¡Advertencia!: Todas las obras del blog le pertenecen a Jorge Leal. Prohibido tomarlas para cualquier fin sin consultar antes al autor. Y en todos los casos se deberá citar la fuente y el autor, y no se podrán usar con fines comerciales.

Buscar en este blog

domingo, 18 de octubre de 2015

El Detective

John Smith se parecía a cualquier cosa menos a un detective. Incluso su nombre era tan corriente que sonaba a falso. Cuando lo conocí ya pasaba de los cincuenta años. Era de estatura mediana, flaco, usaba el cabello dividido en dos justo en el medio de su cabeza, y esta para su complexión era muy grande, especialmente su frente. En su cara resaltaban dos arrugas que acompañaban casi todo el largo de la nariz y terminaban un poco mas allá de las comisuras de su boca. Tenía la nariz pequeña y aplanada. Sus ojos negros parecían verlo todo. Su apariencia tan corriente contrastaba con sus capacidades mentales que eran muchas e impresionantes.
Hacía poco que yo había ascendido a detective de homicidios...
Franco Sosa es mi nombre. Nací y crecí en La Ciudad De Los Árboles, esta urbe de diez millones de personas tan particularmente salpicada de plazas, parques y avenidas con árboles, de ahí su nombre. Pero esta constitución tan particular de la ciudad, en vez de hacerla un lugar ideal para vivir, por culpa de las fluctuaciones de la economía hace décadas que se convirtió en un lugar con áltos niveles de delitos. Después de diez años patrullando en las calles y tras haberme especializado logré que me trasladaran a la jefatura, mas concretamente a la sección homicidios. A los policías les gusta que los novatos se sientan como novatos, y la única mano que me recibió francamente fue la de John Smith.

En ese entonces creí que solo era un empleado administrativo porque durante varias jornadas lo vi solo en su pequeña oficina rodeado de papeles que se apilaban por todo el escritorio. Se lo veía sumamente concentrado, su máquina de escribir casi echaba humo de lo rápido que tecleaba, y durante el rato de descanso siempre leía en solitario. Enseguida advertí por los libros que leía mucho mas rápido de lo que escribía. Me sorprendí bastante cuando me enteré que también era detective. A las pocas semanas supe su historia. Había resaltado como policía y al ser detective demostró unas capacidades muy superiores a la de sus compañeros. Eso deduzco que no le cayó bien a mas de uno porque comparados con él parecían tontos.

Y en la jefatura algunos tenían inconvenientes mas grandes con él; ellos eran corruptos y él honrado a toda prueba. Mas rápido de lo que sus compañeros supusieron, John Smith juntó pruebas de que eran corruptos y se las presentó al jefe. El viejo aparentemente no desconocía las actividades oscuras de sus subordinados, solamente miraba hacia un lado. Cuando John Smith presentó todas aquellas pruebas el jefe tuvo que actuar y además de despedir a los detectives corruptos los arrestaron. El viejo actuó a regañadientes, y después que el asunto se enfrió recluyó a Smith a aquella diminuta oficina. Por lo que dicen, Smith intentó luchar contra esa injusticia pero en esa fecha sufrió una terrible desgracia; su esposa falleció. Eso pareció quitarle las energías al detective y se resignó a estar rodeado de papeles.

El jefe de esa época fue reemplazado pero él siguió allí. Sus compañeros lo preferían así, mas cuando tenían un caso complicado entre manos le pedían ayuda; el resolvía el caso y volvía a su oficina sin recibir nada de crédito. Y así fueron pasando los años y aquel hombre extraordinario aceptó ese papel como si fuera su destino. Gran parte de esto lo deduje, porque obviamente los detectives no lo iban a reconocer abiertamente. Puedo afirmar eso porque con el tiempo lo vi varias veces. Siempre recordaré la primera vez que lo vi en acción. En caso en un primer momento pareció ser fácil. César Sellers, un tipo de treinta y cinco años, había sido asesinado en su caso. Se encontraba sentado en un sofá frente a la tele, tenía la cabeza rota por un objeto contundente. Deducimos que se durmió mirando televisión y su asesino lo sorprendió así. Fuera de la casa había tres perros rottweiler muertos, claramente envenenados. La víctima vivía con Mari Lee, una anciana de sesenta años que era su única empleada. Ella lo encontró por la mañana y llamó a la policía. La tragedia había ocurrido por la madrugada, cerca de las cinco, según el forense. La anciana decía no haber escuchado nada, lo que no era sorprendente porque la víctima evidentemente había sido sorprendida. No parecía que hubieran robado algo y Mary Lee confirmó eso.

Enseguida nos enteramos que el tipo era un mujeriego perdido. Naturalmente, sospechamos entonces de alguna ex pareja o un marido ofendido, pero no hallábamos ninguna pista. En el terreno no hallamos huellas, tampoco encontramos algo en el muro que rodeaba la propiedad, ni fuera de esta, y fuimos muy minuciosos y éramos varios trabajando juntos. El veneno usado para matar a los perros era muy común y no nos condujo a nada. Entonces desviamos nuestra atención hacia la empleada, pero por el estado de aflicción en el que se encontraba y la falta de motivos, la descartamos rápidamente. Nuestras investigación indicaba que los los dos se llevaban bien, que él la trataba mas como a una madre que a una sirvienta. Además ella perdía mucho con su muerte porque quedó sin trabajo y a su edad ya no iba a conseguir otro. Como todavía no se jubilaba iba a tener que vivir con una hermana y evidentemente esa situación no le agradaba mucho. Nuestro asesino era alguien de afuera. Cuando llegamos a un punto muerto uno de mis compañeros sugirió que le pidiéramos ayuda a John Smith. Me ofrecí como voluntario. Ya había escuchado varias cosas de él y quería verlo en acción. También quise ser yo el que se lo pidiera para hacerlo con respeto y que así supiera que no era igual a los otros.

Aceptó enseguida. Me arrimó una silla que tenía en un rincón y luego leyó los detalles de la investigación. Mientras leía no hacía ningún gesto, solamente sus ojos hablaban de la intensa atención en la que se había sumergido. Leyó rapidísimo y después me dijo que iba a ir a la escena del crimen. Le pregunté si podía ir con él y aceptó aunque me pareció que no con muchas ganas. Lo que yo buscaba era un maestro, y se lo hice saber cuando íbamos en el auto, manejaba yo:

—Detective, yo llegué hasta aquí con mucho esfuerzo, y me temo que mis capacidades ya están casi en su límite. Me ayudaría mucho si usted me enseñara algo, si no tiene inconvenientes. Siento que lo que enseñan en la academia, para gente como yo no es suficiente. Sé que usted es un gran detective, y lo que me enseñe lo voy a apreciar mucho y se lo haré saber a todos. 
—Mi método, si es que llega a ser eso, es en realidad extremadamente simple. Depende principalmente del poder de observación y la imaginación. Cuando prestamos la correcta atención se puede evitar cosas como esta.
—¿Cómo lo qué? —llegué a preguntarle—. ¡Diablos! ¿De dónde salió ese auto?

Cuando lo noté ya casi estábamos encima de un auto; frené justo a tiempo. El otro conductor abrió la boca para gritar algo pero lo contuve al mostrarle mi placa. Siguió circulando y nosotros también. La atención de John Smith parecía dotarlo de ojos hasta en la nuca. Él ni se inmutó por nuestro casi accidente y siguió hablando:

—En la academia resaltan la importancia de la observación pero enseñan muy poco sobre cómo desarrollarla. La mente observadora es el resultado de la atención, y a esta se la puede entrenar mientras hacemos cualquier tarea.
—Supongo que eso es lo que usted hace entre todos aquellos papeles —le dije.
—Exactamente. Lo comprendiste rápido. 
—Ahí está la casa. ¿Va a revisar el perímetro?
—No. lo que yo hago es plantearme varios caminos y después elijo el que parece mas prometedor. Ustedes ya revisaron eso. Hay que intentarlo por otro camino.

En la entrada de la propiedad había un policía custodiando la escena. Pasamos al enorme patio con césped de la propiedad y allí Smith me dijo.

—Si no han encontrado pruebas de que alguien entró, es muy probable que nadie lo haya hecho. Eso significaría que el asesino estaba adentro, eso apunta hacia la empleada. Ella pudo matar a los perros solo para despistar. 
—La descartamos por no encontrarle un motivo.
—Es muy razonable. Pero veamos si las pruebas dicen lo contrario o no.
—La único que podía decirnos algo era el veneno, y no lo hizo por ser uno muy común.
—Ahí es donde entra en juego la imaginación. Pensemos en esos perros. El hecho es que alguien los envenenó. Ahora hagámonos preguntas: ¿cómo un extraño pudo envenenar a esos perros? ¿Cómo eran esos perros, estaban entrenados, no lo estaban? 
—Sabemos que al veneno lo aplicaron en alguna comida porque lo tenían en el estómago —aporté yo. 
—¡Ah! Creo que ahí se les escapó una pista importante. Bien, de todas formas podemos plantearnos otra pregunta, ¿estos perros aceptarían comida de cualquiera? Vamos a saber algo de ellos.

Empezamos a recorrer el césped. John Smith caminaba con las manos en los bolsillos, como quien da un paseo. Sus ojos negros recorrían rápidamente el lugar. Así volvimos al portón.

—¿Qué observa a aquí? —me preguntó.

Hice un gran esfuerzo pero no vi nada de interés. Tuve que reconocerlo.

—A veces no se trata de lo que está ahí sino de lo que no está —me dijo Smith—. Lo que no se ven son arañazos de perro. No eran de esos que se vuelven locos cuando uno pasa. Esto indica que probablemente estaban entrenados. Busquemos pruebas de ello. 

Entramos en la casa. Como era una escena de crimen y ningún pariente había reclamado nada podíamos revisar todo a nuestro antojo. Encontramos y revisamos el cajón de los recibos. Smith levantó un papel diciendo: 

—Aquí está la prueba de que estaban bien entrenados. Este es el recibo de una escuela de adiestramiento cara, una muy buena. Seguramente ahí afirmarán que entrenaron a los perros para que no coman cualquier cosa, una práctica bastante común en las escuelas caninas. Pero como es de suponer que un can rompe sus costumbres si no es bien alimentado, vayamos a la cocina a sacarnos esa duda. Si hubiera visto el estado de los perros esto no sería necesario.
—Se veían muy bien alimentados, tenían el pelaje brilloso los pobres —observé.  
—Así que se fijó, pero igual vamos a ver.

No demoramos en hallar un par de bolsas inmensas de comida seca para perro. Smith me hizo notar el precio, era comida de primera, y por el tamaño del utensilio que tenían para dispensarla se deducía que les daban generosas porciones.

—Esto cada vez se complica mas para esa señora. Si además del veneno hubieran analizado qué comida tenían en el estómago, casi seguramente descubrirían que era esta misma.
—¡Maldición! Estábamos tan enfocados en que fue un intruso que no le dimos importancia a ese detalle. Y ahora ya no contamos con esa evidencia, los restos fueron destruidos. 
—Tal vez nada de eso sea necesario. ¿Observa estas dos bolsas y dime qué notas?
—Esta está abierta pero parece que no han usado nada, todavía está bien llena, y a esta otra todavía le queda algo.
—Y eso nos lleva a...
—¿Para qué abrieron esta si esa aún tenía?
—¡Exactamente! Revisemos un poco el contenido. ¡Aja! La tenemos.

Smith había introducido su mano en el alimento y de él extrajo un martillo de ablandar carne. Tenía sangre y hasta una huella digital. Había resuelto el caso.
Ante las pruebas contundentes que ofreció John Smith la asesina confesó todo. La víctima trataba como a una madre a aquella señora pero ella no quería que la tratara así. A pesar de la diferencia de edad ella se había interesado por él y se mantuvo a su lado con la esperanza de hacer que sus sentimientos cambiaran. Tras años de ser ignorada en ese aspecto  y harta de verlo salir con mujeres mas jóvenes, un día planeó su muerte y la ejecutó. Lo sorprendió dormido y gracias a la frustración que acumulaba hacía años le partió la cabeza con el martillo de tiernizar carne. Después de redactar mi informe el capitán me llamó a la oficina.

—¿De qué quería hablarme? —le pregunté.
—Detective Sosa, le dio mucha importancia a la pequeña aportación de Smith en esta investigación.
—Lo hice porque él lo resolvió. Nosotros no habíamos llegado a nada, estábamos estancados.
—Aquí las cosas no funcionan así, no damos protagonismo a un solo detective. Al caso lo resolvieron todos —me dijo. 
—¿Y si es así por qué hay detectives que se acreditan un caso?
—Sosa, lo que está haciendo no es bueno para su carrera —me amenazó apuntándome con el dedo—. Pero como es el mas nuevo aquí lo voy a ayudar esta vez. Hice que cambiaran su informe por uno mas acorde a lo que realmente pasó. Sosa, no se complique mas por ese, él está bien así, fue el que redactó este informe. Si el propio Smith lo acepta lo mismo debería hacer usted. A la jefatura, a la ciudad le sienta bien que haya toda una fuerza de detectives sumamente capaces. Si la gente creyera que la resolución de muchos casos dependen solo de un hombre, eso no les daría confianza. ¿Entiende?
—Entiendo pero opino que es una porquería. Por lo que entiendo, gran parte del prestigio de esta jefatura se lo deben a él y la gente no lo sabe.
—Cuidado, Sosa, camina por una cornisa. Ahora retírese. 

Cuando pasé por la pequeña oficina de Smith lo vi sumido en su trabajo. Sentí una admiración profunda por él. Los héroes verdaderos no usan capas y muchas veces no son conocidos.  
   

3 comentarios:

  1. Que buenas historias las tuyas..tenes un nivel y maestria para escribir historias diferentes y plantear los casos mas curiosos y que sorprenden. .excelente amigo,felicitaciones..Willy

    ResponderEliminar
  2. Muy bueno estan todos, imaginación única Felicitaciones..Dario

    ResponderEliminar

¿Te gustó el cuento?