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martes, 15 de septiembre de 2015

Juego De Payasos (segunda parte)

¡Hola! Seguimos con esta historia. Para los que no leyeron la primer parte, aquí está:  http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com.uy/2015/09/juego-de-payasos.html



                                                 El Payaso
Las circunstancias lo agobiaban pero como era muy inteligente Santiago pensó muy bien lo que tenía que decir. Lo mas importante era que no debía mencionar al payaso fantasma por ningún motivo. La desaparición de sus amigos no podía ser casualidad. Lo mas lógico era pensar que la aparición los había atrapado para hacerlo sufrir, para asustarlo mas, después seguía él. Lo salvó el estar acompañado y que otra gente del parque anduviera atenta. Pero se preguntaba qué había hecho el payaso fantasmal con sus amigos. ¿Cómo los había capturado entre tanta gente? Las historias de fantasmas que había escuchado solo involucraban algún susto, no desapariciones. Y aunque los fantasmas pudieran matar, ¿dónde los había dejado? Iba rumbo a su casa caminando y meditando en eso. Pocos vehículos pasaron por él, aunque sí le ladraron varios perros; como él no reaccionaba después los perros lo seguían con la mirada medio confundidos por la falta de interés que este demostraba ante sus bullas. No podía hablar del payaso.

Si este le había hecho algo a sus amigos él no sabía qué ni cómo. En eso tenía que aferrarse si ellos aparecían muertos. Estaban paseando cuando desapareció uno y luego lo siguieron los otros. Hablar de aquella aparición solo iba a servir para que lo internaran en algún lugar. Y si hablaba del circo y el incendio, peor. Al llegar a su hogar enseguida le comentó a sus padres lo sucedido, obviamente, omitiendo lo de la aparición. Sus padres estaban mirando las noticias en la tele. Sin desviar la mirada de la pantalla Luis le dijo:

—Vaya amigos los que tienes. Seguramente te hicieron una broma pesada.
—Pero me parece extraño que no los hallan encontrado —repuso Angélica—. Y si se fueron, ¿irse temprano solo para jugarle una broma pesada?
—Tal vez regresaron después —supuso Luis. Angélica halló que esa respuesta era muy probable. Siguió mirando tele.

Santiago no volvió a tocar el tema para no generar sospechas. Le habían guardado la cena, hizo un esfuerzo por comerla toda porque era lo que haría normalmente. Cuando se acostó los pensamientos lo siguieron acosando. Quiso convencerse de que solo le habían hecho una broma, que la aparición del payaso solo fue casualidad, que solamente era un fantasma que no podía hacer otra cosa que asustar. Se imaginó que al otro día iba a ver a sus amigos y que estos se iban a reír por la broma que le hicieron, y él también iba a reír. Santiago sonreía en la penumbra de su cuarto imaginándose eso. De repente unos golpes en la puerta lo hicieron volver a la realidad.

—¡Santiago! —era su madre.
—¿Qué pasa, mamá?
—Tus amigos no volvieron a su casa —le informó Angélica desde el otro lado de la puerta—. Sus padres nos llamaron para ver si estaban aquí. Los están buscando.
—¿Para que lo despiertas para decirle eso, para afligirlo? —le reprochó Luis. Su voz se iba acercando a la puerta.
—Le dije porque son sus amigos —respondió ella.
—¿Y para qué va a servir eso, qué puede hacer él ahora?
—Tienes razón, no lo pensé bien. Santiago, no te preocupes, quién sabe que diablura andan haciendo esos por ahí. Ahora trata de dormir. Hasta mañana.
—Claro, seguro esta madrugada se aclara todo. Hasta mañana —agregó Luis como consuelo.

   Luego las dos voces se alejaron susurrando. El muchacho lagrimeó en la oscuridad. “Maldito payaso, los mató. Pero yo lo voy a destruir”, pensó Santiago. Después, mientras seguía llorando, consideró que él también era culpable. Si no hubiera incendiado aquella carpa el payaso no hubiera muerto, y al no existir su fantasma sus amigos estarían ahora durmiendo tranquilamente en sus hogares. Mas luego se le ocurrió que aquel tipo merecía eso. El circo estaba lleno de gente pero solo resultó muerto él, y el fuego fue una consecuencia que él mismo creó al molestarlo. ¿Qué clase de persona se divierte aterrando personalmente a niños? Aquel sujeto tenía que ser alguien malvado. Santiago no se imaginaba cuánto.

  Cuarenta y cinco años atrás, una maestra se levantó precipitadamente para sacar a un alumno de la oreja, pero antes de llegar a él este se levantó y extrajo una navaja de entre sus ropas. La maestra frenó su paso justo a tiempo, y la hoja afilada quedó a centímetros de su estómago. El resto de los alumnos quedaron quietos y mudos. Mario, el muchacho de la navaja, retrocedió hasta la puerta observando a todos de forma siniestra y furiosa, y al mover su mano armada, desde su punto de vista la punta de la hoja recorrió todos los rostros presentes; solo después de hacer eso alcanzó el corredor y de ahí salió disparado hacia la salida. La maestra volvió a su escritorio con la mano derecha sobre el pecho. En toda su carrera no había visto a un alumno tan acosador y violento como aquel. Los alumnos quedaron aliviados por su ausencia y todos desearon que ese nuevo acto fuera el último que aquel rufián hiciera en la escuela.

  Mario se alejó corriendo y riendo a carcajadas. No era la primera vez que había sacado su navaja pero nunca había causado tanto miedo. Cuando dejó de correr en su rostro se notó mucho enojo. Estaba seguro que ahora lo iban a expulsar para siempre de la escuela. Ya había reprobado cuatro años y ninguna maestra lo soportaba. A él no le importaban sus estudios, para Mario la escuela significaba solo una cosa: diversión al molestar a sus compañeros. ¿Qué iba a hacer con su tiempo ahora? No podía estar mucho en su hogar porque su padre solía darle palizas y lo hacía trabajar en la huerta. Los días que le siguieron a ese le resultaron aburridos. Se la pasaba bagando, le tiraba piedras a los perros, a los gatos, y solo tuvo la emoción de romper un par de ventanas y salir huyendo. Mario era de tez muy blanca, flaco pero fuerte, y aunque solo tenía quince años, de tanto reírse o andar sonriendo ampliamente todo el tiempo por las cosas que se imaginaba, ya representaba mucha mas edad.

   Aunque en su casa no le faltaba el alimento, gran parte de lo que él comía era robado de los cajones de los mercados. A veces lo atrapaban y pasaba unos días en el reformatorio. Aquel lugar no era divertido como la escuela porque los que estaban allí no se dejaban intimidar y casi siempre cobraba alguna paliza. El robo era algo tan común para él que ya no le brindaba satisfacción alguna. Una tarde Mario estaba sentado bajo un árbol que se erguía en la orilla de un arroyo que pasaba cerca de la ciudad, cuando de pronto se incorporó y lanzó un grito triunfal. Cómo no se había dado cuenta antes. Robar algo de paso no tenía gracia porque muchas veces el afectado ni se enteraba, lo que debía hacer era asaltar a la gente. Empezó a reír a carcajadas al pensar en el susto que les iba a dar, y eso le iba a dejar dinero. En ese momento iban pasando por esa orilla dos pescadores. Después de mirar a su compañero uno de ellos describió unos círculos pequeños en su sien con el índice, y el otro aguantó una carcajada tapándose la boca. Mario estaba tan entretenido con sus planes que ni los vio.

  Su ciudad tenía varias avenidas con árboles en los costados. La noche de ese mismo día Mario se ocultó tras un árbol de una de esas vías. El alumbrado insuficiente de la calle colaboraba con él. Detrás se extendía un enorme terreno baldío lleno de malezas y del otro lado tampoco había casas. El escenario era propicio para una emboscada, solo faltaba una presa con la que él pudiera. Como era temprano pasó mucha gente y tuvo que mantenerse escondido. Cuando pasaban varias personas pegaba mas su espalda al tronco que eligió, el cual lo cubría sobradamente. A cada rato quedaba mirando hacia las difusas siluetas estiradas de las malezas del baldío, el oído atento a los pasos que iban por la vereda. Se había fabricado una máscara para toda la cara con tela, y como le había hecho agujeros muy chicos para los ojos se la tuvo que acomodar innumerables veces. Pasó por un momento de apuro cuando una pareja de ancianos cruzaron paseando a un perrito. El can detectó su olor y se puso a ladrar y gruñir furiosamente, tironeando la correa hacia el árbol. Lo hubieran descubierto si al anciano no se le hubiera ocurrido que debía tratarse de un zorrillo, y contra su voluntad arrastraron al perro lejos de allí. Asaltar no iba a ser tan fácil como había creído. Parecía que ese día a toda la ciudad se le había dado por circular por la avenida donde se hallaba.

   Mas tarde disminuyeron los caminantes pero no llegaba una presa adecuada. Como para intimidar contaba nada mas que con su navaja debía elegir a la persona correcta. Mario se asomaba apenas y espiaba, siempre amparado por las sombras. Pasaron algunos caminantes solitarios pero eran muy grandes para él. La espera se le hizo tan larga que tuvo que sentarse contra el tronco. Había asomado un pedazo de luna y en el terreno frente a él se mecían las malezas casi hipnóticamente. Le pareció que entre aquella confusión de plantas se mecían también algunos rostros maléficos. No les tenía miedo porque ahora él se consideraba uno de ellos. Con aquella máscara ya no era él, se sentía mas poderoso. Creyó ver que las caras le sonreían. Escuchó que alguien se acercaba canturreando. Se asomó a ver. Reconoció de lejos al hombre, era Domínguez, un conocido de su padre. Este era un viejo borracho y apostador de lo que fuera, por lo que casi siempre perdía dinero. Pero esa noche caminaba contento. Mario supo que el viejo había ganado algo. Era de estatura baja, delgado, y se notaba que estaba borracho a mas no poder. “Esta es mi oportunidad”, pensó Mario. Apareció en la vereda de un salto y estiró la navaja hacia el viejo.

—¡Dame la plata o te corto! ¡Ahora! —lo amenazó Mario fingiendo una voz mas grave que la que tenía.

Como el tipo estaba muy borracho su reacción fue lenta, pero cuando comprendió que lo estaban asaltando levantó las manos y miró lo que usaba el ladrón para intimidarlo. Mario echó un rápido vistazo a la calle para ver si no venía nadie, fue un instante muy breve, mas cuando volvió a fijar su atención en el viejo este estaba retrocediendo y al mismo tiempo iba sacando una pistola de su cintura. Mario reaccionó como un rayo, se abalanzó hacia el viejo y el brillo de la navaja se perdió en el abdomen de este. El impulso fue tan grande y el equilibrio de la víctima era tan poco que los dos cayeron al suelo, pero Mario quedó arriba, y mientras intentaba controlar el brazo armado del otro siguió golpeando y golpeando hasta que la navaja ya no tuvo brillo, se había teñido de rojo. Cuando el borracho quedó quieto le revisó los bolsillos. Tenía un buen fajo de dinero. Por último tomó la pistola y se la metió en la cintura, y por las dudas pasó el filo por la garganta del viejo. Al mirar hacia el baldío le pareció que las caras horrendas lo victoreaban.

   Salió corriendo por una calle que desembocaba en la avenida y sin parar se quitó la máscara. Varias cuadras mas adelante se lavó las manos bajo un puente y arrojó la navaja en la parte mas profunda. Cuando hacía cualquier maldad era muy listo, como si hubiera nacido para eso. No tenía pensado matar pero ahora que lo había hecho le pareció genial. La noche ya empezaba a debilitarse cuando alcanzó la zona donde se encontraba su hogar. Los gallos competían por cuál desafinaba mas al recibir el día, y un lucero enorme lo vio atravesar el camino que conducía a su solitaria casa. Su padre nunca cerraba la puerta con llave porque el único capaz de robar algo por la zona era él, y creía que su hijo no se atrevía ni a sacarle un cigarrillo. Mario se detuvo frente a la puerta y pensó. Era mejor dividir su botín y esconder parte en un escondrijo que tenía en el patio. Avanzó sigilosamente hasta uno de los árboles y metió la mano en un hueco donde escondía una lata. Hecho su depósito entró a la casa. Óscar, su padre, se había dormido en el sillón de la sala. La televisión estaba encendida pero solo había estática. Mario cruzó detrás de él lo mas sigiloso que pudo mas el viejo igual lo notó.
—¿Dónde andabas, sabandija? —le preguntó Óscar, arrastrando la lengua. En realidad no le importaba dónde hubiera estado su hijo ni lo que hubiera hecho, dijo eso porque fue lo primero que se le ocurrió.
—Por ahí —respondió Mario.
—¿Qué llevas en el bolsillo, sabandija?

Mario abrió los ojos muy grandes, ¿cómo había adivinado...? Entonces se dio cuenta que fue un error de él. Inconscientemente había pasado tocándose el bolsillo y el viejo lo vio.

—No tengo nada —intentó mentirle.
—¡Ni un paso mas! ¡Ahí tú tienes algo, puedo verlo desde acá!

El viejo se puso de pie y se pasó la mano por el mentón babeado.

—A ver, vacía ese bolsillo. ¡Aja! Ya decía yo que tenías algo, sabandija. ¿Tienes mas?

Mario sacó el interior de el otro bolsillo hacia afuera. Le preocupaba mas que el viejo descubriera el arma que tenía atrás porque iba a ser importante en su futuro asaltando. El viejo lo miró desconfiado un instante. No insistió mas porque pensó que su hijo no era tan astuto como para esconder otra cosa. Él había sido mas listo y le descubrió aquel dinero. Cómo lo había obtenido le importaba un comino. Volvió a limpiarse la barbilla y se sentó muy sonriente y se puso a contar el dinero. Hasta ese momento de la noche Mario se había sentido un ganador; ahora Óscar lo había reducido nuevamente a una sabandija. Pensó en sacar la pistola y volarle los sesos allí mismo, mas se contuvo porque se le ocurrió una idea mejor. Él le conocía una flaqueza al viejo. Por qué solo matarlo pudiendo también darle un susto terrible. El viejo le gritó que se largara y él se fue a su cuarto sin protestar, sonriendo. En su cuarto tenía otro escondrijo y allí guardó la pistola. Se durmió organizando los detalles de su plan.

El hambre lo despertó pasado el mediodía. Al ir a la cocina, sobre la mesa había un pollo con plumas y todo. Era el pollo de un vecino. El ave había cruzado para el terreno de ellos y no pudo escapar del viejo. Mario lo desplumó afuera mientras pensaba en su venganza. Matar a su padre era algo lógico para él, solo lo había postergado hasta que tuviera la edad y la astucia suficiente como para no incriminarse mucho. Trozó el pollo, picó groseramente algunas verduras de la huerta y metió todo en una olla con agua. Mientras esperaba comió un trozo de pan duro, siempre sonriendo y arrugando prematuramente su cara. El viejo regresó cuando la comida ya se estaba enfriando. Llegó borracho como casi siempre. Para la noche había traído una botella de whisky que compró con el dinero que le incautó a Mario. No le hizo ni una pregunta a su hijo sobre el dinero. Se había enterado del asesinato pero no lo creía capaz, no porque pensara que tenía escrúpulos, sino porque creía que no tenía el valor ni la astucia. Esa noche iba a averiguar que se equivocaba con Mario.

Mas avanzada la tarde el muchacho trabajó en unos canteros. El viejo lo vigiló una hora entre bostezos desde su mecedora hasta que finalmente se levantó relamiéndose los labios al acordarse del whisky. Unos tragos después se fue a sestear. Mario enseguida puso su plan en marcha. Tenía que gastar casi todo el dinero que le quedaba pero la inversión bien valía la pena, y cuando se encargara del viejo iba a retirar todo el que se encontrara en la casa. Sabía que su padre solo gastaba lo que recibía de la pensión por un dedo que le faltaba, dedo que él mismo se cortó para obtenerla, y lo de la jubilación que cobrara sin merecer; la plata que generaban los productos de la huerta desaparecía, mas Mario estaba seguro que sabía dónde la depositaba. Salió rumbo al centro de la ciudad.
El viejo Óscar se levantó de sus siesta al atardecer. Se enjuagó la boca con whisky y fue hasta la cocina arrastrando los pies. Engulló el resto del estofado que hizo su hijo y fue a sentarse frente a la televisión, con la botella en la mano. Recorrió todos los canales maldiciendo la programación hasta que encontró una película vieja de vaqueros. Nunca terminaba de ver una película porque se dormía de a ratos. Cuando se dormía se le podía caer el control remoto pero la botella jamás, y tenía la capacidad de beber medio dormido. Desde su punto de vista se sucedían en la tele escenas inconexas y sin sentido, solo tenían continuidad los tragos. Eso para él era pasar una buena noche. La noche estaba muy avanzada cuando abrió los ojos lo mas que pudo porque le pareció que en la tele habían dicho su nombre. El volumen estaba muy alto como siempre . Demoró en darse cuenta que el sonido venía de otro lado. Bajó un poco el volumen. Giró la cabeza hacia el sonido. El corazón le latió fuerte.

—Óscar, Óscar... —repetía una voz algo ronca y susurrante.
—¿Sabandija, eres tú? —preguntó extrañado.
—Ven aquí, Óscar. ¿Tienes miedo?
—Sabandija, si eres tú te voy a dar la paliza de tu vida, ya vas a ver —amenazó Óscar, intentando no mostrarse asustado.

Lo cierto era que no le parecía que fuera voz de su hijo, y se encontraba tan borracho y confundido que ni estaba seguro de la naturaleza de la voz. Hizo un esfuerzo para levantarse y quedó tambaleante frente al sofá. Solo la luz que escapaba por la pantalla iluminaba la sala, el resto de la casa se hallaba a oscuras. Ya estaba pensando en volver a sentarse pero no lo hizo porque la voz sonó de nuevo:

—Óscar, ven.
—¿Para qué quieres que vaya, quién eres, qué eres?
—Estoy en tu cuarto —respondió la voz.

¡En su cuarto, donde guardaba el dinero de la huerta! Dejó la sala estirando el brazo para apoyarse en la pared, así solía moverse por la casa cuando estaba oscuro y se encontraba muy borracho. La avaricia pudo mas que el miedo que ya sentía, y sin detenerse a pensar ni un segundo abrió la puerta de su cuarto y buscó torpemente el interruptor de la luz. La lámpara no encendía. Escudriñó la oscuridad dando un paso hacia las tinieblas. Se sobresaltó al ver algo que se movía, y se le erizaron todos los pelos al distinguir una forma en aquel bulto que avanzaba y retrocedía suspendido en la oscuridad sin hacer el menor ruido. “¡Es la cabeza de un payaso!”, pensó horrorizado. El terror que experimentaba lo hizo lanzar un manotazo hacia la cabeza voladora, y al alcanzarla esta se alejó velozmente hacia la parte impenetrable de la oscuridad, pero volvió a arremeter y quedó a escasos centímetros de su cara. Óscar gritó y al intentar retroceder cayó hacia atrás. Al impactar contra el suelo sintió una puntada muy fuerte en la espalda. A pesar del dolor giró el cuerpo y empezó a arrastrarse hacia la sala. En su lenta y desesperada huída le pareció escuchar pasos detrás de él mas no quiso voltear hasta que llegó a la luz cambiante y colorida de la sala.

Lanzó otro grito al ver que lo perseguía un payaso. Ahora no era solo una cabeza. Vestía una ropa multicolor brillante y muy holgada, guantes blancos, unos enormes zapatos rojos, y en la cabeza resaltaba una cabellera electrizada de un color que a la luz de la tele no se podía definir. La cara completamente blanca mostraba una sonrisa fiera y los ojos eran pura maldad. El payaso caminaba lentamente y cuando levantó un puño este tenía un cuchillo reluciente. Entonces el payaso empezó a emitir una risa estridente y alocada, chillona y llena de malicia, el viejo abrió la boca como para gritar de nuevo mas solo le salió una exhalación muda que se cortó de pronto y sus ojos quedaron inexpresivos. El payaso se inclinó hacia el viejo con el cuchillo levantado sobre el hombro y lo observó un momento, después se enderezó con una nueva carcajada. ¡Lo había matado de un susto! Su plan no podía salir mejor. Tenía pensado darle un susto terrible y después matarlo, si podía, con el cuchillo, sino recurriría a la pistola que llevaba entre sus ropas de payaso, pero no había sido necesario. El viejo había muerto de puro terror. Mario subió el volumen de la tele y siguió riendo a carcajadas mientras daba saltitos alrededor del muerto.

La cabeza voladora era otra máscara de payaso envolviendo una pelota vieja. Le había atado una cuerda que amarró a un clavo que sobresalía del desvencijado techo. Después de meterse a la casa por el fondo acomodó todo aprovechando la borrachera de su padre. Lo llamó varias veces alterando su voz y cuando lo escuchó acercarse empujó la cabeza falsa para que se moviera como un péndulo y se escondió tras la puerta, previamente había aflojado la lamparilla. Las casas mas próximas estaban bastante apartadas y a nadie le iba a extrañar aquellos gritos porque el viejo solía mirar la tele con el sonido muy alto y las discusiones y los gritos eran comunes allí. Muchas noches el viejo gritaba y discutía aunque estuviera solo. Mario pasó a la segunda fase de su plan. Hurgó en el cuarto del viejo. Encontrar el dinero le resultó mas fácil de lo que calculó y era mucho mas de lo que esperaba. Al cuerpo lo dejó como estaba, suponiendo que iban a calcular que se había caído borracho y después murió del corazón por el dolor o al intentar levantarse. A ningún conocido le iba a resultar rara aquella muerte.

—Cuando era chico le tenía miedo a los payasos, bueno, no miedo, mas bien no me gustaban los tipos esos que esconden su cara con esos maquillajes —le comentó un día Óscar a su hijo—. Eso cuando niño, claro, ahora los agarraría del cuello así —alardeó después Óscar; pero su hijo no se creyó la segunda parte. Y otro día, tiempo después, cuando en la tele apareció un payaso, Mario notó algo de miedo en la cara del viejo.

Mario se salió con la suya sin tener que esforzarse mucho con sus mentiras, mas no calculó que al no tener otros parientes lo iban a meter en un internado. De todas formas no estuvo mucho tiempo allí, huyó en cuánto pudo. Retiró el dinero del hueco del árbol y también se llevó la máscara que usó para matar de un susto a su padre, y nunca mas se lo volvió a ver en su ciudad natal. Comenzó desde entonces una vida de vagancia y criminalidad que duró años. Cuando las fechorías del “Payaso Asesino” se hicieron muy conocidas, para que no lo atraparan buscó dar un giro a su vida, y cuando buscaba eso, al aproximarse a una ciudad vio que estaban levantando una carpa de circo. Se acercó a la carpa sonriendo malignamente. "En vez de solo usar una máscara de payaso, puedo ser uno de verdad", pensó Mario. 

Santiago despertó y vio a su madre al lado de la cama.

—Levántate rápido que tenemos que ir a la comisaría.
—¿Encontraron a mis amigos? —preguntó Santiago, sintiendo un nudo en la garganta.
—Levántate ahora, después te decimos. Ánimo.

10 comentarios:

  1. Respuestas
    1. ¡Jaja! Te enamoras fácil. Gracias por seguirme y comentar. Hasta la próxima parte. ¡Salu2!

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  2. Esto se pone interesante.Casi seguro que los amigos están muertos......y el payaso que malvado. Me ha gustado mucho, bueno espero la continuación .Saludos .Silvia.

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    1. Gracias, Silvia. Te espero en la próxima entonces. ¡Saludos!

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  3. Así que, al parecer en realidad el payaso se llama Mario y es un asesino. Aunque también está loco, ahora no se sabe lo que hizo con los amigos de Santiago. Lo más importante, ¿De verdad el payaso murió o todos lo creyeron muerto y sobrevivió?. Ahora quiere vengarse. Eso lo sabremos más adelante. Esta parte te quedó mejor, aunque las dos son buenas. Espero que sigas publicando. Saludos desde Venezuela.

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    1. Hola. No pienso revelar nada de la otra parte ¡Jaja! La primer parte es mas floja porque viene a ser como el prólogo nomás, solo tiene que ser lo suficientemente interesante como para enganchar. No te pierdas la próxima porque va a estar mas buena. Gracias por comentar. ¡Saludos!

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  4. Hola maestro! Soy Willy..sin palabras,idolo total! Se pone cada vez mejor el cuento jeje..estaba sin internet maestro ahora te lei nuevamente y mañana abro para mi correo para estar comunicados y pasarte algunas experiencias mias jeje..un fuerte abrazo desde Paraguay hermano mio

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    1. Hola Willy. Gracias. Cuando gustes. Quiero saber con qué te has topado en la selva paraguaya, además de algún furtivo ¡Jaja! ¡Saludos hermano!

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  5. Que mente tan privilegiada para poder plasmar tanta idea y genialidad ..... ya no te vayas ... nunca desistas

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    1. Hola Belén. Gracias. Hoy mismo te mando un correo. Cuéntame tus experiencias mas aterradoras ¡Jaja! ¡Saludos!

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