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miércoles, 23 de septiembre de 2015

Sobre El Mar

                                   Un Gigante De Mar
   El cielo matinal ya se estaba despejando y unos rayos solares enormes atravesaban las nubes grises hasta llegar al mar. El mar aún estaba oscuro y bastante agitado. Una tempestad había asolado aquella costa el día y casi toda la noche anterior. Ahora la naturaleza volvía a calmarse.

Hugo y su hermano menor atravesaron el pueblo corriendo, y no con menos prisa bajaron por el camino que desembocaba en la playa.  Los muchachos querían ser los primeros en recorrer la costa.
Después de cualquier tempestad o mal tiempo solían recorrer la playa con la intención de encontrar algo interesante, aunque hasta el momento solo habían hallado maderas y basura, ningún tesoro perdido...

Esa mañana la costa estaba llena de espuma. Encontraron una red vieja, una botella de plástico, sin ningún mensaje adentro, y algunas medusas muertas. Pero de pronto vieron un bulto enorme a lo lejos. Los muchachos se miraron y dijeron a la vez:

—¡Una ballena!

Y corrieron como si el animal se fuera a escapar de un momento a otro. Era una ballena gigantesca. Tenía la cabeza y la mitad del cuerpo en la arena, el resto era bañado por el mar y las olas depositaban espuma sobre el coloso. Todo un enjambre de gaviotas revoloteaba ruidosamente sobre la ballena. Estaba muerta. Los muchachos detuvieron su carrera a unos metros y después se aproximaron lentamente.

—Está muerta —observó el hermano de Hugo.
—Y bien muerta. Pobre… —comentó Hugo, desilusionado por no ver al animal con vida.
—¿La habrá matado la tempestad?
—No creo, pero seguramente la arrastró hasta aquí.

  Hugo se sintió profundamente impresionado. ¿Cuántas millas había recorrido aquel gigante en su larga vida? Seguramente había explorado profundidades donde ningún humano estuvo. ¿Cuántos animales ignorados por la ciencia habrán visto aquellos ojos ahora cerrados para siempre? Calamares gigantes, peces extraños, paisajes submarinos exóticos, y quién sabe que extrañezas más vio aquella ballena, y ahora estaba allí, aplastada en la arena. Lo que Hugo no sabía era que la ballena traía una prueba de lo que asecha en las profundidades.

Cuando los hermanos vieron el otro lado del coloso quedaron con la boca abierta y se miraron con los ojos casi desorbitados: al cuerpo le faltaba un trozo enorme, y claramente se notaba que era una mordida. Lo que había matado a la ballena no era nada conocido por el hombre.
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                                        Un cuento De Mar 
 El vigía de barco divisó algo inmenso que se movía bajo el mar. Le pareció que no tenía forma de ballena, pero, ¿qué otra cosa podía ser algo tan grande? Entonces gritó hacia abajo:

—¡Ballena a la vista, a estribor!

Los marineros dejaron lo que estaban haciendo y miraron en esa dirección. Algo colosal rompió la superficie y se sumergió de nuevo. El capitán también vio aquello, y gritó una orden:

—¡A los botes, marineros, a ganarse su sueldo!
—¡A los botes! —repitieron unas voces roncas y autoritarias. 

Entre aquellos marineros estaba Aaron, él era arponero. Apurados pero ordenadamente los hombres bajaron los botes y descendiendo por las cuerdas los abordaron, después empezaron a remar vigorosamente.  Aaron subió en el segundo bote. Cuando comenzaron a surcar el agua él ya tenía el arpón listo. La superficie estaba mansa y ya nada indicaba que un coloso hubiera pasado por allí. Aaron desparramó una mirada por el mar sin hallar nada. Los del otro bote también buscaban en todas direcciones.

—¡¿Han divisado algo?! —les gritó Aaron.
—Nada, pero creo que pronto va a emerger —le contestó el otro arponero.

Tras una espera ansiosa mirando hacia todos lados, el agua entre los dos botes empezó a elevarse, deslizándolos hacia los lados. Parte de un cuerpo gigantesco emergió ruidosamente, y tenía escamas enormes que parecían de roca; no era una ballena. Todos quedaron mudos de asombro. Aaron bajó el brazo que sostenía el arpón; de nada iba a servir contra aquello. El ser gigante se hundió de nuevo para emerger después más violentamente, elevó varios metros una descomunal aleta-pata y la bajó sobre el primer bote, hundiéndolo en un instante como si fuera un juguete.

Aaron supo que seguían ellos. Gritando, hizo que algunos marineros que se habían paralizado de terror reaccionaran y empezaron a remar rumbo al barco con desesperación.  La elevación de agua detrás de ellos les indicó que el monstruo los seguía. La gigantesca aleta-pata se elevó salpicando grandes cantidades de agua con estruendo. Aaron saltó del bote justo antes de que lo impactara, pero la fuerza del golpe lo sumergió haciéndolo girar entre agua blanca y burbujas.  Creyó que aquel era su fin. Al abrir los ojos bajo el agua vio una confusión de trozos de madera y restos de sus compañeros girando en un momentáneo torbellino fruto del golpe del coloso. Más allá, hacia el fondo, parte del monstruo terminaba de internarse en las oscuras aguas abismales.

Su voluntad de vivir lo hizo ascender y salió a la superficie con desesperación.  El barco ballenero ya se acercaba a la zona de la tragedia. De los que estaban el los botes sobrevivió solo él. Esa historia fue narrada muchas veces por él y los marineros que vieron todo desde el barco, pero con el tiempo llegaron a considerarla solo un cuento, uno de los tantos cuentos que existen sobre el mar y sus misterios.
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                                Otro Misterio En El Mar
   Todavía estaba de noche cuando llegué al muelle. Algunos pescadores se movían en los botes amarrados, subían cosas a las naves, envolvían cuerdas, y alguna que otra pipa entreveraba en el aire salado su olor a tabaco.  Hacían sus tareas en silencio, por conocer sus quehaceres de memoria. Las olas golpeaban monótonamente los pilares del muelle, los casco de los botes, y desde la oscuridad ya gritaban algunas gaviotas.  Uno de los vigilantes del lugar me reconoció al pasar y me saludó como siempre. Desde el mar comenzó a crecer una claridad y la bruma que se empeñaba en flotar sobre el muelle resaltó gracias a la proximidad del día. Caminé un poco más y llegué hasta donde dejé a “El Mero”, mi bote.  Salté a cubierta y no mucho después lo desamarré, enderezándolo luego hacia el amanecer. Cuando emergió el sol desparramó su oro por todo el mar y la superficie ondulante quedó dorada.

   El viejo motor del bote comenzó a sonar bastante mal. Bajé a revisarlo pero a la vista estaba bien. Creí que debía ser algún problema menor. Cuando volviera lo iba a hacer revisar. Mi zona de pesca estaba muy lejos todavía cuando divisé algo en el agua. Tomé el larga vista y me cercioré. Era una balsa de emergencia, un bote de goma, y al estar medio desinflado ya comenzaba a hundirse. En la balsa había un hombre, y este sostenía un cuchillo en alto y vigilaba con rápidos movimientos de cabeza la superficie cercana a él.  Supuse que lo estaba acosando un tiburón y rápidamente timoneé el bote hacia él.
  
   Cuando me vio lanzó un grito de alegría, pero enseguida volvió a mirar con preocupación el agua que lo rodeaba, y que ya le sobrepasaba los tobillos.  Lo rescaté rápido y el tipo lanzó un suspiro de alivio junto con un “Gracias, me ha salvado”, que dijo con una voz ronca debido a la sed que lo acosaba. Cuando le di agua bebió como un loco. Ya algo repuesto se presentó y me contó que su bote se había hundido y que derivaba en la balsa desde hacía dos días. Tenía el rostro colorado por el sol y unas ojeras enormes. Aquel hombre no había dormido desde su infortunio. Lo senté en la cabina del bote, a salvo del sol.  Después quise averiguar algo más y le pregunté: 

—¿Andaba pescando usted? 
—No, estaba haciendo una pequeña investigación por mi cuenta; soy biólogo marino —me aclaró. 
—Biólogo marino… y, ¿qué especie andaba buscando? 
—Si se lo digo se va a reír— me dijo, y tomó otro trago de agua.
—De ninguna manera —afirmé—, pero si usted no quiere contarlo no voy a insistir. 
—Usted me salvó, estoy en su bote, lo menos que puedo hacer es decirle la verdad. Investigaba a las sirenas. Sí, a esos seres supuestamente míticos, que sin embargo existen —confesó. 
—Le creo, incluso estoy seguro que vi una hace mucho tiempo. Nadie que navegue por esta inmensidad puede negar la existencia de nada, porque el mar todavía guarda muchos misterios.  
—Sí, investigaba a las sirenas, y sé que ellas sabotearon mi bote. Momentos antes de que usted me rescatara comenzaron a acosarme y dañaron la balsa. Mejor nos vamos de aquí lo más rápido posible.

En ese momento salí de la cabina y fui a estribor. Vigilé el agua un momento y, algo pasó muy rápido bajo el bote, y al instante otro bulto cruzó rozando el casco. Al distinguir que eran sirenas se me erizó la piel, y para aumentar mi sobresalto una me observaba asomando la cabeza sobre el agua. Tenía rasgos humanoides pero evidentemente no era una persona. Volví a la cabina y emprendí el regreso.  En el apuro debo haber forzado mucho al motor, que ya no andaba del todo bien, y perdí casi toda la potencia.  Ahora estábamos en apuros. El tipo me miró con los ojos llenos de terror. 

—¿No vamos a llegar a tierra antes de la noche?— me preguntó—. Porque son más activas de noche, y son muchas. 
—A este paso no, pero tranquilo, mi bote es grande y duro, y tal vez le arregle el motor en un rato —le dije para tranquilizarlo.

Cuando bajé vi mucho humo; aquel motor estaba liquidado. Pero no podía desistir así nomás, y no deseaba pasar la noche allí, con quién sabe cuántas sirenas bajo el agua. Ya tenía grasa y aceite por toda mi ropa, y un montón de piezas desmontadas a mi alrededor cuando escuché un ruido.  Al subir vi que era el bote de un colega.  El sobreviviente del naufragio se puso a gritar y a agitar los brazos, algo innecesario, porque ya venían rumbo a nosotros. Gracias a que nos remolcaron llegamos a puerto pocos minutos después de que se hiciera noche. Apenas amarré a “El Mero” el tipo saltó al muelle y se despidió. Intenté detenerlo, le dije que había que ir a las autoridades para informar sobre su bote, pero el hombre tenía prisa por marcharse.  Lo veía alejarse por el muelle. De pronto se detuvo, se acercó al borde y se inclinó un poco como para ver el agua. Evidentemente había escuchado algo. Sorpresivamente una cosa saltó del agua, lo aferró, y junto a él volvió al mar. No le dio tiempo ni de gritar.  Corrí hasta el lugar pero ya no había nada. No pudo escapar de las sirenas. Hasta ahora me pregunto qué les habrá hecho, porque obviamente lo perseguían, y no era solo por descubrirlas, porque de ser solo por eso también me perseguirían a mí, y hasta el momento no he vuelto a ver una. 

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