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miércoles, 21 de octubre de 2015

Desierto Infernal (segunda parte)

¡Hola! Para los que gustan de las historias de aventura y supervivencia, seguimos con otro capítulo de esta. Dejo aquí el enlace a la primer parte: http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com/2015/10/desierto-infernal-primera-parte.html




                           Los Merodeadores Del Desierto
Francisco volvió a sentir dolor. Fue como si su mente se encendiera nuevamente, pero aún no comprendía. Abrió los ojos. ¿Qué era aquello? Eran estrellas, toda una constelación de ellas. El pensamiento le surgió desordenado pero poco a poco fue recordando. Se irguió hasta quedar sentado, luego se palpó con cuidado la parte de atrás de su cabeza. No había ningún corte. “Me noquearon bien”, pensó. La conmoción fue fuerte pero no tenía lesiones. Experimentaba también una sensación rara que aún no podía definir pero que comprendía no era por el golpe.

Miró en derredor, apenas se distinguían algunos contornos de horizonte debido a la oscuridad. Solo se escuchaba el viento que gemía oculto en la negrura. “¿Por qué no me habrán disparado?”, se preguntó. Al ponerse de pie se sintió mareado mas logró mantener la vertical después de trastabillar un poco. En ese momento se dio cuenta que estaba descalzo. Sintió frío. Le habían quitado el abrigo y solo tenía puesta una camiseta, tomaron también su reloj. Entonces comprendió por qué no le habían disparado. En aquel país continente hay zonas tan vastas y desoladas y la naturaleza es tan dura que para desaparecer a un tipo basta con dejarlo abandonado lejos de todo. Por qué complicarse con un disparo. Si por alguna casualidad alguien halla el cuerpo algún día, un disparo siempre deja huellas, en cambio si solo se lo abandona, de hallar sus restos solo pasaría a ser un turista estúpido que desafió el paisaje y murió tontamente. Hasta para aquellos palurdos era algo obvio.

Cuando luchó en la emboscada estaba convencido que aquel iba a ser su fin, por eso su situación actual le resultó mucho mejor. Mientras hay vida hay esperanza. Por lo menos ahora tenía una chance de sobrevivir, pero, ¿realmente la tenía? Volvió a mirar en derredor. ¿Durante cuánto rato había estado inconsciente? Calculó que aunque el golpe fue fuerte no pudo ser mucho rato, y por lo tanto no podía estar muy lejos del pueblo. Mas de pronto percibió algo que le brindó una respuesta, estaba equivocado. Había un olor raro, aquello era, ¡cloroformo! El olor estaba en su nariz. Concluyó que cuando estaba despertando lo durmieron con cloroformo, eso era parte del plan.

Ahora ya no se sintió tan optimista. Bien podían haber viajado varias horas mientras lo mantenían inconsciente. Gracias a sus camionetas todo terreno no necesitaban caminos. Seguramente estaba en medio de la nada y en la peor zona posible. Con todo, la desesperación no podía encontrar un resquicio en el carácter de Francisco, y este se mantuvo calmado.

Repentinamente arreció un viento muy frío que pasó silbando en la oscuridad. Tenía que buscar algún resguardo. Apenas podía distinguir algo de su entorno. Por lo que palpaban sus pies descalzos y alcanzaba a ver, dedujo que se encontraba entre dunas de arena. Si no hallaba un resguardo contra el viento tendría que fabricar uno. Caminó un poco, atravesó un par de dunas, y al final se decidió por construir un refugio provisorio. Entre las crestas de arena, en la parte baja el viento golpeaba mucho menos, mas el que llegaba hasta allí igual era muy frío. Se puso de rodillas y comenzó a cavar con sus manos y antebrazos. Así creó una hondonada en la arena y se acostó en ella. Ahora estaba relativamente a salvo del viento, pero por otro lado el suelo le iba a quitar calor. Él sabía eso pero contaba con que la noche terminara pronto. Para mantener el calor se cruzó de brazos, tembló, se irguió varias veces, pero a pesar de sus esfuerzos el frío le llegó a los husos. Todo el cuerpo le temblaba ahora involuntariamente, los dedos de los pies comenzaron a dolerle, la piel se le erizaba a cada rato, y aquel viento helado que no paraba de soplar.

Las estrellas fueron perdiendo su brillo al ir desvaneciéndose la oscuridad del cielo. La transición le pareció lenta. No hay cosa que distorsione mas la percepción del tiempo que el frío.
Apenas el paisaje se reveló Francisco se puso en pie y, temblando, con los brazos cruzados y el cuello hundido en los hombros, trató de decidir hacia dónde ir. Todo lo que se veía era arena. ¿Qué rumbo debía tomar? Al ser tan grande el continente y al no tener ni idea de donde se encontraba, se vio obligado a elegir cualquier dirección; luego su suerte decidiría. Lo que le importaba ahora era salir de aquellas dunas; sabía que en el desierto puedes morir de frío durante la noche o de calor durante el día. Si al llegar el mediodía seguía allí, estaba muerto, así de simple. Ni consideró buscar huelas de neumático porque con el viento que sopló de noche seguramente se habían borrado. Eligió un rumbo y empezó a caminar. La arena hacía pesado su andar y en los repechos de las dunas tenía que dar varios pasos para avanzar un pequeño tramo. 

Por lo menos ese ejercicio lo hizo entrar en calor rápidamente. Las bajadas las hacía medio resbalando y dando grandes zancadas en el último tramo para tomar con algo de impulso la cuesta que comenzaba enseguida. Era un verdadero océano de arena. Dunas hacia todas las direcciones. Algunas tenías crestas muy afiladas, otras la cima arredondeada, y esas formas se repetían una y otra vez.

El sol se elevó de las arenas completamente rojo, mientras el cielo de su horizonte tenía tonos rosáceos y anaranjados. Aquel cielo encendido carecía de nubes, y lo que tomaba color de fuego era el polvo suspendido en la atmósfera; la marca de las sequías prolongadas. Las dunas ahora amarillentas proyectaban sombras desde sus crestas afiladas. Las partes con sombra permanecían aún frescas pero eso iba a durar poco.

Francisco luchaba por salir de allí. Tenía que poner todas sus fuerzas en aquel tramo, no podía descansar ni un momento. El desierto no calentaba de a poco, prácticamente se encendía con los rayos del sol. Pronto sus pies iban a sufrir por el calor de la arena. Si se lastimaba los pies, aquello era todo. Los maleantes que lo arrojaron allí lo sabían bien. Dejarlo vivo no fue nada humanitario; lo hicieron porque creían que lo estaban condenando a una muerte lenta y terrible.

Daba un paso en las subidas, resbalaba hacia atrás, volvía a subir fatigosamente solo para volver al punto de donde resbalara, y el calor que ya comenzaba a molestar. Podía tomar dos litros de agua sin descansar si la tuviera. La saliva ya se le volvía pastosa, los labios se le pegaban, sus fosas nasales ya estaban resecas y le entraba algo de arena con cada respiración. Tenía que salir de aquel lugar de muerte.

Tras vencer una gran colina inestable que se empeñaba en desbaratarse bajo sus pies, desde esa elevación vio que mas adelante el paisaje comenzaba a cambiar, y aunque seguía siendo arena, era un terreno mucho mas plano, sin crestas altas, y mas adelante, allá lejos, ¡había árboles! Francisco se sintió emocionado. Ciertamente podía avanzar mejor por aquel terreno, mas el asunto era cuán lejos estaban los árboles que divisaba. El desierto cada vez se calentaba mas.

Ahora entre la arena resaltaban piedras, y muy apartadas unas de otras, pequeñas plantas resecas, algunas ya sueltas del suelo, juguetes del viento en aquellas soledades. Él caminaba de espaldas al sol pero podía sentirlo subir por el cielo como si lo persiguiera, y no solo por su sombra que se iba acortando, también por lo caliente que empezaba a ponerse la arena. Tenía que hacer algo para proteger sus pies. En esa parte el suelo estaba sembrado de guijarros.

Tanteó sus bolsillos, no le habían quitado el pañuelo. Supuso que no lo notaron al revisarlo o tal vez no creyeron que fuera importante. Consideró que el pañuelo era muy delgado como para proteger sus pies, por lo tanto se lo colocó en la cabeza, así como lo usaban los piratas. Al menos su cabeza ahora estaba mas protegida. Para los pies se le ocurrió cortar parte de las piernas de su pantalón, que era grueso. Solo debía hacerse de alguna piedra afilada. A medida que avanzaba cada vez cruzaba por mas rocas.

El enemigo que se elevaba a su espalda ya quemaba con inclemencia. Los árboles distantes empezaron a borronearse en el aire recalentado y vibrante. ¿Cuánto mas tendría que caminar bajo la mirada inclemente del sol? Con todo, el cambio que iba teniendo el paisaje a medida que avanzaba le daba esperanzas. Cada vez pasaba por mas plantas, aunque estas eran pequeñas y no brindaban una sombra que pudiera usar. Francisco caminaba mirando hacia abajo, procurando alguna roca que le sirviera de herramienta.
Encontró una roca algo aplanada, un poco mas grande que un plato, que parecía ser lo suficientemente dura. La arrojó con fuerza contra otra similar y la roca se partió en un montón de pedazos, justo como él quería. Del choque se desprendieron varias lascas afiladas. Francisco sonrió. Una de las lascas hasta parecía ser un pequeño cuchillo, pues solo la mitad de su largo tenía un borde afilado y este terminaba en punta.

En las peores situaciones cualquier pequeño triunfo es bueno. Se quitó el pantalón para cortarlo mejor. Le sacó un trozo del largo de su pie a cada pierna y también cortó unas tiras. Su cuchillo primitivo cumplía muy bien la tarea. La idea era simple, la tela solo protegería la planta del pie y parte del costado, pues le pareció que era mejor que bajo sus pies la tela fuera doble. Cuando pudiera conseguir una corteza de árbol para usar como plantilla su calzado iba a mejorar notablemente, mientras tanto le iba a servir contra la arena recalentada y los molestos guijarros. Volvió a marchar.
Ahora se sentía mas optimista todavía. Tenía algo afilado en su bolsillo (una herramienta importantísima para sobrevivir en la naturaleza), una protección en los pies y algo cubriéndole la cabeza. Y aunque todavía los veía muy lejos, cada vez estaba mas cerca de los árboles.

El aire se recalentó tanto adelante que los árboles aparecían y desaparecían como si fueran un espejismo, mas seguían allí, con su promesa de sombra, recursos, y tal vez, agua.
Francisco trataba de no pensar en lo que le faltaba ni en la sed. Solo iba atento a cualquier posible recurso que encontrara en el camino. Tenía que recordar todo lo que sabía de supervivencia y así plantearse objetivos. Debía hacer eso mientras pensaba bien. Sabía que el calor afecta al cerebro.

Al toparse con unas piedras oscuras se detuvo y levantó una. Era algo muy parecido al pedernal. Tomó otra similar y las golpeó entre si, saltaron chispas; eran útiles para encender fuego. Se guardó dos pequeñas en el bolsillo. Hacer fuego en aquel horno le iba a resultar fácil, pero si no hallaba agua de nada le iba a servir.
Los árboles aparecieron nuevamente en el horizonte y ahora se los veía mas grandes. Mayor también era el calor. La arena y las rocas refractaban el poder del sol desde abajo empeorando todo. Empezó a agitarse. Sentía que le punzaban las sienes. La sed que lo agobiaba se volvía insoportable. Tuvo que hacer una breve pausa.
Luz amarilla, horizontes borrosos, aparentes espejos de agua a la distancia, y calor abrasador. En el cielo, ni una nube, y en el viento ni un rastro de frescor o humedad. Ahora, seguir sin parar también era peligroso, no podía dejar que los latidos de su corazón se dispararan, y con ellos la presión, las puntadas en las sienes, y un dolor punzante de cabeza que aparecía y desaparecía. Por eso caminaba un poco, paraba, respiraba hondo, seguía otro poco… y paso a paso se fue acercando a su meta.

¡Por fin! Allí estaban. A doscientos metros, cien, cincuenta, ¡sombra! ¡Ya estaba! Era una franja larga de árboles y arbustos. Francisco se sentó contra un tronco, jadeando. Ya no tenía saliva en la boca y la garganta le picaba por estar seca. ¿Habría agua por allí? Pensó que los árboles crecían en el lugar por alguna razón, y en los desiertos esa razón es agua. Notó que delante de él, entre los árboles, el terreno descendía, y por lo que alcanzaba a ver, se elevaba mas adelante. “¡Tiene que ser un curso de agua!”. Con solo pensar en agua se relamió los labios. Se levantó y fue a ver, lleno de esperanzas. Se imaginó un riachuelo transparente que corría entre rocas. Lo deseó con tantas ganas; pero no había nada, solo un cause seco. En la arena del fondo aún resaltaban las marcas de la corriente, mas aquello estaba tan seco como el desierto que vibraba allá atrás. Fue duro ver aquello. Se sentó en la barranca del cauce seco.

La esperanza de encontrar agua no se desvaneció del todo, podía encontrarla bajo el suelo en las partes mas bajas del cauce. Por el momento iba a seguir descansando entre las sombras. Se recostó hacia atrás y cerró los ojos.
El viento que pasaba entre los árboles era una dulce melodía que compensaba la ausencia de cantos de pájaros. Escuchó al rato un sonido muy leve que venía de una enramada baja que tenía a unos tres metros. Abrió los ojos y ladeó la cabeza. Lo que causaba el ruido apenas perturbaba las ramas al deslizarse sobre ellas; era una víbora enorme. El reptil bajó por la misma barranca donde colgaban desde las rodillas las piernas de Francisco. Era tan larga la víbora que, cuando su cabeza llegó al lecho seco, una gran parte del cuerpo aún se deslizaba entre las plantas. Francisco no movió ni un músculo. Cuando el reptil llegó a la mitad del cauce la arena pareció entorpecer su andar y comenzó a serpentear mas.
Francisco se descolgó de la barranca, que medía algo mas de un metro, y se agachó lentamente para tomar unas piedras redondeadas que se desparramaban por lo que antes fuera la orilla del agua. Cuando la víbora lo notó se volvió hacia él irguiendo buena parte de su cuerpo, amenazante. Era una especie venenosa y muy agresiva.

Por fin le iban a servir para algo las horas de la niñez y adolescencia desperdiciadas arrojando piedras con la mano hacia el río. El primer objetivo era el cuerpo del reptil, no su cabeza movediza. Falló la primer pedrada por muy poco. La víbora se echó hacia atrás, como tomando impulso, hamacó la parte erguida, reunió en espiral el resto del cuerpo y siseó mas amenazante aún. Enroscar el cuerpo no fue bueno para ella. La segunda piedra fue certera. Aquellos enormes brazos que sabían cómo utilizar también la fuerza de las piernas eran como catapultas. Tras el impacto la víbora se retorció de varias formas para después estirarse en clara huida. Era tan rápida que alcanzó a escabullirse a medias en un arbusto de la otra orilla, mas el cuerpo todavía expuesto recibió otro violento impacto. Confiando en que la cabeza estaba lo suficientemente enredada entre las ramas como para poder volverse rápido, Francisco dio unas zancadas y la tomó por la cola con la mano izquierda, aplicándole otra pedrada con la derecha. Ya estaba muy herida en varias partes mas su lado mas peligroso todavía estaba intacto. Tenía que sacarla de allí pero con mucho cuidado.

Retrocedió para jalarla hasta que la cabeza volvió a quedar sobre la arena. Esta vez el reptil optó por atacar. Se adelantó velozmente y proyectó su cabeza para dar la letal mordida. Francisco ya había calculado ese movimiento, aunque calculó bastante mal la rapidez del ataque, pues no estuvo muy lejos de morderle una pierna. Unos pasos mas hacia el costado y estuvo a salvo, y volvió a inclinarse para tomar mas piedras. El animal de nuevo intentó huir. Un proyectil surcó el aire seco y le quebró varias vértebras. Este marcó el destino de la víbora. No pudo dejar de retorcerse, y mientras lo hacía Francisco buscó una piedra mas grande. Ahora el objetivo era la cabeza. Vio su oportunidad y fue certero. La cabeza quedó bajo la piedra. No podía perder tiempo. Usando el cuchillo primitivo que se construyó le hizo un corte a unos diez centímetros mas allá de las glándulas venenosas y, levantando en alto el cuerpo decapitado, dejó que la sangre que emanaba del corte le cayera en la boca.

Había aprendido eso de un amigo militar. La sangre de reptil es bastante segura para los seres humanos y aporta líquido y minerales. El cuerpo de la víbora era bastante pesado y todavía se retorcía en sus manos, mas Francisco lo sostuvo así hasta que ya no cayó ni una gota de sangre, recién ahí lo dejó caer en el suelo. Se limpió el rostro con la mano y se relamió los labios. Tenía tanta sed que la sangre no le pareció desagradable como aquella vez que lo hizo para ganar una apuesta. La carne no le iba a ser útil por el momento porque sin agua no le convenía comer. Se le ocurrió que con aquel clima reseco podría secar la carne al sol, así como el cuero, algo que le podía resultar muy útil. Procedió a destripar y despojar de su cuero a la víbora. Un arbusto que había crecido algo apartado de la línea de los árboles, que por estar solo se había secado, le sirvió para colgar la carne de serpiente y el cuero. Regresó a la sombra en cuanto pudo.

A salvo del inclemente Astro Rey, exploró la arboleda buscando alguna corteza de tronco que le sirviera para mejorar su improvisado calzado. Otra ves su cuchillo primitivo le resultó extremadamente útil cuando encontró al árbol indicado. Pretendía colocar dos trozos de corteza de mas o menos el ancho y largo de sus pies entre las dos telas que formaban sus sandalias. La idea era sumamente sencilla, pero como siempre pasa, hacerlo le tomó mas tiempo y trabajo de lo que pensaba.

Cuando terminó se recostó boca arriba y cerró los ojos. Todavía tenía mucha sed. Por experiencia sabía que con una temperatura tan elevada y después de haber hecho una caminata larga su cuerpo necesitaba al menos cuatro litros de agua ese día, y solo había bebido sangre de serpiente, que a pesar del tamaño del animal no era mucha. Agua, todo se resumía a eso en aquel lugar. Andar allí en una estación normal ya sería difícil, con la sequía mucho mas.
Solo el viento producía algún sonido allí, aparte del algún esporádico crujido. La paz del lugar y el cansancio lo hicieron dormirse. Inevitablemente soñó con agua. Había una reunión familiar, no sabía por qué. En la mesa había comida y bebida. En el cetro sudaba una gran jarra de cristal llena de agua con hielo. Francisco la eligió en vez de las cervezas a gaseosas que estaban sobre la mesa. Esto le causó mucha gracia a sus parientes, que se echaron a reír todos a la vez; a él no le importó y rió también. Asió la jarra por el asa y la empinó. La dejó un momento en la mesa, para después volver a levantarla porque todavía seguía con mucha sed. Esto divertía enormemente a los que lo rodeaban, y cada vez reían mas. Después Francisco se dio cuenta que aquel agua no servía, que era falsa. A esa altura los otros ya convulsionaban de risa, ellos lo sabían. Despertó, abrió los ojos y pensó: “Maldito sueño loco”.

Se disponía a dormir de nuevo cuando escuchó algo. Era una repentina conmoción, gruñidos, ruidos de ramas sacudidas, y venían desde donde había colgado la carne de serpiente. Se apresuró hacia el lugar. Eran dingos, los perros salvajes de Australia. Era una jauría de diez perros. Algunos habían tomado la carne, después de saltar para conseguirla, y se la disputaban entre gruñidos y dentelladas. Uno había tomado el cuero y pretendía huir con él, pero como con cada paso lo pisaba con las patas delanteras en su apuro todavía estaba cerca del arbusto. Todos los dingos tenían una extrema flacura y les resaltaban las costillas. Miraron a Francisco enseñándole los colmillos. Tenían mucha hambre y no iban a dejar aquel botín. Él enseguida lo entendió, y solo se preocupó por salvar el cuero, la carne ya estaba perdida. Avanzó un paso gritando y agitando los brazos en alto. Tomó rápidamente unas piedras del suelo y, siempre gritando se las empezó a arrojar. Casi alcanzó al que pretendía el cuero, haciéndolo escapar sin su botín. El resto huyó también pero con toda la carne. Cuando tomó el cuero vio que este ya estaba seco. El sol y el aire caliente del lugar habían hecho en unas pocas horas el trabajo que en otras condiciones demoraría días.

Enseguida pensó que había sido muy imprudente, pues aquella jauría podría haberlo despedazado fácilmente de haberse animado. Sabía que normalmente no son animales que representen un gran peligro para el hombre, no porqué no sean poderosos, sino por su conducta; pero con una sequía asolando la región, la cosa era otra. Las sequías prolongadas crean devoradores de hombres en África, y aunque aquellos no eran leones, seguramente merodeaban el desierto buscando cualquier cosa, presas que normalmente no se atreverían a atacar. Y aquellos dingos indudablemente estaban desesperados. A eso se le había agregado algo mas; ahora lo habían asociado con comida, y seguramente le iban a seguir el rastro.
No demoraron en hacerlo. Apenas regresó a la sombra los escuchó volver, escondidos entre los árboles. Se había convertido en el potencial alimento de aquellos merodeadores del desierto.
Si moría de sed o por un golpe de calor o alguna otra cosa, no le desagradaba la idea de que los dingos se sirvieran de su cuerpo, pero mientras estuviera vivo iba a luchar, pues morir despedazado por una jauría era algo demasiado horrible.

Por el momento los depredadores se mantenían a distancia, cruzando aquí y allá, apareciendo brevemente entre los árboles mas alejados. Andaban agazapados, elevaban por momentos el hocico para olfatear el aire, y emitían cada tanto algún breve aullido.
Francisco, sin dejar de vigilar hacia todos lados, quebró una rama recta, se deshizo de sus ramas menores y le hizo punta al extremo mas delgado. La rama era lo suficientemente gruesa como para servirle de bastón y lanza. No creía tener muchas chances si los dingos se decidían a atacarlo todos a la vez, mas no podía cruzarse de brazos si eso pasaba.

El calor seguía dominando aquel paisaje a pesar de que la tarde ya estaba muy avanzada. Otra caminata lo iba a deshidratar mas pero debía hacerla porque tenía que escapar del territorio de la jauría. Se colgó en el cuello el cuero de serpiente y emprendió la marcha usando el cauce seco como camino.
Cada tanto volteaba y escuchaba. Lo estaban siguiendo. Cuando alguno se dejaba ver Francisco le gritaba y el dingo desaparecía entre los árboles, mas ninguno desistía del todo. Avanzaban comunicándose entre ellos con aullidos cortos, vigilando a la presa desde varios puntos.

Alcanzó una zona donde la línea vegetal se ensanchaba mas y también el cauce sin agua. Luego el arroyo seco se angostó pero a la vez su canal se hizo mas profundo. Esa parte estaba rodeada por árboles grandes y frondosos, los que seguramente brindaban sombra casi todo el día. Francisco se agachó y levantó un puñado de tierra, estaba bastante húmeda. Eso lo alegró. Buscó la parte mas baja y comenzó a cavar con su bastón. Escarbaba, retiraba la tierra con las manos y vigilaba su entorno. Sus “compañeros” todavía no lo abandonaban. Sus esperanzas de encontrar agua fueron creciendo con cada puñado de tierra que sacaba pues esta estaba cada ves mas fría y húmeda.

Cuando el pozo tuvo unos cuarenta centímetros la tierra se volvió barro. ¡Había encontrado agua! Lenta pero continuamente el pequeño pozo se iba llenando. Mientras esperaba que la tierra se asentara agrandó y emparejó los bordes del pozo con sus antebrazos. Tenía unas ganas enormes de beber aquel barro, se contuvo a duras penas. Para distraerse de esa idea se puso a evaluar su situación con los dingo.

Aunque parecían unos pobres perros tenía entendido que mas bien era lobos, por lo tanto supuso que seguramente el fuego los espantaría.
Por un momento tuvo la intención de hacer un fuego allí mismo y así defender su fuente de agua. Después consideró que tal vez el agua podría volverse otro motivo para que los dingos lo atacaran, porque seguramente también estaban sedientos, además, aunque tenía claro que querían comerlo, le pareció que sería cruel de su parte negarles el vital elemento. Al seguir pensando en eso se dio cuenta de que si él encontró aquel agua los dingos también podrían hacerlo en otro lado, mas de todas formas decidió abandonar su pozo una vez saciada su sed. Seguramente mas adelante hallaría otros lugares con humedad, supuso.

Con el paso de los minutos el agua aumentó y la tierra se depositó en el fondo. Acostado sobre su pecho bajó la cabeza hasta que sus labios tocaron el preciado líquido. Hacía pausas levantando la cabeza, vigilaba su entorno y después seguía bebiendo. Cuando sintió que su estómago estaba repleto se enderezó satisfecho.
Los rayos del sol que traspasaban el follaje ya eran casi horizontales. Dejó el pozo atrás y abandonó el cause buscando un lugar donde hacer fuego. La sequía le estaba cobrando su cuota también a la vegetación y había ramas secas y arbustos muertos por todos lados.

Mientras tironeaba de un arbusto muerto tuvo en cuenta que también podía subirse a un árbol. Buscó con la vista uno que fuera adecuado. No había ninguno. Al ver tres troncos que formaban un triángulo se le ocurrió otra cosa. Allí podría crear fácilmente un cerco que protegiera dos de los lados del triángulo. Si intentaban atacarlo tendrían que hacerlo por el frente, y ahí él pondría el fuego de por medio. Eso si le daba el tiempo para encender uno, porque las sombras de la noche ya crecían en la arboleda, aunque el desierto próximo todavía estaba dorado.

Primero colocó unos arbustos enteros entre árbol y árbol, después fue agregando gajos que medio entretejía con las mismas ramas. Cuando terminó un lado ya estaba casi de noche. Los dingos seguían en la cercanías. Ahora aullaban mas seguido comunicándose entre ellos. Sus ruidos sonaban aquí, desaparecían, sonaban mas allá, un aullido corto, otro que respondía. La oscuridad creciente parecía animarlos. Era la hora de la cacería.
No le iba a dar el tiempo para hacer lo que quería. Tenía que conformarse con solo un lado protegido. Se abocó a juntar leña. El apuro de la situación le brindó energías extras, y aquel ocaso se llenó de crujidos y ramas que estallaban al ser partidas por las formidables manos de Francisco, las mas gruesas se quebraban bajo su pie y el efecto palanca. Cuando descargó la leña en su improvisado refugio ya no veía casi nada, y todavía tenía que conseguir yesca. Salió de la arboleda para arrancar algunos pastos. Estaban tan resecos que sonaban en sus manos como si fueran cintas de un viejo casete. Cuando quiso volver al refugio, no lo halló. ¿Dónde diablos estaba? Repasó mentalmente sus pasos. Le pareció que se había desviado mucho hacia la derecha. La oscuridad se cerraba a cada segundo. Al toparse con una enramada la reconoció, era el refugio. La rodeó y quedó del lado correcto.

Abrió y destrozó una mata de pasto, tenía que deshilacharla lo mas posible para que tomara las chispas con facilidad. Hacía todo al tanteo. Cuando estuvo conforme con su yesca sacó del bolsillo las piedras que parecían pedernal y empezó a chocarlas entre si. La sequedad del ambiente era extrema. El pasto tomó fuego enseguida. Rápidamente le agregó ramas. Lo había conseguido, tenía fuego.
Una fogata siempre es reconfortante, y en la situación en que se hallaba Francisco mucho mas. Cuando las llamas se elevaron, las sombras de los árboles comenzaron a temblar, y a metros de él brillaron algunos pares de ojos, que ante la luz creciente se internaron en la oscuridad. Entonces Francisco supo que se habían acercado mas de lo que él calculaba. Aquellos animales eran astutos, solo aullaban los que estaban mas alejados mientras otros avanzaban hacia él sigilosamente.

La luz de una fogata crea claridad pero también todo un mundo de ilusiones: cosas que parecen moverse, ante la vista se crean formas grotescas, siluetas inquietantes, y siempre hay algún brillo que otro que no tiene explicación. A Francisco no lo inquietaban esas impresiones de la vista, le preocupaba el peligro real que merodeaba por allí. De alguna forma tenía que librarse de la jauría, sino estos cada vez serían mas confiados y terminarían atacándolo a como diera lugar. Y como si eso fuera poco, volvió a sentir sed. Y le esperaba una larga y horrible noche despierto.

Durante su adolescencia, además de jugar a arrojar piedras con la mano también se había fabricado unas hondas primitivas (después que leyó algo sobre los indios charrúas) y había practicado bastante con ellas. Mientras probaba con las manos la resistencia del cuero de serpiente, se le ocurrió hacer una honda con él. Analizando cómo hacerlo concluyó que el largo no era suficiente como para trenzar el cuero. Tenía que usarlo como si fuera una tela. No confiaba que durara muchos lanzamientos, mas era lo que tenía. Usando su cuchillo de piedra, paciencia y mucho ingenio, podría hacer algo que funcionara.

Los dingos seguían con su estrategia de aullar lejos y avanzar cautelosamente mas cerca de su presa. Y sus ojos aparecían brillando, para enseguida retirarse del resplandor. Francisco los escuchaba merodear moviéndose en círculos en torno al refugio, buscaban un lugar por donde atacar. Durante la madrugada aconteció algo que favoreció a Francisco. Algo cruzó corriendo ruidosamente por la arboleda, y por el ruido se notaba que era algo mucho mas grande que un dingo. En la oscuridad se produjo un encuentro, el de esa cosa y los dingos. Unos ronquidos mezclados con gritos agudos indicaron que se trataba de un jabalí. El jabalí salió disparado del lugar, y los dingos fueron tras él. Francisco escuchó que todos se alejaron a toda carrera persiguiendo a una presa común, hasta que finalmente todo quedó en silencio.

Después que terminó la honda la noche se le hizo larguísima. Al tener los sentidos aguzados por la difícil situación en la que se encontraba, escuchaba crujidos por todos lados, y aunque sabía que era por la sequedad del lugar no podía evitar quedar escuchando atentamente. Cuando la noche empezaba a ceder, volvieron los dingos, y esta vez estaban mas decididos. El jabalí se les había escapado, y famélicos a mas no poder avanzaron hacia el hombre con movimientos calculados y la mirada rabiosa. Francisco les gritó; no retrocedieron, solo se detuvieron a gruñirle. Al ver que estos no iban a retroceder así nomás supo que tenía que mostrarse mas agresivo. Entonces tomó de la fogata un palo que tenía la punta encendida, y con su lanza en la otra mano cargó contra el que estaba mas cerca. El dingo se agazapó como para saltar, pero cuando la lanza se proyectó hacia su cuerpo se quitó hacia atrás y salió huyendo. A pesar de la huída de ese, otros igual se animaron, la desesperación los obligaba. Francisco empezó a girar porque intentaban atacarlo desde varios puntos. El palo con la punta encendida dibujaba círculos rojos que iban de un lado al otro, mientras la punta de la improvisada lanza buscaba los cuerpos de los atacantes proyectándose en línea recta, para después volver rápidamente hacia la guardia del hombre.

Por suerte para Francisco no todos se animaron a atacar al mismo tiempo, lo hicieron solo los mas agresivos y el líder de la jauría; pero de seguir la lucha pronto todos se iban a animar. ¡Ser devorado vivo por unos perros! Porque no iban a esperar a que estuviera muerto para comerlo. Eso sí que era horrible. Colmillos hiriendo su carne, rasgándola, aplastando nervios. En las arremetidas del las fieras se escuchaba el golpe seco de las dentelladas que le daban al aire, aunque muy cerca de las piernas de Francisco. También la noche y el día estaban luchando, y la primera huía de las dunas del desierto para resistir unos minutos mas en la arboleda. Uno de los perros arremetió sin cautela y la lanza lo alcanzó. La punta era de madera pero la impulsaba un brazo musculoso y la decisión de sobrevivir, ese impulso que lucha continuamente por la vida, y que en circunstancias extremas provee de una gran fuerza, y en este caso el hombre ya era fuerte. El dingo lanzó un grito que se pareció a un alarido humano, y eso detuvo a los otros. El animal herido se retiró con un paso rígido que lo llevaba hacia un lado y luego hacia el otro, hasta que finalmente avanzó tembloroso para caer unos metros mas adelante entre las sombras. La mentalidad de manada hizo que los otros se alejaran también.

Francisco quedó respirando con fuerza, como un toro bravo, y dejó escapar un grito que sonó en la arboleda como su fuera un rugido. Esperó un nuevo ataque, mas este nunca llegó.

El sol apareció entre las dunas con mil fulgores que doraron las crestas arenosas y sus rayos de luz pasaron rozando las arenas, y al alcanzar la arboleda le mostraron a Francisco algo espantoso. Un dingo enloquecido por el hambre, al percibir la muerte cercana atacó al que había caído, y se le sumó otro, y otro, y pronto toda la jauría mordía y tironeaba al animal moribundo; y en un frenesí de colmillos, de un instante a otro lo abrieron produciendo un sonido repugnante, y todos se apretujaron sobre los órganos expuestos que todavía se movían, gruñendo, mordiendo y tragando vorazmente. Francisco desvió la mirada. Aquel lugar se había vuelto un infierno por culpa de la sequía. Cuando la existencia en un medio ambiente se hace mas difícil, las leyes de la naturaleza se dictan con mas fuerza, por lo que parecen mucho mas crueles, pero solo es la vida luchando para continuar.

Tenía que aprovechar aquel momento horrible para largarse. Entre los árboles cada vez estaba mas claro. Rápidamente arrojó tierra sobre el fuego, usando sus manos, y se marchó con cautela pero lo mas rápido que pudo. Atrás quedaron los gruñidos del horrible festín.
Tercera parte: http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com/2015/10/desierto-infernal-tercera-parte.html

9 comentarios:

Raúl dijo...

Bueinissimo Jorge!! cada vez se pone mejor!

Anónimo dijo...

Que obra maestra promete esta historia,cada parte y situacion es emocionante y tambien me deja nervioso por lo que vendra por la dificil situacion.Fuerza Francisco,idolo,se que lo lograras jeje..ademas aprendo mucho de tus historias que tambien son lecciones de sobrevivencia amigo..excelente segui asi maestro esperamos la otra parte..un abrazo..Willy

Jorge Leal dijo...

¡Jaja! Si aprendes de una obra de ficción así te va a ir ¡Jaja! Muchas gracias, Willy. Un abrazo.

Jorge Leal dijo...

Te agradezco, Raúl. Hasta la próxima.

Ongie Saudino dijo...

Guao master!. Excelente, parece que a Francisco todavía le espera un largo camino para sobrevivir. ¿Como es que sabes tantas cosas?. Como siempre, espero que Francisco sobreviva y pueda continuar. Jaja, haces que este alerta si me gano la lotería en un lugar alejado de mi hogar.Las historias de supervivencia son bastante buenas, espero que la puedas continuar. Espero la próxima historia. Saludos desde Venezuela!.

Jorge Leal dijo...

Gracias Ongie. Si no hubiera pasado quién sabe cuántas jornadas en el monte y en el campo este blog no existiría ¡Jaja! Hacía tiempo que quería escribir algo sobre supervivencia porque me encanta. Sobre Australia investigué un poco.
La historia ya está terminada y publicada hace meses; no la subo todos los días porque ahora me conviene así. ¡Saludos!

Anónimo dijo...

Me gusta como va lo aces de maravilla de unos de tu grandes admiradores juan de españa

Raúl sesos dijo...

Impresionante!!! Mil y una felicitaciones! Increíble!

Jorge Leal dijo...

Mil gracias, Raúl. Es bueno saber que les gustó. Hasta pronto.

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