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martes, 10 de noviembre de 2015

Cuentos Cortos Para Fierreros

                                             Un Desastre Inminente
Ese día atravesé un camino bastante desparejo y tal vez ahí surgió el problema. Manejaba una camioneta pesada (una Willys del 53 que era mi orgullo) y llevábamos bastante carga. La curva de la carretera era leve, pero como venía algo rápido quise frenar un poco y, el freno no andaba. Me acompañaba mi esposa y mis dos hijos pequeños. Era la situación que todo conductor teme...
Bombee el pedal pero nada, estaba completamente sin frenos. Entonces rebajé un cambio y doblé sin problemas; pero luego de la curva había una bajada. Mi esposa iba ojeando una revista, por eso no se dio cuenta, y mis hijos eran muy pequeños como para entender qué pasaba.   La mayor parte de la bajada era recta pero al final terminaba en curva que casi describía una u. La banquina era muy angosta en ese tramo, y más allá de ella, una caída de veinte o treinta metros. Mi esposa de pronto pareció presentir algo, levantó la cabeza, me miró y luego vio hacia adelante.

-Que curva fea esa -me dijo-. ¿Hemos pasado por aquí antes?¡Pablo!
-No me distraigas -le dije secamente.

Ahora ella estaba segura de que pasaba algo. Volteó hacia los niños y después me puso la mano en el hombro. De reojo vi que se persignó. Mis hijos iban cantando felices en el asiento de atrás. Ya había bajado a segunda (era una caja original, de tres cambios). Disminuí bastante la velocidad pero el vehículo ya había tomado mucho impulso. Sabía que no podía poner primera a aquella velocidad por un problema de la caja, pero lo intenté, mas como suponía el cambio no entró. La altura del vehículo lo hacía algo inestable, y para empeorar todo el volante tenía un “juego” importante: la receta perfecta para un desastre. Al tomar bruscamente la curva la camioneta se inclinó tanto que levantó las ruedas de un lado. De milagro no volqué, faltó muy poco, pero el momento fue feo. Después seguía un tramo muy largo recto y plano que subía un poco, y allí la camioneta se detuvo completamente con el freno de mano. 

Mientras esperábamos una grúa me extrañó un poco que mi esposa no me hiciera ningún reproche, he intuí un desastre inminente. Cuando vino la grúa ella me dijo en voz baja pero con un tono rabioso: 

-No quiero ver nunca más a esa camioneta: elige entre ella o tu familia.
Entonces tuve que deshacerme de mi Willys perfectamente conservada, aunque si digo que no dudé ni un momento estaría mintiendo.
                                                 - - - - - - - - - - - - - - - 
                                   El Auto Inteligente
   Sandro despertó de madrugada al cruzar por un bache, y un instante después advirtió que el auto lo llevaba por un camino desconocido. Era un camino de tierra y alrededor todo estaba oscuro, no había casas. Sandro maldijo su suerte: “¡Un auto inteligente recién comprado y ya se descompuso!”, pensó. 

En ese presente las computadoras y los robot realmente eran inteligentes, podían tomar decisiones sin que se las programaran; la inteligencia artificial ya no era ciencia ficción. Pronto esa tecnología llegó a los autos. Sandro adquirió uno. Los primeros días fueron algo incómodos para él, aún le costaba confiar completamente en una computadora, que aunque podía ser controlada con la voz, e incluso desconectada completamente, si el usuario se lo permitía podía tomar todas las decisiones,  ya fuera para detenerse, continuar, acelerar… En pocas palabras, el auto se conducía solo. Bastaba con confirmarle un destino y eso era todo lo que tenía que hacer el propietario. Con el uso Sandro se fue acostumbrando. En su primer viaje largo trazó una ruta y se dispuso a dormir. Ya no era la tecnología ayudando al conductor, era la tecnología conduciendo.

Ahora Sandro no sabía donde estaba. Las pantallas del auto estaban oscuras, no mostraban nada pero el coche seguía andando. Tampoco funcionaba el comando de voz. La cosa era fea; Sandro empezó a sudar frío. El volante se encontraba replegado en el tablero, y aunque lo intentó no pudo sacarlo de allí. Cuando empezaba a creer que iba a morir, el coche se detuvo y se abrió la puerta. Más que salir Sandro se arrojó fuera de la máquina. Ya con los pies en la tierra suspiró hondo : “Estuvo cerca”. La puerta del coche se cerró y se apagaron las luces y el motor.

-¿Inteligente? ¡Esto es una máquina estúpida! -gritó Sandro, frustrado.

La noche estaba muy oscura, pero con todo logró distinguir que estaba rodeado de campos. Lo único que podía hacer ahora era desandar el camino aquel. Quiso consolarse pensando que la caminata le iba a servir para descargar su frustración. Estaba algo fresco y el viento soplaba en la oscuridad. Dejó al auto atrás.
Unos kilómetros más adelante las luces de un coche lo iluminaron desde atrás.  Tal vez si pedía un aventón podría tener suerte. Sandro se ubicó en el costado del camino y extendió un brazo con el pulgar levantado. El coche siguió acelerando. Al ver que no se detendría se apartó un paso más del camino, entonces el auto enderezó hacia él y aceleró más.

-¡Pero qué diablos…! -exclamó Sandro.

Un salto oportuno hacia atrás lo salvó de ser arrollado. En ese momento se dio cuenta que aquel era su vehículo: ¡La máquina intentaba matarlo!  El auto siguió unos metros y dobló en u. Sandro empezó a correr, pero de qué le serviría contra algo tan rápido.  En ese costado del camino había un terraplén de tierra bastante alto. Aquello podía salvarlo. Cuando empezó a trepar el auto ya se lanzaba hacia él. Salvó sus piernas por poco. Al impactar contra el terraplén el coche volcó, quedando con las ruedas hacia arriba. La máquina quedó “chillando”, haciendo girar sus ruedas, acelerando, mas ya no podía moverse.  Sandro bajó del terraplén y se cercioró: nadie conducía el auto, la máquina lo había intentado matar. 

Después de ese suceso aterrador caminó muchos kilómetros. Al alcanzar la ruta consiguió quien lo llevara. Los fabricantes del auto por poco no lo llamaron de loco cuando hizo la denuncia, y era obvio que nadie le creía, por lo que el asunto quedó en nada. 
Cuando algo es lo suficientemente inteligente como para tomar decisiones, puede crear una “personalidad”, y esa personalidad inevitablemente se va a ver influenciada por las dos grandes energías que rigen el universo: lo positivo y lo negativo, el bien... y el mal.

4 comentarios:

  1. Acuerdame nunca tener aparatos inteligentes jajaja

    Stephanie

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    1. ¡Jajaja! Pues yo no creo que me de ni para uno automático ¡Jaja! Gracias, Stephanie. Bienvenida a este blog. ¡Saludos!

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  2. Me sentí familiarizado con el fallo del freno ya me paso dos veces fue aterrador jaja.Dario

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    1. A mí también me pasó y fue en una Willys, en la que describo en el cuento. Más de un susto me dió ¡Jaja! Gracias, Darío. Saludos!!

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