¡Advertencia!: Todas las obras del blog le pertenecen a Jorge Leal. Prohibido tomarlas para cualquier fin sin consultar antes al autor. Y en todos los casos se deberá citar la fuente y el autor, y no se podrán usar con fines comerciales.

Buscar en este blog

domingo, 29 de noviembre de 2015

Anécdotas Bien Interesantes

                                                   La Luna
Esa noche de luna me pasó algo por demás curioso que al recordarlo me provoca una cosa bastante desagradable: el recuerdo de un susto repentino...
Durante el día había hecho un calor infernal y al llegar la noche las paredes de mi casa emanaban el calor acumulado y el ventilador no era suficiente.  Cansado de sudar en la cama salí al patio. Fuera estaba muy claro, la luna se hallaba en su fase  llena y el cielo estaba limpio. El aire era una delicia, húmedo, cargado de aromas que se presentaban mezclados por momentos, eucaliptos florecidos, hierba cortada y la esencia de varias flores silvestres. Pensé en llevar una reposera al patio y dormir allí pero me di cuenta de que todavía no tenía sueño. Entonces decidí dar un paseo. Poco rato después salí de mi casa y partí hacia el bosque que se eleva cerca de mi hogar. 
  
La luna iluminaba tanto que hasta la sombra de los árboles eran tenues. Iba por un sendero serpenteante. En uno de los recodos creí ver movimiento más allá del sendero. Era la forma de un hombre. Caminaba girando la cabeza hacia todos lados pero pareció no notarme. Unos pasos más y dejé de verlo entre la fronda. ¿Qué estaría haciendo aquel tipo allí? Tal vez lo mismo que yo, dando un paseo. No me inquietó en lo más mínimo. Al aprontarme para la caminata había tomado mi revólver, y con un peso en la cintura la confianza aumenta enormemente. 

Cuando supuse que ya me había apartado mucho del tipo volví a sumirme en la contemplación de la noche. ¡Que aromas traía la humedad y que luna más hermosa! Me detuve en un claro y miré hacia arriba. Aquella misma luna había sido testigo de tantas cosas; había iluminado al ser humano desde sus primeros pasos vacilantes sobre la tierra, desde antes, desde… el comienzo mismo de la vida. Aquella misma luna que ahora contemplaba había brillado sobre los dinosaurios, sobre bosques primitivos, mares peligrosos repletos de gigantes… ¿Cuántos poetas habrán escrito sobre ella? La Tierra siempre está cambiando, y allí está la luna, reflejándose en el hielo de las eras  frías, mostrando las copas de las selvas, inundando las praderas con su luz… 

Entre tantas reflexiones soñadoras no advertí algo. Los pasos del otro caminante, y tal vez lo zigzagueante del sendero nos habían acercado de nuevo. Él pareció notarme un instante después que yo y se detuvo en seco, como sorprendido. Avanzó más lentamente y me saludó con un gesto de la cabeza. Me pareció que me correspondía decir algo: 

—Buenas noches. Linda luna, ¿no? 
—No para mí —me contestó. 

Atravesó el sendero, se despidió con otro gesto y se internó nuevamente en el bosque. En ese momento decidí volver. La respuesta del tipo me había intrigado, sobre todo porque esa noche estaba muy predispuesto a pensar. ¿Por qué la luna no era buena para él? Cuando ya estaba cerca de mi hogar, me estremecí (o tal vez llegué a saltar incluso) cuando explotó repentinamente un aullido por demás potente, aunque parecía originarse bastante lejos de allí. Fue un aullido larguísimo y mientras duró me pareció que reverberaba en mi cuerpo.  Luego, silencio, la calma volvió más pesadamente todavía. Entré a mi cabaña y cerré todo. Con los primeros rayos de luz del día sentí ganas de investigar. ¿Qué había sido aquello? Obviamente me imaginaba lo peor, y venía a mí la imagen de un inmenso y grotesco hombre lobo aullandole a la luna.  Entonces recorrí largamente el bosque, hasta que finalmente descubrí una camisa toda rasgada, sin ser vieja, y también había otros trozos de tela, y en un tronco cercano, cinco surcos profundos arañados en la corteza. 
                                       - - - - - - - - - - - - - - 
                                        La Casa Del Horror
Conduje como una hora por un camino de tierra desparejo y lleno de pozos. Crucé por tres puentes atravesados por arroyos bordeados de monte nativo. Pasé por bosques, praderas y soledad.  Ya estaba considerando si me ahorraría algún dinero o si al final el cerdo me iba a costar lo mismo o más que en la ciudad, porque el lugar donde pensaba comprarlo resultó estar más lejos de lo que creía. Al terminar de doblar una curva divisé la casa. Tal como me dijeron, cerca de ésta había unos remolques muy coloridos.  Bajé del auto y golpeé las manos. La casa estaba a unos treinta metros del camino. Vi salir de su interior a un señor enorme de barba espesa canosa y sombrero de paja:

—¡Buen día! —saludé—. ¿Aquí es donde venden cerdos?
—Buen día. Aquí criamos cerdos, después los vendemos ¡Jajaja!  —me contestó el hombre con una voz potente y grave que iba muy bien con su aspecto.

Me había enterado que en aquel lugar vendían porcinos a un precio muy económico; elegías el tamaño y al otro día te lo llevaban a domicilio ya carneado y limpio. Faltaban tres días para fin de año y en mi familia el cerdo asado era una tradición. Me invitó a pasar y salimos rumbo al criadero, el cual estaría a unos cien metros de allí. Por el camino cruzamos por los remolques. Parecían ser de un circo o algo por el estilo.

—Coloridos los remolques —comenté, y pregunté—. ¿Son de un circo o algo así?
—Antes mi familia tenía un parque de diversiones —me respondió con visible orgullo en su cara—. Yo me quedé con estos remolques. Servían de habitación y de vestuario para la gente que trabajaba allí, en ese vivía un payaso. 
—Ya veo, pensé que eran de un circo, por los dibujos —le dije.
—Eso que está ahí era la casa del horror —continuó— La traje en piezas y la armé aquí tal cual estaba. 
—Debe ser un gran recuerdo de familia.
—Lo es, sí que lo es, me recuerda mi infancia. ¿Quiere entrar?
—¿A la casa del horror? 
—¿No se anima?, si entra por esa puerta y sale por la del fondo le regalo un cerdo.

Yo me reí, creyendo que bromeaba, después vi que había quedado serio tras su barba. 

—¿Lo dijo en serio?
—Claro que si.

Me emocionó la idea de un cerdo gratis. Subí una escalerilla de madera, de cuatro peldaños, empujé la puerta y entré. En un primer momento no conseguí ver nada: adentro estaba muy oscuro. Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra pude avanzar, vacilando. Me pareció que mayormente el lugar estaba vacío, apenas distinguí unas estructuras como estantes, eso me parecieron. Estaba por llegar a la puerta de atrás cuando vi que algo se movía en el suelo y avanzaba rumbo a mí.  En aquella penumbra sólo pude distinguir que era un bulto de color claro y que avanzaba hamacándose. Era muy bajo y en su parte superior parecía ondular una serpiente. Aquel ser tan extraño me espantó. Salí por la puerta de atrás como un viento, gritando, y a la escalerilla la bajé de un salto.

El dueño del lugar, que estaba esperando mi salida, comenzó a reír estrepitosamente. De la casa del horror salió un ganso, con su andar desparejo y evidentemente  enojado porque yo había irrumpido en su hogar.

—¡Vamos a elegir a su cerdo!—dijo el hombre entre risas. ¡Se lo ha ganado! ¡Jajaja…! 

1 comentario:

¿Te gustó el cuento?