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domingo, 8 de noviembre de 2015

De Duendes

                                  El Duende De La Oscuridad
Se dice que hay varios tipos de duendes, y que sus intenciones pueden ser muy variadas, por eso hay duendes malos y otros no tanto. Lo averigüé una noche estando solo en el monte. Me encontraba iluminando el agua cuando la linterna se apagó. Le saqué y le volví a poner las pilas, la ajusté bien, pero nada, no encendía, y la noche era por demás oscura.  Me encontraba pescando en un arroyo que ahora no veía nada. Detrás de mí estaba el monte, y en él había un sendero que lo atravesaba en zig-zag: doblaba aquí y allá y se unía a otros senderos que terminaban abruptamente entre ramas enmarañadas. Y para peor, en un tramo prácticamente había que escalarlo. No pensaba pasar toda la noche allí, no estaba preparado, y cada vez enfriaba más. Y sin poder ver cómo atravesar todo eso.
 Utilizando mi encendedor para iluminar guardé los aparejos (estaba pescando con líneas de mano) con bastante trabajo, junté también las cosas que había sacado de la mochila. Cuando la llama se apagaba no veía absolutamente nada. Árboles, arroyo, cielo, todo era la misma negrura, y el monte estaba completamente silencioso.  Me resultó tan raro aquel silencio que no tardó en inquietarme.
 Seguí usando el encendedor y corté algunas ramas; pensaba usarlas como una antorcha, pero la llama del encendedor se extinguió de pronto.  Ahora sí estaba en problemas, y la cosa empeoró. Había dejado la mochila frente a mí, al lado de mis pies, y cuando me agaché para agarrarla ya no estaba. La busqué con mis manos, tanteé todo a mi alrededor pero lo único que conseguí fue llenarme los dedos de lodo. La situación era extraña. Inevitablemente pensé que no estaba solo. Cuando tanteé mi cintura buscando el mango del cuchillo y no lo hallé, el terror comenzó a crecer en mi interior.
Tenía que largarme de allí como fuera.  Con pasos lentos, inseguros, con los brazos extendidos y agitándolos de un lado al otro para detectar posibles obstáculos, me desplacé con mucha dificultad por el borde del monte hasta hallar el sendero. 

Como no veía nada recurrí a mi memoria, pues conozco bien el lugar, y con las manos tocando ramas y troncos conseguí avanzar. Al alcanzar la parte empinada del sendero tuve que apoyarme también sobre las manos. Estaba así cuando una cosa me tomó de pronto del cabello y lo jaló. Me jalaron los cabellos hacia un lado y al mismo tiempo explotó al lado de mi cara una carcajada chillona y aterradora. Al intentar librarme atrapé un brazo delgado y muy corto, como de niño pequeño. Entonces esa cosa me soltó y se liberó de mi agarre fácilmente para enseguida alejarse lanzando carcajadas por el monte. ¡Que experiencia más aterradora! 

Después no sé cuánto demoré en salir de allí, a mí me parecieron horas. Al alcanzar el campo este estaba claro, el cielo se encontraba despejado y había luna. Pero cuando empecé a alejarme me llevé otro susto atroz. Algo me golpeó la espalda y cayó al suelo. Me volví rápidamente con un grito de terror. Lo que me golpeó resultó ser mi mochila; la habían arrojado desde el monte. Cuando la revisé no faltaba nada, mi cuchillo estaba dentro de ella, y la linterna y el encendedor funcionaban. 
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                                              El Cerro Encantado
Estaba al tanto de las historias fantásticas que se contaban sobre aquel cerro, pero tras trabajar varias semanas allí vigilando el lugar de noche no había notado nada raro y llegué a creer que solo eran cuentos de la gente. Al pie de un cerro pequeño que solían llamar "E cerro de los duendes", surge entre las rocas un espléndido manantial de agua mineral y cerca de allí, corriente abajo hay una planta embotelladora de agua. El manantial es la imagen de la planta (que en realidad no saca el agua del manantial, lo hacen del subsuelo), y un compañero y yo vigilamos el lugar por la noche. 

Esa jornada fue un lunes y estaba con mucho sueño. Había luna llena y todo el paisaje estaba iluminado. El manantial resplandecía entre las rocas y como luz líquida bajaba canturreando por un estrecho cause. Esa noche casualmente mi compañero de trabajo también andaba con sueño, entonces decidimos turnarnos para dormir un rato en la casilla que había en la planta.

—Vengo en una hora más o menos —me aseguró.
—Que sea menos y no más; me estoy durmiendo —le dije. 
—No te vayas a caer dormido en el manantial, que vas a contaminar toda el agua ¡Jaja! —bromeó mi compañero.
—Le daría más sabor. 

Y lo vi alejarse rumbo a la planta. Me senté en una roca que estaba en la orilla y contemplé el paisaje. Los otros cerros que rodeaban el lugar estaban pálidos. Entre algunas cimas rocosas se formaban sombras cortas que a la distancia parecían entradas de cavernas. El agua seguía reflejando luz como un espejo tembloroso.  El aire estaba casi tibio, era sumamente agradable. Todo el paisaje parecía invitarme a dormir. Los ojos se me cerraban por momentos, cabeceaba hacia adelante, me enderezaba con un sobresalto, y bostezando volvía a contemplar el paisaje descolorido y silencioso que me rodeaba.

Repentinamente empecé a escuchar un murmullo. Tratando de ubicar la fuente del ruido miré hacia lo alto del cerro. Como a medio camino de la cima había una claridad que parecía salir de un hueco que conocía. La luz temblaba como si viniera de una fogata. ¿Una fogata en un hueco en la piedra? Las historias que había escuchado acudieron a mi memoria. Sintiendo más curiosidad que temor, tomé un sendero que subía por el cerro y me acerqué cautelosamente al lugar.  El sonido era similar a la algarabía de una fiesta pero las voces sonaban chillonas. “Son duendes”, pensé. El hueco, de no más de un metro de diámetro, daba a una cavidad rocosa bastante más grande, lo había visto de día y no tenía nada interesante; pero ahora estaba lleno de voces y cánticos chillones. 

Me asomé al borde y los vi. Describir a aquellos duendes sería algo muy difícil, todos eran muy grotescos y lo que menos tenían eran rasgos humanos. Bailaban con rapidez formando varias rondas, filas que cruzaban entre las rondas y algunos se movían en el mismo lugar dando pequeños brincos. Las paredes del hueco ahora eran de oro y las iluminaban unas pequeñas llamas que se mantenían levitando en el aire. Solo vi aquello por unos segundos, de pronto todo quedó negro. Cuando iluminé el hueco con la linterna no había nada y las paredes eran de roca común. Al bajar al manantial mi compañero estaba allí y me preguntó qué hacía allá arriba.

—Escuché algo y después vi una luz, entonces fui a ver. ¡Eran duendes, estaban en el hueco, y las paredes eran de oro! —le respondí emocionado. 
—Venía para acá cuando te vi subiendo por el sendero pero no vi ninguna luz ni escuché ruido alguno —me aseguró, pero de todas formas creyó lo que le dije porque no me creía alguien capaz de mentir o inventar un cuento fantástico. 
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                                              Los Duendes
Dos niños caminaban por la vía del tren. En el lado derecho casi llegaban hasta la vía los fondos de unas casas muy viejas que tenían jardines frondosos; a la izquierda había una sucesión de propiedades abandonadas que por su condición se hallaban llenas de malezas y árboles que crecían a su antojo. Allí los niños pensaban tener una pequeña pero emocionante aventura, y confiaban que de ser exitosa hasta podría darles dinero, aunque no sabían bien cómo.  Nuestros aventureros se llamaban Juan y Andrés e iban preparados, esto según su criterio infantil, por supuesto. 
Juan era el que conocía la zona pero como solamente había ido una vez cada tanto miraba hacia atrás como quien busca orientarse, y un par de veces creyó estar frente al terreno que era su objetivo pero tras observarlo bien continuaban. Cuando realmente halló el lugar se detuvieron y Juan señaló:

—Ahí está –dijo extendiendo el brazo—. Ese es el terreno de los duendes, y su hueco está en aquel árbol que asoma por arriba de los otros, aquel de hojas chiquitas.
—¿Ahí? ¡Puff…! Está lleno de plantas —protestó Andrés, que era medio holgazán y ya preveía un esfuerzo grande para llegar al árbol.
—Si no hubiera plantas los duendes no estarían ahí, ¿no? Nunca andan al descubierto.
—¿Y tú cómo sabes eso? 
—Lo leí en un libro de cuentos de duendes, pero es cierto. Saca la cámara de fotos. Si podemos tomarles una, después las vendemos ¡Jeje!
—¿Se la vendemos a quién?
—Al que quiera comprarla, a los científicos o algo así, a esos que buscan bichos raros…
—Sí, como los de un programa de la tele. No me acuerdo cómo se llama.

Y los aventureros entraron al lugar. Las ramas de todo tipo de plantas se entrecruzaban en su camino y tuvieron que andar agachados en algunos tramos. Su andar no era precisamente silencioso, y de haber algún ser allí seguramente los hubiera notado. Al alcanzar el árbol, que era inmenso y nudoso, vieron el hueco que supuestamente era la entrada del hogar de aquellas criaturas. La luz del sol escaseaba en el lugar y el silencio era profundo. Era como una selva en miniatura. En el suelo se marcaban pequeños senderos que zigzagueaban entre las plantas y varios de ellos terminaban en el hueco; allí había algo. El plan de los niños era colocar dulces en la entrada del hueco y cuando los duendes se tentaran y salieran, le sacaban una foto. Como supusieron que la espera podía ser larga, en último momento decidieron no utilizar como cebo todos los dulces que llevaban; cualquier espera es más agradable con un caramelo en la boca. Consideraron que un matorral próximo era buen escondite. Fueron hasta el matorral y cuando apartaban unas ramas, sorpresa, no estaban solos. Un par de niños que aparentaban su edad se encontraban agazapados entre las plantas. Nuestros aventureros quedaron mudos por la sorpresa, y fue uno de los otros el que habló:

—¿Están aquí por los duendes?
—Sí —contestó Juan.
—¿Ya vieron alguno? —preguntó Andrés.
—Todavía no —le respondió el niño que aún no había hablado.

Al notar que sus inesperados compañeros miraban sin mucho disimulo los dulces que tenían en la mano, Juan les ofreció un par a cada uno y Andrés hizo lo mismo.
—¿Qué son? —preguntó el niño que habló primero.
—Caramelos, ¿no ven? Tengo de miel, y este otro no sé de qué es pero es rico. 
—Rico —opinó el niño tras llevarse uno a la boca—. Entonces eso que pusieron en el suelo también son comida.
—Claro, es para que los duendes se asomen.
—Entonces, ¿no vienen a hacerles daño? 
—No, sólo a sacarles una foto, o varias si podemos. Pero si seguimos hablando no van a aparecer nunca.

Juan y Andrés se ubicaron delante de los otros y se agazaparon también. Al mirar hacia el hueco, otra sorpresa: los dulces ya no estaban. Se miraron asombrados, y cuando voltearon hacia sus casuales compañeros, estos tampoco estaban, habían desaparecido.
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                                           La Deuda
“Me suena a que fue un trabajo interno”, le comentaba en voz baja un policía a otro. Los oficiales estaban en la vereda de la joyería de Greg, un amigo. Cuando uno me notó me dijo que siguiera circulando, pero aquel era mi destino.  En ese momento Greg salió de la joyería y le dijo al oficial que yo era un amigo.  Pasamos al interior del local y él me contó:

—Me robaron, y el asunto es bien extraño.
—Que mala suerte —le dije—. Pero por lo menos supongo que las joyas estaban aseguradas, ¿no?
—Lo estaban, pero por las circunstancias no voy a poder cobrarlo, es más, ni voy a hacer el reclamo.

Esto último Greg me dijo en voz baja, cuidándose de que un policía que andaba allí no lo escuchara. Fui al local a comprar un regalo y me encontré con esa desagradable noticia y un misterio. Greg me dijo que si podía que me quedara hasta que los oficiales se fueran, que después me iba a contar algo.  Se notaba que los policías estaban llenos de suspicacia, que algo sospechaban; se habían dado cuenta de que mi amigo no les decía toda la verdad. Después de rondar por el lugar y hacerle a Greg muchas preguntas, dieron por finalizada su búsqueda de pruebas, por el momento. Cuando quedamos solos fuimos hasta su taller, que estaba en el mismo local, y allí Greg me dijo:

—Vine muy temprano por la mañana, como todos los días, y al darme cuenta que faltaban joyas enseguida llamé a la policía. Lo segundo que hice fue mirar las grabaciones de las cámaras de seguridad, lo hice aquí, en esta computadora —me señaló un aparato que se encontraba en una mesa aparte de las otras—. Por suerte los policías no vinieron en seguida. Al mirar la grabación descubrí algo increíble: las joyas desaparecieron como por arte de magia, en un instante estaban y al otro no.
—¿Cómo es eso? —le pregunté.
—Te lo voy a mostrar —sacó un disquete de su bolsillo y lo puso en la computadora. 

Veíamos las imágenes del muestrario de joyas. Era como mi amigo dijo, simplemente desaparecían de un instante a otro. Lo miré asombrado. 

—Ya ves, pasó así. Inmediatamente pensé que si le mostraba esto a los investigadores iban a sospechar de mí. Creerían que manipulé la grabación. Probablemente sospecharían en seguida de un fraude al seguro o algo así. Tuve que pensar rápido, no sabía qué hacer, entonces tomé el disquete y lo escondí en mi bolsillo. La policía ya golpeaba la puerta. Era mejor que sospecharan pero sin pruebas; la grabación podría perjudicarme. Tuve que decirles que las cámaras no están funcionando. Tengo toda la impresión de que no me creyeron pero no importa. Si reclamo el seguro van a revisarlas, por eso tengo que dejar todo así. 
—Espera un momento —le dije, me parecía haber visto algo en la imagen—. Vamos a verla de nuevo. ¡Congélala ahí!

Allí estaba. Era muy difícil notarlo a simple vista pero congelando la grabación en el momento justo, se lo veía aunque borroso.  Parecía ser un hombrecillo diminuto. Lo primero que pensé fue que veía a un duende. Greg quedó lleno de asombro, sus ojos azules parecían querer salir de sus órbitas.

—Eso es un duende —le dije.
—Eso parece. 
—Así que esas cosas existen. ¿Cuándo estabas en Irlanda creías en ellos? —le pregunté. Él y su familia eran inmigrantes de ese país. 
—No recuerdo, era muy niño cuando nos vinimos —me respondió apenas, después de un instante de silencio.

Era evidente que mi pregunta lo había sumergido de pronto en un mar de recuerdos. Lo vi palidecer después y a continuación volver a mirar la imagen del duende, esta vez con algo de horror en la cara. Nunca supe qué recordó, no me lo dijo. Sin mucho tacto me hizo saber que deseaba quedar solo y no volví a saber más nada del asunto. 
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                                                 El Duende
A los duendes que frecuentaban el espléndido jardín de don Rómulo se les ocurrió hacer algo cuando lo notaron débil por la vejez. El jardín del viejo era extenso y muy variado. Era una obra de arte mejorada durante décadas. No era un jardín de plantas delicadas alineadas en canteros parejos, era una mezcla aparentemente desordenada de una gran variedad de árboles frutales y plantas resistentes. Abundaban allí las rosas y los jazmines, variadas enredaderas y parras, romeros y arbustos de cerco, naranjos, manzanos, mísperos, higueras... Todos entreverados como si hubieran crecido naturalmente.  Y así como los bosques aquel jardín tenía intrincados senderos, pero estos estaban pavimentados con piedras.  También había varias fuentes de agua con fondo de piedra y allí crecían plantas acuáticas y nadaban peces y ranas.

Las frutas atraían a pájaros todo el año y durante el verano en el lugar pululaban mariposas y abejas en abundancia, y también andaban otros seres. Cerca de allí había un bosque y no era raro que en algún rincón del jardín apareciera un ciervo. Las liebres habían colonizado el lugar y estas tenían sus propios senderos entre las plantas. La presencia de aquellos animales no molestaban al viejo, todo lo contrario, el jardín era para ellos. También andaban allí unos seres mucho más discretos, duendes, y el viejo intuía su presencia pero nunca lograba ver con claridad a ninguno, solo advertía algunas ramas que se movían de pronto, o a veces escuchaba algunas vocecitas entreveradas con el rumor de las hojas al pasar el viento, o vislumbraba algo por el rabillo del ojo.  También sospechaba que algunas de las liebres que veía en ocasiones entre las plantas en realidad eran duendes transformados para que no los descubrieran. 

Cuanto más envejecía Rómulo más tiempo pasaban en su jardín, y se sentaba largas horas bajo la sombra impregnada de azares, porque siempre había algún naranjo, duraznero o jazmín en flor.  Una tarde se sintió muy cansado y fue a tomar una siesta. Antes de acostarse abrió la ventana de par en par para que los aromas de las plantas llegaran hasta él, y con una brisa entrando cada tanto a su habitación se durmió para no despertar más.  Pero no mucho después nuevamente estaba en su amado jardín. Ahora él era muy pequeño y podía saltar de árbol en árbol: era un duende. Cuando se preguntó cómo podía ser aquello otros duendes se le acercaron para decirle: “Por muchos años recorrimos este lugar que creaste, y mucho nos ha servido, y también a otros hermanos del bosque. Por eso te convertimos en uno de nosotros. ¡Vamos, las uvas están maduras, y las ciruelas! ¡Vamos a corretear como liebres por los senderos y a hablar de cosas antiguas y sueños entre las sombras! ¡Vamos!” 
Y el que fuera Rómulo se fue con ellos saltando entre las ramas.
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                                    El Bosque De Los Duendes
 Favio quería conocer todos los bosques cercanos a su nuevo hogar, aunque le preocupaba un poco que en algunos lugares estuviera prohibido el paso. Al ir conociendo a la gente de la zona esa preocupación se fue disipando pues a nadie parecía importarle que atravesaran su propiedad; pero Favio no sabía que no todos los bosques le pertenecían a los humanos. Los días soleados lo invitaban a pasear. Colocaba en una mochila una botella de agua, pan, un trozo de queso a salame, y bastón de caminante en mano salía al sendero. Recorría esta vez un lugar nuevo, un sendero pisoteado por vacas que lindaba con un bosque. En un recodo de dicho sendero encontró a un viejo que estaba cuidando unas vacas que pastaban a unos metros de él.

—Buenas tardes saludó Favio al viejo. 
—Buenas tardes, joven, ¿dando un paseo…? 
—Sí, explorando un poco. Recientemente me mudé a una casa que está a unos kilómetros de aquí, rumbo a la ruta. Lindo lugar, mucho mejor que la ciudad.
—Le aseguro que zona más tranquila que ésta no va a encontrar. Aunque como todo lugar tiene sus cosas… —afirmó el viejo. Después eligió un lugar donde sentarse y se llevó una brizna de pasto a la boca mientras Favio lo miraba suspenso, esperando que el viejo aclarara su comentario, y lo hizo: —Tal vez usted que era de ciudad no crea pero en estos bosques, más exactamente en éste que está ahí, hay duendes, y algunos no son muy amigables si no se respeta su territorio. 
—¿Duendes? ¿Habla usted en serio? 
—En serio. 
—Vaya. ¿Y qué pasa si entró ahí? 
—Quién sabe, depende de los duendes. Personalmente nunca tuve problemas con ellos pero seguro que me conocen desde que soy niño, y nunca cazo en esa zona ni junto leña, y tampoco como las moras que crecen ahí. Si yo fuera usted haría lo mismo. Pero usted no cree…
—Bueno, ya estoy un poco grande para cuentos —dijo Favio. Se despidió del viejo con un gesto y continuó su caminata. 

“¿Por qué el viejo me habrá contado ese cuento de duendes?”, pensó Favio. Concluyó que tal vez el viejo quería reservarse aquel bosque sólo para él, y que inventaba esos cuentos solo para ahuyentar a la gente.  Pensando en eso se internó en el bosque. A él no lo iba a impresionar con aquella historia. El bosque era tupido y silencioso. Había ramas y árboles caídos por todos lados, evidencia de que nadie sacaba leña de allí. Eso lo hizo dudar un poco, ¿sería cierto lo que le contó el viejo? Por lo menos lo de la leña sí era verdad, estaba claro que nadie la juntaba allí. Avanzó un poco más y descubrió una zona llena de moras. Las moras se amontonaban colgando de delgadas ramas, había negras, rojas, anaranjadas, kilos y kilos de frutas del bosque había allí. “Viejo glotón”, pensó Favio “Quiere las moras sólo para él, como si hubiera pocas”. Y se puso a arrancar las que estaban negras, comiendo algunas y guardando otras en una bolsa que llevaba en la mochila. 

Seguía cosechando frutas cuando de pronto escuchó que algo pequeño cruzaba rápidamente detrás de él. Cuando giró no consiguió ver nada, al instante otra cosa pasó raudamente, esta vez entre las ramas, como si fuera volando. Y de un momento a otro eran varias las cosas que cruzaban con rapidez sin que él las pudiera ver. Veía las ramas que se agitaban pero no lo que las hacía moverse. La situación pasó a ser aterradora, mas Favio intuyó lo que debía hacer. Dejó en el suelo las moras que había recogido, y en el mismo lugar dejó el pan y el queso que llevaba. Había tomado algo, debía dejar algo a cambio, tal vez así los tranquilizaría. Y fue así. Los ruidos cesaron y pudo marcharse. Y desde ese día no toma nada del bosque de los duendes. 
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                                Los Duendes Y Yo
 Mis abuelos maternos tuvieron que abandonar su casa y fue por mi culpa. Como vivían muy lejos, las veces que mis abuelos habían visitado mi hogar eran escasas y yo había ido a su casa solamente una vez, cuando era pequeño. Al comienzo de unas vacaciones, cuando tenía trece años, mis padres insistieron, casi me obligaron a que pasara un tiempo con los viejos. No quería ir porque siempre me parecieron algo raros. Mi padre los llamaba “hippies” (aunque mi madre se lo reprochara), pues siempre hablaban de cosas de ecología, budismo, medicinas alternativas y otros temas así. Ya en su hogar, en el jardín, desparramé una mirada rápida por los campos y las arboledas que rodeaban la propiedad. “Buen lugar para cazar pájaros”, pensé, y me puse a buscar piedras; pero al ver mi resortera (tirachinas) a mi abuela casi le da un ataque:

—¡De ninguna manera! ¡Eso no, deja esa cosa! —gritó ella con el rostro colorado de enojo—. ¡Cazar aquí, que horrible! Eso lo habrás aprendido de tu padre. 
—¿No puedo cazar? —pregunté inútilmente, pues la respuesta era obvia.
—No. Cómo vas a matar a los pobres pajaritos…
—¿Y pescar en el arroyo aquel que pasamos?
—Tampoco —y después de quitarme la resortera entró a la casa.

Viejos hippies, susurré. En esa época no sabía bien qué quería decir esa palabra pero no usé otra porque eran mis abuelos. Mas aquel tiempo con ellos no iba a ser tan aburrido como supuse, pues tanto creían en respetar a todas las formas de vida que llegaron a tolerar en su casa la presencia de unos seres que la mayoría teme. Llegó la noche de ese primer día. En la cena noté, aunque intentaron ser sutiles, que insistían demasiado con que me durmiera temprano. Me ofendió un poco la idea de que creyeran que podían engañarme como a un niño pequeño; probablemente ante sus ojos aún lo era, o tal vez suponían que alguien amante de la caza no podía ser muy suspicaz, pero se equivocaban.

Cuando me acosté apagaron todas las luces. Intrigado, estuve atento largo rato, pero todo estaba en silencio. Mi provisoria habitación se encontraba alejada de la de ellos. ¿Por qué querían que durmiera temprano? Tenía una linterna que había llevado en mi mochila, donde además tenía una resortera de repuesto, una navaja multiuso (regalo de mi padre) y utensilios de pesca. Empezaba a darme sueño cuando escuché un ruido. Algo pequeño corría sobre un travesaño que había en el techo. Creí que era una rata. Al encender la linterna me llevé un susto espantoso; iluminé a un ser humanoide, pequeño y sumamente grotesco: tenía una nariz enorme y ancha, orejas puntiagudas, cara arrugada y peluda, mientras sus ojos eran completamente negros. 

Aquel ser (que luego comprendí que era un duende), saltó hacia otro travesaño que estaba junto a la pared y, tras una serie de saltos ágiles se metió en un hueco de una esquina y desapareció. Después la casa se llenó de ruidos. No sonaban fuerte, pero como mis sentidos estaban aguzados por el susto que me había llevado escuchaba a cosas pequeñas correr por aquí y por allá, en el techo, en el corredor; eran varios y andaban por todos lados. Intenté dormir recién cuando amaneció, y naturalmente me levanté tarde. Del duende no dije una palabra porque algunas preguntas de mis abuelos me indicaron indirectamente que sabían que andaban allí, que no ignoraban su presencia.  Supongo que además de proteger a los duendes, no hablaban de ellos para que no me asustara, o temían tal vez que quisiera hacerles algo, pues creo que me consideraban alguien capaz de atacar a un ser así: si creían eso no se equivocaron. 

Quería vengarme por el susto que recibí, además, si cazaba uno sería genial ¡Un duende! Si sólo lo contaba nadie me iba a creer, pero si agarraba uno… Con eso en mente pasé gran parte del día fabricando una ballesta, una ballesta moderna, podría decirse, porque usé para impulsar las saetas el elástico de la resortera. Lo había hecho muchas veces pero esa tenía que quedar perfecta. La llamé “La Mata Duendes”. Cuando la terminé la metí al cuarto por la ventana de la habitación. Se hizo noche nuevamente, llegó la hora de dormir; para mí la de cazar a aquellos seres escurridizos. De haber algo de luz en la habitación hubieran visto mi sonrisa.

 Esperé en silencio, sentado en una silla, la ballesta pronta. Había atado la linterna en la parte de abajo para que alumbrara directamente al blanco. Cuando empezaron los ruidos el corazón me latió fuerte. “Vengan duendes, vengan a asustarme”, pensé. Y vinieron. Escuché que uno corría por el travesaño del techo. Al iluminarlo hizo una pausa. La saeta que fabriqué salió volando y dio en el blanco. ¡Que emoción! Lo vi caer, golpeó contra el suelo con un sonido sordo, mas cuando fui y lo iluminé se había convertido en una enorme rata, y con esa forma murió. 

No sé si siempre sucede eso cuando mueren, puede ser como un mecanismo de defensa para que no los descubran, o lo sólo lo hizo aquel esa vez, no sé. El asunto es que amaneció y el duende seguía siendo una rata. Lo enterré en el jardín sin que mis abuelos me vieran. Pero igual supieron que algo había pasado, porque apenas llegó la noche de ese día, los duendes andaban furiosos por la casa. Rompieron cosas, desaparecieron otras, arruinaron todo lo que había de comer: ahora eran malvados y era mi culpa. 
Temprano por la mañana mis abuelos, casi sin hablarme, me llevaron hasta mi hogar. Poco después me enteré que tuvieron que abandonar el suyo, y aunque a la familia le dieron varias razones, yo sé que fue por los duendes que hice enojar. 
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                                    Ruidos En Las Paredes
Ignacio era exterminador de plagas, pero la plaga que azolaba aquella casa no era como ninguna de las que conocía.  Lo contrató por teléfono un señor, e Ignacio fue al lugar sin saber qué era lo que debía eliminar.  Cuando estacionó frente al lugar que le indicaran supo que el trabajo no iba a ser fácil pues la construcción era enorme y vieja, y un buen número de ventanas indicaban que había muchas habitaciones.  La puerta tenía una enorme argolla de hierro. Ignacio golpeó tres veces, unos pasos se fueron acercando, y tras un largo rechinido de la abertura se asomó un señor mayor, ya canoso. El viejo saludó, y al notar el vehículo que estaba enfrente lo hizo pasar enseguida; la camioneta de Ignacio indicaba claramente con varios anuncios cuál era su oficio.  Pasaron a una sala muy amplia y amueblada a la antigua. Mirando todo disimuladamente Ignacio especuló sobre cuál sería el problema. “¿Serán termitas?”, pensó “Odiaría que fueran ratas, es lo que había en los dos últimos trabajos. ¡Malditas ratas! Pero no, la casa parece muy limpia, debe tener empleadas… aunque ahora que lo pienso, me atendió él mismo. Tal vez contrata algún servicio de limpieza y vive solo aquí. Que desperdicio de lugar, solo para un tipo. Estos ricos…”. El anciano lo invitó a sentarse en un inmenso sofá y fue directamente al asunto: 

—Mi problema es un poco complicado de explicar —comenzó diciendo el dueño de la casa—, tengo problemas con… unos seres, y aunque no quiero que sigan aquí dentro tampoco deseo que los liquide. 
—No hay problema —dijo Ignacio—. Suelo hacer trabajos donde no mato al invasor, solo los capturo, cierro las entradas por donde se metieron y luego los liberó lejos; claro, depende de qué animal estamos hablando…

En ese momento irrumpió en el lugar una señora mayor vestida con un uniforme de sirvienta. Les preguntó si querían algo, Ignacio dijo que no, y el viejo la hizo retirarse con un gesto.  El viejo no vivía solo, había atendido la puerta porque esperaba esa visita con ansias.

—Bueno, verá, eso es lo complicado—el viejo se pasó la mano por el mentón al explicar el asunto—. Prefiero que lo vea usted mismo. Le aseguro que no corre peligro, estoy bastante seguro… Solo hay que tener precaución, no quiero incomodarlos. Si usted tuviera una de esas cámaras pequeñitas que van en la punta de una especie de tubo y pueden meterla en cualquier lugar…
—Tengo una —le confirmó Ignacio.
—Perfecto. Si la trae lo acompaño hasta un hueco que hay en la pared. 

Ignacio fue hasta su vehículo sin preguntar más nada, aunque tanto misterio por parte del viejo lo tenía intrigado. Fuera lo que fuera le iba a cobrar bastante por el servicio; si podía mantener una casa tan grande seguro que tendría bastante dinero. Volvió con su equipo y siguió al cliente por una serie de corredores. Se detuvieron frente a un hueco abierto en una pared y el anciano le dijo que era allí. Ignacio no sabía qué esperar. Metió el tubo con la cámara en la punta y comenzó a extenderlo por la pared hueca. El dueño del lugar se había apartado un poco y estaba atento a lo que hacía Ignacio. La cámara tenía una luz, y todo lo que enfocaba salía en una pantalla.  Cuando comenzaba a creer que en cualquier momento vería a una rata bigotuda, vio de pronto un rostro diminuto y grotesco. Era como un persona en miniatura pero todos sus rasgos estaban resaltados, sobre todo la nariz, que era muy ancha y grande. Para aumentar el sobresalto de Ignacio, apenas se vio descubierta la criatura desapareció, dejando solo una especie de humo en su lugar. Ignacio retrocedió y miró al viejo, preguntándole inmediatamente: 

—¿Qué diablos es eso? 
—Acaba de ver a un duende, a uno de los tantos que hay en la casa —le contestó el viejo. 
—¿Un duende? No puede ser. ¿Acaso me están jugando una especie de broma pesada? 
Volvió a mover la cámara dentro de la pared y vio a otro, que como el primero se hizo humo enseguida. Aquello no era una broma, eran duendes reales. 

—Discúlpeme, señor, pero no puedo ayudarlo, soy un simple exterminador, y esto, esto es mucho para mí. Lo siento, me voy. 
—Espere, le voy a pagar muy bien, no se vaya. 
Pero Ignacio no pensaba pasar ni un minuto más en aquella casa. Cuando ya iba en el patio el anciano le gritó: 
—¡Oiga! Por lo menos espero que sea discreto con este asunto.
—No se preocupe, no se lo voy a contar a nadie. No quiero que me tomen por loco. 

Y se marchó. Al alejarse creyó que nunca más se iba a encontrar con un duende, pero no era así. 
Los duendes eran muy astutos y sabían que sus imágenes estaban registradas en el aparato de Ignacio, y eso no les gustaba nada.  Ignacio había capturado imágenes de duendes; ahora estos lo iban a buscar.  Cuando llegó la noche algunos duendes abandonaron la casa del anciano, y, utilizando oscuros poderes comenzaron a rastrear a Ignacio.   Bajaron al subsuelo en forma de pequeños espectros, algunos como difusas luces azules, y utilizando túneles y arroyos subterráneos avanzaron por las entrañas de la tierra. Sabido es que esos seres son parte del mundo subterráneo. Galerías y galerías completamente oscuras atravesaron aquellos duendes, hasta que finalmente encontraron la casa de Ignacio. 

Recién había despertado cuando creyó escuchar algo. Se levantó y fue a ver. Sus equipos estaban todos revueltos, y la cámara y el monitor que usaba para ver en grietas y pozos estaba completamente destrozada.  Él ni se había acordado de la grabación, y nunca tuvo la intención de mostrar las imágenes con los duendes, de haber recordado que las tenía grabadas las hubiera borrado. Enseguida pensó que eran los duendes. “¿Cómo llegaron hasta aquí?”, pensó. Examinó la habitación y prestó oídos; ya no estaban. Ahora ya no sentía sueño. Fue hasta la sala y se despatarró en su sillón a pensar.  No podía ser indiferente al problema del viejo, tenía que volver a la casa. Fue temprano por la mañana.
Cuando Ignacio tocó a la puerta, esta vez lo recibió la empleada del viejo, le dijo que esperara allí y fue a informar a su patrón.  El viejo vino sonriendo y enseguida lo invitó a sentarse. Se sentaron en el mismo sofá del día anterior y abordaron de nuevo el problema que había en aquel lugar. 

—Voy a tratar de ayudarlo —le dijo Ignacio, y miró en derredor, desconfiado—, pero si pudiéramos hablar en otro lugar creo que sería mejor, ¿no le parece?
—Si usted lo desea, vamos. 
Abandonaron la vivienda e Ignacio lo llevó en su camioneta hasta un café. Se ubicaron en una mesa apartada e Ignacio le preguntó: 
—¿Cómo es que esos duendes fueron a dar en su casa? 
—Bueno, ellos ya habitaban el terreno —le aclaró el viejo. Cuando vinieron a atenderlos dejaron de hablar, retomando la conversación después—. Me retiré a esa casa hace poco más de un año. La mía era como esa pero estaba muy llena de recuerdos, principalmente los de mi esposa fallecida, y ya me estaban agobiando. No quise mudarme a una casa nueva, así que elegí aquella casona vieja como yo. 

“Lo único que no me gustó del lugar fue un feo y enorme árbol que se hallaba en el jardín.  Era un árbol descomunal, nudoso, y tenía pequeños huecos y grietas en el tronco.  Enseguida quise que lo derribaran, pero como la tarea no era poca tuve que encontrar a la empresa adecuada, y desde que me instalé hasta el momento en que al fin lo derribaron pasaron dos meses. Hasta el momento del derribamiento la casa era como cualquier otra, después empezaron los ruidos en las paredes. Desde el principio asocié aquellos ruidos con la eliminación del árbol, porque al arrancarlo de sus raíces los trabajadores descubrieron un gran número de huecos bajo la tierra, y el tronco mismo estaba todo agujereado, aunque nadie vio a los responsables. Al empezar los ruidos creí que se trataba de ratas, pero pronto descubrí lo que realmente eran. 

“Los primeros en ver a los duendes fueron los empleados, y aquellos encuentros resultaron ser demasiado para todos excepto para Romina, la señora que usted vio; no sé qué haría sin ella. Ahora contrato una empresa que viene a limpiar de día. No culpo a los que se marcharon, yo mismo pensé en irme cuando vi a uno de los duendes una noche. Ya vio usted que son muy grotescos.   ¡Duendes! Nunca lo hubiera imaginado. Al pensar más en el asunto entendí que el culpable era yo; destruí su hogar, ahora ellos tomaban el mío.   Pasado el susto del primer encuentro me puse a reflexionar. ¿Serían agresivos acaso? ¿Corría o peligro? Con el paso de los días concluí que no, y hasta me sentí privilegiado por tenerlos allí.  Después descubrí que eran bastante traviesos, y, ladrones. Moneda que se dejara sobre una mesa era moneda que desaparecía. Corrieron la misma suerte algunas joyas, pero esos pequeños robos no me importunaban. Más les había quitado yo.   Pero desde hace un tiempo parece que su número ha aumentado, y el ruido que hacen por las noches ya no me deja dormir bien. Quisiera recuperar mi hogar, mas como le dije ayer, no quiero que les hagan daño. 

—Y estoy seguro de que no le conviene hacerlos enfadar —intervino Ignacio. Son lo suficientemente inteligentes como para saber qué es una cámara, y lo que implica si los filman. Esta noche que pasó fueron a mi casa y la destruyeron. 
—¿En serio? ¿Está seguro que fueron los duendes?
—Muy seguro, no hay otra explicación. Por eso quise hablar fuera de la casa. 
—Vaya, ahora estoy más preocupado. ¿Cree que si se sienten amenazados podrían hacerme daño?
—Creo que sí. Si estuviera en su lugar no permanecería ni un minuto más en aquel lugar —le dijo sinceramente Ignacio, y terminó lo que estaba bebiendo de un sorbo. El viejo asintió con la cabeza.
—Tal vez siga su consejo, pero, ¿no cree que haya alguna forma de expulsarlos? 
—No tengo ni la más remota idea, nunca me topé con una plaga así. Lo que puedo hacer es estudiarlos, leer cuánto encuentre sobre duendes, incluso cuentos para niños, tal vez tengan algo de verdad. Después pensaría qué hacer. Otra cosa no puedo hacer por ahora. 
—Bien, usted haga eso, cuando tenga un plan me contacta, ya tiene el número de la casa. 
—Bien, nos mantendremos en contacto. 

El viejo insistió en pagar la cuenta, y para que Ignacio comenzara ya su tarea tomó un taxi. Esa fue la última vez que Ignacio lo vio. 
Leyó todo lo que encontró sobre duendes hasta que se le ocurrió una idea.  Pensó que si construían en el jardín de la propiedad algo que fuera del agrado de los duendes tal vez estos abandonarían la casa. Cuando fue a comunicarle su plan al anciano nadie salió a abrir la puerta. Volvió unas horas más tarde pero fue lo mismo. Cuando llamó al teléfono alguien levantó el aparato, pero en lugar de una voz Ignacio escuchó una multitud de risitas agudas que le erizaron la piel. Cortó y no volvió a insistir más. 

2 comentarios:

  1. Al menos le devolvio la mochila, tremendo susto que se llevó el pobre.

    Stephanie

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    1. Era un duende honrado ¡Jaja! Lo particular de este cuento es que el escenario que me imaginé al escribirlo existe, y estando ahí se me rompió la linterna, y el encendedor se me había roto antes, la noche estaba oscura como en el cuento, y por un momento no encontré la mochila. Pasé tremendo trabajo para salir del monte, y me ayudó a guiarme mi perro, sino hubiera sido peor, además sabía que si había algún bicho en el camino él iba a ladrar, contaba con sus sentidos. Cuando llegué al campo me di cuenta de que me faltaba el cuchillo. Como era bastante caro y tenía mucho valor sentimental ya estaba considerando pasar la noche ahí igual para buscarlo cuando aclarara, pero por suerte lo hallé al final de monte, lo vi porque la vaina era de color claro. Me fui contento ¡Jaja! a ese cuchillo años después me lo robó la policía, pero eso es otra historia ¡Jaja! Al escribir esto le agregué el duende, obviamente. Gracias, saludos!!

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