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sábado, 21 de noviembre de 2015

De Perdidos Y Sobrevivientes

                                                La Selva
La lancha se fue, partió agitando el agua y la seguimos con la vista desde la orilla hasta que se perdió en una curva del río. En ella iba nuestro guía de pesca, su hijo y un ayudante que hacía principalmente de cocinero; ahora estábamos por nuestra cuenta...
 El motor del bote grande estaba averiado. Facundo, el guía, había tratado de repararlo pero tras amontonar piezas del motor en la cubierta nos dijo, con bastante pesar, que tenía que ir hasta un pueblo a buscar un repuesto.  En otra parte eso no sería un problema, pero estábamos en la selva amazónica, a un día en lancha del caserío más cercano y a dos de un pueblo. Éramos cinco pescadores, y como la lancha de respaldo era muy pequeña para todos nos quedamos en un puerto natural, un claro diminuto en la rivera del río, y allí amarramos el bote averiado. No necesitábamos quedarnos todos pero así lo preferimos. Ninguno quería irse dejando a los otros atrás. 

Más allá del pequeño claro se alzaba la selva, oscura, amenazante, y a la vez espléndida y hermosa. El plan ahora era acampar en la rivera durante el día y de noche dormir en el bote mientras esperábamos que Facundo volviera. El contratiempo de estar varados no nos iba a impedir pescar. Lanzamos las líneas desde la orilla y pronto resbalaron en nuestras manos unos bagres inmensos, y también sacamos otros peces que ni sabíamos cómo se llamaban. Durante todo el día cruzaron volando sobre el río todo tipo de aves: ruidosos guacamayos, loros multicolores, garzas blancas, cormoranes, palomas. Y una pareja de nutrias de río se acercó varias veces al puerto atraídos por el olor a pescado.

Detrás de nosotros la selva estaba muy quieta y los ruidos parecían venir siempre de lejos, aunque a veces sentía que nos observaban desde la espesura. Y así pasó el primer día. Cuando cayó la noche vino llena de ruidos: chapoteos en el agua, crujidos que venían de la selva y coros cercanos y lejanos de ranas, grillos y otros insectos. Temprano por la mañana seguimos con la pesca. A esa hora el desfile de aves era mayor aún. En el agua saltaban peces pequeños, grandes, se asomaban en la superficie o agitaban el agua desde abajo. En la selva cantaban bellamente algunos pájaros, mientras un grupo de monos pasó gritando no muy lejos de allí. Viendo toda aquella vida salvaje me dio ganas de entrar a la selva. Cómo tenerla tan cerca y no recorrerla ni un poco. Cuando le comuniqué mis planes a los otros, Renato, un brasilero que nos acompañaba, me recomendó llevar un machete y una cantimplora llena de agua.

—No voy a hacer una excursión —le dije—, voy a andar por aquí nomás.
—Voce vay con cuidado… que o mato e perigroso… —me aconsejó.

Pensé que de todas formas aquellos elementos no estaban de más. Bordeé la selva un trecho e ingresé en ella. Apenas había avanzado unos metros cuando tuve la impresión de estar muy lejos del puerto. Sobre mi cabeza se enmarañaban ramas de todo tipo ocultando el cielo. Por el suelo avanzaban interminables filas de hormigas. Lianas finas y gruesas trepaban por los troncos, colgaban entre los árboles, y había de todos los tipos tipo, retorcidas en tirabuzón, rectas como cuerdas, entrelazadas, y algunas eran tan gruesas que no las podría abarcar con la mano. Probé el machete en algunas ramas y me sentí todo un explorador. Caminé un poco más y estaba empapado en sudor.  Bebí un buen trago de la cantimplora y emprendí el regreso; eso intenté.

Creí volver sobre mis pasos pero, ¿dónde estaban mis huellas? Avancé unos metros y todo me parecía igual. Sabía que no estaba muy lejos del puerto. Escuché durante un rato esperando oír las voces de mis compañeros pero solo percibía el rumor de la selva. Después, aunque no quería que los otros se rieran de mí, grité varias veces, pero no me respondían. En ese punto empecé a preocuparme un poco. Caminar mucho sin haberme orientado era muy peligroso, y podría adentrarme más y más en la espesura y ese podría ser mi fin. Seguro de que no estaba lejos, grité nuevamente, esta vez pidiendo ayuda, entonces escuché unas risas. 

—¡Estamos aquí! —gritó una voz conocida, entre carcajadas. 

Avancé hacia la voz y salí en el puerto. Habían escuchado mis primeros gritos pero les pareció divertido no responder enseguida.
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                                       La Isla Del Gigante
Navegábamos sin saber exactamente dónde estábamos. Nuestro capitán murió en alta mar (era un hombre muy viejo), y el que lo sucedió resultó no ser muy hábil con las cartas de navegación. Pero aunque fuera por buena surte igual teníamos buena pesca. Después de días de navegar inciertamente, el guía, desde los más alto del andamiaje anunció a gritos que veía tierra. Los que nos hallábamos en la cubierta superior volteamos hacia el lugar. Era una tierra cubierta de espesa selva donde se iban elevando algunos cerros, y vimos un volcán humeante. Cuando el nuevo capitán se enteró buscó en sus mapas pero no supo decirnos qué isla era aquella. Ya teníamos poca agua dulce, así que teníamos que ir de todas formas a la isla. Anclamos cerca de aquella enorme masa verde y después bajamos los esquifes. Mientras yo remaba, uno de los marineros más veteranos miraba hacia la isla con desconfianza; escupió hacia un costado y dijo: 

—Espero que no haya caníbales, o alguna tribu hostil.
—Pero, con nuestros mosquetes los ahuyentaríamos, ¿no? —deseé, más que afirmar.
—Depende del hambre que tengan —me respondió, lanzando después una risotada. 

La playa era angosta y la fronda empezaba no mucho más allá. Era tan espesa que podía haber un ejército oculto en ella sin que lo notáramos. Entre las innumerables sombras cantaban varias especies de pájaros y parecía que la selva comunicaba hacia su interior profundo la presencia de unos extraños. Vi unas huellas que se extendían por la playa, no sé de qué eran, pero era algo grande. Algunos hombres se adentraron para buscar agua mientras yo me quedé bajando cocos con otros dos. De repente los pájaros callaron, y un momento después nos sobresaltó un ruido como de trueno lejano, y a ese ruido lo siguieron otros. Pero aquello no eran truenos venían de la isla, y esta llegaba a temblar un poco.

 Entonces imaginé a un monstruo colosal bajando de uno de los cerros, aplastando árboles a su paso, haciendo temblar la tierra y rugiendo con el estruendo de cien cañones. Los que buscaban agua aparecieron corriendo y eso nos asustó más. Llegamos a la playa a toda carrera. Nunca remé con tanta fuerza en mi vida. Pronto estábamos en cubierta.  
Hasta que no nos sentimos a salvo ninguno quiso mirar hacia atrás. Creímos que al mirar desde el barco íbamos a ver un gigante, a un ser sobresaliendo de la selva como uno sobresale de un pastizal no muy alto, pero no había tal ser. Era el volcán el que rugía y ahora volcaba un río de fuego sobre la isla. 
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                                        El Sobreviviente
Claudio despertó con la boca llena de tierra y sangre seca. A pesar de que el cuerpo le dolía sintió un gran alivio emocional; estaba vivo. Se encontraba al pié de un gran barranco. Allá arriba estaba el angosto sendero que se desmoronara en parte cuando él cruzó por allí en su bicicleta de montaña. Algunos guijarros aún se deslizaban barranca abajo.   Claudio tanteó su cabeza, todavía tenía el casco, sin dudas aquello lo había salvado. Se sentó y tanteó la pierna que más le dolía. Estaba quebrada pero no parecía ser grave. Echó una mirada en derredor y se lamentó al ver su teléfono satelital hecho pedazos. La bicicleta se hallaba a unos metros de él, estaba toda retorcida. La mochila se le había desprendido en la rodada y casi todo lo que tenía estaba desparramado.

Lo rodeaba un paisaje de cerros grises adornados con algunos cactus y plantas achaparradas, y también había rocas, muchas rocas. Algunos cuervos volaban en círculo por el cielo azul. El sol quemaba y el aire carecía de humedad.  Arrastrándose sentado recogió todo lo que pudo.  Aquella actividad física era tan peligrosa que él siempre salía bien preparado, y se había imaginado en situaciones como aquella muchas veces. Su prioridad ahora era entablillarse la pierna. Usando la sierra de su multiherramienta cortó un par de caños del cuadro de la bicicleta para luego aplanarlos un poco golpeandolos con una roca. En la mochila llevaba suficiente cinta adhesiva. Con su pierna bien entablillada, nuevamente miró el paisaje que se extendía en todas direcciones.

Tenía que salir de aquel sol. Se movió hasta unas rocas enormes e improvisó un cobertizo con una lona plástica que llevaba. Ahora solo le quedaba esperar a que alguien cruzara por allí, pero sabía que la zona apenas era transitada.  Como vivía solo nadie iba a denunciar su desaparición. Claudio lamentó haberse separado de su novia unos días atrás; su hubiera esperado un poco más… Pero enseguida se resignó. Aquella era su situación y solo debía concentrarse en el presente.

Tenía medicina suficiente como para recuperarse, aunque el agua no le iba a durar más de dos días, y de comer solo tenía unas barras energéticas. Evaluando unas nubes que comenzaron a desfilar por el cielo creyó muy probable que lloviera esa noche, y no se equivocó.  Las nubes se apelmazaron al atardecer y de noche los cerros se mostraban cada pocos segundos iluminados por los relámpagos de la tormenta. Aprovechando el agua que se deslizaba a chorros por la lona llenó un par de bolsas plásticas, les ató cuidadosamente las bocas y las colocó en un rincón de su refugio. Ahora tenía agua para varios días. Se había tomado unos calmantes. Esa noche durmió bastante bien. Cuando amaneció en el cielo no había ni una nube. La tierra sedienta y el sol ya borraban los rastros de la lluvia, y la humedad se evaporaba distorsionando las imágenes lejanas. 

Ahora Claudio pensaba en obtener algo de comer. Creyó que era mejor guardar sus barras energéticas para así contar con ellas si no conseguía otra cosa. Pero, ¿qué comida podía conseguir por allí? La respuesta salió de la grieta de una roca y se aplanó bajo el sol; era una lagartija. Había muchas por allí. Los pequeños reptiles trepaban por las rocas y se acomodaban en sus lugares favoritos, lugares por los que llegaban a enfrentarse a otras. Entre sus cosas para sobrevivir llevaba una tirachinas.   El elástico se estiraba, Claudio medía y, ¡plaf!, una lagartija rodaba inerte, o quedaba pataleando pero herida de muerte. Y así cazó a ocho.

Un arbusto reseco que había cerca le sirvió de leña. Las asó ensartadas en una vara verde. Cuando el sol se acercaba a un cerro las lagartijas estaban retorcidas y secas por la acción del calor del fuego. Comiéndose una lagartija pensó que su situación no estaba nada mal. Podría sobrevivir allí con bastante comodidad. Aquello podía convertirse en la mayor aventura de su vida, una historia para contar cuando fuera viejo.  Estaba probando otro bocado del fruto de su cacería cuando de pronto un grupo de cinco senderistas apareció tras la ladera de un cerro. Enseguida lo vieron y fueron hasta él.  Al verlo entablillado supieron que le había pasado un accidente, y mirando de reojo a las lagartijas asadas creyeron que hacía muchos días. 

—¿Cuánto hace que está aquí, amigo? —preguntó uno de ellos, evidentemente sintiendo bastante lástima por el desafortunado aventurero.
—Estoy aquí desde… desde ayer —contestó Claudio, casi avergonzado por su corta aventura de supervivencia. 

3 comentarios:

  1. Me sentí muy cómodo leyendo estas historias, los protagonistas si que tuvieron problemas. El primero es bastante comprensible, ya que al parecer, era una o primera de sus exploraciones, pobre chico al menos solo sufrió por las risas. Seguramente de verme en una situación así, también me hubiese perdido. En parte, la tripulación estaba en peligro por ese gigante, que no era uno como tal, pero tenía su peligrosidad. Vaya con Claudio, bueno, al menos tuvo su propia aventura de supervivencia, por más corta que haya sido. ¡Muy buenas y entretenidas master!. Vaya que si fueron interesantes!. ¡Espero la próxima historia!.¡Saludos desde Venezuela!

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    1. Gracias, Ongie. Son aventuras que al final resultaron bastante inofensivas ¡Jaja! Junté estos cuentos justamente por eso. Estos personajes tuvieron surte de que no los matara ¡Jaja! ¡Saludos!

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  2. Que suertudos...

    Stephanie

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