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sábado, 10 de octubre de 2015

Cazador de fantasmas (sexta parte)

¡Hola! La historia continúa y solo faltan cincuenta capítulos. Es broma ¡Jaja! Si recién caes en el blog, para hallarle sentido tienes que leer la primer parte y las que la siguen : http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com.uy/2015/09/cazador-de-fantasmas-primera-parte.html 



                                   Atrapado en el Hospital
De todos los corredores llegaban sonidos horripilantes y se dirigían hacia mí. La situación ahora era de vida o muerte. Me tranquilicé. Esto en realidad no es tan raro y no se debe a mi condición solamente. Un soldado puede estar muerto de miedo antes de una batalla, pero después, ya en medio de ella, cuando el temor no ayuda en nada su mente se tranquiliza para pensar mejor. Y yo estaba ante un verdadero peligro.

Pensando con claridad recordé algunas de las enseñanzas de Esteban: Nuestros pensamientos y emociones continuamente están alterando nuestra energía, y es algo que sucede todo el tiempo, y eso es lo que ven los fantasmas. Reconocen los cuerpos indirectamente por su energía, por lo tanto, si uno consigue dejar su mente en blanco la energía se calma hasta tal punto que los fantasmas no logran distinguirte. Lo difícil es mantener un estado mental así. Viendo que esa era mi única salvación por el momento, me concentré y traté de no pensar en nada. Entonces solo quedé mirando la penumbra, sin pensar y tratando de no sentir.

No creo que se pueda lograr completamente ese objetivo, pero sin dudas pude calmar lo suficiente mi espíritu como para que los fantasmas dejaran de percibirme. Los ruidos empezaron a dispersarse por los corredores, solo algunos siguieron avanzando. En ese estado de, “mente en blanco”, intuí que tal vez no seguían hacia mí sino hacia la energía que había afuera (escuché que Esteban discutía con los tipos), aunque bien podría ser que no hubiera engañado a esos. Para estar seguro me aparté de la puerta deslizándome hacia una de las paredes laterales. Varios fantasmas aparecieron por el corredor. Mantener la mente en blanco es sumamente difícil porque hay que hacerlo sin esfuerzo y sin pensar en no pensar.

Los fantasmas eran cabezas incompletas formadas por algo que lucía como humo. Los rasgos humanos aparecían y desaparecían mientras avanzaban flotando lenta e irregularmente, bajando un poco, subiendo, volcándose hacia un lado y hacia el otro; y aquellos pocos y difusos rasgos humanos mostraban todo tipo de muecas y gestos aterradores. No sé cómo mantuve el control. Las cabezas fantasmales se acercaron a la puerta, oscilaron un poco y luego se retiraron lentamente. Cuando estaban por doblar en un corredor me sentí aliviado, entonces giraron hacia mí inmediatamente, mas apenas cometí aquella falla volví a tener la mente en blanco. Los fantasmas se quedaron vacilando en el aire hasta que finalmente se fueron.

En ese momento no podía pensar como uno normalmente lo hace, pero como ya intuía, no es necesario monologar interiormente para comprender algo, e incluso se puede planear ideas complejas. Lo que tuve claro fue que con mi método de mandar a los fantasmas al otro mundo no iba a poder con todos, era imposible, aunque pudiera concentrarme mas eran demasiados. Lo único que podía hacer era buscar otra salida para largarme de allí, después vería qué hacía, en el momento no importaba. Si no salía de allí no habría un después. Pedirle a los gorilas que me dejaran salir no iba a resultar, y aquella puerta se veía muy fuerte y la habían encadenado por fuera, lo supe por el ruido. En aquella calle todas las aberturas estaban tapiadas, tenía que probar en el otro extremo, aunque eso significaba atravesar todo el hospital.

Supe también que mis empleadores, además de ser muy poderosos y astutos eran crueles y vengativos. Parecía que por vengarse de la perdida de tiempo que les ocasioné al negarme de primera, se estaban exponiendo a quedarse sin mis servicios si yo moría allí. ¿Les importaría mas la venganza que los negocios? Había otra posibilidad, y era que tal vez Esteban los había convencido de que yo podría con la situación; o era una mezcla de ambas cosas. Lo que realmente importaba entonces era salir como fuera de aquel lugar, porque estaba seguro que no iba a poder con todos esos fantasmas. Avancé contra la pared con la linterna en la mano pero sin encenderla. Elegí uno de los corredores, no importaba cuál, todos eran malos y estaban repletos de fantasmas.

Cuando estaba por alcanzar otro corredor escuché unos sonidos guturales que venían de ese lado. Por lo que había aprendido, los fantasmas que emiten sonidos así son los que pueden lastimar físicamente con arañazos y golpes. Me alarmé bastante. En ese momento me encontraba frente a una puerta. De alguna forma supe que tras aquella puerta había fantasmas pero no eran tan peligrosos. Entré sin pensarlo. La habitación estaba muy oscura. Encendí la linterna y lo primero que vi fue una vieja cama de hospital. El polvoriento y viejo colchón y la almohada se hallaban hundidos como si un peso los aplastara: el fantasma se encontraba allí. Y no era la única cama en aquella habitación, y todas tenían fantasmas. Repentinamente todo se transformó, la habitación se iluminó con una luz tenue y amarillenta, y sobre las camas ahora se veían los fantasmas. Eran personas con rostros ojerosos y miradas tristes, piel amarillenta y heridas en la boca. Todos veían hacia mí, y el fantasma que se encontraba mas cerca, que era una mujer, me preguntó:

—Doctor, ¿cuándo vamos a salir? —enseguida los otros empezaron a preguntar lo mismo.

Sentí una subida de energía y supe lo que tenía que hacer. Saqué la libreta de mi bolso y fingí que la consultaba, después les contesté:

—Cuando ustedes quieran. Aquí dice que le dieron el alta a todos ustedes.
—Pero no podemos irnos —dijo amargamente el fantasma de la mujer—. No sabemos cómo.
—Claro que saben. Vayan hacia donde están sus parientes. Ellos están esperando por ustedes. ¿Los sienten? Ven, ahí están. Vayan hacia ellos, ya no tienen nada que hacer aquí.

Ahora lucían como personas normales, y desaparecieron rápidamente. Sentí el vacío de la habitación. Ahora descansaban en paz. Me sentí mas concentrado todavía. Estaba haciendo algo bueno. Después de escuchar atentamente contra la puerta volví al corredor. Se veía despejado. Terminaba de pasar frente a una puerta cuando escuché que esta se abrió a mis espaldas y algo salió chirriando de aquella habitación. Al volverme de un salto, como a un metro de mí había una vieja silla de ruedas. Entonces retrocedí un poco y la silla avanzó. Se detuvo cuando yo lo hice. Quería asustarme, el fantasma estaba en ella y su energía era muy mala. A aquel fantasma tenía que mandarlo al infierno. Por suerte sabía sobre casos así y supe lo que hacer:

—¿Por qué todavía te encuentras aferrado a esa silla? —le pregunté—. Puedes levantarte cuando lo desees y no lo haces. ¿Crees que me asustas? Dime algo, ¿acaso alguna vez inspiraste algo mas que lástima con esa cosa?

El fantasma se hizo visible. Era un hombre de ojos celestes, de rostro casi cuadrado y unos labios muy finos que se contraían mas en un gesto de odio. Se levantó, y cuando dio un paso hacia mí se desvaneció. Fue lo que busqué. En esos casos el fantasma está unido al objeto y pierde su fuerza al separase de este. Era uno menos, me faltaba decenas. Seguí atravesando el hospital abandonado. Avanzando temerariamente por aquellas penumbras llenas de ruidos, desemboqué en una sala de espera repleta de apariciones. Unos ventanales altos que no estaban tapiados pero si muy sucios arrojaban bastante claridad sobre el lugar, mas solo la suficiente como para ver bien a los más próximos; otros se movían por los rincones mas oscuros. Como mantuve la mente en blanco no me percibían. Andaban desplazándose con apatía, rozándose entre ellos de tantos que eran. Y yo debía atravesar la sala sin hacer contacto con ninguno, pues al contaminarme con su energía mi concentración iba a desaparecer y todos podrían notarme.

Algunos hacían gestos de enojo y otros tenían una malicia fija en el rostro. Cualquier pensamiento fuerte, por llamarlo de una forma, me iba a traicionar. Tenía que ser invisible ante ellos. Solo bastaba que se me cruzara una imagen por la mente para que debido a su proximidad se dieran cuenta de que había algo vivo allí. Si todos ellos se abalanzaban hacia mí a la vez sería mi fin. Avancé entre los fantasmas. Las apariciones se movían ahora detrás de mí, en los lados, adelante, me pasaban muy cerca. Tenía que detenerme, avanzar un paso o dos y volver a parar, rodear a uno, retroceder, ir por el costado. Y estaba a solo un roce de ser descubierto. Varias veces creí que una aparición me miraba a los ojos al avanzar derecho a mí, mas al moverme esta seguía su camino. No sé cuánto tiempo demoré en salir de esa horripilante sala. Al dejarla atrás seguí con la mente en blanco para que no me siguieran. Fui a dar a una parte que parecía mas vieja todavía. El revestimiento de las paredes que alguna vez fue blanco se resquebrajaba por todo el piso del corredor. Hice una pausa para tomar un poco de agua. Aquel lugar era inmenso y me movía con cautela. Calculé que no estaba muy lejos del otro extremo del edificio cuando tuve que detenerme. No podía continuar por aquel corredor. Vi un cartel que decía: “Pabellón de Psiquiatría”. No dudé ni por un instante que allí estaban los peores fantasmas. Tenía que tomar otro corredor para rodear esa parte. Parecía que el edificio no me quería dejar salir, y así era.

Avanzando temerariamente por otro horrible corredor me di cuenta que algo estaba muy mal. Saqué la libreta e intenté hacer un dibujo de las veces que había dado vuelta. Me encontraba en un problema peor del que imaginaba. El lugar sin dudas era grande, pero no tanto como lo que iba recorriendo. La energía en el edificio era tan poderosa que hasta afectaba a la materia. Por las clases de Esteban sabía sobre los pasadizos o corredores que se alargan en lugares embrujados, pero aquello superaba toda la teoría. En vez de ir hacia el fondo bien podía estar dando vueltas por el hospital. Se sabe que hay lugares que jamás dejan escapar a nadie. No me quedaron dudas de que me hallaba en uno de ellos. Todos los hospitales abandonados tienen fantasmas (los activos también pero no se manifiestan tanto), pero en aquel la cantidad era absurda. Aquel lugar escondía un secreto muy malo. 

Cuando funcionaba el lugar debió estar lleno de carteles para guiar a los que caminaban por allí y que así el hospital no se convirtiera en un laberinto. Ahora yo intentaba salir de edificio maldito sin esas guías, con pasillos cambiantes y fantasmas por todos lados. En las partes muy oscuras me veía forzado a encender la linterna. Avanzaba lentamente porque el ruido también atrae a los fantasmas. Al pasar frente a las puertas de las habitaciones, algunas energías insanas alcanzaban a llegarme y sentía parte del dolor que mantenía allí a tantos espíritus. Mantener la mente en blanco sin forzarla me era cada vez mas difícil. Sabía que fuera de aquel edificio había todo un mundo de aire puro, luz y otras energías, pero a la vez todo eso se sentía tan alejado, como algo imposible de alcanzar. Entonces me di cuenta que el lugar me estaba afectando.
Al pasar por una puerta enorme supe que allí no había fantasmas. Sabía que muchos hospitales tienen capillas adentro. Al ingresar a la de este me sentí aliviado. Los rincones de la capilla mantenían espesas sombras pero el medio de esta estaba iluminado por una luz de varios colores que bajaba desde un enorme vitral multicolor que aún se mantenía entero allá arriba. La capilla aún conservaba sus bancos. Me senté a descansar y pensar. Sabía que si me mantenía allí dentro, aunque pensara igual sería invisible para los fantasmas pues no podrían percibirme a través de la energía del lugar. Al mirar mi reloj me preocupé bastante. Había recorrido el edificio durante varias horas, y como era invierno al día ya no le quedaba mucho.

Cuando llegara la noche los fantasmas iban a ser mas fuertes, y al ser mas fuertes tendrían mas capacidad para localizarme, lo que reducía a casi nada mis probabilidades de escapar del edificio. ¿Aquel era mi fin? Había liberado a toda una sala de espíritus buenos. Pensé que era muy probable que mi trabajo hubiera terminado allí, que tal vez no estaba destinado a algo mas. De todas formas no podía rendirme. Me puse en pie, me persigné y salí de la capilla. El corredor ya estaba mas oscuro. En un recodo de este volví a estar frente a la sala de psiquiatría. No me extrañé. En los lugares embrujados no es raro huir de una pieza para después encontrarse corriendo hacia ella. Me di media vuelta para alejarme mas después de unos pasos me detuve. ¿Para qué seguir deambulando por el lugar si me iba a suceder lo mismo? “Bueno, este es el momento”, pensé, resignado a mi destino. Empecé a respirar hondo, preparándome para el horrible final que me esperaba.

Ya mi vida no valía nada. Me preocupó por un momento mi alma. Si los fantasmas me despojaban de mi energía vital, ¿al morir terminaría atrapado allí como aquellas pobres almas? De alguna forma supe que no iba a ser así y eso me tranquilizó. Siempre me gustaron las películas de aventura y acción, y todo lo que me había pasado desde el primer encuentro en el monte, ¡vaya si era una aventura! Me pareció que sería bueno terminarla de una forma heroica. Y después de todo, sabía que la muerte no es el fin. Me encomendé a Dios, me precipité hacia la puerta y la abrí de una patada. Dentro de la habitación se hallaban tantos fantasmas que había una claridad amarillenta en ella. Los tipos de fantasmas mas peligrosos con los que uno puede toparse se encontraban agolpados en el lugar.

Inmediatamente las apariciones voltearon hacia mí, y los fantasmas que solo eran una cabeza, una especie de bruma o una bola de luz, se fueron acercando lo mas rápido que podían. En ese indescriptible momento algo cambió en mí. Desde hacía un tiempo era mas consiente de mi energía vital, y a veces la sentía correr con mas fuerza. Frente a aquel tropel de fantasmas que se abalanzaban en mi dirección me invadió de pronto la mas intensa de las energías, y ya no sentí mi cuerpo, solo la energía circulando con terrible fuerza. Toda mi energía vital había aumentado, sobre todo la que me permitía expulsar fantasmas. 

Eso pasó en un instante, pero mi mente pensaba tan rápido que me pareció que el tiempo estaba pasando lentamente. La linterna que empuñaba, la táctica, mi favorita, de usarla tanto y por estar apegado a ella la había impregnada de mi energía (es algo que sucede con cualquier objeto que tengamos mucho tiempo), y ahora mi espíritu corría también por ella. En ese estado mental alterado inmediatamente supe qué hacer, y apuntando la linterna hacia los fantasmas que ya casi me alcanzaban, la encendí, y junto a la luz iba algo mas; y los fantasmas fueron barridos por ella así como el humo es barrido por el viento, y se desintegraron.
Fantasma que era alcanzado por la luz era fantasma que desaparecía. Avancé por el salón mandando al otro mundo a los espectros que atiborraban el lugar. Como todos eran muy agresivos solo tenía que apagar la linterna para que ellos cargaran contra mí, entonces la encendía y los desaparecía. Mas consciente que nunca pero a la vez como en un sueño, limpié todo el pabellón de psiquiatría. Salí de allí y empecé a hacer lo mismo en otros lugares. No voy a describir todos los horrores que se aparecían tras las puertas, solo diré que me ayudaron a entender el porqué había tantos fantasmas en aquel hospital. Como allí se hacían experimentos ilegales con cuanta gente podían, los médicos responsables no podían ser exigentes con el personal que sabía o intuía esas actividades, por eso les permitían hacer ciertas cosas. Con el tiempo la perversidad de los funcionarios fue aumentando, y junto a eso la taza de mortalidad. Cuando el lugar adquirió una fama terrible y ya nadie quería caer en él, decayó hasta que lo cerraron.

Poseído por aquella energía, seguí expulsando fantasmas habitación tras habitación, horror tras horror. No experimentaba las cosas con mis sentidos, lo hacía con la consciencia. Sabía en qué parte me encontraba, hacia donde estaba la salida, y hasta percibía a Esteban y los gorilas que estaban allá afuera. El lugar de a poco se fue quedando sin su fuerza y su poder se redujo a nada cuando desvanecí a la última aparición. Ahora ya no era un lugar malo, solo un edificio viejo. Hice aquella tarea sin ningún temor, ninguno de aquellos espectros era rival. Al concluirla volví a la puerta por donde entré.

—¡Ya no hay mas fantasmas en este lugar! —les grité serenamente—. ¡Ahora déjenme salir!

La seguridad de mi voz los convenció de inmediato, y se apresuraron a abrir la puerta. Estaba de noche. Me enfocaron con sus linternas y después a la oscuridad que había detrás de mí. Uno de ellos pasó a mi lado y se atrevió a entrar un paso. Hasta los gorilas notaban el cambio que se había producido en el edificio. Gracias a aquel estado mental supe que Esteban, tocado por mi súplica, había intentado abrirme la puerta y por eso le habían dado un golpe en el abdomen; pero también supe que la idea de encerrarme allí fue de él, por eso lo aparté con la mano cuando se me acercó, y dije que no quería ir junto a él. Mientras los tipos trancaban de nuevo la puerta yo estaba disfrutando de una bocanada de aire frío cuando aquella energía me abandonó de golpe, y el cambio repentino me hizo tambalearme un poco y tuve que apoyarme en una de las camionetas para no caer.

Mi consciencia se retrajo hasta mi cabeza. Supe entonces que no iba a poder acceder a tanto poder a voluntad, que solo pude hacerlo por la emergencia del caso, mas estuve seguro de que de ahí en adelante, con un poco de práctica iba a ser capaz de eliminar fantasmas usando la linterna; además mi conciencia había aumentado si la comparaba con la de la mañana. Ya había alcanzado ese estado de lucidez mientras hacía los ejercicios de concentración pero ahora ese estado no me abandonaba. Era un pequeño remanente del nivel que alcancé en el hospital, aún así me brindaba mucha mas claridad.

Partimos así, yo en una camioneta y Esteban en otra. Para recuperar algo de energía comí la barra de chocolate que llevaba y después me dispuse a dormir. Una mano enorme me despertó cuando paramos frente a mi casa. A Esteban ya lo habían dejado en la de él. A la noche ya no le quedaba mucho, por eso no me acosté. Lo peor del hospital lo vi cuando estaba poseído por aquel estado mental tan particular, y en ese momento no me afectaban; mas ahora aparecían en mi memoria sin que lo quisiera. Por eso comprendí que era necesario filosofar sobre el asunto. No podía dejarme afectar por cosas que habían hecho otros. Aquello ya era pasado y solo había visto huellas de este, no estaba en mis manos cambiar nada, pero por lo menos le había dado alivio a los espíritus inocentes. Concluí finalmente que era mejor no darle mas vueltas al asunto. Entonces me enfrasqué en un ejercicio de concentración. Eso fue lo que me ayudó mas, y cuando abrí los ojos estaba muy tranquilo y en paz.

Cerca de mediodía llamó Esteban, colgué el aparato apenas distinguí su voz. Ya no podía confiar en él. Esteban había acertado al creer en mis facultades pero me había hecho pasar momentos terribles, cada vez peores. Reconocía que él me había enseñado mucho y que esos conocimientos me estaban sirviendo, ¿mas cómo volver a tenerle confianza? ¿Cómo un amigo puede jugar así con la vida del otro? Pensé que seguramente era mas amigo del dinero, pues a él también le estaban pagando. También intentó comunicarse por el celular; no lo contesté ningún mensaje y ni siquiera los leí antes de borrarlos. Al final del día llegó a tocar a mi puerta. Estuve a punto de salir a golpearlo, pero como adivinando se alejó justo antes. Al otro día volvió a insistir, llamadas, mensajes, sin que yo le contestara ninguno. Al siguiente pareció rendirse. Por la tarde salí a trotar un poco. Al volver encontré a Esteban sentado en la sala. Yo quedé parado frente a él, detrás del sofá. Verlo allí me impresionó mucho, mas enseguida supe qué hacer.

—Perdóname, Guillermo —me rogó—. Yo quise abrirte pero no me dejaron.
—¡Es cierto, pero tuya fue la idea de encerrarme allí hasta que limpiara todo el lugar. Vos los convenciste de que iba a poder, y ellos de paso aprovecharon para vengarse por el tiempo que les hice perder!
—Sí, si, fue mi culpa, pero estoy arrepentido, amigo.
—¡Ni te imaginas lo mal que la pasé allí adentro! ¿Te pagaron mas porque terminé el trabajo en un día?
—Sí, pero a vos también.
—¡Ah! Y dime entonces, ¿me encerraste allí solo para que yo descubriera todo mi potencial o también fue por el dinero? Tu silencio lo confirma.

Él se cubrió la cara con las manos. Aquel gesto no me parecía sincero, también había hecho eso cuando me mintió. Por su bien tenía que hacer que admitiera su culpa no solo con palabras, él tenía que sentirlo.

—Amigo, tienes que perdonarme —volvió a rogarme.
—¡No! ¡Primero tú tienes que admitir tu culpa sinceramente! Ahora estás así no porque no te perdoné, sino porque sabes que hiciste mal pero en el fondo no lo admites —le afirmé, señalándolo con el dedo.
—Tienes razón, también pensé en el dinero. No debí arriesgar tu vida de esa forma. Ya tienes bastantes problemas con esa gente como para que yo los anime a presionarte mas. Te confieso que he mantenido contacto con ellos. La idea de meter un fantasma en aquel depósito fue mía. Lo siento tanto, de veras.
—Está bien —dije bajando un poco el tono, y me senté frente a él—. Obraste mal pero eso no te convierte un un mal amigo, porque llegado el momento te arrepentiste y trataste de ayudarme. Esteban, creo que de todas formas yo no podría escapar de todo esto, esta es mi misión. Y como vos bien dijiste, aunque los señores poderosos tengan sus planes y crean que trabajo para ellos, tal vez esto es parte de un plan mas grande. Y quién sabe, puede ser que algún día su “perro” les muerda la mano ¡Jaja! —Esteban sonrió, vi paz en su rostro. Era el momento—. Esteban, amigo, te perdono, y estoy agradecido por todo lo que me enseñaste. Después de todo, fuiste el maestro de un caza fantasmas. ¿No esperaste algo así durante toda tu vida? Lo conseguiste. Tus conocimientos me van a acompañar hasta que termine mi aventura en esta vida, y de esa forma vas a seguir viviendo un tiempo mas, y mis logros van a ser tus logros. Muchas gracias. Ahora descansa en paz, amigo. Adiós.


Y Esteban desapareció. Permanecí sentado allí hasta que recibí la llamada. Esteban había muerto en un accidente de tránsito, seguramente por andar distraído por la culpa que sentía. Su velorio fue terriblemente triste, como el de todas las personas jóvenes. Sé que la gente se extrañó un poco cuando no pude entrar al cementerio. Siempre me habían inquietado, y ahora era peor porque podía percibir a todos los fantasmas que rondaban en el lugar. Tuve que volver a casa, de todas formas ya me había despedido de él.
Continúa...
Séptima parte: http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com/2015/10/cazador-de-fantasmas-septima-parte.html

9 comentarios:

Anónimo dijo...

Jorge esta genial esta continuacion amigo sos un master! El ser humano es mas cruel y peor que los fantasmas me hizo acordar de los experimentos de los Nazis con personas en el pasado..sos un capo amigo espero la continuacion ah pobre Esteban aunque su amigo lo perdono..nos leemos. .Willy

Jorge Leal dijo...

Al hacer la historia no pensé en esos pero podría ser si. Gracias, amigo. Saludos!!

Anónimo dijo...

De verdad ke esta historia es extremadamente buena estoy vicio a tus historias sigue la bastante ke es muy buena felicidades posdata medio pena lo rápido ke acabaste con los de los payasos de juan de españa

Anónimo dijo...

Buenas de verdad ke es un relato fascinante me encanta de dure bastante tienpo jajajajaj ke pena como acabo la historias de los payasos le hubiera válido 3 o 4 capítulos más de un fiel seguidor juan de españa saludos

Jorge Leal dijo...

Hola Juan. Muchas gracias. Al del payaso no lo continué porque tuve toda la impresión de que no estaba gustando. Si no comentan como voy a saberlo ¡Jaja! Me pasa lo mismo con este pero igual voy a subir toda la historia. ¡Saludos!

Raúl dijo...

Buenisimo cuento!! espero la continuación.......

Saludos desde México

Jorge Leal dijo...

Gracias, Raúl. Yo prefiero llamarlo novela corta porque para ser cuento está muy crecidito ¡Jaja! Pasa hoy mismo por el blog y la vas a encontrar. ¡Saludos!

Maria Cruz Montiel dijo...

Hola!!que te puedo decir,inmejorable y desearía que no terminara,cada vez se pone más interesante. Saludos

Jorge Leal dijo...

Muchas gracias, Maria. Todo tiene su fin, aunque estas historias pueden seguir mientras no llegue el mío ¡Jaja! Salu2!!

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