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viernes, 25 de septiembre de 2015

Juego De Payasos (tercera parte)

  ¡Hola! Seguimos con la tercer parte de este cuento de terror de payasos. Si no leyeron la primer parte, aquí está: http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com.uy/2015/09/juego-de-payasos.html                                        




                                           El Hechizo
Los padres de los amigos de Santiago no habían dormido en toda la noche. De madrugada se combinaron para ir juntos a una comisaría y hacer una denuncia. Como habían pasado muy pocas horas los policías no los tomaron en serio. Al amanecer volvieron a insistir. Normalmente no buscan a nadie cuando solo hace unas horas que se perdió, pero como a un comisario le pareció que el asunto ya se estaba tornando raro, comenzó la búsqueda. El punto de partida fue el parque y allí se quedaron. Uno de los juegos mecánicos tenía una base bastante grande hecha de madera que medía unos treinta centímetros de altura. Cuando un policía inspeccionaba el lugar de pronto vio algo entre el espacio de dos maderas, tuvo la impresión de que estaba viendo ropa. Acercó la cara para ver de qué se trataba realmente y enseguida se apartó horrorizado. Los cuatro estaban retorcidos allí abajo. La investigación enseguida enfiló hacia Santiago. Los policías tenían la esperanza de que él hubiera visto algo.

Luis le informó la terrible noticia y Santiago se puso a llorar. Tuvieron que llevarlo así porque los policías querían interrogarlo. A pesar de lo terrible de la situación pudo apegarse a su plan. Lo llevaron a una habitación pequeña con solo una mesa y un par de sillas. Como era menor dejaron que sus padres estuvieran presentes y también había una asistente social. Con aquellas miradas inquisitivas sobre él no fue nada fácil y sintió miedo mas compensó eso con astucia. Le preguntaron varias veces y de distintas formas si no había visto a alguien que le despertara alguna sospecha, o que ahora lo asociara con la muerte de sus amigos. Cuando dijo varias veces que no había notado nada raro en ninguna persona era sincero porque para él el payaso era un monstruo. Superó esa prueba en parte porque los detectives, no acostumbrados a hechos así en aquella pequeña ciudad, habían apuntado todas sus sospechas hacia la gente del parque y a él lo veían solo como a una posible víctima que tuvo suerte. 

De todas formas ese día fue terrible para Santiago y varias veces estuvo a punto de hablar del payaso fantasmal. Se contuvo porque no creía que pudieran hacer algo contra aquel espectro, hablar de eso solo lo iba a perjudicar a él. Por la noche vino una etapa peor: el velorio de sus amigos. Los velaron a todos juntos. Mas de una vez le pareció que los padres de los difuntos lo miraban con odio. Solo él se había salvado y los otros estaban en cajones. No era algo racional que pensaran eso de él, pero durante las primeras etapas de una pérdida a veces se buscan culpables y los sobrevivientes de una tragedia suelen ser el blanco. A pesar de su corta edad, gracias a su inteligencia Santiago intuía muy bien por qué los padres de sus amigos reaccionaban así, mas de todas formas eso lo hizo sentirse culpable de nuevo. Luis, que también había observado aquellas miradas, se acercó a su hijo para decirle al oído:

—No tienes que sentirte mal por seguir aquí. La culpa de todo la tiene el que hizo esto; de ese ya se va a encargar la justicia, la del hombre o la divina.

Esas palabras no lo consolaron porque él sabía que el payaso fantasmal estaba mas allá de la justicia del hombre, y de alguna forma había escapado a su destino que seguramente era el infierno. Pero tenía que haber alguna forma de enviarlo al infierno y redimirse, si es que tenía alguna culpa, solo tenía que buscarla. 
Pasada la medianoche regresaron a su casa para tratar de dormir un poco. Temprano por la mañana fueron al entierro. Con los ojos llenos de lágrimas les juró en silencio a sus amigos que los iba a vengar, y le pareció escuchar sus voces alentándolo con aquel tono medio en broma que solían usar aunque hablaran en serio. Mientras tanto la investigación seguía pero no obtenían resultados. Todos los esfuerzos de la policía terminaban de pronto en un callejón sin salida. Interrogaron nuevamente a Santiago y este volvió a repetirles lo mismo. Durante ese interrogatorio uno de los detectives reveló algo que le aportó un dato importante; le dijo que unos niños decían haber visto fugazmente a un payaso. No sabían que hacer con esa pista porque ninguna persona mayor lo había visto también. Aquel dato sorprendió a Santiago y se sintió en apuros porque advirtió que los detectives lo notaron; pero salió de la situación al confesar enseguida que le tenía algo de miedo a los payasos y que se había impresionado un poco al imaginarse uno rondando el parque sin que él lo notara. Le creyeron. Consideraron que la presencia de un payaso real era algo muy improbable porque entre tanta gente algún adulto tenía que haberlo visto, y entre los trabajadores del parque no había pruebas de que alguno se hubiera disfrazado. Los niños habían estado juntos antes de decir eso y era razonable suponer que uno lo había inventado y los otros simplemente lo repitieron.

Mientras seguían enredados en el asunto Santiago pensó qué hacer. Ahora le resultaba mas apremiante que nunca eliminar al payaso porque si otros niños también lo vieron eso significaba que no se había manifestado solo por él. El payaso atacó a sus amigos porque él se presentó esa noche junto a ellos, pero de no haber ido igual el payaso hubiera asesinado a otros. Sin dudas podía moverse o solo tenía poder dentro de aquel terreno. Ahora el parque estaba cerrado al público por causa de la investigación, y cuando sus trabajadores ya no fueran requeridos se iban a marchar enseguida; pero cuando volviera otro parque o circo el payaso atacaría nuevamente. Mientras el lugar se mantuviera vacío no pasaría nada porque nadie atravesaba aquel terreno de noche porque las malezas crecían rápidamente allí y no se acostumbraba cruzar por él.

La policía al final no halló a ningún culpable. El jefe de policía de la ciudad, rodeado de micrófonos en una rueda de prensa, con mucho tacto y sutileza dejó entender que aunque no encontraron pruebas creían que el culpable era parte del personal del parque de diversiones, y que aunque no pudieron atraparlo, por lo menos harían que aquella gente se marchara de la ciudad para no volver mas. Los ciudadanos no quedaron conformes con ese resultado pero por lo menos se tranquilizaron al creer que el asesino se iba a marchar lejos. Solo Santiago sabía que continuaba allí.

Durante todo el revuelo él pensó cómo consumar su venganza, y cuando la calma volvió a la ciudad puso en marcha su plan. La muerte de sus amigos sucedió a principios de las vacaciones, y ya estaban por terminar cuando dio el primer paso. Había juzgado conveniente aprender todo lo que  pudiera sobre fantasmas. Como era un muchacho muy estudioso no tuvo que inventar una excusa para ir a la biblioteca. La bibliotecaria se alegró al verlo, y como estaba enterada de su pérdida se mostró mas amable de lo que normalmente era. Santiago era un muchacho de trece años bastante alto para su edad pero de cara infantil, con ojos marrón claro y un pelo lacio que siempre usaba muy corto. Enseguida comprendió la causa de la amabilidad de la bibliotecaria. Desde la muerte de sus amigos muchos lo trataban así, a veces escuchaba algún comentario tipo: “Este se salvó por poco”.

Aunque era una biblioteca muy completa no fue fácil encontrar algo sobre fantasmas que no fueran cuentos o novelas de terror. Las recopilaciones de leyendas de terror tampoco le sirvieron, y menos los libros donde afirmaban que los fantasmas no existen. A veces apartaba los ojos de la lectura y miraba en derredor. Tantos libros y ninguno que le sirviera. Su búsqueda duró varias jornadas pero no logró encontrar nada importante. Cuando ya empezando a creer que le había jurado en vano a sus amigos, una conversación que escuchó a medias le brindó un posible recurso: la ayuda de una bruja. Algunos le llamaban curandera; ella se hacía llamar Madame Hortencia. Desde hacía un tiempo Santiago había escuchado algunos rumores sobre ella. En una ciudad chica los chismes corren por todos lados y rápido. Algunos decían que tenía poderes y que sanaba, otros afirmaban que era una charlatana, y un buen número aseguraba que tenía poderes solo para el mal, y que por dinero hacía “trabajos” contra cualquier personas, y que por lo tanto era mas bruja que curandera. Él había escuchado sobre ella pero no recordaba haberla visto personalmente, o la había visto pero sin asociarla a su nombre. Por qué no probar suerte con aquella bruja, tal vez ella podría darle alguna fórmula o hechizo.

Tenía dinero que sus abuelos le daban y él nunca gastaba. Sabía dónde vivía la bruja porque era en una de las propiedades mas destartaladas de la ciudad. Era una casa baja pero grande hecha completamente de madera que apenas asomaba tras un jardín tan seco como ella. La última vez que Santiago había pasado por allí tenía las ventanas y la puerta tapiadas. Si la bruja vivía en ella no hacía muchos años, y como los rumores sobre su trabajo eran bastante recientes todo indicaba que había llegado de otra ciudad. Santiago suponía que para exponer bien su problema iba a tener que confesar lo del incendio del circo y eso no le gustaba, mas no sabía qué otra cosa podía hacer. Era bastante lógico suponer que con dinero de por medio la bruja sabía guardar secretos. De todas formas tenía que arriesgarse. Como ya habían comenzado las clases tuvo que faltar porque quería que su entrevista con la bruja fuera secreta. La maltrecha vivienda se encontraba en el cinturón de la ciudad y tuvo que caminar muchas cuadras para llegar a ella.

Hizo una pausa frente a la propiedad. Pensaba que no le gustaría meterse allí de noche, cuando al bajar un poco la vista notó un cartel que colgaba en el portón: “Se atiende solo de noche, de las ocho hasta las doce. No venga antes. Llamar a la puerta”. Había faltado para nada y tenía que ir de noche a aquel lugar tan tétrico. Como no podía volver enseguida a su hogar mató las horas en una pequeña plaza, sentado a sus anchas y masticando la punta de una brizna de pasto. Pensó en una excusa que le permitiera visitar a la bruja por la noche. Inventar una nueva amistad y una visita a esta era algo peligroso de sostener. Marchó hacia su casa con el ánimo muy bajo. Cuando sus amigos estaban vivos salían los fines de semana y a veces pasaban la noche en la casa de uno. Ahora con qué excusa iba a salir de noche. Le seguía buscando una solución a eso cuando esta llegó sola. Lo invitó a su cumpleaños un compañero de clase que nunca antes lo había hecho. Santiago intuyó que detrás de esa decisión debían estar los padres del chico: “Invita al muchacho aquel que perdió a sus amigos”. No le gustaba que le tuvieran lástima pero no podía desperdiciar esa oportunidad.

La fiesta empezaba al anochecer y Santiago se mantuvo allí hasta las ocho menos cuarto. Se alejó lo mas disimuladamente que pudo y una vez en la calle apuró el paso pues la casa de la bruja estaba bastante lejos. Sus padres lo habían dejado ir solo y podía estar hasta la hora que quisiera. Esa noche soplaba mucho viento y en las calles del cinturón de la ciudad volaba un polvo fino producto de la sequía que todavía no abandonaba la región. Al pasar por una calle bastante oscura Santiago miró hacia arriba. En el cielo no titilaba ni una estrella y negros nubarrones se amontonaban inquietos prometiendo una tormenta que aún no llegaba. Pero el ventarrón seco y polvoriento molestaba tanto como un chaparrón. Tan fea estaba la noche que hasta pensó en no ir, mas enseguida recordó a sus amigos y siguió. Al alcanzar la propiedad, el viento jugaba en el jardín reseco sacudiendo las plantas y produciendo diferentes sonidos, todos inquietantes. Empujó el portón y caminó hacia la débil luz ubicada sobre la puerta. El sendero era angosto y las ramas se inclinaban para tocarlo. Haciendo caso al cartel que dejó atrás, golpeó la puerta con la mano y esperó una respuesta. ¡Pase! Dijo una voz desde las entrañas de la casa. Al ingresar a la vivienda entró con él una ráfaga de viento y varias cosas se agitaron en la oscuridad de la habitación. Eran cortinas de tul oscuro colgando en varias partes de la sala. Así ambientaba la casa la bruja para impresionar mas. Las cortinas flotaron como fantasmas hasta que cerró la puerta. La habitación era ahora una boca de lobo pero en el fondo de esta había un corredor por donde llegaba algo de luz. Desde el final de ese corredor llegó también la voz que lo había hecho pasar y esta vez lo invitó a seguir. En la habitación donde estaba la luz había una mujer sentada frente a una mesa pequeña, en el lado opuesto de la mesa había otra silla. Era una mujer de cabellera ondulada y muy voluminosa, de labios voluptuosos y nariz delgada y larga, ya por los cuarenta pero muy bien conservada. Cuando se levantó Santiago descubrió que era muy alta. Llevaba puesto un vestido negro y la tela se apretaba a unas curvas bien proporcionadas. Santiago supo que ya la había visto antes pero no recordó dónde. La mujer dio unas zancadas hacia él señalando el corredor por donde había llegado.

—¡Largo de aquí, mocoso, esto es para gente grande!
—Tengo dinero —se apuró en decir Santiago, y sacó los billetes de su bolsillo y se los mostró.

Entonces ella bajó el brazo, los ojos fijos en el dinero, para después sonreír e invitarlo a sentarse con un gesto de su mano. Se sentó frente a él y le preguntó con una voz entre solemne y burlona:

—¿Qué lo trae por aquí, jovencito? ¿Algún problema del corazón tal vez?
—No. quiero, quiero que me enseñe cómo destruir a un fantasma.
—¿A un fantasma? Déjame adivinar, ¿está en el clóset, o bajo la cama?
—Está en el terreno donde estuvo el parque de diversiones —le contestó Santiago.

La mujer dejó de sonreír y lo miró directamente a los ojos. Santiago creyó ver un temblor en el rostro de Madame Hortensia y por un instante le pareció que esta iba a saltar sobre él. Finalmente ella dijo:

—Así que viste un fantasma en aquel terreno. Presiento ahora que tienes mucho que decirme. No me ocultes nada o no podré ayudarte. Debes decírmelo todo.

Santiago ya había supuesto que debía confesar todo, así que lo hizo. Empezó contando primero lo del circo. Cuando él terminó su historia ella sonrió ampliamente y habló:

—Jovencito, estás de suerte. Hace unos días me llegó un amuleto muy especial. Es contra un hechizo muy raro que puede invocar a un fantasma y fortalecerlo. Así es, ese fantasma no es como otros, lo sé por lo que pudo hacer. Alguien debe haber enterrado un hueso del payaso allí y luego hizo el hechizo. Tienes que ir esta misma noche y con el amuleto que te voy a dar deberás encontrar el lugar exacto donde está enterrado el hueso y echarle agua bendita. Con eso bastará.

—¿Y cómo voy a saber dónde estará el hueso? —Preguntó Santiago.
—El amuleto tiene que colgar de una cadena, y al acercarse al lugar se va a inclinar hacia él.
—Pero si voy ahora el payaso me va a matar también —repuso Santiago.
—Eso no va a pasar porque te voy a dar otro amuleto para que el payaso no pueda hacerte nada. Espera aquí, enseguida regreso.

Si el payaso lo había asustado entre toda aquella gente, si lo veía solo iba a ser mucho peor. ¿Y por qué ir de noche? Aquella idea le parecía muy mala, y cuando Hortensia regresó se lo dijo:
—¿Y por qué tengo que ir de noche, no puede hacerse de día?
—Hay que hacerlo cuando el fantasma está mas poderoso —le explicó la bruja—. El amuleto no puede hallarlo cuando su energía ha disminuido, y así nunca encontrarías el hueso.
—Y si yo le pagara, ¿no podría hacerlo usted?
—En este caso no. El fantasma no se va a manifestar ante la presencia de alguien mayor. Pero no te preocupes, con este otro amuleto no va a poder acercarse ni a diez metros de ti. Si tienes mucho miedo, no vayas, no tienes una obligación con nadie.
—Sí, voy a ir —afirmó Santiago, y se levantó.
—Eso es, que valiente. Déjame que te coloque este amuleto —y le colgó al cuello un medallón metálico grande que tenía unos relieves sumamente intrincados.

También le dio otro que parecía un péndulo, con ese debía encontrar el hueso, y le tendió un frasco con agua que Santiago aceptó con una mano temblorosa. Él le dio el dinero. Cuando se iba a marchar ella le tomó la cara con las manos y le dio un beso en la frente.

—Ve con confianza, muchacho. Mi energía está contigo. Ve y manda a ese payaso al infierno.

El gesto de ella le inspiró confianza y abandonó la casa pensando en el beso que aún sentía en la frente. Él solo era un adolescente y ella era una mujer impresionante. Pero apenas recordó al payaso volvió a sentir miedo. Le aterraba la idea de ir hasta el terreno solo mas no le podía fallar a sus amigos. La vida de otros niños también dependía de él. Caminó rumbo al terreno sintiendo lo que experimentaban algunos guerreros al encaminarse a una batalla. Llegó al lugar. Ya no había nada allí, hasta habían retirado las cintas policiales. Las luces de la calle no abarcaban toda la extensión del baldío. Se agachó para ver si distinguía algún relieve. Muy dentro de él esperaba ver a aquel payaso desde la calle y así no ingresar al lugar. No vio nada. Respiró hondo varias veces y alcanzó la parte de tierra. En la mano izquierda llevaba colgando el amuleto. El objeto se hamacó un poco por efecto de los pasos mas no señalaba hacia ningún lado. Avanzó girando la cabeza continuamente y mirando de reojo al amuleto. Cuando iba a dar un paso su pierna se enganchó en algo y casi cayó. Al mirar hacia abajo, lo que lo estaba deteniendo resultó ser una mano que sobresalía de la tierra. Y así como un topo se asoma en su madriguera, el payaso emergió de la tierra asomando primero la cabeza, después se elevó el resto del cuerpo. Salió del suelo pero no dejó un hueco en él porque era un fantasma. Santiago no seguía atrapado pero igual no pudo moverse. El payaso ahora estaba frente a él, mirándolo a los ojos. Experimentaba mucho terror pero no pudo ni gritar. Varias ideas cruzaron velozmente por su mente y comprendió todo en un instante. A la bruja no la vio en la ciudad, fue en el circo. La había visto fugazmente cuando esta intentaba apagar el fuego junto a sus compañeros. Ella había hecho aquel hechizo, y los amuletos que tenía no servían para nada. El payaso acercó su horrible cara a la de él y le dijo:

—Ahora si te tengo, miedosito.

Continuará...
"Juego De Payasos" última parte: http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com.uy/2015/09/juego-de-payasos-ultima-parte.html

6 comentarios:

  1. Que final inesperado jeje super estubo me gusto como siempre idolo total maestro..ahora a esperar otros cuentos con ansias..saludos amigo..Willy soy

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    1. Gracias, pero no es el final. Olvidé poner que continúa ¡Jaja! Voy a corregir eso. ¡Saludos!

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  2. Eres un maestr. Compa eso te puedo asegurar. Felicidades x el tremendo talento k cargas. Saludos desde Sinaloa

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    1. Gracias. Este no me quedó muy bien ¡Jaja! Será para la próxima. ¡Saludos!

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  3. Pobre Santiago, desde el comienzo a sido el blanco de ese horrendo payaso, esperando ansiosamente la 4 parte, saludos.

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  4. Qué cosa, ya no se pueden confiar en nadie !!

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