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viernes, 23 de octubre de 2015

Desierto Infernal (tercera parte)

¡Hola! Hoy les dejo la tercer parte de este relato. 
Si recién llegas mejor lee primero la primera parte: http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com/2015/10/desierto-infernal-primera-parte.html



                                    La Casa-Matadero
Después de enfrentarse a los dingos la huida le resultó desesperante porque creyó que iban a salir tras él. Le parecía que en cualquier momento los vería aparecer corriendo entre los árboles. Pasó gran parte de la mañana mirando sobre sus hombros y atento al menor ruido que surgiera atrás mientras caminaba. Andando por el lecho seco puso muchos kilómetros entre él y el lugar donde pasara la noche. Por el momento no veía señal alguna de los dingos. No creía que el dingo caído en combate los hubiera saciado, le pareció que si no lo seguían era porque ya estaba muy lejos de su territorio. 

También empezó a intuir que había otra razón. De a poco le fue preocupando menos el asunto de los perros. Si se presentaban ahora tenía la honda y confiaba poder espantarlos a fuerza de pedradas.
La altura entre la ribera y las huella del cauce fueron disminuyendo, lo que indicaba que cuando había agua aquella parte era de muy poca profundidad. Se lamentó al pensar que se estaba dirigiendo hacia una zona mas seca. Descubrió otro indicio que afirmaba esa sospecha; la vegetación se estaba volviendo mas menuda a medida que avanzaba, eran principalmente arbustos y se entreveraban entre ellos abundantes matas de pasto.

Cuando el cauce se dividió en dos Francisco se detuvo y, tomando su bastón con las dos manos lo clavó en la arena delante de sus pies y bajó la cabeza con una exhalación de desaliento. En vez de volverse mas profundo como sucede normalmente, incluso sin sequía el arroyo casi desaparecía en aquella zona. El cauce se dividía regando una tierra mas amplia, lo que en años normales permitía la proliferación de una vegetación mas variada aunque de poca altura, pero cuando escaseaba el agua aquella parte era la primera que sufría las consecuencias. Su posibilidad de encontrar agua bajo tierra había quedado muy atrás. Volvió la mirada con cara de fastidio y amargura a la vez. ¿Tendría que volver al territorio de los dingos? Su situación se agravaba de nuevo. El calor ya era insoportable. La sed nuevamente le quemaba la garganta y resecaba los labios. Desandar lo que había avanzado con tanto trabajo, y quedar de nuevo a merced de los hambrientos perros era un gran retroceso en todo sentido. Por otro lado, si seguía estaba seguro que no mucho mas adelante iba a terminar en una zona árida. Evaluando sus opciones recordó que desde el amanecer había caminado entre las sombras de la arboleda sin ver si el terreno a su izquierda continuaba siendo solo dunas y rocas o era algo mas; y había otra cosa: ignoraba completamente qué había en la parte derecha de la línea de árboles pues hasta ahora se había mantenido en el mismo lado. Se decidió por explorar la parte derecha. Si el desierto en aquel lado no era mas prometedor iba a tener que volver sobre sus pasos, pero eso después de descansar un poco. En otro ambiente hubiera caminado casi todo el día, mas con aquella temperatura y estando deshidratado eso era peligroso. Si su temperatura se elevaba mucho moriría de hipertermia.

La arboleda era una gran línea resaltando en aquel paisaje amarillento. Francisco conocía solamente lo que había en una parte. ¿La otra sería igual? Para averiguarlo, después de descansar unos minutos atravesó la quebradiza vegetación en línea recta. Esa parte resultó ser un poco mas ancha que la otra. Lo primero que vio al salir a cielo abierto lo desalentó. Era un mar de arena, y mas allá de este se alzaban unas montañas desnudas y mayormente grises que se recortaban en un horizonte que parecía ardiente. Hacia ahí solo había muerte. Al seguir desparramando la mirada, el otro extremo se mostró mucho mas amistoso. Sobresalían en ese horizonte unas montañas mas pequeñas y de cimas redondeadas que estaban cubiertas de vegetación, lo indicaba el verde opaco que las cubría, y al pie de estas montañas también se veía vegetación. Francisco lamentó que aquel paisaje estuviera tan lejos, porque si no encontraba agua nunca iba a llegar hasta él. Al seguir mirando hacia ese lado, un resplandor repentino le hizo entrecerrar los ojos.

 Colocando su mano como una visera de gorro quiso descubrir qué era aquello. Su emoción no fue poca, era una casa. Estaba mas adelante pero no era muy lejos. Salió rumbo a ella pero sin abandonar la sombra de la arboleda, porque la vivienda se encontraba cerca de esta. Cuando dejaba de ver la casa por los árboles, se acercaba mas al exterior de la arboleda y la divisaba de nuevo. Hacía esto para no caminar de mas. Cuando estuvo frente a ella estimó que se encontraba a unos doscientos metros mas allá del borde de la arboleda. Al pensar que solo eso lo separaba del agua se relamió los labios sin quererlo; ya se estaban arrugando por la falta de humedad, pronto se le iban a cuartear y sangrar. 

La luz excesiva lo obligaba a forzar la vista. Le hubiera gustado ver una figura humana, o un perro u otro animal, mas no vio nada. Cerca de la casa se elevaban algunos árboles y se distinguían unos corrales. No había movimiento ni tampoco sonidos. Por esas pistas se le ocurrió algo pero trató de no pensar en eso. No podía ser que aquella casa estuviera deshabitada. Al abandonar la sombra el sol lo quemó desde el cenit del cielo. El pañuelo le protegía bastante la cabeza mas el calor lo atacaba incluso desde abajo al ser refractado por la arena. Recorriendo aquel pequeño tramo revivió la caminata del día anterior. Sol insoportable y arena calcinante.

Al acercarse, el pensamiento de que la casa estaba abandonada volvió y con mas fuerza. Se detuvo y golpeó las manos. Si había perros iban a salir a ladrarle con todo pero confiaba que sería solo eso, porque es lo que hacen los perros de los establecimientos rurales, siempre que no te acerques mucho. Mas no salió ningún perro. Eso no era bueno. Al alcanzar un corral de tablas resecas y resquebrajadas de tan viejas que estaban, descubrió que en este había un montón de huesos. Se arrimó a ver de qué eran. Por los cráneos supo que eran de cerdo. Los huesos se encontraban resquebrajados también, lo que indicaba que tenían varios años. 

“¿Qué diablos habrá pasado aquí?”, se preguntó. Siguió avanzando hacia la casa. Dos cercas que partían desde una esquina del corral formaban otro muy angosto que sin dudas era usado para separar y conducir a los cerdos, pues estaba separado por una portera. Esa extensión del corral llegaba hasta otro que estaba techado. Sin dudas era donde mataban a los cerdos. Uno de los lados de ese corral era una pared y había una gran puerta en ella. Por todo eso Francisco concluyó que era un matadero, no una casa. Bordeando la construcción encontró una puerta en el otro extremo. Al golpearla esta se abrió rechinando, como si protestara.

—¡Hola! ¿Hay alguien? ¡Estoy perdido y necesito ayuda! ¡Hola! —gritó hacia adentro. No respondieron ni se escuchó ningún ruido.

Entró. Como afuera había exceso de luz adentro no distinguió nada en un primer momento. Cuando su vista se acostumbró a aquella penumbra supo que estaba en una pequeña cocina. Era muy humilde pero tenía casi todos los utensilios que normalmente se hallan en una. Era un matadero pero también una casa. Algunas cacerolas colgaban en la pared mientras otras estaban sobre una antigua cocina a leña o sobre una mesa angosta. Empezó a revisar el lugar. En el interior de un frágil armario encontró vasos y platos, un par de jarras de plástico y algunos cubiertos, además de frascos con especias, un molinillo para pimientas y un salero. En una parte de este mueble descubrió unas cuantas latas de conservas; estaban vencidas, ya no servían. La única silla que se encontraba en la cocina tenía patas gruesas y la parte de sentarse era una sola gran pieza de madera de considerable espesor. Francisco la tanteó, aún estaba muy firme. Inspeccionando todo encontró una bolsa con varios kilos de sal gruesa. La bolsa estaba bien cerrada. Eso era un hallazgo valioso, pues donde hace demasiado calor es importante consumir sal, eso si se cuenta con agua, que era lo que todavía no encontraba.

En otro armario halló toda una provisión de whisky. Francisco hizo una mueca; no encontraba una gota de agua pero sí había varios litros de whisky. Divisó otra botella en un rincón, sobre el piso, apenas la destapó supo que era hipoclorito. En un cajón encontró varias velas y unas cajas de fósforos. Encendió un fósforo para ver si todavía servían; la falta de humedad los había conservado bien. Aquel fue otro gran hallazgo. Ahora ya no necesitaba las piedras, por lo tanto las sacó del bolsillo y las dejó sobre la mesa. Un farol colgaba de un alambre que llegaba hasta un tirante del techo. Francisco lo examinó, estaba muy estragado, ya no servía. Siguió avanzando cauteloso por la estrecha habitación. La ventana del lugar era de madera. La abrió para que entrara mas luz.

Todo lo metálico estaba oxidado y lo de madera resquebrajado y roto, a excepción de la silla, que todavía se mantenía fuerte. Por todo el lugar se veía polvo y hasta algo de arena sobre las cosas; eso era porque el techo tenía un gran agujero en aquella parte. Vio muchas telas de araña pero solo en los rincones o contra las paredes, por donde podía circular una persona no se cruzaba ninguna, Francisco observó eso. Dedujo que aunque el lugar lucía abandonado, alguien andaba allí a veces o lo había hecho recientemente. Eso explicaría la ausencia de telas de araña en algunas partes. Pensaba en eso cuando se detuvo en seco. Ahora sentía que no estaba solo. Era una sensación fuerte, como la que experimentaría uno al invadir furtivamente una vivienda que se sabe está ocupada. Por eso volvió a llamar gritando, mas de nuevo no obtuvo respuesta. La cocina tenía una puerta en medio de su pared izquierda y otra en el fondo. Fue a revisar primero la del fondo. El corazón se le aceleró mientras la abría. Era un cuarto pequeño con una cama derrumbada que al lado tenía una mesita que apenas se mantenía en pie, sobre ella encontró otro farol a queroseno, este en estado utilizable, aparentemente. En una de las paredes se destartalaba una especie de aparador con varios estantes, y sobre ellos aún se mantenían milagrosamente una gran variedad de objetos, desde herramientas de mecánica a rollos de pieles de animales. También había una desvencijada cómoda (un mueble con muchos cajones), y al lado de esta una silla igual de robusta que la de la cocina.

Fue a la otra pieza. Ya suponía qué había detrás de aquella puerta, era donde procesaban la carne de los cerdos. Había dos mesas largas, un montón de tachos plásticos, ganchos que colgaban desde los tirantes del techo, y en uno de los extremos resaltaba la abertura de un ahumador de carne. En una esquina estaban recostadas dos escobas y a su lado había un balde, y colgados de ganchos, dos faroles, al moverlos un poco comprobó que tenían combustible. Después halló una botella llena de queroseno. Luz no le iba a faltar. Al ver unos bidones que sin dudas se usaban para cargar agua, Francisco se precipitó hacia ellos y los levantó y sacudió uno a uno. Estaban vacíos. De todas formas le iban a ser útiles si hallaba agua. Cualquier botella o bidón es algo muy valioso para el que se encuentra en una situación de supervivencia. En una mesa mas pequeña se hallaban ordenadas varias hachetas y cuchillos de variados tamaños. Estaban completamente oxidados pero evidentemente todavía servían. Francisco tomó un cuchillo grande que parecía un machete y otro mas pequeño. Después sacó del bolsillo el cuchillo de piedra y lo puso sobre esa mesa. No era un cambio justo pero le pareció que no importaba porque de todas formas nadie usaba aquellos cuchillos. Pero, ¿si nadie usaba las cosas de la casa-matadero, quién rompía las telas de araña? “Mi teoría de las telas de araña debe estar errada”, pensó, mas todavía se sentía un invasor. La gran abertura de otro lado conducía al corral pequeño donde mataban a los cerdos.

Por lo reducido de la zona que no era parte del matadero, Francisco dedujo que allí había vivido solo una persona, seguramente alguien tipo ermitaño que se conformaba con cosas muy básicas. De no ser así hubiera construido una casa aparte del matadero. Pero, ¿por qué no se había llevado nada? Y estaba el misterio de los huesos en el corral. Francisco tuvo en cuenta que tal vez los cerdos enfermaron y por eso los mataron a todos, mas enseguida vio las flaquezas de esa teoría, porque si ese fuera el caso los hubieran enterrado o quemado. Después se le ocurrió que si el dueño del lugar tuvo que marcharse al quedar sin animales, tal vez se ahorró el trabajo de enterrarlos porque no iba a quedarse allí. Pero no tenía sentido que tampoco se llevara sus herramientas ni ningún utensilio. Casi inevitablemente se le cruzó otro pensamiento. Estaba la posibilidad de que el que vivía y trabajaba allí hubiera fallecido en el lugar. Sin nadie que los alimentara, los cerdos terminaron muriendo de hambre en su corral. Eso también explicaría por qué no se habían llevado nada de la casa. Esa posibilidad no le gustó nada. Giró mirando todo y después escuchó atentamente. Luego se reprochó a sí mismo por pensar en esas cosas. Aquel lugar era una oportunidad de oro para sobrevivir, y su situación era bastante mala como para andar deduciendo qué había pasado en aquel terreno; ahora debía ocuparse del presente y los peligros reales que lo acosaban. Lo que debía hacer era buscar agua. Tenía que haber una fuente del vital elemento por algún lado.

En aquella extraña construcción no había una puerta que diera al fondo, así que tuvo que salir por el corral. Saltó la valla y fue a ver qué había atrás. Halló primero un baño exterior que era una casilla de madera. Luego vio algo que lo hizo sonreír ampliamente, ¡un pozo de agua! Corrió hacia él. La boca del pozo estaba tapada con chapas, las quitó apresuradamente. Al inclinarse para ver el fondo, la decepción: no tenía agua. El fondo era todo oscuridad y no emanaba de él ni el mas mínimo olor a humedad. La sequía había chupado toda el agua.

Francisco levantó la cara hacia el cielo, con los ojos cerrados y apretando con sus dientes su labio inferior. ¡Maldita suerte! Bajó la mirada hasta el suelo, y con las manos en la cintura respiró hondo para calmarse. Ya algo repuesto de aquel golpe emocional reparó en una forma que viera por el rabillo del ojo mientras corría afanado hacia el pozo. Era un camión pequeño muy viejo, de los cincuenta, calculó. Estaba entre unos árboles que se mantenían bastante verdes. No quiso tener esperanzas de que el camión funcionara, pero de todas formas fue hasta él. Le pareció que la edad del vehículo nada tenía que ver con la fecha del abandono del matadero, que por la fecha de las latas de conserva se deducía serían unos siete u ocho años, tal vez menos. Debía tratarse de una carrocería vieja con partes mecánicas mas nuevas, o por lo menos reconstruidas. Mirando y tanteando la parte superior de la gran toma de aire encontró el mecanismo para abrir el capó. El motor, aunque era muy viejo, no era el original del vehículo y se veía en aceptables condiciones. Francisco pensó que de contar con una batería nueva y alguna bujía podría hacer arrancar al camión, pero dónde iba a conseguir una batería, y la del vehículo ya era inservible. Cuando sus ojos se posaron en el radiador inmediatamente se le ocurrió algo. Lo mas probable era que usaran agua común para aquel radiador. Si al radiador le quedaba algo debía estar llena de óxido y sería inservible, pero era muy probable que sobre el camión hubiera un contenedor con mas agua. Nadie conduciría un vehículo viejo por una zona árida sin llevar mucha agua.

Buscó en la parte de atrás. Había algo cubierto con una lona. ¡Era un bidón de agua! No estaba completo pero como era grande debía tener igual unos treinta litros. Francisco comenzó a reír. Tenía tanta sed… Cuando destapó el bidón le llegó hasta la nariz un nada sutil olor a podrido. El agua era transparente pero había estado mucho tiempo confinada allí y algún microorganismo había prosperado en ella. Si la tomaba así se iba a enfermar. Inmediatamente recordó la botella de hipoclorito. Con una pequeña cantidad de aquel desinfectante podría hacer que el agua nuevamente fuera bebestible. Cargó el recipiente hasta la cocina. “¿Cuánto tendré que ponerle de hipoclorito?”, dudó. Sabía la proporción pero no le salía la cuenta. Tenía demasiada sed. Decidió que con un pequeño chorro era suficiente. Tras verter cuidadosamente el desinfectante cerró el recipiente y lo agitó un poco y lo volteó un par de veces. Ahora tenía que esperar unos minutos. 

Su suerte había girado nuevamente, creyó. Contaba ahora con un techo, agua como para varios días y un montón de cosas mas. Si volvía al desierto lo iba a hacer completamente equipado, lo que aumentaba enormemente sus posibilidades de sobrevivir. Mientras esperaba que el desinfectante hiciera su trabajo fue hasta el cuarto para revisarlo mejor. Una cortina de lona toda deshilachada cubría la ventana del cuarto, la hizo a un lado. Empezó a revisar los cajones de la cómoda. En el mas grande había ropa. Francisco silbó asombrado al desdoblar un pantalón; era mas grande que los que usaba él. El que vivió allí era un tipo inmenso. De ese cajón pasó al de abajo porque dedujo que allí estarían los calzados, y no se equivocó. Solo eran cuatro pares y la mitad eran botas cortas de cuero. Las midió con su pie. Le iban aquedar un poco grandes pero le protegerían mas los pies que las improvisadas sandalias que llevaba puestas, aunque estas hasta el momento le habían servido muy bien. Una especie de mochila rústica de cuero colgaba de un clavo clavado en la pared. Tras descolgarla la volteó y sacudió para que cayera lo que tenía adentro. Era consciente que en Australia hay muchas arañas venenosas; no se iba a arriesgar metiendo la mano en aquella mochila. Resultó que estaba vacía. 

Le llamó la atención una piel que estaba arrollada. Aún era flexible y su pelaje muy suave. Francisco no supo de qué animal era. De lo que fuera, iba a hacer mucho mas cómodas sus noches en aquel lugar infernal. Al revisar una chaqueta, también de cuero, silbó nuevamente. El dueño de la casa no solo debía ser muy alto, también debía ser muy ancho de espaldas. “Invadí la casa de un gigante”, pensó sonriendo. Halló también un sombrero de alas similar a los que usaban los vaqueros en el Viejo Oeste. Lo golpeó varias veces contra su pierna para quitarle el polvo. Sin dudas le iba a quedar algo grande pero con algún pequeño ajuste le iba a servir. Tomó un par de botas, el sombrero, la chaqueta, la mochila, otras prendas y la piel, y las llevó afuera donde las sacudió para después colgar todo sobre las maderas del corral. Tenía que limpiarles el polvo y asegurarse que no escondieran alguna araña. 

A esa hora el sol estaba mas inclemente todavía y todo el paisaje parecía estar detrás de una cortina apenas traslúcida y movediza que ondulaba en todas partes. Antes de volver a la casa echó un vistazo en derredor, solo había soledad y calor. Al entrar de nuevo solo tenía una cosa en la mente, ¡por fin iba a beber algo! Lavó un vaso con whisky, para no gastar agua en eso y de paso desinfectarlo, y después lo llenó de agua y se sentó a beber. Se sirvió varias veces. Le pareció el mejor agua que probó en toda su vida. Suspiró después de bajar el último vaso. Con el estómago lleno de agua evaluó su nueva situación. Ahora contaba con muchos recursos, lo único que no tenía era comida. Eso no le preocupaba mucho porque sabía que en un clima como aquel podía pasar días sin comer sin que lo afectara tanto, aunque lo ideal sería reponer las energías perdidas para no perder su fuerza. Planeó ir hasta la arboleda al atardecer. Tal vez podría encontrar algo.
Sentía ganas de descansar, mas si pretendía pasar la noche allí primero debía acondicionar un poco el lugar. Se hizo de una de las escobas que estaban en el matadero y fue hasta el cuarto. No le interesaba la limpieza del piso, le preocupaban las telas de araña y sus hacedoras. Sacó de la casa los restos de la cama derruida y aquella cosa que algún día fue un colchón. El trabajo no fue poco, y tuvo que pisar varias arañas o aplastarlas con la escoba. Mientras lo hacía siguió experimentando aquella rara sensación de estar invadiendo algo ocupado. “¿Será que siento esto porque el lugar no está vacío”?, pensó, y volvió a escuchar atento. Terminada esa tarea se abocó a restaurar los cuchillos que tomó del matadero. Les quitó casi todo el óxido clavándolos varias veces en la tierra, después, usando una de las pieles y arena los lijó hasta dejarlos brillantes. 

Una buena afilada en una piedra del matadero y quedaron como nuevos. “No hay como el acero de antes”, pensó Francisco al tocar con cuidado el filo. Satisfecho con su trabajo resolvió que sería bueno tomar una siesta. El sol seguía quemando desde lo alto del cielo. Todavía faltaba mucho para el atardecer.
Usó de almohada un rollo de pieles que sacudió y observó durante un rato. Se acostó boca arriba, sobre el piso, que a esa hora brindaba un frescor agradable, y se durmió enseguida pues tenía mucho sueño.

De pronto sintió que había alguien a su lado y le pareció que el extraño estaba inclinado hacia él, viéndole la cara desde muy cerca. Abrió los ojos y medio se incorporó violentamente. No había nadie. La casa seguía profundamente silenciosa. Supuso que aquello fue parte de un sueño.

Salió a ver qué tan bajo estaba el sol; ya estaba muy cerca de las montañas desnudas que resaltaban a su izquierda. Era una buena hora para salir a cazar o recolectar algo. Volvió a entrar con la piel, las botas y las otras cosas. Envolvió el cuchillo grande en un cuero y lo puso en la mochila. Se calzó las botas. No iba a ir con muchas cosas porque calculó que solo le quedaba como una hora de luz. Tomó un par de vasos de agua y partió, con su bastón-lanza en la mano y la mochila con el cuchillo en la espalda. Todavía estaba calor pero era soportable. Después de pasar el corral de los huesos se desvió bastante hacia la derecha, para acceder a la arboleda por un lugar distinto al que salió. En esa parte del terreno había muchas rocas. La línea de árboles de mas adelante no parecía ser muy prometedora.

No llegó a los árboles. Se detuvo repentinamente al ver algo; fue una cola delgada, seguramente de reptil, que terminaba de esconderse bajo una roca. Francisco se agachó a ver qué era; supuso que se trataba de una serpiente pequeña o un lagarto. La rendija por donde se había metido era muy delgada. “Denme una palanca y moveré el Mundo”, pensó confiado, y acto seguido introdujo su bastón bajo la piedra. Levantó un poco la roca, y con otro esfuerzo la hizo a un lado. Se sintió bastante estúpido por hacer aquello. Era una víbora mucho mas grande de lo que supuso y ya estaba enroscada y lista para atacar. El salto hacia atrás apenas lo salvó de la mordida. Cuando el reptil replegó el cuerpo para atacar de nuevo, un extremo del bastón le quebró unas vértebras. Entonces la cabeza del animal se rodeó del espiral convulso de su cuerpo que se retorcía y deslizaba velozmente sobre si mismo. Francisco tomó una roca mas grande que su puño y esperó a una distancia segura. Cuando la cabeza quedó al descubierto la piedra hizo su trabajo.

Volvió a la casa con la víbora colgando de su cuello. La limpió y tiró los restos en el corral, y de allí mismo sacó a la fuerza algunas maderas resecas. Calculó que la cocina a leña de la casa era muy probable que tuviera la chimenea tapada de mugre. Era mejor cocinar la víbora afuera. Los fósforos le facilitaron la tarea de encender el fuego. Colocó la víbora sobre una chapa que encontró en un costado de la casa y se sentó a esperar. Las sombras de las montañas, aunque muy lejanas, llegaron hasta allí rápidamente cuando el sol se escondió tras ellas. Francisco, mirando las llamas, pensó en lo siguiente que iba a hacer. 

La distancia de las montañas que prometían mas recursos no era gran cosa para él, pero bajo el sol todo cambiaba. Tenía que eliminar ese factor, y solo podría hacer eso si viajaba de noche. Si usaba uno de los faroles en la caminata esta resultaría mucho mas segura, solo debía procurar que funcionaran bien. Con esto en mente, entró a la casa iluminando sus pasos con un trozo de madera que tenía la punta encendida, adentro ya estaba oscuro. No quería ni pensar en el asunto, pero seguía sintiéndose incómodo en aquel lugar. Volvió a la fogata con uno de los faroles en la mano. Se encontraba en muy buen estado.

Ya tenía un plan, iba a realizar una caminata nocturna, mas no sería esa noche. Lo mas sensato era descansar esa y el día siguiente y emprender el viaje al atardecer. Eso era lo mas sensato, pero algo en su interior quería revelarse contra ese plan, pues no quería quedarse allí.

Como para conformar un poco a esa parte de él que quería largarse de aquel lugar cuanto antes, decidió acomodar y empacar todas las cosas que iba a usar. Lo hizo en la cocina, a la luz de unas velas. Guardó en el bolso todo lo que había considerado útil, incluidos dos bidones pequeños llenos de agua. Al grande iba a tener que cargarlo en la mano. Hizo una lista mental de las cosas para ver si no olvidaba nada. Estaba listo. Mientras hizo eso no dejó de poner atención a su entorno. Tanta precaución le parecía absurda pero no podía evitarlo. Renunciar a un techo solo por una sensación no era lógico. Quiso convencerse de que los peligros estaban allá afuera y eran muy reales, adentro no había nada.

De regreso a la fogata que ardía en el exterior, dio vuelta la víbora para que cocinara parejo, y no mucho después estuvo lista. El sabor de aquella carne no era nada nuevo para él, pero al igual que el agua le pareció que era la mejor que había probado. Comió lentamente, masticando bien, y solo terminó un pedazo. Su comía apurado le iba a hacer mal, por el largo ayuno y el día entero que había estado desidratado. Hizo una generosa pausa mientras pensaba. Volvió a comer otro trozo. Así prolongó su cena hasta muy entrada la noche. Satisfecho, reparó en la oscuridad silenciosa que lo rodeaba. Cielo estrellado y suelo oscuro presentaban el mismo silencio. Aquella tierra no estaba vacía pero parecía estarlo. Distancia y monotonía hacia todos lados.

Después de porfiar un rato con el sueño, colgó lo que le quedaba de carne en un gancho que había afuera, ese sería su desayuno, y entró a la casa. Aunque le pareció que no tenía sentido, igual recorrió la casa-matadero espantando las tinieblas con el farol, desplazándolo con el brazo adelantado hacia un lado y hacia el otro para iluminar todos los rincones . Finalmente fue a acostarse al cuarto. Antes de apagar el farol encendió dos velas que colocó en los rincones “Por si aparece algún bicho”, pensó. Se engañaba, simplemente no quería dormir en aquella oscuridad. Acostado sobre la piel mas grande y con el cuarto bien iluminado, cerró los ojos y trató de no pensar mas.

Despertó bruscamente. En la cocina había ruido, tintineaban utensilios que chocaban unos con otros como si los estuvieran moviendo, y así era. Se escuchaban pasos, y una voz potente y grave rezongaba en inglés. La voz murmuraba, maldecía, y aquellas palabras tenían las características, por lo arrastradas y confusas, de ser las de un borracho. Todo el ruido paró de pronto y lo sustituyó un silencio crudo. ¿Acaso el que andaba en la cocina había percibido su presencia y se había detenido a escuchar? Francisco, sin levantarse, estiró el brazo para tomar la mochila con sus cosas. Mientras se levantaba lentamente empuñó el cuchillo grande. Él había invadido la casa pero por necesidad. Iba a tratar de no confrontar al otro, pero si lo atacaban se iba a defender. Agudizó al máximo sus oídos. Nada, solo silencio. Si el otro aún permanecía en la cocina debía estar inmóvil y respirando apenas, creyó.

Sus sentidos estaban en alerta máxima. Trataba de respirar lentamente pero el corazón se empeñaba en golpear con fuerza contra el pecho. ¿Estaría tan silencioso el otro? Los ruidos habían llegado hasta aquel extremo de la cocina, si el que andaba allí se había retirado, tenía que ser tan sigiloso como un gato. También había otra explicación. Trató de no pensar en ella pero fue inútil. Lo que había causado el ruido, el dueño de aquella voz de bajo, era un ser espectral, un tipo de fantasma o aparición. Todos sus temores aparentemente infundados se cumplían, pues eran la mejor explicación de lo que acababa de pasar. Recién había escuchado a un borracho, ¿cómo alguien en ese estado de pronto va a quedar inmóvil y sigiloso? No, aquello no era un hombre, por lo menos ya no desde hacía mucho tiempo. Lo que había refunfuñando en la cocina era un fantasma ¡Estaba en la casa de un fantasma! Especulaba eso cuando un grito horrendo hizo temblar toda la construcción; el susto lo hizo dar un salto. No era un grito humano. A ese le siguieron otros y pudo distinguir que eran gritos de cerdo, venían del corral de afuera, del pequeño que estaba contra el edificio.

“¿¡Qué está pasando aquí!?”, se horrorizó al pensar. No podía ser que alguien hubiera traído a un cerdo para matarlo allí. Aquello debía ser algo sobrenatural. Se puso la mochila en la espalda y tomó las otras cosas que iba a llevar. Una seguidilla de gritos seguía reverberando en las paredes. Por último encendió el farol, levantó el bidón grande de agua con la mano izquierda, y desesperado por salir de allí abrió la puerta de golpe. La cocina estaba vacía. La atravesó como un viento. Ya afuera se sintió mas seguro. La luz también le brindaba algo de confianza. Cada grito lo hacía estremecer igual. Pensó en largarse en aquel mismo momento.

Había dado unos pasos cuando se detuvo. ¿Y si realmente era un cerdo, y si había alguien allí? Los gritos se oían también afuera, tal vez era algo real. Francisco después maldijo esa decisión. Manteniendo prudente distancia con la casa fue a ver de qué se trataba. Se fue asomando de a poco hasta que lo vio. Estaba en el corral, era la figura robusta de un tipo enorme. Tenía piernas larguísimas, un abdomen de tonel, unos hombros extremadamente anchos, y sobre ellos una monstruosa cabeza de cerdo. Aquella aparición grotesca, pesadillesca, volteó hacia Francisco y abrió todavía mas su boca de cerdo al tiempo que lanzó otro chillido espantoso. La cabeza grotesca tenía una mirada terrible que era humana, lo que la hacía mas aterradora, pues sus ojos miraban con una malicia casi indescriptible, con un odio sumamente profundo.
Francisco, completamente aterrado, retrocedió trastabillando, seguido por la mirada de la aparición. Solo cuando se había separado una buena distancia se atrevió a darle la espalda al lugar y correr. El agua de los bidones se sacudía violentamente. Cada pocos pasos miraba sobre su hombro, temiendo que aquello apareciera detrás de él.

Cargaba unos cuantos kilos pero por el susto no los sintió en el primer tramo de su huida. Enderezó rumbo a las montañas que prometían recursos. Cuando consideró que se había alejado unos cientos de metros se detuvo a recuperar el aliento. Los gritos de la grotesca aparición habían cesado.

Años atrás, durante una calurosa tarde, el viejo Smith despertó de pronto de sus siesta. Había un gran alboroto en el corral de los cerdos. La vieja cama crujió cuando Smith se sentó y también cuando se puso en pie. Salió del cuarto y atravesó la cocina refunfuñando. De pasada tomó una botella de whisky y empinó un trago. ¡Malditos cerdos, siempre armando alboroto...!, maldijo Smith mientras tapaba la botella y miraba con rabia hacia donde venía el ruido. Tomó un palo que siempre dejaba cerca de la puerta y enderezó hacia el corral a grandes zancadas. Smith medía mas de dos metros, y aunque ya era viejo los años aún no podían encorvarle la espalda de gigante. Solo su cara delataba su verdadera edad. Tenía el pelo corto y muy canoso, un espeso bigote blanco, y entre las muchas arrugas del rostro resaltaban apenas sus ojos celestes, pues siempre los tenía entrecerrados, como si desconfiara de algo todo el tiempo. Todo el whisky que bebía tampoco parecía estragar aquel cuerpo de coloso. Lo que tomaba se evidenciaba solamente en su carácter, que incluso sin alcohol ya era violento y con un genio terrible, siempre dispuesto a explotar. Cuando hablaba casi siempre era para maldecir o refunfuñar con él mismo.

El escándalo en el corral era porque dos cerdos machos se estaban peleando. Los animales estaban tan alborotados que no notaron la llegada de Smith. Un cerdo recibió un garrotazo en el lomo, lo que le arrancó un grito. Cuando los demás animales vieron al viejo blandiendo el palo estallaron de pronto gritos mas agudos y desesperados que los ocasionados por la pelea de los machos; a fuerza de palos los animales habían aprendido a temerle.
El viejo se abrió paso entre los cerdos dando palazos a diestra y siniestra. Los animales, tratando de huir corrían en círculo contra las maderas del corral, pechándose entre ellos y gritando. Smith lanzó una risotada potente pero esta se cortó de pronto. El viejo se llevó la mano derecha al pecho, hizo un gesto de dolor, dio un paso, le temblaron las piernas y cayó boca abajo en el suelo.

Tanto miedo le tenían los cerdos que por varias horas se mantuvieron alejados del cuerpo. Se movían por los bordes del corral, se detenían cada tanto pero sin dejar de mirarlo, y olfateaban el aire ruidosamente agitando sus enormes narices. Cuando se dieron cuenta de que el viejo ya no representaba un peligro algunos se atrevieron a olfatearlo de cerca, y después todos se animaron, hasta los mas pequeños. Aquel gigante que solía aporrearlos ahora estaba allí, tieso boca abajo, y hasta podían empujarlo con el hocico. Al caer la noche el cuerpo dejó de ser una curiosidad, solo era un objeto que les estorbaba el paso. Al llegar el día la situación cambió de nuevo. La comida de la mañana no llegó y los animales comenzaron a impacientarse. Habían desarrollado miedo hacia el viejo pero también lo asociaban con la comida, y al faltar esta se arrimaron al cuerpo. Uno empezó a masticarle la mano, y de pronto todos mordían, arrancaban trozos de tela a tirones, y buscaban la carne. Los cerdos consumieron todo. Con el paso de los días, al no tener nadie que los atendiera algunos animales empezaron a morir. Los mas fuertes se alimentaron de estos, pero al final todos murieron.

En el pueblo lejano donde el viejo acostumbraba vender sus productos notaron su ausencia, mas como nadie se llevaba bien con él y era un hombre de temer su desaparición resultó ser un alivio para todos. De todas formas, que no apareciera mas despertó la curiosidad de los habitantes, y algunos pensaron en ir hasta la casa. Al final ninguno lo hizo, por falta de tiempo y otras excusas. A alguien se le ocurrió que Smith se había marchado a una ciudad grande y esa especulación se tomó como un dato real, y ya nadie se preocupó por la desaparición de aquel gigantón malhumorado y violento. Smith ahora estaba muerto, consumido por cerdos y olvidado, pero a pesar de todo eso aquel no fue del todo su fin. En la propiedad del viejo, aquella situación horrible creó una energía insana que se volvió sobrenatural, y alimentado con aquella energía el viejo Smith apareció una noche en el corral. Y desde esa vez vaga por la casa-matadero y los corrales todas las madrugadas. La aparición está unida a los cerdos, por eso su aparición tiene esa cabeza monstruosa. Recorre el lugar refunfuñando como en vida y tiene la consistencia suficiente como para romper telas de araña a su paso.
Continúa...
Última parte: http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com/2015/10/desierto-infernal-ultima-parte.html

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy Bueno, pero.., hasta ahi llego?

Belén Duran dijo...

Me encanto !!! Quiero más !!

Jorge Leal dijo...

Hola Belén. Gracias. Solo queda otra parte, la subo el lunes. ¡Saludos!

Jorge Leal dijo...

Gracias. Sí, hasta ahí llegó. No puse que fuera el final y a lo último dice "Continúa", pero si para vos no está claro que sigue, sí terminó. ¡Jajaja!

Ongie Saudino dijo...

Vaya, vaya. Esto se está poniendo cada ves mejor. Está bastante interesante esta parte, en cualquier parte del mundo hay fantasmas. Francisco debe ser un tipo más que preparado, ya que si yo me encontrara una botella de hipoclorito no lo sabría con sólo olerla. Pero si Francisco logra salir de esta aventura, sólo tiene que llamar a Guillermo para que elimine a ese fantasma con su poder. Seguramente no es uno de los peligrosos, pero si puede romper telarañas tendrá alguna peligrosidad, igual tiene que irse. ¡Buena parte amigo!. ¡Espero la próxima parte!. ¡Saludos desde Venezuela!.

Jorge Leal dijo...

Como no vas a distinguir el hipoclorito ¡Jaja! Bueno, tal vez no puedas, pero el personaje es uruguayo y aquí se han hecho muchas campañas donde se enseña a usarlo, y su madre era enfermera ¡Jajaja! Estaría bueno juntar a estos personajes, tal vez juntar o otros también y que ayuden a Guillermo. Pero al cazador de fantasmas no lo situé en ningún país en específico, ahí se complica, a no ser que los lectores pasen por alto eso ¡Jeje! Habría que ver. Muchas gracias. ¡Saludos!

Anónimo dijo...

Para una pelicula maestro, super la historia,me concentre tanto que no escuche a mi perro llegar y me dio un pequeño susto jaja..pasa que tus historias me atrapan y sumergen amigo..esta buenisimo a subir ya la otra parte jeje..saludos..Willy

Jorge Leal dijo...

Vas a morir del corazón así ¡Jaja! Gracias. ¡Saludos!

Raúl sesos dijo...

Andas escribiendo cuentos tan buenos que ahora no me da el tiempo para leerlos todos jaja! Felicidades Jorge, sos un grandioso escritor

Jorge Leal dijo...

¡Gracias, Raúl! Trato de seguir mejorando para ser realmente un escritor ¡Jaja! Pero me alegra que te guste lo que hago ahora. Un abrazo.

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