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lunes, 30 de noviembre de 2015

En El Pantano

Sandro timoneaba la lancha por el agua maloliente y se preguntaba cómo había terminado en aquel pantano.  La lancha dejaba un surco larguísimo en el agua oscura de los canales.  En las orillas caminaban cabizbajas algunas garzas, y en cada vuelta del canal había algún cocodrilo tomando sol...
 Agua quieta y fangosa, camalotes, nenúfares, cipreses de raíces expuestas sobre el pantano, árboles con musgo español colgando de sus ramas, tortugas tomando sol en troncos caídos y las aves pasando su reflejo por los canales, eso y no mucho más era lo que veía Sandro hacia dónde volteara. 

¿Dónde estaba el “sueño americano” que había ido a buscar a Norteamérica? Seguramente allí no. Los cangrejos que sacaba valían bastante pero casi toda la ganancia se la llevaba su empleador, un viejo de la zona que era el dueño de la lancha y de las trampas para cangrejo que dejaban en los recovecos de los canales. Aquel viejo también era dueño de la casa donde él vivía, y gran parte de lo que ganaba se iba se iba en el alquiler de esta.
Ese día su viejo patrón no estaba con él; tenía demasiada resaca como para navegar. Sandro debía encontrar las trampas que habían colocado el día anterior y hacer el trabajo él solo. Hacía varios años que recorría aquel pantano pero nunca lo había hecho solo; y eran tantos los canales que se conectaban doblando aquí y allá en un paisaje muy similar y sumamente vasto, que tenía un justificado temor a perderse. Para empeorar la situación, el agua subía y bajaba mas de una vez al día y eso hacía que la apariencia de los cursos cambiara. 

Su temor se hizo realidad cuando llegó a un lugar que desconoció. Miró la orilla con cara de extrañado. “¿Y este que lugar es”, pensó. Creía estar bien encaminada pero terminó en un lugar que no recordaba. Sintió lo que sientes todos al desorientarse. En un primer momento parece que es el paisaje el que está mal (aunque sea algo absurdo), después se razona: Estoy perdido. Lo complicado de perderse es que generalmente, cuando uno se da cuenta ya hace rato que se desvió. Sandro maniobró el bote para dar vuelta. Si cruzaba por un lugar conocido podría orientarse nuevamente.  Mas ahora todo le parecía extraño. “A ese árbol grande en ese lado, no lo recuerdo”. 

Cuando se está lo suficientemente confundido, basta doblar mal nuevamente para estar  perdido de todo. Pasó media hora, una hora, y Sandro seguía navegando, confiando en su suerte que en la memoria. Hasta el sol parecía estar en el lado equivocado. Ahora tenía la impresión de que los cocodrilos de las orillas lo seguían con la mirada y que desde lo alto no dejaban de seguirlo unos cuervos que planeaban describiendo grandes círculos. Para empeorar su situación, el motor comenzó a hacer ruidos raros. Ya casi no le quedaba combustible. Aquello no era raro, pues su empleador era un tacaño desconfiado y había calculado el combustible justo como para que fuera y regresara, eso si iba a venía por los canales correctos. 

Orilló la lancha en la sombra y se sentó a pensar. Tenía remos, pero como la lancha era grande avanzaría muy lento con ellos y, ¿avanzar hacia dónde? Estaba en problemas. Su suerte podía cambiar rápidamente si alguien pasaba por allí ese día, mas tenía que prepararse por si eso no sucedía. En la lancha había una conservadora grande donde el viejo mantenía fresca la comida que llevaban cuando pescaban cangrejos todo el día. Conociendo a su patrón, Sandro no tuvo muchas esperanzas pero igual tenía que fijarse. Abrió la conservadora solo para ver que estaba vacía, como temía. Maldijo al viejo y la cerró de golpe. Lo que sí había en el bote era una caja llena de anzuelos y líneas de pescar (con eso sacaban la carnada para los cangrejos) y carnada nunca faltaba en aquella bañera vieja. Las aguas de aquel pantano se encontraban repletas de todo tipo de peces. Ahí estaba su comida.

Poco rato después Sandro esperaba suspenso, con una línea en la mano, que esta se moviera. Cuando sintió un tirón él tiró también.  Era un bagre de buen tamaño.  Limpió el pez y saltó a tierra para hacer una fogata. Viendo como se asaba lentamente el bagre, Sandro consideró cuál era su actual situación. Si tuviera mas combustible hubiera seguido navegando hasta ubicarse, pero no tenía. Ya no le quedaba mucho al día. Le convenía pasar la noche allí y aventurarse a las aguas temprano por la mañana con todo un día por delante. A golpes de remo iba a demorar muchas horas para salir de allí, eso si se orientaba. Entre las cosas que cargaba tenía una lona grande y gruesa y mucha cuerda. Con aquello podía construir fácilmente una cama colgante con techo y todo. El suelo de allí, aunque contara con un fuego era muy peligroso igual. Con solo levantar un poco la vista encontró un buen lugar donde colgar su cama-refugio. Al atardecer en el agua se reflejaron unas nubes enormes que el sol había encendido, y muy alto sobre la superficie pasaron bandadas de garzas y patos que cruzaban a los silbidos.

Al llegar la noche el lugar se llenó de ruidos, y sobre un croar constante de ranas siempre había algo que agitaba el agua o pasaba caminando entre los árboles de la rivera. Escuchando aquellos ruidos recordó algunos cuentos inquietantes que su patrón le había narrado, y pensó si solo serían ficción o si tendrían algo de verdad. Chillidos de cocodrilos pequeños, gruñidos de jabalíes, chistidos de lechuzas, cantos de búhos, de otros pájaros nocturnos, y cada tanto un sonido completamente extraño; todos esos ruidos nocturnos lo mantuvieron alerta casi toda la noche. Apenas amaneció arrolló su cama-refugio y se fue de allí remando.  La mañana aún no había calentado cuando unos pescadores cruzaron por él. Les explicó su situación y amablemente le dieron el combustible suficiente (y un montón de indicaciones) como para que saliera de aquel pantano.

Cuando llego a la casa de su patrón este estaba muy procurado, pues ya empezaba a creer que había perdido la lancha y todo lo que había en ella. Ese día no fueron por los cangrejos porque el viejo había curado su resaca con más bebida, y lógicamente, no estaba en condiciones. Al otro día los dos surcaron el pantano, y tras navegar por canales y más canales llegaron al lugar donde estaban sumergida las trampas. 

—¿Es aquí? —preguntó Sandro, observando estupefacto la orilla cercana, después todo su entorno. 
—Cómo no perderte, ni recuerdas el lugar donde dejamos las trampas, ¡alcornoque!
  
Sandro sí recordaba el lugar. Había pasado la noche muy cerca de allí, a unos pocos metros tierra adentro. 

Historias Difíciles De Creer

                                            La Verdad
En el puerto de un río, un pescador deportivo le contaba a unos amigos:

—… En serio, tenía que ser algo enorme. Estaba lejos de aquí, en mi bote, en medio del río. Aquella parte es muy profunda, y por lo rápido que pasaban flotando algunos trozos de camalote se notaba que había bastante corriente allí. Tiré mi carnada pensando en sacar algo grande, pero los minutos pasaban y nada se interesaba en ella. Por el calor que hacía se me fueron terminando las cervezas de la conservadora. Ya estaba pensando en irme cuando sentí el tirón. No fue muy fuerte, mas cuando intenté jalarlo ¡Barbaridad!..
Aquella cosa apenas se movía del fondo. La caña se arqueó, crujió, y temí que el sedal reventara en cualquier momento. El pez no tiraba mucho, era el peso lo que me impedía subirlo a la superficie. Se me pasaban imágenes de peces por la mente, pero aquello no podía ser ninguna de las especies que conocía. Tenía que ser algo de por lo menos, sesenta, setenta kilos, y probablemente me quedo corto. Tras un rato de tire y afloje, se soltó de pronto; el anzuelo estaba doblado. Enseguida pensé que cuando se los contara a ustedes no me iban a creer. 
—En eso tienes razón ¡Jajaja! —le dijo uno de sus amigos, y los otros, que habían escuchado al pescador sonriendo, estallaron en risas también. 
—Con ustedes no se puede —les dijo el pescador. Incrédulos.

En otra parte del mismo puerto, un tipo que practicaba buceo le narraba a un grupo de amigos: 

—… Les digo la verdad. Primero creí que era la corriente arrastrándome, por en esa parte profunda de este río es muy fuerte, pero no era eso. Algo me jalaba con fuerza. Me encontraba en el fondo buscando almejas de río. Miré hacia atrás pero no vi nada. El agua estaba algo turbia pero daba para ver si había algo a mi lado intentando arrastrarme, mas no vi nada. Era como una fuerza invisible. Luché desesperado para zafarme de aquello, y de repente, ya no me jalaba. No sé qué fue. Cuando revisé el equipo vi que tenía el cinturón para el lastre rasgado. 
—Yo opino que fue una sirena invisible —comentó uno de sus amigos, para la risa de los otros. 
—Les dijo que es verdad, partida de incrédulos.
                                         - - - - - - - - - - -
                                            La Niebla
—Les voy a contar lo que me pasó durante la peor noche que viví en el mar —dijo Jacobo, y al ver que había captado la atención de todos dejó sobre la mesa la jarra que acababa de vaciar. 

Lo acompañaban unos amigos y cada uno había relatado algún cuento o historia entretenida. Se hallaban en una taberna ubicada cerca de un puerto. Desde la enorme ventana del lugar se veía una porción del océano y en el horizonte de este cruzaban algunos barcos que se veían pequeñitos. Detrás de la barra había un enorme pez espada disecado.

—Fue cuando trabajé en un bote pesquero —comenzó su relato Jacobo—. Andábamos buscando atunes. En esa época desechábamos los peces de menor tamaño que ese de ahí —afirmó Jacobo señalando al pez disecado—. Hoy en día peces menores van a parar igual a las bodegas de los barcos; los tiempos han cambiado, pero en fin… Hacía varios días que no veíamos tierra ni desde lejos y no nos habíamos cruzado con ninguna embarcación. Después de la cena fui a tirar los restos. El mar estaba tranquilo. La mitad del cielo nocturno mostraba una infinidad de estrellas, la otra mitad, no se veía. Había como una gran muralla oscura avanzando hacia nosotros: era niebla. 

“Fui a avisarle al capitán y enteré a los otros. Cuando volví a la cubierta principal la niebla ya nos envolvía. El capitán accionó la sirena y empezamos a navegar dentro de aquella nube. Mis compañeros estaban también en cubierta. Las niebla se tragaba las luces a pocos metros. Desapareció el cielo, el mar, casi todo el barco, y mis compañeros eran figuras borrosas. De repente, oímos risas. ¿De dónde venían? De muy cerca, y a la vez de un lugar indefinido. Aquellas risas distintas parecían tener algo en común, estaban dirigidas hacia nosotros, como si lograran vernos. Uno de mis compañeros tropezó a mi lado, y las risas estallaron brevemente, burlonas y exageradas.   Ser visto por algo que uno no ve, si se está enterado de la situación, es algo muy intimidante; pero cuando no se sabe qué es lo que nos está viendo la cosa es mucho peor, créanme. 

“—¡Bajen todos y tápense los oídos para no escuchar esas risas!, ¡ahora! —nos ordenó el capitán. 
“—Pero capitán, ¿qué son esas risas? ¿Son sirenas? —preguntó alguien. 
“—¡Bajen ahora mismo! ¡Y no las escuchen! —repitió sin contestarle. 

“Ya abajo nos tapamos los oídos como pudimos. Yo doblé una almohada sobre mi cabeza. Cuando la retiraba un poco para sentir si había pasado, las risas diabólicas seguían allí. Eso duró gran parte de la noche. Cuando se detuvieron la niebla se había retirado. Como aparentemente el capitán sabía algo fuimos a preguntarle. Lo encontramos tirado cerca del timón con una gran sonrisa espeluznante congelada en su rostro inerte. Se sacrificó por nosotros, no se tapó los oídos por seguir timoneando —terminó su relato Jacobo. 
—¡Que cuento te has inventado, Jacobo! —dijo después uno de los que estaba en la mesa. 
—Sí, ¡Jaja! Un cuento… —murmuró Jacobo. 

domingo, 29 de noviembre de 2015

Anécdotas Bien Interesantes

                                                   La Luna
Esa noche de luna me pasó algo por demás curioso que al recordarlo me provoca una cosa bastante desagradable: el recuerdo de un susto repentino...
Durante el día había hecho un calor infernal y al llegar la noche las paredes de mi casa emanaban el calor acumulado y el ventilador no era suficiente.  Cansado de sudar en la cama salí al patio. Fuera estaba muy claro, la luna se hallaba en su fase  llena y el cielo estaba limpio. El aire era una delicia, húmedo, cargado de aromas que se presentaban mezclados por momentos, eucaliptos florecidos, hierba cortada y la esencia de varias flores silvestres. Pensé en llevar una reposera al patio y dormir allí pero me di cuenta de que todavía no tenía sueño. Entonces decidí dar un paseo. Poco rato después salí de mi casa y partí hacia el bosque que se eleva cerca de mi hogar. 
  
La luna iluminaba tanto que hasta la sombra de los árboles eran tenues. Iba por un sendero serpenteante. En uno de los recodos creí ver movimiento más allá del sendero. Era la forma de un hombre. Caminaba girando la cabeza hacia todos lados pero pareció no notarme. Unos pasos más y dejé de verlo entre la fronda. ¿Qué estaría haciendo aquel tipo allí? Tal vez lo mismo que yo, dando un paseo. No me inquietó en lo más mínimo. Al aprontarme para la caminata había tomado mi revólver, y con un peso en la cintura la confianza aumenta enormemente. 

Cuando supuse que ya me había apartado mucho del tipo volví a sumirme en la contemplación de la noche. ¡Que aromas traía la humedad y que luna más hermosa! Me detuve en un claro y miré hacia arriba. Aquella misma luna había sido testigo de tantas cosas; había iluminado al ser humano desde sus primeros pasos vacilantes sobre la tierra, desde antes, desde… el comienzo mismo de la vida. Aquella misma luna que ahora contemplaba había brillado sobre los dinosaurios, sobre bosques primitivos, mares peligrosos repletos de gigantes… ¿Cuántos poetas habrán escrito sobre ella? La Tierra siempre está cambiando, y allí está la luna, reflejándose en el hielo de las eras  frías, mostrando las copas de las selvas, inundando las praderas con su luz… 

Entre tantas reflexiones soñadoras no advertí algo. Los pasos del otro caminante, y tal vez lo zigzagueante del sendero nos habían acercado de nuevo. Él pareció notarme un instante después que yo y se detuvo en seco, como sorprendido. Avanzó más lentamente y me saludó con un gesto de la cabeza. Me pareció que me correspondía decir algo: 

—Buenas noches. Linda luna, ¿no? 
—No para mí —me contestó. 

Atravesó el sendero, se despidió con otro gesto y se internó nuevamente en el bosque. En ese momento decidí volver. La respuesta del tipo me había intrigado, sobre todo porque esa noche estaba muy predispuesto a pensar. ¿Por qué la luna no era buena para él? Cuando ya estaba cerca de mi hogar, me estremecí (o tal vez llegué a saltar incluso) cuando explotó repentinamente un aullido por demás potente, aunque parecía originarse bastante lejos de allí. Fue un aullido larguísimo y mientras duró me pareció que reverberaba en mi cuerpo.  Luego, silencio, la calma volvió más pesadamente todavía. Entré a mi cabaña y cerré todo. Con los primeros rayos de luz del día sentí ganas de investigar. ¿Qué había sido aquello? Obviamente me imaginaba lo peor, y venía a mí la imagen de un inmenso y grotesco hombre lobo aullandole a la luna.  Entonces recorrí largamente el bosque, hasta que finalmente descubrí una camisa toda rasgada, sin ser vieja, y también había otros trozos de tela, y en un tronco cercano, cinco surcos profundos arañados en la corteza. 
                                       - - - - - - - - - - - - - - 
                                        La Casa Del Horror
Conduje como una hora por un camino de tierra desparejo y lleno de pozos. Crucé por tres puentes atravesados por arroyos bordeados de monte nativo. Pasé por bosques, praderas y soledad.  Ya estaba considerando si me ahorraría algún dinero o si al final el cerdo me iba a costar lo mismo o más que en la ciudad, porque el lugar donde pensaba comprarlo resultó estar más lejos de lo que creía. Al terminar de doblar una curva divisé la casa. Tal como me dijeron, cerca de ésta había unos remolques muy coloridos.  Bajé del auto y golpeé las manos. La casa estaba a unos treinta metros del camino. Vi salir de su interior a un señor enorme de barba espesa canosa y sombrero de paja:

—¡Buen día! —saludé—. ¿Aquí es donde venden cerdos?
—Buen día. Aquí criamos cerdos, después los vendemos ¡Jajaja!  —me contestó el hombre con una voz potente y grave que iba muy bien con su aspecto.

Me había enterado que en aquel lugar vendían porcinos a un precio muy económico; elegías el tamaño y al otro día te lo llevaban a domicilio ya carneado y limpio. Faltaban tres días para fin de año y en mi familia el cerdo asado era una tradición. Me invitó a pasar y salimos rumbo al criadero, el cual estaría a unos cien metros de allí. Por el camino cruzamos por los remolques. Parecían ser de un circo o algo por el estilo.

—Coloridos los remolques —comenté, y pregunté—. ¿Son de un circo o algo así?
—Antes mi familia tenía un parque de diversiones —me respondió con visible orgullo en su cara—. Yo me quedé con estos remolques. Servían de habitación y de vestuario para la gente que trabajaba allí, en ese vivía un payaso. 
—Ya veo, pensé que eran de un circo, por los dibujos —le dije.
—Eso que está ahí era la casa del horror —continuó— La traje en piezas y la armé aquí tal cual estaba. 
—Debe ser un gran recuerdo de familia.
—Lo es, sí que lo es, me recuerda mi infancia. ¿Quiere entrar?
—¿A la casa del horror? 
—¿No se anima?, si entra por esa puerta y sale por la del fondo le regalo un cerdo.

Yo me reí, creyendo que bromeaba, después vi que había quedado serio tras su barba. 

—¿Lo dijo en serio?
—Claro que si.

Me emocionó la idea de un cerdo gratis. Subí una escalerilla de madera, de cuatro peldaños, empujé la puerta y entré. En un primer momento no conseguí ver nada: adentro estaba muy oscuro. Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra pude avanzar, vacilando. Me pareció que mayormente el lugar estaba vacío, apenas distinguí unas estructuras como estantes, eso me parecieron. Estaba por llegar a la puerta de atrás cuando vi que algo se movía en el suelo y avanzaba rumbo a mí.  En aquella penumbra sólo pude distinguir que era un bulto de color claro y que avanzaba hamacándose. Era muy bajo y en su parte superior parecía ondular una serpiente. Aquel ser tan extraño me espantó. Salí por la puerta de atrás como un viento, gritando, y a la escalerilla la bajé de un salto.

El dueño del lugar, que estaba esperando mi salida, comenzó a reír estrepitosamente. De la casa del horror salió un ganso, con su andar desparejo y evidentemente  enojado porque yo había irrumpido en su hogar.

—¡Vamos a elegir a su cerdo!—dijo el hombre entre risas. ¡Se lo ha ganado! ¡Jajaja…! 

sábado, 28 de noviembre de 2015

Detective De Lo Oscuro.


                                   La Herencia Maldita
Un crujido en el techo hizo que los cuatro amigos miraran hacia arriba y se mantuvieran en suspenso un momento. La inmensa casona parecía muy sólida pero todos sabían que era muy vieja. La estaba haciendo temblar la tormenta enloquecida que bramaba afuera. Era de noche y llovía copiosamente. La naturaleza se volcaba con furia sobre los campos y arboledas de aquella solitaria región. La luz de un rayo reclamó la atención de todos y voltearon hacia la ventana que daba al jardín. El viento se empeñaba en arrancar unos jazmineros y estos se resistían inclinándose hacia un lado. Mas allá se retorcían otros árboles, y un fogonazo repentino mostró fugazmente parte de una edificación blanca que se ocultaba detrás de estos. La tormenta dominaba la escena y ninguno había hablado desde hacía rato. Habían estado contando cuentos de terror y eso había tensado la atmósfera. Entonces David habló sobresaltando a todos...

Lejos De La Guerra

                                      Lejos De La guerra
Alexandre y sus padres estaban siempre asustados. Aunque vivían en una zona remota de Francia temían que los invasores alemanes aparecieran allí en cualquier momento...
Sabían que los alemanes avanzaban por Francia como una plaga de langostas que se disemina devorando todo a su paso. Con la retirada de su ejército los invasores habían avanzado por todas las ciudades y los pueblos y casi todos los franceses estaban bajo la voluntad de ellos. Era invierno y la nieve cubría casi todo el paisaje, que alrededor de la casa era mayormente bosque.

Cuando Alexandre y su padre salían a cazar avanzaban con sigilo, vigilando su entorno continuamente. Revisaban las trampas que tenían colocadas en puntos conocidos, y a veces volvían a la casa con una liebre o una codorniz. Cuando no había carne, escarbaban en el huerto congelado y cosechaban algunas papas, y al juntarlas con rábanos y alguna cebolla hacían una sopa desabrida. Los bosques de los alrededores parecían asustados también, pues estaban silenciosos y blancos, y hasta el viento parecía haber huido hacia otro lugar.

Cuando hablaban lo hacían en voz baja, pero casi siempre estaban callados. Alexandre leía y releía unos libros de cuentos cortos que eran su único entretenimiento. Y en esos largos momentos de silencio Alexandre leía y soñaba, viajaba a los lugares de los cuentos, a aquellos sitios maravillosos donde no había guerra. Y atravesaba selvas junto a osados aventureros, o recorría ciudades soñadas, o valles verdes donde sonaba el tintineo de algunos cencerros y donde pastaban blancos rebaños de ovejas. Se adentraba a veces, en sus lecturas, en enormes jardines coloridos y llenos de luz, y al seguir unos senderos de piedra se topaba de pronto con inmensas casas de aspecto antiguo. Conocía a los personajes de los cuentos como a su familia misma y tenía en su mente una imagen clara de todos. Una tarde silenciosa y fría como todas, cuando Alexandre se encontraba leyendo frente a la chimenea, unos golpes en la puerta lo estremecieron de pronto.

—¡Alexandre! —gritó su madre, y tendió una mano hacia él, indicando que se aproximara a ella. 
—Silencio —susurró el padre del muchacho—. Ocúltense en el rincón. 

El padre de Alexandre, escopeta en mano, estaba dispuesto a morir defendiendo a su familia. Pero tras asomarse a la ventana, se volvió hacia ellos con una sonrisa:

—¡No son alemanes, son el ejército aliado! 
     
Efectivamente, fuera de la casa había un grupo de soldados de los aliados, y traían provisiones; la guerra había terminado. 
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                                        Hacia Un Lugar Ideal
Marco iba a la cabeza de un lastimoso grupo de gente. Todos iban a pie, cargando sobre sus espaldas las pocas pertenencias que tenían. Hombres jóvenes, ancianos, mujeres y niños marchaban cabizbajos debido al cansancio de días de caminata y la preocupación por un futuro incierto que pesaba sobre todos. Algunos eran guerreros veteranos que aún seguían a Marco, el general, y cargaban sus espadas y lanzas. Llegaron a un bosque antiguo de árboles gigantescos que ensombrecían el suelo cubierto de musgo y líquenes. Marco se volvió hacia su gente y con un gesto le indicó a sus guerreros que permanecieran alerta. El bosque era inquietante. Los búhos los veían pasar y lanzaban su característico canto, el más triste de todos. Cada tanto algún animal arisco huía de repente haciendo que todos voltearan, sólo para ver ramas que se agitaban y un rumor perdiéndose en la espesura.  Al caer la tarde acamparon a orillas de un pequeño arroyo. Marco y dos de sus soldados salieron a cazar con arco, los otros se abocaron a juntar leña y levantar las tiendas.

Ardían dos fogatas cuando Marco y los otros arqueros salieron de entre las sombras cargando un jabalí y un ciervo.  No mucho rato después las presas se asaban a fuego lento. Uno de los soldados se acercó a Marco, que miraba el fuego como casi todos, sólo los niños dormían.

—General, ¿cuándo llegaremos a destino? —le preguntó el soldado. 
—No sé exactamente cuándo, tal vez mañana, pasado… pronto, eso es seguro. 
  
Buscaban un lugar, que según un sabio, no conocía la guerra ni la miseria, y en donde todos vivían en paz. El sabio les dijo a Marco que el lugar estaba en la cima de una montaña y le hizo un mapa del lugar. Hacia allí iban, marchando esperanzados dejando atrás la guerra y sus demonios. Desarmaron el campamento al amanecer. Cerca del mediodía el bosque se fue volviendo menos espeso y pronto vieron la falda de la montaña que no era muy alta. Acamparon nuevamente, esta vez en una pradera verde y hermosa.  Marco ascendió la montaña junto con cinco hombres, los más fuertes; si encontraban aquella ciudad ideal regresarían por los otros. La montaña no era muy empinada y sólo en algunas partes tuvieron que trepar con las manos. 
Llegaron al fin a la cima. Hasta donde veían solamente había rocas, no crecía ni una planta allí y un viento frío cruzaba aullando lastimosamente.

—¿Nos ha engañado el sabio? —preguntó uno de los soldados. 
—No, él tenía razón. ¿Acaso han visto un lugar más pacífico que este en su vida? —le contestó Marco, y lanzó una carcajada.

Comprendió que aquel lugar ideal no existía, debían construirlo, y que donde hubiera gente nunca sería perfecto: la paz absoluta sólo existe en los lugares deshabitados, inertes. Bajó de la montaña con esa revelación. Él y su  gente se quedaron en la pradera y levantaron un pueblo allí, y vivieron en relativa paz por muchos años. 

viernes, 27 de noviembre de 2015

La Promesa


Aníbal acababa de cenar y estaba levantando la mesa. Justo cuando llevaba un plato hacia el fregadero, un tiro entró por la ventana y dio en la pared, apenas delante de su cabeza...
Instintivamente se agachó. En el vidrio de la ventana había un hueco con una circunferencia toda resquebrajada, era el orificio por donde entró la bala. Aníbal quedó expectante. No hubo otro tiro. Al ruido del disparo lo había ocultado la música que sonaba en la radio, pero de haber sido de cerca igual lo hubiera escuchado, era un disparo desde lejos, supuso Aníbal, pero no sabía desde que tan lejos.

Atravesó la cocina gateando y fue hasta su cuarto a buscar el rifle. Mientras lo cargaba trató de entender aquello. ¿Habían intentado matarlo? ¿Quién había sido? No tenía ningún enemigo jurado, por qué iba a tenerlo si solo era un simple productor rural. Se le ocurrió que podía ser alguien disconforme por algún negocio, pero después pensó que era una exageración. ¿Había alguien que le guardaba mucho rencor y él no lo sabía? Dedujo que su mejor oportunidad para aclarar el asunto era atrapar o por lo menos ver a su responsable.  Se le ocurrió que no podía tratarse de una bala perdida porque su vivienda tenía luz afuera y era bien visible en toda la zona. Y quién iba a andar cazando de noche por allí, entre campos de ganado y plantaciones familiares. Había unos bosques con caza  en la zona pero no creyó que la bala pudiera llegar de tan lejos. Sabía que cualquier rifle podía hacer un disparo que llegara hasta allí pero en ese caso la trayectoria no sería recta, y a juzgar por los agujeros que vio aquella había viajado recto.

Apagó las luces y salió por la puerta del frente. La noche estaba oscura. Corrió hasta el árbol del patio y desde allí escudriñó las tinieblas. Trató de afinar el oído. Lo único que perturbaba el silencio de los campos y las plantaciones cercanas era el ladrido distante de un perro. Dedujo que seguramente el perro, que era de los dueños de la propiedad vecina (una familia amiga), había reaccionado ante el tiro.  Especulando todo eso se deslizó furtivamente por las sombras. Avanzaba, se resguardaba tras algo y escuchaba, se agachaba casi al ras del suelo para escudriñar el horizonte, pero no descubrió nada.   Se imaginó que el tirador estaba mas lejos de lo que el pensaba ,o tras el disparo había quedado quieto en el lugar. Si aquello era un juego de paciencia él lo iba a ganar porque eso era lo que le sobraba.

En el silencio del campo el tirador podía delatarse al pisar una rama seca de arbusto o al enredarse en los pastos secos. Tan vigilante estaba que hasta escuchó el paso desparejo de una comadreja que pasó por la oscuridad buscando alimento. En un campo lejano balaba una vaca y vio las luces de una camioneta pasando por el viejo y maltrecho camino que había como a un kilómetro de allí. Pero a pesar de su paciencia no escuchó ni vio a el tirador ni a nada que indicara su presencia en el lugar. Al regresar a su casa miró el agujero en la pared, y frente a él, con los ojos llenos de furia, juró que cuando descubriera al responsable no lo iba a perdonar.

No habló del suceso con nadie. Era un asunto entre él y el tirador.   Los días siguientes, cuando andaba en el caserío de la zona haciendo compras o cuando iba a la ciudad a vender sus productos, examinó con la mirada a todos sus conocidos sin hallar a un sospechoso. Por las noches rondaba su propiedad a horas distintas, así aumentaban sus chances de sorprenderlo por si volvía. Pero no volvió, y el tiempo pasó sin que descubriera nada. Y transcurrieron cuatro años.

Un día, cuando Aníbal cazaba en un bosque de la zona, se encontró con otro cazador. Este descansaba bajo unos sauces mientras veía el curso limpio de un arroyuelo. Aníbal era un gran conversador cuando de caza se trataba y no desperdiciaba ninguna ocasión para hacerlo. Como ya estaba algo cansado le pareció una buena idea hacerlo allí, junto al desconocido.   Primero saludó desde lejos para después acercarse a preguntarle cómo le había ido. El desconocido, que tampoco era tímido cuando de caza se hablaba, rápidamente le comentó lo que había vivido durante esa jornada.    Así Aníbal supo que el forastero (que se presentó como Raúl) hacía tiempo que no andaba por allí, aunque anteriormente había tenido buenas jornadas en el lugar. Se sentó también frente a la corriente. Conversando, Aníbal reparó en el rifle del otro: 

—Vaya rifle el que tiene, nunca había visto uno igual.
—No me extraña, es un rifle de francotirador. Me lo regaló mi cuñado. Es mi tesoro.
—Lindo juguetito. Y dígame, ¿es legar tenerlo, cualquiera puede?
—Bueno, no podría tenerlo pero, si lo llevo bien escondido no pasa nada ¡Jaja!
—Me lo imaginaba. ¿Tiene mucha potencia?
—Es una bestia, y vea lo que es esta mira. No es de las que venden en cualquier comercio. Solo tenía un pequeño detalle que no me gustaba y por eso lo hice ajustar; el gatillo era, para mi gusto, demasiado sensible. 
—Ah si. ¿Muy blando era?
—Sí, para mí que era una falla. Sería bastante raro en un producto de esta calidad pero puede pasar. Lo dejé así hasta que un día se me escapó un disparo. Fue aquí, en este bosque mismo.
—Que peligro si se andaba junto a otros, ¿andaba solo usted?
—Sí, andaba solo. Fue hace como cuatro años... sí, cuatro años. Había caminado casi todo el día y al anochecer me recosté un poco para descansar antes de irme, para no manejar con sueño. Cuando desperté estaba molido y este bosque se me hizo espeso. De pronto, unos ronquidos y ruido a que escarbaban. Un jabalí, pensé. Al rifle lo llevaba colgado en la espalda y con seguro, como corresponde, mas al escuchar a ese bicho lo volví a tomar en mis manos. Escuché que se alejó pero hacia un rumbo no muy distinto al que yo iba, por eso seguí atento. Iba atravesando una enramada, ya casi en el límite de bosque cuando el rifle se me resbaló y al sujetarlo de golpe ¡pam! Se disparó, y como no lo había agarrado bien se me cayó al suelo igual.
—Así que eso fue hace cuatro años. ¿Y mas o menos hacia dónde cree usted que se le escapó?
—Hacia aquel rumbo... ¿por qué me pregunta? —el tipo se dio cuenta de que había cometido una imprudencia.
—Se lo pregunté porque hace cuatro años una bala casi me partió la cabeza. Era de noche y mi casa está hacia allá. Fue su disparo.
—No bromee. ¿En serio? Discúlpeme, creí que había dado en la nada, en la tierra. Usted entiende que fue un accidente, ¿no?  
—¡Jajaja! Claro que sí, tranquilo, entiendo. Lo que me da gracia es que solo fue un accidente, pero yo creí que fue algo contra mí ¡Jajajaja! Y si viera todo el tiempo que anduve desconfiado, calculando esto o aquello, si sería fulano o mengano, y solo fue un accidente ¡Jajaja!

Raúl se disculpó nuevamente y, como Aníbal seguía a las carcajadas, después se rió también, aunque con pocas ganas. 
Raúl nunca salió de aquel bosque, y hasta ahora está enterrado en él.  Aníbal supo que solo fue un accidente pero para él una promesa era una promesa, y él siempre las cumplía. 

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Sobre Las Estaciones Del Año

                                         En Primavera
—... Este día primaveral y esas golondrinas que pasan por ese cielo tan azul me hicieron recordar algo: mi viaje de Europa hacia acá, cuando era muchacho —comentó de pronto Manolo a Óscar, su nieto.

martes, 24 de noviembre de 2015

La Hija

¡Hola! Este cuento es para Belén (aunque pueden leerlo todos ¡Jaja), una excelente lectora del blog. Si todos fueran como vos, Belén, esto sería mucho mas fácil. Gracias. 

Como María era madre primeriza, cuando tuvo a su bebé fue a pasar un tiempo en la casa de sus padres porque estos insistieron. Los tres, María, su esposo y la bebé se instalaron en ese otro hogar. La vivienda se encontraba al pie de un cerro. Durante el primer día, mientras María mecía a la bebé en sus brazos y miraba hacia un cielo amenazante de nubes ennegrecidas que se movían lentamente, de pronto vio por el rabillo del ojo algo que volaba hacia la cima de cerro. Cuando giró la cabeza ya no lo vio. Fue un avistamiento muy fugaz y de lo único que estuvo segura fue de que no se trataba de un pájaro porque era un objeto luminoso. Levantando la vista siguió todo el contorno del cerro. Entró rápidamente a la casa al recordar que su esposo le había comentado sobre algo similar que había pasado volando cerca de él unas jornadas atrás mientras se dirigía a su trabajo.

También recordó otra cosa que pasó antes. Durante un viaje largo que hizo con su actual esposo antes de casarse, cansados de la ruta se hospedaron por la tarde en un pequeño motel. Él, bastante maltrecho de manejar tanto, se desplomó en la cama apenas se instalaron. Mientras él sesteaba ella tomó un baño. Como la habitación era muy pequeña, al salir del baño la pieza se llenó de vapor y eso empañó un espejo grande que había frente a la cama. En ese momento él se despertó y fue al baño. María, sintiéndose algo romántica, escribió con el dedo unas palabras en el espejo empañado y después se recostó un rato porque también estaba molida por el viaje. Cuando él salió del baño ella le dijo que mirara hacia el espejo; él no entendió porque en el espejo solo había algo borroneado. María se impresionó mucho. Se notaba que habían borrado las palabras con la mano, y al examinar mejor el espejo los dos se impactaron porque aquello parecía la obra de una mano muy pequeña. Después él intentó buscarle una explicación racional y se le ocurrió que el espejo simplemente se había desempañado de forma despareja. Eso no la convenció mucho, pero como ya habían pagado y necesitaban descansar no insistió para que se fueran. Pero después, al hacerse de noche, aquel cuarto empezó a enfriar mas y mas y los dos sintieron que algo estaba mal allí, entonces sí se marcharon. Ahora María especulaba que aquello y lo que le había ocurrido a su esposo estaba relacionado.

Un trueno muy fuerte la hizo volver al presente y siguió meciendo a su hija. Por esas fechas estaba lloviendo mucho y pasaba una tormenta tras otra. Los momentos de calma eran mas bien de expectación, y no demoraba en sonar un rayo que hacía temblar todo y volvía a precipitar. De las zonas altas bajaban incontables hilos de agua oscurecida y rumorosa que terminaban en un arroyo que se embravecía  allá abajo. 

Por tanta lluvia los días se hacían lentos y las noches de tormenta parecían interminables. Si se prestaba atención se podía escuchar el rumor del arroyo que corría amarillento y espumoso arrastrando plantas y animales muertos. Una noche particularmente tormentosa, de esas noches cuando el sueño profundo se turna con ratos de débil vigilia, el estruendo de un rayo despertó del todo a María. Aunque el cuarto estaba oscuro enseguida notó que su bebé no estaba en la cuna, y al erguirse rápidamente en la cama vio como la bebé era arrastrada por el piso por algo invisible. El grito de María despertó a su marido y a todos los de la casa. Al encender la luz del cuarto la bebé estaba en el suelo pero ya no se movía.  Como si lo que la mantenía dormida perdiera su efecto en ese momento, la niña se puso a llorar a todo pulmón cuando la levantaron. Estaba bien, no tenía ningún daño. Revisaron toda la casa pero como era de esperarse no hallaron nada. 

Después, desde lo alto del cerro, una bruja horrible y deforme contempló la casa desde allí. Se encendieron varios relámpagos y sopló una ráfaga de viento, y los cabellos blancos y largos de la bruja se agitaron y levantaron como si fueran tentáculos, y echó una última mirada maliciosa hacia la casa y se marchó convertida una bola luminosa. Lo iba a intentar en otra ocasión. Después de todo, quella bebé era su creación.   


domingo, 22 de noviembre de 2015

Guerrero Del Futuro

Lorenzo fue tele-transportado a una nave que flotaba inmóvil en el cielo. Apareció sobre un asiento metálico con unos apoyabrazos grandes, y unos grilletes le aprisionaban las muñecas.  Los que lo transportaron a la nave lo rodearon...

Además del comprensible susto Lorenzo quedó sumamente sorprendido. Unos momentos antes se encontraba sentado contra el tronco de un árbol, con una brizna de pasto en la boca y la mirada perdida en el campo que se extendía delante de él. Aquella tranquilidad lo había ayudado mucho pero ya empezaba a aburrirse. Era veterano de guerra. Había combatido no sabía bien por qué contra una cultura extraña para él, en la tierra de esa gente, y por más que los sargentos intentaran convencerlo, en el fondo siempre se sintió un invasor.

Estando allí, contra el tronco, le llamó la atención una nube que se movía contra el viento. La nube se disipó cuando estaba sobre él e hizo su aparición una gran nave.  Lorenzo creyó que aquello era un platillo volador, una nave extraterrestre. Apenas tuvo tiempo de levantarse cuando lo tele-transportaron.  Ahora se hallaba en la nave, pero, aquellos no eran extraterrestres, eran humanos, ¿o solo parecían serlo? 
Un hombre lo saludó y se disculpó por tenerlo amarrado; Lorenzo saludó por no saber qué otra cosa decir. ¿De qué se trataba aquello?

—Como puede ver —dijo uno de sus captores—, somos humanos como usted. Pero no somos de su tiempo, somos del futuro. Esta nave es, además de un aparato volador, una máquina del tiempo. 
—¿Qué diablos está diciendo? ¿Son del futuro? —le preguntó Lorenzo mientras forcejeaba disimuladamente para ver si se zafaba de los grilletes.  
—Así es, de un futuro muy lejano. ¿Le es muy difícil de comprender?
—Bueno, no tanto. Sé que la ciencia actual considera que los viajes en el tiempo son posibles. Pero del futuro o no, quiero que me liberen. ¿Qué pretenden de mí?
—Nuevamente le pido disculpas. Es una medida de seguridad porque no sabemos cómo van a reaccionar. Pero ya veo que usted se va a comportar. Libérenlo.

Los grilletes se retrajeron hacia los apoyabrazos y Lorenzo pudo levantarse.

—Le voy a informar sobre nuestras intenciones. Acompáñeme, le voy a mostrar la nave.

los pilotos de la nave controlaban todo desde una pantalla holográfica; eso no lo sorprendió mucho porque la ciencia ficción ya había anticipado esa tecnología en montones de películas.

 —En el futuro —continuó el tipo— los humanos somos muy pocos. Aunque nuestra ciencia siguió avanzando, el planeta se hizo muy pequeño para la humanidad y empezaron a escasea los recursos y con ello vinieron épocas muy malas, como se imaginará. Las guerras por recursos diezmaron poblaciones enteras. Fueron las peores épocas de la humanidad y todos perdimos. Luego, el calentamiento global causó una era glacial sin precedentes por lo intensa, lo que redujo enormemente a las sociedades ya derrumbadas. Pero a pesar de todo la humanidad sobrevivió, y con lo avanzado de nuestra tecnología estamos retomando nuevamente la Tierra pero sin cometer los errores del pasado. Mas ahora surgió un nuevo problema: una raza de extraterrestres quiere apoderarse del planeta. 

—Y ahí es donde entro yo —comentó Lorenzo. 
—Usted y mucha gente más que fuimos reclutando, por llamarlo de una forma. 
—¿Entonces quieren a un soldado?  
—En su caso, sí. 
—¿Y por qué no construyen robot, o clones?
—Los robot fueron nuestra primera opción, hicimos muchos, pero como los enemigos están más avanzados tecnológicamente que nosotros, aunque no es mucho, dejamos de usarlos por la posibilidad de que ellos los controlen es muy alta, en nuestros enfrentamientos ya ha pasado algo así. Por suerte nos dimos cuenta a tiempo y los descartamos antes de que los volvieran masivamente contra nosotros. ¿Clones…? —el hombre miró de frente a Lorenzo—. Podríamos hacerlos, mas nuestra civilización ahora tiene una moral muy alta, hemos aprendido, y crear algo así para nosotros es una aberración. Ni estas circunstancias lo justifican. Antes de llegar a eso preferimos extinguirnos como especie.  
—Bien, pero, ¿por qué no se contactan con los gobiernos para contar con su ayuda? 
—Porque querrían a cambio de su ayuda nuestra tecnología, y, usted seguramente saben como piensan ahora. 
—Sí, tiene razón. ¿Entonces, piensan llevar gente del pasado para el futuro? 
—Es lo que hacemos. 
—Bueno, cuenten conmigo. 
—Se lo agradezco, la humanidad se lo agradece. 

Y la nave se movió raudamente y desapareció.

Lorenzo viajaba ahora hacia el futuro. Había aceptado formar parte de un ejército que debía defender la Tierra en el futuro.  No había dudado al aceptar, pero ahora presentía algo.  Reflexionó rápidamente y dedujo que esta vez no podía pasarle lo mismo, esta vez él iba a apoyar a los buenos, a su especie, los invasores eran extraterrestres.

En la nave viajaban también otros soldados reclutados. El viaje al futuro duró solo unos segundos. La nave no tenía ventanas pero podía verse lo que había afuera en unas pantallas.   El hombre que le explicó el asunto lo invitó a sentarse y mirar el paisaje. Pronto alcanzarían la ciudad.  Los viajeros del tiempo elegían lugares remotos para “aparecer” en su tiempo, y así evitaban probables colisiones con el tráfico que sobrevolaba las ciudades. 
En la pantalla se mostraba un paisaje invernal: glaciales resquebrajados de hielo celeste, cimas nevadas, bosquecillos de pinos entre ellas y cauces de río medio congelados que en algunos tramos corrían bajo puentes de hielo. Nada de aquello era nuevo para Lorenzo. Pensó que si aquello era el final de una era glacial, esta realmente tenía que haber sido muy dura, como le habían contado. 

Al llegar a la ciudad sí se asombró. La ciencia ficción que había visto no podía estar más equivocada sobre cómo se vería una ciudad del futuro. En los techos de las casas y los edificios había césped y plantas. Por todos lados, entre calles y construcciones crecían pequeñas huertas y árboles. Solo los vehículos que circulaban por las calles y las naves que sobrevolaban arriba indicaban lo avanzada que se hallaba su tecnología, aunque desde el primer momento que sobrevoló la ciudad supuso que algo muy avanzado debía mantener la temperatura allí, y que debía ser subterráneo. Después comprobó que no se equivocaba. Lorenzo pensó que finalmente los humanos habían evolucionado su conducta. Algunos conceptos arquitectónicos ambientalistas por fin cuajaban en una realidad.

Al entrar en una casa recién se sintió del todo en el futuro, y allí todo era una novedad.   Después de unos días empezó su entrenamiento. Sus comandantes eran tipos del pasado, de distintas épocas, y también participaban hombres del futuro, de ese presente.  Entre los soldados se encontraban tipos de esa época, y como todos eran novatos siempre eran los últimos en llegar cuando corrían, e increíblemente, a pesar de lo avanzado de las armas que usaban fallaban la mayoría de los disparos.

Finalmente se presentó una batalla. Los invasores tampoco tenían robots pues también temían que los humanos pudieran controlarlos. Las naves bajaron en una zona alta y, sus soldados, cubiertos con trajes que parecían aptos para usar en el espacio, descendieron por la nieve en un tropel aparentemente desordenado.  Los humanos avanzaron también y el encontronazo se produjo en un bosque que se extendía hacia una pradera congelada.
  
Los rayos de las armas empezaron a cruzarse en el aire. Los que impactaban en los troncos dejaban un pequeño hueco humeante, y algo parecido pasaba si alcanzaban un cuerpo. La batalla pronto se volvió guerrilla, y cada uno se agazapaba donde podía, y era un láser contra otro, y soldados locales e invasores iban quedando tendidos en la nieve cada vez más manchada. Los primeros en caer fueron los voluntarios de aquel tiempo, como era lógico.  Lorenzo era la muerte misma corriendo de tronco en tronco, apuntando al blanco, agachándose ante los rivales, rodando, y sobre todo, siempre atinando sus tiros. 

Después de dos horas, los pocos invasores que quedaban huían hacia la cima. La victoria era de los humanos. Lorenzo encontró a un invasor herido que estaba boca arriba. La parte delantera del casco se levantó y él pudo ver el rostro de su rival. Le resultó mucho menos grotesco que los de las imágenes que le mostraran los locales. La mayoría de sus rasgos eran humanos. Eso era lo que Lorenzo había estado presintiendo, la cosa no era como se la pintaban.  Entonces le preguntó al invasor, aunque no esperaba una respuesta: 

—¿Por qué quieren invadirnos? ¿De dónde son realmente? 
—Solo queremos recuperar nuestro viejo hogar —le respondió el supuesto invasor—. También somos humanos, lo fuimos… pero hace mucho que viajamos y vivimos en otros planetas, y nos vimos obligados a modificarnos genéticamente para adaptarnos. 
—¿Cómo es eso de que son humanos? ¿Antes vivían acá?
—Sí, nuestros antepasados construyeron la Antártida. 

Aquello confirmaba su temor, pero de todas formas ahora él no estaba con los malos. La humanidad había aprendido mucho de sus errores y eso había que defenderlo. Fulminó al invasor y fue a reunirse con los suyos, y nunca mencionó aquello que acababan de contarle. 

Mares Peligrosos

                                    La Embarcación Fantasma
El bote surcaba una parte muy profunda del océano.  Sobre la cubierta estaba Rómulo, su esposa y los Selaya, que eran cuatro, el matrimonio y sus dos hijos. Rómulo no disfrutaba mucho del mar, pero los habían invitado y era gratis, cómo negarse. Los Selaya escuchaban música a todo volumen y cada uno tenía una bebida en la mano. Estaban en la cubierta, tendidos en reposeras frente a la barandilla de estribor. Aquel viaje ya se le estaba haciendo muy largo a Rómulo, quería estar en tierra cuanto antes. Fue hasta la cabina del capitán para preguntarle cuánto faltaba para llegar a la isla que era su destino.  La puerta de la cabina estaba abierta y adentro no había nadie...
 Rómulo sintió olor a pescado, y en el suelo había algo de agua. El rastro de agua salía de la cabina e iba hasta la barandilla. Aquello era raro. Al volver con su esposa y esta le preguntó: 

—¿Qué te dijo el capitán? 
—No estaba. 
—¿Estará abajo? —preguntó ella, levantando la vista hacia la ventana de la cabina. 
—Supongo que sí, lo raro es que no dejó a su ayudante, o como se llame, timoneando el bote. 
—Debe tener algo como un piloto automático, ¿no? 
—No tengo ni la menor idea.

Ambos supusieron que el capitán volvería en cualquier momento. Fueron a babor y siguieron observando el horizonte donde unas nubes pardas se iban aglomerando sobre un mar que empezaba a tomar el mismo color. La música que escuchaban los Selaya estaba muy alta, y el bote al surcar las olas también producía ruido, pero a pesar de eso Rómulo creyó escuchar algo diferente, mas como estaba hablando con su esposa no volteó. Cuando ella terminó una frase, él miró hacia atrás y, los Selaya ya no estaban. Las reposeras encontraban más contra la barandilla y se hallaban en desorden.

—¡Desaparecieron! —exclamó Rómulo. 
—No seas tonto, habrán bajado sin que nos demos cuenta.
—¡No! Hace un instante estaban ahí. ¿Y por qué sus asientos están así?
—No veo nada raro, simplemente los dejaron desordenados, gran cosa. Voy a bajar también. ¿Qué te pasa hoy? —y tras decir eso ella bajó a la cubierta inferior.

Él se afirmó en la barandilla y miró hacia abajo. No podían haber caído todos a la vez, y de ser así estarían flotando, no podrían hundirse tan rápido. Cuando su esposa volvió a la cubierta con el rostro muy pálido él supo que algo muy malo estaba pasando.

—No hay nadie, busqué en todos lados. El capitán tampoco está, ni su ayudante. 
—¿Pero qué está pasando? ¡Nadie desaparece así como así!

De pronto varios tentáculos enormes se elevaron velozmente del agua contra el casco de bote, y sin darles tiempo ni a gritar apresaron a Rómulo y su esposa, y con la misma velocidad los hundieron en el océano: era un calamar gigante. Y el bote pasó a ser otra embarcación fantasma. 
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                                             La Isla
Fernando subió a la cubierta superior de su lujoso bote y lo que vio lo dejó completamente pasmado. El sol terminaba de emerger en el horizonte del mar y el agua reflejaba tanta luz como miles de espejos ondulantes, mientras el cielo cercano al astro rey se había puesto rojo. Parecía que el día se elevaba desde las profundidades. Fernando había visto muchos amaneceres como aquel, lo que lo dejó pasmado fue el enorme contorno de una isla que se elevaba por estribor no muy lejos del bote.  Al anochecer había anclado en mar abierto y ahora había una isla frente a él. 

En el bote también estaba Ana, su esposa. Estaban viajando rumbo al caribe. Realizar aquel viaje en su bote era toda una aventura porque el mar puede ser peligroso, y sus profundidades todavía son misteriosas. Enseguida fue a revisar la soga del ancla. Si estaban desanclados podían haber derivado casi toda la noche.  Para comprobarlo tiró de la soga, estaban anclados.  ¿Qué podía haber pasado? 

En esa época no había GPS, y navegar era un poco más complicado.   Fernando entró en la cabina del bote y se puso a revisar sus mapas y la carta de navegación que había seguido hasta el comienzo de la noche.     El bote estaba bien, no corrían ningún peligro pero no se explicaba cómo había terminado frente a una isla estando anclado, con buen tiempo y en un mar calmo. Seguía consultando sus mapas y los aparatos cuando su esposa apareció desperezándose en la cabina:

—¿Cómo quieres tus huevos? —le preguntó ella, estaba preparando el desayuno. 
—¿Qué? —él seguía inmerso en sus cálculos.
—Tus huevos, ¿cómo los quieres? ¿O vas a comer otra cosa?
—No sé, hazlos como quieras. Estoy revisando nuestra ruta. Al subir me encontré con una sorpresa. 
—¿Cuál? 
—Mira hacia estribor. 

Ana se acercó a la ventanilla para mirar mejor. 

—¿Derivamos, dónde estamos ahora? —se preocupó Ana. 
—Todavía no sé, pero no te preocupes, puede ser que nos hayamos desviado un poco. 
—¿Qué isla es esa? 
—Si lo supiera no seguiría buscando en mis mapas, ¿no? Pienso que tal vez es… —Fernando calló al notar algo inquietante. Al contestarle a su esposa volteó hacia la isla, y ahora podría jurar que era más alta.  

Tomó su binocular y salió a estribor. Los reflejos en el mar habían disminuido un poco y la isla se veía mejor.  No tenía árboles ni plantas, parecía ser rocosa, y distinguió entre las rocas algo de coral muerto, y, ¿aquello eran rocas? 
El binocular se le cayó de las manos por la sorpresa; estaba pasando algo extraordinario: la isla se movía. No era un movimiento lento, avanzaba rápido a medida que se sumergía, y esa acción causaba ahora mucho ruido, como si estuvieran cerca de una rompiente. Antes de hundirse del todo emergió de nuevo, se elevó más adelante y al volverse a hundir se produjo un tremendo estrépito de agua desplazada y se levantaron unas olas grandes. Luego parte del mar bajó junto con aquello y por un instante se formó un remolino gigantesco. No era una isla, era parte del lomo de un animal colosal, un animal absurdamente gigantesco. 

El bote de Fernando se quedó meciendo por la convulsión provocada por aquel ser gigante. Después de aquel momento asombroso y aterrador, Fernando y Ana se miraron estupefactos.  Él se preguntó enseguida cómo podía existir un animal así (porque le había quedado claro que aquello era un animal) sin que se supiera de él. La respuesta le llegó inmediatamente. El mar estalló por todos lados y se elevaron junto con una gran cantidad de agua dos mandíbulas gigantescas y aterradoras, y tenían dientes puntiagudos tan grandes como el bote mismo. Todo pasó en un instante. Tras un nuevo estallido de agua las mandíbulas se cerraron, desapareciendo para siempre al bote y a sus tripulantes. 

sábado, 21 de noviembre de 2015

De Perdidos Y Sobrevivientes

                                                La Selva
La lancha se fue, partió agitando el agua y la seguimos con la vista desde la orilla hasta que se perdió en una curva del río. En ella iba nuestro guía de pesca, su hijo y un ayudante que hacía principalmente de cocinero; ahora estábamos por nuestra cuenta...
 El motor del bote grande estaba averiado. Facundo, el guía, había tratado de repararlo pero tras amontonar piezas del motor en la cubierta nos dijo, con bastante pesar, que tenía que ir hasta un pueblo a buscar un repuesto.  En otra parte eso no sería un problema, pero estábamos en la selva amazónica, a un día en lancha del caserío más cercano y a dos de un pueblo. Éramos cinco pescadores, y como la lancha de respaldo era muy pequeña para todos nos quedamos en un puerto natural, un claro diminuto en la rivera del río, y allí amarramos el bote averiado. No necesitábamos quedarnos todos pero así lo preferimos. Ninguno quería irse dejando a los otros atrás. 

Más allá del pequeño claro se alzaba la selva, oscura, amenazante, y a la vez espléndida y hermosa. El plan ahora era acampar en la rivera durante el día y de noche dormir en el bote mientras esperábamos que Facundo volviera. El contratiempo de estar varados no nos iba a impedir pescar. Lanzamos las líneas desde la orilla y pronto resbalaron en nuestras manos unos bagres inmensos, y también sacamos otros peces que ni sabíamos cómo se llamaban. Durante todo el día cruzaron volando sobre el río todo tipo de aves: ruidosos guacamayos, loros multicolores, garzas blancas, cormoranes, palomas. Y una pareja de nutrias de río se acercó varias veces al puerto atraídos por el olor a pescado.

Detrás de nosotros la selva estaba muy quieta y los ruidos parecían venir siempre de lejos, aunque a veces sentía que nos observaban desde la espesura. Y así pasó el primer día. Cuando cayó la noche vino llena de ruidos: chapoteos en el agua, crujidos que venían de la selva y coros cercanos y lejanos de ranas, grillos y otros insectos. Temprano por la mañana seguimos con la pesca. A esa hora el desfile de aves era mayor aún. En el agua saltaban peces pequeños, grandes, se asomaban en la superficie o agitaban el agua desde abajo. En la selva cantaban bellamente algunos pájaros, mientras un grupo de monos pasó gritando no muy lejos de allí. Viendo toda aquella vida salvaje me dio ganas de entrar a la selva. Cómo tenerla tan cerca y no recorrerla ni un poco. Cuando le comuniqué mis planes a los otros, Renato, un brasilero que nos acompañaba, me recomendó llevar un machete y una cantimplora llena de agua.

—No voy a hacer una excursión —le dije—, voy a andar por aquí nomás.
—Voce vay con cuidado… que o mato e perigroso… —me aconsejó.

Pensé que de todas formas aquellos elementos no estaban de más. Bordeé la selva un trecho e ingresé en ella. Apenas había avanzado unos metros cuando tuve la impresión de estar muy lejos del puerto. Sobre mi cabeza se enmarañaban ramas de todo tipo ocultando el cielo. Por el suelo avanzaban interminables filas de hormigas. Lianas finas y gruesas trepaban por los troncos, colgaban entre los árboles, y había de todos los tipos tipo, retorcidas en tirabuzón, rectas como cuerdas, entrelazadas, y algunas eran tan gruesas que no las podría abarcar con la mano. Probé el machete en algunas ramas y me sentí todo un explorador. Caminé un poco más y estaba empapado en sudor.  Bebí un buen trago de la cantimplora y emprendí el regreso; eso intenté.

Creí volver sobre mis pasos pero, ¿dónde estaban mis huellas? Avancé unos metros y todo me parecía igual. Sabía que no estaba muy lejos del puerto. Escuché durante un rato esperando oír las voces de mis compañeros pero solo percibía el rumor de la selva. Después, aunque no quería que los otros se rieran de mí, grité varias veces, pero no me respondían. En ese punto empecé a preocuparme un poco. Caminar mucho sin haberme orientado era muy peligroso, y podría adentrarme más y más en la espesura y ese podría ser mi fin. Seguro de que no estaba lejos, grité nuevamente, esta vez pidiendo ayuda, entonces escuché unas risas. 

—¡Estamos aquí! —gritó una voz conocida, entre carcajadas. 

Avancé hacia la voz y salí en el puerto. Habían escuchado mis primeros gritos pero les pareció divertido no responder enseguida.
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                                       La Isla Del Gigante
Navegábamos sin saber exactamente dónde estábamos. Nuestro capitán murió en alta mar (era un hombre muy viejo), y el que lo sucedió resultó no ser muy hábil con las cartas de navegación. Pero aunque fuera por buena surte igual teníamos buena pesca. Después de días de navegar inciertamente, el guía, desde los más alto del andamiaje anunció a gritos que veía tierra. Los que nos hallábamos en la cubierta superior volteamos hacia el lugar. Era una tierra cubierta de espesa selva donde se iban elevando algunos cerros, y vimos un volcán humeante. Cuando el nuevo capitán se enteró buscó en sus mapas pero no supo decirnos qué isla era aquella. Ya teníamos poca agua dulce, así que teníamos que ir de todas formas a la isla. Anclamos cerca de aquella enorme masa verde y después bajamos los esquifes. Mientras yo remaba, uno de los marineros más veteranos miraba hacia la isla con desconfianza; escupió hacia un costado y dijo: 

—Espero que no haya caníbales, o alguna tribu hostil.
—Pero, con nuestros mosquetes los ahuyentaríamos, ¿no? —deseé, más que afirmar.
—Depende del hambre que tengan —me respondió, lanzando después una risotada. 

La playa era angosta y la fronda empezaba no mucho más allá. Era tan espesa que podía haber un ejército oculto en ella sin que lo notáramos. Entre las innumerables sombras cantaban varias especies de pájaros y parecía que la selva comunicaba hacia su interior profundo la presencia de unos extraños. Vi unas huellas que se extendían por la playa, no sé de qué eran, pero era algo grande. Algunos hombres se adentraron para buscar agua mientras yo me quedé bajando cocos con otros dos. De repente los pájaros callaron, y un momento después nos sobresaltó un ruido como de trueno lejano, y a ese ruido lo siguieron otros. Pero aquello no eran truenos venían de la isla, y esta llegaba a temblar un poco.

 Entonces imaginé a un monstruo colosal bajando de uno de los cerros, aplastando árboles a su paso, haciendo temblar la tierra y rugiendo con el estruendo de cien cañones. Los que buscaban agua aparecieron corriendo y eso nos asustó más. Llegamos a la playa a toda carrera. Nunca remé con tanta fuerza en mi vida. Pronto estábamos en cubierta.  
Hasta que no nos sentimos a salvo ninguno quiso mirar hacia atrás. Creímos que al mirar desde el barco íbamos a ver un gigante, a un ser sobresaliendo de la selva como uno sobresale de un pastizal no muy alto, pero no había tal ser. Era el volcán el que rugía y ahora volcaba un río de fuego sobre la isla. 
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                                        El Sobreviviente
Claudio despertó con la boca llena de tierra y sangre seca. A pesar de que el cuerpo le dolía sintió un gran alivio emocional; estaba vivo. Se encontraba al pié de un gran barranco. Allá arriba estaba el angosto sendero que se desmoronara en parte cuando él cruzó por allí en su bicicleta de montaña. Algunos guijarros aún se deslizaban barranca abajo.   Claudio tanteó su cabeza, todavía tenía el casco, sin dudas aquello lo había salvado. Se sentó y tanteó la pierna que más le dolía. Estaba quebrada pero no parecía ser grave. Echó una mirada en derredor y se lamentó al ver su teléfono satelital hecho pedazos. La bicicleta se hallaba a unos metros de él, estaba toda retorcida. La mochila se le había desprendido en la rodada y casi todo lo que tenía estaba desparramado.

Lo rodeaba un paisaje de cerros grises adornados con algunos cactus y plantas achaparradas, y también había rocas, muchas rocas. Algunos cuervos volaban en círculo por el cielo azul. El sol quemaba y el aire carecía de humedad.  Arrastrándose sentado recogió todo lo que pudo.  Aquella actividad física era tan peligrosa que él siempre salía bien preparado, y se había imaginado en situaciones como aquella muchas veces. Su prioridad ahora era entablillarse la pierna. Usando la sierra de su multiherramienta cortó un par de caños del cuadro de la bicicleta para luego aplanarlos un poco golpeandolos con una roca. En la mochila llevaba suficiente cinta adhesiva. Con su pierna bien entablillada, nuevamente miró el paisaje que se extendía en todas direcciones.

Tenía que salir de aquel sol. Se movió hasta unas rocas enormes e improvisó un cobertizo con una lona plástica que llevaba. Ahora solo le quedaba esperar a que alguien cruzara por allí, pero sabía que la zona apenas era transitada.  Como vivía solo nadie iba a denunciar su desaparición. Claudio lamentó haberse separado de su novia unos días atrás; su hubiera esperado un poco más… Pero enseguida se resignó. Aquella era su situación y solo debía concentrarse en el presente.

Tenía medicina suficiente como para recuperarse, aunque el agua no le iba a durar más de dos días, y de comer solo tenía unas barras energéticas. Evaluando unas nubes que comenzaron a desfilar por el cielo creyó muy probable que lloviera esa noche, y no se equivocó.  Las nubes se apelmazaron al atardecer y de noche los cerros se mostraban cada pocos segundos iluminados por los relámpagos de la tormenta. Aprovechando el agua que se deslizaba a chorros por la lona llenó un par de bolsas plásticas, les ató cuidadosamente las bocas y las colocó en un rincón de su refugio. Ahora tenía agua para varios días. Se había tomado unos calmantes. Esa noche durmió bastante bien. Cuando amaneció en el cielo no había ni una nube. La tierra sedienta y el sol ya borraban los rastros de la lluvia, y la humedad se evaporaba distorsionando las imágenes lejanas. 

Ahora Claudio pensaba en obtener algo de comer. Creyó que era mejor guardar sus barras energéticas para así contar con ellas si no conseguía otra cosa. Pero, ¿qué comida podía conseguir por allí? La respuesta salió de la grieta de una roca y se aplanó bajo el sol; era una lagartija. Había muchas por allí. Los pequeños reptiles trepaban por las rocas y se acomodaban en sus lugares favoritos, lugares por los que llegaban a enfrentarse a otras. Entre sus cosas para sobrevivir llevaba una tirachinas.   El elástico se estiraba, Claudio medía y, ¡plaf!, una lagartija rodaba inerte, o quedaba pataleando pero herida de muerte. Y así cazó a ocho.

Un arbusto reseco que había cerca le sirvió de leña. Las asó ensartadas en una vara verde. Cuando el sol se acercaba a un cerro las lagartijas estaban retorcidas y secas por la acción del calor del fuego. Comiéndose una lagartija pensó que su situación no estaba nada mal. Podría sobrevivir allí con bastante comodidad. Aquello podía convertirse en la mayor aventura de su vida, una historia para contar cuando fuera viejo.  Estaba probando otro bocado del fruto de su cacería cuando de pronto un grupo de cinco senderistas apareció tras la ladera de un cerro. Enseguida lo vieron y fueron hasta él.  Al verlo entablillado supieron que le había pasado un accidente, y mirando de reojo a las lagartijas asadas creyeron que hacía muchos días. 

—¿Cuánto hace que está aquí, amigo? —preguntó uno de ellos, evidentemente sintiendo bastante lástima por el desafortunado aventurero.
—Estoy aquí desde… desde ayer —contestó Claudio, casi avergonzado por su corta aventura de supervivencia. 

jueves, 19 de noviembre de 2015

De Misterios, Sueños y Brujas

                                                 La Voz
“Yo te conozco”, dijo una voz de pronto.  La frase en sí no era inquietante, pero surgió de la nada cuando Javier atravesaba a pie un camino oscurecido por la noche, por eso lo hizo estremecerse. Lamentó estar sin vehículo y deseó que algún auto pasara por allí en aquel momento, pero nada interrumpía aquella oscuridad. Al intentar ver algo en derredor solo distinguió el contorno de unos arbustos, pero la voz no había surgido de allí.  Cuando creía ver otra cosa la forma se diluía en la oscuridad...

—¿Quién anda ahí? —preguntó amenazante—. Tengo un arma… 
—Yo te conozco —dijo ahora la voz—. Fuiste tú. 
—¿Quién es…? —insistió Javier, mas en ese instante recordó algo.

Volvió a escudriñar rumbo a las negras formas de unos arbustos y, buscando una similitud en su mente, comparando aquello con imágenes diurnas del camino y teniendo en cuenta lo que creía haber recorrido, reconoció el lugar. Entonces empezó a correr, y la voz le gritó desde atrás.

—¡Fuiste tú! ¡De nuevo estás huyendo! ¡Fuiste tú!

Tras correr un poco más dejó de escuchar la voz y se detuvo a recuperar el aliento. Cuando sus latidos disminuyeron siguió caminando. Muy atrás quedó el lugar aquel donde unos años atrás atropellara con su vehículo a un hombre para luego huir cobardemente de la escena. Pero él ignoraba que el dueño de la voz no se había quedado atrás. Esa misma noche, cuando pretendía dormir, escuchó la voz cerca de su rostro: 

—Ya no podrás huir.
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                                                  La Pócima
 Ben no quería morir en aquella batalla, pero tampoco quería confiar en la bruja que le dio la pócima. Fue durante la segunda guerra mundial.  Se hallaba en una larga trinchera. Más allá de esta, en el otro extremo de una pradera humeante donde yacía casi todo un regimiento se agazapaba el otro bando. Unos días atrás, mientras su unidad atravesaba a pie un bosque europeo, Ben se alejó un poco de los otros con la intención de desertar pero sin decidir aún si aquel era el momento.  El bosque era espeso y parecía sumamente antiguo. Ya no veía a sus compañeros, pero si prestaba atención los escuchaba avanzar entre los árboles.  Repentinamente se estremeció de pies a cabeza al escuchar una voz:

—¿Piensas desertar, soldado? —la voz era aguda, temblorosa y cargada de malicia.
Con un movimiento rápido al girar quedó mirando de frente a una anciana espantosa y encorvada. Ben le apuntó con su fusil pero la anciana no demostró que eso le importara. Sacó un frasco pequeño y lo dejó sobre un tronco diciendo después: 

—Con esta pócima puedes pasar por muerto, creerían que te dio algo en el corazón, probablemente, aunque estarás bien despierto, y el efecto paralizante pasará en unas dos horas. Cuando te den por muerto seguramente encontrarás la forma de huir sin que te descubran. Si intentas escapar ahora te atraparán, pues ya te están buscando.

En ese momento Ben escuchó pasos que se acercaban; la anciana no mentía.

—¿Eres una bruja? —le preguntó Ben.
—Creo que es obvio. 
—¿Por qué quieres ayudarme, y, por qué motivo voy a creer en ti?, bruja. 
—Eso lo decidirás tú. Me voy. 

El crujido de una rama cercana hizo que Ben desviara la mirada, y ese instante le bastó a la bruja para desaparecer.  El frasco que dejara esta seguía sobre el tronco. Ben lo miraba de cerca cuando un sargento y otro soldado llegaron al lugar y lo interrogaron:

—¿Qué hace aquí, soldado? ¿Intenta desertar? 
—Nada de eso, sargento. Creí escuchar un ruido y me aparté un poco. Debió ser un ciervo u otro animal. 

El sargento no quedó muy convencido, pero en ese momento escucharon un ruido, y un ciervo pasó velozmente no muy lejos de ellos e inmediatamente se perdió en el bosque. La oportuna aparición del animal disipó las dudas del sargento. Cuando le dieron la espalda Ben guardó el frasco en un bolsillo. Al voltear hacia donde desapareciera el ciervo vio fugazmente a la bruja. 
Ahora, a punto de comenzar la batalla, Ben no decidía si tomar aquella poción a no. Pocas cosas se dan gratis en la vida, ¿por qué una bruja lo iba a ayudar? ¿Qué intenciones ocultaba? Mientras él pensaba la primer línea salió al campo de batalla, y entre los gritos que algunos lanzaban para darse coraje estallaron cientos de detonaciones. Aquello lo hizo decidirse. Pensó que en el peor de los casos el líquido era veneno, y prefirió el veneno a los horrores que le esperaban allí adelante. Sacó el frasco, bebió su contenido rápidamente y volvió a guardarlo en su ropa.  No sintió nada. Ya tenía que salir a combatir y no sentía nada. ¡Maldita bruja!

Apenas salió al campo de batalla lo impactó una lluvia de balas. Entonces, sintiendo un dolor inimaginable. Cayó como otros pero su caso era peor; tenía varias heridas mortales pero no moría ni perdía la conciencia. Entonces comprendió que la poción no funcionaba como se lo había dicho la bruja. Lo que bebió hacía que no muriera pero con todas aquellas heridas solo servía para prolongar su sufrimiento, y que aquello era mucho peor que la muerte.
Hasta las brujas odian a los cobardes.
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                                     Los Camiones Misteriosos
La solitaria casa de Manuel se encontraba a unos cien metros de un desparejo camino rural. Esa tarde Manuel se hallaba sentado bajo la sombra de un árbol que tenía en el patio; a su lado estaba su esposa. Algunas gallinas deambulaban por el patio, se detenían, picoteaban el suelo y volvían a deambular perezosas . El perro de Manuel se echaba a sus pies, con la lengua de afuera y los ojos entrecerrados. La tarde trascurría saturaba de luz y tranquilidad, de esa tranquilidad del campo que hace suspirar y mirar a lo lejos buscando no se sabe qué. 

La tranquilidad fue interrumpida de a poco. El ruido de varios motores potentes se fue aproximando desde un extremo del camino. Una nube de polvo acompañaba al ruido.  Era una caravana de enormes camiones negros. Tenían contenedores altos cerrados por todas partes. El perro, que había girado la cabeza hacia el ruido, se levantó y salió corriendo rumbo al portón anticipando algunos ladridos. Las gallinas se espantaron y cacarearon alarmadas para luego huir entre aleteos ruidosos.  Manuel miró a los camiones algo extrañado, y la curiosidad empezó a picarlo inmediatamente.

—¡Vieja! —Manuel tuvo que gritar para hacerse entender sobre el ruido de los camiones—. ¿Qué crees que lleven eso camiones? ¿No te parece raro que anden por un camino como este? 
—Y yo que voy a saber. Mira me espantaron a las ponedoras, menos mal que no tengo ninguna con pollos. Espero que no pasen todos los días.

Y los camiones se alejaron dejando una nube de polvo por todo el camino. Inmediatamente la quietud y el silencio se asentaron sobre aquel paisaje al igual que el polvo del camino. Pero Manuel seguía pensando. Que pasara por allí un camión con madera o con ganado no era tan raro, mas aquellos vehículos relucientes llevaban algo más, qué, Manuel no se lo imaginaba. El día siguió y llegó la noche. Ya en la cama, Manuel se acordó nuevamente de la caravana misteriosa.  De circular de noche por allí sus luces potentes abrirían largamente las tinieblas y su ruido despertaría a los pájaros que duermen entre las sombras de las arboledas. 
Manuel se sentó de golpe, había percibido un ruido muy fuerte. Su esposa no estaba en la cama. Salió del cuarto y atravesó la oscuridad de la casa. Sabía que el estruendo había surgido afuera, en el camino. Ya afuera intentó distinguir algo. La noche estaba negra. Le pareció extraño que el perro no estuviera ladrando.  Casi frente a las vagas líneas del portón que lograba vislumbrar, había un objeto enorme y más negro que la noche: era uno de los camiones misteriosos. 

Cruzó el patio y se acercó al coloso oscuro. Un rechinido dejó claro que algo se abrió. Cuando Manuel hizo un esfuerzo para ver, unas figuras deformes que rengueaban y se retorcían empezaron a salir del camión. Era una horda de muertos vivientes. Manuel quiso correr hacia la casa pero cada paso le costaba un enorme esfuerzo de voluntad y los muertos se le acercaban gimiendo y lanzándole manotazos y dentelladas. Le costaba tanto correr que comprendió lo que estaba pasando: “Esto es un sueño”, pensó Manuel, y al hacerlo despertó en su cuarto. Su esposa estaba sentada, y al notarlo despierto le dijo:

—¡Que susto que me dio ese ruido! ¿No lo escuchaste? A mí me parece que es de un camión que volcó ahí enfrente. Ve a ver. 

De Trolls

                                                  La Roca
Durante la cena, hablando de una cosa y otra, surgió el tema de los sueños, y Emanuel dijo recordar uno muy extraño, pero se arrepintió de haberlo dicho y no quiso contarlo al grupo. Cuando Emanuel y Carlos quedaron solos, porque las mujeres fueron a la cocina, Carlos lo animó para que le narrara el sueño: 

—Vamos, amigo, cuenta lo del sueño, aquí entre nosotros. 
—Está bien, que mas da. A vos te lo cuento —y Emanuel comenzó a narrarlo—. Empezó en una pradera inmensa. Inmediatamente supe que soñaba. Algunos árboles formaban pequeños grupos aquí y allá entre los pastizales. Yo caminaba en ese paisaje. El pasto se agitaba constantemente y se escuchaba el rumor del viento. No puedo decir que hacía calor, porque era un sueño, pero tenía la sensación de calor. Aquel paraje era muy desolado, hacia donde girara veía lo mismo: pastizales inquietos, grupos de árboles desparramados y soledad. Seguía caminando cuando escuché un retumbar mudo, y aquel retumbar se transmitía mas por la tierra que por el aire. Enseguida pensé en una estampida, ¿pero estampida de qué? Cuando lo descubrí quedé asombrado; eran mamuts y venían rumbo a mí. 
—Que sueñes con mamuts no es raro —lo interrumpió Carlos—. Te la pasas excavando huesos de esos animales.  
—Lo sé, lo raro no es eso. Espera, ya llego a la parte rara. Como te decía, una manada de mamuts venía hacia mí. Corrí, como se corre en un sueño, y al alcanzar una roca me escondí tras ella. Y los mamuts pasaron al trote a mi lado. ¡Que animales magníficos! Eran gigantes, peludos, la tierra temblaba bajo sus pies. Sabía que soñaba, pero eran tan reales… La manada pasó. Muy a mi pesar, enseguida que ocurrió eso perdí la lucidez, ya no sabía que era un sueño, y de repente andaba en otro lugar, “viviendo” otra historia. Pero luego, esa misma noche, volví a la pradera desolada, y ahora esta se encontraba bajo la luz pálida de una luna llena enorme. Avancé por aquel paisaje envuelto en una luz fantástica. Al llegar a una zona muy abierta divisé a los mamuts, estaban pastando, arrancaban grandes manojos de pasto con su trompa y se la llevaban a la boca. Yo los observaba escondido tras un pastizal...

“De pronto la manada se inquietó, se movieron hasta adoptar una posición defensiva y empezaron a emitir fuertes bramidos. De pronto, un ser colosal que caminaba sobre dos patas salió de atrás de una colina y arremetió contra los mamuts. Era un ser humanoide de mas de tres metros de alto, calculé por el tamaño de los mamuts, y aquel ser era extremadamente ancho: era un troll. Enseguida me recordó unos viejos dibujos de trolls que viera hacía mucho. El gigante esgrimía un garrote enorme, un tronco, y con él aporreó a un mamut, pero el animal no cayó porque el golpe no debe haberle dado de lleno, y al defenderse violentamente atropelló y casi atravesó con un colmillo al troll. 

“La manada se dispersó inmediatamente, incluido el mamut herido, y el gigante quedó solo, agonizando. Yo seguía en mi escondite de pasto, asomando solo la cabeza entre las hierbas. El troll se sentó, como resignado, y se miró la herida que tenía en el vientre.  En ese momento de nuevo me di cuenta que soñaba. No me moví por temor; gigantón aún estaba vivo, y aunque aquello no fuera real nada impedía que se levantara y me persiguiera. Pero permaneció sentado, moviéndose apenas.  Luego empezó a amanecer, se incendió el horizonte, y cuando los primeros rayos del sol se alargaron por la pradera el troll sufrió una transformación increíble: se transformó en piedra, entonces desperté. 

“Bueno, como bien has dicho, que yo sueñe con mamuts no es algo raro, por mi profesión, ya he desenterrado montones de sus huesos; pero soñar con un troll también ya no es tan comprensible, mas lo verdaderamente raro es lo que me pasó después, en una excavación. En una zona donde había huesos de mamuts, hallamos una roca de varias toneladas que no pudimos identificar. Principalmente era calcio, pero no era calcita, era, desconcertante. Como seguramente te estás imaginando, recordé el sueño y pensé que aquello era un troll convertido en piedra, y aunque la idea era absurda, allí estaba la roca. Cuando la hicimos analizar el misterio continuó, porque si bien no era un tipo de roca del todo desconocida, sí era muy extraño que estuviera en aquella zona, porque se las halla principalmente en Europa, en los países escandinavos. Sí, donde dicen que los trolls existieron.    
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                                         El Ser De La Colina
Brian notó algo que la mayoría normalmente pasaría por alto. Caminaba por una colina de su propiedad (que se hallaba en Irlanda), cuando le pareció que en el lugar había menos rocas. 
Cuando su padre se jubiló y por motivos de salud tuvo que retirarse a la ciudad, Brian se hizo cargo de las tierras de su familia. Antes de eso estaba viviendo en la cuidad, pero cuando su padre lo necesitó no dudó y volvió a su viejo hogar. Su propiedad estaba formada por colinas y pequeños valles donde pastaban mansamente las ovejas. Si se estaba en una posición alta a lo lejos se divisaba un horizonte azul que era el mar, y en otro extremo se elevaban unas montañas redondeadas por el tiempo. Aquel paisaje era agreste y desolado, y en los pocos caseríos y pueblitos de la región continuaban tradiciones viejas, y las historias de seres mágicos no se consideraban cuentos. Brian se crió en ese ambiente, pero unos años viviendo lejos de allí lo convirtieron en escéptico.   Pero pronto iba a volver a creer, porque ahora tenía un nuevo vecino.
Cuando recorría una colina pedregosa notó aquello. ¿Dónde estarían las rocas faltantes? Le pareció una tontería, pero como era muy curioso no podía olvidarse de ello.  Al otro día volvió al lugar y descubrió que faltaban más rocas.   Ese material sobraba en la región, ¿quién iba a interesarse en las de allí? Era absurdo, pero que faltaban era una realidad. Volvió a la casa y, sentado frente a la chimenea encendida llamó a su padre por teléfono:

—¡Hola! —atendió su padre. Este se encontraba mirando la televisión
—Papá, soy yo, Brian —cuando el viejo escuchó que era su hijo apuntó el control remoto y apagó la tele.
—¿Cómo andas, hijo? 
—Bien, ¿y cómo andan ustedes por ahí?
—Muy bien. Tu madre recién salió a hacer unas compras.
—Que bien, mas tarde la llamo a ella. Papá, tengo una pregunta que hacerte, lo que voy a decirte es una tontería, lo sé, pero me tiene intrigado. 
—Sabes que en lo que pueda ayudarte lo haré.
—Sí, verás, anduve recorriendo la colina de aquí al lado y, noté que faltan piedras, algunas bastante grandes. ¿Qué crees que pueda ser? ¿Será que alguien las toma para algo? 
—¿Faltan rocas?… Entonces tal vez se trate de un troll.
—¿Bromeas?
—No. ¿Has olvidado que una vez te dije que vi uno?
—Ahora lo recuerdo, pero creí que era un cuentos.
—Fue real, fue muy real, nunca olvidare ese encuentro. 
—Entonces, por lo que sé de los trolls, este se está comiendo las rocas, ¿no?
—Es algo que hacen a veces. No creo que se alimenten solo de eso. Tal vez las consumen como un complemento, como cuando los animales necesitan minerales y lamen la tierra o mastican rocas blandas.  Probablemente esté viviendo en esa misma colina. Que no te extrañe si empiezan a faltar algunas ovejas. 
—Rocas es una cosa, pero ovejas no lo tolero.
—Tienes que hacerlo. La Tierra antes le pertenecía a seres como los trolls. Los humanos lo expulsamos al olvido, a tierras remotas. Cuando toman algo nuestro no nos podemos quejar. Déjalo, hijo, no lo molestes. 
—Está bien, papá, gracias. Adiós. 
—Cuídate, y deja a esa criatura en paz. 

Brian cortó y quedó mirando el fuego, pensativo. Agregó otros leños y después fue a prepararse una taza de té.  Mientras bebía al calor de las llamas siguió pensando. Su padre tenía razón, si era un troll era mejor dejarlo en paz, pero, por lo menos quería verlo. Le emocionó la idea de ver a un ser que creía inexistente. A Brian le gustaba la cacería, y había llevado con él una mira telescópica con visión nocturna, aquello le iba a servir para ver a su vecino come piedras. Desde la ventana de la sala se veía perfectamente la colina, aquel iba a ser su punto de observación.  Esperó a la noche y cargó un sillón hasta la ventana. Descorrió solo lo suficiente la cortina y se sentó a esperar observando por la mira.

Era un hombre de paciencia, pero como a la hora comenzó a cansarse.   Se preguntó si lo que estaba haciendo era una tontería. Acechar a un ser mítico… si sus amigos de la ciudad lo supieran se morirían de risa. Cuando empezaba a creer que solo estaba perdiendo el tiempo, el ser que esperaba apareció de pronto. Gracias a la mira podía verlo perfectamente. Tenía una nariz enorme, al igual que sus orejas, y una melena desordenada le bajaba hasta más allá de sus anchos hombros.   El ser caminaba mirando hacia abajo, como eligiendo las piedras. Repentinamente se volvió hacia la casa; se había dado cuenta que lo observaban.  Brian vio que el gigantón hizo un movimiento brusco; había arrojado algo hacia la casa.

La ventana estalló ruidosamente en un gran número de vidrios. Brian se cubrió la cara con los antebrazos. Cuando volvió a mirar el aire frío de la noche entraba por la abertura sin vidrio. Detrás de él la roca que arrojara su vecino acababa de chocar contra una pared y terminaba de rodar por el piso de la sala.   Tuvo suerte, si le hubiera acertado sería su fin. El troll ya no estaba en la colina. Brian se arrepintió por ser tan curioso.  Desde esa noche ya no faltaron rocas; su vecino se había marchado al verse descubierto.