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sábado, 5 de septiembre de 2015

Juego De Payasos

Santiago no quería ir al parque de diversiones y tenía un buen motivo para no hacerlo. Como no tenía mucha personalidad y sus amigos insistieron mucho terminó aceptando. Vivía en una ciudad chica y apartada de otras. Allí los adolescentes como él no tenían mucho que hacer. Por eso para sus amigos era inaceptable que no fuera al parque que recién había llegado, porque nadie sabía cuánto tiempo podría pasar antes de que volviera ese o llegara otro. Lo último que había ido a la ciudad era un circo y la última función terminó terriblemente mal, y de eso hacía ya cuatro años...

Sus amigos eran Miguel, Franco, Alonso y Eduardo. Cuando llegó la noche se vieron frente a las luces multicolores del parque; sus compañeros se mostraron muy entusiasmados y él tuvo que forzar una sonrisa. Todos tenían algo de dinero en el bolsillo, permiso para estar hasta bastante tarde y la compañía de sus amigos para animarse entre si se cruzaba la oportunidad de hablar con alguna chica. Qué mas podían pedir. Pero Santiago no compartía la alegría de sus compañeros. Caminaba mirando hacia todos lados, y cuando alguien lo pechó desde atrás se sobresaltó y dio un brinco que hizo que sus amigos lanzaran una carcajada. Estaba asustado y era porque le tenía terror a los payasos, y el lugar lo hacía revivir un recuerdo muy malo que intentaba enterrar en su mente al no pensar en él.

Él sabía que los payasos normalmente están en los circos, mas había escuchado que algunos parques de diversión también los tienen, por eso iba atento. Empezaba a sentir algo de alivio porque habían dado varias vueltas y todavía no veía a ninguno, cuando de pronto lo vio entre un grupo de gente. Varias personas iban en un sentido, y el payaso caminaba contrariamente a ellos y les pasó al lado, pero lo extraño fue que ninguno demostró notarlo en ningún momento. Santiago lo observaba petrificado cuando el payaso volteó hacia él, sonrió malignamente y después desapareció detrás de unas personas, y cuando estas terminaron de cruzar el payaso ya no estaba. Un fuerte escalofrío le corrió por la espalda; no solo había visto a un payaso, había visto a uno que ya conocía y que de ninguna forma podía estar allí. Aquello era mucho peor que una pesadilla porque era la realidad. Se había quedado pensando que su miedo mas profundo se había hecho realidad cuando alguien lo pechó al pasar y ese sobresalto lo hizo reaccionar. Santiago salió de su estupor y alcanzó a sus amigos. Mientras les hablaba miraba sobre sus hombros:

—Me quiero ir —les dijo—. ¿Quién se va conmigo, o nos vamos todos? Ya vimos todo lo que hay.
—¡Eh! Que tanto apuro, espera que todavía es temprano, y gasté solo en un juego —protestó Alonso.
—Ahora no me voy ni loco. Aquellas de allá nos están mirando —dijo Franco, y miró de costado a unas muchachas que ni los habían notado.
—Yo tampoco me quiero ir —intervino Eduardo.

Esperaban que Miguel también estuviera de acuerdo, mas al mirar en derredor vieron que no se encontraba con ellos. Giraron buscándolo con la vista sin hallarlo.

—¡Jajaja! El muy tonto se perdió —dijo Franco, muy divertido—. Mejor nos separamos para buscarlo y dentro de un rato nos encontramos acá. ¿Estamos?
—Tal vez se fue a su casa —opinó Santiago, que lo único que quería era marchare de allí.
—No, debe andar por aquí. Vamos a buscarlo porque después tenemos que irnos todos juntos.

A Santiago no le gustaba nada la idea pero tuvo que separase también. El lugar estaba lleno de gente y bullicio y con todas aquellas luces de colores el parque era bastante caótico. Buscaba a su amigo con la vista cuando vio de nuevo al payaso. En el rostro completamente pintado se le marcaban todo tipo de arrugas y pliegues y su mirada era por demás maligna. Lo vio solo un instante y después desapareció de nuevo. Al volver al punto acordado descubrió que su grupo se había reducido mas. No solo no encontraron al amigo perdido, ahora faltaba Eduardo. El mas decidido, Franco, quiso que volvieran a separarse. Santiago se alejó un poco y volteó para verlos por última vez.

Solo el aprecio que le tenía sus amigos lo mantenía allí, porque todo en su interior le gritaba que saliera corriendo. La gente que andaba en el lugar, ajena a su drama, pasaba por él sonriendo y comiendo copos de algodón de azúcar. Santiago dio tantas vueltas por el parque como la rueda gigante dio sobre su eje. Su desesperación empezó a crecer cuando ya no volvió a ver a ninguno de los de su grupo. Al que si vio varias veces fue al payaso. Siempre cruzaba fugazmente por aquí y por allá, apareciendo y desapareciendo en la multitud sin que nadie, excepto él, pudiera notarlo. Empezó a creer que nunca mas vería a sus amigos. Ya desesperado, le pidió ayuda a una de las personas encargadas del parque.

—¿Que no encuentras a tus amigos? —le preguntó el tipo que andaba vendiendo copos de azúcar—. Bien, veamos, déjame que le de esto a uno de mis compañeros para que no me estorbe la vista y te ayudo a buscarlos. ¿Estás seguro de que no se fueron?
—Sí, ellos estaban buscando a Miguel, el primero que se perdió.
—Está bien. ¡Andrés! Sigue vendiendo tú que yo voy a buscar a los compañeros de este muchacho. Sí, no los encuentra y hace rato que anda a las vueltas. Ya le pregunté, según él no se fueron. Aguántame un rato.

El estar acompañado por una persona mayor le dio algo de confianza mas eso no cambió el resultado de la búsqueda. El tipo del parque le comunicó el asunto a otros compañeros y la búsqueda se intensificó. Santiago sentía un nudo en la garganta. Había reprimido con todas sus fuerzas aquellos recuerdos, pero igual resurgieron con tanta fuerza que hasta le pareció vivirlo de nuevo. Cuatro años atrás, un circo había llegado a la ciudad y se había instalado en el terreno donde ahora estaba el parque. Santiago no entendía por qué le tenía miedo a los payasos ni le interesaba entenderlo porque en ese entonces tenía solo nueve años. Lo único que tenía claro era que no quería ir al circo por nada del mundo. Pero para su desgracia, a sus padres, Angélica y Luis, les encantaba el circo y querían ir, y no pensaban dejarlo solo por una bebería de niño. Tanto era su temor que consideró varios planes para no ir, entre ellos escaparse al campo por unos días, mas al llegar la hora no concretó ninguno. Sus padres pensaron que era un capricho absurdo; él no se atrevía a decirles que le temía a los payasos.

Una ida al baño a última hora solo retrasó lo inevitable, lo llevaron igual. Lo enorme carpa lo intimidó desde lejos, y cuando sus luces lo iluminaron sintió que le temblaban las piernas. Ya en la entrada de la carpa Santiago pensó en salir corriendo, pero como adivinando su intención su madre lo tomó de la mano mirándolo muy seria. Entraron. Antes de subir a las gradas sus padres se encontraron con un matrimonio conocido y allí se pusieron a conversar. La clásica música circense que ambientaba el lugar le revolvía el estómago porque para él aquello era música de payasos. Al entablar la conversación su madre le soltó la mano. Santiago les dio la espalda, vigilando su entorno en busca de payasos. Ignoraba que uno ya lo había divisado a él. Cuando sintió que lo tomaron de nuevo de la mano se volteó para protestar y, ¡vaya susto, aquella era la mano de un payaso! Este lo había visto entrar tomado de la mano de su madre, y para bromear se metió entre el matrimonio conocido y los padres de Santiago y, con un dedo delante de la boca les indicó que no dijeran nada mientras se aproximaba al niño. Tenía la cara muy arrugada pero se movía con soltura.

El individuo los tomó por sorpresa, y como ignoraban que su hijo le tenía terror a los payasos no hicieron nada cuando este lo tomó de la mano. Varias personas del público habían concentrado su atención en las acciones del payaso, esperando algo gracioso. La cara de espanto de Santiago ya generó algunas risas, y cuando el payaso lo arrastró de la mano unos pasos imitando una voz de mujer y diciendo —¡Vamos hijito, no me sueltes la mano! —estallaron varias carcajadas. El payaso, incentivado por el éxito de su broma tonta, quiso seguir con esta, pero Luis fue por su hijo porque el niño se veía muy aterrado y no le gustó que aquella gente se estuviera riendo de él. Santiago ya empezaba a lagrimear profusamente. El payaso le soltó la mano y se inclinó hacia él y le dijo:

—Niñito, solo estoy bromeando. ¿Qué le pasa, le teme a los payasos? —se dirigió ahora al padre.
—No sé, solo apártese, señor —le respondió bruscamente Luis.

El payaso retrocedió levantando las manos, actuando exageradamente como si estuviera asustado. Después cambió su actitud, siempre actuando, y adoptó una guardia ridícula de boxeo que levantó nuevas carcajadas entre los vulgares que miraban aquello. Luis lo miró de reojo y el fanfarrón se retiró. En un gesto de consuelo Luis posó su mano sobre el hombro de Santiago y junto a Angélica buscaron otro lugar en las gradas. El niño se apuró en enjuagarse las lágrimas por si lo veía algún conocido, o peor, alguno de sus compañeros de escuela. Se acomodaron en las gradas. Angélica le preguntó si estaba bien y Santiago dijo que sí con un tono extraño en su voz, angustiado aún. Ella iba a hablar algo mas sobre el tema pero Luis bajó las cejas y negó casi imperceptiblemente con la cabeza para que no continuara. Angélica entendió, si hablaban de eso solo lo iban a avergonzar mas.

Pasado el susto a Santiago le quedó un sentimiento de vergüenza. Le disgustaba haberse mostrado tan asustado delante de sus padres, y todo por aquel maldito payaso. Justo en ese momento, el tipo de rostro completamente pintado y ropas coloridas y ridículas volvió a aparecer, y no estaba solo, traía a tres camaradas payasos. Evidentemente había hablado con los otros sobre el niño asustadizo y lo estaban buscando mirando hacia las gradas. Santiago vio que uno de los payasos señaló a un niño, y el que lo había tomado de la mano negó con la cabeza. Pronto lo iban a encontrar. Se inclinó hacia atrás para que no lo vieran. Inevitablemente el payaso reconoció a Luis y Angélica y lo vio asomándose apenas. Le dijo algo a sus camaradas y todos voltearon hacia él. Enseguida se pusieron a hacer gestos con las manos levantadas como garras al tiempo que emitían sonidos roncos y hacían morisquetas.

Luis sintió que aquello ya era demasiado. Se levantó bruscamente y empezó a descender las gradas. Los payasos que habían acompañado al primero vieron que aquello fue un error, y que además de no causar ninguna gracia su broma les iba a causar problemas, por eso se dispersaron rápidamente. Al verse abandonado el de la cara arrugada también se marchó, pero no sin antes despedirse de Santiago saludándolo con la mano y mostrando una expresión fiera en el rostro. Luis estaba dispuesto a perseguirlo cuando Angélica lo llamó levantando la voz para que volviera a sentarse. Luis volvió a la grada.

—Deja a ese viejo, no vale la pena —le dijo Angélica.
—Si, igual se escapó el muy cobarde. ¿Qué clase de locos contratan en este circo? Cómo puede creer que eso es gracioso, asustar a un niño... —expresó visiblemente enfadado Luis, después le preguntó a su hijo—. ¿Quieres irte ahora?
—No —contestó apenas Santiago. 
—Cuando quieras nos dices y nos vamos —le aseguró Angélica.
—Bueno —medio sollozó Santiago.

Comenzó el espectáculo en el centro de la carpa. Luis miraba cada tanto hacia los costados por si el payaso volvía. Lo vio pero casi en el otro extremo; estaba asustando a otro niño. Luis miró a Angélica y le señaló dónde estaba el payaso con la mirada; ella notó que estaba atormentando a otro niño y miró aquella escena con asco. Los otros padres, con menos carácter, solo se reían apenas mientras el payaso le hacía morisquetas a su hijo. Santiago no vio aquello porque estaba mirando hacia abajo. La actitud de su padre lo hacía sentirse seguro y apenado a la misma vez por haberse mostrado tan miedoso. Esa mezcla de sentimientos pronto se volvió enojo, y le echó la culpa de todo al payaso por haberlo asustado delante de sus padres y aquella gente. También sintió vergüenza. Él no era un niño miedoso, solo le temía a los payasos, mas ahora sus padres iban a pensar que si lo era, y eso lo disgustaba. Con el paso de los minutos cada vez sentía mas rencor hacia aquel payaso y hacia todo el circo.

Mientras eso el espectáculo continuaba, y le tocó el turno a su “amigo” maquillado y a sus colegas. Gracias al presentador supo que el nombre artístico del payaso de cara arrugada era “Limón Verde”, apodo que le pusieron por lo ácido de su humor. Deseándole todo tipo de males, Santiago recordó la noticia de un circo incendiado en otra ciudad. “Ojalá este se prendiera fuego también”, pensó. Luego vino la idea: él mismo iba a quemar aquella carpa.

En su cumpleaños pasado el abuelo le había regalado una navaja multiusos y un encendedor, para cuando salía a acampar con su padre. No le permitían cargar la navaja en el bolsillo, pero como se portaba bien lo dejaban andar con el encendedor. Desde entonces a donde fuera llevaba el encendedor. Solo necesitaba una excusa para salir y se le ocurrió enseguida. En el enorme terreno baldío donde levantaron el circo habían puesto en hilera varios baños químicos. Santiago en su interior no creía que fuera capaz de incendiar aquel lugar, no porque le faltaran ganas, sino porque intuía que eso no debía ser sencillo. De todas formas, con solo intentarlo iba a sentirse vengado, y tal vez podía dejar una fea mancha quemada.

—Mamá, voy al baño —dijo Santiago.
—¿A aquellas cosas azules? Bueno, ve con tu padre —lo autorizó Angélica.

Luis se estaba levantando cuando Santiago repuso:

—Puedo ir solo. Es ahí nomás y anda un montón de gente. Voy solo.

Sus padres se miraron y Luis decidió:

—Déjalo que vaya solo.

Los dos intuyeron que su hijo quería demostrarles que no era un miedoso, por eso Angélica no tuvo reparos. Hacia donde miraran veían a algún conocido y vivían en una ciudad muy pequeña y por lo tanto ajena a la fea realidad de los lugares grandes, por lo que era seguro dejarlo ir solo; además el payaso arrugado en ese momento estaba haciendo tonterías en la pista. Como precaución le dieron el boleto de entrada por si se lo pedían cuando regresara. Santiago pasó frente a la gente que se rió de él sin mirarlos, mas alcanzó a escuchar que hicieron algún comentario. Eso lo incentivó mas. Fue hasta donde estaban los baños químicos. Descubrió que para sus propósitos había demasiada luz allí, tenía que hacerlo en una parte donde no lo vieran. Un papel promocional del circo pasó volando cerca de él y Santiago lo tomó. En gran parte del terreno habían desparramado aserrín por precaución por si llovía y se formaba barro. Ya tenía la yesca, solo necesitaba un lugar donde nadie lo viera.

Abandonó el terreno y lo rodeó yendo por la calle. Uno de los focos del alumbrado público estaba quemado, y los del circo no se habían preocupado por iluminar esa sección del terreno. Dejó la calle y avanzó entre varios remolques y camionetas. No se habían molestado en dejar a alguien cuidando aquella parte porque sabían que era una ciudad muy tranquila. Santiago dudó un poco cuando su corazón empezó a golpearle fuerte contra el pecho pero al recordar al payaso recuperó el valor. Amparado por las sombras de los vehículos se agachó frente al borde de la carpa. Metió un puñado de aserrín en el centro del papel y lo envolvió un poco. En el momento en que sacaba su encendedor del bolsillo notó que a unos dos metros de él la carpa tenía un remiendo y este se encontraba todo deshilachado. Se movió hasta allí sin levantarse.

Encendió el papel y lo puso bajo unos flecos del remiendo. Apenas las llamas crecieron en el papel Santiago sintió la urgencia de irse. Le hubiera gustado quedarse un momento para ver la evolución del fuego pero su temple no pudo mas. Se alejó de allí como si hubiera encendido un cohete muy potente. Mas tuvo el suficiente autocontrol como para aminorar el paso al llegar a la zona mas iluminada. Como había otros niños afuera nadie le prestó atención. Volvió a sentarse al lado de sus padres. Antes de que lo interrogaran le dijo a su madre que había demorado porque había mucha gente que quería ir también. Se lo creyeron. Por la forma de la carpa y el rodeo que había dado, desde adentro no estaba seguro en qué parte había hecho el fuego, sabía que era en el otro extremo pero no en qué punto. Seguía con el corazón desbocado aunque no le tenía mucha fe a su fuego. En el camping a veces les costaba encender la fogata, y ahora no había cuidado apropiadamente a la suya. Mas se conformaba con dejar una parte quemada.

Que sorpresa se iban a llevar cuando vieran aquello. Buscó con la vista pero no había ni señal de su fuego. Los payasos ya habían dejado de actuar y ahora entretenían al público unos trapecistas. Una mujer muy bella que tenía al público masculino con la boca medio abierta y aguzando la vista, había trepado hasta una pequeña base de madera ubicada a gran altura. Santiago también la observaba cuando algo mas llamó su atención. ¿Aquello que flotaba tenue allá arriba entre las luces era humo? De pronto alguien gritó, ¡fuego! Al bajar la vista vio que unas llamas ya iban trepando por el interior de la carpa.
El niño quedó asombrado y dudó que aquel fuera su fuego, pero qué otro podía ser. Las llamas se agrandaban y trepaban en el otro lado de la pista. Al imaginarse el recorrido que había hecho por fuera estuvo seguro de que él era el responsable. Impresionado y todo casi se echó a reír cuando vio al payaso arrugado corriendo desesperado hacia las llamas que se multiplicaban buscando la altura e iban ensanchando un enorme agujero. Luis y Angélica habían quedado con la boca abierta, como la mayoría de la gente. La rapidez con que se propagaba el fuego era un espectáculo en si. Pero cuando empezaron los primeros gritos y correrías el resto del público reaccionó como una manado y se precipitó gradas abajo buscando las salidas. En la parte alta de la carpa se empezó a acumular un humo oscuro que enseguida opacó las luces. Pedazos de lona incendiada empezaron a caer sobre el suelo cubierto de aserrín y así el fuego se iba expandiendo. Angélica, contagiada por el pánico, tomó a su hijo de la mano e iba a bajar pero Luis la detuvo asiéndola de un brazo.

—¡Espera un poco a que pase toda esa gente, el fuego todavía está lejos! —le gritó Luis.

Era una decisión inteligente. Cuando la correntada humana pasara ellos iban a salir sin problemas. Santiago experimentó sentimientos encontrados, pues no todos los del circo eran payasos. La bella trapecista había descendido rápidamente por una soga y también trataba de controlar un fuego que solo parecía enfurecerse mas con sus esfuerzos. Santiago se encaminó hacia la salida en los brazos de su padre. Con el último vistazo que dio hacia los esfuerzos de la gente del circo, vio al payaso que era su enemigo. Al viejo se le veía la desesperación en la cara y se lo notaba muy agitado, y su maquillaje blanco estaba todo tiznado de humo. En ese instante Santiago se olvidó de los otros y sonrió por su triunfo. Apenas un momento después el payaso lo vio, y como adivinando lo que el niño pensaba cambió su semblante mostrando un odio repentino y lo señaló con un dedo acusador. Santiago se alarmó y con motivos. Si el payaso lo acusaba, inclusos sin pruebas podrían descubrirlo porque él no iba a poder ocultar la verdad.

Ya fuera del terreno la familia contempló la carpa que ya se parecía mas a una antorcha gigantesca. Los del circo huyeron también de su interior, mas una vez afuera se dieron cuenta que faltaba alguien. Desde la calle Santiago escuchó que gritaban ¡Limón Verde no salió! Algunos intentaron entrar pero ya no era posible. Luis y Angélica se marcharon entonces para que su hijo no fuera testigo de aquel horror. A Santiago no le hubiera importado quedarse. Lo único que lo preocupó fue la posibilidad de que el payaso le hubiera comentado sus sospechas a alguien, aunque no le pareció muy probable porque había mucho caos y no creía que le hubiera dado el tiempo. De todas formas hasta el otro día estuvo preocupado. Suspiró aliviado cuando escuchó a sus padres comentar lo que informaba el diario local. “Limón Verde” había muerto abrasado por las llamas, y aunque sospechaban que el incendio fue intencional no había ningún sospechoso.

—Muchacho, tus amigos seguramente se fueron, aquí no están —le dijo el tipo del parque—. ¡Muchacho!
—¿Qué? —preguntó Santiago, arrancado de sus recuerdos de golpe.
—Te dije que tus amigos seguramente se fueron, que ya no están aquí.
—Bueno, pero, ¿me acompaña hasta aquella salida? Porque si ellos me esperan allí ustedes ya quedan sabiendo —le dijo Santiago. Él no creía que sus compañeros estuvieran allí, inventó eso para que no lo dejara solo.

Al tipo le pareció algo inútil pero ya había dado tantas vueltas que otro trecho mas no le iba a hacer nada. Lo acompañó con un gesto resignado. Santiago le agradeció, muy serio, y se alejó por la calle lagrimeando. Nunca mas iba a ver a sus amigos. Se detuvo de pronto un par de cuadras mas adelante y giró hacia la rueda gigante que aún se veía por encima de las casas. Pensó que si sus amigos estaban muertos de alguna forma tenía que vengarse de aquel maldito payaso, aunque no se le ocurría cómo podía enfrentar a un fantasma. 
 Continuará...
Segunda parte: http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com.uy/2015/09/juego-de-payasos-segunda-parte.html

11 comentarios:

  1. Terrorífico. Creo que no voy a volver al circo nunca más. Espero el desenlace, ¿donde estarán? .....saludos desde España. Silvia.

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    1. Hola Silvia. No dejes de ir al circo por mí, no quiero que la gente de circo se enoje conmigo ¡Jaja! Gracias por comentar. Te espero en la otra parte, que puede que sean varias, porque como le comentaba a este otro lector, la historia quiere crecer. ¡Saludos!

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  2. Que tal maestro? Soy Willy..como siempre nos deslumbras con tus geniales cuentos,sos un idolo total,ya esperaba ansioso que publiques pero siempre vale la pena esperarte..un abrazo de Paraguay,fuerza amigo mio!

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    1. Hola Willy. Gracias por esperar. A este cuento lo empecé a escribir el mismo día que el anterior y todavía no lo terminé ¡Jaja! Por eso decidí dividirlo en dos partes para por lo menos publicar algo. Esta historia es de las que quieren crecer. Creo que voy a dejar a otras de lado y seguir con esta, si veo que a los lectores les gusta. Hay que ver qué sale. ¡Saludos, amigo!

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  3. Excelente como siempre, un saludo desde México

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    1. Gracias, Raúl. Espero tu comentario en la próxima parte, que va a ser mejor que esta. Saludos.

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  4. Aunque Santiago quiera vengarse, en parte el también es responsable por lo que está pasando. Tenías un tiempo sin publicar, llevaba leyendo tus historias desde hace rato, pero no tenía cuenta para comentar y no me gustaba ser anónimo. Excelente historia, las de payasos son las que más me gustan. Espero la próxima parte, que bien que hayas vuelto al blog. Saludos desde Venezuela.

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    1. Hola. Bienvenido a los comentarios entonces. En parte es acertado lo que dices, hice que el personaje también considerara eso; pero a medida que la historia avance vas a ver que no es tan así. Esta historia se me va haciendo cada vez mas compleja y tiene varias partes. No tengo mucho escrito mas lo que tengo en la mente da para una novela corta, o una serie de cuentos. En estos días publico otra parte. Gracias. ¡Hasta pronto!

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  5. ¡hola señor Jorge y bienvenido sea!, la verdad es qué ya se le extrañaba,aunque a decir verdad sus razones fueron justificables, porque si hasta a mi me dio coraje que plagiaron sus cuentos con más razón a usted. Pero no se apure, la verdad es como el dinero, no se puede ocultar y sepa usted que sus seguidores entre los que me cuento apreciamos y reconocemos el talento que
    usted posee, yo sinceramente espero que esos sin talento por no decir una grosería (no valen la pena la verdad) sean expuestos como los ladrones que son y ya no le sigo porque no acabo, muchas gracias por seguir deleitandonos con sus relatos, que a estas alturas ya son una obra de arte.att:regina.

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    1. Le agradezco de todo corazón sus palabras, Regina. Bienvenidos ustedes, los lectores; yo seguí por aquí todo el tiempo ¡Jaja! De esos personajes mejor ni hablemos. Además de filosofar sobre el asunto y replantearme todo he retomado la práctica de algunos ejercicios de concentración para poder seguir en esto, porque por mi carácter se me hace difícil. Lo mismo que me hace escribir me hace odiar algunas cosas, aunque normalmente soy un bromista. En fin, muchas gracias. ¡Saludos!

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  6. bueno muy bueno sbes he leio todos tus cuentos Saludos de. Ecuador

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