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viernes, 2 de octubre de 2015

Cazador De Fantasmas (segunda parte)

                                          
¡Hola! Les dejo otro capítulo de esta historia. Si no leyeron la primer parte entren primero aquí: http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com.uy/2015/09/cazador-de-fantasmas-primera-parte.html







                                           El Primer Trabajo
Por mucho tiempo no le conté a nadie lo que pasó esa noche, pero como un recuerdo así es como un gran peso que se lleva solo, terminé narrándole mi aventura a Esteban, un amigo. Él era sin dudas el mas indicado para contarle algo así. Le encantaba hablar sobre fantasmas y cuando lo hacía demostraba ser un experto en el tema, y aunque lo abordaba con gran pasión a la vez tenía una actitud casi científica y no creía en cualquier cosa. Su casa siempre estaba llena de libros que resultarían inquietantes para la mayoría de la gente. También tenía aparatos electrónicos raros que afirmaba podían captar fantasmas. Si alguien iba a creerme y saber que no exageraba ese era él. Aunque no nos parecíamos en nada nuestra amistad era larga y sólida. Era de esos amigos que consideramos un personaje curioso, extravagante, pero que con el tiempo se vuelven una amistad mas constante que otros allegados mas corrientes. Nos conocíamos desde la escuela. Era un tipo bastante menudo, con lentes de aumento, el pelo largo y atado como una cola de caballo. Era de gestos nerviosos, exagerados, y generalmente alegre.  Nunca imaginé que fuera capaz de traicionarme de la forma en que lo hizo. Supongo que si se presiona bien toda persona es manipulable, o tal vez fue por sus propias creencias.

Esteban fue a visitarme ese día y como no teníamos novedades interesantes pues no había pasado mucho desde su última visita, su conversación enseguida enfiló hacia lo sobrenatural y yo aproveché para contarle aquello. Estábamos en la sala, sentados en el mismo sillón, tomando un whisky. Apenas empecé a confesarle mi experiencia con el fantasma dejó su bazo en la mesita que teníamos en frente y me escuchó con suma atención. Sin dudas, del último que esperaba escuchar algo así era de mí, porque siempre fui muy escéptico. Cuando terminé de narrarle lo que me pasó en el monte se quedó mirándome con los ojos muy grandes:

—Supongo que no tienes ni idea de lo que hiciste —me dijo.
—Lo que hice fue defenderme. Le dije todo eso porque no se me ocurrió qué otra cosa hacer, y funcionó.
—Sí, te defendiste, y vaya que lo hiciste, mandaste a ese fantasma al el otro mundo, probablemente al infierno. ¿Sabes lo inusual que es eso? ¡Por dios, Guillermo, tienes un gran poder!
—¿Qué? ¿El poder de asustarme hasta casi morir del corazón? Bonito poder, te lo regalo.
—¡Ojalá pudieras! Amigo, el poder que tienes es el de mandar a los fantasmas al otro mundo. Tal vez se despertó esa noche, tal vez siempre lo tuviste, mas te aseguro una cosa, tienes la capacidad de hacerlo, de otra forma el fantasma no se hubiera retirado. Sin ese poder no puedes convencer a un fantasma, no funciona así. Esas almas atrapadas aquí no pueden elegir irse al otro mundo así nomás. No se retiró por voluntad propia, tú lo hiciste —me aseguró Esteban, afirmando su dedo índice en mi hombro.
—Si se fue habrá sido porque yo tenía razón, no por un poder.
—¿Crees que tenías razón? Algo de verdad tenían tus palabras, lo reconozco, pero vamos, andas matando bichos. Las palabras en si no son lo que hicieron desaparecer al fantasma, fue la energía que usaste, que proyectaste al hacerlo; pero, probablemente, estoy calculando ahora, tú tienes que creer que tienes razón para que funcione, debe ser eso, sí. Algunos pueden hacerlo con rezos, pero esas personas creen en el poder de las oraciones; eso no va contigo, no. Curioso caso el tuyo.

Y tras decir eso volvió a levantar su bazo de whisky; yo quedé anonadado, sin saber qué decir. Después él me explicó otras cosas, todas parecían muy lógicas. Aunque me era difícil asimilar lo que afirmaba Esteban, al recordar bien el hecho supe que era verdad. Francamente, después me sentí bastante orgulloso. Podía mandar a los fantasmas al otro mundo... Según mi amigo muy pocas personas pueden hacerlo. Me creí bastante afortunado, de no ser por esa capacidad probablemente hubiera muerto. Mas si lo acepté así fue porque creí que nunca mas iba a pasar por una situación similar. Si alguien me hubiera dicho que después me iba a dedicar a buscar y “desalojar” fantasmas, a cazarlos, me hubiera reído francamente en su cara.

Desde esa vez las visitas de mi amigo fueron mas frecuentes. Su entusiasmo por mi poder no menguaba. Así llegué a saber bastante sobre fantasmas, fue como tomar un curso. Me traía libros viejos, apuntes, teorizaba, y después de enseñarme algo me hacía preguntas como si fuera un profesor. No sé cómo no me di cuenta de que Esteban me estaba preparando para algo, creí que solo era su pasión por esos temas. Para él, a un don así no había que desperdiciarlo; yo lo miraba sonriendo y sacudiendo la cabeza porque no tenía ni la menor intención de tener voluntariamente otro encuentro con un fantasma; pero consideré que aprender todo lo que pudiera no estaba de mas por si algún día volvía a toparme con uno por accidente, aunque deseaba con todas mis fuerzas que eso no volviera a suceder.

Un día Esteban llegó a mi casa junto a una muchacha, Mariela, que me presentó como su novia. Conociendo los gustos extravagantes de mi amigo en cuanto a mujeres se trata, me pareció que esta era muy distinta a las otras que le conocí: le faltaban cadenas, piercings, maquillaje negro y ropa de cuero; mas tal vez él estaba cambiando de gusto y ya no lo atraían las góticas. Los invité a sentarse en la sala; ella parecía algo inquieta, noté que no podía mirarme de frente. El comportamiento de Esteban también era algo sospechoso. Algo tramaba...

Después de una breve conversación bastante incómoda, pues ella se veía muy nerviosa, mi amigo confesó su verdadera intención: quería que fuera a “limpiar” una casa con fantasmas, la casa de ella. Enfrentarme de nuevo a un fantasma, adrede, ¡nunca mas! “Que buen amigo que tengo”, pensé con sarcasmo. Cuando les dije que de ninguna manera iba a ir, ella se levantó, se disculpó, visiblemente apenada, y salió precipitadamente rumbo a la puerta; Esteban fue tras ella y la detuvo en el patio, le dijo no sé qué y la muchacha quedó esperando, los vi desde la puerta. Él volvió y me dijo en el umbral, echando algunos vistazos sobre su hombro hacia el patio:

—Guillermo, no creo que en su casa haya fantasmas, estoy seguro de que no hay.
—¿Entonces por qué me pediste que fuera?
—Porque igual podrías ayudar. Si haces que limpias la casa y ella cree que ya no hay mas fantasmas, así será, porque —se acercó y bajó mas la voz—, lo de ella es psicológico, cree que hay algo donde no hay. Vamos, amigo, es un favor. Vas un rato, de día, y ya.
—¿Entonces dices que no hay fantasmas?, pero, ¿cómo puedes estar seguro?
—Lo sé por todo lo que ella me contó. Guillermo, sabes que esto es lo mío, confía.
—Bueno, pero, ¿si no hay nada, por qué tengo que ir yo? ¿Por qué no vas vos? —lo interrogué, mirándolo bien a los ojos.
—Porque ya le había hablado de ti, además ella sabe que yo no puedo espantar fantasmas.
—¿Le andas contando lo que me pasó a todo el mundo? Bueno, eso es obvio.
—No, solo le comenté que le pasó eso a un amigo, no le dije tu nombre, pero como ella después insistió en ver a ese amigo por su problema... Mira, si te metí en esto ahora no es porqué tengas esos poderes, sino porque eres mi mejor amigo —Esteban juntó las manos delante de su pecho, como suplicando—. Vamos, es solo una pequeña mentira piadosa. La muchacha no quiere ni ir a su casa. Hasta se le ha ocurrido mandarla a demoler y eso le va a salir muy caro económicamente, y todo por nada. Hazme este favor, solo das una vuelta por la casa y ya, vuelves y dices que limpiaste el lugar. En serio, ella me interesa. Por favor...
—¡Puf! Está bien, pero si es de día, y no me pidas que ande con ningún aparato ni incienso ni nada de eso. Y, en serio crees que no hay fantasmas, ¿no?
—No hay nada, te lo aseguro. Y si hubiera te desacerarías de ellos como si nada.
—¿¡Qué!?
—¡Jaja! Estoy bromeando. Voy a avisarle, así coordinamos cuándo puedes ir. Gracias.

Luego me llamó por la noche. Al día siguiente, no mucho después de mediodía (una condición que impuse) nos encontramos en la dirección acordada. Fui en mi camioneta; ellos estaban en un auto, ella no bajó. Esteban salió a mi encuentro. Después de agradecerme de nuevo me dio un manojo de llaves:

—Esta es la llave de la puerta principal —me dijo—. Tienes que asomarte en aquella ventana, así ella se convence. ¿Estamos?
—Me vas a quedar debiendo un favor grande.
—Ni que lo digas. Ahora ve, pon cara de concentrado, que ella te vea.

Mariela me observaba con cara de asustada desde el vehículo. Al enderezar hacia la casa, apenas había dado dos pasos cuando me detuve en seco. Me invadió el mismo estremecimiento interior que aquella vez en el monte. Alcé la vista hacia la alta fachada de la vieja casa que se alzaba mas allá de un jardín bastante extenso: me pareció que lucía amenazante. Me volví hacia Enrique; él hizo un gesto disimulado indicándome que siguiera; ella observaba todo desde el auto. Dudé. ¿Me estaba asustando sin razón o estaba reaccionando a algo?

Los gestos de mi amigo y la confianza que le tenía me hicieron seguir. La puerta era inmensa, de madera, crujió al abrirse. Adentro la luz era crepuscular. La puerta se recostaba sola, intenté dejarla abierta pero volvía a recostarse, a casi cerrarse. Tuve que seguir así. Unos pasos mas y estaba en medio de un gran salón. Pendía sobre mí un enorme candelabro araña, como esos de las películas. En los costados del salón había dos bocas de corredor que llevaban a otras partes. La habitación cuya ventana daba a la calle se encontraba en el segundo piso.

La escalera estaba en el mismo salón. Subí lentamente, escuchando. A pesar de hallarme muy cerca de la calle no llegaba hasta allí ni un ruido del tránsito, lo que me pareció un poco raro. Al final de la escalera un corredor se abría hacia la derecha y hacia la izquierda, tomé este último porque la ventana estaba en esa dirección. Me detuve frente a la primer puerta del lado izquierdo. “¿Será acá?”, dudé. Recordé la imagen exterior de la casa. Tenía que ser aquella habitación. Giré el picaporte lo mas lentamente que pude. El corazón se me descontroló un poco al decidir si veía de golpe hacia la habitación o lo hacía lentamente. Respiré hondo y empujé la puerta dando un paso hacia adelante.

En la habitación había una cama enorme que tenía posa pies y una cabecera de madera tallada. Las sábanas estaban revueltas. Un ropero muy alto y oscuro estaba justo frente a la cama, y al lado de esta había una mesita veladora. Detrás de las oscuras puertas de aquel ropero bien podían caber cuatro o cinco personas. Para llegar a la ventana debía cruzar entre aquel armatoste y la cama. Avancé lo mas alejado del ropero que pude. Cuando lo hacía, se me ocurrió que si había algo bajo la cama me podía tomar de una pierna. Inevitablemente di unas zancadas hasta la ventana. Me asomé. Enrique levantó un brazo y miró hacia el auto donde estaba la muchacha. “Esto es todo”, pensé “Me largo de aquí”. Iba a girar cuando una voz quejumbrosa y aguda sonó detrás de mí:

—Mi nieta ya no me visita.

Me volví bruscamente. Una anciana estaba acostada sobre la cama que un instante atrás se encontraba vacía. Mas que anciana era un esqueleto con piel, aunque conservaba sus ojos, unos ojos completamente negros que me estaban mirando. Después de una sensación imposible de explicar, pues fue una transición rapidísima, de sentir miedo pasé a estar concentrado. Caminé hacia la puerta, seguido por la mirada de la aparición. El esqueleto parlante volvió a decir:

—Mi nieta ya no me visita.

Otra vez, como en el monte, supe que hablarle era lo mejor.

—Señora, usted ya no tiene que preocuparse por eso. Ahora solo debe descansar en paz.
—Pero yo crié a su madre, y a ella, y ahora que la necesito, ella no quiere ni verme.

La aparición tenía las sábanas hasta el cuello, y al hablar movía la cabeza hacia los lados como quien lucha con una idea muy amarga.

—Pero señora —repuse—, cuando usted la crió, seguramente lo hizo sin esperar nada a cambio. Usted hizo su trabajo, ahora tiene que descansar. Si se siente sola vaya hacia “el otro lado”, abandone esta casa.
—¿Sola? Yo no estoy sola ¡Jajaja! Mira detrás de ti.

Me volví de golpe. La aparición de un hombre viejo, de mirada maligna, estaba justo a mi lado y se abalanzó sin darme tiempo a nada. No sentí ningún contacto físico pero experimenté un montón de energías insanas: rabia, abandono, oscuridad, encierro, y un dolor del alma espantoso. Aquellas sensaciones me abrumaron y debilitaron tanto que apenas logré mantenerme en pie. Mientras me tambaleaba hacia las escaleras, por un instante miré hacia atrás y vi que las apariciones me seguían de cerca mientras se reían diabólicamente. Bajé las escaleras no sé cómo, y de la misma forma salí de aquella casa.

El aire fresco me devolvió algo de fuerzas. Al verme tambaleante Esteban me tomó de un brazo. Lo aparté lo mas fuerte que pude y seguí rumbo a la camioneta. Ya en la cabina me puse a respirar hondo. Esteban me dijo no sé qué por la ventanilla. Mi mente luchaba por quitarse aquella energía. Lo conseguí súbitamente, la expulsé. Ahora de nuevo estaba concentrado. Lo que sentí después fue algo muy peculiar pues casi no pensaba, no lo necesitaba, las ideas estaban muy claras, sabía lo que tenía que hacer. No quise vengarme de las apariciones pero supe que debía encargarme de ellas, no podía dejar aquel asunto así. Tenía que volver. Al recordar la penumbra de la casa, saqué mi linterna táctica de la guantera (la misma linterna que tenía en el bolsillo en el monte) y salí de la camioneta. Ahora me sentía mas preparado. Avancé con pasos firmes. Esteban quiso interceptarme:

—¿Qué pasó, Guillermo? ¿Estás bien, vas a entrar de nuevo? ¿Qué viste?
—Solo apártate de mi camino. Ya vamos a hablar después.

Él se hizo a un lado y levantó las manos indicando que no me iba a detener. Mi mirada le habrá dicho que hablaba en serio. Entré a la casa, enseguida escuché risas y golpes por todos lados. Una voz ronca y susurrante dijo desde algún lado:

—¿Vienes por mas? Vamos a tener que matarte.
—¡Volví a expulsarlos! —le contesté—. ¡Dejen de infestar esta casa con su presencia! ¡Muéstrense ahora!
—¡Ven por nosotros! Si te atreves... —replicaron dos voces.

Las últimas palabras sonaron en el cuarto de arriba. Subí decididamente las escaleras. La puerta de la habitación ahora estaba trancada. Acomodé el cuerpo y lancé una patada hacia atrás; la puerta cedió ante el golpe. Entré si vacilar. La cama estaba vacía. Algo se movió en el ropero, empezaron a golpear por todos lados en su interior. Las puertas se abrieron súbitamente y del interior de aquel inmenso mueble salieron volando al abrirse las puertas todo tipo de ropas. Tuve que esquivar un saco que venía hacia mí. Las ropas quedaron desordenadas por toda la habitación.

—¿Qué pretenden, fantasmas? ¡Salgan de ahí! -les ordené.

No hubo respuesta. La confianza que había adquirido disminuyó un poco; creo que fue un tipo de alerta. Algo de miedo te pone en guardia y te hace menos vulnerable. Iluminé el interior del ropero, ya no había nada en él. Por el rabillo del ojo vi movimiento en un traje que estaba en el suelo. Al mirarlo directamente quedó quieto. Los fantasmas estaban escondidos en las ropas y me encontraba rodeado de ellas, se desparramaban por todo el piso. Fue un instante crucial. En cualquier momento podían envolverme con alguna prenda y tal vez hasta ahorcarme. ¿Cómo deshacerme de aquellos fantasmas? La respuesta se me presentó de pronto. Arremetí contra el ropero y le rajé una puerta de una patada. Enseguida se levantaron dos bultos bajo un tapado de piel, y después los fantasmas asomaron sus caras:

—¡Te mataremos por romper eso! —amenazaron al unísono.
—Puede ser —les dije—. ¿Y a los otros que van a venir a romper todo hasta con máquinas?
—¿Quienes van a venir?
—Trabajadores, cuando vengan a demoler esta casa. ¿Creen que pueden detener a una máquina?
—¡Nadie va a demoler esta casa! ¡Es nuestra! ¿Por qué iban a demolerla?

Supe que ya tenía su atención. Ahora podía llevarlos hacia donde quería. Las cabezas de los dos fantasmas se movían inquietas entre el tapado tirado en el suelo.

—La van a demoler porque está infestada, ustedes la infestan.
—Nosotros somos los dueños.
—Ustedes fueron los dueños, fueron, cuando estaban vivos —acompañé esas palabras con grandes ademanes, con una seguridad medio fingida, pero estaba resultando—.  Ahora ustedes no son diferentes a las cucarachas o a las ratas. ¿Les gusta que su antiguo hogar esté infectado? ¿No vivieron aquí su opulencia, no lucharon por tener esto inmaculado? Miren cómo mantienen todo esto ahora, si los vieran sus conocidos de antes... Esta vivienda ya no los necesita, solo la destruyen. ¿Quieren destruirla? ¿No? ¡Pues aléjense de aquí! ¡Ahora!

Desaparecieron ante mis ojos. Sentí que ya no estaban. Ahora la casa tenía la energía de un lugar cualquiera. Lo había logrado. Cuando salí, Esteban se acercó a preguntarme algo. Le puse la palma de la mano frente a la cara, dejando en claro que no quería hablarle, y seguí rumbo a la camioneta. Nunca tuve tanta claridad al conducir, iba atento a todo y sin el menor esfuerzo. Sentía que podía anticiparme incluso a las acciones de los otros. Aquel estado mental tan particular duró hasta que llegué a mi hogar.

Tras tomar una larga ducha fui hasta la heladera por una cerveza. Al destaparla noté que me temblaban las manos. Aquel temblor no era miedo, era de cansancio. Lo que había hecho evidentemente consumía mucha de mi energía. Pensé en lo que acababa de sucederme. Esteban me mintió descaradamente. Era obvio que él sabía sobre la existencia de los fantasmas. Inventó que no había fantasmas para obligarme a ir. ¿Y si los fantasmas me mataban? ¿Cómo pudo arrojarme así hacia algo tan peligroso? Razonando eso me vino a la mente todo lo que él me había enseñado. Consideré que probablemente él me creía preparado para superar una situación así, y al final era lo había hecho, no se equivocó. Pero aún me molestaba mucho que me hubiera mentido, así que no pensaba perdonarlo todavía.

Supuse que esa noche iba a tener pesadillas mas no sufrí ni una, dormí muy bien. Por la mañana me levanté con mucha energía. Sentía esa sensación agradable que surge tras haber hecho correctamente una tarea importante que además resultó muy difícil. Lo había hecho bien. Ahora la casa de la muchacha nuevamente podía ser un hogar. ¿Estaría destinado a hacer trabajos así? Pensé que si ese era el caso era una porquería, porque aunque se sentía bien ni siquiera era un trabajo pues no me habían pagado. Y no me imaginaba cómo podía superar de nuevo una situación así. No sabía si ante cualquier fantasma podría adquirir aquella claridad mental en el momento justo, o si solo había tenido suerte y en otro encuentro me dominaría el terror. De solo pensarlo me estremecí. 

Al día siguiente, cuando iba a salir descubrí un sobre bajo la puerta. No lo había enviado el correo, no tenía estampillas. Lo rompí con cuidado y, lo que tenían en él me sorprendió bastante. Contenía un cheque a mi nombre y la cifra era muy buena. Junto al cheque había una nota de Esteban que decía lo siguiente: «Guillermo, lamento no haberte dicho toda la verdad, pero si lo hacía no ibas a tomar el trabajo, y como ya viste, al final todo salió bien. Yo mismo lo corroboré con mis aparatos, en la casa ya no hay fantasmas. Excelente trabajo. Este dinero te lo ganaste en buena ley. Ella era una cliente, y desde el primer momento se comprometió en pagarte. Disculpa lo de la omisión y la pequeña farsa, mas era necesario. Tu amigo, Esteban ».
Aquel mensaje me pareció una desfachatez; así era Esteban.
Tercera parte: http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com.uy/2015/10/cazador-de-fantasmas-tercera-parte.html

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola Jorge! Genial esta este cuento se pone cada vez mejor amigo buenisimo..Que tranquilidad la de nuestro amigo al enfrentarse a esos fantasmas jeje..te felicito segui asi maestro..Willy

Jorge Leal dijo...

Gracias, Willy. Seguro que ya no te identificas tanto con este personaje ¡Jeje! ¡Saludos!

Maria Cruz Montiel dijo...

Hola!!mira no le entiendo mucho a esta tecnología del celular.pero si ves mi comentario,quiero que sepas que me has atrapado con tu lectura,por favor no dejes de escribir

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