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miércoles, 30 de septiembre de 2015

Dos Cuentos Cortos


                                     Naranjas Y Cuentos
Las tardes soleadas de invierno, dos familias vecinas iban hasta la propiedad del viejo González a comer naranjas y a escuchar cuentos. Tenía el viejo González una huerta con naranjos enormes y generosos que daban unas frutas inmensas, jugosas y muy dulces.  El viejo era tan generoso como sus naranjos y siempre las ofrecía: “Vayan y arranquen las naranjas que quieran, que sino se van a pudrir en los árboles y sería un desperdicio”, solía decir el viejo a sus vecinos, que no eran muchos, pues en las cercanías había sólo dos casas.  Además de ser un buen vecino, el viejo era un gran narrador de cuentos, por eso las dos familias iban hasta su huerta, y sentados en unos bancos rústicos lo escuchaban con atención mientras degustaban alguna que otra naranja. En esa ocasión el viejo empezó a hablar de noches oscuras, y luego comenzó así su relato...


“…Noche realmente oscura fue una que viví hace muchos años, halla en mi juventud. Cuatro compañeros y yo habíamos acampado en un bosque por demás extenso. Estábamos cazando venados. Caminamos toda la tarde sin suerte, no cazamos ninguno, pero yo no pensaba rendirme así nomás. Cuando los otros volvieron al campamento yo seguí. 

“Tenía la esperanza de encontrar un buen sendero (para emboscar un venado allí), pero cuando el ocaso aquietó el bosque seguía sin encontrar uno.  Cuando me pareció que se estaba haciendo noche muy rápido, miré hacia arriba y vi, entre la copa de los árboles, unas nubes oscuras que se movían velozmente. Apenas avancé un poco más y la oscuridad fue absoluta. Por supuesto, llevaba una linterna, y con ella encendida partí hacia donde creía se hallaba el campamento. Aunque mi sentido de la orientación es muy bueno, no conocía el lugar, había dado muchas vueltas y el bosque era espeso como pocos.  Aquella oscuridad no vino sola, la acompañaba el silencio, aunque a veces sonaba una rama suelta que caía de repente desde lo alto, o crujía algo en el suelo, pero cuando enfocaba el lugar no había nada; cosas del bosque.

“Mi situación empeoró cuando la linterna se rompió. La golpeé en la palma, le saqué las pilas, las puse de nuevo, las ajusté bien, nada, no volvió a iluminar. ¿Y ahora? Colgué el rifle en la espalda y, tanteando con el pié me hice de una rama. Usando la rama como un bastón y con el brazo libre frente a la cara para protegerla fui avanzando lentamente. Cada pocos pasos tanteaba un tronco, lo rodeaba y seguía, mas unos pasos más adelante siempre había otro. No captaba ni un destello de claridad, nada. Sería igual ir con los ojos fuertemente vendados, pero como los tenía abiertos sentía que mis pupilas se dilataban buscando luz. No alcanzaba a escudriñar nada, todo estaba negro y silencioso, aunque sonaban cada tanto esos crujidos que mencioné, pero trataba de no pensar en ellos. Ahora sólo contaba con mi sentido de la orientación, pero, ¿puede uno orientarse sin tener ni el menor indicio de dónde se anda, sin ver nada?  Al hacer una pausa pensé en voz alta:

—¿Dónde estará el campamento? No quiero gritar porque después se van a poner a bromear diciendo que me perdí. ¿Dónde estará el campamento…? 
—Aquí, y si das un paso más me vas a pisar —dijo de pronto una voz que venía desde el suelo. 

“Ya estaba en el campamento. Los muy holgazanes de mis compañeros se habían acostado sin encender una fogata.

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                                Nadando en La Oscuridad
Me encontraba en una excursión de pesca en el Río Negro, un afluente del Amazonas. Después de una magnífica jornada emprendimos el regreso al campamento al atardecer. Íbamos en un bote no muy grande con un motor fuera de borda. El bote dejaba un enorme surco al pasar velozmente sobre el agua oscura. En las orillas lejanas se alzaban dos murallas oscuras que eran la selva. En donde se iba hundiendo el sol había nubes encendidas de fantásticos tonos anaranjados y amarillentos. En el otro extremo del cielo había nubes oscuras, inmensas, de apariencia sólida, que parecían montañas surgiendo tras la selva.

Me acompañaban Silva, el guía de pesca, y Josué, su ayudante. Surcábamos el medio del río. De pronto hubo un gran golpe y salimos despedidos del bote. Me vi volando y luego rodé unas veces sobre el agua como si hubiera caído en tierra (es lo que pasa cuando se va muy rápido). Después me hundí en el agua oscura. Estaba medio aturdido. Abajo había oscuridad, arriba una claridad que quería concentrarse en una zona. Empecé a subir desesperadamente, cuando asomé la cabeza respiré con un quejido. ¡Aire! Traté de ubicar el bote; ya no estaba. Suponemos que se partió al chocar contra un trocó flotante grande, hundiéndose luego después que caímos al agua. Los otros no estaban muy lejos de donde me encontraba. Silva hacía señas levantando el brazo; Josué ya nadaba hacia él. Cuando nos reunimos Silva dijo:

—Tenemos que nadar hasta la orilla y tiene que ser rápido. Ya va a ser noche, y en la oscuridad podemos desorientarnos y el río nos va a tragar. 
—¿A cuánto estaremos de la costa? —le pregunté.
—Como a mil metros.

Y empezamos a nadar. A esa hora el río reflejaba en todas partes los últimos rayos del sol, ya horizontales, y toda la superficie estaba dorada. No parecía mucha distancia, pero el Río Negro tiene corrientes fuertes y teníamos que luchar para avanzar unos metros.  Aquel río esconde tantos peligros en sus aguas que solo meterse en ellas es un riesgo: hay tiburones, rayas de colas venenosas, anacondas, pirañas, caimanes…

La noche cubrió rápidamente el paisaje. Pronto no veíamos nada, nadábamos en una oscuridad líquida.  De pronto se sumaron otros chapoteos a los nuestros, y escuchamos algunos chillidos. Eran delfines de río. Sabíamos que no eran peligrosos, pero en aquella oscuridad nos sentíamos tan vulnerables que aquella compañía igual resultaba aterradora. Los delfines nos rodeaban, nadaban bajo nosotros, nos chocaban con las colas, y en un instante de terror estuve seguro de que me aferraron un pie. El contacto se sintió como si fuera una mano humana. Pataleé y me libré del agarre. 
Los delfines nos abandonaron, y unas brazadas después tocamos tierra. Pero había sucedido una desgracia: solo éramos dos, faltaba Josué. Gritamos y gritamos desde la orilla pero fue inútil, se había ahogado.  Pasamos una noche espantosa. Cuando amaneció partimos hacia el campamento, algo que nos costó casi todo un día de caminata infernal. 

Mientras viva voy a recordar ese día: el miedo a ahogarme, la fatiga, el terror de no saber qué había abajo, y la sensación espantosa que sentí cuando al ahogarse el pobre Josué me tomó el pié. 

  

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