¡Advertencia!: Todas las obras del blog le pertenecen a Jorge Leal. Prohibido tomarlas para cualquier fin sin consultar antes al autor. Y en todos los casos se deberá citar la fuente y el autor, y no se podrán usar con fines comerciales.

Buscar en este blog

sábado, 24 de octubre de 2015

Con La Luna Llena

Un auto estacionado en el costado de un camino apartado, de noche, puede traer problemas.  Puede tratarse simplemente de un conductor que se detuvo a descansar, como puede ser un prófugo o alguien que cometió un delito. 

El patrullero Sánchez detuvo su unidad cerca de dicho vehículo. En los alrededores solo había bosque, y como esa noche había luna llena los árboles parecían tener un baño de plata. En las noches claras se ve todo pero las cosas lucen descoloridas y la luna tiñe todo con unos desganados tonos de plata. Sánchez avisó por el radio el hallazgo del auto, después bajó a revisar. Lo veía con claridad pero de todas formas encendió su linterna. El vehículo era nuevo, su chapa relucía y desprendía brillos. No había nadie en él. El habitáculo estaba inmaculado, en el asiento de atrás no había nada, ni un bolso o algo que dijera algo sobre su ocupante...


El oficial iluminó los neumáticos, ninguno parecía desinflado. Si aquel auto estaba allí era poco probable que fuera por un desperfecto. ¿Dónde estaba el conductor? Sánchez iluminó los alrededores y escuchó con atención. En los bosques siempre hay una rama que cruje o algo que cae de pronto desde lo alto. Esos ruidos lo mantuvieron apuntando su linterna para aquí y para allá, al escuchar algo giraba y apuntaba hacia el lugar.   Buscando en el suelo encontró las huellas del conductor. Había caminado hacia el bosque. Sánchez dudó. Nada indicaba que al conductor le hubiera pasado algo malo o que este estuviera haciendo algo ilegal.  No podía descuidar el camino (que era su prioridad esa noche) y meterse en un bosque sin ninguna razón. No le parecía que el vehículo fuera robado, y pedir refuerzos era una exageración.

Lo que si le pareció conveniente fue esperar un rato para ver si el dueño del auto aparecía.  Después de unos minutos de mirar hacia todos lados y escuchar con atención enderezó rumbo a su patrulla. Cuando estaba abriendo la puerta escuchó un aullido. Fue un aullido largo y horrible. A Sánchez se le erizó la piel. El aullido venía de lejos pero llegaba hasta allí con bastante potencia.  El haz de luz de la linterna del oficial se paseó por todos los troncos de los árboles cercanos. El policía se sobresaltó mas de una vez cuando le pareció ver algo, pero no vio nada concreto, solo eran combinaciones de sombras que se movían con la luz y cosas informes que jugaban con su mente: montones de hojas, cortezas agrietadas y nudosas y ramas retorcidas. 
  
Al no descubrir nada Sánchez se marchó. De nada servía quedarse allí para sobresaltarse a cada rato. Mas mientras conducía no podía parar de pensar en el asunto. Si fuera una camioneta podría ser un cazador, pero en un auto como aquel quién iba a salir a cazar. Tal vez el conductor esperaba a otro vehículo, y al ver que era una patrulla se escondió en el bosque. Por mas que él hubiera iluminado, si el tipo estaba detrás de un tronco grueso no podría verlo. Y estaba también el aullido, ¿sería un perro grande, un mastín tal vez? ¿Andaría con el dueño del auto? Después le pareció poco probable que llevaran a un perro grande y baboso sobre aquellos asientos de lujoso cuero. Era un misterio.

Sánchez amaneció en la ruta. El cielo se había nublado un poco durante la madrugada, y al salir el sol las nubes eran un espectáculo de tonos rosáceos y anaranjados.  Ya estaba por terminar su turno, por lo que se apuró un poco para llegar a la zona donde estaba el auto.  Si ya no estaba allí el misterio iba a permanecer así, pero resultó que aún estaba en el lugar.  Cuando Sánchez iba llegando, el dueño del vehículo iba saliendo del bosque. Al notar al patrullero el tipo se detuvo y dio señales de querer huir, mas un oportuno bocinazo de Sánchez lo hizo desistir. Ya lo habían visto. El desconocido tenía motivos para esconderse; estaba sin camisa y tenía el pantalón hecho jirones, además cargaba una cadena muy gruesa que tenía grilletes. El patrullero se bajó rápido, con la mano derecha en la culata, e interrogó al extraño: 

—Señor, ¿qué estaba haciendo con esas cadenas? 
—Yo… eh… no estaba haciendo nada malo —le contestó nerviosamente el tipo. 
—¿No? ¿Y para qué son esas cadenas? ¿Por qué tiene el pantalón roto? ¿Y su camisa? 
—Me lo rompí en el bosque, a la camisa también, y como estaba muy mal la tiré. 
—¿Le hizo algo a un animal? —Sánchez lo miró inquisitivamente.
—No, para nada —el sujeto negó también con la cabeza. 
—Esto es muy raro. Me va a tener que acompañar. Deje esa cadena en el suelo y muévase hasta aquí. 
—Pero oficial, yo no hice nada. 
—No complique las cosas. Si no hizo nada no le va a pasar nada. 
—No puede llevarme a una comisaría, por favor… 
—¡Suelte esa cadena y acérquese hasta aquí!
—Oficial, se lo ruego. Si me encierran estos días va a ser un desastre. No es una amenaza, pero le aseguro, es algo muy peligroso. 

Ahora el sujeto parecía ser sincero. Sánchez había escuchado el aullido. Aquel sonido no podía haber salido de un hombre. Si el sospechoso había encadenado y maltratado a un animal, ¿cómo este podía haberle roto la ropa sin herirlo? El tipo no tenía ni una herida visible. Una idea le rondaba desde la noche pero no se atrevía ni a planteársela mentalmente por considerarla ridícula. ¿El extraño sería un hombre lobo?

—Mire, le voy a dar una oportunidad para que se explique. Si no me convence, ya sabe —le dijo Sánchez. 
—Muchas gracias, oficial. Le aseguro que no usé estas cadenas para hacer ningún mal. Las usé, contra mí. Sufro de licantropía. Me encadeno para no lastimar a nadie, y le aseguro que nunca lo hice. Es lógico si está creyendo que solo soy un loco que se cree hombre lobo, lo entiendo, pero le aseguro, realmente lo soy. Si me encierran cuando hay luna llena, en una celda con barrotes no muy fuertes puede que me escape, y si me ponen junto a alguien, sería un desastre. Por favor, es la verdad. 

Sánchez lo miró muy serio y pensó un momento. Después le dijo que se fuera. El tipo le agradeció emocionado, se subió a su lujoso auto y se marchó. Si llevaba al loco y este se la pasaba aullando toda la noche a sus compañeros no les iba a gustar nada, además, evidentemente era rico, y estaba la posibilidad de que tuviera un montón de abogados buscapleitos que trataran después de complicar a la policía. Y tal vez sí era un hombre lobo. 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me senti en casa con el cuento: patrullando el monte y ademas un hombre lobo jeje..estubo entretenido y bueno amigo..saludos...Willy

Jorge Leal dijo...

Gracias. Me imagino que sí. Saludos!!

Publicar un comentario

¿Te gustó el cuento?