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lunes, 16 de noviembre de 2015

De Aventuras Peligrosas

                                      La Última Aventura
Los malvivientes empujaron a Daniel fuera del vehículo y se marcharon a las carcajadas. Lo habían dejado en medio del desierto egipcio.  Daniel se sacudió la arena que se le metió en la ropa mientras miraba al vehículo desaparecer tras una duna.  Estaba en una situación muy mala pero se alegró de estar vivo...


 Era su segunda visita a Egipto. Como ya conocía las pirámides quiso aventurarse en otras zonas. Contrató a tres locales que decían conocer la ubicación de unas pirámides más antiguas. Dichas pirámides existen, pero sus guías no eran más que ladrones, y tras dar muchas vueltas por la vastedad del desierto lo robaron, dejándolo abandonado luego, y en aquel lugar eso equivale a la muerte. El mortal sol del desierto se encontraba muy alto en el cielo. Daniel entrecerró los ojos y apantalló el sol con una mano al levantar la vista. Al día le quedaban muchas horas. Tenía que encontrar un lugar con sombra.  Consideró que no tenía caso seguir las huellas del vehículo porque los ladrones habían dado muchas vueltas para despistarlo. 
  
Giró mirando en derredor. El aire caliente ascendía distorsionando la visión del horizonte. Divisó lo que a la distancia le parecieron hongos gigantes. Aquello le resultó muy extraño, pero era la única zona que prometía una sombra. El resto del paisaje era una desolación plana que continuaba hasta donde alcanzaba su vista. Empezó su larga caminata. Soplaba un viento bastante fuerte y muy caliente. La boca se le resecó enseguida y la saliva se le espesó. Aquel lugar mataba secando; calcinaba con el sol y evaporaba la humedad con el viento.  Su destino a veces parecía desaparecer en el aire vibrante, luego aparecía y se mostraban aquellas formas extrañas.

Cuando sus sienes comenzaron a palpitar con fuerza se quitó la camisa y se la envolvió en la cabeza. Cada vez estaba más cerca pero muy difícil caminar en aquel calor abrumador. La claridad era excesiva, todo estaba amarillo, el sol lo teñía todo.  Ya próximo a las formas extrañas supo qué eran. Se trataba de rocas erosionadas por el viento y la abrasión de la arena. Eran muy curiosas, pues se afinaban en el medio haciendo que la parte de arriba fuera más ancha. Algunas tenían una base tan delgada que costaba creer cómo aún se mantenían en pie, y esas eran las que se parecían mas a un hongo gigante. Bien podría tomarse aquel lugar por un bosque de hongos petrificados. Daniel buscó una roca de apariencia más estable y se sentó rendido bajo su sombra.

Pensando en su situación sintió que aquella iba a ser su última aventura. Si todo terminaba allí no era un mal lugar; jamás había visto un paisaje tan extraño. Después su esqueleto le daría un toque macabro, sonrió al pensar en eso. Se recostó a la roca y tomó una siesta  para reponer un poco las energías. El escultor de aquel singular paisaje, el viento, continuaba haciendo su lento trabajo y circulaba por el lugar silbando entre sus esculturas.  Las sombras de las rocas se fueron desplazando y haciéndose más largas y se estiraron hasta unirse con el gris de las hondonadas; el día llegaba a su fin. La noche trajo un cielo completamente estrellado, y también llegó el frío. El viento calcinante del día ahora helaba.

Si no es muy oscura la noche es un buen momento para caminar, mas él se había cocinado demasiado bajo el sol y su deshidratación era muy severa, no podía continuar. Aunque el hombre ya se resignaba a su destino, más por valentía que por debilidad, su instinto de conservación lo hizo cavar en la arena buscando un alivio al frío. Mientras cavaba con las manos algo que se le cruzó por la mente lo hizo sonreír: “Estoy cavando mi propia tumba”, pensó. Cuando estuvo lista se acostó a temblar. 

¿Escuchaba algo o era solo el viento? Se irguió en su pozo y al girar la cabeza vio una luz. Unos camellos bramaban y había voces humanas. Pensó que sería un grupo de nómadas. Se desplazó entre las rocas y los vio. Era un grupo bastante grande, entre los hombres había mujeres y niños. Tenían una fogata y cocinaban algo.   Daniel saludó desde lejos para no sorprenderlos tanto, pero inevitablemente todos voltearon hacia él alarmados. Las mujeres tomaron a los niños y unos hombre con turbante avanzaron hacia él.  Cuando les narró su desventura enseguida se solidarizaron. Lo invitaron a arrimarse al fuego y le dieron agua. 

Mientras bebía se dio cuenta de algo pero no quiso pensar en eso. Aquello era mejor. Su mente le estaba brindando alivio en sus últimos momentos. Cuando llegó el día, el viento que esculpía las rocas tenía ahora otra tarea, y lentamente fue rellenando con arena el pozo donde yacía Daniel.  
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                                      La Tormenta De Nieve
Armando descendía una montaña nevada deslizándose sobre sus esquís. Estaba muy lejos de los otros esquiadores porque había bajado por otra cara de la montaña. Cerca de una línea de árboles la pendiente se fue haciendo menos pronunciada. Se detuvo en esa zona y,  después de quitarse los lentes volteó y miró hacia arriba.   No se distinguía entre la cima y las nubes blancas que la envolvían: todo era blanco. El cielo se había tornado del mismo color y un viento cada vez más fuerte impulsaba una nieve muy fina. Al ver aquella tormenta se arrepintió de haber explorado solo aquella parte, pero ya estaba allí; ahora debía descender más y buscar un refugio.

Como entre los árboles la pendiente era muy poca tuvo que bajar caminando. Los pinos que lo rodeaban, que estaban cubiertos de nieve, empezaron a agitarse y a aullar: la tormenta había descendido hasta el bosque.  La nieve que caía de los árboles, del cielo, la que arrancaba el viento de la montaña, se le acumulaba constantemente sobre los hombros, sobre la cabeza, y al golpearle la cara casi no lo dejaba ver, y el aullido de los pinos aumentaba. Cuando halló un lugar propicio para hacer una cueva de nieve, sacó la pala desarmable que cargaba en la mochila y se puso a cavar. Cavó y cavó hasta formar una angosto túnel y en el fondo de éste una cavidad donde poder acostarse. Sacó lo que llevaba dentro de la mochila y la usó para tapar la entrada, después se abrigó con unas mantas térmicas y esperó.  Fuera del refugio la tormenta bramaba con fuerza arremolinando nieve en un confuso paisaje blanco.

Cayó la noche y la tempestad continuaba.  Dentro del refugio Armando se iluminaba con una linterna pequeña. Había llevado algo de comida, pues era un hombre prevenido: tenía unas barras energéticas, unos chocolates, café y unas tiras de tocino. Derretía nieve en un recipiente metálico usando una vela y preparaba café con el agua que quedaba. Como no creyó que aquella situación durara mucho, no racionó la comida. La tempestad continuó.

 Pronto se quedó sin alimento. Le parecía increíble que el mal tiempo durara tanto, pero allí estaba, atrapado y sin comida, y el frío le iba quitando energías. Le costaba concebir que el mal tiempo pudiera durar tanto. Supuso que sería por el efecto del cambio climático.

A veces se arrastraba hasta afuera sólo para ver la ventisca que seguía azotando todo a su paso. Pasaron diez días. El hambre le hacía rugir el estómago. Atrapado en su cueva helada, llegó a convencerse de que su vida iba a terminar allí; mas durante el onceavo día el tiempo mejoró un poco. Salió del refugio y observó el cielo. Supo entonces que la mejora era solamente momentánea, que no iba a ser suficiente para salir de allí. Tratando de aprovechar el poco tiempo que tenía se puso a explorar el bosque helado. Vio un bulto oscuro en la nieve blanca. Resultó ser un cuervo muerto. El pájaro ya estaba congelado y duro como una piedra pero igual le iba a servir como alimento. Poco después del hallazgo volvió la tempestad. 

Comía pequeños trozos de ave que medio cocinaba en la llama de una vela. Dormía mucho, despertaba creyendo que estaba en su casa, también perdía la noción del tiempo. Su humor pasaba por todas las etapas que pasa una persona en una situación así: por momentos se creía perdido, después se convencía de que lo iban a rescatar, para después volver a deprimirse y pensar en su muerte. Despertó un día y escuchó con atención. ¿Su mente lo engañaba o alguien repetía su nombre? Se arrastró por la entrada de la cueva, la despejó de nieve y asomó la cabeza. Entre la ventisca blanca que volaba por todas partes creyó ver a un grupo de personas que caminaban entre los árboles. 

—¡Hey! ¡Estoy aquí! —gritó—. ¡Aquí…! ¿Acaso no me ven? ¡Aquí! ¡Hey…! —y salió a la intemperie. Y persiguiendo aquella visión caminó hacia su muerte.   
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                                          Vuelo Aterrador
Volábamos peligrosamente bajo para que el radar no nos detectara. La noche era oscura como pocas, y como cruzábamos sobre campos y montes bajos en tierra no se veía ni una luz ni se distinguía nada. Yo iba piloteando la avioneta. A mi lado estaba Sergio, un amigo, e iba completamente aterrado porque además de volar muy bajo, la carga que llevábamos era contrabando y él no estaba acostumbrado. El altímetro me indicaba la altura de nuestra posición, pero estando tan cerca del suelo el margen de error podía ser grande. Además estaba el peligro de algún árbol alto. Sergio miraba los medidores y luego me miraba a mí, seguramente buscando algún gesto de nerviosismo, pero como yo iba tranquilo eso le daba algo de confianza, aunque evidentemente no dejaba de estar asustado, y a cada rato sugería: 

—Y si volamos un poco más alto… no creo que nos detecten.
—Tranquilo, que ya hice esto muchas veces. Solo no me distraigas. 

No estábamos muy lejos de nuestro destino cuando de pronto experimentamos algo extraño. Se me erizaron completamente todos los pelos del cuerpo como si hubiera tocado un aparato de electricidad estática. Miré a Sergio y él estaba igual, y los ojos casi se le desorbitaban por el susto. En ese momento temí que los medidores se hubieran descontrolado; y era así.  Ya no sabía a qué altura estaba. Debía subir. Al ascender la electricidad estática que nos envolvía desapareció pero el asunto no terminó ahí.  De pronto me encandiló una luz blanca. Instintivamente cerré los ojos. 

Cuando los abrí miré por la ventanilla que tenía al lado. Una nave extraña, una nave evidentemente extraterrestre nos acompañaba volando muy cerca de nosotros.  Sergio había quedado pálido y yo me sentí muy mal. 
La superficie de la nave extraterrestre no parecía ser metálica, aparentaba ser de un material más blando, y su forma me recordó a la de una mantarraya gigante, aunque esta emitía luz en toda su superficie. No sé cuántos segundos nos acompañó, pero fueron aterradores. ¿Qué iban a hacer con nosotros ahora que los habíamos visto? Pero tras ese instante de terror su luz se apagó y desaparecieron. Poco después de aterrizar nos atraparon las autoridades. Su radar igual nos detectó.  
Me resultó sumamente raro que no vieran también a la otra nave. Cuando pregunté sobre eso un oficial me dijo: 

—Ustedes iban solos, en nuestro radar no apareció nada. Si cuentan algo distinto, nadie les va a creer. 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me hizo pensar en los cadáveres del Himalaya, es impactante no se si haz visto las fotos en internet...
Stephanie

Jorge Leal dijo...

Los vi en un documental. Nadie los obligó a andar ahí, y puede ser que en el futuro los descongelen y revivan ¡Jaja! Muchas gracias, Stephanie. Un abrazo.

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