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viernes, 25 de septiembre de 2015

Cuentos cortos De Extraterrestres

                              Mi amigo el extraterrestre
Cuando mi amigo me dijo aquello me reí francamente. Después, todavía entre risas, vi que él estaba muy serio. Nos encontrábamos en la sala de mi casa, tomábamos café, y en un momento dado mi amigo me confesó algo que me resultó irrisorio, pero parecía que él no estaba bromeando. Entonces respiré hondo varias veces para contenerme y le pregunté:

—¿Hablas en serio, Saúl?
—Sí— me contestó—. Conozco a un extraterrestre.  
—¿Y cómo es eso? ¿Te secuestraron o algo así? 
—No precisamente. Es difícil de explicar esto sin parecer un loco, porque eso es lo que crees, ¿no?, que estoy loco.
—Yo no creo nada, solo estoy sorprendido. ¿Acaso esperas que alguien te crea de primera?
—Sé que es difícil, pero tengo una forma de demostrarlo. Te lo comenté porque mi amigo extraterrestre quiere conocer a alguien más y pensé en ti.
—¿Dices que ese extraterrestre es tu amigo? ¿Conoces a otros?
—Son varios, pero solo uno se comunica conmigo. Tal vez no es mi amigo, pero me gusta llamarlo así. Esta noche van a venir. Acompáñame al bosque que está en la ruta dos y verás, si te animas.
—Vamos, por qué no. Tus amigos son mis amigos ¡Jaja! —bromee a lo último...

Saúl terminó su café y se despidió. Lo acompañé hasta el portón y lo vi alejarse en su coche. ¿Estaría loco mi amigo? Lo que sí tuve claro era que iba a ir al bosque, porque soy por demás curioso. Saúl regresó a mi casa al anochecer y de ahí partimos juntos.

—Espera y verás, te lo aseguro. No miento ni estoy loco —afirmó Saúl mientras conducía hacia el bosque.

Estacionó el auto en un camino que se apartaba de la ruta. Allí sacó unas linternas, e iluminando nuestro camino nos adentramos en la espesura. Yo no sabía qué decir. La situación ahora se iba tornando atemorizante para mí. Aunque caminábamos lento empecé a agitarme un poco. ¿Y si era cierto lo de los extraterrestres? Sorpresivamente, la calma que había en el bosque oscuro se tornó vendaval. Todo se sacudía horriblemente. Al iluminar los árboles vi que estos se inclinaban hacia el mismo lado, como si los azotara un remolino pequeño, y de pronto un montón de hojas volaban en derredor nuestro arremolinándose locamente.

—¡Son ellos! —me gritó Saúl—. No te asustes. 

En medio de aquel caos sentí que me hormigueaba todo el cuerpo y me volvía más liviano. Luego, nada, una laguna en mi memoria. Cuando me recobré de ese estado me encontraba parado en el mismo lugar. Tenía algo en la mano, eran las llaves del auto de Saúl. Mi amigo no estaba allí. Lo llamé a gritos pero fue inútil. Tras buscarlo en vano regresé al auto, los esperé hasta el amanecer y finalmente me marché sin él. Cuando llegué a mi casa no sabía qué hacer. Decidí esperar un poco más antes de llamar a la policía, y por suerte mi decisión fue acertada. Saúl apareció en mi casa por la tarde. 

—Disculpa —me dijo—. No te aceptaron, y no puedo hablar más de ellos contigo, lo siento. 

Y se fue sin querer darme explicaciones.  Desde ese día pasé tiempo sin verlo. Lo encontré un día en una plaza, pero ya no era él. Actuaba raro, todo parecía ser una sorpresa para él, como si no conociera nada, y hasta caminaba raro, como si no estuviera acostumbrado a andar con aquel cuerpo. Entonces me aparté sin que aquella cosa me notara.
                                     
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                                La Tierra Bajo Ataque
 Hugo combatía en el “Escudo de la Tierra”. Le llamaban así a una formación de naves unipersonales que orbitaban el planeta para protegerlo de los ataques extraterrestres. Hugo se había quedado dormido en su puesto, tenía los antebrazos apoyados en una parte libre del tablero, y sobre ellos descansaba la cabeza. Estaba atado a su asiento, por la falta de gravedad. 

Cuando sonó un alarma Hugo se sobresaltó, y por costumbre llevó las manos a los controles. Una pantalla indicaba que se acercaban tres naves extraterrestres.  Se movían tan rápido y describiendo trayectorias tan erráticas que hacían que atinarles fuera muy difícil. Se necesitaba una coordinación de hombre y computadora.  Hugo veía a las naves en una pantalla como si fuera un videojuego, pero aquello era muy real y mortal. Las naves se movían raudamente por el oscuro fondo del espacio. Hugo empezó a dispararles y le respondieron. Los rayos atravesaban el espacio y se perdían en la nada sin darle al objetivo. Uno de los pilotos extraterrestres casi le dio, pero al fallar quedó vulnerable y Hugo lo alcanzó con una descarga, reduciéndolo a finos escombros que se dispersaron enseguida. 

Un nuevo disparo, este fortuito, destruyó otra nave invasora, mas la tercera parecía inalcanzable. Hugo ya empezaba a sentir que lo iban a liquidar cuando un rayo alcanzó al extraterrestre. Lo había destruido un compañero que se había unido al combate.

—Creo que acabo de salvarte, Hugo— le dijo el otro piloto por el radio. 
—Sí que lo haz hecho, era hábil el desgraciado, creí que era mi fin, gracias. 
—De nada, para eso estamos, tal vez mañana sea yo. ¡Cuidado! ¡Un fragmento va hacia ti! —le advirtió de pronto el otro piloto, pero ya era demasiado tarde. 

Un fragmento de nave de otro enfrentamiento orbitaba la tierra como un proyectil e impactó con la nave de Hugo, que inmediatamente empezó a caer. Al ingresar a la atmósfera el aparato quedó envuelto en llamas. Dentro de aquella bola de fuego Hugo intentaba estabilizar la nave.  Lo consiguió cuando todavía se encontraba a gran altura, por lo que pudo desacelerar, pero no iba a poder volar mucho tiempo. Se sintió algo aliviado al ver que no iba a caer sobre una ciudad, pero, ¿dónde estaba? Casi todo el sistema estaba por fallar, mas pudo averiguar que estaba sobre la Selva Amazónica. Al divisar un gran río descendió hacia él y voló al ras. Cuando tocó la superficie del agua parte de su nave se hizo pedazos. Ahora se parecía más a una lancha. Enderezó hacia la orilla antes de perder todo el impulso y empezar a hundirse. La nave se internó largo trecho en la selva, arrasando todo a su paso hasta que finalmente se detuvo.
   
Hugo salió a la selva y se sentó a serenarse y a pensar.  Sabía que no iban a rescatarlo. Con los extraterrestres asechando la Tierra necesitaban todos los recursos disponibles para defenderla. Tenía que salir de allí solo.  Pensando en esos casos, cada nave era equipada con elementos de supervivencia de avanzada tecnología, y allí le iban a ser muy útiles. Le esperaba un viaje larguísimo, difícil, peligroso, pero Hugo le temía más a otra cosa: temía que cuando volviera a la civilización, esta ya no fuera humana. 

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                               El Planeta Depredador
Dos lunas iluminaban aquel cielo y unas nubes muy delgadas que siempre estaban presentes formaban franjas que tomaban distintos tonos pálidos.

Denis y Alejandro estaban tendidos boca arriba sobre una hierva que se empecinaba en crecer cerca del tejido electrificado. Los dos muchachos contemplaban el cielo con un aire soñador, aunque su conversación era sobre temas triviales.  Del otro lado del tejido, no muy lejos de él se elevaba a gran altura el interminable bosque que unía casi todo el planeta, y allí habitaban todo tipo de criaturas peligrosas.  Al planeta lo llamaban (además del nombre que le dieron los científicos) “Depredador”, pues casi todas las criaturas eran depredadores y presas a la vez. Era un mundo completamente hostil y algunos de sus animales eran formidables, eran el producto de millones de años de depredar. 

Detrás de los muchachos estaban las edificaciones de las personas, que seguían un viejo diseño abovedado pero por dentro eran muy sofisticadas. Era una de las tantas colonias que se habían construido en los claros del planeta. Hacía poco que los humanos se habían asentado allí, y eso fue luego de disputar el planeta con una raza extraterrestre que también viajaba por el universo. Los humanos habían vencido, pero los extraterrestres no estaban acabados, y todavía pretendían colonizar el lugar. 
Denis fue el primero en ver una nave recortándose en el cielo. Inmediatamente aparecieron otras. Los muchachos se levantaron a toda prisa y se miraron de frente:

—¡Son los extraterrestres!—exclamaron casi a la vez. 

Lo curioso de esa palabra, extraterrestres, era que ellos tampoco habían nacido en la Tierra, ni sus padres, ni sus abuelos… pero de todas formas se consideraban terrestres.

—¡Van a atacar! —gritó Alejandro, y los dos corrieron rumbo a sus hogares dispuestos a defenderlos. 

El ataque fue rápido, preciso y sorpresivo. Volando al ras del bosque los extraterrestres habían conseguido burlar los radares. Dispararon sus rayos a unos puntos estratégicos: los generadores de la colonia. Cuando las defensas de la colonia reaccionaron los atacantes se marchaban raudamente, y solo alcanzaron a una nave, que tras explotar cayó a la espesura del bosque. Cuando Denis y Alejandro alcanzaron las edificaciones aquello era un caos, aunque en el desorden algunos intentaban apagar los incendiados generadores. Los muchachos enseguida entendieron la gravedad del asunto:

—¡La valla eléctrica no debe estar funcionando! —se dio cuenta Alejandro.
—Ese era su objetivo —razonó Denis. 

Pronto los animales iban a descubrí esa debilidad e intentarían saltar o romper la valla, invadiendo el lugar. Iban a demorar días en reparar los generadores y durante ese tiempo estarían más vulnerables. Algunos tenían que vigilar el perímetro, y para no dañar la valla debían estar en el exterior de ella.  Denis y Alejandro se ofrecieron como voluntarios. Pronto iban a averiguar qué tan salvaje y peligroso era el planeta Depredador. 


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