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jueves, 3 de septiembre de 2015

El Boxeador

Sonó la campana y empezó la pelea. Juan estiró su puño izquierdo para saludar a su rival, aquel correspondió el saludo. Los dos boxeadores se tenían respeto...

El rival de Juan, apodado “El martillo”, lanzaba potentes golpes curvos. Juan los esquivó sin dificultad a la mayoría, pero uno le dio en el antebrazo, y así supo que eran muy potentes.
Al terminar el primer round Juan pensó “Si me lo hubiera dado en la cabeza… creo que me noquea”.
Terminó el tiempo de descanso. “El martillo” siguió tirando golpes como un loco. Mas por fortuna que por habilidad, uno llegó a destino y dio de lleno en la mandíbula de Juan. A este le pareció que las luces de arriba giraban y después sintió un golpe en la espalda: había caído boca arriba. Enseguida, sonidos confusos y finalmente, silencio. Ahora se sentía muy liviano, tan liviano que podía flotar, y flotó en una oscuridad agradable, que cada tanto era rasgada por chispazos de imágenes; algunas imágenes eran recuerdos suyos, a otras no las recordaba pero tampoco eran ajenas a él. ¿Qué eran? Era él pero en otros tiempos, en otras vidas.

De pronto estaba mirando el cielo. Se escuchaba cientos de voces enronquecidas que gritaban. Se incorporó a medias. Estaba en la arena de un coliseo. Frente a él había un tipo musculoso que lo desafiaba a levantarse. Juan se puso de pie y giró mirando al extraño público que clamaba y vociferaba por mas acción.
¿Cómo había ido a parar en aquel lugar, en aquel tiempo? ¿Era un sueño? Pensó que en todo caso era una especie de alucinación, porque eran consciente de que acababan de golpearlo fuerte. Pero aquello era tan real. Sentía el sol en la piel, un olor desagradable que venía de algún lado que no pudo precisar, su propio olor, el sudor corriéndole por el cuerpo… y los gritos de toda aquella gente vestida de forma tan rara.

El rival estaba ahora algo desconcertado por su actitud, pero haciéndole caso al público se abalanzó hacia Juan. Tenían los puños envueltos en correas de cuero. Juan retrocedió para evaluar al otro. Ya que estaba allí, fuera lo que fuera aquello, sueño o delirio elaborado, no iba a dejar con las ganas al público. Le lanzó un recto de izquierda para ver cómo se defendía el otro. Como lo suponía, el antiguo boxeador desvió el golpe con su antebrazo y atacó con la derecha. Juan pudo “cabecear” el contragolpe. Su rival usaba un estilo muy antiguo pero no por eso menos eficaz. Juan intentó moverse como en el cuadrilátero pero sobre arena no era tan fácil. Allí le convenía mas bloquear y barrer los ataques del otro. Era un verdadero desafío, su estilo contra uno antiguo. Mas un momento después consideró mas justo imitar las técnicas del otro, que no eran desconocidas para él.

El público estallaba ahora de regocijo. Los atletas intentaban vencer la defensa de su oponente. Ninguno podía descuidarse y ser imprudente: el duro vendaje de los puños podía definir la lucha en cualquier momento.
Juan se fue dando cuenta de que era superior al otro, y adivinó en la mirada de aquel que este también empezaba a comprenderlo. Ya con mas confianza logró meterle un derechazo, y con eso bastó. Los gritos del público se redoblaron, y en un costado sonaron unas trompetas que celebraban su triunfo. Su rival se levantó después y lo saludó con una reverencia. Juan levantó un brazo bien alto y giró para saludar a todos. El giro se volvió vertiginoso, todo el coliseo daba vueltas. Luego volvió la oscuridad, el vuelo flotando en esta, las imágenes… y de un momento a otro estaba mirando a una doctora que, muy cerca suyo le iluminaba los ojos con una linternita.

—¿Estás bien? —le preguntó la doctora. ¿Cómo te llamas?
—Juan, estoy bien.
—¿En dónde crees que estás?
—En un cuadrilátero. Acaban de noquearme, pero ya estoy bien.
—Está bien —le dijo la doctora a un tipo vestido de traje que los observaba atento.

Se encontraba sentado en una esquina, en el piso. Quiso levantarse y su entrenador lo ayudó. “El Martillo” se acercó a saludarlo. Le levantó el brazo y el público aplaudió. Después todos bajaron del cuadrilátero.
En el vestuario su entrenador quiso consolarlo con algunas palabras, y a la vez pretendía dejar claro que su tiempo ya había pasado. No quería pronunciar la palabra retiro; Juan tenía que darse cuenta solo:

—A pesar del resultado —le dijo el entrenador—, hiciste una buena pelea. El tipo ese era duro.
—Me lo vas a decir a mí —bromeó Juan, mientras terminaba de quitarse las vendas.
—Es duro y está en su mejor momento. Todo deportista tiene su tiempo, después se decae, es así.
—Cierto, y supongo que mi carrera ya está en la etapa final, ¿no?
—Bueno… ya no eres el de antes. Tu carrera ha sido larga…
—Ni que lo digas. Tengo la impresión de haber comenzado hace algunos miles de años ¡Jajaja!
—¡Jaja! Que bueno que lo tomes así, esa es la actitud.

Muy lejos de allí, en otro continente, un grupo de arqueólogos estaba desenterrando una estatua de piedra. En ella habían inmortalizado a un boxeador campeón en su época.  

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