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lunes, 9 de noviembre de 2015

De Extraterrestres, Autos y Aviones

                                                 El Vecino
Evidentemente aquello no era un pájaro, pero tampoco era un avión porque era muy chico.  Miguel y Félix estaban conversando en los límites de sus campos, apoyados en el alambrado ambos, cuando de pronto algo cruzó volando velozmente sobre ellos. Los dos quedaron mirando hacia arriba. 

—¿Y eso qué era? —preguntó Miguel, mirando ahora hacia el horizonte. 
—Creo que era un dron.
—¿Un qué?
—Un dron, una nave no tripulada que usan los militares. Es un avión a control remoto. 
—¡Ah! Por eso era tan chico. ¿Andarán haciendo pruebas o algo así?
—No creo. Para mí que andan buscando algo. ¿Usted no vio nada raro por aquí? 
—Aparte de esa avión chiquito, no...
 

Los vecinos conversaron un rato más, después se despidieron y cada uno salió cortando campo rumbo a su casa. Miguel había vivido allí desde su nacimiento; Félix acababa de ocupar el campo vecino hacía unos días, pero como había resultado conversador y Miguel era un hombre de hablar mucho, quien los viera conversando ahora creería que eran vecinos desde hacía mucho. Cuando Miguel llegó a su casa seguía pensando en el pequeño avión, y se dio cuenta de que su vecino ya le había preguntado si no había visto nada raro. Pero al rato se olvidó de eso.  Por la noche escuchó que aquellas naves (porque ahora le parecía que era mas de una) seguían sobrevolando la zona. 

Por la mañana Miguel fue a buscar leña en el bosquecillo de su propiedad. Ya había avanzado bastante por la fronda cuando notó que había muchas ramas caídas, ramas verdes. Aquello no podía ser acción del viento porque la noche había estado serena, algo las había arrancado al cruzar velozmente por allí. Un poco mas adelante vio algo entre las ramas, y al avanzar otro poco distinguió que era algo metálico, era algo que había caído. Quiso investigar mas cuando escuchó un crujido tras él; enseguida miró sobre su hombro. Era un ser de piel escamosa y andar bípedo, pero eso era lo único que tenía en común con un ser humano: era un extraterrestre. 

El extraterrestre se precipitó hacia él pero fue detenido en seco por un disparo extraño. Miguel miró hacia un costado y allí estaba Félix, y sostenía un arma extraña.   El extraterrestre no tenía ninguna herida visible, solo lo había paralizado. Miguel quedó con la boca abierta, asombrado. Félix se acercó y le dijo:

—Vecino, es mejor que se marche de aquí ahora. De esto no puede comentar nada. Mi gente se va a hacer cargo del asunto, por eso le voy a pedir que no venga por aquí por un par de días, ¿entendido? 
—Sí, ya me voy. ¿Esto es un…? 
—Sí, pero no se lo cuente a nadie, no le van a creer y hasta pueden tomarlo por loco y, no le conviene. 
—No pienso decir nada y Miguel se fue de allí.

Varios helicópteros llegaban a la zona en el momento en que él iba atravesando el campo. No habló del asunto con nadie. Tres días después volvió al lugar. Ya no había nada extraño. Lo que si halló fue unos buenos atados de leña. Era un pequeño regalo de despedida de su vecino, Félix, al cual nunca mas volvió a ver.   
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                                   Destino Sobre Ruedas
Néstor ya no confiaba en aquel auto. Por poco no se había matado por una falla en los frenos. Cada vez que recordaba aquella tarde sentía algo muy extraño. Iba manejando por una ruta a una velocidad bastante mayor a la indicada en los carteles. Al enfrentarse a una curva los frenos le fallaron completamente. Bombeó el pedal desesperadamente pero nada, no funciono. Todo pasó muy rápido, pero ante aquel peligro inminente Néstor sintió que el tiempo estaba pasando mas lento. Pensó que iba a volcar y morir, y por un brevísimo instante lo aceptó, mas después sintió unas ganas enormes de vivir. Su vida no podía terminarse allí, de aquella manera.

Maniobró el volante como nunca lo hizo en su vida; evitó salirse de la ruta, aunque en la maniobra empezó a girar haciendo un “trompo”, las ruedas chirriaron, echaron humo y el auto llegó a inclinarse hacia un lado. Cuando terminó de deslizarse, en el otro lado de la curva, quedó en el carril contrario y un camión venía hacia él. “Hasta aquí llegué”, pensó Néstor, y cerró fuerte los ojos.   El impacto nunca llegó. El conductor del camión lo desvió a último momento, le salvó la vida y pagó un gran precio por hacerlo; perdió la suya. El camión volcó tras esa maniobra y la cabina se hizo pedazos. Él se salió de la ruta hacia una zona de arbustos y tras podar un montón de estos el auto se detuvo.

Después de esa tragedia Néstor no quiso ni ver a su auto por muchos días. Su mecánico de confianza le reparó los frenos y otros detalles y le aseguró que nuevamente estaba en condiciones, pero Néstor ya no quería usarlo. Decidió vender el auto. Quiso hacerlo él mismo porque las automotoras pagaban muy poco. Interesados no le faltaron, y mas de una vez estuvo a punto de concretar el negocio, pero siempre por una cosa u otra no salía.  Entonces le bajó el precio. Los interesados aumentaron, creyó tenerlo vendido un par de veces, mas por hechos insólitos la venta se cayó. ¿Cómo puede ser tan difícil vender un auto en ese estado a un precio como este? Se preguntaba. Un día, después que un potencial comprador se marchó, Néstor le comentó a su esposa, mirando de reojo al coche:

—¿Sabes qué empiezo a creer? 
—No, ¿lo qué? —le contestó ella. 
—Estoy empezando a creer que tuve que haber muerto aquella tarde, que era mi hora pero de alguna forma me salvé y la muerte se conformó con el camionero. Pero como mi destino era morir en ese auto, no lo puedo vender. Algo quiere que lo conserve, que lo use, y cuando lo haga ¡Pafate! Me voy a morir en él.

Su esposa lo miró asombrada, después empezó a sonreír y terminó riendo:

—Néstor, que tontería acabas de decir. Me extraña, nunca creíste en cosas así y ahora sales con esto.

A él no le importó lo que ella pensara, había dicho aquello porque realmente lo creía. Pero con el paso de los días y las semanas aquella sensación se fue diluyendo y llegó a creer que su esposa tenía razón. Al final se convenció de que no tenía que “regalar” el auto, lo iba a usar nuevamente. Los tontos que no lo habían comprado se lo perdían. De todas formas, los primeros días manejó con mucha prudencia, pero pronto volvió a tener confianza. Una tarde, mientras circulaba por una ruta, de pronto sintió algo espantoso: de alguna forma supo que iba a morir. El auto se desvió súbitamente hacia el carril contrario y quedó frente a un camión que avanzaba hacia él velozmente. Esta vez no se salvó; morir en aquel auto era su destino. 
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                                  El Primer Y Último vuelo
Marco siempre se había preguntado cómo sería volar. Que trabajara en un aeropuerto le resultaba irónico, porque se la pasaba viendo aviones que despegaban y aterrizaban, y a gente que llegaba en ellos o se iba, pero él nunca había volado. Antes, allá en su pueblo, siempre andaba a pie, o en algunas ocasiones en mula. A veces viajaba en la parte de atrás de una camioneta, pero esas veces eran pocas, porque normalmente pasaban por el camino y lo dejaban tragando polvo. Estaban los viajes en ómnibus, viajes largos en ómnibus repletos de gente cansada y sudorosa. Pero nunca había volado.  A veces, cuando hacía largas caminatas entre cerros blanquecinos y resecos, pasaba un avión allá arriba, en el cielo saturado de luz, y él la seguía con la mirada hasta que la perdía de vista o el sol lo hacía desviar la mirada. Esos encuentros siempre lo hacían reflexionar. Él tenía que andar bajo aquel sol inclemente, paso a paso, loma reseca tras loma reseca, y aquellos allá arriba atravesaban velozmente una enorme distancia mientras estaban sentados cómodamente, bebiendo o comiendo algo. 

Buscando una vida mejor había pasado por toda una odisea, pero una vez mas ese viaje dependió de su esfuerzo; lo llevaron junto a otros como se lleva el ganado, y después hizo muchos kilómetros a pie por el desierto, amparado por la noche, andando furtivamente y con miedo a que lo iluminaran de pronto, o peor, que sonara un tiro y aquello fuera todo. Mas pese a las dificultades logró pasar la frontera.  Luego, por suerte o por causa de una broma pesada del destino, terminó trabajando en un aeropuerto. 

Allí la gente siempre iba y venía. Algunos llegaban de sus vacaciones, otros iban rumbo a ellas. Ataviados de maletas y bolsos, con cara de cansados o alegres por la próxima partida, cientos de turistas pasaban por allí todos los días mientras él limpiaba; y él que nunca había volado. Un día aparecieron en el aeropuerto unos tipos de traje y se pusieron a hacer preguntas a los que trabajaban allí. Marco vio que un compañero lo señaló, los tipos fueron hacia él. 

El asunto le resultó agridulce: por fin iba a volar, pero lo iban a devolver a su tierra, a los cerros resecos y a las caminatas bajo el sol. De todas formas, cuando el avión despegó estaba muy emocionado; aquel era su primer vuelo, mas también iba a ser el último.   

2 comentarios:

  1. Pobre Miguel habrá quedado lleno de dudas...

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    1. No, porque después encontró unas monedas de oro que se le habían caído al extraterrestre y con eso se hizo rico ¡Jaja! Muchas gracias por comentar. ¡Saludos!

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