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lunes, 19 de octubre de 2015

Desierto Infernal (primera parte)

¡Hola! Esta historia es principalmente de aventura y supervivencia. Tiene algo de terror entreverado pero no la concebí como una historia de terror. Pero los animo a que la lean igual porque debe ser lo mejor que he publicado hasta el momento, y si les gusta lo que hago esta tiene que gustarles, a mí me encanta ¡Jaja! No se olviden de comentar porque de comentarios vivien los blogs. Gracias. 

                                      La Gente Del Pueblo
En un momento particularmente aterrador de su aventura, Francisco tuvo una duda terrible: “¿Esto es un desierto real o estoy en el infierno?”, se preguntó mientras giraba hacia todos lados buscando desesperadamente una salida. Entendía que aquel lugar era extremadamente difícil y que había caído en él en la peor época, pero la supervivencia allí le estaba resultando un verdadero infierno. Y todo aquello comenzó con lo que creyó fue un golpe de suerte. Sentía que era el juguete de unas fuerzas enormes. La suerte le sonreía un poco y después le mostraba su peor cara, aflojaba para después apretar mas.

Francisco fue a pasar sus vacaciones en Australia. Como las playas atestadas de gente o los ya famosos lugares turísticos no le llamaban la atención, se aventuró en un viaje solitario hacia el interior de aquel gigantesco país. No era de los que constantemente buscan sentir el impulso de la adrenalina, pero andar entre parejas de jubilados y familias de veraneantes, con guías y tours en ómnibus, era un aburrimiento para él. Francisco, a pesar de tener ya treinta y cinco años, sentía que tenía mas energía que nunca, y era por su excelente estado físico; y todo en su interior le reclamaba algo mas que un típico viaje de turista.

Él había sido un muy buen boxeador amateur, y aunque por no involucrarse en el casi siempre oscuro mundo del boxeo no quiso ser profesional, seguía entrenado con muchas ganas solo por el placer de la práctica y sentirse bien. Como tenía una gran inclinación hacia la caza y la pesca también acampaba mucho y hacía largas caminatas por la naturaleza. Esas condiciones lo hacían buscar algo mas que simples paseos cuando viajaba. Tenía el espíritu aventurero que siempre impulsó a los hombres a ir mas allá. Ahora además tenía una motivación extra para tener una aventura: presentía que pronto su soltería se podía terminar, y con ella parte de su libertad. Por eso quería vivir un gran viaje, una aventura, tal vez la última, y después sí, no le huiría mas al amor.
Visitaba aquel país por primera vez. Apenas pisó suelo australiano se buscó un hotel y se preparó para su aventura durante dos días completos. Como era un hombre precavido se hizo de varios mapas y los estudió concienzudamente aunque ya había hecho una buena investigación en su computadora cuando decidió viajar a ese país. Por último alquiló una camioneta todo terreno.

Y con el corazón ya presintiendo futuras emociones y palpitando mas fuerte se alejó de la ciudad por una ruta rumbo al desierto. No terminaba de acostumbrarse a conducir por la izquierda mas al ir muy concentrado manejó el vehículo con bastante seguridad. Pronto se vio rodeado de una tierra reseca y rojiza. Que diferente era aquel paisaje a todo lo que conocía. A la izquierda, muy a lo lejos, se divisaban unas montañas grises con picos blanquecinos. “Si aquello es nieve, esas montañas tienen que estar muy lejos de aquí”, pensó acertadamente Francisco. A su derecha el terreno tenía elevaciones pero eran solo pequeños cerros amarillentos y puntiagudos llenos de surcos y grietas. Otra parte del paisaje, en la lejanía, parecía ser muy plana y pedregosa.

 A diferencia de las verdes praderas de su Uruguay, que en cada primavera parecen una tierra nueva, aquel paisaje parecía estar desgastado por el tiempo. La tierra herida por todos lados asomaba en picos resquebrajados entre dunas de arena, y hasta las plantas tenían una apariencia pétrea porque eran mas grises que verdes. Francisco sintió lo salvaje de aquella aridez de aquellas desolaciones con aires primitivos, y al entregarse a una momentánea ensoñación, pensó en espíritus salvajes y muy antiguos. Enseguida esos pensamientos le parecieron algo absurdos y los atribuyó a lo mucho que el paisaje lo había impresionado. En algunas zonas había mas vegetación mientras otras solo eran un desierto yermo. Una sequía quemaba aquel paisaje desde hacía ya dos años, y todo lo que vivía allí ahora lo hacía bajo las reglas del sol y en una constante lucha por el agua.

Siguiendo un destino elegido previamente en el mapa dobló en un camino mucho mas modesto que la ruta por donde había circulado hasta el momento. La tierra que lo rodeaba ahora ya no parecía tan salvaje y cada tanto veía algunas ovejas que pastaban en rebaño. De tanto en tanto divisaba también alguna casa o un sendero que serpenteaba por el campo hasta perderse de vista en alguna irregularidad del terreno. Llegó a una zona con mas vegetación, pasó por un puente que atravesaba un arroyo, el primero que veía con agua en su cauce desde el comienzo de su viaje, y finalmente, cuando el día estaba terminando, llegó al pueblo que era su destino.

Todos los vehículos que vio eran camionetas y todas estaban llenas de tierra y tenían grandes parachoques, y sobre el techo de las cabinas una o dos hileras de luces altas. Eso hablaba de lo duros que eran los caminos por allí e indicaba que muchos lugareños solían manejar a campo traviesa. Había planeado alquilar una habitación en aquel lugar y desde allí explorar durante cuatro días unos caminos que partían desde el pueblo, volviendo a este al fin de cada jornada. Se registró en el único motel del lugar. Hecho eso salió a recorrer el pueblo y halló un restaurante de comida rápida (que también era el único que había) y cenó en él. Las camareras eran amables, mas los clientes del local enseguida lo miraron serios. Eran trabajadores rurales de la zona, tipos de mirada clara y piel enrojecida por trabajar al sol. Algunos mostraban su vulgaridad moviendo un mondadientes de un lado al otro de la boca, mientras otros espiaban a Francisco por encima de sus latas de cerveza.

Lejos de sentirse intimidado por esa actitud, Francisco saludaba con un gesto a los que se le quedaban mirando, y todos le respondieron. Después de un rato parecieron olvidarlo. Aquellos clientes ruidosos pedían que los atendieran a gritos, le insinuaban algo a las camareras, estallaban en risas, y las camareras se alejaban de ellos con cara de fastidio. “Vaya, que lugar mas refinado”, pensó con sarcasmo Francisco, sonriendo. De vuelta en el motel se tiró sobre la cama y empezó a repasar mentalmente su plan y algunos detalles de logística. Se durmió recordando el paisaje visto en el viaje.

Era temprano por la mañana cuando volvió al restaurante para desayunar. Francisco era alto y de espalda ancha, bastante mas fornido que alguien atlético, y aunque apenas era moreno, sus ojos eran de un color negro intenso así como su pelo corto. Ya fuera por esas características o porque allí todos se conocían, la gente del lugar enseguida se dio cuenta de que él era un turista y se cruzó con todo tipo de miradas cuando iba por la calle. La mayoría de las miradas eran amigables, y principalmente eran de mujeres; suerte de forastero. Su inglés era fluido y era bien educado y atento. Le gustaba creerse un hombre de mundo. En el restaurante agradecía y no les decía nada inapropiado a las camareras; estas demostraban estar muy contentas con él. Comparado con algunos patanes que iban al lugar él era todo un caballero. Como no sabía qué eran algunos platos del menú pidió una hamburguesa. Al probarla no estuvo seguro de qué era su carne pero no le importó, estaba muy sabrosa y era grande, fuera de lo que fuera.

El primer día hizo lo que tenía planeado. Después de desayunar compró en un mercado algunos enlatados para el viaje y luego tomó uno de los caminos. Era como manejar en un horno. El aire vibraba por todos lados y el paisaje lejano vibraba con él. La luz del sol era excesiva, todo se quemaba bajo su mirada: rocas amarillentas, vegetación reseca, arena, y también se calentaba el viento, que cada tanto formaba pequeños remolinos de polvo.
Francisco se detuvo al divisar la sombra de unos eucaliptos inmensos y se instaló bajo ellos. Los árboles tenían raíces enormes que sobresalían de la tierra como si fueran los dedos a medio enterrar de un gigante. Antes de sentarse sobre una de las raíces primero se cercioró de que no hubiera alguna víbora; sabía que en Australia abundan muchas especies peligrosas. La vista era árida, unas pocas plantas y arbustos sobresalían de la arena o entre las rocas.

Por el camino había tomado agua de a tragos. Recostado a uno de los árboles empinó la botella y se mantuvo así hasta que la bajó jadeante. Nunca había sentido tanta sed. Un aire reseco deambulaba por toda aquella vastedad y reclamaba agua bufando entre los eucaliptos. Echando una mirada en derredor, Francisco pensó que sin agua cualquiera estaría en graves problemas por allí. Se volcó un poco del vital elemento en la cabeza y, con los ojos entrecerrados debido el exceso de luz volvió a desparramar su mirada por aquel paisaje inhóspito. Pasado el mediodía abrió una de las latas de comida que llevó para la excursión. Apenas tenía apetito, lo que su cuerpo reclamaba a cada rato era agua.

Había visto muy pocos animales salvajes hasta el momento, por eso se alegró cuando vio a un regordete lagarto de lengua azul que buscaba la sombra donde él se hallaba. Pensó que aquel lagarto o era muy manso o estaba desesperado por algo de sombra. El lagarto lo miró de costado y luego lo examinó a su manera, sacando su lengua azul. Después el reptil se alejó un poco pero sin salir de la sombra, y como desconfiado vigilaba a Francisco con un ojo, mostrando su extraña lengua cada tanto. Francisco hubiera preferido ver a un canguro, aunque suponía que esos animales saltarines no serían tan mansos.

Le pareció que el sol calentaba cada vez mas. La naturaleza estaba adormilada bajo aquel calor y la quietud parecía ser un elemento tan tangible como la tierra o los árboles, incluso cuando el viento pasaba bufando entre los eucaliptos y agitaba las ramas con ruido seco. Pero aquella desolación tenía un efecto calmante, y los pensamientos daban paso a la contemplación, donde la mente se aquieta y vuelve a un estado de consciencia que compartimos con los animales. Eso le resultaba muy gratificante a Francisco. Allí todo era simple. Las cosas que nos hacen preocuparnos en la vida diaria en la naturaleza pierden todo su peso y apenas permanecen como un recuerdo lejano y absurdo.

Cuando el astro rey se fue acercando al horizonte el cielo tomó un color rojizo, dotando al paisaje de una luz fantástica. Era hora de regresar al pueblo. Las sombras se fueron estirando hasta cubrir todo, pero mientras aquel inmenso ojo amarillo permaneció espiando en el horizonte, los picos de los cerros lejanos y las rocas grandes siguieron reflejando destellos de oro, hasta que finalmente el cielo se fue apagando y el rojo fue suplantado por un gris azulado que se fue oscureciendo. Mientras conducía de regreso se le atravesaron algunas liebres y un par de ellas quedaron encandiladas y quietas en el costado del camino. También solía pasarle eso en Uruguay. Por eso y porque estaba oscuro por momentos casi olvidó que estaba muy lejos de su tierra. Llegó al pueblo ya muy entrada la noche.

Tras una larga y reparadora ducha sintió bastante apetito por primera vez en el día. Al salir a la calle descubrió que el calor había dado paso a un viento frío y polvoriento. Pensó que con esos altibajos en la temperatura sería muy difícil vivir en la intemperie en aquella región. Era una tierra dura, tan inclemente como hermosa. En el restaurante le dieron la misma mesa. Aquel local, mas que un restaurante parecía una cantina de las que aparecen en las películas de vaqueros: una barra en el fondo, mesas redondas desparramadas en el salón, y tipos con miradas poco amigables en ellas.

Mientras comía notó que unos lugareños estaban hablando de él. Lo miraban, cuchicheaban entre ellos, estallaban en carcajadas y después lo miraban de soslayo, con sonrisas burlonas. Era obvio que lo estaban provocando. Como no quería arruinar su viaje con una pelea apuró su comida y enseguida pidió la cuenta. Por un momento creyó que lo iban a seguir pero los busca pleitos se quedaron adentro, sorbiendo sus latas de cerveza entre risas. “Solo son unos campesinos sin mucho que hacer”, pensó Francisco.
Esa noche soñó con el paisaje fantástico que vio durante el día, y no fueron sueños agradables. Se encontró de pronto vagando por un paisaje oscurecido. A duras penas distinguía plantas y rocas. Dominaba el difuso horizonte nocturno una meseta de roca clara que era lo único que resaltaba mas nítidamente en aquellas tinieblas. La oscuridad le resultaba sofocante y crecía en él cierta angustia. El terreno estaba lleno de irregularidades. Avanzó bajando y subiendo pequeñas colinas, todo en medio de la oscuridad. Tenía la sensación de haber caminado por mucho tiempo. El desierto de oscuridad no lo dejaba escapar.

Cuando alcanzó una zona mas llana empezó a escuchar un rumor vago, y tratando de detectar la fuente de dicho rumor divisó una claridad distante. Intuyó que se trataba de la luz de una hoguera. Ante la esperanza de una fuente de luz, la oscuridad que lo envolvía se le hizo mas angustiante. Enderezó rumbo a esa claridad. A medida que se acercaba el rumor crecía y pronto distinguió que eran tambores primitivos, algún tipo de corneta y voces que cantaban. Entonces sintió que tenía que ir con cuidado. Avanzó con suma cautela por entre un montón de rocas hasta que finalmente vio de qué se trataba. Era un grupo de indígenas australianos. Algunos indígenas, sentados sobre troncos que estaban algo apartados de una hoguera enorme que ardía con fuerza, tocaban los primitivos instrumentos que Francisco escuchó de lejos, mientras otros danzaban mas cerca de las llamas y enronquecían sus voces con sonidos guturales y palabras que Francisco no entendía.

De pronto, después de una pausa donde todos quedaron inmóviles, los indígenas empezaron a aullar levantando sus rostros hacia el cielo. Una luna llena inmensa los miraba desde arriba. Súbitamente empezaron a transformarse en hombres lobo. Las caras se les alargaban en hocico, las manos se le volvían garras, los ojos se encendían de rojo, la piel se les oscureció al salirles pelaje, y cuando todos estuvieron transformados, súbitamente voltearon a la vez hacia Francisco; después se abalanzaron locamente entre gruñidos rabiosos y andando en cuatro patas. Comenzaron a perseguirlo. Cuando parecía que lo alcanzaban y Francisco volteó hacia ellos para defenderse, despertó.

Como suele pasar cuando dormimos fuera del hogar, por un instante estuvo algo confundido porque no distinguía aquel cuarto penumbroso. Recordó de pronto y la situación le pareció divertida. Había olvidado que estaba de vacaciones en Australia. Escuchó con atención, el motel parecía habitado solo por él. Después sintió unas voces, tal vez una pareja discutiendo. Unos pasos cruzaron frente a la puerta de la habitación; El ruido a tacones delataba que era una mujer, luego escuchó pasos mas apagados. Francisco se imaginó un encuentro que terminó mal. Se levantó a mirar por la ventana. 

Todavía estaba de noche, el pequeño pueblo dormía. Solo algunos perros desafiaban el silencio con algún que otro ladrido. Vio que por la calle avanzaba dificultosamente alguien. Era un borracho. El tipo hacía algunas pausas para balbucear o discutir con él mismo mientras se tambaleaba. Todos los pueblos tienen un personaje así, estén donde estén. Volvió a la cama pero sin ganas de dormir. La pesadilla aún lo afectaba. Buscó su reloj tanteando la mesita donde estaba la veladora. Calculó que no podía faltar mucho para el amanecer.

Temprano por la mañana el pueblo bullía de actividad. Por la calle reconoció a las mismas caras que viera el día anterior. Ahora sentía que todos hablaban de él. Cosas de pueblos chicos; hay tan pocas novedades que cualquier acontecimiento pasa enseguida de boca en boca. También le pareció que por alguna razón, probablemente por su aspecto fornido, les cayó mal a los que se crían rudos. Instintos primitivos de competencia reforzados al crecer en un lugar donde no hay muchas mujeres. Fue a desayunar. El restaurante estaba bastante concurrido. Después de ordenar vio que una muchacha muy hermosa recorría las mesas ofreciendo algo. Era una rubia curvilínea de ojos celestes y una mirada angelical. Cuando ella notó que Francisco la miraba, fue hasta su mesa y le ofreció:

—Señor, ¿quiere un boleto de lotería?
—¿Lotería? Bueno, no soy muy jugador pero te voy a comprar uno.
—Tal vez tenga suerte. El sorteo es hoy, a las siete —le aclaró ella.
— Sí, espero que me la des.
— ¿Que le de lo qué? —preguntó ella, como sorprendida.
— Suerte, ¿qué pensaste que te estaba diciendo?—aclaró Francisco, riendo.
— Nada, nada ¡Jaja! Gracias.
— De nada.

La muchacha se alejó un poco y después volteó, siempre sonriendo. Él, mientras guardaba el boleto en su billetera, pensó que tal vez sería bueno quedarse por allí unos días mas de lo planeado. Ahora el pueblo le resultaba mucho mas agradable; era por el enorme poder de una mirada de mujer, algo que entienden muy bien los poetas.

Ese día no compró mas enlatados porque aún tenía, solo se surtió de varias botellas de agua. También hizo llenar el tanque de la camioneta. Tomó un camino distinto al del día anterior. El camino, aunque también partía desde el pueblo, tomaba un curso muy distinto al otro, y su paisaje también era diferente. En los costados ahora se extendían campos no muy distintos a los que conocía pero estos estaban resecos. A los pocos kilómetros aparecieron algunas plantaciones de melón, maní y algunas otras plantas que podían resistir aquel clima. Entre las plantaciones asomaban casas por aquí y por allá. Algunas camionetas iban y venían por el camino.

No había viajado hasta el otro lado del Mundo para ver aquello. Lo decepcionó bastante, mas pensó que si seguía y dejaba aquella zona atrás iba a encontrar una mas salvaje. No se equivocó del todo, la presencia del hombre desapareció kilómetros mas adelante, pero ahora cuánto lo rodeaba era solo campo reseco. Siguió avanzando.
El calor de nuevo era agobiante pero ya se estaba acostumbrando, mas el vehículo pareció sentirlo, y un indicador mostró que el motor estaba muy caliente. Se detuvo antes de que el problema se agravara. Entre el camino y los alambrados de los campos había una zona bastante ancha cubierta por un pasto bajo, tan reseco como todo en aquella desolación. Hubiera preferido parar en un lugar con sombra pero no se divisaba ni un árbol por allí. No podía quedar adentro del vehículo porque encendió la calefacción para enfriar el motor. Al salir de la cabina el calor lo envolvió. Era fácil imaginar que cualquier chispa envolvería en llamas aquellas praderas de yesca. El ruido a seco de los pastos que el viento se empeñaba en molestar venía de todos lados y se multiplicaba en aquella soledad. Hacia todos los puntos cardinales la misma vista y el mismo rumor sordo que al rato se toma por silencio, porque los sonidos monótonos o invariables a nuestro oído parecen desaparecer por poco interesantes.

Había llevado una lona grande. La sujetó en un lado del vehículo, la pasó por encima del capó, para protegerlo del sol, y ató el otro extremo de la lona en la alambrada, formando así un cobertizo que le brindó sombra y también protegía un poco a la camioneta. Esa simple tarea lo hizo sudar mucho. Se sentó sobre el pasto reseco con una botella en la mano. La soledad de allí le resultó igual a la que recorre la pampa los días calurosos y de mucho sol. Tranquilidad, rumor de viento, cielo limpio y luz en demasía. Dejando sus pensamientos bagar a gusto, volvió a pensar en la muchacha de la lotería. ¿La vería de nuevo? Pensó que sería el complemento ideal de aquel viaje. Después se le ocurrió que de tener algo con ella eso le podría traer problemas, pero, si por algo valía la pena meterse en problemas era por aquella muchacha. 
Tras comer algo se recostó a dormir un poco, sentía bastante sueño. Usó como almohada un bolso, al poco rato se durmió.

Al despertar, lo primero que pensó fue que su siesta había sido demasiado larga, porque había menos luz, mas al ver el cielo y después consultar su reloj descubrió que todavía era temprano, solo estaba muy nublado. El viento soplaba mas fuerte ahora y su improvisado cobertizo vibraba y formaba una panza como si fuera una vela horizontal. La temperatura estaba mucho mas agradable. Mientras doblaba la lona consideró que todavía podía seguir el camino para ver qué había mas adelante, aunque parte del recorrido al regresar tendría que hacerlo de noche, pero que importaba, estaba de vacaciones.

Unos veinte kilómetros después el paisaje empezó a transformarse. Aparecieron arbustos, algunos árboles, elevaciones rocosas, y pudo ver varios animales. El primero fue una víbora larguísima que iba atravesando el camino, después divisó un lagarto enorme que estaba sobre un barranco. Al ver a unos canguros sonrió ampliamente. Los canguros se movían en grupo, cerca del camino, y cuando la camioneta se aproximó todos la miraron brevemente para enseguida alejarse a los saltos. Después de todo, aquella excursión valió la pena.

Al regresar, cuando pasó de nuevo por la zona de las plantaciones ya estaba de noche. Las casas de la zona eran un punto de luz en la oscuridad. Se imaginó el interior de los hogares. ¿De qué estarían hablando aquellas familias? ¿Qué estarían cenando? Al recordar la cena se dio cuenta de que ahora tenía bastante apetito. Cuando el calor aflojaba el apetito volvía y con fuerza. Pero se prometió no comer mucho al recordar la pesadilla de la noche anterior.
No mucho después de haber llegado al pueblo enfiló hacia el restaurante. Ordenó rápido porque prácticamente ya se sabía de memoria el menú, que no era muy amplio, y tenía platos que no se animaba a pedir. Desde que entró al local buscó con la mirada a la muchacha de la lotería mas no la halló. “Tenía tantas ganas de verla. Que rubia mas exótica, y aquella voz, y la mirada”. A los que sí vio fue a los busca pleitos de la noche anterior, y ahora eran parte de un grupo mas grande, y por como lo miraban los nuevos dedujo que les habían hablado de él. “Como que estos palurdos quieren divertirse a costa mía, ¡jah! Qué podría esperar de gente que desayuna, almuerza y cena con cerveza”, pensó. Como fuera, era mejor no dejarse llevar por sus provocaciones. Todavía le quedaban dos caminos por explorar; no quería meterse en problemas y que su viaje terminara allí.

No le dio importancia a los locales. Estaba por terminar de cenar cuando vio un cartel que se encontraba colgado del otro lado de la barra, estaba escrito a mano, con grandes letras y números: era el resultado de la lotería. Se sorprendió enormemente cuando reconoció el número ganador: era el de él. Sin dejar de mirar el cartel, llevó su mano al bolsillo para tomar la billetera. “¡Pero que suerte la mía, gané la lotería!”, pensó, y no pudo evitar sonreír ampliamente. El premio era millonario. En ese instante también pensó que era mejor que nadie del pueblo lo supiera, porque una cifra como aquella podía tentar a mas de uno. Y recordó una película donde un tipo ganaba la lotería, algunos allegados inescrupulosos se enteraban, lo mataban, cobraban por él y luego se repartían el dinero. Que el número ganador se vendiera justo allí, contra las probabilidades, pero que lo ganara un forastero, no le iba a caer muy bien a los lugareños, y él siempre trataba de evitar cualquier posible enfrentamiento, no por temor, sino porque sabía que sus puños realmente eran armas. “Mejor me voy de este pueblo sin decir nada”. Pero lo que Francisco no sabía era que ya lo habían descubierto.

Uno de los buscapleitos había visto todo y adivinado lo que pasaba, algo que no era difícil de advertir. Al darse cuenta inmediatamente decidió apoderarse de aquel boleto, era lo que dictaba su naturaleza. Como el sujeto era astuto, dejó de mirar a Francisco y no dijo ni una palabra. Sus camaradas no eran muy listos, y si se enteraban casi seguramente advertirían a Francisco sin quererlo, porque después que este decidió mantener el asunto en secreto mientras estuviera allí desparramó varias miradas sobre los que se encontraban en el local, mientras guardaba disimuladamente el boleto. El tipo por el momento no iba a decir nada. Terminó su lata de cerveza y la aplastó con la mano, ya con una mueca malvada en su rostro. Apenas Francisco se marchó el sujeto se puso en acción.

El viento frío que soplaba en la calle traía polvo y silbaba entre las viviendas. Esas condiciones habían despejado la calle. Camino al motel Francisco no se cruzó con nadie. Se levantó el cuello del abrigo hasta la nariz, y trotando ágilmente llegó hasta el motel, que también parecía desierto.

Ya en su habitación, volvió a mirar el boleto ganador mientras sonreía ampliamente. Calculó lo mucho que se iban a disgustar aquellos busca pleitos cuando llegara a ellos la noticia; el boleto ganador estuvo tan cerca de ellos. Y ahora ya no necesitaba ahorrar durante todo un año para viajar, e incluso mas, si invertía bien podía vivir solo de aquel dinero, eso si no cambiaba mucho su estilo de vida, lo que no iba a ser difícil pues era un hombre muy sencillo, y cuando viajaba gastaba poco. 

“¡Que diablos! Me voy ahora mismo”, decidió. Mientras empacaba lo poco que había sacado de sus bolsos se le ocurrió que tal vez el dueño del motel ya se había acostado. Si era así tendría que postergar su viaje hasta la mañana, aunque no se imaginaba durmiendo esa noche, seguramente se iba a desvelar. Resultó que el dueño del lugar estaba levantado.

Cuando Francisco le dijo que se iba, el tipo hizo a un lado una revista que ojeaba y se irguió desperezándose, diciendo después:

—Bien, pero primero tengo que revisar todo. En caso de que haya roto algo tendrá que pagar un extra. Y aquí no se acepta que se lleven cosas.
—Muy bien, vamos.

El tipo parecía poseído por una flojera que no lo abandonaba, y avanzó lentamente por el corredor mientras se rascaba las costillas. Cuando pasaron frente a una ventana que daba al patio del motel Francisco creyó ver una sombra furtiva avanzando por un muro. Lo primero que se le ocurrió era que lo estaban espiando. “¿Será que alguien se dio cuenta?”. Recordó el momento donde descubrió que había ganado la lotería. Deseó haber sido mas discreto pero el hallazgo lo había sorprendido. Francisco se quedó en la ventana, mirando hacia afuera. Ya no había rastros de nadie. Cuando el sujeto somnoliento se dio cuenta que caminaba solo, se dio vuelta y puso sus manos en la cintura, con los codos apuntando hacia los lados, demostrando su impaciencia. Francisco lo alcanzó. Creyó que tal vez estaba exagerando. En el lugar había unas cuantas habitaciones, y algunos ocupantes de pocas horas. La sombra del tipo agazapado bien podía ser la de un amante huyendo o la de un fisgón. Mas de todas formas creyó que era buena idea marcharse. 

El tipo del motel revisó el cuarto como quien está buscando algo muy pequeño que se le extravió no sabe dónde, y lo hacía lentamente. Después pasó al baño. Salió del baño muy serio:

—La canilla está goteando mucho —dijo—. ¿Tiene algo que decirme? 
—Sí, que haga ajustar esa canilla —le contestó Francisco—, está goteando desde que llegué.

En ese momento el tipo recordó que la había visto gotear antes y que olvidó decírselo al conserje. Siguió su lenta inspección. Miraba esto, aquello, se acercaba de pronto hacia algo como si hubiera visto una cosa rota, después se apartaba lentamente, no era nada. Francisco se cruzó de brazos, ya algo impaciente. Cuando el tipo dio el visto bueno, Francisco se despidió con sarcasmo:

—Gracias, excelente servicio.
—Si, como sea.
Salió al camino. La noche estaba completamente oscura y solo veía lo que iluminaba el vehículo. Lo único que echó de menos al dejar el pueblo atrás fue a la muchacha que le vendiera el boleto. El camino ahora le resultó mas abrupto, era porque quería abandonarlo de una vez.

De repente una luz potente le dio de costado, y otra se encendió en el otro extremo, y una camioneta enorme salió levantando una nube de polvo desde un sendero que desembocaba allí. Tuvo que frenar para no chocar al otro vehículo. Eran tres camionetas, la que le cortó el paso y dos que llegaron por los costados. Enseguida varios hombres saltaron al camino y le apuntaron con escopetas, mientras un par mas salió de entre unas enramadas del costado, también armados y apuntándole. A Francisco no le quedaron dudas; era el grupo del restaurante.

— ¡Baja del vehículo, forastero suertudo! —gritó Bill, el que organizó la trampa—. ¡Lento, o te vamos a llenar de plomo!
— ¡Y que levante las manos! —agregó otro.

Francisco tenía el don de pensar rápida y fríamente en situaciones difíciles. Evaluó que si intentaba huir en el vehículo no lo iba a lograr. También entendió algo terrible: los tipos estaban con las caras descubiertas, no les importaba que los vieran, aquello no era solo un robo, lo iban a robar y matar. Desaparecerlo era la única forma de poder cobrar el premio. Si lo dejaban vivo y él los denunciaba se las iban a tener que ver con la justicia, y los policías reconocen a los ladrones y a los mentirosos.

El rostro de Francisco se tornó extremadamente sombrío. Si lo iban a matar prefería morir peleando y llevarse alguno con él. Bajó del vehículo mostrando las manos, aunque sin levantar mucho los brazos. El que ideó todo se le acercó sonriendo asquerosamente. El tipo abrió la boca para decir algo pero no tuvo tiempo; Francisco desvió el caño de la escopeta con un manotazo y, en la misma acción le lanzó un potente gancho “volado” que impactó con terrible fuerza sobre el costado de la cabeza del busca pleitos. El sonido indicó que algo se quebró. El tipo cayó hacia atrás como si fuera un muñeco de trapo, con la cabeza ladeada, el cuello roto. Ese fue su fin.

Tras la sorpresiva caída de su líder los otros quedaron perplejos por un instante, hasta que uno reaccionó y se abalanzó hacia Francisco con la intención de pegarle un culatazo. Francisco esquivó el golpe agachándose, contragolpeó con un gancho al abdomen, y lo fulminó con un golpe a la cien que sonó horrible. Aquellos puños callosos entrenados a la antigua eran mortales sin la amortiguación de los guantes de boxeo. Él había entrenado sus puños pero no con mala intención, lo hizo para no sufrir lesiones al boxear, pues a pesar del vendaje eso a veces ocurre; pero con el paso de los años se convirtieron en armas, y hasta podía golpear una pared sin que sus puños sufrieran.

Ahora todos se abalanzaron hacia él. Uno logró ganarle la espalda y le aplicó un culatazo en la cabeza. Francisco sintió mucho dolor, solo eso, porque todo su ser pareció concentrarse en la zona del golpe, solo sintió lo que le pasaba en la cabeza. Después experimentó un estremecimiento, fue cuando cayó. Inmediatamente se sumergió en una oscuridad donde chispeaban algunas luces azuladas y muy fugaces, y enseguida, nada.

Los tipos lo rodearon, después voltearon hacia los dos bultos caídos que eran sus compañeros. Ya no se movían. Cómo podía haber salido tan mal aquella emboscada. Esperaban resistencia, pero no que fuera un tipo tan peligroso. Como fuera, ya estaba hecho. Uno revisó el bolsillo de Francisco, tomó la billetera, y cuando le mostró el boleto a los otros todos lanzaron un grito de victoria. Luego miraron hacia los extremos del camino porque se dieron cuenta a la vez que no podían permanecer allí. Subieron a sus compañeros caídos en una camioneta. Mientras eso, uno seguía apuntándole a Francisco. Alguien que tenía aquel poder en sus puños requería el mayor de los cuidados, lo sabían ahora. Cuando lo cargaron a él los tipos protestaron porque era muy pesado:

—¡Diablos, este tipo sí que pesa!
—Un boxeador, sin dudas —comentó uno, y escupió hacia un costado—. Desgraciado de Bill que no lo sospechó, y de este otro imbécil. Mejor, mas nos toca.
—¡Ea! ¡Se está por despertar! —exclamó uno de los que lo cargaba.
—Pues apúrense en subirlo —les ordenó uno que estaba sobre la camioneta—, tráiganlo que aquí tengo su remedio. Esta parte Bill la planeó bien. Seguiremos con el plan.
—¿Y qué hacemos con estos? —preguntó alguien desde el otro vehículo, señalando a sus compañeros muertos.
—Ya se me ocurrirá algo. Vayámonos de aquí, maldita sea.


Las luces de las camionetas bajaron y subieron por el terreno hasta que finalmente las tragó la oscuridad.
Segunda parte: http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com/2015/10/desierto-infernal-segunda-parte.html



10 comentarios:

Anónimo dijo...

Amigo mio pero que historia! Me gusto mucho el personaje que tipo duro! Y como planteaste el escenario,el pais distinto y lejos del suyo..y sobre todo que es boxeador jeje..si señor esta historia promete mucho y se ve que es muy emocionante..la fuerza y entrenamiento de Francisco me parecen familiares jeje..nos leemos amigo publica urgente la continuacion. .Willy

Jorge Leal dijo...

Te identificaste de nuevo. Mejor aprende del personaje porque algún día puedes perderte en esa selva tuya por andar distraído leyendo cuentos ¡Jaja! Gracias, amigo. Nos leemos en la próxima.

Anónimo dijo...

La keria comprar pero las puestos aki ke buena pinta tiene esta historia y ke detalles más Buenos acen ke te sumerjas en la historia me gusta eres una bomba sigue asín y acuérdate de las otras jajajajaja de juan de españa

Jorge Leal dijo...

Buena broma esa, Juan. Lo querías comprar... ¡Jajaja! A veces lo que cuenta es la intención, pero no en este caso ¡Jaja! Gracias igual. ¡Saludos!

rebeca escobedo dijo...

Excelente historia, hace que te sumerjas en el trama, hasta hacer tus propios escenarios, en realidad que tienes una narrativa muy buena que hace sentir dentro de la historia, lo que si te pediría, es que subas las partes que ya tienes, para los que estamos al pendiente de la historia.

Saludos desde México
Cesar de León Escobedo

Jorge Leal dijo...

Hola Rebeca. Muchas gracias. A esta historia la terminé a principios de este año y está publicada desde mayo en Amazon. Aquí la voy a ir subiendo cada dos días porque todavía no termino otras historias, y ahora no quiero estar muchos días de corrido sin subir nada. ¡Saludos!

Raúl dijo...

Que buena historia!!!......esperemos la continuación.

Saludos!!!

Jorge Leal dijo...

Gracias, Raúl. La otra parte tiene algo de terror. Bueno, técnicamente esta también ¡Jaja! ¡Saludos!

Raúl sesos dijo...

Increíble jorge! Para una película!

Jorge Leal dijo...

Gracias, Raúl. Ahora te falta leer dos partes. Hoy subo la última.

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