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jueves, 19 de noviembre de 2015

De Misterios, Sueños y Brujas

                                                 La Voz
“Yo te conozco”, dijo una voz de pronto.  La frase en sí no era inquietante, pero surgió de la nada cuando Javier atravesaba a pie un camino oscurecido por la noche, por eso lo hizo estremecerse. Lamentó estar sin vehículo y deseó que algún auto pasara por allí en aquel momento, pero nada interrumpía aquella oscuridad. Al intentar ver algo en derredor solo distinguió el contorno de unos arbustos, pero la voz no había surgido de allí.  Cuando creía ver otra cosa la forma se diluía en la oscuridad...

—¿Quién anda ahí? —preguntó amenazante—. Tengo un arma… 
—Yo te conozco —dijo ahora la voz—. Fuiste tú. 
—¿Quién es…? —insistió Javier, mas en ese instante recordó algo.

Volvió a escudriñar rumbo a las negras formas de unos arbustos y, buscando una similitud en su mente, comparando aquello con imágenes diurnas del camino y teniendo en cuenta lo que creía haber recorrido, reconoció el lugar. Entonces empezó a correr, y la voz le gritó desde atrás.

—¡Fuiste tú! ¡De nuevo estás huyendo! ¡Fuiste tú!

Tras correr un poco más dejó de escuchar la voz y se detuvo a recuperar el aliento. Cuando sus latidos disminuyeron siguió caminando. Muy atrás quedó el lugar aquel donde unos años atrás atropellara con su vehículo a un hombre para luego huir cobardemente de la escena. Pero él ignoraba que el dueño de la voz no se había quedado atrás. Esa misma noche, cuando pretendía dormir, escuchó la voz cerca de su rostro: 

—Ya no podrás huir.
                                             - - - - - - - - - - - - -
                                                  La Pócima
 Ben no quería morir en aquella batalla, pero tampoco quería confiar en la bruja que le dio la pócima. Fue durante la segunda guerra mundial.  Se hallaba en una larga trinchera. Más allá de esta, en el otro extremo de una pradera humeante donde yacía casi todo un regimiento se agazapaba el otro bando. Unos días atrás, mientras su unidad atravesaba a pie un bosque europeo, Ben se alejó un poco de los otros con la intención de desertar pero sin decidir aún si aquel era el momento.  El bosque era espeso y parecía sumamente antiguo. Ya no veía a sus compañeros, pero si prestaba atención los escuchaba avanzar entre los árboles.  Repentinamente se estremeció de pies a cabeza al escuchar una voz:

—¿Piensas desertar, soldado? —la voz era aguda, temblorosa y cargada de malicia.
Con un movimiento rápido al girar quedó mirando de frente a una anciana espantosa y encorvada. Ben le apuntó con su fusil pero la anciana no demostró que eso le importara. Sacó un frasco pequeño y lo dejó sobre un tronco diciendo después: 

—Con esta pócima puedes pasar por muerto, creerían que te dio algo en el corazón, probablemente, aunque estarás bien despierto, y el efecto paralizante pasará en unas dos horas. Cuando te den por muerto seguramente encontrarás la forma de huir sin que te descubran. Si intentas escapar ahora te atraparán, pues ya te están buscando.

En ese momento Ben escuchó pasos que se acercaban; la anciana no mentía.

—¿Eres una bruja? —le preguntó Ben.
—Creo que es obvio. 
—¿Por qué quieres ayudarme, y, por qué motivo voy a creer en ti?, bruja. 
—Eso lo decidirás tú. Me voy. 

El crujido de una rama cercana hizo que Ben desviara la mirada, y ese instante le bastó a la bruja para desaparecer.  El frasco que dejara esta seguía sobre el tronco. Ben lo miraba de cerca cuando un sargento y otro soldado llegaron al lugar y lo interrogaron:

—¿Qué hace aquí, soldado? ¿Intenta desertar? 
—Nada de eso, sargento. Creí escuchar un ruido y me aparté un poco. Debió ser un ciervo u otro animal. 

El sargento no quedó muy convencido, pero en ese momento escucharon un ruido, y un ciervo pasó velozmente no muy lejos de ellos e inmediatamente se perdió en el bosque. La oportuna aparición del animal disipó las dudas del sargento. Cuando le dieron la espalda Ben guardó el frasco en un bolsillo. Al voltear hacia donde desapareciera el ciervo vio fugazmente a la bruja. 
Ahora, a punto de comenzar la batalla, Ben no decidía si tomar aquella poción a no. Pocas cosas se dan gratis en la vida, ¿por qué una bruja lo iba a ayudar? ¿Qué intenciones ocultaba? Mientras él pensaba la primer línea salió al campo de batalla, y entre los gritos que algunos lanzaban para darse coraje estallaron cientos de detonaciones. Aquello lo hizo decidirse. Pensó que en el peor de los casos el líquido era veneno, y prefirió el veneno a los horrores que le esperaban allí adelante. Sacó el frasco, bebió su contenido rápidamente y volvió a guardarlo en su ropa.  No sintió nada. Ya tenía que salir a combatir y no sentía nada. ¡Maldita bruja!

Apenas salió al campo de batalla lo impactó una lluvia de balas. Entonces, sintiendo un dolor inimaginable. Cayó como otros pero su caso era peor; tenía varias heridas mortales pero no moría ni perdía la conciencia. Entonces comprendió que la poción no funcionaba como se lo había dicho la bruja. Lo que bebió hacía que no muriera pero con todas aquellas heridas solo servía para prolongar su sufrimiento, y que aquello era mucho peor que la muerte.
Hasta las brujas odian a los cobardes.
                                               - - - - - - - - - - - - 
                                     Los Camiones Misteriosos
La solitaria casa de Manuel se encontraba a unos cien metros de un desparejo camino rural. Esa tarde Manuel se hallaba sentado bajo la sombra de un árbol que tenía en el patio; a su lado estaba su esposa. Algunas gallinas deambulaban por el patio, se detenían, picoteaban el suelo y volvían a deambular perezosas . El perro de Manuel se echaba a sus pies, con la lengua de afuera y los ojos entrecerrados. La tarde trascurría saturaba de luz y tranquilidad, de esa tranquilidad del campo que hace suspirar y mirar a lo lejos buscando no se sabe qué. 

La tranquilidad fue interrumpida de a poco. El ruido de varios motores potentes se fue aproximando desde un extremo del camino. Una nube de polvo acompañaba al ruido.  Era una caravana de enormes camiones negros. Tenían contenedores altos cerrados por todas partes. El perro, que había girado la cabeza hacia el ruido, se levantó y salió corriendo rumbo al portón anticipando algunos ladridos. Las gallinas se espantaron y cacarearon alarmadas para luego huir entre aleteos ruidosos.  Manuel miró a los camiones algo extrañado, y la curiosidad empezó a picarlo inmediatamente.

—¡Vieja! —Manuel tuvo que gritar para hacerse entender sobre el ruido de los camiones—. ¿Qué crees que lleven eso camiones? ¿No te parece raro que anden por un camino como este? 
—Y yo que voy a saber. Mira me espantaron a las ponedoras, menos mal que no tengo ninguna con pollos. Espero que no pasen todos los días.

Y los camiones se alejaron dejando una nube de polvo por todo el camino. Inmediatamente la quietud y el silencio se asentaron sobre aquel paisaje al igual que el polvo del camino. Pero Manuel seguía pensando. Que pasara por allí un camión con madera o con ganado no era tan raro, mas aquellos vehículos relucientes llevaban algo más, qué, Manuel no se lo imaginaba. El día siguió y llegó la noche. Ya en la cama, Manuel se acordó nuevamente de la caravana misteriosa.  De circular de noche por allí sus luces potentes abrirían largamente las tinieblas y su ruido despertaría a los pájaros que duermen entre las sombras de las arboledas. 
Manuel se sentó de golpe, había percibido un ruido muy fuerte. Su esposa no estaba en la cama. Salió del cuarto y atravesó la oscuridad de la casa. Sabía que el estruendo había surgido afuera, en el camino. Ya afuera intentó distinguir algo. La noche estaba negra. Le pareció extraño que el perro no estuviera ladrando.  Casi frente a las vagas líneas del portón que lograba vislumbrar, había un objeto enorme y más negro que la noche: era uno de los camiones misteriosos. 

Cruzó el patio y se acercó al coloso oscuro. Un rechinido dejó claro que algo se abrió. Cuando Manuel hizo un esfuerzo para ver, unas figuras deformes que rengueaban y se retorcían empezaron a salir del camión. Era una horda de muertos vivientes. Manuel quiso correr hacia la casa pero cada paso le costaba un enorme esfuerzo de voluntad y los muertos se le acercaban gimiendo y lanzándole manotazos y dentelladas. Le costaba tanto correr que comprendió lo que estaba pasando: “Esto es un sueño”, pensó Manuel, y al hacerlo despertó en su cuarto. Su esposa estaba sentada, y al notarlo despierto le dijo:

—¡Que susto que me dio ese ruido! ¿No lo escuchaste? A mí me parece que es de un camión que volcó ahí enfrente. Ve a ver. 

3 comentarios:

  1. Estaba leyendo la primera historia, y creí que iba a quedar con un final abierto, hasta que lei la parte de su pasado. Pobre Ben, solo quería salvarse, pero que se le va a hacer, me hará pensarlo dos veces antes de confiar en una bruja que quiera ayudarme de la nada. Será que el sueño de Manuel se hará realidad?. Bueno,eso quedará así. Estupendo como siempre master!. Historias interesantes y de calidad!. ¡Espero la próxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!

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    1. Hola Ongie. Pensaba continuar la última, pero como dices que va a quedar así, bueno, no la hago ¡Jaja! Bromeo. Muchas gracias por leerme y comentar en mis blogs. ¡Saludos!

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  2. Pobre de Javier y pobre de Ben por cabardes de diferentes maneras pero cobardes al fin de cuentas. Yes uno de muertos vivientes hace mucho que no había nada de este tema y esos son mis favoritos.

    Stephanie

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