¡Advertencia!: Todas las obras del blog le pertenecen a Jorge Leal. Prohibido tomarlas para cualquier fin sin consultar antes al autor. Y en todos los casos se deberá citar la fuente y el autor, y no se podrán usar con fines comerciales.

Buscar en este blog

viernes, 18 de septiembre de 2015

Un Viaje En Globo

Mi primo Roland me sorprendió gratamente el día de mi cumpleaños, pero por causas que no fueron su culpa casi fue el último; y la situación fue extraña y aterradora. 
Desde lejos vi de que se trataba la sorpresa. Un grupo de hombres estaba inflando un globo aerostático enorme. Cuando estuvo listo el globo subimos en él y empezó lo que creímos iba a ser una pequeña aventura, que al final terminó siendo una tragedia...

Solamente íbamos Roland, el piloto, un tipo que se llamaba Mark, y yo. La barquilla (llaman así al enorme canasto de mimbre donde va la gente) era de grandes dimensiones, mas no disponíamos de tanto espacio porque cargábamos más tanques de propano de lo que se acostumbra, porque nuestro vuelo iba a ser largo. 
El paisaje allá abajo se mostró como un mapa, y al pasar encima de un pueblo vimos manzanas enteras, líneas delgadas que eran calles, manchones verdes que eran arboledas, y cuando el piloto descendió lo suficiente la gente salió a las veredas a saludarnos.  

Cruzamos luego sobre un bosque tupido y vimos los claros que había en este. Tierras plantadas con diferentes cultivos parecían enormes colchas de retazo con varios tonos de verde, marrón y amarillo, ¡un espectáculo para la vista!
Merendamos en el aire, entre risas. Mi primo a cada rato me preguntaba qué me parecía el vuelo.

—Y cuando sea mi cumpleaños, ¿cómo vas a igualar esta sorpresa que te di? —me preguntó.
—Ya veré cómo —le contesté—. Tal vez contrate a unas porristas o algo así, ¡jajaja…!
—¡No arruines la sorpresa! ¡Jeje! 

Mark, el piloto, sonreía a veces con nuestras ocurrencias pero enseguida quedaba serio y volvía a vigilar el cielo. Cuando manipulaba el quemador que calentaba el aire del globo Roland le hacía un montón de preguntas; Mark le contestaba todas pero sin mirarlo, pues cuando no tenía la vista en el altímetro o en la llama del quemador vigilaba el cielo como esperando ver algo.
Cuando llegó el atardecer, un lago enorme reflejó un dorado estupendo, como si fuera de oro. Luego el paisaje se fue apagando y vimos como se extendían las sombras, y pronto lo que había en las zonas bajas dejó de verse en la oscuridad. 
Nuestra provisión de propano nos iba a permitir volar durante toda la noche.

Mientras cenábamos sentados en el piso de la barquilla, Mark pareció dejarse llevar por esas ganas de narrar cosas que se apoderan de los hombres al acampar o al compartir algo en un grupo pequeño. Y así empezó a contarnos por qué empezó a volar en globos, y llegó a una parte que me sorprendió: 

—Escudriño el cielo —nos dijo—, porque sé que hay ovnis. Sí, creo en los extraterrestres, y es más, estoy seguro de que me raptaron una vez. No sé para qué, ni sé si van a volver a hacerlo; pero no tengo miedo. 

Qué decir después de escuchar semejante declaración. Dije lo que creí más conveniente, y Roland enseguida salió con otro tema. 
Luego Mark durmió un par de horas. Roland, según instrucciones del piloto, vigilaba el altímetro y manipulaba el quemador (él siempre fue muy osado, y creo que Mark era un poco imprudente). Cuando el verdadero piloto tomó el control, me recosté y cerré los ojos; Roland también.

Luego escuchamos algo que a mí me sonó como un ruido a estática, y al abrir los ojos todo estaba blanco, no logré ver nada, era como una luz sumamente potente. Me protegí el rostro con los antebrazos mientras cerraba los ojos con fuerza. Un instante después volví a mirar. La luz ya no estaba, tampoco Mark; Roland estaba a mi lado, lucía tan asombrado como yo. No había rastros del piloto. 
La barquilla era demasiado alta como para que cayera accidentalmente y, ¿qué había sido aquella luz blanca, enceguecedora? Por el momento teníamos un problema más grave.

 Mi primo había piloteado la nave un buen rato, pero siguiendo instrucciones que solo servían para mantenerse en aquella corriente de aire. Durante el vuelo Mark le había comentado cómo descender, mas escuchar cómo se hace algo y hacerlo es otra cosa.    Abajo todo estaba negro; teníamos que esperar el amanecer. Entendiendo a medias cómo debíamos proceder, por pura suerte no nos elevamos hasta morir de frío, o no descendimos hasta chocar con algo. Cuando amaneció el globo estaba muy bajo, y al cruzar sobre un lago nos arrojamos al agua.  La altura resultó ser mayor de la que creímos pero logramos sobrevivir. Llegamos a la orilla nadando y allí nos tiramos de espalda, exhaustos por el esfuerzo pero aliviados por estar vivos.

¿Qué pasó con Mark? Pudo haberse lanzado, sí. ¿Y la luz que nos encegueció, y el sonido a estática? Bueno, bien pudo ser algo producido por el quemador. Creo que nunca lo sabremos con certeza, porque hasta ahora no han encontrado el cuerpo de Mark.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

¿Te gustó el cuento?