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miércoles, 28 de octubre de 2015

De Trasgos Y Gigantes

                                     El Ladronzuelo
Quise jugarle una broma a Álvaro, mi hermano, y allí empezó el misterio. Nos habíamos mudado a España, a una zona rural de ese país.  Cualquier mudanza es difícil, si se cambia de país mas. Por esa causa mi hermano y yo andábamos algo tristes. Como soy el mayor decidí  ocultar lo que sentía para tratar de animar a mi hermano. En nuestro hogar anterior siempre nos gastábamos bromas, y quise que esa tradición no se terminara allí. Él tenía una bolsita con canicas que atesoraba mucho. Las tomé sin que lo notara y las escondí en el cajón de un armario. Dormíamos en el mismo cuarto. Cuando lo vi buscarlas por todos lados comencé a reírme. Él enseguida se dio cuenta y rió también: 

—Las escondiste —me dijo—. Vamos, dámelas, ¿dónde están? 
—En el armario de la cocina, ahora te muestro ¡Jaja! 

Cuando abrí el cajón, no estaban. Busqué bien en ese cajón, en el de arriba, en el de abajo, aunque recordaba bien dónde lo había puesto. Mi hermano me miró muy serio, con la frente arrugada...



—En serio, dámelas —me reclamó. 
—Las dejé aquí pero ya no están, en serio, esto no es broma.

Por causa de las mismas bromas, él y yo teníamos una regla: cuando uno decía que algo era en serio, era en serio. Nunca ninguno había violado ese pacto porque éramos muy unidos. Fuimos a preguntarle a nuestros padres pero ellos no las habían visto. ¿Dónde habían ido a parar las canicas? Misterio. Buscando una respuesta, asociamos esa desaparición a los ruidos que se escuchaban de noche en la casa.  Nuestro padre, dando golpecitos en la pared con la mano, y mirando las manchas que se dibujaban en el techo, nos había explicado que la vivienda era muy vieja, y que los ruidos eran crujidos de la madera, de los viejos tirantes del techo y que el cobertizo alto los amplificaba. En su momento nos había convencido, pero ahora no estábamos muy seguros. 

Dos días después del incidente de las canicas nuestra madre perdió unas caravanas, otro misterio. Y no desaparecían solo objetos, también comida, y no había rastros de que un animal anduviera allí. Una tarde, mientras hacíamos amistad con unos niños de la zona y observábamos a unos cerdos comer bajo un castaño, Álvaro comentó lo que pasaba en nuestra casa, entonces uno de los muchachos dijo, como si fuera algo normal: 

—Pues ustedes lo que tienen es un Trasgo. Mi abuelo me ha contado que a veces esos hacen diabluras. 
—¿Un qué? —preguntó Álvaro. 
—Un Trasgo, tío. Es como un duende. Son invisibles si quieren, y viven en las casas junto a los hombres, me dijo mi abuelo, que es viejo como las piedras y se las sabe todas. 
—¿Y cómo lo sacamos de nuestra casa? —le pregunté.
—¡Joder! El viejo dice que es difícil, pero si se le pide algo que no pueda hacer, pues el Trasgo se va. 
—¿Algo como qué? —pregunté, mas interesado todavía. 
—Pídele que traiga un canasto de agua, y claro, no lo va a poder hacer. Hay otras cosas pero no las recuerdo ahora.

¿Tendríamos un Trasgo en nuestra casa? Aquello resultaba bastante aterrador. Después de discutirlo pensamos que no íbamos a perder nada con intentarlo. Al regresar a casa nuestros padres habían salido. La vieja casona estaba silenciosa. Avanzamos uno junto al otro y, cuando escuchamos un ruido, dije en voz alta: 

—¡Trasgo! ¡Tráenos un canasto de agua!

Quedamos en suspenso, mirando en derredor. Por un momento, nada, ni un ruido. Repentinamente la puerta del fondo se golpeó. Cuando fuimos a verla estaba abierta. Supusimos que el Trasgo se había ido.  Y así fue, porque dejamos de escuchar ruidos y ya no desaparecieron más cosas. Unos años después, cuando ayudábamos a nuestro padre a reformar la casa, encontramos varios objetos tras una pared, y entre ellos estaban las canicas de mi hermano.
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                                        El Gigante
El calor quemaba el desierto a esa hora, pero por la emoción el joven subió corriendo la cuesta. Las carpas estaban en una zona alta donde corría mas el viento y disipaba un poco el calor. En una de las carpas estaba el profesor Renato, y examinaba cuidadosamente unos fósiles que había desparramado en una mesa. El joven irrumpió en la carpa:

—¡Profesor, tiene que ver esto! ¡Es increíble! 
—Tranquilo, respira. ¿Subiste corriendo? Que les he dicho sobre el calor de aquí, ¿eh?
—¡Pero profesor, es increíble lo que hay allá abajo! ¡Venga! 
—Bien, bien, ya voy. Lo que sea, ha estado ahí millones de años, y va a estar ahí unos minutos mas, ¿no? —el viejo profesor se puso el sombrero y siguió diciendo— Lo grave aquí es el calor, y hay que respetarlo porque…
—¡Lo asombroso es eso, puede que esa cosa no permanezca ahí mucho tiempo! —lo interrumpió el joven.
—¿Cómo dices? —el profesor miró a su alumno a los ojos para ver si este desvariaba. El calor hace estragos en la mente. Como lo notó bien lo siguió, pero a su paso.

El paleontólogo bajó la cuesta demasiado lento para la impaciencia del estudiante. Excavaban en un desierto árido donde solo algunas pequeñas plantas espinosas resistían entre rocas ardientes. Si se miraba desde la zona alta donde estaban las carpas se veía el mar, aunque no había playas en aquella región; el desierto terminaba abruptamente en un acantilado, y allá abajo el mar rompía con estrépito contra incontables rocas cubiertas de espuma y trozos de algas. Cerca de la excavación se elevaba una formación bien curiosa que recordaba a una cordillera, pero esta era minúscula comparada con una, porque medía aproximadamente unos escasos doscientos cincuenta metros de largo, y sus crestas puntiagudas alcanzaban un promedio de veinte a cuarenta metros de alto. Eran unos promontorios puntiagudos que se alineaban en dos filas, una formación realmente rara. Viendo de lejos a esa formación, Renato había comentado, a modo de broma, que le recordaba a las placas puntiagudas que tenían en el lomo algunos dinosaurios. La idea era ridícula, porque de ser cierta implicaría que el animal tuviera un tamaño muchas veces superior al del dinosaurio mas grande conocido.

Cuando Renato llegó a la excavación quedó de boca abierta. Habían desenterrado el extremo de algo cónico. No era un fósil, tenía piel, pero al tacto era tan dura como una piedra. Parecía ser la punta de una cola descomunal. Los estudiantes que habían hecho el descubrimiento respiraban agitados por la emoción y el calor.  Renato negó con la cabeza; lo que sugería aquello era absurdo, tenían que estar viendo algo mas. Pensaba en las colas de los dinosaurios mas grandes y la comparaba mentalmente con aquella cosa; era demasiado grande. Solo asomaba una parte de la punta, el resto debía estar muchos metros bajo tierra.

El Sol aún estaba insoportable a pesar de encontrarse ya cerca del horizonte. Pasaron todo el atardecer especulando y tratando de examinar aquella cosa. Lo que tenía por piel formaba anillos, eso le daría cierta movilidad a pesar de ser extremadamente duro aquel material. Los intentos de sacarle un trozo con los cinceles fueron inútiles, y ni el pico pudo romper aquel material.  Cuando llegó la noche se retiraron a la carpa mas grande para seguir especulando sobre aquello. Continuaban en eso cuando de pronto estalló un ruido ensordecedor y la tierra tembló horriblemente. Por poco toda la carpa no se vino abajo, porque algunas de las estacas se soltaron.
Retumbaban cosas enormes que caían desde una gran altura, y un temblor indicaba que grandes cantidades de tierra resbalaban hacia el suelo; otros sonidos llegaban mas apagados, como de cosas que caen en un precipicio. Pero los sonidos mas aterradores vinieron después. Ninguno pudo permanecer en pie tras el primer impacto, enseguida vino el otro, y otro. Eran como truenos pero el suelo temblaba horriblemente. Eran, pasos. Se fueron alejando. 
Trastabillando, Renato salió como pudo de la arrugada capa; sus alumnos lo siguieron. Enseguida vieron al culpable de todo aquel ruido infernal. Iba rumbo al mar, avanzando en dos patas. La luna se los mostró. Era como una montaña andante. Tenía enormes placas puntiagudas en el lomo y se equilibraba con una cola larguísima. Cuando saltó hacia el mar el estrépito fue colosal, solo comparado a los que producen los glaciares al caer grandes témpanos en el agua. 

Todos quedaron temblando de pies a cabeza. Frente a ellos, allá abajo, ahora había una especie de zanja muy profunda y larga. Habían despertado al coloso. 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

ojala existieran seres asi que aun no descubrimos jeje aunque la imaginacion nos conforma por ahora.saludos

Jorge Leal dijo...

Para qué quieres que haya monstruos así, apenas veas uno te mueres ahí nomás, como yo ¡Jaja! Muchas gracias. Saludos.

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