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domingo, 18 de octubre de 2015

Varias Historias De Aventuras

                                  Relato De Un Explorador 
Como la deforestación de la selva avanza a grandes pasos, estoy seguro que en algún momento lo van a descubrir, y la gente va a saber que aún quedan monstruos. Pero si no es así, si lo que andaba en aquella selva muere antes y desaparece, o si sigue oculto en algún rincón perdido de la espesura, por lo menos quedará este relato, aunque seguramente la mayoría no lo va a creer...


Me uní a una expedición científica que pretendía internarse en una zona poco conocida de la selva Amazónica. Conocía a una de las dos biólogas que integraban el grupo (en total eran doce científicos), y como hablo muy bien el portugués me gané un lugar entre aquellos exploradores modernos. Vi la selva por primera vez desde una avioneta. Nunca había visto una vastedad tan sobrecogedora. La selva se perdía, allá lejos, en un horizonte brillante que resultó ser una extensa zona inundada. Cuando tomamos un bote y empezamos a surcar el río Amazonas me sentí un verdadero explorador. 

Amanda, mi amiga bióloga, iba tan entusiasmada como yo y cada tanto señalaba algún animal y me enseñaba todo lo que sabía de él. Continuamente cruzaban por el cielo blancas bandadas de garzas o coloridos y bullangueros grupos de loros que pasaban a los gritos.  Cuando creí que ya no íbamos a ver más rastros de poblaciones humanas, llegamos a una aldea ribereña de indígenas. Los indígenas nos recibieron muy bien. Los niños nos seguían a todos lados, curiosos. Estuvimos allí un día, luego, guiados por un par de locales, nos adentramos en la espesura de la selva.  Casi todo el tiempo era silenciosa, sombría. A veces la espesura se abría un poco y la luz del sol llegaba hasta el suelo húmedo. Se podría decir que era un lugar de plantas e insectos, pues en casi todas las hojas y en casi todas las ramas había algún insecto: hormigas, escarabajos, saltamontes, cigarras, y no faltaban las arañas, los ciempiés, escorpiones…

Las noches estaban llenas de ruidos. Desde la oscuridad de mi carpa siempre escuchaba algún crujido, retumbaba a veces algún árbol que caía, se escuchaban roses de ramas contra ramas, como si algo se abriera paso por la selva, y mil sonidos inquietantes más. Cuando llovía avanzábamos con los pies hundidos en el lodo, resbalando cada pocos pasos. Mis compañeros científicos recogían muestras de todo tipo, también recolectaban insectos y capturaron una rana diminuta que según ellos nunca habían visto, era una especie no descubierta, y discutieron largamente sobre qué nombre ponerle. Yo no compartía su entusiasmo, ¡tanto alboroto por una simple rana!  Pasaron los días y cada vez nos adentrábamos más en aquella maraña vegetal interminable. Un día los dos indígenas que nos guiaban salieron a conseguir carne fresca y no regresaron más. Los esperamos dos días y nada.

-Debemos regresar a la aldea -dijo el tipo que estaba al mando de la expedición. 
-¿Realmente saben cómo volver? -pregunté, y vi que nadie estaba seguro. 

Después emprendimos el retorno, o lo que creímos era el retorno, pues luego de tres días de caminata no encontramos ni uno de los lugares en dónde habíamos acampado. Mis compañeros a veces decían que estaban seguros de ir bien rumbeados, pero la selva que atravesábamos ahora era diferente, menos tupida, y ante los hechos se desanimaban. Cuando las provisiones empezaron a escasear tuvimos que procurarnos alimentos. Comíamos algunas frutas, palmitos, raíces de mandioca, y ocasionalmente alguna serpiente que liquidábamos de un machetazo. 

Procuraba algo de comer cuando me aparté del grupo. Estaba macheteando una palmera cuando me detuve de pronto al escuchar un ruido fuerte. Sentí que la tierra tembló bajo mis pies, ¿había caído un árbol grande? Tras un instante de silencio, otro retumbar, y lo siguió otro y otro. Y un ruido a selva que era despedazada al paso de algo descomunal, gigante, se escuchaba cada vez más cerca, y sentí un repentino terror al darme cuenta que aquellos estruendos eran pasos. Ningún animal de los que existen o existieron en la tierra (de los que se sabe su existencia) podría producir ni remotamente el ruido que producía aquel. Siguió a los pasos del gigante un rugido ensordecedor. Cuando el rugido se iba apagando creí oír los gritos de mis compañeros, pero ante la proximidad de aquella bestia gigantesca sólo atiné a huir. Corrí como un loco, mi instinto de supervivencia no me permitió otra cosa. Dejé atrás un gran estruendo mezclado con gritos, ¡y corrí, corrí lo más rápido que pude! Esquivé árboles, me agaché para evitar algunas lianas… Sólo me detuve cuando no pude avanzar más, entonces me escondí entre unas plantas. Después vagué unos días por la selva. Cuando dormía tenía horribles pesadillas, y durante el día sentía un terror atroz.  Un día vi un gran claro y al acercarme vi que era la aldea de aborígenes.

En la civilización no me hicieron muchas preguntas; una expedición que desaparece no es algo muy raro, todos me dijeron que tuve mucha suerte. Del monstruo, de lo que fuera aquello, no dije ni una palabra, ¿para qué? Nadie me iba a creer. Pero hoy sentí la necesidad de contarlo.
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                                Una Aventura En El Campo
Juan atravesaba un vasto campo a pie, y sobre él se iba formando una tormenta oscura.  Iba rumbo a un pueblo que estaba muy lejos y para acortar camino había abandonado una ruta para internarse en el campo. En el pueblo que era su destino se encontraban unos parientes, y tal vez allí encontraría trabajo. No es bueno andar a pie en una zona rural. Si uno anda a caballo el que se cruce por uno casi seguramente se va a figurar que uno es peón (si se anda vestido humildemente), y si se va en un vehículo se puede pasar hasta por hacendado, según el vehículo; pero al que anda a pie, con un bolso, rápidamente se lo toma por un caminante, un vagabundo, y probablemente por un ladrón; Juan sabía que era así, por eso trataba de pasar lejos de los establecimientos rurales.

La tormenta seguía empeorando sobre el campo. Juan empezó a buscar con la vista algún lugar donde guarecerse.  El día estaba por culminar y la oscuridad iba creciendo. Lo ideal era pasar la noche en el monte o en alguna arboleda, pero en aquella bastedad solo divisó un árbol solitario que estaba lo suficientemente cerca como para que la noche no lo sorprendiera al descubierto. Cuando se fue acercando notó que el árbol era más grande de lo que había supuesto. En la parte baja del follaje tenía ramas que se separaban del tronco casi de forma vertical. Aquel iba a ser un buen refugio.  
Rodeando el tronco buscó una rama adecuada. Llevaba en su bolso una lona, y tendiéndola sobre una rama formó un cobertizo. Ató dos extremos de la lona al árbol y a la parte de abajo la aseguró con estacas. Hubiera preferido una carpa pero aquello era mejor que nada.  Encontró cerca de tronco un palo de buen tamaño, le talló un extremo con su navaja de bolsillo y, usando esa herramienta improvisada fue rayando el suelo hasta que formó una canaleta alrededor del cobertizo. Con eso iba a evitar si llovía que el agua que corriera por dentro del cobertizo. 

Mientras tanto la tormenta seguía creciendo.  La lluvia llegó con la noche. Eran gotas gruesas, apretadas entre si, y el campo y el árbol crepitaron con estruendo bajo el aguacero.  Después comenzaron los rayos. Relámpagos silenciosos se ramificaban por todo el cielo, y rayos con sonido de cañón caían en las lejanías y quedaban retumbando.  Juan se sentó sobre una raíz gruesa que sobresalía de la tierra. Con aquella tormenta no iba a poder dormir.
De repente iluminó todo una luz blanca y enceguecedora. Juan se tapó los oídos con las palmas porque sabía que enseguida venía el ruido. Fue un ruido ensordecedor.  Al apretar las palmas sobre sus orejas Juan también cerró los ojos, y cuando los abrió se llevó tremendo susto, pues una esfera luminosa levitaba inquieta cerca de él. La esfera de luz tenía el tamaño aproximado de un balón de fútbol y era de color azulado. 

Juan creyó que era una “luz mala”, un fuego fatuo, la luz de un fantasma. Tomó el palo que usara para escarbar la canaleta y se levantó; la luz se movía ahora hacia un lado. Tuvo la intención de darle un garrotazo a la esfera luminosa pero como esta se fue alejando no lo hizo.  La esfera bajó a una hondonada, como indecisa, con un levitar errático, y al alcanzar un promontorio de piedra explotó ruidosamente. 

Aquello no era un fuego fatuo, era un relámpago de bola, un fenómeno natural bastante raro asociado a las tormentas eléctricas.  Después de la explosión Juan se acordó que había escuchado algo sobre eso.  Reconoció que tuvo suerte, porque de haberla golpeado con el palo hubiera explotado con ella. La tormenta pasó unas horas después, y al estruendo de los rayos lo sustituyó el canto arrullador de incontables ranas que bordeaban lagunas y pajonales lejanos. Al otro día Juan llegó al pueblo y a la casa de sus parientes. Lo que vivió la noche anterior pasó a ser la mejor anécdota sobre la aventura que enfrentó al atravesar una vasta zona rural a pie.    

1 comentario:

Anónimo dijo...

Buenisimas historias amigo,segui asi! Me gustaron mucho

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