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sábado, 19 de septiembre de 2015

Una Narración De Duendes

Unos boy-scout estaban acampando en un bosque. Cuando se hizo noche se sentaron en torno a una fogata y se pusieron a contar cuentos cortos. 
El humo de la fogata se elevaba para después disiparse en el cielo estrellado. El bosque oscuro estaba inmóvil, como si también escuchara atento las historias. Cuando uno terminaba su cuento le tocaba al de al lado, y si este no tenía uno seguía el próximo.  Cuando le llegó el turno a Rafael, él primero aclaró:
Lo voy a contar como si me hubiera pasado a mí, pero es solo un cuento de duendes que inventé. 
Narrarlo en primera persona es una técnica que se usa en algunas historias afirmó uno de los mayores...

Sí, lo voy a narrar así. Empiezo: Yo estaba reconociendo el terreno donde nos habíamos mudado. Mis padres todavía se encontraban acomodando muebles y limpiando. El terreno era grande y tenía varios árboles. Pensé que iba a ser un lugar de juegos increíble. Podía acampar allí, hacer una casa en un árbol… lo que quisiera. Con eso en mente me puse a examinar el árbol más grande que había.

"El sol ya estaba bajo y sus rayos se iban ocultando tras una huerta vecina. El árbol, en la base del tronco tenía una grieta que se ensanchaba como una entrada, y de pronto un rayo de sol que se filtró casi horizontal iluminó la grieta, y el interior de esta brilló, y eran reflejos plateados, rojizos, verdosos, y sobre todo dorados. Y todos esos reflejos salían de joyas y monedas que estaban en el interior del tronco. Al ver aquello abrí la boca asombrado, pero repentinamente mi asombro se volvió miedo, porque de la nada salieron de pronto unas caras pequeñas y deformes que me miraron fieramente desde el interior del tronco. Lo primero que pensé fue que eran duendes, aquel era un tesoro de duendes. 

"Dejé el lugar a los gritos y fui hasta donde estaban mis padres. Cuando les conté lo que había visto obviamente no me creyeron, pero como realmente estaba asustado mi padre fue a ver de qué se trataba.  El sol ya había bajado casi del todo, por eso mi padre llevó una linterna para iluminar el interior del tronco.  Al estar acompañado ya no sentía miedo. Yo mismo apunté el haz de luz, y las joyas volvieron a brillar, y mi padre quedó evidentemente asombrado. Un instante después aparecieron los duendes, mas desaparecieron enseguida, y con ellos las joyas. En el hueco del tronco no había nada. Aquello solo podría ser obra de los duendes, tenía que ser algún tipo de magia. 
Un cura de la iglesia del pueblo iba a ir a bendecir la casa. Cuando fue, mi padre no sabía cómo decirle lo de los duendes, y solo le dijo que cerca de aquel árbol se sentía algo raro y le pidió que fuera a verlo. El cura quiso ir solo. Al rato volvió con el rostro pálido. Nos contó que apenas se iba acercando al árbol escuchó cuchichear a los duendes. Cuando se marchó nos prometió que iba a enviar a alguien para que nos ayudara. 

"Pasaban los días y no venía nadie. Mis padres no me dejaban andar por el lugar si no estaba con ellos. Algunas noches sentíamos que los duendes corrían y saltaban por el techo de la casa, y desaparecían cosas. 
Finalmente llegó un cura de Italia. Nos dijo que debíamos acompañarlo en el ritual. Después de rezar un poco en la casa fuimos hasta el árbol. El cura se puso a leer algo en latín. Enseguida los duendes comenzaron a chillar como si aquellas palabras les causaran dolor. El ritual fue largo. Finalmente el cura cerró el libro y echó agua bendita en el tronco. Luego nos pidió que lo lleváramos a la casa; el ritual lo había cansado bastante y era un hombre viejo. Ya repuesto nos aseguró que los duendes no iban a volver.

"Apenas se marchó fui hasta el árbol con mi padre, y, ¡que grata sorpresa! Las joyas estaban allí. 
Mi padre tomó las primeras joyas con cierto temor, pero al comprobar que era seguro las tomamos todas. Entre aquellos objetos carísimos estaban algunos que habíamos perdido. 
La casa del terreno era muy vieja, y en sus mejores épocas seguramente vivieron en ella varias familias adineradas, y de allí los duendes obtuvieron su tesoro, y probablemente también de las casas vecinas, de todo el pueblo. Y ahora ese tesoro es nuestro así concluyó su cuento Rafael. 

Los muchachos que conocían a Rafael quedaron dudando. ¿Aquello sería solo un cuento? Cierto era que la familia de él tenía un origen bastante humilde, y que de pronto habían pasado a poseer una fortuna cuyo origen nadie conocía. 

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