosas.  Al planeta lo llamaban (además del nombre que le dieron los científicos) “Depredador”, pues casi todas las criaturas eran depredadores y presas a la vez. Era un mundo completamente hostil y algunos de sus animales eran formidables, eran el producto de millones de años de depredar. 

Detrás de los muchachos estaban las edificaciones de las personas, que seguían un viejo diseño abovedado pero por dentro eran muy sofisticadas. Era una de las tantas colonias que se habían construido en los claros del planeta. Hacía poco que los humanos se habían asentado allí, y eso fue luego de disputar el planeta con una raza extraterrestre que también viajaba por el universo. Los humanos habían vencido, pero los extraterrestres no estaban acabados, y todavía pretendían colonizar el lugar. 
Denis fue el primero en ver una nave recortándose en el cielo. Inmediatamente aparecieron otras. Los muchachos se levantaron a toda prisa y se miraron de frente:

—¡Son los extraterrestres!—exclamaron casi a la vez. 

Lo curioso de esa palabra, extraterrestres, era que ellos tampoco habían nacido en la Tierra, ni sus padres, ni sus abuelos… pero de todas formas se consideraban terrestres.

—¡Van a atacar! —gritó Alejandro, y los dos corrieron rumbo a sus hogares dispuestos a defenderlos. 

El ataque fue rápido, preciso y sorpresivo. Volando al ras del bosque los extraterrestres habían conseguido burlar los radares. Dispararon sus rayos a unos puntos estratégicos: los generadores de la colonia. Cuando las defensas de la colonia reaccionaron los atacantes se marchaban raudamente, y solo alcanzaron a una nave, que tras explotar cayó a la espesura del bosque. Cuando Denis y Alejandro alcanzaron las edificaciones aquello era un caos, aunque en el desorden algunos intentaban apagar los incendiados generadores. Los muchachos enseguida entendieron la gravedad del asunto:

—¡La valla eléctrica no debe estar funcionando! —se dio cuenta Alejandro.
—Ese era su objetivo —razonó Denis. 

Pronto los animales iban a descubrí esa debilidad e intentarían saltar o romper la valla, invadiendo el lugar. Iban a demorar días en reparar los generadores y durante ese tiempo estarían más vulnerables. Algunos tenían que vigilar el perímetro, y para no dañar la valla debían estar en el exterior de ella.  Denis y Alejandro se ofrecieron como voluntarios. Pronto iban a averiguar qué tan salvaje y peligroso era el planeta Depredador. 


Juego De Payasos (tercera parte)

  ¡Hola! Seguimos con la tercer parte de este cuento de terror de payasos. Si no leyeron la primer parte, aquí está: http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com.uy/2015/09/juego-de-payasos.html                                        




                                           El Hechizo
Los padres de los amigos de Santiago no habían dormido en toda la noche. De madrugada se combinaron para ir juntos a una comisaría y hacer una denuncia. Como habían pasado muy pocas horas los policías no los tomaron en serio. Al amanecer volvieron a insistir. Normalmente no buscan a nadie cuando solo hace unas horas que se perdió, pero como a un comisario le pareció que el asunto ya se estaba tornando raro, comenzó la búsqueda. El punto de partida fue el parque y allí se quedaron. Uno de los juegos mecánicos tenía una base bastante grande hecha de madera que medía unos treinta centímetros de altura. Cuando un policía inspeccionaba el lugar de pronto vio algo entre el espacio de dos maderas, tuvo la impresión de que estaba viendo ropa. Acercó la cara para ver de qué se trataba realmente y enseguida se apartó horrorizado. Los cuatro estaban retorcidos allí abajo. La investigación enseguida enfiló hacia Santiago. Los policías tenían la esperanza de que él hubiera visto algo.

Luis le informó la terrible noticia y Santiago se puso a llorar. Tuvieron que llevarlo así porque los policías querían interrogarlo. A pesar de lo terrible de la situación pudo apegarse a su plan. Lo llevaron a una habitación pequeña con solo una mesa y un par de sillas. Como era menor dejaron que sus padres estuvieran presentes y también había una asistente social. Con aquellas miradas inquisitivas sobre él no fue nada fácil y sintió miedo mas compensó eso con astucia. Le preguntaron varias veces y de distintas formas si no había visto a alguien que le despertara alguna sospecha, o que ahora lo asociara con la muerte de sus amigos. Cuando dijo varias veces que no había notado nada raro en ninguna persona era sincero porque para él el payaso era un monstruo. Superó esa prueba en parte porque los detectives, no acostumbrados a hechos así en aquella pequeña ciudad, habían apuntado todas sus sospechas hacia la gente del parque y a él lo veían solo como a una posible víctima que tuvo suerte. 

De todas formas ese día fue terrible para Santiago y varias veces estuvo a punto de hablar del payaso fantasmal. Se contuvo porque no creía que pudieran hacer algo contra aquel espectro, hablar de eso solo lo iba a perjudicar a él. Por la noche vino una etapa peor: el velorio de sus amigos. Los velaron a todos juntos. Mas de una vez le pareció que los padres de los difuntos lo miraban con odio. Solo él se había salvado y los otros estaban en cajones. No era algo racional que pensaran eso de él, pero durante las primeras etapas de una pérdida a veces se buscan culpables y los sobrevivientes de una tragedia suelen ser el blanco. A pesar de su corta edad, gracias a su inteligencia Santiago intuía muy bien por qué los padres de sus amigos reaccionaban así, mas de todas formas eso lo hizo sentirse culpable de nuevo. Luis, que también había observado aquellas miradas, se acercó a su hijo para decirle al oído:

—No tienes que sentirte mal por seguir aquí. La culpa de todo la tiene el que hizo esto; de ese ya se va a encargar la justicia, la del hombre o la divina.

Esas palabras no lo consolaron porque él sabía que el payaso fantasmal estaba mas allá de la justicia del hombre, y de alguna forma había escapado a su destino que seguramente era el infierno. Pero tenía que haber alguna forma de enviarlo al infierno y redimirse, si es que tenía alguna culpa, solo tenía que buscarla. 
Pasada la medianoche regresaron a su casa para tratar de dormir un poco. Temprano por la mañana fueron al entierro. Con los ojos llenos de lágrimas les juró en silencio a sus amigos que los iba a vengar, y le pareció escuchar sus voces alentándolo con aquel tono medio en broma que solían usar aunque hablaran en serio. Mientras tanto la investigación seguía pero no obtenían resultados. Todos los esfuerzos de la policía terminaban de pronto en un callejón sin salida. Interrogaron nuevamente a Santiago y este volvió a repetirles lo mismo. Durante ese interrogatorio uno de los detectives reveló algo que le aportó un dato importante; le dijo que unos niños decían haber visto fugazmente a un payaso. No sabían que hacer con esa pista porque ninguna persona mayor lo había visto también. Aquel dato sorprendió a Santiago y se sintió en apuros porque advirtió que los detectives lo notaron; pero salió de la situación al confesar enseguida que le tenía algo de miedo a los payasos y que se había impresionado un poco al imaginarse uno rondando el parque sin que él lo notara. Le creyeron. Consideraron que la presencia de un payaso real era algo muy improbable porque entre tanta gente algún adulto tenía que haberlo visto, y entre los trabajadores del parque no había pruebas de que alguno se hubiera disfrazado. Los niños habían estado juntos antes de decir eso y era razonable suponer que uno lo había inventado y los otros simplemente lo repitieron.

Mientras seguían enredados en el asunto Santiago pensó qué hacer. Ahora le resultaba mas apremiante que nunca eliminar al payaso porque si otros niños también lo vieron eso significaba que no se había manifestado solo por él. El payaso atacó a sus amigos porque él se presentó esa noche junto a ellos, pero de no haber ido igual el payaso hubiera asesinado a otros. Sin dudas podía moverse o solo tenía poder dentro de aquel terreno. Ahora el parque estaba cerrado al público por causa de la investigación, y cuando sus trabajadores ya no fueran requeridos se iban a marchar enseguida; pero cuando volviera otro parque o circo el payaso atacaría nuevamente. Mientras el lugar se mantuviera vacío no pasaría nada porque nadie atravesaba aquel terreno de noche porque las malezas crecían rápidamente allí y no se acostumbraba cruzar por él.

La policía al final no halló a ningún culpable. El jefe de policía de la ciudad, rodeado de micrófonos en una rueda de prensa, con mucho tacto y sutileza dejó entender que aunque no encontraron pruebas creían que el culpable era parte del personal del parque de diversiones, y que aunque no pudieron atraparlo, por lo menos harían que aquella gente se marchara de la ciudad para no volver mas. Los ciudadanos no quedaron conformes con ese resultado pero por lo menos se tranquilizaron al creer que el asesino se iba a marchar lejos. Solo Santiago sabía que continuaba allí.

Durante todo el revuelo él pensó cómo consumar su venganza, y cuando la calma volvió a la ciudad puso en marcha su plan. La muerte de sus amigos sucedió a principios de las vacaciones, y ya estaban por terminar cuando dio el primer paso. Había juzgado conveniente aprender todo lo que  pudiera sobre fantasmas. Como era un muchacho muy estudioso no tuvo que inventar una excusa para ir a la biblioteca. La bibliotecaria se alegró al verlo, y como estaba enterada de su pérdida se mostró mas amable de lo que normalmente era. Santiago era un muchacho de trece años bastante alto para su edad pero de cara infantil, con ojos marrón claro y un pelo lacio que siempre usaba muy corto. Enseguida comprendió la causa de la amabilidad de la bibliotecaria. Desde la muerte de sus amigos muchos lo trataban así, a veces escuchaba algún comentario tipo: “Este se salvó por poco”.

Aunque era una biblioteca muy completa no fue fácil encontrar algo sobre fantasmas que no fueran cuentos o novelas de terror. Las recopilaciones de leyendas de terror tampoco le sirvieron, y menos los libros donde afirmaban que los fantasmas no existen. A veces apartaba los ojos de la lectura y miraba en derredor. Tantos libros y ninguno que le sirviera. Su búsqueda duró varias jornadas pero no logró encontrar nada importante. Cuando ya empezando a creer que le había jurado en vano a sus amigos, una conversación que escuchó a medias le brindó un posible recurso: la ayuda de una bruja. Algunos le llamaban curandera; ella se hacía llamar Madame Hortencia. Desde hacía un tiempo Santiago había escuchado algunos rumores sobre ella. En una ciudad chica los chismes corren por todos lados y rápido. Algunos decían que tenía poderes y que sanaba, otros afirmaban que era una charlatana, y un buen número aseguraba que tenía poderes solo para el mal, y que por dinero hacía “trabajos” contra cualquier personas, y que por lo tanto era mas bruja que curandera. Él había escuchado sobre ella pero no recordaba haberla visto personalmente, o la había visto pero sin asociarla a su nombre. Por qué no probar suerte con aquella bruja, tal vez ella podría darle alguna fórmula o hechizo.

Tenía dinero que sus abuelos le daban y él nunca gastaba. Sabía dónde vivía la bruja porque era en una de las propiedades mas destartaladas de la ciudad. Era una casa baja pero grande hecha completamente de madera que apenas asomaba tras un jardín tan seco como ella. La última vez que Santiago había pasado por allí tenía las ventanas y la puerta tapiadas. Si la bruja vivía en ella no hacía muchos años, y como los rumores sobre su trabajo eran bastante recientes todo indicaba que había llegado de otra ciudad. Santiago suponía que para exponer bien su problema iba a tener que confesar lo del incendio del circo y eso no le gustaba, mas no sabía qué otra cosa podía hacer. Era bastante lógico suponer que con dinero de por medio la bruja sabía guardar secretos. De todas formas tenía que arriesgarse. Como ya habían comenzado las clases tuvo que faltar porque quería que su entrevista con la bruja fuera secreta. La maltrecha vivienda se encontraba en el cinturón de la ciudad y tuvo que caminar muchas cuadras para llegar a ella.

Hizo una pausa frente a la propiedad. Pensaba que no le gustaría meterse allí de noche, cuando al bajar un poco la vista notó un cartel que colgaba en el portón: “Se atiende solo de noche, de las ocho hasta las doce. No venga antes. Llamar a la puerta”. Había faltado para nada y tenía que ir de noche a aquel lugar tan tétrico. Como no podía volver enseguida a su hogar mató las horas en una pequeña plaza, sentado a sus anchas y masticando la punta de una brizna de pasto. Pensó en una excusa que le permitiera visitar a la bruja por la noche. Inventar una nueva amistad y una visita a esta era algo peligroso de sostener. Marchó hacia su casa con el ánimo muy bajo. Cuando sus amigos estaban vivos salían los fines de semana y a veces pasaban la noche en la casa de uno. Ahora con qué excusa iba a salir de noche. Le seguía buscando una solución a eso cuando esta llegó sola. Lo invitó a su cumpleaños un compañero de clase que nunca antes lo había hecho. Santiago intuyó que detrás de esa decisión debían estar los padres del chico: “Invita al muchacho aquel que perdió a sus amigos”. No le gustaba que le tuvieran lástima pero no podía desperdiciar esa oportunidad.

La fiesta empezaba al anochecer y Santiago se mantuvo allí hasta las ocho menos cuarto. Se alejó lo mas disimuladamente que pudo y una vez en la calle apuró el paso pues la casa de la bruja estaba bastante lejos. Sus padres lo habían dejado ir solo y podía estar hasta la hora que quisiera. Esa noche soplaba mucho viento y en las calles del cinturón de la ciudad volaba un polvo fino producto de la sequía que todavía no abandonaba la región. Al pasar por una calle bastante oscura Santiago miró hacia arriba. En el cielo no titilaba ni una estrella y negros nubarrones se amontonaban inquietos prometiendo una tormenta que aún no llegaba. Pero el ventarrón seco y polvoriento molestaba tanto como un chaparrón. Tan fea estaba la noche que hasta pensó en no ir, mas enseguida recordó a sus amigos y siguió. Al alcanzar la propiedad, el viento jugaba en el jardín reseco sacudiendo las plantas y produciendo diferentes sonidos, todos inquietantes. Empujó el portón y caminó hacia la débil luz ubicada sobre la puerta. El sendero era angosto y las ramas se inclinaban para tocarlo. Haciendo caso al cartel que dejó atrás, golpeó la puerta con la mano y esperó una respuesta. ¡Pase! Dijo una voz desde las entrañas de la casa. Al ingresar a la vivienda entró con él una ráfaga de viento y varias cosas se agitaron en la oscuridad de la habitación. Eran cortinas de tul oscuro colgando en varias partes de la sala. Así ambientaba la casa la bruja para impresionar mas. Las cortinas flotaron como fantasmas hasta que cerró la puerta. La habitación era ahora una boca de lobo pero en el fondo de esta había un corredor por donde llegaba algo de luz. Desde el final de ese corredor llegó también la voz que lo había hecho pasar y esta vez lo invitó a seguir. En la habitación donde estaba la luz había una mujer sentada frente a una mesa pequeña, en el lado opuesto de la mesa había otra silla. Era una mujer de cabellera ondulada y muy voluminosa, de labios voluptuosos y nariz delgada y larga, ya por los cuarenta pero muy bien conservada. Cuando se levantó Santiago descubrió que era muy alta. Llevaba puesto un vestido negro y la tela se apretaba a unas curvas bien proporcionadas. Santiago supo que ya la había visto antes pero no recordó dónde. La mujer dio unas zancadas hacia él señalando el corredor por donde había llegado.

—¡Largo de aquí, mocoso, esto es para gente grande!
—Tengo dinero —se apuró en decir Santiago, y sacó los billetes de su bolsillo y se los mostró.

Entonces ella bajó el brazo, los ojos fijos en el dinero, para después sonreír e invitarlo a sentarse con un gesto de su mano. Se sentó frente a él y le preguntó con una voz entre solemne y burlona:

—¿Qué lo trae por aquí, jovencito? ¿Algún problema del corazón tal vez?
—No. quiero, quiero que me enseñe cómo destruir a un fantasma.
—¿A un fantasma? Déjame adivinar, ¿está en el clóset, o bajo la cama?
—Está en el terreno donde estuvo el parque de diversiones —le contestó Santiago.

La mujer dejó de sonreír y lo miró directamente a los ojos. Santiago creyó ver un temblor en el rostro de Madame Hortensia y por un instante le pareció que esta iba a saltar sobre él. Finalmente ella dijo:

—Así que viste un fantasma en aquel terreno. Presiento ahora que tienes mucho que decirme. No me ocultes nada o no podré ayudarte. Debes decírmelo todo.

Santiago ya había supuesto que debía confesar todo, así que lo hizo. Empezó contando primero lo del circo. Cuando él terminó su historia ella sonrió ampliamente y habló:

—Jovencito, estás de suerte. Hace unos días me llegó un amuleto muy especial. Es contra un hechizo muy raro que puede invocar a un fantasma y fortalecerlo. Así es, ese fantasma no es como otros, lo sé por lo que pudo hacer. Alguien debe haber enterrado un hueso del payaso allí y luego hizo el hechizo. Tienes que ir esta misma noche y con el amuleto que te voy a dar deberás encontrar el lugar exacto donde está enterrado el hueso y echarle agua bendita. Con eso bastará.

—¿Y cómo voy a saber dónde estará el hueso? —Preguntó Santiago.
—El amuleto tiene que colgar de una cadena, y al acercarse al lugar se va a inclinar hacia él.
—Pero si voy ahora el payaso me va a matar también —repuso Santiago.
—Eso no va a pasar porque te voy a dar otro amuleto para que el payaso no pueda hacerte nada. Espera aquí, enseguida regreso.

Si el payaso lo había asustado entre toda aquella gente, si lo veía solo iba a ser mucho peor. ¿Y por qué ir de noche? Aquella idea le parecía muy mala, y cuando Hortensia regresó se lo dijo:
—¿Y por qué tengo que ir de noche, no puede hacerse de día?
—Hay que hacerlo cuando el fantasma está mas poderoso —le explicó la bruja—. El amuleto no puede hallarlo cuando su energía ha disminuido, y así nunca encontrarías el hueso.
—Y si yo le pagara, ¿no podría hacerlo usted?
—En este caso no. El fantasma no se va a manifestar ante la presencia de alguien mayor. Pero no te preocupes, con este otro amuleto no va a poder acercarse ni a diez metros de ti. Si tienes mucho miedo, no vayas, no tienes una obligación con nadie.
—Sí, voy a ir —afirmó Santiago, y se levantó.
—Eso es, que valiente. Déjame que te coloque este amuleto —y le colgó al cuello un medallón metálico grande que tenía unos relieves sumamente intrincados.

También le dio otro que parecía un péndulo, con ese debía encontrar el hueso, y le tendió un frasco con agua que Santiago aceptó con una mano temblorosa. Él le dio el dinero. Cuando se iba a marchar ella le tomó la cara con las manos y le dio un beso en la frente.

—Ve con confianza, muchacho. Mi energía está contigo. Ve y manda a ese payaso al infierno.

El gesto de ella le inspiró confianza y abandonó la casa pensando en el beso que aún sentía en la frente. Él solo era un adolescente y ella era una mujer impresionante. Pero apenas recordó al payaso volvió a sentir miedo. Le aterraba la idea de ir hasta el terreno solo mas no le podía fallar a sus amigos. La vida de otros niños también dependía de él. Caminó rumbo al terreno sintiendo lo que experimentaban algunos guerreros al encaminarse a una batalla. Llegó al lugar. Ya no había nada allí, hasta habían retirado las cintas policiales. Las luces de la calle no abarcaban toda la extensión del baldío. Se agachó para ver si distinguía algún relieve. Muy dentro de él esperaba ver a aquel payaso desde la calle y así no ingresar al lugar. No vio nada. Respiró hondo varias veces y alcanzó la parte de tierra. En la mano izquierda llevaba colgando el amuleto. El objeto se hamacó un poco por efecto de los pasos mas no señalaba hacia ningún lado. Avanzó girando la cabeza continuamente y mirando de reojo al amuleto. Cuando iba a dar un paso su pierna se enganchó en algo y casi cayó. Al mirar hacia abajo, lo que lo estaba deteniendo resultó ser una mano que sobresalía de la tierra. Y así como un topo se asoma en su madriguera, el payaso emergió de la tierra asomando primero la cabeza, después se elevó el resto del cuerpo. Salió del suelo pero no dejó un hueco en él porque era un fantasma. Santiago no seguía atrapado pero igual no pudo moverse. El payaso ahora estaba frente a él, mirándolo a los ojos. Experimentaba mucho terror pero no pudo ni gritar. Varias ideas cruzaron velozmente por su mente y comprendió todo en un instante. A la bruja no la vio en la ciudad, fue en el circo. La había visto fugazmente cuando esta intentaba apagar el fuego junto a sus compañeros. Ella había hecho aquel hechizo, y los amuletos que tenía no servían para nada. El payaso acercó su horrible cara a la de él y le dijo:

—Ahora si te tengo, miedosito.

Continuará...
"Juego De Payasos" última parte: http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com.uy/2015/09/juego-de-payasos-ultima-parte.html

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Sobre El Mar

                                   Un Gigante De Mar
   El cielo matinal ya se estaba despejando y unos rayos solares enormes atravesaban las nubes grises hasta llegar al mar. El mar aún estaba oscuro y bastante agitado. Una tempestad había asolado aquella costa el día y casi toda la noche anterior. Ahora la naturaleza volvía a calmarse.

sábado, 19 de septiembre de 2015

Una Narración De Duendes

Unos boy-scout estaban acampando en un bosque. Cuando se hizo noche se sentaron en torno a una fogata y se pusieron a contar cuentos cortos. 
El humo de la fogata se elevaba para después disiparse en el cielo estrellado. El bosque oscuro estaba inmóvil, como si también escuchara atento las historias. Cuando uno terminaba su cuento le tocaba al de al lado, y si este no tenía uno seguía el próximo.  Cuando le llegó el turno a Rafael, él primero aclaró:
Lo voy a contar como si me hubiera pasado a mí, pero es solo un cuento de duendes que inventé. 
Narrarlo en primera persona es una técnica que se usa en algunas historias afirmó uno de los mayores...

Sí, lo voy a narrar así. Empiezo: Yo estaba reconociendo el terreno donde nos habíamos mudado. Mis padres todavía se encontraban acomodando muebles y limpiando. El terreno era grande y tenía varios árboles. Pensé que iba a ser un lugar de juegos increíble. Podía acampar allí, hacer una casa en un árbol… lo que quisiera. Con eso en mente me puse a examinar el árbol más grande que había.

"El sol ya estaba bajo y sus rayos se iban ocultando tras una huerta vecina. El árbol, en la base del tronco tenía una grieta que se ensanchaba como una entrada, y de pronto un rayo de sol que se filtró casi horizontal iluminó la grieta, y el interior de esta brilló, y eran reflejos plateados, rojizos, verdosos, y sobre todo dorados. Y todos esos reflejos salían de joyas y monedas que estaban en el interior del tronco. Al ver aquello abrí la boca asombrado, pero repentinamente mi asombro se volvió miedo, porque de la nada salieron de pronto unas caras pequeñas y deformes que me miraron fieramente desde el interior del tronco. Lo primero que pensé fue que eran duendes, aquel era un tesoro de duendes. 

"Dejé el lugar a los gritos y fui hasta donde estaban mis padres. Cuando les conté lo que había visto obviamente no me creyeron, pero como realmente estaba asustado mi padre fue a ver de qué se trataba.  El sol ya había bajado casi del todo, por eso mi padre llevó una linterna para iluminar el interior del tronco.  Al estar acompañado ya no sentía miedo. Yo mismo apunté el haz de luz, y las joyas volvieron a brillar, y mi padre quedó evidentemente asombrado. Un instante después aparecieron los duendes, mas desaparecieron enseguida, y con ellos las joyas. En el hueco del tronco no había nada. Aquello solo podría ser obra de los duendes, tenía que ser algún tipo de magia. 
Un cura de la iglesia del pueblo iba a ir a bendecir la casa. Cuando fue, mi padre no sabía cómo decirle lo de los duendes, y solo le dijo que cerca de aquel árbol se sentía algo raro y le pidió que fuera a verlo. El cura quiso ir solo. Al rato volvió con el rostro pálido. Nos contó que apenas se iba acercando al árbol escuchó cuchichear a los duendes. Cuando se marchó nos prometió que iba a enviar a alguien para que nos ayudara. 

"Pasaban los días y no venía nadie. Mis padres no me dejaban andar por el lugar si no estaba con ellos. Algunas noches sentíamos que los duendes corrían y saltaban por el techo de la casa, y desaparecían cosas. 
Finalmente llegó un cura de Italia. Nos dijo que debíamos acompañarlo en el ritual. Después de rezar un poco en la casa fuimos hasta el árbol. El cura se puso a leer algo en latín. Enseguida los duendes comenzaron a chillar como si aquellas palabras les causaran dolor. El ritual fue largo. Finalmente el cura cerró el libro y echó agua bendita en el tronco. Luego nos pidió que lo lleváramos a la casa; el ritual lo había cansado bastante y era un hombre viejo. Ya repuesto nos aseguró que los duendes no iban a volver.

"Apenas se marchó fui hasta el árbol con mi padre, y, ¡que grata sorpresa! Las joyas estaban allí. 
Mi padre tomó las primeras joyas con cierto temor, pero al comprobar que era seguro las tomamos todas. Entre aquellos objetos carísimos estaban algunos que habíamos perdido. 
La casa del terreno era muy vieja, y en sus mejores épocas seguramente vivieron en ella varias familias adineradas, y de allí los duendes obtuvieron su tesoro, y probablemente también de las casas vecinas, de todo el pueblo. Y ahora ese tesoro es nuestro así concluyó su cuento Rafael. 

Los muchachos que conocían a Rafael quedaron dudando. ¿Aquello sería solo un cuento? Cierto era que la familia de él tenía un origen bastante humilde, y que de pronto habían pasado a poseer una fortuna cuyo origen nadie conocía. 

viernes, 18 de septiembre de 2015

Un Viaje En Globo

Mi primo Roland me sorprendió gratamente el día de mi cumpleaños, pero por causas que no fueron su culpa casi fue el último; y la situación fue extraña y aterradora. 
Desde lejos vi de que se trataba la sorpresa. Un grupo de hombres estaba inflando un globo aerostático enorme. Cuando estuvo listo el globo subimos en él y empezó lo que creímos iba a ser una pequeña aventura, que al final terminó siendo una tragedia...

Solamente íbamos Roland, el piloto, un tipo que se llamaba Mark, y yo. La barquilla (llaman así al enorme canasto de mimbre donde va la gente) era de grandes dimensiones, mas no disponíamos de tanto espacio porque cargábamos más tanques de propano de lo que se acostumbra, porque nuestro vuelo iba a ser largo. 
El paisaje allá abajo se mostró como un mapa, y al pasar encima de un pueblo vimos manzanas enteras, líneas delgadas que eran calles, manchones verdes que eran arboledas, y cuando el piloto descendió lo suficiente la gente salió a las veredas a saludarnos.  

Cruzamos luego sobre un bosque tupido y vimos los claros que había en este. Tierras plantadas con diferentes cultivos parecían enormes colchas de retazo con varios tonos de verde, marrón y amarillo, ¡un espectáculo para la vista!
Merendamos en el aire, entre risas. Mi primo a cada rato me preguntaba qué me parecía el vuelo.

—Y cuando sea mi cumpleaños, ¿cómo vas a igualar esta sorpresa que te di? —me preguntó.
—Ya veré cómo —le contesté—. Tal vez contrate a unas porristas o algo así, ¡jajaja…!
—¡No arruines la sorpresa! ¡Jeje! 

Mark, el piloto, sonreía a veces con nuestras ocurrencias pero enseguida quedaba serio y volvía a vigilar el cielo. Cuando manipulaba el quemador que calentaba el aire del globo Roland le hacía un montón de preguntas; Mark le contestaba todas pero sin mirarlo, pues cuando no tenía la vista en el altímetro o en la llama del quemador vigilaba el cielo como esperando ver algo.
Cuando llegó el atardecer, un lago enorme reflejó un dorado estupendo, como si fuera de oro. Luego el paisaje se fue apagando y vimos como se extendían las sombras, y pronto lo que había en las zonas bajas dejó de verse en la oscuridad. 
Nuestra provisión de propano nos iba a permitir volar durante toda la noche.

Mientras cenábamos sentados en el piso de la barquilla, Mark pareció dejarse llevar por esas ganas de narrar cosas que se apoderan de los hombres al acampar o al compartir algo en un grupo pequeño. Y así empezó a contarnos por qué empezó a volar en globos, y llegó a una parte que me sorprendió: 

—Escudriño el cielo —nos dijo—, porque sé que hay ovnis. Sí, creo en los extraterrestres, y es más, estoy seguro de que me raptaron una vez. No sé para qué, ni sé si van a volver a hacerlo; pero no tengo miedo. 

Qué decir después de escuchar semejante declaración. Dije lo que creí más conveniente, y Roland enseguida salió con otro tema. 
Luego Mark durmió un par de horas. Roland, según instrucciones del piloto, vigilaba el altímetro y manipulaba el quemador (él siempre fue muy osado, y creo que Mark era un poco imprudente). Cuando el verdadero piloto tomó el control, me recosté y cerré los ojos; Roland también.

Luego escuchamos algo que a mí me sonó como un ruido a estática, y al abrir los ojos todo estaba blanco, no logré ver nada, era como una luz sumamente potente. Me protegí el rostro con los antebrazos mientras cerraba los ojos con fuerza. Un instante después volví a mirar. La luz ya no estaba, tampoco Mark; Roland estaba a mi lado, lucía tan asombrado como yo. No había rastros del piloto. 
La barquilla era demasiado alta como para que cayera accidentalmente y, ¿qué había sido aquella luz blanca, enceguecedora? Por el momento teníamos un problema más grave.

 Mi primo había piloteado la nave un buen rato, pero siguiendo instrucciones que solo servían para mantenerse en aquella corriente de aire. Durante el vuelo Mark le había comentado cómo descender, mas escuchar cómo se hace algo y hacerlo es otra cosa.    Abajo todo estaba negro; teníamos que esperar el amanecer. Entendiendo a medias cómo debíamos proceder, por pura suerte no nos elevamos hasta morir de frío, o no descendimos hasta chocar con algo. Cuando amaneció el globo estaba muy bajo, y al cruzar sobre un lago nos arrojamos al agua.  La altura resultó ser mayor de la que creímos pero logramos sobrevivir. Llegamos a la orilla nadando y allí nos tiramos de espalda, exhaustos por el esfuerzo pero aliviados por estar vivos.

¿Qué pasó con Mark? Pudo haberse lanzado, sí. ¿Y la luz que nos encegueció, y el sonido a estática? Bueno, bien pudo ser algo producido por el quemador. Creo que nunca lo sabremos con certeza, porque hasta ahora no han encontrado el cuerpo de Mark.

martes, 15 de septiembre de 2015

Juego De Payasos (segunda parte)

¡Hola! Seguimos con esta historia. Para los que no leyeron la primer parte, aquí está:  http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com.uy/2015/09/juego-de-payasos.html



                                                 El Payaso
Las circunstancias lo agobiaban pero como era muy inteligente Santiago pensó muy bien lo que tenía que decir. Lo mas importante era que no debía mencionar al payaso fantasma por ningún motivo. La desaparición de sus amigos no podía ser casualidad. Lo mas lógico era pensar que la aparición los había atrapado para hacerlo sufrir, para asustarlo mas, después seguía él. Lo salvó el estar acompañado y que otra gente del parque anduviera atenta. Pero se preguntaba qué había hecho el payaso fantasmal con sus amigos. ¿Cómo los había capturado entre tanta gente? Las historias de fantasmas que había escuchado solo involucraban algún susto, no desapariciones. Y aunque los fantasmas pudieran matar, ¿dónde los había dejado? Iba rumbo a su casa caminando y meditando en eso. Pocos vehículos pasaron por él, aunque sí le ladraron varios perros; como él no reaccionaba después los perros lo seguían con la mirada medio confundidos por la falta de interés que este demostraba ante sus bullas. No podía hablar del payaso.

Si este le había hecho algo a sus amigos él no sabía qué ni cómo. En eso tenía que aferrarse si ellos aparecían muertos. Estaban paseando cuando desapareció uno y luego lo siguieron los otros. Hablar de aquella aparición solo iba a servir para que lo internaran en algún lugar. Y si hablaba del circo y el incendio, peor. Al llegar a su hogar enseguida le comentó a sus padres lo sucedido, obviamente, omitiendo lo de la aparición. Sus padres estaban mirando las noticias en la tele. Sin desviar la mirada de la pantalla Luis le dijo:

—Vaya amigos los que tienes. Seguramente te hicieron una broma pesada.
—Pero me parece extraño que no los hallan encontrado —repuso Angélica—. Y si se fueron, ¿irse temprano solo para jugarle una broma pesada?
—Tal vez regresaron después —supuso Luis. Angélica halló que esa respuesta era muy probable. Siguió mirando tele.

Santiago no volvió a tocar el tema para no generar sospechas. Le habían guardado la cena, hizo un esfuerzo por comerla toda porque era lo que haría normalmente. Cuando se acostó los pensamientos lo siguieron acosando. Quiso convencerse de que solo le habían hecho una broma, que la aparición del payaso solo fue casualidad, que solamente era un fantasma que no podía hacer otra cosa que asustar. Se imaginó que al otro día iba a ver a sus amigos y que estos se iban a reír por la broma que le hicieron, y él también iba a reír. Santiago sonreía en la penumbra de su cuarto imaginándose eso. De repente unos golpes en la puerta lo hicieron volver a la realidad.

—¡Santiago! —era su madre.
—¿Qué pasa, mamá?
—Tus amigos no volvieron a su casa —le informó Angélica desde el otro lado de la puerta—. Sus padres nos llamaron para ver si estaban aquí. Los están buscando.
—¿Para que lo despiertas para decirle eso, para afligirlo? —le reprochó Luis. Su voz se iba acercando a la puerta.
—Le dije porque son sus amigos —respondió ella.
—¿Y para qué va a servir eso, qué puede hacer él ahora?
—Tienes razón, no lo pensé bien. Santiago, no te preocupes, quién sabe que diablura andan haciendo esos por ahí. Ahora trata de dormir. Hasta mañana.
—Claro, seguro esta madrugada se aclara todo. Hasta mañana —agregó Luis como consuelo.

   Luego las dos voces se alejaron susurrando. El muchacho lagrimeó en la oscuridad. “Maldito payaso, los mató. Pero yo lo voy a destruir”, pensó Santiago. Después, mientras seguía llorando, consideró que él también era culpable. Si no hubiera incendiado aquella carpa el payaso no hubiera muerto, y al no existir su fantasma sus amigos estarían ahora durmiendo tranquilamente en sus hogares. Mas luego se le ocurrió que aquel tipo merecía eso. El circo estaba lleno de gente pero solo resultó muerto él, y el fuego fue una consecuencia que él mismo creó al molestarlo. ¿Qué clase de persona se divierte aterrando personalmente a niños? Aquel sujeto tenía que ser alguien malvado. Santiago no se imaginaba cuánto.

  Cuarenta y cinco años atrás, una maestra se levantó precipitadamente para sacar a un alumno de la oreja, pero antes de llegar a él este se levantó y extrajo una navaja de entre sus ropas. La maestra frenó su paso justo a tiempo, y la hoja afilada quedó a centímetros de su estómago. El resto de los alumnos quedaron quietos y mudos. Mario, el muchacho de la navaja, retrocedió hasta la puerta observando a todos de forma siniestra y furiosa, y al mover su mano armada, desde su punto de vista la punta de la hoja recorrió todos los rostros presentes; solo después de hacer eso alcanzó el corredor y de ahí salió disparado hacia la salida. La maestra volvió a su escritorio con la mano derecha sobre el pecho. En toda su carrera no había visto a un alumno tan acosador y violento como aquel. Los alumnos quedaron aliviados por su ausencia y todos desearon que ese nuevo acto fuera el último que aquel rufián hiciera en la escuela.

  Mario se alejó corriendo y riendo a carcajadas. No era la primera vez que había sacado su navaja pero nunca había causado tanto miedo. Cuando dejó de correr en su rostro se notó mucho enojo. Estaba seguro que ahora lo iban a expulsar para siempre de la escuela. Ya había reprobado cuatro años y ninguna maestra lo soportaba. A él no le importaban sus estudios, para Mario la escuela significaba solo una cosa: diversión al molestar a sus compañeros. ¿Qué iba a hacer con su tiempo ahora? No podía estar mucho en su hogar porque su padre solía darle palizas y lo hacía trabajar en la huerta. Los días que le siguieron a ese le resultaron aburridos. Se la pasaba bagando, le tiraba piedras a los perros, a los gatos, y solo tuvo la emoción de romper un par de ventanas y salir huyendo. Mario era de tez muy blanca, flaco pero fuerte, y aunque solo tenía quince años, de tanto reírse o andar sonriendo ampliamente todo el tiempo por las cosas que se imaginaba, ya representaba mucha mas edad.

   Aunque en su casa no le faltaba el alimento, gran parte de lo que él comía era robado de los cajones de los mercados. A veces lo atrapaban y pasaba unos días en el reformatorio. Aquel lugar no era divertido como la escuela porque los que estaban allí no se dejaban intimidar y casi siempre cobraba alguna paliza. El robo era algo tan común para él que ya no le brindaba satisfacción alguna. Una tarde Mario estaba sentado bajo un árbol que se erguía en la orilla de un arroyo que pasaba cerca de la ciudad, cuando de pronto se incorporó y lanzó un grito triunfal. Cómo no se había dado cuenta antes. Robar algo de paso no tenía gracia porque muchas veces el afectado ni se enteraba, lo que debía hacer era asaltar a la gente. Empezó a reír a carcajadas al pensar en el susto que les iba a dar, y eso le iba a dejar dinero. En ese momento iban pasando por esa orilla dos pescadores. Después de mirar a su compañero uno de ellos describió unos círculos pequeños en su sien con el índice, y el otro aguantó una carcajada tapándose la boca. Mario estaba tan entretenido con sus planes que ni los vio.

  Su ciudad tenía varias avenidas con árboles en los costados. La noche de ese mismo día Mario se ocultó tras un árbol de una de esas vías. El alumbrado insuficiente de la calle colaboraba con él. Detrás se extendía un enorme terreno baldío lleno de malezas y del otro lado tampoco había casas. El escenario era propicio para una emboscada, solo faltaba una presa con la que él pudiera. Como era temprano pasó mucha gente y tuvo que mantenerse escondido. Cuando pasaban varias personas pegaba mas su espalda al tronco que eligió, el cual lo cubría sobradamente. A cada rato quedaba mirando hacia las difusas siluetas estiradas de las malezas del baldío, el oído atento a los pasos que iban por la vereda. Se había fabricado una máscara para toda la cara con tela, y como le había hecho agujeros muy chicos para los ojos se la tuvo que acomodar innumerables veces. Pasó por un momento de apuro cuando una pareja de ancianos cruzaron paseando a un perrito. El can detectó su olor y se puso a ladrar y gruñir furiosamente, tironeando la correa hacia el árbol. Lo hubieran descubierto si al anciano no se le hubiera ocurrido que debía tratarse de un zorrillo, y contra su voluntad arrastraron al perro lejos de allí. Asaltar no iba a ser tan fácil como había creído. Parecía que ese día a toda la ciudad se le había dado por circular por la avenida donde se hallaba.

   Mas tarde disminuyeron los caminantes pero no llegaba una presa adecuada. Como para intimidar contaba nada mas que con su navaja debía elegir a la persona correcta. Mario se asomaba apenas y espiaba, siempre amparado por las sombras. Pasaron algunos caminantes solitarios pero eran muy grandes para él. La espera se le hizo tan larga que tuvo que sentarse contra el tronco. Había asomado un pedazo de luna y en el terreno frente a él se mecían las malezas casi hipnóticamente. Le pareció que entre aquella confusión de plantas se mecían también algunos rostros maléficos. No les tenía miedo porque ahora él se consideraba uno de ellos. Con aquella máscara ya no era él, se sentía mas poderoso. Creyó ver que las caras le sonreían. Escuchó que alguien se acercaba canturreando. Se asomó a ver. Reconoció de lejos al hombre, era Domínguez, un conocido de su padre. Este era un viejo borracho y apostador de lo que fuera, por lo que casi siempre perdía dinero. Pero esa noche caminaba contento. Mario supo que el viejo había ganado algo. Era de estatura baja, delgado, y se notaba que estaba borracho a mas no poder. “Esta es mi oportunidad”, pensó Mario. Apareció en la vereda de un salto y estiró la navaja hacia el viejo.

—¡Dame la plata o te corto! ¡Ahora! —lo amenazó Mario fingiendo una voz mas grave que la que tenía.

Como el tipo estaba muy borracho su reacción fue lenta, pero cuando comprendió que lo estaban asaltando levantó las manos y miró lo que usaba el ladrón para intimidarlo. Mario echó un rápido vistazo a la calle para ver si no venía nadie, fue un instante muy breve, mas cuando volvió a fijar su atención en el viejo este estaba retrocediendo y al mismo tiempo iba sacando una pistola de su cintura. Mario reaccionó como un rayo, se abalanzó hacia el viejo y el brillo de la navaja se perdió en el abdomen de este. El impulso fue tan grande y el equilibrio de la víctima era tan poco que los dos cayeron al suelo, pero Mario quedó arriba, y mientras intentaba controlar el brazo armado del otro siguió golpeando y golpeando hasta que la navaja ya no tuvo brillo, se había teñido de rojo. Cuando el borracho quedó quieto le revisó los bolsillos. Tenía un buen fajo de dinero. Por último tomó la pistola y se la metió en la cintura, y por las dudas pasó el filo por la garganta del viejo. Al mirar hacia el baldío le pareció que las caras horrendas lo victoreaban.

   Salió corriendo por una calle que desembocaba en la avenida y sin parar se quitó la máscara. Varias cuadras mas adelante se lavó las manos bajo un puente y arrojó la navaja en la parte mas profunda. Cuando hacía cualquier maldad era muy listo, como si hubiera nacido para eso. No tenía pensado matar pero ahora que lo había hecho le pareció genial. La noche ya empezaba a debilitarse cuando alcanzó la zona donde se encontraba su hogar. Los gallos competían por cuál desafinaba mas al recibir el día, y un lucero enorme lo vio atravesar el camino que conducía a su solitaria casa. Su padre nunca cerraba la puerta con llave porque el único capaz de robar algo por la zona era él, y creía que su hijo no se atrevía ni a sacarle un cigarrillo. Mario se detuvo frente a la puerta y pensó. Era mejor dividir su botín y esconder parte en un escondrijo que tenía en el patio. Avanzó sigilosamente hasta uno de los árboles y metió la mano en un hueco donde escondía una lata. Hecho su depósito entró a la casa. Óscar, su padre, se había dormido en el sillón de la sala. La televisión estaba encendida pero solo había estática. Mario cruzó detrás de él lo mas sigiloso que pudo mas el viejo igual lo notó.
—¿Dónde andabas, sabandija? —le preguntó Óscar, arrastrando la lengua. En realidad no le importaba dónde hubiera estado su hijo ni lo que hubiera hecho, dijo eso porque fue lo primero que se le ocurrió.
—Por ahí —respondió Mario.
—¿Qué llevas en el bolsillo, sabandija?

Mario abrió los ojos muy grandes, ¿cómo había adivinado...? Entonces se dio cuenta que fue un error de él. Inconscientemente había pasado tocándose el bolsillo y el viejo lo vio.

—No tengo nada —intentó mentirle.
—¡Ni un paso mas! ¡Ahí tú tienes algo, puedo verlo desde acá!

El viejo se puso de pie y se pasó la mano por el mentón babeado.

—A ver, vacía ese bolsillo. ¡Aja! Ya decía yo que tenías algo, sabandija. ¿Tienes mas?

Mario sacó el interior de el otro bolsillo hacia afuera. Le preocupaba mas que el viejo descubriera el arma que tenía atrás porque iba a ser importante en su futuro asaltando. El viejo lo miró desconfiado un instante. No insistió mas porque pensó que su hijo no era tan astuto como para esconder otra cosa. Él había sido mas listo y le descubrió aquel dinero. Cómo lo había obtenido le importaba un comino. Volvió a limpiarse la barbilla y se sentó muy sonriente y se puso a contar el dinero. Hasta ese momento de la noche Mario se había sentido un ganador; ahora Óscar lo había reducido nuevamente a una sabandija. Pensó en sacar la pistola y volarle los sesos allí mismo, mas se contuvo porque se le ocurrió una idea mejor. Él le conocía una flaqueza al viejo. Por qué solo matarlo pudiendo también darle un susto terrible. El viejo le gritó que se largara y él se fue a su cuarto sin protestar, sonriendo. En su cuarto tenía otro escondrijo y allí guardó la pistola. Se durmió organizando los detalles de su plan.

El hambre lo despertó pasado el mediodía. Al ir a la cocina, sobre la mesa había un pollo con plumas y todo. Era el pollo de un vecino. El ave había cruzado para el terreno de ellos y no pudo escapar del viejo. Mario lo desplumó afuera mientras pensaba en su venganza. Matar a su padre era algo lógico para él, solo lo había postergado hasta que tuviera la edad y la astucia suficiente como para no incriminarse mucho. Trozó el pollo, picó groseramente algunas verduras de la huerta y metió todo en una olla con agua. Mientras esperaba comió un trozo de pan duro, siempre sonriendo y arrugando prematuramente su cara. El viejo regresó cuando la comida ya se estaba enfriando. Llegó borracho como casi siempre. Para la noche había traído una botella de whisky que compró con el dinero que le incautó a Mario. No le hizo ni una pregunta a su hijo sobre el dinero. Se había enterado del asesinato pero no lo creía capaz, no porque pensara que tenía escrúpulos, sino porque creía que no tenía el valor ni la astucia. Esa noche iba a averiguar que se equivocaba con Mario.

Mas avanzada la tarde el muchacho trabajó en unos canteros. El viejo lo vigiló una hora entre bostezos desde su mecedora hasta que finalmente se levantó relamiéndose los labios al acordarse del whisky. Unos tragos después se fue a sestear. Mario enseguida puso su plan en marcha. Tenía que gastar casi todo el dinero que le quedaba pero la inversión bien valía la pena, y cuando se encargara del viejo iba a retirar todo el que se encontrara en la casa. Sabía que su padre solo gastaba lo que recibía de la pensión por un dedo que le faltaba, dedo que él mismo se cortó para obtenerla, y lo de la jubilación que cobrara sin merecer; la plata que generaban los productos de la huerta desaparecía, mas Mario estaba seguro que sabía dónde la depositaba. Salió rumbo al centro de la ciudad.
El viejo Óscar se levantó de sus siesta al atardecer. Se enjuagó la boca con whisky y fue hasta la cocina arrastrando los pies. Engulló el resto del estofado que hizo su hijo y fue a sentarse frente a la televisión, con la botella en la mano. Recorrió todos los canales maldiciendo la programación hasta que encontró una película vieja de vaqueros. Nunca terminaba de ver una película porque se dormía de a ratos. Cuando se dormía se le podía caer el control remoto pero la botella jamás, y tenía la capacidad de beber medio dormido. Desde su punto de vista se sucedían en la tele escenas inconexas y sin sentido, solo tenían continuidad los tragos. Eso para él era pasar una buena noche. La noche estaba muy avanzada cuando abrió los ojos lo mas que pudo porque le pareció que en la tele habían dicho su nombre. El volumen estaba muy alto como siempre . Demoró en darse cuenta que el sonido venía de otro lado. Bajó un poco el volumen. Giró la cabeza hacia el sonido. El corazón le latió fuerte.

—Óscar, Óscar... —repetía una voz algo ronca y susurrante.
—¿Sabandija, eres tú? —preguntó extrañado.
—Ven aquí, Óscar. ¿Tienes miedo?
—Sabandija, si eres tú te voy a dar la paliza de tu vida, ya vas a ver —amenazó Óscar, intentando no mostrarse asustado.

Lo cierto era que no le parecía que fuera voz de su hijo, y se encontraba tan borracho y confundido que ni estaba seguro de la naturaleza de la voz. Hizo un esfuerzo para levantarse y quedó tambaleante frente al sofá. Solo la luz que escapaba por la pantalla iluminaba la sala, el resto de la casa se hallaba a oscuras. Ya estaba pensando en volver a sentarse pero no lo hizo porque la voz sonó de nuevo:

—Óscar, ven.
—¿Para qué quieres que vaya, quién eres, qué eres?
—Estoy en tu cuarto —respondió la voz.

¡En su cuarto, donde guardaba el dinero de la huerta! Dejó la sala estirando el brazo para apoyarse en la pared, así solía moverse por la casa cuando estaba oscuro y se encontraba muy borracho. La avaricia pudo mas que el miedo que ya sentía, y sin detenerse a pensar ni un segundo abrió la puerta de su cuarto y buscó torpemente el interruptor de la luz. La lámpara no encendía. Escudriñó la oscuridad dando un paso hacia las tinieblas. Se sobresaltó al ver algo que se movía, y se le erizaron todos los pelos al distinguir una forma en aquel bulto que avanzaba y retrocedía suspendido en la oscuridad sin hacer el menor ruido. “¡Es la cabeza de un payaso!”, pensó horrorizado. El terror que experimentaba lo hizo lanzar un manotazo hacia la cabeza voladora, y al alcanzarla esta se alejó velozmente hacia la parte impenetrable de la oscuridad, pero volvió a arremeter y quedó a escasos centímetros de su cara. Óscar gritó y al intentar retroceder cayó hacia atrás. Al impactar contra el suelo sintió una puntada muy fuerte en la espalda. A pesar del dolor giró el cuerpo y empezó a arrastrarse hacia la sala. En su lenta y desesperada huída le pareció escuchar pasos detrás de él mas no quiso voltear hasta que llegó a la luz cambiante y colorida de la sala.

Lanzó otro grito al ver que lo perseguía un payaso. Ahora no era solo una cabeza. Vestía una ropa multicolor brillante y muy holgada, guantes blancos, unos enormes zapatos rojos, y en la cabeza resaltaba una cabellera electrizada de un color que a la luz de la tele no se podía definir. La cara completamente blanca mostraba una sonrisa fiera y los ojos eran pura maldad. El payaso caminaba lentamente y cuando levantó un puño este tenía un cuchillo reluciente. Entonces el payaso empezó a emitir una risa estridente y alocada, chillona y llena de malicia, el viejo abrió la boca como para gritar de nuevo mas solo le salió una exhalación muda que se cortó de pronto y sus ojos quedaron inexpresivos. El payaso se inclinó hacia el viejo con el cuchillo levantado sobre el hombro y lo observó un momento, después se enderezó con una nueva carcajada. ¡Lo había matado de un susto! Su plan no podía salir mejor. Tenía pensado darle un susto terrible y después matarlo, si podía, con el cuchillo, sino recurriría a la pistola que llevaba entre sus ropas de payaso, pero no había sido necesario. El viejo había muerto de puro terror. Mario subió el volumen de la tele y siguió riendo a carcajadas mientras daba saltitos alrededor del muerto.

La cabeza voladora era otra máscara de payaso envolviendo una pelota vieja. Le había atado una cuerda que amarró a un clavo que sobresalía del desvencijado techo. Después de meterse a la casa por el fondo acomodó todo aprovechando la borrachera de su padre. Lo llamó varias veces alterando su voz y cuando lo escuchó acercarse empujó la cabeza falsa para que se moviera como un péndulo y se escondió tras la puerta, previamente había aflojado la lamparilla. Las casas mas próximas estaban bastante apartadas y a nadie le iba a extrañar aquellos gritos porque el viejo solía mirar la tele con el sonido muy alto y las discusiones y los gritos eran comunes allí. Muchas noches el viejo gritaba y discutía aunque estuviera solo. Mario pasó a la segunda fase de su plan. Hurgó en el cuarto del viejo. Encontrar el dinero le resultó mas fácil de lo que calculó y era mucho mas de lo que esperaba. Al cuerpo lo dejó como estaba, suponiendo que iban a calcular que se había caído borracho y después murió del corazón por el dolor o al intentar levantarse. A ningún conocido le iba a resultar rara aquella muerte.

—Cuando era chico le tenía miedo a los payasos, bueno, no miedo, mas bien no me gustaban los tipos esos que esconden su cara con esos maquillajes —le comentó un día Óscar a su hijo—. Eso cuando niño, claro, ahora los agarraría del cuello así —alardeó después Óscar; pero su hijo no se creyó la segunda parte. Y otro día, tiempo después, cuando en la tele apareció un payaso, Mario notó algo de miedo en la cara del viejo.

Mario se salió con la suya sin tener que esforzarse mucho con sus mentiras, mas no calculó que al no tener otros parientes lo iban a meter en un internado. De todas formas no estuvo mucho tiempo allí, huyó en cuánto pudo. Retiró el dinero del hueco del árbol y también se llevó la máscara que usó para matar de un susto a su padre, y nunca mas se lo volvió a ver en su ciudad natal. Comenzó desde entonces una vida de vagancia y criminalidad que duró años. Cuando las fechorías del “Payaso Asesino” se hicieron muy conocidas, para que no lo atraparan buscó dar un giro a su vida, y cuando buscaba eso, al aproximarse a una ciudad vio que estaban levantando una carpa de circo. Se acercó a la carpa sonriendo malignamente. "En vez de solo usar una máscara de payaso, puedo ser uno de verdad", pensó Mario. 

Santiago despertó y vio a su madre al lado de la cama.

—Levántate rápido que tenemos que ir a la comisaría.
—¿Encontraron a mis amigos? —preguntó Santiago, sintiendo un nudo en la garganta.
—Levántate ahora, después te decimos. Ánimo.