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sábado, 31 de octubre de 2015

Juego De Payasos (quinta parte)

¡Hola! ¡Feliz halloween! Que se diviertan mucho. Francamente, yo le voy al carnaval y no a esta celebración ¡Jaja! Pero bastante que me ha servido.
Y aquí hago mi pequeño aporte: la quinta parte de "Juego De Payasos". Hay otra mas y puede que no sea la única. Para los que no leyeron el principio entren aquí: http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com/2015/09/juego-de-payasos.html 



                                        El Exorcista 
Santiago se había salvado del payaso y había quemado a la bruja. Llegó bastante tarde a su casa y no pudo dormir en toda la noche. Le parecía extraño que no sintiera casi nada. Había quemado a una persona, a una malvada y bruja pero persona al fin, y no se sentía mal. Tenía una impresión, baga y clara a la vez, de que solo había cumplido con su destino. Logró dormirse cuando el sol ya entraba por la ventana de su cuarto. Durante el día estuvo muy tranquilo y se sentía en paz, aunque su trabajo aún no había terminado, todavía tenía que destruir al payaso. Todos los días pensaba en eso.

Llegó a la conclusión de que la bruja alguna verdad había dicho. Tenía que haber una forma de mandarlo al otro mundo, algún ritual. Si un hechizo lo había generado y mantenido allí tenía que haber otro que lo mandara a donde merecía, al infierno. Santiago retomó su investigación en la biblioteca pero esta vez se enfocó en hechizos y exorcismos. De nuevo casi todo lo que encontró eran cuentos de terror, literatura fantástica. Solo un libro merecía la pena y era uno donde relataban el papel que tuvo la Iglesia en la expulsión de duendes, trolls y otros seres que infestaban las zonas rurales. También encontró algo sobre cómo algunos sacerdotes “limpiaban” casas embrujadas. Allí podía estar la solución a su problema. Se dio cuenta de que lo había intentado por un camino equivocado.

Se alegró al recordar cierto rumor que escuchó sobre el cura de la capilla de su zona: decían que él había hecho algunos exorcismos, y que no había llegado a obispo y había sido relegado a aquella capilla porque la Iglesia ahora ya no quería saber nada de esos rituales. Para exponerle su problema  tenía que confesarle todo al cura, al pensar en eso dudó. ¿Y si a pesar del secreto de confesión el cura lo delataba igual? Lo que él había hecho era algo realmente grave. Decidió arriesgarse de todas formas.  El cura se llamaba Ambrosio, tenía el cabello completamente blanco y ya caminaba algo encorvado. Él había bautizado a Santiago y conocía a toda su familia. Santiago llegó a la capilla una tarde y esperó sentado en el templo. Sentada en un banco estaba una señora muy mayor que rezaba encorvada y murmurando. Santiago pensó que tal vez él ya no era digno de estar allí, e inconscientemente miró a todas las figuras sagradas que parecían mirarlo a su vez pero no encontró ni una mirada de reproche. Sonó levemente una puerta y una mujer salió de la pieza donde se encontraba el confesionario. Pasó a esa pieza y se sentó; del otro lado estaba el cura Ambrosio. Este demostró algo de asombro al darse cuenta que era un muchacho el que iba a confesarse pero enseguida volvió a su aplomo y retomó su voz solemne. Santiago le contó todo, empezando desde lo del circo. El silencio del cura lo hizo dudar varias veces pero este lo animó a que continuará. Cuando terminó su relato hubo un momento de silencio, después escuchó que Ambrosio salía del confesionario, y seguidamente se sobresaltó cuando el cura abrió la puerta y lo tomó de un brazo. Así lo llevó hasta la sacristía. Santiago creyó que el cura lo iba a delatar, pero este tenía otros planes:

—Así que fuiste tú el que acabó con aquella bruja —le dijo el cura—. Sin dudas ahora su alma corrupta está en el infierno. Yo mismo debí haberlo hecho, como lo hicieron algunos venerables sacerdotes en su época. No sabes el daño que hizo desde que se instaló en aquella casa. Yo me enteré de muchas cosas en el confesionario pero no podía hacer nada. No te preocupes que has obrado bien. Siéntate ahí, Santiago. ¿Estás bien?
—Sí, gracias. Me preocupé porque creí que me iba a delatar.
—Para nada, le hiciste un servicio a la comunidad. Lo que me extraña es que te hayas visto envuelto en todo eso siendo apenas un muchacho. Hace tiempo que estoy esperando un aliado, ¿serás tú? Esto no puede ser coincidencia...

El cura dijo eso último mirando hacia un costado, como hablando con él mismo. Se llevó la mano al mentón y frunció mas su frente arrugada, y siguió hablando como para él:

—Todo tiene un motivo, y todo lo que ha pasado está muy claro. No puede haber llegado a mí por casualidad, no, pero un muchacho, casi un niño... Pero no puedo ignorar esto —y volviéndose ahora hacia Santiago le dijo—. Hace tiempo que llegué a la conclusión de que hay que compartir los conocimientos antiguos con gente que no sean padres de iglesia. El trabajo de la Iglesia contra el mal está muy lejos de concluir, pero con todas esas políticas nuevas muchos prácticamente estamos atados de manos, pero alguien que no esté encadenado a la Iglesia, ese tendría libertad. Hace años que quiero formar a un exorcista, y estoy convencido que mis planes están respaldados —dijo esto señalando hacia arriba—, y parece que tú eres el candidato que se me ha enviado.
—¿Yo? —preguntó con algo de asombro Santiago. Después recordó lo que estaba presintiendo. El viejo pareció leer todo en sus ojos.
—Ya lo estabas presintiendo, ¿no? Seguramente te preguntabas por qué no te afectó el haber quemado a aquella bruja. Así es, es tu destino el que empieza a cumplirse. Te espera un camino muy difícil pero tienes que cumplirlo. ¿Vas a intentar huir de tu destino?
—No, si destruir cosas como ese payaso es mi destino, que así sea —dijo con convicción Santiago.
—Muy bien. Ahora ya tengo un aliado. Gracias Señor.
—¿Cómo destruimos al payaso?
—Con un ritual, pero tienes que hacerlo tú. Ya ves, todo te condujo hasta aquí. Agradezcamos, reza conmigo.

Ahora aquel maestro tenía a su alumno. Ese mismo día idearon una excusa para que Santiago pudiera recibir su entrenamiento. Como el monaguillo de la capilla ya hacía un tiempo que insinuaba discretamente que no quería seguir porque ya estaba muy grande, ahí se les presentó la excusa perfecta. A los padres de Santiago les gustó la idea, y cuando este les planteó que deseaba permanecer mas tiempo en la capilla ayudando a las catequistas no le encontraron ningún inconveniente. Creyeron que la pérdida de sus amigos hacía que él se quisiera apoyar en algo, y que ayudara a la comunidad era bastante bueno. De esa forma Santiago empezó a recibir clases de latín. Tenía que dominar ese idioma para poder recitar los rituales. Como era muy inteligente fue aprendiendo rápidamente. El viejo también le prestaba libros traducidos y le narraba sobre las experiencias que había tenido y las que estudió. Aquellos relatos eran mas inquietantes que un cuento de terror porque realmente habían sucedido.

Así Santiago fue acumulando datos sobre un mundo oscuro, oculto y a la vez cercano. Pasaron las semanas y luego los meses. Gracias a las advertencias y consejos del cura ahora no tenía apuro por destruir al payaso porque sabía que para hacerlo tenía que estar muy preparado. Cuando ya dominaba perfectamente el latín y sabía mucho sobre lo paranormal, el cura le dijo que antes de enfrentarse al payaso debía pasar una prueba, pero no lo dijo cuándo lo iba a hacer. Un día, cuando ya había oscurecido, Ambrosio fue hasta la casa de Santiago y le dijo a sus padres que si lo dejaban acompañarlo el muchacho podía serle muy útil porque pensaba reparar la vieja cocina de la capilla, y como esta tenía piezas pequeñas necesitaba un par de ojos con buena visión. No les resultó rara esa petición porque sabían que el cura siempre le exigía bastante a sus monaguillos, y Santiago era prácticamente su mano derecha. Santiago supo que era un invento y se sintió algo nervioso. Como sospechaba, tomaron un rumbo diferente al de la capilla. Iban en una vieja combi que el viejo manejaba admirablemente a pesar de la edad de los dos.

—¿A dónde vamos realmente? ¿Hoy es la prueba?
—Así es. Vamos hacia una casona que está embrujada. El espíritu maligno que la infesta se manifestó en un objeto. Durante el día ya hice los arreglos para que el ritual sea lo mas seguro posible para nosotros, pero de todas formas será aterrador. Prepara tu corazón. Necesito tu ayuda, y si sientes miedo eso va a alimentar al espíritu. Recuerda esto, todo ser que se alimenta del miedo en el fondo es un cobarde, y si el miedo es su alimento, el coraje y la fe son lo que lo espanta. Ya estamos cerca, es por ese camino.

El vehículo se internó en un camino de tierra y las luces de las casas quedaron atrás. De pronto, adelante se recortó una enorme figura cuadrada; era la casona embrujada. Se aprontaron frente a la casa. El viejo sacó del vehículo, de un bolso que llevaba, tres faroles a pilas y unas linternas, y algo que sorprendió a Santiago, dos revólveres. El cura le ofreció los dos diciéndole:

—Son pistolas de agua, tienen agua bendita. Rociar con un frasco de plata o esto tiene el mismo efecto, y con estas se puede ser mas preciso. Ponte una en la cintura y lleva otra en la mano. Y carga este par de linternas en los bolsillos. ¿No te sientes mas seguro ahora?
—¡Oh sí! Están geniales.
—Muy bien. Sostén el farol con la izquierda. La luz es nuestra aliada. Nunca dependas solo de una fuente de luz. Hay que confiar en el ritual pero también estar preparado. Ayúdanos Señor. Entremos. Mantente a mi lado. 

Santiago pensó que su maestro era bastante particular: pistolas de agua. Sin dudas era alguien con mucha experiencia y la mente muy abierta. Entraron lentamente. Adentro había una oscuridad asfixiante y el aire del lugar era peor. El cura conocía la casa, por eso atravesaron una sala, fueron directamente hacia un pasillo y ahí se detuvieron frente a una puerta. Santiago sostenía en alto su pistola de agua. El cura le hizo una seña y entró primero. La primer impresión fue terrible. Sobre una cama grande, toda revuelta y manchada, estaba acostada una muñeca bastante grande y muy fea. Tenía una cabellera muy voluminosa y electrizada que parecía humana, y humanos también parecían sus ojos, pero el resto de la cara se notaba que era de goma, y esta se encontraba renegrida y cuarteada por todos lados. La ropa que tenía puesta la muñeca era la de una niña pequeña y se hallaba toda sucia y polvorienta. La muñeca estaba atada de pies y manos a la cama. Lo había hecho el cura durante el día, cuando esta tenía menos poder y fingía ser una muñeca cualquiera. Y esa primer impresión fue superada cuando la muñeca empezó a mover la cabeza hacia los lados mirándolos a ambos. 

—Trata de no mirarla directamente a los ojos —le advirtió en cura—, y cuando esté forcejeando mucho arrojarle agua bendita, y estate atento a nuestro entorno, yo tengo que concentrarme en lo que digo.

Y Ambrosio comenzó a recitar un texto en latín. Como sabía el texto de memoria y tenía mucha fe no necesitaba tener el libro en ese momento. Él había aprendido eso con la práctica. La muñeca reaccionó enseguida y empezó a murmurar unas palabras incomprensibles con un tono ronco y reverberante al tiempo que se sacudía horriblemente. Cuando empezó a moverse con la intención de liberarse de los amarres Santiago le lanzó un chorro de agua bendita. Donde la tocó el agua salió una especie de humo y la muñeca lanzó un chillido agudo, eso la contuvo por un momento. Pero la muñeca siguió balbuciendo cosas con aquella voz horrible. Ambrosio se mostraba imperturbable en aquella escena tan horrible. Santiago estaba muy impresionado pero se mantenía firme. La muñeca volvía a tirar de sus ataduras y él le descargaba otro poco de agua.

Santiago estaba concentrado en la muñeca pero a la vez no descuidaba su entorno, y así fue como descubrió que la manija de la puerta estaba girando lentamente. La puerta se abrió un poco y alcanzó a asomarse una cara que parecía hecha de retazos de trapo y arpillera. Era una cosa horrible pero Santiago reaccionó bien y lo detuvo con un chorro de agua bendita. Cuando aquella cosa se retiró el muchacho cerró la puerta de un golpe y se sentó recostando la espalda a ella para trancarla. Ambrosio no podía interrumpir su ritual, de hacerlo tenía que comenzarlo de nuevo desde el principio, pero como advirtió que algo había pasado detrás de él se volvió hacia Santiago para preguntarle:

—¿Qué pasó? ¿Algo intentó entrar?
—Sí, una cosa que parece hecha de retazos, pero si quedo así no va a poder entrar. Usted sigua.
—Está bien. Resiste, ya casi nos libramos de este ser.

Enseguida empezaron a golpear la puerta. La manija se movía frenéticamente y después venían los empujones. El muchacho resistía haciendo fuerza hacia atrás, la puerta llegaba a abrirse un poco mas él la volvía a cerrar con las fuerzas de sus piernas. Y mientras esto el cura continuaba con su ritual y la muñeca se sacudía horriblemente intentando escapar. Cuando balbuceaba cosas con aquella voz aterradora la cosa de afuera también lo hacía, y eran los mismos sonidos, lo que indicaba que solo era otra manifestación del mismo ser. Al acabar con la muñeca también lo iban a hacer con lo otro. 

De tanto forcejear a Santiago se le estaban terminando las fuerzas. Entonces se le ocurrió una idea. Usando su pistola de agua de respaldo arrojó agua por debajo de la puerta tratando de cubrir el mayor área posible. Enseguida notó el efecto; aquella cosa no podía acercarse sin pisar el agua y eso la hacía retroceder. Ya se estaba quedando sin “municiones” cuando, tras las últimas palabras del cura, la muñeca emitió un último grito espantoso y quedó muy quieta. Fuera de la habitación también quedó silencioso. 

—Lo hemos conseguido, Santiago. Ahora solo nos queda deshacernos de ese cuerpo de muñeca. Ya estuvo demasiado impregnado en maldad y no es bueno que se conserve.
—¿Está seguro de que se terminó?
—Sí, ¿no notas un cambio en el ambiente? Tienes que guiarte por eso y nunca te equivocarás.

Al prestar mas atención Santiago también lo percibió. El aire seguía oliendo bastante mal pero había cambiado. Desataron a la muñeca. Al salir de la habitación, frente a la puerta había un montón de retazos de trapos, ropas viejas y arpillera, era básicamente basura. Ahora ya no tenía forma. El muchacho descargó en aquellos restos la poca agua que le quedaba y salieron de allí arrastrando a la muñeca con una de las cuerdas que la amarraba. Ya afuera los dos respiraron hondo. El viejo descansó un instante antes de arrancar el vehículo. Se alejaron mas de la ciudad, pararon nuevamente y allí le prendieron fuego a la muñeca. Mientras veían como las llamas deformaban aquellos restos, Ambrosio le puso la mano en el hombro a Santiago y le dijo:

—Mi joven discípulo, ahora estás listo para enfrentar a aquel payaso y enviarlo al infierno. Va a ser difícil. Aunque en tu último encuentro no pudo hacerte nada, el hechizo que lo mantiene aquí debe ser muy fuerte. Te aseguro que ahora va a dar pelea.
—Lo voy a mandar al infierno aunque eso me cueste la vida —afirmó Santiago. 
Última parte: http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com/2015/11/juego-de-payasos-ultima-parte.html

jueves, 29 de octubre de 2015

El Diablo Anda Suelto

Los lejanos campos incendiados aportaban algo de gris a un cielo sin nubes. El sol recalentaba todo con su luz y hasta las sombras eran tenues y amarillentas. Pero el que más sequedad aportaba al día era un viento cálido y sin rastros de humedad que cruzaba silbando sobre las líneas de monte que se intercalaban entre campos amarillentos.

Ese fin de semana me encontraba en la casa de mis abuelos, que estaba ubicada en ese paisaje agreste . El día se había presentado caluroso por demás y con mucho viento desde el amanecer, por lo que mi abuela me había prohibido alejarme del terreno, porque según ella, los días así el Diablo andaba suelto, además tanto calor era peligroso. Como era un chico un poco travieso en esa época no pensaba obedecerla. Adoro pescar, y muy cerca de la casa había una laguna, cómo resistirse a eso…

Cuando llegó la hora de la siesta y mis abuelos se acostaron, busqué lombrices (algo que fue bastante difícil debido a la tierra reseca), después bajé por el sendero con la caña de pescar al hombro. Aquel viento era asfixiante pues traía algo de polvo y humo; a lo lejos seguía ardiendo un campo. Apenas salí al sol me ardió la piel, y un poco extrañado miré mis brazos enrojecidos. “¡Que maldito calor!”, pensé.
Cuando alcancé la orilla de la laguna vi con lástima que estaba muy baja. En el agua parecía no haber vida. Estuve buscando con la vista pero no divisé ni un pececillo. Era raro. Como igual ya estaba allí, me senté a la sombra de un árbol después de arrojar el anzuelo y la bolla al agua, y paciente esperé un pique. Desde donde estaba veía la casa de mis abuelos, y no la descuidaba mucho rato por si los veía buscándome. 

El viento no paraba de arremeter contra el paisaje calcinado, y cada vez silbaba más, y por momentos me parecía que las variaciones del silbido decían algo, y buscaba no sé qué girando la cabeza. Empecé a sentirme sofocado, tenía que humedecerme la boca constantemente y sentía las narices resecas. ¡Que calor endemoniado! Al mirar una vez más hacia la casa, mis abuelos estaban afuera, vueltos hacia donde yo me encontraba. Se había terminado mi intento de pesca. No me importó mucho porque ni habían tocado la carnada y ya no aguantaba el calor.  Cuando iba subiendo por el sendero y había andado la mitad del camino, escuché que cuchicheaban detrás de mí, lo que inmediatamente me asustó, pues sabía que no podía haber nadie detrás de mí, porque me encontraba en un lugar abierto y recién había volteado hacia la laguna. Con la atención aumentada de repente por el susto, al escuchar mejor me di cuenta que no era el cuchicheo de una persona, eran los lamentos apagados de miles, tal vez millones de voces.

 Cuando volteé, lo vi. Su ropa estaba toda deshilachada y hecha jirones, y bajo esta asomaba en varias partes un cuerpo esquelético, demasiado flaco para estar vivo. Tenía puesto un sombrero negro todo abollado. En la cara escurrida le resaltaba una enorme nariz aguileña y tenía los ojos pequeños y se parecían a los de un gato. Creo que grité cuando me sonrió. Lo vi muy fugazmente. En ese momento me invadió un calor abrumador. De un momento a otro estaba mirando el cielo, había caído hacia atrás. Después, en ese cielo que se estaba velando por el humo aparecieron los rostros de mis abuelos al inclinarse sobre mí. Tengo un recuerdo vago de cuando me llevaron a la casa. Ya en la cama y con ellos a mi lado, vi que mi abuelo volteó de pronto hacia la puerta, y después giró hacia mi abuela:

—Esos fueron tiros —le dijo— . Y vinieron de la casa de los vecinos (esta se encontraba como a ciento cincuenta metros de la nuestra). Voy a ver.
—Fueron tiros sí —reconoció asustada mi abuela— . En una tarde como esta no me extraña que pasen desgracias. Mira al pobrecito, tiene el cuerpo caliente por el sol. ¿Será que hay que llevarlo al doctor, o le avisamos a Claudia (mi madre) y a Franco primero? —dudó preocupada, y puso su mano en mi frente.
—Es un golpe de calor nomás. Ponle paños de agua fría en la frente y se le va. Voy a ver qué pasó. Esa fue la escopeta de Romero. Que raro que la dispare aquí...

Y mi abuelo salió del cuarto. Yo no había escuchado los disparos porque tenía un zumbido en la cabeza y apenas los entendía a ellos. Un rato después volvió al cuarto con la cara descompuesta por el terror.

—¿Qué había pasado? —lo interrogó mi abuela, y se santiguó, seguramente previendo una respuesta que la iba a aterrorizar. Por la cara de mi abuelo era obvio que era algo muy malo.
—¡Una desgracia, una desgracia! ¡El hombre debe haberse vuelto loco! ¡Pero cómo va a hacer eso...!
—¿Hacer lo qué? —preguntó mas que alarmada mi abuela.
—Te lo digo afuera. Hay que llamar a alguien... a la Policía. —comentó mi abuelo con la voz temblorosa. Los dos salieron del cuarto.

Me sentía muy mal pero igual me levanté. Experimentaba algo similar a cuando se tiene fiebre pero mucho mas intenso. Mis abuelos ni me notaron cuando salí al pasillo donde ellos hablaban. Escuché como el le narraba que el vecino había matado a toda su familia y se había matado también. Cuando les hablé voltearon sorprendidos hacia mí:

—Fue el Diablo —aseguré. Mi abuela se volvió a santiguarse al escuchar aquel nombre—  Cuando pasó a mi lado iba rumbo a la casa de los vecinos –dije eso como si fuera algo muy natural, no sé por qué— . ¿No lo vieron?

Se quedaron mudos por un rato. Después dijeron que estaba desvariando por el golpe de calor y me hicieron volver al cuarto.
Nunca olvidaré ese día aterrador y trágico. Por un buen tiempo no quise ni hablar de lo que ocurrió. Cuando lo hice enseguida se apresuraron en decirme que lo del Diablo solo fue cosa de mi mente recalentada por el calor de la tarde. Me aseguraron tantas veces eso que llegué a aceptarlo; pero al recordar la cara de aquella cosa y su sonrisa me costaba creer que solo fuera mi imaginación, porque de ser así tendría que ser un recuerdo por lo menos borroso, o no recordar. Ahora estoy seguro que realmente vi al Diablo, o a un demonio. Comprendí que hasta él necesita voceros. Aunque mi abuela siempre me aseguraba que no vi nada, sé que en esa época le dijo a cuanto conocido encontró que aquella tragedia fue obra del Diablo.

miércoles, 28 de octubre de 2015

De Trasgos Y Gigantes

                                     El Ladronzuelo
Quise jugarle una broma a Álvaro, mi hermano, y allí empezó el misterio. Nos habíamos mudado a España, a una zona rural de ese país.  Cualquier mudanza es difícil, si se cambia de país mas. Por esa causa mi hermano y yo andábamos algo tristes. Como soy el mayor decidí  ocultar lo que sentía para tratar de animar a mi hermano. En nuestro hogar anterior siempre nos gastábamos bromas, y quise que esa tradición no se terminara allí. Él tenía una bolsita con canicas que atesoraba mucho. Las tomé sin que lo notara y las escondí en el cajón de un armario. Dormíamos en el mismo cuarto. Cuando lo vi buscarlas por todos lados comencé a reírme. Él enseguida se dio cuenta y rió también: 

—Las escondiste —me dijo—. Vamos, dámelas, ¿dónde están? 
—En el armario de la cocina, ahora te muestro ¡Jaja! 

Cuando abrí el cajón, no estaban. Busqué bien en ese cajón, en el de arriba, en el de abajo, aunque recordaba bien dónde lo había puesto. Mi hermano me miró muy serio, con la frente arrugada...



—En serio, dámelas —me reclamó. 
—Las dejé aquí pero ya no están, en serio, esto no es broma.

Por causa de las mismas bromas, él y yo teníamos una regla: cuando uno decía que algo era en serio, era en serio. Nunca ninguno había violado ese pacto porque éramos muy unidos. Fuimos a preguntarle a nuestros padres pero ellos no las habían visto. ¿Dónde habían ido a parar las canicas? Misterio. Buscando una respuesta, asociamos esa desaparición a los ruidos que se escuchaban de noche en la casa.  Nuestro padre, dando golpecitos en la pared con la mano, y mirando las manchas que se dibujaban en el techo, nos había explicado que la vivienda era muy vieja, y que los ruidos eran crujidos de la madera, de los viejos tirantes del techo y que el cobertizo alto los amplificaba. En su momento nos había convencido, pero ahora no estábamos muy seguros. 

Dos días después del incidente de las canicas nuestra madre perdió unas caravanas, otro misterio. Y no desaparecían solo objetos, también comida, y no había rastros de que un animal anduviera allí. Una tarde, mientras hacíamos amistad con unos niños de la zona y observábamos a unos cerdos comer bajo un castaño, Álvaro comentó lo que pasaba en nuestra casa, entonces uno de los muchachos dijo, como si fuera algo normal: 

—Pues ustedes lo que tienen es un Trasgo. Mi abuelo me ha contado que a veces esos hacen diabluras. 
—¿Un qué? —preguntó Álvaro. 
—Un Trasgo, tío. Es como un duende. Son invisibles si quieren, y viven en las casas junto a los hombres, me dijo mi abuelo, que es viejo como las piedras y se las sabe todas. 
—¿Y cómo lo sacamos de nuestra casa? —le pregunté.
—¡Joder! El viejo dice que es difícil, pero si se le pide algo que no pueda hacer, pues el Trasgo se va. 
—¿Algo como qué? —pregunté, mas interesado todavía. 
—Pídele que traiga un canasto de agua, y claro, no lo va a poder hacer. Hay otras cosas pero no las recuerdo ahora.

¿Tendríamos un Trasgo en nuestra casa? Aquello resultaba bastante aterrador. Después de discutirlo pensamos que no íbamos a perder nada con intentarlo. Al regresar a casa nuestros padres habían salido. La vieja casona estaba silenciosa. Avanzamos uno junto al otro y, cuando escuchamos un ruido, dije en voz alta: 

—¡Trasgo! ¡Tráenos un canasto de agua!

Quedamos en suspenso, mirando en derredor. Por un momento, nada, ni un ruido. Repentinamente la puerta del fondo se golpeó. Cuando fuimos a verla estaba abierta. Supusimos que el Trasgo se había ido.  Y así fue, porque dejamos de escuchar ruidos y ya no desaparecieron más cosas. Unos años después, cuando ayudábamos a nuestro padre a reformar la casa, encontramos varios objetos tras una pared, y entre ellos estaban las canicas de mi hermano.
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                                        El Gigante
El calor quemaba el desierto a esa hora, pero por la emoción el joven subió corriendo la cuesta. Las carpas estaban en una zona alta donde corría mas el viento y disipaba un poco el calor. En una de las carpas estaba el profesor Renato, y examinaba cuidadosamente unos fósiles que había desparramado en una mesa. El joven irrumpió en la carpa:

—¡Profesor, tiene que ver esto! ¡Es increíble! 
—Tranquilo, respira. ¿Subiste corriendo? Que les he dicho sobre el calor de aquí, ¿eh?
—¡Pero profesor, es increíble lo que hay allá abajo! ¡Venga! 
—Bien, bien, ya voy. Lo que sea, ha estado ahí millones de años, y va a estar ahí unos minutos mas, ¿no? —el viejo profesor se puso el sombrero y siguió diciendo— Lo grave aquí es el calor, y hay que respetarlo porque…
—¡Lo asombroso es eso, puede que esa cosa no permanezca ahí mucho tiempo! —lo interrumpió el joven.
—¿Cómo dices? —el profesor miró a su alumno a los ojos para ver si este desvariaba. El calor hace estragos en la mente. Como lo notó bien lo siguió, pero a su paso.

El paleontólogo bajó la cuesta demasiado lento para la impaciencia del estudiante. Excavaban en un desierto árido donde solo algunas pequeñas plantas espinosas resistían entre rocas ardientes. Si se miraba desde la zona alta donde estaban las carpas se veía el mar, aunque no había playas en aquella región; el desierto terminaba abruptamente en un acantilado, y allá abajo el mar rompía con estrépito contra incontables rocas cubiertas de espuma y trozos de algas. Cerca de la excavación se elevaba una formación bien curiosa que recordaba a una cordillera, pero esta era minúscula comparada con una, porque medía aproximadamente unos escasos doscientos cincuenta metros de largo, y sus crestas puntiagudas alcanzaban un promedio de veinte a cuarenta metros de alto. Eran unos promontorios puntiagudos que se alineaban en dos filas, una formación realmente rara. Viendo de lejos a esa formación, Renato había comentado, a modo de broma, que le recordaba a las placas puntiagudas que tenían en el lomo algunos dinosaurios. La idea era ridícula, porque de ser cierta implicaría que el animal tuviera un tamaño muchas veces superior al del dinosaurio mas grande conocido.

Cuando Renato llegó a la excavación quedó de boca abierta. Habían desenterrado el extremo de algo cónico. No era un fósil, tenía piel, pero al tacto era tan dura como una piedra. Parecía ser la punta de una cola descomunal. Los estudiantes que habían hecho el descubrimiento respiraban agitados por la emoción y el calor.  Renato negó con la cabeza; lo que sugería aquello era absurdo, tenían que estar viendo algo mas. Pensaba en las colas de los dinosaurios mas grandes y la comparaba mentalmente con aquella cosa; era demasiado grande. Solo asomaba una parte de la punta, el resto debía estar muchos metros bajo tierra.

El Sol aún estaba insoportable a pesar de encontrarse ya cerca del horizonte. Pasaron todo el atardecer especulando y tratando de examinar aquella cosa. Lo que tenía por piel formaba anillos, eso le daría cierta movilidad a pesar de ser extremadamente duro aquel material. Los intentos de sacarle un trozo con los cinceles fueron inútiles, y ni el pico pudo romper aquel material.  Cuando llegó la noche se retiraron a la carpa mas grande para seguir especulando sobre aquello. Continuaban en eso cuando de pronto estalló un ruido ensordecedor y la tierra tembló horriblemente. Por poco toda la carpa no se vino abajo, porque algunas de las estacas se soltaron.
Retumbaban cosas enormes que caían desde una gran altura, y un temblor indicaba que grandes cantidades de tierra resbalaban hacia el suelo; otros sonidos llegaban mas apagados, como de cosas que caen en un precipicio. Pero los sonidos mas aterradores vinieron después. Ninguno pudo permanecer en pie tras el primer impacto, enseguida vino el otro, y otro. Eran como truenos pero el suelo temblaba horriblemente. Eran, pasos. Se fueron alejando. 
Trastabillando, Renato salió como pudo de la arrugada capa; sus alumnos lo siguieron. Enseguida vieron al culpable de todo aquel ruido infernal. Iba rumbo al mar, avanzando en dos patas. La luna se los mostró. Era como una montaña andante. Tenía enormes placas puntiagudas en el lomo y se equilibraba con una cola larguísima. Cuando saltó hacia el mar el estrépito fue colosal, solo comparado a los que producen los glaciares al caer grandes témpanos en el agua. 

Todos quedaron temblando de pies a cabeza. Frente a ellos, allá abajo, ahora había una especie de zanja muy profunda y larga. Habían despertado al coloso. 

Hablando Del Diablo

¡Hola! Para los que están esperando la continuación del cuento "Juego De Payasos"... Esta no es ¡Jaja! Ya está casi lista pero no conviene apurarla. Y estaría bueno subirla el treinta y uno, como regalo a los lectores que no le hacen asco a las historias un poco mas largas. Somos pocos pero buenos ¡Jaja! ¿Qué les parece? Y como he dicho en algunos comentarios, estoy con ganas de juntar a Francisco (el personaje de la historia anterior a esta "Desierto Infernal") y a Guillermo, el Cazador De Fantasmas ¿Les gustaría? Si no sé que hay varios interesados no me embarco en eso porque sería una historia bastante complicada, y lo divertido sería tener como una especie de club de lectura o algo así. Sé que están ahí, pero si no comentan... 
El cuento que dejo a continuación es uno corto que tenía perdido en una carpeta, y lo agrego para que esta entrada no sea muy corta ¡Jaja! Pero igual está bueno, lo repotencie. Aquí la criatura:


                                      Hablando Del Diablo
Fuimos hasta aquel pueblo con la intención de ganar un trofeo y regresamos sólo con un susto y una gran pérdida. Se organizaba allí un campeonato de fútbol infantil. Nosotros entrábamos dentro de la última categoría, la de mas edad. Viajamos en un camión viejo, sacudiéndonos, saltando a veces por culpa de los baches del camino, pero de todas formas íbamos contentos y gritábamos a la vez y reíamos cuando el camión agarraba un pozo. Cuando finalmente llegamos al poco rato de comenzado el primer partido se desató una tormenta furiosa e inmediatamente suspendieron el campeonato. La gente del lugar se desbandó hacia sus casas corriendo y cubriéndose la cabeza con lo que tuvieran, y agachados, como si eso sirviera para algo bajo un chaparrón. La lluvia fue repentina, estruendosa, las goteras eran enormes y caían muy apretadas. Tuvimos que hablar a los gritos bajo aquel aguacero casi asfixiante. Nos empapó enseguida. El día se oscureció rápido y todo se distorsionó bajo una cortina de agua. Para colmo de males, el conductor del camión nos dijo que mientras lloviera muy fuerte no iba a partir pues el limpiaparabrisas no funcionaba, y de ninguna manera se iba a arriesgar en aquellos caminos. 

Uno de los organizadores del campeonato nos ofreció un galpón, allí podríamos esperar a que pasara la lluvia. También dejó a nuestra disposición una pila de leña que guardaba dentro del galpón, para que hiciéramos una fogata y así por lo menos nos secáramos un poco para no enfriarnos; las mazorcas de maíz que tomamos luego fue por nuestra cuenta. Ya instalados en el galpón (éramos dieciséis personas en total, y solo tres eran mayores), encendimos una fogata en el centro de éste (el piso era de tierra). El humo se escapaba por unas ventanas altas por lo que no nos molestaba, y cuando uno apareció con mazorcas de maíz que encontró allí, ni lerdos ni perezosos las pusimos a asar y olvidamos un poco el disgusto que sentíamos. Usamos de asiento unos cajones de fruta, y rodeando el fuego empezamos a hablar de todo un poco.

 Cada tanto el que estaba hablando tenía que parar cuando la tormenta rugía muy fuerte, y cuando los relámpagos entraban por la ventana por un instante siempre alguno lucía un poco diferente, era la impresión que me daba. Entre tantos temas, uno de mis compañeros quiso narrarnos un cuento de terror sobre el Diablo, y otro lo cortó tajantemente diciendo: 

—¡No siguas! Si hablas de… lo que estabas hablando y estás frente a un fuego, puedes invocarlo aunque no quieras, más con una tormenta como ésta. 
—¿De dónde sacas eso? —le pregunté. 
—De mi abuela. Ella dice que las brujas lo invocaban así, que el fuego tiene un poder místico. 
—Entonces vamos a invocarlo —dijo otro de pronto—. Y si viene le ofrecemos un maíz de estos, que se ve que ya están prontos.

Tras una risotada general nos abalanzamos hacia las mazorcas. Mientras tanto la tormenta seguía volcando agua como si el cielo se hubiera roto sobre aquella región. La tarde, debido a lo nublado del cielo, ahora estaba oscura como la noche, y las esquinas y el techo del amplio galpón se encontraban en tinieblas, mas cuando el fuego crecía al revolver la leña nuestras sombras crecían en las paredes de madera, temblaban y se movían hacia los lados. 

Lejos de seguir el consejo de nuestro compañero, seguimos narrando cuentos e historias de terror donde el Diablo era protagonista. Sorpresivamente uno de los presentes lanzó un grito horrendo que estremeció a todos. Cuando le preguntamos qué pasaba no pudo hablar, sólo temblaba, mas pudo levantar un brazo y señaló hacia una de las paredes, y cuando miramos, entre nuestras sombras inquietas había una inmensa que tenía cuernos. La sombra se proyectaba como si aquello estuviera a nuestro lado, y en ese momento una mano muy dura se posó pesadamente en mi hombro. 

Cuando grité los otros también lo hicieron y huimos del lugar a toda carrera. Entre el miedo que sentíamos y la confusión de la tormenta que reinaba afuera demoramos en darnos cuenta que solo habíamos salido quince, faltaba uno de los muchachos. Cuando reunimos mas gente los mayores revisaron el galpón pero no lo hallaron, y desde esa noche no se supo de su paradero. Irónicamente, el que desapareció fue el que nos advirtió que no habláramos del Diablo frente al fogón.

martes, 27 de octubre de 2015

Colmillos

Aparentemente se había perdido una pareja en el parque forestal donde trabajaba Billy. Él estaba en el fondo de la cabaña de los guardabosques cuando fueron a avisarle. Billy, sentado sobre un tocón de árbol, tallaba un trozo de madera con su navaja. Abandonó esa tarea para escuchar a su compañero: 

-Billy, aparecieron los parientes de una pareja que según ellos se perdió aquí. Dicen que debían haber vuelto ayer. 
-Bueno, veremos de qué se trata -le dijo Billy, y de un soplido limpió la viruta de lo que estaba tallando. 
-Que buena pieza, un lobo -opinó el otro guardabosques-. ¿Cómo pudiste hacer eso solo con tu navaja? Sé que eres bueno tallando, pero no me explico lo de las patas.
-Era una rama gruesa de donde salían un montón de ramas mas finas. Al ver esa parte enseguida me imaginé un lobo, solo tenía que cortar el pedazo justo y hacerlo aparecer. Todavía me falta darle unos retoques. 
-Eres un artista, no todos podrían ver lo que viste. 
-No, es solo un pasatiempo.
  
Su compañero tenía razón. Billy siempre había visto cosas donde los demás no veían nada, aunque muchas veces deseaba no tener ese don, o lo que fuera aquello...


Las personas preocupadas eran cuatro, los padres de la mujer y los del tipo. Apenas los vio supo que no se trataba de otro caso de turistas torpes. Primero les preguntó si estaban seguros de que sus hijos se encontraban en aquel parque, después les pidió su descripción y otros detalles. Tras tranquilizar a esas personas diciendo que los buscarían, habló del asunto con sus compañeros: 

-Tengo la impresión de que sí les pasó algo -les dijo Billy, mirando hacia el vehículo en el que se marchaban los preocupados padres. 
-¿Será otro caso de personas que caminaron mas de lo que podían? -preguntó uno de sus compañeros.
-No creo. Según sus padres, los dos son fanáticos del ejercicio y salen a trotar todos los días, y tienen experiencia acampando. Además iban bien preparados por lo que me describieron los señores.
-¿Le avisamos a los de rescate? -preguntó otro, que ya se había puesto serio, pues respetaban mucho la opinión de Billy. 
-Por ahora no. Voy a ir a investigar. Me mantendré en contacto con el radio. Mejor parto cuanto antes. Trataré de hallarlos antes de la noche. Con la oscuridad todo se complica. 

El bosque estaba a metros de allí. Billy tomó su mochila, la que siempre tenía lista para casos así y enderezó rumbo al bosque.  Ya estaba muy concentrado, tenía que ir atento a todo. Además de rastrear a los perdidos tenía que cuidar su espalda pues en la zona andaban muchos osos, pumas y algunos lobos. Iba atento a las posibles señales que se mostraran en los senderos, a los sonidos a su alrededor, a los olores. Se detenía cada tanto y observaba en derredor. 
Tenía que ponerse en el lugar de los extraviados. Dedujo que como estaban bien físicamente seguramente habían tomado los senderos mas difíciles. Lo que querían era explorar, ver los mejores paisajes, subir cuestas… Cosas que para Billy eran poco inteligentes en un lugar salvaje como aquel. En la naturaleza hay que imitar a los animales, y estos casi siempre toman el camino mas fácil. Un jabalí puede cruzar por un enredijo de ramas espinosas si es necesario, pero normalmente anda por los senderos despejados. La naturaleza es sabia. 

Le pareció que el bosque estaba mas sombrío, aunque desde las copas descendían numerosos rayos de luz pues el cielo estaba despejado. 
La atención al detalle de Billy se iba agudizando a medida que se internaba mas y mas en el bosque. De esa forma halló unas huellas. Se inclinó a examinarlas. No le quedaron dudas de que eran del matrimonio que buscaba. Caminaban juntos, sus pasos eran largos, uno de los individuos pesaba mucho menos que el otro… las pistas eran muchas. En el costado de un charco distinguió hasta la marca del calzado. 

Los padres de los perdidos, con la intención de dar la mayor cantidad de datos posibles le habían dicho hasta la marca de los botines que estaban usando. Lo sabían porque el matrimonio acababa de comprarlos y se los habían mostrado.  
Siguió los rastros hasta una zona donde solían andar osos. Ya lo presentía, estaba seguro, y, de pronto los encontró. Percibió primero el olor a muerte. 
Un vistazo a la escena y todo quedó claro. Habían acampado en una zona que no debían y un oso los atacó por la noche. Billy llamó a sus compañeros por el radio: 

-Los encontré, están muertos. Les voy a indicar mi posición. Cambio. 
-Que lástima -dijo la voz que sonaba en el radio-. ¿Ataque de animal? Cambio.
-Sí, de oso. Es una pena. ¡Diablos, esto es un desastre! Vengan rápido. Cambio. 

Aquel asunto no terminó ese día. Una semana después, mientras recorría el bosque, Billy vio algo de reojo. Era el matrimonio. Tenían la ropa hecha jirones y sus cuerpos estaban peor. Atravesaban el bosque tomados de la mano y sin dar un paso, solo se deslizaban. Miraron a Billy y siguieron su camino.  Ocasionalmente él veía a los que morían en aquel bosque. 

lunes, 26 de octubre de 2015

Desierto Infernal (última parte)

¡Hola! Y llegamos al fin de esta historia. Gracias a los que han comentado, y a los que no, todavía están a tiempo. 
Y si no has leído nada, entra primero aquí: http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com/2015/10/desierto-infernal-primera-parte.html



                          El Infierno En La Tierra
Cuando se sintió lo suficientemente lejos de la casa-matadero, Francisco se detuvo, se inclinó hacia adelante y apoyó las palmas en sus rodillas intentando recuperar el aliento. Por haber huido largo trecho se agitó bastante, además cargaba un considerable peso y acababa de pasar por un susto terrible. Había dormido muy poco y ahora solo le quedaba avanzar. De nuevo su situación era mala.
Las montañas que eran su objetivo estaban muy lejos y ya había pasado buena parte de la noche. Si no llegaba a ellas antes del amanecer nuevamente se las iba a tener que ver con el sol, aunque por lo menos ahora estaba mejor preparado y llevaba agua; mas el sol y el calor siempre son rivales de cuidado. 
Especular cuánto le faltaba era inútil, las montañas solo eran un contorno apenas definido en la oscuridad. Cuando se repuso siguió avanzando, iluminando su camino con el farol para que su caminata fuera mas segura. Le preocupaban las víboras y los accidentes del terreno.

En el cielo titilaban tímidamente las estrellas, todo lo demás estaba muy oscuro y se distinguían apenas algunas formas bajas, leves contornos del desierto. Y no había mucho en aquel paisaje oscurecido, solo rocas pequeñas, medianas, grandes, formaciones de estas, y cada varios metros algunos arbustos achaparrados o un montón de pasto seco. El farol le resultaba una ventaja para ver lo que estaba mas próximo, aunque a la vez le ocultaba lo que había mas allá de su luz y creaba sombras que se hamacaban, agrandaban o empequeñecían acompañando los movimientos del artefacto. De esa forma, cualquier ser podría verlo a él desde la oscuridad, en cambio él desde su luz no podía saber qué andaba en las sombras.
Desde esa oscuridad que era un misterio para él, surgieron unos gritos roncos y ásperos. Se detuvo en seco. Sintió pisadas que retumbaban en el suelo. Lo que causaba el ruido eran unos cuantos y eran grandes. ¿Qué eran? Se alarmó al darse cuenta que venían hacia él. Girando el cuerpo con el farol hacia adelante divisó una roca con el tamaño suficiente como para protegerlo. Se agazapó tras la roca, con el cuchillo en la mano. Los gritos lo alcanzaron, y con ellos venía una nube de polvo y confusión. Enseguida vio un montón de patas flacas y largas, y aparecieron unas caras alargadas con ojos saltones: eran camellos. Había leído que en Australia prosperaban camellos importados pero lo había olvidado. Cuando el tronar del ruidoso grupo se alejó Francisco salió de su escondite sonriendo. Por lo menos ahora no era nada sobrenatural, solo eran animales corriendo. Aunque un detalle lo preocupó un poco; los camellos parecían asustados, ¿qué cosa podría ahuyentar así a un grupo de inmensos animales? Lo mejor era apurar el paso.

Mas adelante vio un resplandor en el horizonte. De aquel lado habían venido los camellos. Se ilusionó al pensar que era el resplandor de un pueblo, mas este se fue apagando de a poco hasta que desapareció. Un olor que llegó de lejos le indicó qué había visto: el olor era a humo, y el resplandor un incendio. No le quedaron dudas de que los animales habían huido de un incendio. Otro peligro mas de aquella zona.

Caminaba oyendo el continuo golpeteo del agua en los bidones y estos le resultaban cada vez mas pesados. Había perdido mucha energía esos días y recuperado muy poca. En ese momento su enorme musculatura le estaba pasando la cuenta porque requería mas energía. Pero como lo que no le faltaba era voluntad siguió avanzando a paso firme. La luz del farol fue disminuyendo, la llama se hizo muy pequeña hasta que desapareció. No hizo nada por encenderla de nuevo; ya el horizonte comenzaba a revelarse con mas claridad. Las estrellas se fueron extinguiendo, y tras unos minutos de cielo gris oscuro el cielo empezó a encenderse con un tono rojizo. Otro amanecer de sequía. Cuando el enorme ojo del desierto se asomó por encima de las montañas, Francisco aún no llegaba al bosque. Mas esta vez el sol no lo sorprendió desprotegido, ahora tenía sombrero y un abrigo de manga larga, botas y agua. Le daba cierta repulsión usar aquellas ropas porque le venía a la mente la aparición con cabeza de cerdo, mas realmente las necesitaba. Trató de concentrarse solo en el camino, paso a paso. Había aprendido con la práctica que cuando uno se libra del deseo de llegar a un lado y solo se concentra en avanzar la caminata se hace menos dolorosa. Se concentraba en el ritmo de los pasos: un poco mas rápido, pie derecho, pie izquierdo, después descansaba yendo mas lento, metro a metro, con paciencia, sin pensar en la meta, solo avanzar, seguir y seguir. Los pies medio se le hundían en el arena o resbalaban sobre guijarros. La frescura del amanecer duró muy poco. Pronto el paisaje volvió a ser un horno y el aire vibró de nuevo desdibujando las cosas a la distancia.

Estaba empapado en sudor cuando alcanzó la primer sombra de un eucalipto. Se internó en un bosque reseco. La tierra estaba dura como una roca y donde se acumulaban hojas estas crujían con fuerza cuando las pisaba. Había algunos pastos aquí y allá, todos secos como pergaminos. Eligió una buena sombra y se sentó contra un eucalipto enorme. Desde allí contempló cuánto podía ver. A la vista, era un paisaje mucho mas esperanzador que el desierto, pero tenía la misma energía de desolación. Los eucaliptos suspiraban entre el aire caliente que los agitaba. Cuando los rayos del sol cayeron verticalmente sobre el bosque Francisco puso el abrigo y un cuero sobre unas ramas bajas a modo de cobertizo, y se acostó a dormir bajo su sombra. Soñó con la aparición que viera por la noche. De pronto se vio atado sobre una mesa. Reconoció la habitación, estaba en la casa-matadero, eso lo aterró. Al escuchar el sonido inconfundible de un cuchillo pasando sobre una piedra, giró la cabeza y vio a la abominable aparición. El espectro con cabeza monstruosa afilaba un cuchillo enorme y probaba el filo contra su propia lengua, abriéndose unos tajos horribles. Francisco intentó escapar pero no podía. Quiso sacudirse, patalear, pero estaba paralizado. La aparición se fue acercando a él de a poco. Al llegar a su lado levantó el cuchillo y lo bajó de punta hacia su abdomen; ahí Francisco despertó con un grito. Miró en derredor, el bosque mudo seguía suspirando.

La temperatura no había bajado ni un poco, de todas formas salió a explorar su entorno. Necesitaba algo para comer. Recién ahí recordó que en la casa-matadero todavía le quedaba carne de víbora. De nada servía lamentarse por ese olvido, las circunstancias lo excusaban. Avanzó atento, mirando hacia abajo, barriendo todo con la mirada, pero sin descuidar su entorno mas alejado. En el suelo reseco no se divisaba ni una huella de animal. Al pasar frente a un eucalipto que lucía muy mal recordó algo que había leído. La corteza del árbol estaba medio desprendida en varias partes. Francisco arrancó un gran trozo de corteza. Cayó al suelo una especie de aserrín muy fino que estaba empastado en algunas partes, y también cayeron unos gusanos enormes que eran larvas de escarabajo. Sonrió al hacer ese descubrimiento; había leído que eran muy buenas para comer.

Después de juntar cuanta larva encontró volvió a su cobertizo. Hizo un pequeño fuego y asó las larvas en él. Algunas larvas eran casi tan grandes como sus dedos. Se relamió los labios mientras esperaba. Su cuerpo enorme reclamaba proteínas. Cuando las larvas tomaron un buen color las colocó sobre un trozo de corteza. Su plato estaba servido. Incluso sin el hambre que tenía le hubieran resultado bastante buenas. Aunque tenía ganas no comió todas, no quería que le hicieran mal; había comido muy poco durante su aventura, ahora tenía que hacerlo de a poco, era mejor ser precavido. Francisco era tan sencillo que solo con lo que contaba se sintió muy bien. Comida, agua, sombra, una fogata, algo sobre que sentarse, sintió que su suerte no era tan mala ahora. Mas aquel lugar le tenía reservada otra experiencia terrible.

Al atardecer levantó su provisorio campamento y se adentró mas en el bosque. Al alcanzar una zona mas tupida divisó una depresión que le pareció un cauce. Como esperaba, estaba completamente seco. Igual pensó que aquel descubrimiento era muy bueno. Si lo seguía tal vez podría dar con uno mas grande que tuviera agua, además era una buena ruta para caminar. Acampó al lado del cauce. Colocó el cuero mas grande sobre unos pastos cortos. No encendió una fogata, el lugar estaba muy reseco y tener fuego implica cuidarlo, y lo que él quería era dormir toda la noche tranquilamente. Todo indicaba que el frío del desierto apenas llegaba hasta allí, y el abrigo y las pieles le iban a bastar. Hasta el momento no veía mosquitos, que son la principal razón para hacer fuego en casi todos los lugares. Si necesitaba luz podía encender rápidamente el farol o alguna de las velas. La noche se presentó por demás agradable. Cenó los dos últimos gusanos que le quedaban. Acostado boca arriba planeó lo que iba a hacer al otro día. Apenas aclarara iba a seguir el cauce seco hasta que el calor lo dejara. Si caminaba atento a los árboles con corteza maltrecha podría encontrar mas larvas. El plan era simple pero bueno. Se durmió confiando en que pronto iba a salir de aquella situación.

Al hundirse en el mundo de los sueños, Francisco volvió a soñar con su hogar. Ahora estaba en el fondo de su casa, junto a toda su parentela. Él estaba asando carne en su parrillero (barbacoa). Sentía que el fuego estaba muy fuerte, se habían amontonado muchas brasas bajo la carne, y por mas que intentaba apartarlas con un atizador surgían mas y mas brasas y aumentaba el calor y el olor a humo. Entonces sus parientes empezaron a reírse; cuando él volteó hacia ellos, se callaron pero siguieron sonriendo a se taparon la boca. Después, como si a la vez no hubieran podido contenerse mas, todos estallaron en carcajadas y, mirando hacia el parrillero que estaba detrás de él, le señalaron con el dedo que a sus espaldas había algo. Cuando volteó, lo que se asaba era un hombre enorme con cabeza de cerdo, era la aparición de la casa-matadero. El montruo estaba cocido y envuelto en llamas pero igual se movía, y súbitamente se enderezó hasta quedar sentado y giró la cabeza hacia Francisco, que en ese momento volvió a quedar paralizado. El monstruo envuelto en llamas puso sus pies en el suelo y avanzó lentamente rumbo él, adelantando un brazo como queriendo agarrarlo, y el calor se hizo insoportable. Despertó gritando, y al abrir los ojos vio que las llamas casi lo alcanzaban. 

Se levantó aterrorizado. En una gran parte del bosque se levantaban, retorcían y multiplicaban llamaradas rojizas que desprendían mucho humo.
Sin darle tiempo a nada, el lugar donde él había estado durmiendo rápidamente fue tomado por las llamas. Intentó recuperar el bolso y los bidones de agua pero las llamas le quemaron los dedos. Pensó en cortar una rama para a golpes tratar de extinguir aquel fuego o por lo menos usarla para retirar los objetos de él, mas al ver que el incendio abarcaba casi todo, y que los pastos sobre los que él había dormido ardían con mas fuerza rodeando sus cosas, entendió que lo mejor era huir de allí cuanto antes.

Saltó al lecho seco para alejarse mas rápido. El incendio rugía por todos lados. Inmensas llamaradas trepaban por los árboles o avanzaban raudamente por los pastos resecos y la acumulación de hojas del suelo. Sin dudas aquel fuego se había originado lejos de allí y había avanzado por el bosque junto al viento. Los árboles parecían ahora inmensos demonios que se retorcían al verlo pasar. Se cubrió hasta la nariz con la camiseta para no respirar tanto humo. En medio de aquel caos ardiente Francisco pensó que aquello era un verdadero infierno, y por un momento creyó que era así. ¿Y si lo habían matado los tipos aquellos...? Pero si aquel era el infierno, ¿por qué él estaba ahí, si toda su vida fue un hombre bueno? Después consideró que ese pensamiento era fruto de su desesperación y trató de no pensar mas en eso. Ahora lo importante era salir del incendio, una mala decisión y sería su fin. Sabía que dentro del aparente desorden del fuego este es solo un elemento, y tampoco es un enemigo que te persigue. Mientras tanto, las llamas seguían saltando de árbol en árbol y desplazándose por el suelo como un líquido que se derrama. El crujido de las llamas multiplicado miles de veces resultaba aterrador. Atrás empezaron a retumbar unos golpes que parecían pasos de gigantes; eran árboles que caían. Un humo espeso se expandía por todos lados. Las cosas humeaban y enseguida se encendían. Francisco apenas podía ver por dónde iba. Cuando creía que estaba por escapar del incendio, surgía un resplandor mas adelante y repentinamente lo seguían otros, como si las llamas quisieran emboscarlo.

Avanzaba agazapado intentando no respirar tanto humo. Cuando empezó a toser supo que ya no le quedaba mucho. El incendio avanzaba a una velocidad increíble. El infierno que se desataba atrás absorbía grandes cantidades de oxígeno creando un viento que iba hacia las llamas que se retorcían en espiral allá arriba. Apenas podía soportar el calor. Sentía que un tornado de fuego lo estaba persiguiendo. Ser abrasado por el fuego es una de las formas mas horribles de morir, sino la mas. Hubiera sido mejor si los tipos le hubieran dado un tiro. Pero mientras tuviera vida iba a luchar.
Cuando el cauce seco por donde huía se ensanchó, supuso que aún tenía chances. Estas casi se desvanecieron cuando un árbol enorme encendido como una antorcha cayó atravesado sobre el cauce. 

¿Hacia qué lado desviarse? Eligió la izquierda. Iba a volver al cauce cuando otro árbol incendiado sucumbió en él con estruendo. Francisco tuvo que seguir por ese costado, esquivando llamas y saltando por encima de ellas. Así llegó a una zona donde solo había humo, después este se hizo menos intenso, hasta que finalmente el el rugir y el resplandor de las llamas quedaron rezagados. Aún no estaba fuera de peligro, pues el incendio avanzaba muy rápido. Ese alivio también duró poco. La carrera y el humo que respiró lo hicieron vomitar, y al enderezarse lo invadió un fuerte mareo que lo puso de rodillas, después lo atacó de nuevo la tos, y esta trajo un nuevo vómito. Se sentía terriblemente mal, respiraba con dificultad, le zumbaba la cabeza y por momentos le parecía que las cosas daban vueltas. La proximidad del incendio lo impulsó a seguir.

 Desviándose un poco hacia la derecha, encontró de nuevo el cauce seco. La promesa de claridad de la aurora le renovaron la esperanza. Avanzaba ahora hacia la claridad porque estaba por salir del bosque. Dos líneas de arbustos, una a cada lado del canal seco, siguieron a este cuando se adentró en una pradera. Francisco se sentó a descansar en una barranca. La luz del amanecer le enseñó un paisaje nuevo, el mas prometedor que había visto hasta el momento, pues era una pradera con algo de verde. El bosque y su infierno quedaron atrás.

En su huida había sudado demasiado, y al vomitar perdió mucho líquido. La deshidratación volvía a ser un problema, y ahora se le sumaba la intoxicación con humo y la exposición a un calor muy elevado.

Se levantó sintiendo mareos. Continuó su lastimosa caminata. Cada tanto lo atacaba la tos y tenía que parar. Cada metro avanzado implicaba un gran esfuerzo de su voluntad. Tenía que encontrar agua pronto. La temperatura en el ambiente se elevaba con rapidez. Su gran enemigo en ese viaje, el sol, lo observaba por entre la línea de arbustos, como ansioso por estar sobre su cabeza. El calor se hizo sentir. Se quitó el abrigo y quedó solo con la camiseta.

El cauce sin agua siguió serpenteando por la pradera. Las últimas copas del bosque de fuego desapareció finalmente de su vista. En aquel surco que se extendía entre dos delgadas líneas de árboles no había ni rastro de humedad, sin embargo Francisco seguía, pues estaba seguro que si no desembocaba en un arroyo con agua por lo menos lo haría en uno con humedad bajo la tierra, en un lugar donde cavar un pozo.

En un tramo el cauce se angostó y profundizó abruptamente, y los arbustos de las orillas alcanzaban a juntarse allí formando un túnel de ramas por donde solo podría pasar andando sobre sus rodillas y codos, a no ser que atravesara la enramada erguido y se expusiera a los latigazos y pinchazos de estas. Francisco iba a rodear el lugar cuando sintió un olor bien conocido; allí adelante había un arroyo, ¡agua! Apartó algunas ramas y miró por entre ellas. ¡Agua! No pudo esperar un momento mas. No rodeó la enramada, dejó el abrigo en el suelo y la atropelló cubriéndose el rostro con los antebrazos. Sintió varios pinchazos y arañazos, ¡pero que importaba, allí estaba el agua! Al atravesar aquella barrera natural quedó frente a un arroyo de corriente ágil y transparente.

Se acostó boca abajo en la orilla y pegó sus labios contra el vital elemento. Permaneció así hasta que sintió que su estómago no daba mas. Al mirar en derredor descubrió una buena sombra a pocos pasos. Se sentó contra un tronco y suspiró. Otra vez tenía chances de sobrevivir. Cuando la necesidad de agua dejó de acaparar toda su atención, se dio cuenta que tenía un gran arañazo sobre su mano izquierda, y empezó a dolerle el hombro derecho. “Hubiera rodeado esos arbustos”, pensó. Al mirarse el hombro, se le apareció una imagen, una que le resultó por demás desagradable. “No puede ser, no, debe ser algo mas”. En su hombro resaltaban dos puntos rodeados por círculos descoloridos que, a medida que se ensanchaban iban tomando un tono entre colorado y violeta. Francisco se echó a reír.

 —¡Me mordió una víbora!, ¡me mordió una p... víbora!  —dedujo que el reptil estaría enroscado en uno de los arbustos cuando él pasó. 

Pensó que al final la naturaleza había tenido la última palabra: él no iba a sobrevivir. Pronto sintió que el veneno le iba quemando todo el cuerpo. Rápidamente su hombro había cambiado a una hinchazón morada, y unos dolores punzantes que lo hacían temblar empezaron a acosarlo. “Hasta aquí llegué”. Indagó en sus sentimientos. No se sentía avergonzado. Había sobrevivido al sol y su calor, a unos dingos hambrientos, a una casa embrujada, a un incendio, estaba seguro de haber liquidado a dos de sus asaltantes al comenzar aquel infierno... Sí, él había hecho todo lo posible por sobrevivir; el lugar no le había dado tregua. Ante la realidad amarga y dura de la muerte reaccionó por un momento y buscó en su mente una solución. No la halló. Tal vez si no hubiera pasado por el incendio tendría alguna chance, pero en el estado en que se encontraba...

Sintió mucha pena al pensar en su familia. Desaparecer así, en un país lejano. Se imaginó la incertidumbre, la desesperación de los suyos al no saber qué le pasó. Después se le ocurrió que tras un tiempo todos iban a aceptar que murió en la naturaleza. ¿Qué otro fin podría tener un tipo como él? Sí, su gente iba a comprender. Pensó que dirían “Pudo ser peor, pudo enfermar de algo que lo postrara, y para un hombre como él eso sería peor. Se fue haciendo lo que le gustaba”. Al considerar eso no le pareció tan mala la situación. Estaba en un lugar increíble. Siempre había odiado los cementerios. Sin dudas el lugar donde se hallaba era mucho mejor. Estaba muy lejos de su hogar pero aquella parte se parecía bastante a sus montes. Miró en derredor. Del otro lado del arroyo crecía una fronda esplendorosa. Cantaban algunos pájaros. Estaba en un buen lugar. Con sus manos tanteaba un pasto tierno que estaba muy verde. No podía estar en un lugar mejor para terminar su aventura, la de su vida. Empezó a sentir un entumecimiento en el cuerpo, ahora ya no era dolor.

Otros pájaros se sumaron a los que ya cantaban. Le recordaron a los que siempre andan en el monte. De pronto estaba en un monte bien conocido, sentado bajo un sauce, frente al río. ¿Cuántas veces había estado allí solo o con sus amigos? Muchas. Era una tarde hermosa pero sintió ganas de regresar a su hogar. Atravesó la picada (sendero entre los árboles) y llegó al campo. Había hecho aquel camino tantas veces. El camino y la ruta se le hicieron muy cortos. Ya estaba en el barrio. Vio su casa. Atravesó el portón. Todos sus familiares estaban en el patio, incluso los que ya habían muerto.

Al caer el líder del grupo que asaltó a Francisco, los que quedaron pronto perdieron el control de la situación. Una vez que abandonaron a Francisco en el desierto, la ambición los hizo dividirse. Ninguno confiaba en sus camaradas de robo, y la tenencia del boleto los hizo discutir. Después de algunas peleas y amenazas donde llegaron a apuntarse a la cabeza, el mas decidido de ellos se quedó con el boleto prometiendo repartir la ganancia cuando fuera mas conveniente.
Uno de los que quedó desconforme relató todo durante una borrachera a la noche siguiente. Le creyeron porque en el pueblo ya habían notado la ausencia de los dos que cayeron en el asalto. Apenas el caso llegó a oídos de la policía todo se le desbarató a los rufianes, y se acusaron unos a otros. Entonces comenzó la búsqueda de Francisco, aunque la mayoría no esperaba encontrarlo con vida. La búsqueda en el desierto no obtuvo resultados. Lo encontraron en el lugar menos esperado, el hospital de un pueblo. Poco rato después de que Francisco perdió el conocimiento, un grupo de cazadores pasó por allí. Para su suerte, los cazadores tenían suero antiofídico. Gracias a eso y a que lo llevaron rápido a un hospital pudieron salvarle la vida. Como era un hombre fuerte se recuperó rápidamente y sin ninguna secuela. Al final la suerte le sonrió a lo último, y regresó a su país con una gran aventura para contar, y con una cuenta bancaria bien gorda. Fin.

sábado, 24 de octubre de 2015

Con La Luna Llena

Un auto estacionado en el costado de un camino apartado, de noche, puede traer problemas.  Puede tratarse simplemente de un conductor que se detuvo a descansar, como puede ser un prófugo o alguien que cometió un delito. 

El patrullero Sánchez detuvo su unidad cerca de dicho vehículo. En los alrededores solo había bosque, y como esa noche había luna llena los árboles parecían tener un baño de plata. En las noches claras se ve todo pero las cosas lucen descoloridas y la luna tiñe todo con unos desganados tonos de plata. Sánchez avisó por el radio el hallazgo del auto, después bajó a revisar. Lo veía con claridad pero de todas formas encendió su linterna. El vehículo era nuevo, su chapa relucía y desprendía brillos. No había nadie en él. El habitáculo estaba inmaculado, en el asiento de atrás no había nada, ni un bolso o algo que dijera algo sobre su ocupante...


El oficial iluminó los neumáticos, ninguno parecía desinflado. Si aquel auto estaba allí era poco probable que fuera por un desperfecto. ¿Dónde estaba el conductor? Sánchez iluminó los alrededores y escuchó con atención. En los bosques siempre hay una rama que cruje o algo que cae de pronto desde lo alto. Esos ruidos lo mantuvieron apuntando su linterna para aquí y para allá, al escuchar algo giraba y apuntaba hacia el lugar.   Buscando en el suelo encontró las huellas del conductor. Había caminado hacia el bosque. Sánchez dudó. Nada indicaba que al conductor le hubiera pasado algo malo o que este estuviera haciendo algo ilegal.  No podía descuidar el camino (que era su prioridad esa noche) y meterse en un bosque sin ninguna razón. No le parecía que el vehículo fuera robado, y pedir refuerzos era una exageración.

Lo que si le pareció conveniente fue esperar un rato para ver si el dueño del auto aparecía.  Después de unos minutos de mirar hacia todos lados y escuchar con atención enderezó rumbo a su patrulla. Cuando estaba abriendo la puerta escuchó un aullido. Fue un aullido largo y horrible. A Sánchez se le erizó la piel. El aullido venía de lejos pero llegaba hasta allí con bastante potencia.  El haz de luz de la linterna del oficial se paseó por todos los troncos de los árboles cercanos. El policía se sobresaltó mas de una vez cuando le pareció ver algo, pero no vio nada concreto, solo eran combinaciones de sombras que se movían con la luz y cosas informes que jugaban con su mente: montones de hojas, cortezas agrietadas y nudosas y ramas retorcidas. 
  
Al no descubrir nada Sánchez se marchó. De nada servía quedarse allí para sobresaltarse a cada rato. Mas mientras conducía no podía parar de pensar en el asunto. Si fuera una camioneta podría ser un cazador, pero en un auto como aquel quién iba a salir a cazar. Tal vez el conductor esperaba a otro vehículo, y al ver que era una patrulla se escondió en el bosque. Por mas que él hubiera iluminado, si el tipo estaba detrás de un tronco grueso no podría verlo. Y estaba también el aullido, ¿sería un perro grande, un mastín tal vez? ¿Andaría con el dueño del auto? Después le pareció poco probable que llevaran a un perro grande y baboso sobre aquellos asientos de lujoso cuero. Era un misterio.

Sánchez amaneció en la ruta. El cielo se había nublado un poco durante la madrugada, y al salir el sol las nubes eran un espectáculo de tonos rosáceos y anaranjados.  Ya estaba por terminar su turno, por lo que se apuró un poco para llegar a la zona donde estaba el auto.  Si ya no estaba allí el misterio iba a permanecer así, pero resultó que aún estaba en el lugar.  Cuando Sánchez iba llegando, el dueño del vehículo iba saliendo del bosque. Al notar al patrullero el tipo se detuvo y dio señales de querer huir, mas un oportuno bocinazo de Sánchez lo hizo desistir. Ya lo habían visto. El desconocido tenía motivos para esconderse; estaba sin camisa y tenía el pantalón hecho jirones, además cargaba una cadena muy gruesa que tenía grilletes. El patrullero se bajó rápido, con la mano derecha en la culata, e interrogó al extraño: 

—Señor, ¿qué estaba haciendo con esas cadenas? 
—Yo… eh… no estaba haciendo nada malo —le contestó nerviosamente el tipo. 
—¿No? ¿Y para qué son esas cadenas? ¿Por qué tiene el pantalón roto? ¿Y su camisa? 
—Me lo rompí en el bosque, a la camisa también, y como estaba muy mal la tiré. 
—¿Le hizo algo a un animal? —Sánchez lo miró inquisitivamente.
—No, para nada —el sujeto negó también con la cabeza. 
—Esto es muy raro. Me va a tener que acompañar. Deje esa cadena en el suelo y muévase hasta aquí. 
—Pero oficial, yo no hice nada. 
—No complique las cosas. Si no hizo nada no le va a pasar nada. 
—No puede llevarme a una comisaría, por favor… 
—¡Suelte esa cadena y acérquese hasta aquí!
—Oficial, se lo ruego. Si me encierran estos días va a ser un desastre. No es una amenaza, pero le aseguro, es algo muy peligroso. 

Ahora el sujeto parecía ser sincero. Sánchez había escuchado el aullido. Aquel sonido no podía haber salido de un hombre. Si el sospechoso había encadenado y maltratado a un animal, ¿cómo este podía haberle roto la ropa sin herirlo? El tipo no tenía ni una herida visible. Una idea le rondaba desde la noche pero no se atrevía ni a planteársela mentalmente por considerarla ridícula. ¿El extraño sería un hombre lobo?

—Mire, le voy a dar una oportunidad para que se explique. Si no me convence, ya sabe —le dijo Sánchez. 
—Muchas gracias, oficial. Le aseguro que no usé estas cadenas para hacer ningún mal. Las usé, contra mí. Sufro de licantropía. Me encadeno para no lastimar a nadie, y le aseguro que nunca lo hice. Es lógico si está creyendo que solo soy un loco que se cree hombre lobo, lo entiendo, pero le aseguro, realmente lo soy. Si me encierran cuando hay luna llena, en una celda con barrotes no muy fuertes puede que me escape, y si me ponen junto a alguien, sería un desastre. Por favor, es la verdad. 

Sánchez lo miró muy serio y pensó un momento. Después le dijo que se fuera. El tipo le agradeció emocionado, se subió a su lujoso auto y se marchó. Si llevaba al loco y este se la pasaba aullando toda la noche a sus compañeros no les iba a gustar nada, además, evidentemente era rico, y estaba la posibilidad de que tuviera un montón de abogados buscapleitos que trataran después de complicar a la policía. Y tal vez sí era un hombre lobo. 

viernes, 23 de octubre de 2015

Desierto Infernal (tercera parte)

¡Hola! Hoy les dejo la tercer parte de este relato. 
Si recién llegas mejor lee primero la primera parte: http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com/2015/10/desierto-infernal-primera-parte.html



                                    La Casa-Matadero
Después de enfrentarse a los dingos la huida le resultó desesperante porque creyó que iban a salir tras él. Le parecía que en cualquier momento los vería aparecer corriendo entre los árboles. Pasó gran parte de la mañana mirando sobre sus hombros y atento al menor ruido que surgiera atrás mientras caminaba. Andando por el lecho seco puso muchos kilómetros entre él y el lugar donde pasara la noche. Por el momento no veía señal alguna de los dingos. No creía que el dingo caído en combate los hubiera saciado, le pareció que si no lo seguían era porque ya estaba muy lejos de su territorio. 

También empezó a intuir que había otra razón. De a poco le fue preocupando menos el asunto de los perros. Si se presentaban ahora tenía la honda y confiaba poder espantarlos a fuerza de pedradas.
La altura entre la ribera y las huella del cauce fueron disminuyendo, lo que indicaba que cuando había agua aquella parte era de muy poca profundidad. Se lamentó al pensar que se estaba dirigiendo hacia una zona mas seca. Descubrió otro indicio que afirmaba esa sospecha; la vegetación se estaba volviendo mas menuda a medida que avanzaba, eran principalmente arbustos y se entreveraban entre ellos abundantes matas de pasto.

Cuando el cauce se dividió en dos Francisco se detuvo y, tomando su bastón con las dos manos lo clavó en la arena delante de sus pies y bajó la cabeza con una exhalación de desaliento. En vez de volverse mas profundo como sucede normalmente, incluso sin sequía el arroyo casi desaparecía en aquella zona. El cauce se dividía regando una tierra mas amplia, lo que en años normales permitía la proliferación de una vegetación mas variada aunque de poca altura, pero cuando escaseaba el agua aquella parte era la primera que sufría las consecuencias. Su posibilidad de encontrar agua bajo tierra había quedado muy atrás. Volvió la mirada con cara de fastidio y amargura a la vez. ¿Tendría que volver al territorio de los dingos? Su situación se agravaba de nuevo. El calor ya era insoportable. La sed nuevamente le quemaba la garganta y resecaba los labios. Desandar lo que había avanzado con tanto trabajo, y quedar de nuevo a merced de los hambrientos perros era un gran retroceso en todo sentido. Por otro lado, si seguía estaba seguro que no mucho mas adelante iba a terminar en una zona árida. Evaluando sus opciones recordó que desde el amanecer había caminado entre las sombras de la arboleda sin ver si el terreno a su izquierda continuaba siendo solo dunas y rocas o era algo mas; y había otra cosa: ignoraba completamente qué había en la parte derecha de la línea de árboles pues hasta ahora se había mantenido en el mismo lado. Se decidió por explorar la parte derecha. Si el desierto en aquel lado no era mas prometedor iba a tener que volver sobre sus pasos, pero eso después de descansar un poco. En otro ambiente hubiera caminado casi todo el día, mas con aquella temperatura y estando deshidratado eso era peligroso. Si su temperatura se elevaba mucho moriría de hipertermia.

La arboleda era una gran línea resaltando en aquel paisaje amarillento. Francisco conocía solamente lo que había en una parte. ¿La otra sería igual? Para averiguarlo, después de descansar unos minutos atravesó la quebradiza vegetación en línea recta. Esa parte resultó ser un poco mas ancha que la otra. Lo primero que vio al salir a cielo abierto lo desalentó. Era un mar de arena, y mas allá de este se alzaban unas montañas desnudas y mayormente grises que se recortaban en un horizonte que parecía ardiente. Hacia ahí solo había muerte. Al seguir desparramando la mirada, el otro extremo se mostró mucho mas amistoso. Sobresalían en ese horizonte unas montañas mas pequeñas y de cimas redondeadas que estaban cubiertas de vegetación, lo indicaba el verde opaco que las cubría, y al pie de estas montañas también se veía vegetación. Francisco lamentó que aquel paisaje estuviera tan lejos, porque si no encontraba agua nunca iba a llegar hasta él. Al seguir mirando hacia ese lado, un resplandor repentino le hizo entrecerrar los ojos.

 Colocando su mano como una visera de gorro quiso descubrir qué era aquello. Su emoción no fue poca, era una casa. Estaba mas adelante pero no era muy lejos. Salió rumbo a ella pero sin abandonar la sombra de la arboleda, porque la vivienda se encontraba cerca de esta. Cuando dejaba de ver la casa por los árboles, se acercaba mas al exterior de la arboleda y la divisaba de nuevo. Hacía esto para no caminar de mas. Cuando estuvo frente a ella estimó que se encontraba a unos doscientos metros mas allá del borde de la arboleda. Al pensar que solo eso lo separaba del agua se relamió los labios sin quererlo; ya se estaban arrugando por la falta de humedad, pronto se le iban a cuartear y sangrar. 

La luz excesiva lo obligaba a forzar la vista. Le hubiera gustado ver una figura humana, o un perro u otro animal, mas no vio nada. Cerca de la casa se elevaban algunos árboles y se distinguían unos corrales. No había movimiento ni tampoco sonidos. Por esas pistas se le ocurrió algo pero trató de no pensar en eso. No podía ser que aquella casa estuviera deshabitada. Al abandonar la sombra el sol lo quemó desde el cenit del cielo. El pañuelo le protegía bastante la cabeza mas el calor lo atacaba incluso desde abajo al ser refractado por la arena. Recorriendo aquel pequeño tramo revivió la caminata del día anterior. Sol insoportable y arena calcinante.

Al acercarse, el pensamiento de que la casa estaba abandonada volvió y con mas fuerza. Se detuvo y golpeó las manos. Si había perros iban a salir a ladrarle con todo pero confiaba que sería solo eso, porque es lo que hacen los perros de los establecimientos rurales, siempre que no te acerques mucho. Mas no salió ningún perro. Eso no era bueno. Al alcanzar un corral de tablas resecas y resquebrajadas de tan viejas que estaban, descubrió que en este había un montón de huesos. Se arrimó a ver de qué eran. Por los cráneos supo que eran de cerdo. Los huesos se encontraban resquebrajados también, lo que indicaba que tenían varios años. 

“¿Qué diablos habrá pasado aquí?”, se preguntó. Siguió avanzando hacia la casa. Dos cercas que partían desde una esquina del corral formaban otro muy angosto que sin dudas era usado para separar y conducir a los cerdos, pues estaba separado por una portera. Esa extensión del corral llegaba hasta otro que estaba techado. Sin dudas era donde mataban a los cerdos. Uno de los lados de ese corral era una pared y había una gran puerta en ella. Por todo eso Francisco concluyó que era un matadero, no una casa. Bordeando la construcción encontró una puerta en el otro extremo. Al golpearla esta se abrió rechinando, como si protestara.

—¡Hola! ¿Hay alguien? ¡Estoy perdido y necesito ayuda! ¡Hola! —gritó hacia adentro. No respondieron ni se escuchó ningún ruido.

Entró. Como afuera había exceso de luz adentro no distinguió nada en un primer momento. Cuando su vista se acostumbró a aquella penumbra supo que estaba en una pequeña cocina. Era muy humilde pero tenía casi todos los utensilios que normalmente se hallan en una. Era un matadero pero también una casa. Algunas cacerolas colgaban en la pared mientras otras estaban sobre una antigua cocina a leña o sobre una mesa angosta. Empezó a revisar el lugar. En el interior de un frágil armario encontró vasos y platos, un par de jarras de plástico y algunos cubiertos, además de frascos con especias, un molinillo para pimientas y un salero. En una parte de este mueble descubrió unas cuantas latas de conservas; estaban vencidas, ya no servían. La única silla que se encontraba en la cocina tenía patas gruesas y la parte de sentarse era una sola gran pieza de madera de considerable espesor. Francisco la tanteó, aún estaba muy firme. Inspeccionando todo encontró una bolsa con varios kilos de sal gruesa. La bolsa estaba bien cerrada. Eso era un hallazgo valioso, pues donde hace demasiado calor es importante consumir sal, eso si se cuenta con agua, que era lo que todavía no encontraba.

En otro armario halló toda una provisión de whisky. Francisco hizo una mueca; no encontraba una gota de agua pero sí había varios litros de whisky. Divisó otra botella en un rincón, sobre el piso, apenas la destapó supo que era hipoclorito. En un cajón encontró varias velas y unas cajas de fósforos. Encendió un fósforo para ver si todavía servían; la falta de humedad los había conservado bien. Aquel fue otro gran hallazgo. Ahora ya no necesitaba las piedras, por lo tanto las sacó del bolsillo y las dejó sobre la mesa. Un farol colgaba de un alambre que llegaba hasta un tirante del techo. Francisco lo examinó, estaba muy estragado, ya no servía. Siguió avanzando cauteloso por la estrecha habitación. La ventana del lugar era de madera. La abrió para que entrara mas luz.

Todo lo metálico estaba oxidado y lo de madera resquebrajado y roto, a excepción de la silla, que todavía se mantenía fuerte. Por todo el lugar se veía polvo y hasta algo de arena sobre las cosas; eso era porque el techo tenía un gran agujero en aquella parte. Vio muchas telas de araña pero solo en los rincones o contra las paredes, por donde podía circular una persona no se cruzaba ninguna, Francisco observó eso. Dedujo que aunque el lugar lucía abandonado, alguien andaba allí a veces o lo había hecho recientemente. Eso explicaría la ausencia de telas de araña en algunas partes. Pensaba en eso cuando se detuvo en seco. Ahora sentía que no estaba solo. Era una sensación fuerte, como la que experimentaría uno al invadir furtivamente una vivienda que se sabe está ocupada. Por eso volvió a llamar gritando, mas de nuevo no obtuvo respuesta. La cocina tenía una puerta en medio de su pared izquierda y otra en el fondo. Fue a revisar primero la del fondo. El corazón se le aceleró mientras la abría. Era un cuarto pequeño con una cama derrumbada que al lado tenía una mesita que apenas se mantenía en pie, sobre ella encontró otro farol a queroseno, este en estado utilizable, aparentemente. En una de las paredes se destartalaba una especie de aparador con varios estantes, y sobre ellos aún se mantenían milagrosamente una gran variedad de objetos, desde herramientas de mecánica a rollos de pieles de animales. También había una desvencijada cómoda (un mueble con muchos cajones), y al lado de esta una silla igual de robusta que la de la cocina.

Fue a la otra pieza. Ya suponía qué había detrás de aquella puerta, era donde procesaban la carne de los cerdos. Había dos mesas largas, un montón de tachos plásticos, ganchos que colgaban desde los tirantes del techo, y en uno de los extremos resaltaba la abertura de un ahumador de carne. En una esquina estaban recostadas dos escobas y a su lado había un balde, y colgados de ganchos, dos faroles, al moverlos un poco comprobó que tenían combustible. Después halló una botella llena de queroseno. Luz no le iba a faltar. Al ver unos bidones que sin dudas se usaban para cargar agua, Francisco se precipitó hacia ellos y los levantó y sacudió uno a uno. Estaban vacíos. De todas formas le iban a ser útiles si hallaba agua. Cualquier botella o bidón es algo muy valioso para el que se encuentra en una situación de supervivencia. En una mesa mas pequeña se hallaban ordenadas varias hachetas y cuchillos de variados tamaños. Estaban completamente oxidados pero evidentemente todavía servían. Francisco tomó un cuchillo grande que parecía un machete y otro mas pequeño. Después sacó del bolsillo el cuchillo de piedra y lo puso sobre esa mesa. No era un cambio justo pero le pareció que no importaba porque de todas formas nadie usaba aquellos cuchillos. Pero, ¿si nadie usaba las cosas de la casa-matadero, quién rompía las telas de araña? “Mi teoría de las telas de araña debe estar errada”, pensó, mas todavía se sentía un invasor. La gran abertura de otro lado conducía al corral pequeño donde mataban a los cerdos.

Por lo reducido de la zona que no era parte del matadero, Francisco dedujo que allí había vivido solo una persona, seguramente alguien tipo ermitaño que se conformaba con cosas muy básicas. De no ser así hubiera construido una casa aparte del matadero. Pero, ¿por qué no se había llevado nada? Y estaba el misterio de los huesos en el corral. Francisco tuvo en cuenta que tal vez los cerdos enfermaron y por eso los mataron a todos, mas enseguida vio las flaquezas de esa teoría, porque si ese fuera el caso los hubieran enterrado o quemado. Después se le ocurrió que si el dueño del lugar tuvo que marcharse al quedar sin animales, tal vez se ahorró el trabajo de enterrarlos porque no iba a quedarse allí. Pero no tenía sentido que tampoco se llevara sus herramientas ni ningún utensilio. Casi inevitablemente se le cruzó otro pensamiento. Estaba la posibilidad de que el que vivía y trabajaba allí hubiera fallecido en el lugar. Sin nadie que los alimentara, los cerdos terminaron muriendo de hambre en su corral. Eso también explicaría por qué no se habían llevado nada de la casa. Esa posibilidad no le gustó nada. Giró mirando todo y después escuchó atentamente. Luego se reprochó a sí mismo por pensar en esas cosas. Aquel lugar era una oportunidad de oro para sobrevivir, y su situación era bastante mala como para andar deduciendo qué había pasado en aquel terreno; ahora debía ocuparse del presente y los peligros reales que lo acosaban. Lo que debía hacer era buscar agua. Tenía que haber una fuente del vital elemento por algún lado.

En aquella extraña construcción no había una puerta que diera al fondo, así que tuvo que salir por el corral. Saltó la valla y fue a ver qué había atrás. Halló primero un baño exterior que era una casilla de madera. Luego vio algo que lo hizo sonreír ampliamente, ¡un pozo de agua! Corrió hacia él. La boca del pozo estaba tapada con chapas, las quitó apresuradamente. Al inclinarse para ver el fondo, la decepción: no tenía agua. El fondo era todo oscuridad y no emanaba de él ni el mas mínimo olor a humedad. La sequía había chupado toda el agua.

Francisco levantó la cara hacia el cielo, con los ojos cerrados y apretando con sus dientes su labio inferior. ¡Maldita suerte! Bajó la mirada hasta el suelo, y con las manos en la cintura respiró hondo para calmarse. Ya algo repuesto de aquel golpe emocional reparó en una forma que viera por el rabillo del ojo mientras corría afanado hacia el pozo. Era un camión pequeño muy viejo, de los cincuenta, calculó. Estaba entre unos árboles que se mantenían bastante verdes. No quiso tener esperanzas de que el camión funcionara, pero de todas formas fue hasta él. Le pareció que la edad del vehículo nada tenía que ver con la fecha del abandono del matadero, que por la fecha de las latas de conserva se deducía serían unos siete u ocho años, tal vez menos. Debía tratarse de una carrocería vieja con partes mecánicas mas nuevas, o por lo menos reconstruidas. Mirando y tanteando la parte superior de la gran toma de aire encontró el mecanismo para abrir el capó. El motor, aunque era muy viejo, no era el original del vehículo y se veía en aceptables condiciones. Francisco pensó que de contar con una batería nueva y alguna bujía podría hacer arrancar al camión, pero dónde iba a conseguir una batería, y la del vehículo ya era inservible. Cuando sus ojos se posaron en el radiador inmediatamente se le ocurrió algo. Lo mas probable era que usaran agua común para aquel radiador. Si al radiador le quedaba algo debía estar llena de óxido y sería inservible, pero era muy probable que sobre el camión hubiera un contenedor con mas agua. Nadie conduciría un vehículo viejo por una zona árida sin llevar mucha agua.

Buscó en la parte de atrás. Había algo cubierto con una lona. ¡Era un bidón de agua! No estaba completo pero como era grande debía tener igual unos treinta litros. Francisco comenzó a reír. Tenía tanta sed… Cuando destapó el bidón le llegó hasta la nariz un nada sutil olor a podrido. El agua era transparente pero había estado mucho tiempo confinada allí y algún microorganismo había prosperado en ella. Si la tomaba así se iba a enfermar. Inmediatamente recordó la botella de hipoclorito. Con una pequeña cantidad de aquel desinfectante podría hacer que el agua nuevamente fuera bebestible. Cargó el recipiente hasta la cocina. “¿Cuánto tendré que ponerle de hipoclorito?”, dudó. Sabía la proporción pero no le salía la cuenta. Tenía demasiada sed. Decidió que con un pequeño chorro era suficiente. Tras verter cuidadosamente el desinfectante cerró el recipiente y lo agitó un poco y lo volteó un par de veces. Ahora tenía que esperar unos minutos. 

Su suerte había girado nuevamente, creyó. Contaba ahora con un techo, agua como para varios días y un montón de cosas mas. Si volvía al desierto lo iba a hacer completamente equipado, lo que aumentaba enormemente sus posibilidades de sobrevivir. Mientras esperaba que el desinfectante hiciera su trabajo fue hasta el cuarto para revisarlo mejor. Una cortina de lona toda deshilachada cubría la ventana del cuarto, la hizo a un lado. Empezó a revisar los cajones de la cómoda. En el mas grande había ropa. Francisco silbó asombrado al desdoblar un pantalón; era mas grande que los que usaba él. El que vivió allí era un tipo inmenso. De ese cajón pasó al de abajo porque dedujo que allí estarían los calzados, y no se equivocó. Solo eran cuatro pares y la mitad eran botas cortas de cuero. Las midió con su pie. Le iban aquedar un poco grandes pero le protegerían mas los pies que las improvisadas sandalias que llevaba puestas, aunque estas hasta el momento le habían servido muy bien. Una especie de mochila rústica de cuero colgaba de un clavo clavado en la pared. Tras descolgarla la volteó y sacudió para que cayera lo que tenía adentro. Era consciente que en Australia hay muchas arañas venenosas; no se iba a arriesgar metiendo la mano en aquella mochila. Resultó que estaba vacía. 

Le llamó la atención una piel que estaba arrollada. Aún era flexible y su pelaje muy suave. Francisco no supo de qué animal era. De lo que fuera, iba a hacer mucho mas cómodas sus noches en aquel lugar infernal. Al revisar una chaqueta, también de cuero, silbó nuevamente. El dueño de la casa no solo debía ser muy alto, también debía ser muy ancho de espaldas. “Invadí la casa de un gigante”, pensó sonriendo. Halló también un sombrero de alas similar a los que usaban los vaqueros en el Viejo Oeste. Lo golpeó varias veces contra su pierna para quitarle el polvo. Sin dudas le iba a quedar algo grande pero con algún pequeño ajuste le iba a servir. Tomó un par de botas, el sombrero, la chaqueta, la mochila, otras prendas y la piel, y las llevó afuera donde las sacudió para después colgar todo sobre las maderas del corral. Tenía que limpiarles el polvo y asegurarse que no escondieran alguna araña. 

A esa hora el sol estaba mas inclemente todavía y todo el paisaje parecía estar detrás de una cortina apenas traslúcida y movediza que ondulaba en todas partes. Antes de volver a la casa echó un vistazo en derredor, solo había soledad y calor. Al entrar de nuevo solo tenía una cosa en la mente, ¡por fin iba a beber algo! Lavó un vaso con whisky, para no gastar agua en eso y de paso desinfectarlo, y después lo llenó de agua y se sentó a beber. Se sirvió varias veces. Le pareció el mejor agua que probó en toda su vida. Suspiró después de bajar el último vaso. Con el estómago lleno de agua evaluó su nueva situación. Ahora contaba con muchos recursos, lo único que no tenía era comida. Eso no le preocupaba mucho porque sabía que en un clima como aquel podía pasar días sin comer sin que lo afectara tanto, aunque lo ideal sería reponer las energías perdidas para no perder su fuerza. Planeó ir hasta la arboleda al atardecer. Tal vez podría encontrar algo.
Sentía ganas de descansar, mas si pretendía pasar la noche allí primero debía acondicionar un poco el lugar. Se hizo de una de las escobas que estaban en el matadero y fue hasta el cuarto. No le interesaba la limpieza del piso, le preocupaban las telas de araña y sus hacedoras. Sacó de la casa los restos de la cama derruida y aquella cosa que algún día fue un colchón. El trabajo no fue poco, y tuvo que pisar varias arañas o aplastarlas con la escoba. Mientras lo hacía siguió experimentando aquella rara sensación de estar invadiendo algo ocupado. “¿Será que siento esto porque el lugar no está vacío”?, pensó, y volvió a escuchar atento. Terminada esa tarea se abocó a restaurar los cuchillos que tomó del matadero. Les quitó casi todo el óxido clavándolos varias veces en la tierra, después, usando una de las pieles y arena los lijó hasta dejarlos brillantes. 

Una buena afilada en una piedra del matadero y quedaron como nuevos. “No hay como el acero de antes”, pensó Francisco al tocar con cuidado el filo. Satisfecho con su trabajo resolvió que sería bueno tomar una siesta. El sol seguía quemando desde lo alto del cielo. Todavía faltaba mucho para el atardecer.
Usó de almohada un rollo de pieles que sacudió y observó durante un rato. Se acostó boca arriba, sobre el piso, que a esa hora brindaba un frescor agradable, y se durmió enseguida pues tenía mucho sueño.

De pronto sintió que había alguien a su lado y le pareció que el extraño estaba inclinado hacia él, viéndole la cara desde muy cerca. Abrió los ojos y medio se incorporó violentamente. No había nadie. La casa seguía profundamente silenciosa. Supuso que aquello fue parte de un sueño.

Salió a ver qué tan bajo estaba el sol; ya estaba muy cerca de las montañas desnudas que resaltaban a su izquierda. Era una buena hora para salir a cazar o recolectar algo. Volvió a entrar con la piel, las botas y las otras cosas. Envolvió el cuchillo grande en un cuero y lo puso en la mochila. Se calzó las botas. No iba a ir con muchas cosas porque calculó que solo le quedaba como una hora de luz. Tomó un par de vasos de agua y partió, con su bastón-lanza en la mano y la mochila con el cuchillo en la espalda. Todavía estaba calor pero era soportable. Después de pasar el corral de los huesos se desvió bastante hacia la derecha, para acceder a la arboleda por un lugar distinto al que salió. En esa parte del terreno había muchas rocas. La línea de árboles de mas adelante no parecía ser muy prometedora.

No llegó a los árboles. Se detuvo repentinamente al ver algo; fue una cola delgada, seguramente de reptil, que terminaba de esconderse bajo una roca. Francisco se agachó a ver qué era; supuso que se trataba de una serpiente pequeña o un lagarto. La rendija por donde se había metido era muy delgada. “Denme una palanca y moveré el Mundo”, pensó confiado, y acto seguido introdujo su bastón bajo la piedra. Levantó un poco la roca, y con otro esfuerzo la hizo a un lado. Se sintió bastante estúpido por hacer aquello. Era una víbora mucho mas grande de lo que supuso y ya estaba enroscada y lista para atacar. El salto hacia atrás apenas lo salvó de la mordida. Cuando el reptil replegó el cuerpo para atacar de nuevo, un extremo del bastón le quebró unas vértebras. Entonces la cabeza del animal se rodeó del espiral convulso de su cuerpo que se retorcía y deslizaba velozmente sobre si mismo. Francisco tomó una roca mas grande que su puño y esperó a una distancia segura. Cuando la cabeza quedó al descubierto la piedra hizo su trabajo.

Volvió a la casa con la víbora colgando de su cuello. La limpió y tiró los restos en el corral, y de allí mismo sacó a la fuerza algunas maderas resecas. Calculó que la cocina a leña de la casa era muy probable que tuviera la chimenea tapada de mugre. Era mejor cocinar la víbora afuera. Los fósforos le facilitaron la tarea de encender el fuego. Colocó la víbora sobre una chapa que encontró en un costado de la casa y se sentó a esperar. Las sombras de las montañas, aunque muy lejanas, llegaron hasta allí rápidamente cuando el sol se escondió tras ellas. Francisco, mirando las llamas, pensó en lo siguiente que iba a hacer. 

La distancia de las montañas que prometían mas recursos no era gran cosa para él, pero bajo el sol todo cambiaba. Tenía que eliminar ese factor, y solo podría hacer eso si viajaba de noche. Si usaba uno de los faroles en la caminata esta resultaría mucho mas segura, solo debía procurar que funcionaran bien. Con esto en mente, entró a la casa iluminando sus pasos con un trozo de madera que tenía la punta encendida, adentro ya estaba oscuro. No quería ni pensar en el asunto, pero seguía sintiéndose incómodo en aquel lugar. Volvió a la fogata con uno de los faroles en la mano. Se encontraba en muy buen estado.

Ya tenía un plan, iba a realizar una caminata nocturna, mas no sería esa noche. Lo mas sensato era descansar esa y el día siguiente y emprender el viaje al atardecer. Eso era lo mas sensato, pero algo en su interior quería revelarse contra ese plan, pues no quería quedarse allí.

Como para conformar un poco a esa parte de él que quería largarse de aquel lugar cuanto antes, decidió acomodar y empacar todas las cosas que iba a usar. Lo hizo en la cocina, a la luz de unas velas. Guardó en el bolso todo lo que había considerado útil, incluidos dos bidones pequeños llenos de agua. Al grande iba a tener que cargarlo en la mano. Hizo una lista mental de las cosas para ver si no olvidaba nada. Estaba listo. Mientras hizo eso no dejó de poner atención a su entorno. Tanta precaución le parecía absurda pero no podía evitarlo. Renunciar a un techo solo por una sensación no era lógico. Quiso convencerse de que los peligros estaban allá afuera y eran muy reales, adentro no había nada.

De regreso a la fogata que ardía en el exterior, dio vuelta la víbora para que cocinara parejo, y no mucho después estuvo lista. El sabor de aquella carne no era nada nuevo para él, pero al igual que el agua le pareció que era la mejor que había probado. Comió lentamente, masticando bien, y solo terminó un pedazo. Su comía apurado le iba a hacer mal, por el largo ayuno y el día entero que había estado desidratado. Hizo una generosa pausa mientras pensaba. Volvió a comer otro trozo. Así prolongó su cena hasta muy entrada la noche. Satisfecho, reparó en la oscuridad silenciosa que lo rodeaba. Cielo estrellado y suelo oscuro presentaban el mismo silencio. Aquella tierra no estaba vacía pero parecía estarlo. Distancia y monotonía hacia todos lados.

Después de porfiar un rato con el sueño, colgó lo que le quedaba de carne en un gancho que había afuera, ese sería su desayuno, y entró a la casa. Aunque le pareció que no tenía sentido, igual recorrió la casa-matadero espantando las tinieblas con el farol, desplazándolo con el brazo adelantado hacia un lado y hacia el otro para iluminar todos los rincones . Finalmente fue a acostarse al cuarto. Antes de apagar el farol encendió dos velas que colocó en los rincones “Por si aparece algún bicho”, pensó. Se engañaba, simplemente no quería dormir en aquella oscuridad. Acostado sobre la piel mas grande y con el cuarto bien iluminado, cerró los ojos y trató de no pensar mas.

Despertó bruscamente. En la cocina había ruido, tintineaban utensilios que chocaban unos con otros como si los estuvieran moviendo, y así era. Se escuchaban pasos, y una voz potente y grave rezongaba en inglés. La voz murmuraba, maldecía, y aquellas palabras tenían las características, por lo arrastradas y confusas, de ser las de un borracho. Todo el ruido paró de pronto y lo sustituyó un silencio crudo. ¿Acaso el que andaba en la cocina había percibido su presencia y se había detenido a escuchar? Francisco, sin levantarse, estiró el brazo para tomar la mochila con sus cosas. Mientras se levantaba lentamente empuñó el cuchillo grande. Él había invadido la casa pero por necesidad. Iba a tratar de no confrontar al otro, pero si lo atacaban se iba a defender. Agudizó al máximo sus oídos. Nada, solo silencio. Si el otro aún permanecía en la cocina debía estar inmóvil y respirando apenas, creyó.

Sus sentidos estaban en alerta máxima. Trataba de respirar lentamente pero el corazón se empeñaba en golpear con fuerza contra el pecho. ¿Estaría tan silencioso el otro? Los ruidos habían llegado hasta aquel extremo de la cocina, si el que andaba allí se había retirado, tenía que ser tan sigiloso como un gato. También había otra explicación. Trató de no pensar en ella pero fue inútil. Lo que había causado el ruido, el dueño de aquella voz de bajo, era un ser espectral, un tipo de fantasma o aparición. Todos sus temores aparentemente infundados se cumplían, pues eran la mejor explicación de lo que acababa de pasar. Recién había escuchado a un borracho, ¿cómo alguien en ese estado de pronto va a quedar inmóvil y sigiloso? No, aquello no era un hombre, por lo menos ya no desde hacía mucho tiempo. Lo que había refunfuñando en la cocina era un fantasma ¡Estaba en la casa de un fantasma! Especulaba eso cuando un grito horrendo hizo temblar toda la construcción; el susto lo hizo dar un salto. No era un grito humano. A ese le siguieron otros y pudo distinguir que eran gritos de cerdo, venían del corral de afuera, del pequeño que estaba contra el edificio.

“¿¡Qué está pasando aquí!?”, se horrorizó al pensar. No podía ser que alguien hubiera traído a un cerdo para matarlo allí. Aquello debía ser algo sobrenatural. Se puso la mochila en la espalda y tomó las otras cosas que iba a llevar. Una seguidilla de gritos seguía reverberando en las paredes. Por último encendió el farol, levantó el bidón grande de agua con la mano izquierda, y desesperado por salir de allí abrió la puerta de golpe. La cocina estaba vacía. La atravesó como un viento. Ya afuera se sintió mas seguro. La luz también le brindaba algo de confianza. Cada grito lo hacía estremecer igual. Pensó en largarse en aquel mismo momento.

Había dado unos pasos cuando se detuvo. ¿Y si realmente era un cerdo, y si había alguien allí? Los gritos se oían también afuera, tal vez era algo real. Francisco después maldijo esa decisión. Manteniendo prudente distancia con la casa fue a ver de qué se trataba. Se fue asomando de a poco hasta que lo vio. Estaba en el corral, era la figura robusta de un tipo enorme. Tenía piernas larguísimas, un abdomen de tonel, unos hombros extremadamente anchos, y sobre ellos una monstruosa cabeza de cerdo. Aquella aparición grotesca, pesadillesca, volteó hacia Francisco y abrió todavía mas su boca de cerdo al tiempo que lanzó otro chillido espantoso. La cabeza grotesca tenía una mirada terrible que era humana, lo que la hacía mas aterradora, pues sus ojos miraban con una malicia casi indescriptible, con un odio sumamente profundo.
Francisco, completamente aterrado, retrocedió trastabillando, seguido por la mirada de la aparición. Solo cuando se había separado una buena distancia se atrevió a darle la espalda al lugar y correr. El agua de los bidones se sacudía violentamente. Cada pocos pasos miraba sobre su hombro, temiendo que aquello apareciera detrás de él.

Cargaba unos cuantos kilos pero por el susto no los sintió en el primer tramo de su huida. Enderezó rumbo a las montañas que prometían recursos. Cuando consideró que se había alejado unos cientos de metros se detuvo a recuperar el aliento. Los gritos de la grotesca aparición habían cesado.

Años atrás, durante una calurosa tarde, el viejo Smith despertó de pronto de sus siesta. Había un gran alboroto en el corral de los cerdos. La vieja cama crujió cuando Smith se sentó y también cuando se puso en pie. Salió del cuarto y atravesó la cocina refunfuñando. De pasada tomó una botella de whisky y empinó un trago. ¡Malditos cerdos, siempre armando alboroto...!, maldijo Smith mientras tapaba la botella y miraba con rabia hacia donde venía el ruido. Tomó un palo que siempre dejaba cerca de la puerta y enderezó hacia el corral a grandes zancadas. Smith medía mas de dos metros, y aunque ya era viejo los años aún no podían encorvarle la espalda de gigante. Solo su cara delataba su verdadera edad. Tenía el pelo corto y muy canoso, un espeso bigote blanco, y entre las muchas arrugas del rostro resaltaban apenas sus ojos celestes, pues siempre los tenía entrecerrados, como si desconfiara de algo todo el tiempo. Todo el whisky que bebía tampoco parecía estragar aquel cuerpo de coloso. Lo que tomaba se evidenciaba solamente en su carácter, que incluso sin alcohol ya era violento y con un genio terrible, siempre dispuesto a explotar. Cuando hablaba casi siempre era para maldecir o refunfuñar con él mismo.

El escándalo en el corral era porque dos cerdos machos se estaban peleando. Los animales estaban tan alborotados que no notaron la llegada de Smith. Un cerdo recibió un garrotazo en el lomo, lo que le arrancó un grito. Cuando los demás animales vieron al viejo blandiendo el palo estallaron de pronto gritos mas agudos y desesperados que los ocasionados por la pelea de los machos; a fuerza de palos los animales habían aprendido a temerle.
El viejo se abrió paso entre los cerdos dando palazos a diestra y siniestra. Los animales, tratando de huir corrían en círculo contra las maderas del corral, pechándose entre ellos y gritando. Smith lanzó una risotada potente pero esta se cortó de pronto. El viejo se llevó la mano derecha al pecho, hizo un gesto de dolor, dio un paso, le temblaron las piernas y cayó boca abajo en el suelo.

Tanto miedo le tenían los cerdos que por varias horas se mantuvieron alejados del cuerpo. Se movían por los bordes del corral, se detenían cada tanto pero sin dejar de mirarlo, y olfateaban el aire ruidosamente agitando sus enormes narices. Cuando se dieron cuenta de que el viejo ya no representaba un peligro algunos se atrevieron a olfatearlo de cerca, y después todos se animaron, hasta los mas pequeños. Aquel gigante que solía aporrearlos ahora estaba allí, tieso boca abajo, y hasta podían empujarlo con el hocico. Al caer la noche el cuerpo dejó de ser una curiosidad, solo era un objeto que les estorbaba el paso. Al llegar el día la situación cambió de nuevo. La comida de la mañana no llegó y los animales comenzaron a impacientarse. Habían desarrollado miedo hacia el viejo pero también lo asociaban con la comida, y al faltar esta se arrimaron al cuerpo. Uno empezó a masticarle la mano, y de pronto todos mordían, arrancaban trozos de tela a tirones, y buscaban la carne. Los cerdos consumieron todo. Con el paso de los días, al no tener nadie que los atendiera algunos animales empezaron a morir. Los mas fuertes se alimentaron de estos, pero al final todos murieron.

En el pueblo lejano donde el viejo acostumbraba vender sus productos notaron su ausencia, mas como nadie se llevaba bien con él y era un hombre de temer su desaparición resultó ser un alivio para todos. De todas formas, que no apareciera mas despertó la curiosidad de los habitantes, y algunos pensaron en ir hasta la casa. Al final ninguno lo hizo, por falta de tiempo y otras excusas. A alguien se le ocurrió que Smith se había marchado a una ciudad grande y esa especulación se tomó como un dato real, y ya nadie se preocupó por la desaparición de aquel gigantón malhumorado y violento. Smith ahora estaba muerto, consumido por cerdos y olvidado, pero a pesar de todo eso aquel no fue del todo su fin. En la propiedad del viejo, aquella situación horrible creó una energía insana que se volvió sobrenatural, y alimentado con aquella energía el viejo Smith apareció una noche en el corral. Y desde esa vez vaga por la casa-matadero y los corrales todas las madrugadas. La aparición está unida a los cerdos, por eso su aparición tiene esa cabeza monstruosa. Recorre el lugar refunfuñando como en vida y tiene la consistencia suficiente como para romper telas de araña a su paso.
Continúa...
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